No amarás a un extraño
once
La entrevista que celebré con Jerry en su despacho fue una pura farsa. Carson estaba conmigo y, a cada pregunta de Cowan, el abogado me aconsejaba que no respondiera. Pasé hora y media dedicado a no abrir la boca y, cuando me marché, lo hice con la total convicción de que Jerry no disponía de prueba alguna contra mí. Solo intentaba sonsacarme información. Pero lo único que consiguió fue mi foto.
Esta apareció en lugar destacado en todos los periódicos de la noche: «Este es el hombre calificado por el Estado y por la ciudad como enemigo público número uno», se leía al pie de la fotografía.
Pero había otra información. Un hombre y una mujer habían sido hallados muertos a tiros en un campo cercano a la carretera de Boston. La descripción de la mujer coincidía con el aspecto de la muchacha que había intervenido en la trampa que me habían tendido. ¡Silk se había apresurado a taponar rápidamente los agujeros! ¡No había perdido el tiempo! El otro individuo seguía detenido, pero me constaba que Fennelli se encargaría de él a la primera oportunidad.
Al menos una cosa habíamos aclarado. Podía moverme a mis anchas a cambio de la promesa hecha a Jerry de que me presentaría ante él cuantas veces fuese citado. Por la noche, llamé a Ruth.
—¿Qué haces en Nochevieja? —pregunté.
—Tengo un compromiso —su voz era glacial.
—¡Cancélalo! —indiqué—. Recorreremos juntos la ciudad.
Ruth colgó sin molestarse en despedirse. Al dejar el aparato, sonreí. Las cosas no iban del todo bien, todavía… pero dentro de poco…
Pasó enero y llegó febrero. No había sucedido nada anormal, pero sabía que las ratas seguían moviéndose en la oscuridad. La nueva organización estaba ya ultimada y lo único que quedaba por hacer era ordenar a Joe Price que montase las oficinas. No tenía prisa alguna; no daría orden de hacerlo en tanto no fuese absolutamente necesario. Los muchachos se portaban bien y el negocio había vuelto a la normalidad.
La calma acabó a finales de febrero. La primera sacudida llegó a través de una llamada telefónica de Carson.
—Frank, me han suspendido —dijo, nerviosamente, el abogado.
—¿Qué quieres decir con eso?
—El Colegio de Abogados me ha incoado expediente —explicó, con voz temblorosa.
—¿Significa eso que no puedes ejercer mientras no se resuelva el caso?
—Exacto.
—¿Tienen algo contra ti?
—No mucho, pero van a dar largas al asunto con la esperanza de que algo estalle —rio amargamente.
Ese algo era yo.
—Bien —dije—, ven aquí y hablaremos de este asunto con más calma.
Colgué, encendí un pitillo y miré hacia Nueva York a través de la ventana. Sin duda había llegado el principio del fin. Jerry sabía que, tal como estaban las cosas, ya no podría recurrir a otro abogado. El siguiente paso sería atrapar a los muchachos. Me acerqué a la mesa y llamé a Joe Price para decirle que viniese a mi despacho.
Dos días más tarde, Jerry ponía en marcha su plan de batalla acusando a Jensen de traficar con objeto robados. El muy cabezota había comprado un collar de diamantes robado y la policía descubrió la operación. Se le exigió una fianza de veinticinco mil dólares, que me apresuré a depositar. Al no poder disponer de Carson, tuve que correr la voz de que el departamento legal estaba temporalmente cerrado. Aquella noticia no agradó a los muchachos. Era lógico, pero tampoco a mí me agradaba.
No tardó en estallar otra bomba. Alguien puso al corriente a la mujer de Schutz de las dos amantes que tenía en Park Avenue. Ni corta ni perezosa, la esposa se dirigió al lugar de las citas, sorprendió a su marido en la cama con una de ellas y la emprendió a tiros con los dos. No mató a ninguno, pero fue detenida y se despachó a gusto cantando cuanto sabía de las actividades de su marido. Me imaginé a los polis anotando todo lo que decía la mujer de Schutz.
Al final de la semana, mandé a Joe Price fuera de la ciudad. Su ayudante se encargó del departamento durante su ausencia. Tal como se desarrollaban las cosas, la partida no duraría demasiado.
El último domingo de febrero fue el día decisivo. Después de ese día, comprendí que la suerte estaba echada. A raíz de la detención de Schutz dividí su territorio entre Carvell, Kelly y Fennelli. Surgió una desavenencia —me imaginaba quién la habría provocado— y un par de pistoleros de Silk borraron de este mundo a Kelly.
Fue el propio Fennelli quien me llamó para darme la noticia.
—Frank —me dijo—, Piggy Laurens acaba de matar a Iron Mike Kelly.
Por un momento se me trabó la lengua. Aunque muy remota, hubiésemos tenido una oportunidad de salvarnos si todos hubiesen hecho las cosas a mi modo, pero lo ocurrido significaba que el apoyo del hombre de la calle a las autoridades sería total.
—¿Quién se lo ha ordenado? —pregunté, sin inmutarme.
—No he tenido nada que ver con ello, Frank —protestó Silk.
No me fue difícil detectar el tono burlón de su voz. Parecía insinuar: «Puedes hacer lo que te venga en gana. Me da lo mismo».
—Entonces, ¿quién? —grité—. ¡Un pistolero tan estúpido como ese no va por ahí haciendo tonterías por iniciativa propia!
—Laurens dice que tú le llamaste —la voz era increíblemente serena.
—¿Desde cuándo Piggy trabaja para mí? Es contigo con quien se entiende.
—Pues insiste en que tú le llamaste para decirle que se encargara de Kelly y que te ocuparías de que nada le ocurriese a él después.
—¡Dile que puede irse al infierno por lo que a mí respecta!
—Pero ¿qué pasará si la policía lo coge? Cantará y te cargará todas las culpas.
El nombre de Silk le cuadraba a la perfección; Fennelli, como la seda, era suave en sus métodos.
—El evitar que le cojan es asunto tuyo —advertí—. Sin duda están enterados de que trabajaba para ti.
Colgué y, casi al momento, cogí de nuevo el aparato para llamar a Jake Rance. Rance era el encargado de la sección de publicidad y cuidaba de que aparecieran informaciones en el periódico acerca de las ganancias obtenidas por apostantes y cosas por el estilo.
—¡Diga! —contestó.
—Jake, aquí Frank. Quiero que publiques lo que voy a decirte.
—¿Qué es?
—Que un cierto corredor de apuestas que opera en el centro de la ciudad sabe más acerca de la muerte de Iron Mike Kelly de lo que está dispuesto a contar.
—Eso es muy fuerte, Frank —advirtió Jack, dando un silbido—. No sé si conseguiré que se publique.
—Hay uno de los grandes para ti si lo haces.
—¡Dalo por hecho! ¿Ocurre algo malo, Frank?
—Las ratas empiezan a correr —dije, y colgué el teléfono. Fennelli sudaría lo suyo.
El artículo apareció en el periódico del lunes, y Peggy era ya pájaro muerto a las dos horas de haber salido a la calle el primer ejemplar. Al parecer, le atropelló un automóvil…