No amarás a un extraño
once
Hacía mucho calor en el parque. El sol caía implacable. A pesar de ello, se estaba jugando un partido muy disputado y pasamos un rato muy agradable. Comimos perritos calientes y bebimos limonada que compramos en uno de los carritos ambulantes que pululaban por el lugar.
Cuando regresamos a casa, eran las seis pero Tom no había vuelto todavía. Elly insistió para que me quedase a cenar, no obstante, me excusé y me marché. Cené en un restaurante de la calle Ciento veinticinco. Después me metí en un cine y salí a las diez pasadas. Decidí volver a casa de los Harris para ver si Tom había vuelto por fin. Llegué a Saint Nicholas Avenue y, me encaminé hacia la casa.
Al doblar la esquina de la calle, un coche de bomberos pasó como una exhalación por mi lado haciendo sonar la sirena; los hombres se ponían apresuradamente los chaquetones. Miré en la dirección del vehículo. Densas nubes de humo brotaban de una casa. Me quedé un rato con la vista clavada estúpidamente en las llamas. ¡Se trataba de la casa de los Harris! Corrí hacia el inmueble.
Un enorme gentío se congregaba ante el edificio y varios policías se esforzaban en mantenerlos apartados. Algunos bomberos tendían una escalera hasta el sexto piso, y potentes chorros de agua penetraban por las ventanas del inmueble. Me abrí paso a codazos hasta colocarme en primer término. Busqué entre la muchedumbre, con la esperanza de localizar a alguno de los Harris. Era ya muy de noche y no podía ver bien. Había gran agitación. De pronto, una mano me apretó el hombro. Giré en redondo. Era Tom.
—¡Frankie! —gritó—. ¿Dónde están?
—No lo sé —grité a mi vez—. Acabo de llegar del cine. ¿No estabas tú en casa?
—No, también acabo de regresar.
En aquel momento, Sam y Elly se acercaron corriendo. Respiraban entrecortadamente.
—¿Dónde está mamá? —preguntaron a Tom.
—Acabo de llegar, ¿no estaba con vosotros?
—No —contestó Sam—. Estaba cansada y fue a acostarse enseguida.
Nos acercamos a uno de los guardias. Era un negro de elevada estatura.
—¿Sabe si han rescatado a mi madre? —le preguntó Tom.
—¿Qué aspecto tiene? —inquirió el guardia.
—Es una mujer de mediana edad… la señora Harris… de unos sesenta y dos… cabello gris —aclaró Sam.
El policía meneó la cabeza.
—No he visto sacar a nadie que responda a esa descripción. Será mejor que pregunten al jefe de bomberos, es aquel que está allí. Corrimos hacia el bombero y repetimos las mismas preguntas.
—No. No he visto a nadie con estas señas. Pero no se preocupen: si está dentro, mis hombres la sacarán.
—¡Mamá todavía está dentro! —gritó Tom, volviéndose hacia la casa—. ¡Voy a ayudarla a salir!
Mi amigo se lanzó como una flecha en dirección al portal, pero una pareja de guardias le atenazó.
—No puede usted entrar —dijo uno de ellos—. Los bomberos la salvarán. ¡Tranquilícese!
—¡Mi madre está dentro! —vociferó Tom, forcejeando para librarse de los agentes—. ¡En el tercer piso! ¡He de ir a salvarla!
—¡No puede entrar! —exclamó uno de los agentes.
Tom consiguió librar un brazo y amagó un puñetazo al que seguía sujetándole. El policía se hizo a un lado y alcanzó a mi amigo en la mandíbula. Tom se desvaneció. Con la ayuda de su compañero, el policía lo depositó en el suelo.
—No podíamos hacer otra cosa. Hubiese muerto abrasado allí dentro. La casa arde como una pavesa —dijo, en tono de disculpa el que había golpeado a Tom, y se dirigió a las personas que se habían acercado al advertir la disputa.
