No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 70 de 87

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No amarás a un extraño

cinco

 

El teléfono me despertó. Había pasado una mala noche. Por primera vez en muchos años, no había dormido bien. Había dado mil vueltas en la cama y, al final, en las primeras horas de la mañana, había caído en una especie de sopor. Maldiciendo el teléfono, lo busqué a tientas, descolgué y dije:

—¿Qué diablos quiere a estas horas?

—Frank, soy Alex Carson.

—Sí, te he reconocido. ¿Qué ocurre?

—Llevo toda la mañana tratando de localizarte en el despacho. Miré el reloj. Eran las once y media. Me senté de un respingo.

—Han detenido a Luigerro —continuó.

—Bueno, pues sácalo —dije—. Tú sabrás cómo conseguirlo. Para eso cobras.

—Pero Frank —protestó Alex—, se le acusa de corrupción de menores. Se llevó a un par de adolescentes a Connecticut. La policía federal le ha cogido y los periódicos están armando un revuelo de cien mil pares de demonios. Los padres de las niñas han organizado un follón terrible en toda la ciudad, y el FBI no me deja verle hasta que acabe la investigación.

¡Aquello era una patada en plena boca! Ayer despedía a Allison y hoy empezaba a trabajar… ¡esos chicos no perdían el tiempo!

—Ponte en contacto con los padres y dales lo que te pidan. —No quería que Luigerro abriera la boca.

—Pero eso no los detendrá —advirtió Carson—. Se trata de un cargo federal. La denuncia no viene de los familiares, sino del Gobierno.

—¡Por Dios, Alex! ¡Usa la cabeza! —exclamé—. Compra a los padres. Consigue que firmen un documento exonerando a Luigerro. Un documento en el que declaren que las niñas tenían su autorización para ir con él. Que digan que Luigerro las llevaba consigo porque tenían que visitar a un pariente… a quien sea. No sé cómo, pero sácalo de ahí. —Colgué bruscamente, salté de la cama y comencé a vestirme.

¡Malditos imbéciles! Tenían cuantas mujeres se les antojaban… ¡pero no! ¡No se les ocurría otra cosa que ir a saquear cunas! Terminé de vestirme y llamé a recepción para que me preparasen el coche.

Llegué al despacho a eso de las doce y llamé a Carson. Sudaba cuando entró en la habitación.

—¿Y bien? —pregunté.

—Dame un poco de tiempo, Frank —suplicó, levantando las manos—. Estas cosas no se arreglan en un par de minutos.

—Está bien —admití—. Pero tráemelo aquí tan pronto como lo saques.

Alex salió apresuradamente.

Cogí el teléfono y encargué a la señorita Walsh que llamase a casa de Allison.

—Dígame —contestó una voz… la de él.

—Allison —dije sin perder tiempo en explicaciones—. Aquí Kane, ¿puede usted venir a la oficina enseguida? —Quería sondearle acerca de Luigerro. Sin duda sabía algo del asunto.

—No, señor Kane, no puedo —respondió—. Anoche me despidió usted, ¿recuerda?

Colgué sin contestarle. Di vuelta al sillón y me quedé mirando por la ventana, pensando. Al cabo, llamé a Joe Price para decirle que viniera inmediatamente a mi despacho.

No tardó en aparecer. Joe era un hombre delgado y de cabello rubio, con un bigote ridículo que pugnaba desesperadamente por subsistir bajo una nariz de generosas proporciones. Con un ademán, le invité a sentarse.

—¿Qué te parece la idea de establecer una nueva organización que se encargue de la parte legal de mis negocios? —dije de buenas a primeras.

Joe no era tonto, ni mucho menos. Me miró con ojos perspicaces. Sin duda adivinaba mis intenciones y sabía que se avecinaba algo gordo. Pero sabía también que trabajaba para mí; se limitó a decir, esbozando una sonrisa.

—Puede ser una idea.

—¿Verdad que sí? —sonreí también.

—Sí, pero ¿qué vas a hacer con el resto de nuestras actividades?

—El tiempo se encargará de decirlo… En esos negocios nunca sabes qué va a suceder mañana —dije, encogiéndome de hombros.

Quería estar preparado para largarme sin pérdida de tiempo en previsión de que el Gobierno se pusiera pesado conmigo… pero no me iría si no lo creía absolutamente necesario.

—Pero escucha una cosa, Frank. ¿Qué vas a hacer con el dinero de los otros? ¿El que has invertido en esos negocios legales? —advirtió Price.

