No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 73 de 87

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No amarás a un extraño

ocho

 

24 de diciembre de 1940, Nochebuena. Estaba sentado en mi sillón escuchando la música que sonaba en el piso de abajo.

Al igual que muchas otras oficinas, habíamos organizado una fiesta en la empresa. Pronto, tendría que hacer mi aparición en ella. Era de ritual. Mi presencia en la fiesta venía a ser algo así como una especie de recordatorio anual para los empleados, una ceremonia que servía para convencerles de que yo era un ser real y no una pura ficción. A lo largo de todo el año, la mayoría de ellos trabajaba sin verme una sola vez siquiera. Jamás entraba en las oficinas por la entrada principal. Subía y bajaba por una puerta privada. El Gobierno y dirección de los distintos departamentos corrían exclusivamente a cargo de los jefes respectivos. Estos se encargaban de presentar sus informes a mis consejeros personales, quienes, a su vez, me extractaban la información y me la presentaban.

La señorita Walsh entró en el despacho. Estrenaba vestido. Advertí que las mujeres esmeraban su cuidado por aquellas fechas: flores en el cabello, vestidos nuevos, tratamientos de belleza, sonrisas radiantes.

—Si no me necesita para el balance —dijo mi secretaria, risueña—, creo que voy a bajar ya a la fiesta.

—Baje, baje, señorita Walsh; me arreglaré sin usted —respondí, devolviéndole la sonrisa.

Saqué el regalo que unos días antes había comprado para ella. Por lo general, la obsequiaba con un frasco de perfume o una caja de bombones, pero este año el presente era un reloj de pulsera. Se lo había ganado. Desde que Allison se marchó, la señorita Walsh había trabajado mucho para remplazarle y se había quedado hasta muy tarde muchas noches para ayudarme.

—¡Felices Pascuas! —dije, entregándole el paquetito.

La secretaria lo cogió. Se notaba enseguida que ardía en deseos de abrirlo y que no se atrevía a hacerlo por temor a parecer poco fina.

—¡Muchas gracias, señor Kane! ¡Felices Pascuas! —exclamó sonriendo y, discretamente, salió del despacho.

Me quedé un rato más, revisando unos papeles y, luego, bajé a la fiesta. Estaba en pleno apogeo. El número de borrachos era el normal en esas ocasiones y la alegría se había generalizado. Al igual que en años anteriores, las conversaciones cesaron cuando entré en la sala. El silencio fue total durante breves segundos. Algunos cuchicheos indicaban que los empleados noveles eran advertidos por los veteranos de la personalidad del recién llegado. Paulatinamente, la fiesta fue recobrando su animación. Tenía la intención de quedarme un rato, saludando y sonriendo cortés a cuantos me dirigieran la palabra y luego retirarme a descansar.

Usualmente, salía de estas celebraciones con una íntima sensación de fuerza y poder. En esta ocasión, en cambio, me sentía vacío y melancólico. Observé a las parejas que bailaban, riendo y bromeando alegremente, y me pareció estar lejos, muy lejos de todo. Aquella era su fiesta, no la mía, aunque yo la pagase.

No es que tuviese motivos serios para estar preocupado. La situación se había calmado desde que Luigerro y los otros dos fueron encarcelados. Los demás muchachos parecían haber aprendido a comportarse debidamente y el revuelo producido por la prensa moría por consunción. Día a día, las noticias sobre mi persona se hundían más y más en las páginas interiores de los periódicos, arrinconadas por nuevas y más sensacionales noticias.

No obstante, yo no era capaz de escapar a la idea de que un sino adverso me envolvía como una negra nube cubre el sol. Me dispuse a retirarme.

—¿Señor Kane? —la voz era dulce y en su entonación se ocultaba una muda súplica.

Me volví. Era una joven de aspecto dulce, reflejo fiel de su voz. El rostro era muy joven, pero los ojos, muy abiertos y un tanto asustados, mostraban que estaba un poco sorprendida de su atrevimiento.

—¿Qué desea, señorita? —pregunté amablemente.

El alivio de la muchacha se hizo palpable. Creo que, de haberle hablado en tono menos amistoso, la pobre hubiese echado a correr.

—¿Le importaría bailar? —murmuró, bajando la vista, y señalando el suelo.

—Nada me complacería más, señorita —dije con una sonrisa, para infundirle ánimo.

