No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 59 de 87

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No amarás a un extraño

diez

 

Seguimos tres semanas más en Atlantic City. Nos trasladamos al hotel Towers y tomamos una suite de tres habitaciones en el piso 13, con terraza y vistas al mar. Comíamos en nuestras habitaciones. Marianne sentía aversión hacia los restaurantes de hotel o, al menos, eso aseguró. Aquel lujo asiático le costaba una fortuna; no sé cuánto, exactamente, porque Marianne pagaba las facturas al contado con una provisión de dinero, al parecer inagotable, que siempre llevaba consigo.

Por mi parte, le compré una pulsera de plata de ley en una de las tiendas de recuerdos del paseo marítimo. Me costó once dólares y mandé me grabaran en ella la siguiente inscripción: «A Marianne, con amor. Frank». Se la entregué una madrugada a eso de las tres, en que sentados en la terraza disfrutábamos de la fresca brisa del mar. Ella llevaba una bata transparente y yo estaba en pantalones cortos, fumando un cigarrillo. Había estado esperando un momento propicio para entregarle el presente, y aquel me pareció adecuado. Así pues, entré en la habitación para buscar la pulsera.

Me sentí incómodo al entregársela. No tenía costumbre de hacer obsequios y no sabía qué decirle cuando se la di.

—Esto es para ti, Marianne —dije, torpemente.

Aparentó sorprenderse, soltó un gritito de alegría y tomó lo que le ofrecía.

—¡Frank, es preciosa! —dijo, leyendo la inscripción en voz alta—. «A Marianne, con amor, Frank» —y mirándome sonriente, añadió—: Es una frase muy bonita… ¡y muy original!

Creí descubrir una casi imperceptible nota de sarcasmo en el tono de su voz. Molesto, observé:

—Sí, es original. Nunca, hasta hoy, había dicho ni sentido nada parecido.

Al tono áspero de mi voz, Marianne reaccionó con prontitud.

—¡Oh, Frank! No he querido decir eso que has pensado. No he querido ofenderte, lo siento. De verdad que me encanta y la llevaré siempre. Por favor, pónmela — concluyó, tendiendo el brazo hacia mí.

Cogí la pulsera y se la coloqué en la muñeca. Advertí, entonces, que, en el meñique, llevaba una sortija adornada con un diamante y dos diminutos rubíes. Brillaba en la oscuridad. Me sentí torpe al ponerle la pulsera. Resultaba insoportablemente modesta al contrastar con el brillo y la elegancia de la sortija… Lamenté haber comprado una nadería que no hacía sino acentuar las diferencias que existían entre los dos. Me prometí a mí mismo que, al volver a la ciudad, conseguiría suficiente dinero para comprarle algo que no desmereciera de las joyas que ya poseía.

Regresamos a Nueva York el 20 de septiembre. Me mudé a su apartamento y, a los pocos días, decidí salir en busca de trabajo. Los empleos seguían escaseando y la primera semana de búsqueda resultó infructuosa.

Marianne, en tanto, no paraba un minuto. Tenía varios encargos que finalizar y estaba sumida en un permanente estado de energía y efervescencia. Cuando trabajaba, era una persona completamente distinta. Me daba dinero para que fuese al cine o a cualquier parte y no volviese hasta tarde. Al principio, aquella situación resultaba nueva y no me desagradaba. La reina no podía equivocarse. Me gustaba observarla mientras pintaba; se ensimismaba y el mundo exterior desaparecía para ella. Cabeza, ojos y cuerpo se sentaban y se concentraban en el caballete. Si yo le hablaba, contestaba con monosílabos o no contestaba, y no eran pocas las veces que se dedicaba a recorrer el estudio sin advertir mi presencia. En determinadas circunstancias, cuando algún detalle o efecto especial se le resistía, la oía proferir entrecortadas maldiciones. En tales trances, se pasaba por el rostro las manos sucias de pintura tratando de apartar mechones de pelo con lo que se llenaba la frente de cómicos pintarrajos.

Sin embargo, cuando quedaba satisfecha de su labor, por la noche se mostraba dulce, encantadora, con una alegría casi infantil. Bromeábamos, bebíamos champán y yo me encargaba de prepararle un plato de su agrado. Por lo general, era yo el encargado de la cocina pues Marianne confesaba que era una cocinera horrible, tan horrible, que nunca había sido capaz de comer nada que ella misma hubiese cocinado.

De vez en cuando, recibíamos la visita de amigos de ella. Eran pintores, escultores, escritores, hombres y mujeres con pretensiones intelectuales que vivían en un mundo propio. Al ser presentados, me saludaban cortésmente y, acto seguido, me preguntaban cuál era mi ocupación. Al saber que no era uno de ellos, me ignoraban y excluían de sus corrillos. A no ser que quisiesen otra bebida. Entonces me llamaban como se llama a un camarero.

Pero yo estaba enamorado desesperada, absurda, locamente. La reina no podía equivocarse. La reina me sacaba de compras y se gastaba casi trescientos dólares en comprarme un equipo completo: trajes, abrigos y camisas a medida, ropa interior de un lujo extremado, pijamas de seda…

Tras aquel primer fracaso, seguí buscando trabajo pero cuando cierto día, con perspectivas de conseguir algo, volví radiante a casa y le conté a Marianne de qué se trataba, esta frunció el ceño y preguntó:

—¿Cuánto pagan?

—Diecinueve semanales —contesté.

—¡Solo diecinueve dólares! —gritó, agitando dramáticamente los brazos—. ¿Qué puedes hacer tú con esa miseria? ¡Ni siquiera te bastaría para tabaco!

—No obstante, es un trabajo —insistí, tozudo—. Más vale algo que nada.