Alguien de la multitud dio un grito de alarma. Miré hacia el edificio. Elly había atravesado el cordón policial y corría hacia la casa. Miré hacia atrás. Sam estaba arrodillado junto a su hermano, con el rostro bañado en lágrimas. Corrí en pos de la muchacha.
—¡Vuelve! ¡Vuelve! —grité, mientras trataba de alcanzarla.
Elly desapareció en el portal. La seguí. En el justo momento en que traspasaba la puerta, un chorro de agua me cayó en la espalda. Uno de los bomberos había dirigido la manguera hacia mí para protegerme del fuego. La fuerza del agua me empujó hacia el interior. El portal estaba oscuro, lleno de humo. El agua me caía desde arriba, como si lloviera. A tientas, llegué hasta la escalera y comencé a subir.
—¡Elly! —seguía llamando—. ¡Elly, vuelve atrás!
No hubo respuesta. Llegué al tercer piso. Elly acababa de entrar en la cocina. Atravesé el umbral de un salto y la alcancé. Traté de hacerla volver. Todo el piso era ya pasto de las llamas. El humo era tan espeso, que a duras penas podía verla. Elly tosía.
—¡Tienes que volver, Elly! —dije, con voz ronca, sin dejar de tirar de ella.
Dejó de toser y empezó a forcejear para evitar que la arrastrase al rellano.
—¡Mamá está dentro! —gritaba—. ¡Mamá! ¡Mamá!, ¿no me oyes? ¡Voy a sacarte de aquí!
Desasió las manos y me arañó el rostro. Traté de darle un puñetazo, pero no pude alcanzarla. Me dio una patada y salió corriendo hacia el dormitorio.
Las llamas se alzaron tras ella. Sus dedos, ardientes y lívidos, me quemaban el rostro. Intenté seguirla. La oía gritar a lo lejos:
—¡Mamá! ¿Dónde estás, mamá?
De pronto oí un crujido, seguido de un grito horrible que se interrumpió súbitamente. Momentáneamente, el fuego que nos separaba descendió de nivel y vi que el tabique que aislaba la cocina del dormitorio y el techo de este último se había desplomado, bloqueándome el camino. Las llamas recobraron altura y ya no vi más. Retrocedí hasta el recibidor con aquel grito desgarrador resonando aún en mis oídos. El vestíbulo era una antorcha. Me dirigí a la escalera, tropecé en el peldaño y rodé hasta abajo. Trozos de madera ardiendo caían a mi alrededor. Bajé corriendo el último tramo. El fuego bloqueaba la entrada, pero no había otra salida. De nuevo el chorro de agua penetró a través de la puerta. Me agaché y, a gatas, gané la calle. Ya en la acera, me puse en pie y, corriendo, salvé la distancia que me separaba de los bomberos.
Uno de ellos me agarró del brazo.
—¿Se encuentra bien? —preguntó, ansioso.
—Sí —dije entre toses.
El hombre me llevó hasta donde estaba la gente. Los agentes seguían empujando a los mirones.
—¡Atrás! ¡Atrás! —gritaban—. ¡De un momento a otro el edificio se derrumbará! ¡Atrás!
Me acerqué a Tom y a Sam. El primero seguía tendido en el suelo, pero comenzaba a volver en sí, moviendo la cabeza de derecha a izquierda y de izquierda a derecha. Se sentó. En aquel preciso instante, el edificio se vino abajo con enorme estrépito.
Nos volvimos para ver. Una nube de humo y polvo se alzó en el aire, lenguas de fuego se elevaban, aquí y allá, tornando el cielo oscuro. Tom se puso en pie. No sabía todavía que Elly también había quedado en el edificio. Dio unos pasos hacia los escombros y, con la cabeza levantada al cielo gritó:
—¡Lo pagarán, mamá! ¿Me oyes, mamá? ¡Todos lo pagarán! ¡Los malditos banqueros! ¡Estos bastardos que no permiten que vivamos en sitios mejores! ¡Se lo haré pagar caro, mamá! ¡Te lo prometo! ¿Me oyes, mamá? ¡Te lo prometo!