Al oírme, me miró y su rostro se iluminó. La enlacé por la cintura y comenzamos a bailar. Los demás nos miraban sorprendidos. «Que miren —pensé—. Tengo derecho a bailar, si se me antoja; esta fiesta la doy yo, es mía.» Era la primera vez que bailaba en una de aquellas reuniones navideñas.

La chica bailaba bien y la música era alegre, más bien movida. Mi pareja se dejaba enlazar con naturalidad y pude sentir el contacto de su cuerpo joven contra el mío. Mientras girábamos al compás de la orquestina, ella no dejaba de mirarme; parecía estudiarme. Cuando la miré a mi vez, cerró los ojos sin dejarme ver lo que había en ellos.

—Baila usted muy bien, señor Kane —murmuró tímidamente, echando la cabeza hacia atrás.

—Usted baila bien, no yo. No lo haría tan bien con otra pareja, se lo aseguro, ¿señorita…?

—Muriel… Muriel Bonham —aclaró, sonrojándose—. Espero que no me tome por una desvergonzada… por haberle pedido que baile conmigo, quiero decir.

—En modo alguno, señorita Bonham. La verdad es que me alegro mucho de que lo haya hecho.

Ganó confianza al oír aquella contestación.

—Si me he atrevido a sido porque me ha parecido verle triste, ahí de pie y sin hablar con nadie.

De nuevo miré a la joven. «Debo de estar muy alicaído cuando una chiquilla así es capaz de darse cuenta de mi estado de ánimo», dije para mí.

—¿Qué es lo que le ha hecho pensar eso, Muriel? —pregunté, intrigado.

—Pues no sé. Posiblemente lo he deducido de la forma en que miraba a los bailarines. Era como si… bien, como si estuviese deseando bailar también — concluyó, con una sonrisa.

—Ya entiendo.

La orquesta estaba atacando los últimos compases. Sin dejar de bailar, conduje a mi pareja hacia uno de los rincones del improvisado salón. Apenas habíamos llegado, la música cesó. Aplaudimos. El rostro de la muchacha brillaba y lucía una sonrisa franca y abierta.

Había algo en ella que la hacía parecer demasiado joven para estar metida en esa clase de trabajo. Mentalmente, decidí encargar a la señorita Walsh que averiguase en qué departamento trabajaba y que se ocupase de que la despidieran. Sería lo mejor para ella.

De nuevo empezó la música. La miré, asintió y volvimos a bailar. Cuando terminó aquella pieza, le di las gracias y me dirigí a mi despacho. Preparé un whisky y permanecí sentado hasta que la música cesó definitivamente. La muchacha tenía razón. Estaba solo. Pero uno tiene que aceptar las consecuencias de lo que ha elegido. Yo había elegido hacía mucho.

Miré el teléfono. Sería natural que llamase a Ruth para desearle felices Pascuas. Era un pretexto tan bueno como otro cualquiera. Diariamente, desde nuestra última conversación telefónica, una floristería se encargaba de enviarle una orquídea en mi nombre. Ruth no había acusado recibo del obsequio, pero tampoco lo había rechazado. Sería agradable hablar con ella. Me incliné hacia el aparato.

Tenía ya la mano sobre el auricular cuando me detuve. La puerta se abría lentamente. Tiré del cajón de la parte izquierda de la mesa y metí en él la mano, sin apartar la vista de la puerta. El contacto de la automática que guardaba en el cajón me confortó. Apreté el arma con fuerza. La cabeza de una muchacha asomó a través de la puerta entreabierta. El cabello, de un color dorado pálido, brillaba al contacto de la escasa luz de la habitación.

Al verme sentado, abrió del todo y entró.

—¿Ha estado aquí todo este tiempo, señor Kane? —preguntó Muriel.

—Sí —dije, cerrando el cajón—. ¿Para qué ha venido?

—No lo sé, la verdad. No he podido evitarlo —dijo candorosamente; diríase que era la primera sorpresa por su proceder.

Me levanté del sillón, rodeé la mesa y me aproximé a la muchacha. Algo marchaba mal en mí; estaba desasosegado, intranquilo. Tenía los labios apretados, tensos.

—¡Señor Kane! —exclamó Muriel, asustada, con un hilo de voz. ¡Señor Kane! ¿Qué va a hacer?

Sin contestar, la rodeé por los hombros y la atraje violentamente hacia mí. Su porfía por zafarse de mi abrazo resultó estéril. Con un brazo, la apreté contra mí; con la otra mano, la cogí por la barbilla, alcé su cara hacia mí y la besé.