—Es peor que nada —corrigió Marianne categórica—. Eso es un insulto a tu inteligencia, a tu valía, a tu capacidad y a tu habilidad. Tú vales muchísimo más. Además, Frankie, ¿por qué trabajar por una miseria cuando la verdad es que no tienes ninguna necesidad de hacerlo? Yo puedo darte el doble a la semana, si quieres.

—Pero yo no puedo seguir así definitivamente —estallé—. Eso no es decente, compréndelo. Y, además, no me acostumbro a pedirte dinero un día sí y otro también —concluí, ya más suavemente.

—No hay razón alguna para que te sientas molesto, Frank —dijo ella, acercándose para besarme—. Si tú tuvieses dinero y yo no, te aseguro que no tendría el menor reparo en pedírtelo.

—Pero eso sería diferente —protesté.

—No, no lo sería —replicó Marianne—. Puesto que estamos enamorados, debemos compartirlo todo.

No valían argumentos cuando ella decidía ser cariñosa. Así siguieron las cosas durante cierto tiempo. Resultaba una vida fácil y a mí me gustaba vivir sin complicaciones. Durante demasiados meses había conocido la otra cara de la existencia. Al fin y al cabo, pensaba, acabaría por encontrar un buen trabajo. Así que dejé todo en manos del destino.

Un mes después, un día que me acerqué a la mesilla en la que guardaba mis cigarrillos —la que servía de soporte al retrato de Gerro— advertí que el cuadro había desaparecido. En su lugar, aparecía uno mío. Lo miré. Estaba muy bien, supongo. Yo no entendía mucho de esas cosas. De todas formas, al analizarlo más detenidamente, tuve la impresión de que aquella imagen no era realmente la mía. Era un retrato demasiado relajado, demasiado cómodo, demasiado conformista.

Advertía que no se ajustaba a la realidad.

—¿Te gusta? —oí la voz de Marianne a mis espaldas.

—Es muy bueno —dije, tratando de ser cortés.

—Es para ti… es un regalo; por ser lo que eres ¡maravilloso…! ¡Y por hacerme feliz!

—Gracias —me limité a decir.

—No me des las gracias. Hace tiempo que quería pintarlo. Lo más difícil ha sido evitar que te dieses cuenta. He tenido que trabajar a escondidas y en los momentos más inverosímiles.

—Me lo imagino.

—No parece alegrarte mucho, ¿qué te ocurre? —preguntó Marianne, con voz preocupada.

—¿Dónde está el retrato de Gerro?

—¡Ah!, es eso —exclamó, sentándose—. Mi agente lo vio y me aseguró que podría conseguir venderlo a buen precio y se lo he dado para que lo intente.

—Pues tráelo otra vez. Lo quiero aquí.

—¿Y para qué lo necesitas? —preguntó extrañada.

—Quiero que esté aquí. Que te lo devuelva —insistí. Ni yo mismo sabía para qué.

Era evidente que Marianne empezaba a enojarse.

—Dame una buena razón y lo traeré —dijo acaloradamente—. Pero que el diablo me lleve si comprendo para qué puede hacerte falta. Me volví hacia mi retrato, lo cogí y expliqué:

—Este cuadrito está muy bien. No obstante, esto es todo lo que se puede decir de él… una pintura muy aduladora… que no dice nada. Aquí está solo mi exterior, mi envoltura. Tal vez no haya nada en mí que merezca ser plasmado en un lienzo, pero sí lo había en la de Gerro y tú lo captaste. Pero no puedes soportar lo que había en ese retrato y has tratado de remplazarlo con esta pintura soporífica. Estás equivocada. No se entierran las cosas porque sí. Y si tú no quieres verlo, yo sí.

Marianne se puso en pie, como movida por un resorte. Su pecho se agitaba convulso. A juzgar por su reacción y pese a mis nulos conocimientos en materia pictórica, no me cabe duda de que mi apreciación había dado en el clavo.

—No esperes que lo traiga aquí de nuevo —gritaba al hablar—. ¿Quién te crees que eres para decirme lo que tengo y lo que no tengo que hacer? Recuerda que no estás en situación de darme órdenes.

Al oírla, quité el marco de mi retrato y, lentamente, empecé a romperlo en pequeños pedazos.

—Deja de gritar como una pescadera —aconsejé impasible, pese a que me hervía la sangre.

Al ver que había roto el cuadro, Marianne se me acercó furiosa. Me golpeó con los puños y me arañó el rostro; seguía gritando, llorando y maldiciendo.

—¡Estúpido ignorante! ¡Porque le mantengo y le dejo vivir conmigo se cree que le pertenezco! ¡Me dan ganas de arrojarte al arroyo, donde estabas cuando te encontré!

Algo estalló en mí al oírle decir aquello. Sin poderme contener le di un tremendo bofetón. Marianne cayó de espaldas sobre el sofá y se quedó mirándome, sin poder dar crédito a lo ocurrido. Me incliné sobre ella, y con entonación helada, le advertí:

—¡Recupera el retrato de Gerro porque, de lo contrario, te ganarás la mayor paliza de tu vida!

De improviso, la expresión de su rostro cambió, se tomó dulce y sus ojos cobraron un tono gris más intenso.

—¡Lo harías! Sé que no bromeas, Frank —murmuró.

—Lo haría —dije, resuelto—. Quiero ese retrato.

Me rodeó con los brazos y me atrajo hacia sí.

—Mi amante, mi fuerte, perverso, mi dulce amor, claro que lo tendrás. Te daré lo que me pidas.

A la mañana siguiente, el retrato de Gerro estaba de nuevo sobre la mesa.