—Mira, Joe —dije, cruzando cómodamente las piernas debajo de la mesa—. Los demás no saben nada de eso, ¿por qué tienen que enterarse? ¡Que les zurzan! — concluí, encendiendo un pitillo.

No dijo nada. Advertí que meditaba sobre lo que acababa de decirle. Sabía que haría lo que yo le ordenase. Joe sabía perfectamente quién le pagaba a final de mes.

—¿Puedes hacerlo? —pregunté.

—Quizá —dijo—. Pero eso significará perder medio millón de pagos de la organización en beneficio de ellos.

—Eso son minucias —concluí—. Es el momento de empezar a tener algunas pérdidas. Ellos están echando a perder el negocio en Nueva York. ¿Qué mejor excusa necesitamos?

Joe reflexionó un rato más. Por fin se levantó y me tendió la mano.

—Lo haré —decidió.

—Sabía que lo harías, Joe —dije, estrechando también su mano—. Te daré una buena participación.

Joe salió.

Por desgracia mis preocupaciones no habían acabado. Avanzaba la tarde, me enteré de que Big Black y Slips Madigan habían sido detenidos y puestos a disposición del fiscal del distrito acusados de vender lotería clandestina. Era esa una actividad que no me atraía. No es que despreciase las inversiones modestas, pero el controlar adecuadamente este juego era en extremo difícil, por lo que había dejado que lo administrasen y explotasen ellos solos.

El plan de Jerry tomaba forma a pasos agigantados. Cortalos de dos y ya no podrás usar la mano. Y eso estaba intentando mi viejo amigo… y uno a uno, para que me doliera. Entretanto, el alcalde había ordenado a la policía que limpiase las esquinas de corredores de apuestas. El teléfono estuvo sonando todo el santo día. Eran gritos de socorro de todas partes.

Carson estaba más ocupado que un hombre de negocios manco con dos teléfonos. Cuando acabó la jornada, el pobre Alex era una auténtica piltrafa humana. A las seis le mandé llamar. Entró en mi despacho sudando a mares a pesar del frío.

Le invité a sentarse, saqué una botella y le serví un buen trago. Si alguien ha tenido alguna vez necesidad de un trago, ese era Carson.

—He oído decir que has estado muy ocupado —dije, despreocupadamente.

Bebió un sorbo y me miró con la boca abierta. Al cabo de no pocos esfuerzos, consiguió decir:

—¿Qué diablos te ocurre? ¿Estás loco? ¿El infierno está a punto de abrirse bajo tus pies y aún tienes humor para bromear?

—Hay que tomarlo con calma, Alex —aconsejé, riendo plácidamente—. No hay para tanto.

—¡Que no hay para tanto! —gritó, levantándose—. Si tengo otro día como el de hoy me volveré loco, te lo aseguro.

Le serví más whisky. Cuando hubo dado cuenta del segundo vaso y parecía estar más calmado, le pregunté qué tal marchaba el asunto Luigerro. Me informó de que no sabía nada aún de los emisarios que había enviado a los padres de las niñas, pero que esperaba tener noticias de un momento a otro.

—¿Y de Carvell y Madigan? —inquirí.

—Mañana saldrán bajo fianza.

—¡Eso está bien! Si conseguimos sacar a Luigerro, el panorama será mucho mejor.

Alex se disponía a marcharse.

—Cálmate, hombre. No te atormentes. Esto está a punto de reventar y no puedo prescindir de ti —dije, antes de que saliera.

Movió afirmativamente la cabeza y desapareció. Le miré marchar. Sería muy difícil remplazar a Alex. Llamé a Joe Price para que subiera a verme. A los pocos segundos entraba en mi despacho con un montón de papeles bajo el brazo.

—Bien, Joe. ¿Has pensado algo acerca de lo que hemos hablado esta mañana?

—Sí. A decir verdad, estaba a punto de subir cuando me has llamado. He tomado unas notas para que te hagas una idea de cómo anda el asunto —añadió, tendiéndome varias hojas de papel.

Las examiné someramente. Contenía un resumen de mis inversiones e intereses en diversos negocios lícitos. Su total rozaba el medio millón de dólares.

—¿Qué rendimiento se puede sacar de esto? —pregunté.

—En la segunda cuartilla tienes el detalle de lo ingresado durante el pasado año —indicó Joe.

Dejé el primer papel sobre la mesa y analicé el que me indicaba. Deducidos salarios y demás gastos, presentaba un saldo favorable de 95.000 dólares. ¡No estaba mal! ¡Un individuo puede vivir sin preocupaciones con tales rentas!

—Me parece bien —dije.

—También a mí —coreó Joe.