Las manos, que en un principio me golpeaban el pecho, acabaron por agarrarme del bolsillo de la chaqueta. Fue un beso largo, brutal. Cuando la solté, tenía los ojos semicerrados y se apoyaba blandamente en mí.

—¿Era esto lo que buscaba aquí? —pregunté con rudeza.

No prestó mucha atención al tono de mi voz. Recostada la cabeza en mi hombro y con el rostro vuelto para no mirarme, la muchacha exclamó:

—¡Señor Kane!

Aquella pequeña bruja estaba deseando acostarse conmigo. De pronto, me sentí viejo y fatigado. Todo el deseo que sentía hacía un momento se había esfumado. Dejé caer las manos y me aparté de ella.

—¿Qué le ocurre, señor Kane? —preguntó sorprendida Muriel.

—Nada —repliqué—. Vete a casa, chiquilla, antes de que tengas algo que lamentar. Encendí un cigarrillo.

—No lamentaré nada, señor Kane —insistió la joven—. No me diga que me vaya.

—¡Lárgate! —vociferé—. Eres demasiado joven para meterte en esta clase de juegos. Vete a casa con mamá, hazme caso.

—Tengo ya veinte años, señor Kane —protestó, echando hacia atrás la cabeza con expresión orgullosa—, y esa es edad suficiente para la clase de juego que se me antoje. ¿Con quién piensa cenar esta noche, señor Kane? —preguntó enseguida al ver que yo no decía nada.

La pregunta me cogió desprevenido. Era lo último que esperaba que me preguntase.

—¿Por qué? —interrogué.

—¿Le gustaría cenar conmigo? —ofreció con ojos bajos—. No quiero volver a pasar la Nochebuena sola.

La palabra «volver» me intrigó.

—¿Por qué? —repetí.

—Vivo en una casa de huéspedes —explicó—. Mis padres han muerto y no tengo con quién pasar las Navidades. —Me miró. Los ojos, azules, estaban inundados de lágrimas—. Todos tienen un lugar adonde ir… pero nosotros…

—¿Cómo sabes que nadie me espera? —pregunté.

—Se lee en la expresión de su rostro, señor Kane. No es difícil ver cuándo alguien está solo —dijo, mirándome fijamente.

La observé un momento antes de sonreír. También ella sonrió.

—De acuerdo, Muriel —admití, con la entonación más rígida que pude componer —. Cenaré contigo, pero nada más. ¿De acuerdo?

—Señor Kane —dijo con una leve sonrisa—. Ya no soy virgen.

—Ni yo, señorita Bonham —exclamé divertido. La besé otra vez y salimos para cenar.

Lo hicimos en el Oyster Bay. Muriel era una muchacha encantadora, pero yo no estaba de humor. Además, estaba convencido de que tenía menos edad de la que declaraba. Después de la cena, la llevé a su casa. Resultó vivir en las afueras de Teaneck. Frené ante la casa que me indicó y la acompañé hasta el portal.

El zaguán estaba débilmente iluminado. La deseé buenas noches, y me volví, dispuesto a dejarla.

—¿No me da un beso, señor Kane? —preguntó Muriel con voz lastimera.

Reí quedamente. ¿Cómo podía habérseme pasado por alto aquel detalle?

—Está bien, chiquilla. Solo uno.

Muriel se aproximó. A la incierta luz del portal, la chica parecía mayor, con más experiencia. La abracé y la besé…

Cuando me aparté, sabía ya que no me mentía. El besar tiene su arte, y ella lo conocía. Repetí el beso.

Estaba pegada a mí. Notaba todo su cuerpo contra el mío. Su boca era cálida y dulce y me atraía hacia sí con las manos, que tenía sobre mis orejas.

A mis espaldas sonó una voz. Era una voz masculina, dura y metálica. Habló a la muchacha, no a mí.

—Muy bien, Bonnie. Déjale ya.

La muchacha se apartó de mí y retrocedió unos pasos. En su rostro no había el menor vestigio de susto, ni siquiera de sorpresa. Me volví lentamente en dirección a la voz. Todo me daba vueltas en la cabeza. Cuando terminé de volverme, vi a los dos hombres. Uno de ellos me apuntaba con un revólver.

Una sola idea quedó en mi cerebro: había sido el beso del adiós.