No amarás a un extraño
tres
El problema de eludir la vigilancia del hermano Bernhard resultó muy simple. Me presentaba a él, en el dormitorio, y luego me escabullía por la ventana, me deslizaba por el canalón… y ya estaba en camino. A la noche, regresaba del mismo modo. Nadie lo advertía.
Fue uno de aquellos días cuando conocí a Silk Fennelli.
Silk Fennelli era el hombre importante del vecindario. Cubría una amplia y variada gama de actividades: alcohol, juego, apuestas… y era el personaje más temido y respetado del barrio. Solía verle de pasada cuando, siempre acompañado por varios de sus muchachos, iba al local de Keough para tratar de negocios. Era un tipo duro, rudo, astuto; no temía a nada ni a nadie. Era mi héroe.
En ocasiones, cuando terminaba temprano mi trabajo en los billares, tomaba mi cajón de limpiabotas y salía en busca de unos centavos extra. Aquel día me metí en el despacho de bebidas clandestino que estaba en la esquina de Broadway y la calle Sesenta y cinco. Allí siempre había buena «pasta».
Iba de cliente en cliente:
—¿Limpia, señora? ¿Limpia?
El encargado del bar, un hombre gordo con la calva salpicada de gotas de sudor, tronó al verme:
—¿Cuántas veces habré de deciros que no os quiero ver por aquí, molestando a los clientes? ¡Largo de aquí! ¡Vete a limpiar zapatos al infierno! ¡Sal de aquí antes de que te sacuda!
No contesté, pero me dirigí corriendo hacia la puerta. Un gracioso, que estaba apoyado en el bar, extendió la pierna a mi paso. Tropecé y di de bruces en el suelo. La caja se me escurrió de la espalda y los frascos de betún se hicieron añicos contra las baldosas del suelo y lo cubrieron con una extraña mezcla de colores, mitad negra, mitad marrón. Por un momento, me quedé inmóvil en el suelo, aturdido, mientras el líquido se desparramaba en todas direcciones sobre las relucientes baldosas.
De repente, una mano que más bien parecía un jamón me asió por el cuello y, casi sin advertirlo, me encontré otra vez de pie.
Era el encargado. El hombre rugía:
—¡Vamos, ya te estás largando si no quieres que… que…! —Era tal su enfado, que mientras me arrastraba hacia la salida, tartamudeaba.
Estábamos casi en la puerta cuando conseguí sobreponerme y zafarme de su manaza.
—¡Deme mi caja! —grité—. ¡Quiero mis cosas!
—¡Venga! ¡Fuera! ¡Ya te enseñaré a no volver más por aquí!
—¡No me iré sin mis cosas! —vociferé.
Haciendo una finta, me escabullí, volví al salón y empecé a meter los cepillos, frascos y trapos en la caja.
El encargado del bar me alcanzó en el preciso momento en que me levantaba y me propinó un terrible bofetón a un lado de la cabeza. Me zumbaron los oídos.
—¡Os voy a enseñar, chiquillos del diablo, a no entrar más en esta casa!
Agarrándome por el pescuezo, para que no pudiera moverme, me dio otro guantazo. Me rebullí, tratando de escapar, pero no lo conseguí. Traté de darle una patada. Fue inútil. Me tenía a su merced.
—¡Suéltale, Tony, quiero que me limpie los zapatos! —dijo una voz tranquila y bien modulada, desde una de las mesas del fondo.
El encargado y yo nos volvimos. Él seguía con una mano en alto y con la otra se encargaba de sujetarme. No sé cuál de los dos estaba más sorprendido.
Miré y vi a un hombre delgado y bien parecido, de unos treinta y cinco o cuarenta años, sentado a una de las mesas. Con una mano jugueteaba con una navaja sujeta a una cadena que le cruzaba el chaleco; la otra se apoyaba, entreabierta, sobre la mesa. Llevaba un traje gris oscuro, sombrero negro de airosa traza y lustrosos zapatos del mismo color. Tenía los ojos, de un gris acerado, semicerrados, y un tenue bigotillo asomaba sobre unos labios bien formados. Unos dientes blancos y brillantes, que destacaban en un rostro atezado y aquilino, completaban el cuadro. Era Silk Fennelli. Nos observaba atentamente.
El aludido carraspeó:
—Muy bien, señor Fennelli —admitió; me dejó ir y se dirigió hacia el mostrador.
Me froté la cara con la manga y me acerqué a la mesa de Fennelli arrastrando la caja. Con Fennelli estaban otras dos personas: un joven bien trajeado y una dama muy atractiva.
—Lo siento, señor, pero no podré servirle —lamenté.
—¿Por qué?
—Porque se me ha derramado el lustre negro —repliqué.
Hurgó en su bolsillo, sacó un monedero, cogió un billete de cinco dólares y me lo tendió, diciendo:
—Ve a comprar más.
Sin decir palabra, recogí el billete y me dirigí a la salida. Un mozo estaba limpiando los restos del estropicio. En el momento de salir, oí que el amigo de Fennelli le decía a este:
—Cincuenta contra cien a que este ya no vuelve, Silk.
El interpelado rio:
—Van.
—No creo que haya visto tanto dinero junto en su vida —comentó la señora.
—Es probable que estés en lo cierto. Así me ocurría a su edad —agregó Silk.