Un policía corrió hacia él y trató de hacerle volver. Tom se encaró con el guardia y, con un repentino movimiento, le asió por el cuello, tratando de estrangularle. El rostro del policía se tornó lívido.
—¡Tú serás el primero! —gritaba Tom, con los ojos extraviados—. ¡Tú eres el primero, pero no serás el último! ¡Todos vosotros pagaréis lo que habéis hecho!
El policía negro al que habíamos preguntado al llegar, se acercó corriendo. Trató de apartar a Tom de su compañero, pero no pudo hacerlo. Por fin, cogió la porra, dio un paso atrás y golpeó a mi amigo en la cabeza. Tom se desplomó como un toro degollado. El otro policía trataba, desesperadamente, de respirar.
Dos hombres vestidos de blanco llegaron de pronto, pusieron a Tom en una camilla y se lo llevaron a una ambulancia.
Sam y yo corrimos hacia el conductor.
—Es mi hermano —dijo Sam—. ¿Puedo acompañarle?
El chófer asintió.
—Suban detrás.
Subimos a la ambulancia. El interno que atendía a Tom me observó.
—No tiene usted muy buen aspecto —dijo.
Miré mi traje nuevo. Estaba sucio, rasgado y chorreando agua por todas partes. No podría volver a ponérmelo, pero no me importaba lo más mínimo. Le miré, como atontado.
—¿Es usted el que ha intentado salvar a la muchacha? —preguntó.
—Sí —murmuré.
—Deje que le examine —dijo, tomando un estetoscopio—. Quítese la chaqueta.
Obedecí como un autómata, mientras observaba a Sam, que se sentaba junto a su hermano. El rostro hierático del muchacho era indicio de que no se daba realmente cuenta de lo sucedido. No lloraba, solo miraba a Tom. Creo que ni siquiera se percataba de que nosotros estábamos en la ambulancia con él.
Yo estaba calado hasta los huesos, el rostro me ardía, tenía el vello de las manos chamuscado y me ardían los dedos. Después de tomarme el pulso, el doctor me hizo beber algo.
—¡Ha tenido usted una suerte loca! —exclamó—. No sufre ninguna quemadura de importancia.
La ambulancia se puso en marcha.
Dos horas más tarde, estaba sentado en un pasillo del hospital, con Sam a mi lado. Esperábamos noticias del estado de Tom. Le habían dado un golpe fortísimo en la cabeza, y durante algún tiempo pensaron que no saldría adelante. Tal como quedó, hubiera sido mejor que no lo hubiera hecho.
Cuando se nos autorizó la entrada en su habitación, encontramos a mi amigo sentado en la cama, llorando. Grandes lagrimones bajaban por sus mejillas. Sam, que hasta aquel momento apenas había hablado, se precipitó sobre la cama, gritando:
—¡Tom! ¡Tom!
Este miró a su hermano. Nada indicó que le reconociera, pues siguió llorando y murmurando para sí palabras incoherentes e inaudibles. De pronto, apartó a Sam.
—¡Déjeme! —musitó—. ¡Quiero a mi madre! ¿Dónde está mi madre?
Me volví hacia el médico con una pregunta en los labios. El doctor me contestó antes de que yo pudiera hablar. Moviendo tristemente la cabeza, dijo:
—Está trastornado y me temo que nunca volverá a ser el de antes. Ha sido un shock muy fuerte. Ahora, lo que necesita es descanso y tranquilidad.
Sam detrás de mí cuando el médico hablaba. Aunque miraba a su hermano, el muchacho había oído cuanto aquel había dicho. Aquello fue la gota final. Se volvió hacia mí, con los ojos llenos de lágrimas y apretándose los labios para no sollozar. Me hizo recordar a otro Sam que había acudido a mí en un momento difícil.
