No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 81 de 87

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No amarás a un extraño

dieciséis

 

Miré a Moishe mientras se dirigía a la salida. Al llegar a la puerta, se volvió y agitó la mano en señal de despedida. Le hice un gesto con la cabeza, y él se volvió y salió fuera.

Miré a los dos matones. Flix comenzaba a mostrar un vago interés por las cosas de este mundo; lentamente, levantó la cabeza.

—¿Cuánto tiempo llevas con Fennelli? —le pregunté.

—No conozco a ningún Fennelli —fue su respuesta.

—Entonces, ¿quién os ordenó secuestrar a Moscowits?

—Un individuo me entregó quinientos dólares en plena calle y me indicó a quién tenía que traer aquí.

—¿Me tomas por imbécil? Un tipo como tú no trabaja sin padrino. ¿Quién te sacó del otro lío? Se te acusó de tenencia ilícita de armas.

—Mi abogado.

Permanecimos en silencio, mirándonos. Flix rumiaba algo. No tardaría en soltarlo. Esperaría a que lo hiciera.

Tardó menos de lo que había supuesto.

—¿Por qué mandó matar a mi hermana? —preguntó de pronto, con los ojos inyectados en sangre.

Sonreí y pude comprobar que aquello lo enfurecía. Seguí riendo, no obstante.

—Yo no la maté; ni siquiera sabía que fuese tu hermana. ¿Cómo pudiste ser tan idiota como para enredarla en un asunto tan feo?

Flix no respondió. Al cabo de unos segundos, continué:

—No, no maté a tu hermana, pero sé quién lo hizo. Tal vez podamos aclarar los hechos.

El pistolero comprendió enseguida lo que quería decir. Reflexionó unos minutos y por fin se decidió.

—Es posible —admitió.

—¿Y bien? Puedes empezar a hablar —invité. Aquello empezaba a resultar interesante.

Flix se disponía a empezar su narración cuando un crujido procedente de la puerta principal le retuvo. El pistolero ladeó la cabeza para escuchar.

También yo escuché. Se oía rumor de voces junto a la puerta. Me aparté de la luz y saqué la automática; fue un contacto agradable, cálido, reconfortante. Cuando las voces se acercaron, me llevé el índice a los labios para indicar a los dos matones que guardasen silencio. En aquel momento vi a los que se aproximaban: Fennelli, Riordan y Taylor. Con unos cuantos más hubiesen alcanzado el quórum. Iban hablando confiadamente mientras se acercaban. Entraron.

Flix se volvió hacia ellos; el otro individuo permaneció inmóvil en su silla: estaba tan asustado que no sabía cómo reaccionar.

—Moishe ha tenido que salir de la ciudad. Estoy aquí en su lugar —dije, saliendo de mi escondite con el arma en la mano.

—¡Caramba, Frank! —exclamó Silk, sin dejar traslucir la menor sorpresa—. ¡Celebro encontrarte! Me he pasado toda la tarde intentando dar contigo. Moishe ha intentado irse de la lengua.

Sonreí. ¡Aquello tenía gracia!

—¿Y tú has tratado de protegerme impidiéndoselo? —pregunté fríamente.

—¡Claro!

—Y, en vista de que no podías localizarme, enviaste a estos dos tipos a por él, ¿no?

—Eso es, Frank.

¡Desde luego, Silk era la personificación del cinismo! Tenía a Moishe desde la noche anterior y a mí me había visto aquella misma mañana. Si hubiera tenido intención de ponerme al corriente, nada le hubiera sido más fácil. Me quedé mirándole fijamente.

Fennelli comenzaba a agitarse. Paseó la mirada por la habitación sin decidirse a mirarme directamente. De pronto, hice algo que llevaba mucho tiempo deseando hacer. Cogí la pistola por el cañón y le crucé la cara con ella. Silk cayó de rodillas; se llevó la mano derecha al sobaco.

Esperé, y cuando tuvo el arma en la mano, se la arrebaté de un puntapié. Silk tenía el semblante sin color; me dirigí hacia donde había caído su pistola, la recogí del suelo y me la metí en el bolsillo de la chaqueta.

Después, rodeé la mesa y me senté en la silla situada frente a Taylor y Riordan.

—¿Qué papel representáis vosotros en esta película? —pregunté amenazador.

—No sabemos nada de nada, Frank —contestó Taylor—. Silk solo nos había dicho que quería enseñarnos algo.

