No amarás a un extraño
ocho
Salí del metro en la estación de la calle Sesenta y seis y me dirigí a la dirección indicada. Era casi mediodía y el sol dibujaba sombras extrañas e irregulares sobre la calzada. Eran las sombras del ferrocarril elevado. Al llegar ante el establecimiento, me detuve. El local era de reducidas dimensiones y con un solo escaparate. Delante, en lo alto, campeaba un letrero gris y negro que rezaba: ESTABLECIMIENTOS WONDER. TÉ Y CAFÉ. En el escaparate había una modesta exposición de artículos alimenticios; los viandantes pasaban junto a la tienda sin mirarla siquiera. Estaba situada a poca distancia de la esquina, en un edificio restaurado. A un lado, y ya en la esquina, había una droguería y al otro, junto a la tienda, un despacho de lúpulo y cebada. Un poco más allá, un puesto de verduras, una heladería y una carnicería terminaban de dar a la calle un aspecto de mercado. En el piso de encima de la tienda había un club: ALIANZA OBRERA, decía un cartel en uno de los ventanales.
Entré en el local. Una clienta estaba escogiendo conservas al pie de unos estantes; un hombre, con un blanco delantal a la cintura, la atendía. Aguardé a que la mujer terminase y se marchase y luego me dirigí al individuo.
—Vengo de parte del señor Rayzeus —le dije.
—Está bien —contestó. Parecía esperar algo. Le entregué la nota, la leyó y se la guardó en el bolsillo—. Entendido, me llamo Harry Kronstein —dijo, sonriendo y tendiéndome la mano.
—Celebro conocerle, señor —saludé, estrechándosela.
Hurgó debajo del mostrador, sacó un mandil y me lo dio.
—Toma, ponte esto. Puedes empezar barriendo el local. El ayudante no se ha presentado esta mañana.
Me puse el delantal. Al fondo de la tienda vi una escoba apoyada en un rincón. La cogí y empecé a barrer. Comencé por la parte delantera, junto a la puerta, siguiendo hacia atrás por la parte anterior del mostrador hasta el fondo; barrí luego la parte posterior del mostrador y apilé los desperdicios en la parte trasera. Usé la tapadera de una caja de cartón para recoger la suciedad, y la eché luego en una caja vacía que había en la trastienda. Terminada la faena, salí.
—¿Qué más hay que hacer? —inquirí.
Harry me miraba con expresión de aprobación.
—¿Dónde aprendiste a barrer de esta forma, chico? La mayoría no sabe siquiera por dónde empezar.
—He trabajado en muchas tiendas —dije, por toda explicación.
Había gran número de cajas de conservas en el suelo, delante del mostrador, donde hacía poco las había dejado el camión del almacén general. Kronstein me las señaló:
—Desempaqueta todo esto y coloca lo que puedas en los estantes. El resto lo metes en la trastienda —ordenó.
Eché una mirada a las estanterías. Estaban casi llenas, aunque había algunos huecos en ciertos productos. Me fijé en cuáles eran, acerqué las cajas correspondientes y apilé las demás en el cuarto posterior. Salí de nuevo y abrí las cajas. Tuve que pedir al jefe la escalera para poder llegar a los estantes superiores. Había colocado el contenido de tres cajas, cuando el señor Kronstein, dijo:
—Basta, muchacho. Vamos a cerrar que es hora de comer.
Lo hicimos en la heladería. Nos sentamos a una de las mesas y charlamos mientras comíamos. Entonces pude fijarme bien en mi nuevo jefe. Era algo más bajo que yo. Tenía los ojos azules y llorosos, casi ocultos tras unas gafas de gruesa montura; era calvo, con solo una franja de cabello rojizo a los lados y en la parte posterior de la cabeza, y con un espeso bigote en lo alto de los carnosos labios. La barbilla era grande y redondeada, con una papada que le llegaba hasta la nuez. Hablaba despacio, se movía con soltura y sonreía agradablemente. Tenía una sonrisa cálida, pero carente de ese aire de espontaneidad que yo siempre había asociado a la risa.
Kronstein habló durante un buen rato; después, yo le conté mis recientes experiencias y me enteré de que la tienda no tenía dependiente. Yo iba a ser por tanto, recadero y dependiente. Después de tomar un bocadillo y una taza de café volvimos al trabajo.
A eso de las cuatro terminé de desempaquetar las conservas. Para entonces, se habían acumulado varios encargos, y los repartí. Reuní unos cuarenta centavos en propinas y, ya de vuelta, el patrón me indicó que retirase los artículos expuestos en el escaparate. Como era pequeño, no tardé en vaciarlo. Luego quité los carteles de los cristales y los limpié por dentro y por fuera. Me acordé de cuando limpiaba los cristales en el local de Keough y pensé qué sería de toda aquella gente ahora. Cuando volví a entrar, Kronstein me llevó junto al frigorífico y me mostró las diferentes clases de queso y mantequilla, y me enseñó el modo de cortarlo. A continuación desembaló unas docenas de huevos y los colocó en el escaparate para que yo supiera cómo se hacía.
Le di las gracias por su interés en enseñarme; él sonrió calmadamente.
—Cuanto antes aprendas, mejor. Serás más útil aquí y yo necesito mucha ayuda.
—Si hay algo más que pueda hacer, Harry, no tiene más que decírmelo. Quiero hacerlo todo lo mejor posible. Necesito el empleo.