—¿Cómo han ido las apuestas? —pregunté, encendiendo un cigarrillo.

—Mal, la verdad. Hemos tenido grandes dificultades para cubrirlas. El día ha sido pésimo. Tengo la impresión de que algunos de los muchachos aprovechan las circunstancias para cargarnos el muerto enterito. Recogen tarde y no tenemos tiempo para cubrirnos. Hemos perdido bastante.

—¿Como cuánto?

—Unos veintiún mil dólares.

—¡Estupendo! —exclamé—. Dejemos que sigan aprovechándose de la situación, porque nosotros haremos lo mismo. Al fin y al cabo, es lógico que esperen algunas jornadas con pérdidas y no sospecharán nada. Mira, Joe, arréglatelas para que esas pérdidas asciendan hoy a setenta y un mil dólares y retiras los cincuenta mil de diferencia. Durante los próximos diez días retiras cincuenta mil diarios por el mismo procedimiento.

Eso limpiaría los gastos del plan que me traía entre manos.

Los muy canallas tratarían de cargarme el mayor porcentaje de pérdidas posibles y yo estaba dispuesto a ayudarles a conseguirlo.

—Frank —habló Joe, con los ojos dilatados por la sorpresa— eso significará que si conseguimos cerrar la liquidación diaria sin pérdidas, al cabo de esos diez días, la organización de apuestas habrá perdido un millón en total.

—¡Eso es! —reí—. ¿Y qué crees que están intentando ellos? Exactamente lo mismo. La cuestión se limita a quién se queda con el dinero.

Joe no respondió. Proseguí.

—Mañana cumplimentas las formalidades legales que sean precisas para crear la nueva empresa. La estableces con sede en Delaware bajo el nombre de… —pensé un momento; buscaba un nombre que sonase respetable—. Empresas Standard, Sociedad Anónima.

—Como ordenes. Me cuidaré de todo —aseguró Joe, y se levantó y se dirigió hacia la puerta—. Mañana hablaré con Carson.

—Espera un minuto —me apresuré a decir. No quería que Carson interviniera en aquel asunto. Estaba demasiado relacionado con los muchachos—. Será mejor que te pongas en contacto con otros abogados, con una firma respetable. Empresas Standard, Sociedad Anónima, no ha de tener la menor relación con el hampa. Déjame pensar un momento.

Joe volvió a sentarse, observándome atentamente. Giré el sillón y miré hacia Nueva York. Las luces parpadeaban al otro lado del río y, en este, los transbordadores iban y venían sin cesar. Intentaba recordar. Cuando el padre de Jerry dejó la alcaldía, entró a formar parte de una firma de abogados que deseaba su colaboración a causa de las muchas relaciones que el viejo político podía proporcionar. Durante cierto tiempo, el señor Cowan había trabajado con ellos de forma más o menos activa, pero ahora, aunque su nombre seguía figurando a la puerta de las oficinas junto a la de los demás socios, ya no actuaba en absoluto. ¿Cuál era el nombre de aquella firma? Trataba de recordarlo. Sería una estupenda coartada si lo lograba. Estaba seguro de que los socios del señor Cowan no me relacionarían con nada ilegal. Reía para mis adentros… ¡Jerry intentando ponerme a la sombra y la firma de su padre encargándose de la representación legal de mis intereses! Sería un arma nada despreciable si llegaba la ocasión de usarla. En aquel momento, recordé el nombre.

—Conozco una firma legal excelente —dije, volviéndome para mirar a Price—. Sus oficinas están en Pine Street. Driscoll, Cowan, Shaunnessy y Cohen.

Traté de descubrir el menor gesto en la cara de Joe que delatara si recordaba algo. Nada. Mi amigo se limitó a escribir la dirección en un papel y a guardarlo en el bolsillo.

—Iré a verles mañana mismo —dijo, levantándose.

—Bien. Ya sabes lo que tienes que hacer. Da mi nombre… Francis, no Frank… para mí el ochenta por ciento del capital y la presidencia, y tú te quedas con el veinte por ciento restante, junto con los cargos de vicepresidente y tesorero.

Los ojos de Joe estaban a punto de salírsele de las órbitas. No había para menos. Acababa de darle cien de los grandes, pero la verdad es que se lo merecía. Además, con esa participación, Joe trabajaría mejor y con total lealtad. El propietario tiene más interés que el simple asalariado.

—Frank —dijo, tragando saliva—, ¿no estás bromeando?

—En mi vida he hablado más seriamente. Y ya sabes que en cuestión de negocios no bromeo jamás. —Sonreí y le tendí la mano.