Parecían sinceros.

—Sentaos —indiqué con un movimiento del arma—. Tenemos asuntos que tratar.

Obedecieron. Miré a Silk, que seguía tendido en el suelo.

—¡Tú también! —ordené.

Se levantó con grandes dificultades y se dejó caer en una silla. Flix se situó detrás de él y comencé a hablar.

—Cuando habéis llegado, Flix iba a contarme algo.

El pistolero no se dio por aludido, por lo que, inclinándome hacia delante, proseguí.

—Te he dicho que sé quién mató a tu hermana. Solo una persona, además de tú y yo, sabía lo ocurrido aquella noche. Esa persona es Silk Fennelli. Después de lo del hotel, fui directamente a su casa y le conté todo lo sucedido y él me prometió cuidarse de los individuos que habían intervenido en la encerrona. —Hice una pausa antes de añadir—: No tengo que decirte más, supongo.

Flix me miró con ojos extraviados. Parecían amarillos a la luz del garaje. Inopinadamente, se inclinó sobre Silk y asió con sus robustas manos el cuello del italiano.

Silk trató desesperadamente de aflojar la presión que Flix ejercía sobre su garganta. Yo observaba la escena con calma. La cara de Fennelli se tornó roja y luego, a medida que sus esfuerzos se hacían más débiles, se volvió azul.

Consideré que Flix ya había llegado bastante lejos. No era mi intención dejar que le matase; con que le diera una lección me bastaba.

—Ya está bien, Flix. ¡Basta!

Pero Flix no me oía y seguía apretando el cuello de Silk. Levanté el arma y apunté al pistolero.

—¡He dicho que ya basta, Flix! —repetí.

Flix dejó caer las manos y se quedó quieto, casi rígido. Silk se derrumbó encima de la mesa. Estaba sin conocimiento.

—¡Dale un poco de agua! —ordené a Taylor.

Taylor se levantó, se fue hacia la fuente de agua fría, llenó un vaso de papel y se dirigió hacia Fennelli; se quedó junto al italiano, inmóvil y mirándome estúpidamente.

Me levanté, me dirigí hacia la fuente, tiré hacia arriba el botellón de cristal de la misma y vertí la mitad de su contenido sobre Silk. Volvió en sí inmediatamente. Intentó hablar, pero la garganta le dolía demasiado y solo fue capaz de articular unos sonidos ininteligibles. Estaba empapado.

Dejé el recipiente en el suelo y hablé.

—Quiero que me escuchéis atentamente, muchachos. He sido yo quien ha dado el visto bueno a la retirada de Moishe. Cuando lleguéis a su edad, lo que no sucederá a menos que juguéis limpio conmigo, también podréis retiraros. Estaréis en vuestro derecho entonces. Hasta ese momento, no olvidéis quién es el jefe.

Les miré. Estaban silenciosos y cabizbajos. Continué:

—Ahora largaos de aquí y llevaos a Silk; que le vea un médico. No quiero que pille un resfriado o algo parecido.

El primero en atravesar la puerta fue el individuo que estaba con Flix. Los otros le imitaron… todos excepto Flix. El pistolero estaba de pie, mirándome.

—¿Qué quieres tú, ahora? —pregunté.

Flix sonrió, no era una sonrisa amistosa, pero sí, al menos respetuosa.

—Es usted un tipo duro —comentó.

—Los tipos duros se encuentran a diez centavos la docena.

—Pero no son de su temple —insistió.

Le miré. Quería algo; me pregunté qué podía ser. Permanecí en silencio; si buscaba algo, que lo dijese.

—Me gustaría que me diese una oportunidad —dijo, al cabo.

Arrojé su pistola sobre la mesa, Flix la recogió y se la guardó en el bolsillo sin dejar de mirarme.

Yo pensaba rápidamente. Todo parecía indicar que la ocasión de emplear a un tipo como aquel había llegado. Podían suceder muchas cosas y no estaría de más andarse con cuidado.

—Necesito a alguien que vaya a por todas, un tipo que no deje que los asuntos privados interfieran su trabajo.

—Yo soy un trabajador —advirtió Flix—, no un inconsciente. Hago lo que se me ordena. Esa ha sido siempre mi norma.

Sonreí. Esto daría que pensar a Silk.

—Tienes empleo —dije.

Por doscientos dólares a la semana había conseguido un guardaespaldas.