—Vamos, chico —dije, cariñosamente—. No te avergüences, hay ocasiones en que hasta los hombres lloran.
Retrocedió hasta una silla y se sentó; hundió la cabeza entre las manos y sollozó en silencio. No podía decirle nada; me limité a acercarme y permanecer torpemente de pie, a su lado, con la mano apoyada en su hombro. Al cabo de un rato dejó de llorar y salimos al vestíbulo, donde nos sentamos sin saber qué hacer.
Pasó cerca de media hora antes de que Sam hablase.
—Frank —dijo. Su voz me sonaba de pronto madura, más hecha—, ¿puedes conseguir que me den a mí el empleo que iban a darle a Tom?
Le miré sorprendido, antes de contestar:
—¿Y la escuela?
—Conseguiré el permiso para trabajar. Ya tengo edad y, además, tendré que hacer algo —contestó—. ¿Podrías conseguir que me lo den?
—Creo que sí.
—Es extraño —dijo de pronto, como si pensase en voz alta—. Hace solo unas horas, yo tenía un hogar… una familia… un lugar adonde ir. Ahora, en cambio no sé dónde viviré.
—¿Qué te parecería venirte a vivir conmigo hasta que las cosas se normalicen? — sugerí.
Me miró con expresión agradecida. En aquel momento, un negro apareció por el extremo del pasillo y se dirigió hacia Sam. Era el pastor que había conocido en la pequeña iglesia del almacén.
—Buenas noches, reverendo —dijo Sam, poniéndose en pie al verle.
—Sam —dijo el pastor, rodeando al chico con el brazo—, me he enterado ahora mismo de la desgracia. De momento vendrás a mi casa y te quedarás en ella todo el tiempo que sea preciso. No estás solo. Siempre tienes al Señor.
—Ya conoce usted a mi amigo —dijo Sam, señalando hacia mí.
El predicador me miró y asintió.
—Sí, ya nos conocemos —dijo, tendiéndome la mano—. Ha actuado usted con mucho valor esta noche, señor —añadió.
No contesté.
Atravesamos el vestíbulo. Al llegar a la puerta nos separamos; el pastor metió a Sam en un taxi. Antes de arrancar, el clérigo me preguntó si quería que me dejasen en algún lugar. Le di las gracias y le aseguré que prefería caminar un poco. Vi cómo el taxi se alejaba y después, lentamente, me dirigí al hotel.
Mamá Harris y Elley Harris fueron enterradas dos días más tarde, en la mañana de un martes lluvioso. Los funerales se celebraron en la iglesia del almacén, y, después de la ceremonia, fuimos en coche al cementerio. Cuando la tierra empezó a caer sobre los ataúdes, el pastor cerró la Biblia y habló. Sam y yo estábamos de pie, el uno junto al otro. Él permanecía inmóvil al borde de la fosa, mientras la lluvia le caía en la cabeza. Tom seguía en el hospital, permanecería aún mucho tiempo.
¡Bum…! Un húmedo puñado de tierra cayó sobre los féretros. El pastor permanecía rígido, mirando al cielo gris plomizo, mientras la lluvia le azotaba el rostro y se mezclaba con las lágrimas que le corrían por las mejillas. Parecía una estatua de ébano.
—¡Oh, Señor! —dijo en voz alta—. ¡Dígnate mirar hacia nosotros, tu pueblo, que vuelve sus ojos a ti en busca de fuerza, de comprensión y de esperanza…!
Esa fue la palabra que resonó en mi mente los días que siguieron. El tono de voz del pastor —una voz de barítono bien modulada—, el modo en que aquellas palabras subieron al cielo, y la manera en que miraba Sam al oficiante, otorgaron a aquel vocablo un significado imperecedero.
Esperanza… esa era la palabra. ¿Qué sería de nosotros sin ella?