—Te irá muy bien, ya lo verás —dijo, y sacó el reloj.
Eran ya las siete, hora de cerrar y volver a casa. Nos quitamos los delantales y nos marchamos.
Al llegar al hotel, tomé otra vez una habitación individual; luego, salí a cenar. Reconfortado por la buena comida, di una vuelta por los alrededores y después me acosté, no sin antes dejar dicho en la conserjería del hotel que me llamaran a las siete; no tenía despertador y no quería llegar tarde al trabajo.
Al día siguiente, yo ya estaba aguardando a la puerta de la tienda cuando llegó el señor Kronstein. Se acercó despacio y dijo buenos días. Entramos y barrí el local. Luego, me mandó a la heladería a por café. Volví con un recipiente lleno y algunos bollos. A eso de las ocho, se presentó el señor Rayzeus. Cuando entró, yo estaba limpiando los mostradores; levanté la vista y le di los buenos días. Me contestó con un movimiento de cabeza y se dirigió hacia Harry.
Estuvieron conversando unos momentos y oí que mencionaban varias veces mi nombre. Al rato, el señor Rayzeus salió, se montó en su coche y desapareció. Había terminado ya de limpiar los mostradores y Harry me dijo que sacara varias cajas de conservas de la trastienda. Íbamos a preparar el escaparate.
Terminamos antes de la comida que, como el día anterior, tomamos en la heladería. Después de comer, volvimos a la tienda y me ocupé de repartir algunos pedidos. Las propinas sumaron veinte centavos. Nuestra clientela era una mezcla de gente muy pobre —personas que vivían de lo que les pasaba el Estado para subsistir — y familias de clase media: personas con unos ingresos que oscilaban entre los veinte y los treinta dólares semanales. Los artículos que vendíamos eran de calidad más inferior y siempre teníamos productos en oferta. Como plato fuerte del negocio Harry tenía unos cuantos restaurantes, a los que llamábamos compradores al por mayor. Estos compraban una caja de huevos, un saco de azúcar y varias cajas de verduras en conserva. El señor Kronstein me pidió que fuera a todos ellos a anotar sus pedidos.
A las siete, estaba ya listo para marcharme. Esperé a que Harry cerrase, lo que hizo unos minutos más tarde, fui a cenar y después, al hotel a acostarme.
El siguiente día era sábado. Tal como me había advertido Harry, resultó un día agotador. No cerraríamos hasta las doce de la noche. Harry había decidido que aquel sería mi primer día como dependiente y yo esperaba impaciente la ocasión. Además, era día de cobro.
La mañana era esplendorosa. Como la víspera, también aquel día llegué antes que Kronstein. Abrimos y tomamos café. Metí las botellas de leche en el frigorífico y aguardamos la llegada de los primeros clientes. A eso de las nueve hicieron su aparición varios de ellos. Harry me indicó con un gesto que atendiera a una de las mujeres que acababan de entrar.
Se trataba de una italiana, alta y morena, que hablaba con el acento duro y áspero de las gentes más pobres de su país. Las primeras cosas que pidió fueron simples. Después pidió queso. Me acerqué al frigorífico y lo saqué. Quería media libra; al cortar, me excedí algo, y al ponerlo en la balanza pesó casi tres cuartos de libra. «A cuarenta centavos la libra, tres cuartos —pensé—, son treinta centavos.» Iba ya a decirle el precio cuando Harry me susurró al oído:
—Treinta y seis centavos.
Quité el queso de la balanza y dije a la mujer el precio que Harry me había indicado. La italiana respondió que de acuerdo y yo lo envolví. A continuación, compró una docena de huevos de los más baratos y una libra de café, también del más barato. Cogí una bolsa de papel y empecé a escribir los precios en ella. Después sumé. La cuenta ascendía a dos dólares con treinta y ocho centavos. Mientras realizaba la operación, Harry había permanecido a mi lado comprobando cómo hacía una marquita junto al precio de cada artículo. Pensé que tal vez quería repasar la suma y le tendí la bolsa. Recorrió velozmente la columna de cifras y me la devolvió sin hacer comentario alguno. Sabía que estaba bien. Metí los artículos en la bolsa y la señora me entregó un billete de cinco dólares.
Coloqué el dinero sobre la registradora y voceé:
—¡Cinco dólares! ¡Dos treinta y ocho a cobrar!
Harry registró la venta y me devolvió el cambio. Se lo entregué a la compradora y dije:
—Muchas gracias, señora. Vuelva otra vez por aquí.
Acababa de hacer mi primera venta. Me volví para atender a la siguiente compradora, pero no fue necesario. Harry había despachado a todas. Kronstein se acercó a mí y comentó:
—Lo has hecho muy bien. Con todo, te quedan unas cuantas cosas que aprender todavía. Por ejemplo, cuando al cortar queso o mantequilla el peso exceda un poco del que te han solicitado, no temas recargar algo el precio. Las clientas no pueden saberlo y, además la mayoría no sabe calcular mentalmente. Esas menudencias sirven para cubrir desayunos y otras cosas que, como los huevos que se rompen, van a cargo nuestro.
—Comprendo —dije, ¡y vaya si lo comprendía! Aquello no hacía sino confirmar mis ideas. Todo tiene su lado favorable. Lo único que hace falta es dar con él.