No pude oír lo que siguió porque, para entonces, estaba ya en la calle. Cuando regresé, estaban comiendo. Puse el cambio sobre la mesa y me disculpé.
—Siento haberle hecho esperar, pero el tendero no tenía cambio de cinco pavos y he tenido que recorrer toda la manzana.
Me arrodillé y empecé por el pie izquierdo.
El otro hombre sacó su billetero, cogió un puñado de dinero y se lo tendió a Fennelli. Silk metió los billetes en el bolsillo, sin molestarse en contarlos.
—Esto debería enseñarte que no puedes ganar a un experto —dijo, riéndose.
Había terminado con el izquierdo, por lo que le golpeé ligeramente el pie. Silk, distraídamente, puso el otro sobre el escabel.
—¿Cómo te llamas, hijo? —preguntó.
—Francis Kane —dije—, pero puede usted llamarme Frankie. Todos mis amigos me llaman así.
—¡Ah!, ¿así que ya soy amigo tuyo? Mejor será que tengas cuidado, pequeño. La amistad es algo que no ha de tratarse a la ligera. No te fíes —aconsejó.
—No sé de qué me está hablando. Usted ha sido bueno conmigo —dije, confuso.
Terminada mi tarea, me levanté. También lo hicieron el otro hombre y la mujer.
—Bueno, Silk, tenemos que marcharnos ya. Hasta luego —se despidió él.
—Hasta la vista —saludó Silk, poniéndose en pie.
—¿Ha cobrado usted, señor Fennelli?
—¿Qué quieres decir?
—Me refiero a la apuesta. ¿Ha pagado su amigo?
—¡Así que lo oíste! —rio Silk Fennelli.
—Sí —asentí—, no soy tonto; sé lo que es una apuesta.
Mi nuevo amigo rio otra vez.
—Siéntate y tómate un bocadillo. ¿De dónde vienes?
—Del orfanato de Saint Thérèse —dije.
—Así pues, sabes lo que es una apuesta —comentó él, como si ya fuéramos iguales—. Tu cara me es familiar. ¿Dónde te habré visto antes? ¿En uno de los «locales de juego»?
Se refería a los almacenes que había convertido en lugares de esparcimiento para niños. Todo el mundo decía que estaba realizando una gran labor en pro de los menores de la vecindad, poniéndoles a cubierto de los peligros de la calle. Yo había oído decir a Keough que en todo aquello había algo más: era la forma en que Fennelli educaba a sus futuros clientes. En los «locales» había toda clase de juegos, juegos con los que los pequeños disfrutaban libremente, juegos de destreza y de azar que fuera costaban desde cinco centavos a un cuarto de dólar. Cuando los pequeños llegaban a una cierta edad, ya no se les permitía la entrada a dichos «locales». Entonces, la mayoría de ellos, solían ir a jugar a otros sitios donde tenían que pagar por hacerlo.
Sí, Fennelli era un tío listo; hasta mandaba a sus clientes a la escuela. Pero, como decía la mayoría de la gente, alguien tenía que ocuparse de esos asuntos. Al fin y al cabo, había demostrado que sabía lo que se traía entre manos.
—No creo —contesté—, yo trabajo con Jimmy Keough.
El camarero, a una señal del magnate del juego, se presentó solícito. Encargué un emparedado de ternera y un vaso de cerveza.
—Eres muy joven para beber cerveza —advirtió Silk y dijo al camarero que trajese una gaseosa.
Me contempló mientras comía. Lo hice aprisa y, a los pocos minutos, estaba de pie, diciendo:
—Gracias, señor Fennelli.
Me sonrió otra vez:
—No hay de qué, chico. Yo también limpié zapatos, como tú. —Sacó del bolsillo unos billetes doblados—. Toma esto y lárgate.
—Sí, señor. Muchas gracias otra vez —repetí, al ver que se trataba de cinco dólares.
Estos individuos se pirran porque alguien les dé las gracias en voz alta. Creo que eso les hace sentirse mejores y, en realidad, no cuesta nada decirlo. Además, Silk merecía el esfuerzo de ser amable con él. Así pues, le di por tercera vez las gracias y salí del establecimiento.
Ray Callahan estaba recostado contra la esquina, con su caja en el suelo, junto a él. Me dirigí hacia mi amigo. Ray era un muchacho agradable. Su padre era alcohólico. La familia vivía de lo que les pasaba la beneficencia. Ray daba todo lo que ganaba a su madre, quien se gastaba en beber tanto como pudiera hacerlo el padre.
—¡Eh, Frankie! —gritó.
—¿Qué hay, cómo te van las cosas? —saludé.
—No demasiado bien —tartamudeó—. Solo cuarenta centavos en toda la tarde.
Agité los cinco dólares ante sus narices. Le centellearon los ojos, suspiró y acabó por musitar:
—¿Dónde los has conseguido, Frankie?
—¡Ah!, ¡amigos que tiene uno! —reí. Luego le conté lo ocurrido.
—¡Qué suerte tienes, chico! —dijo con admiración.
Caminamos juntos. Empezaba a oscurecer y, paulatinamente, las ventanas se iban llenando de luces.
—¿Subes conmigo a casa? —preguntó—. Si no tienes nada que hacer, claro.
Comprendí que deseaba que fuera con él para que no le pegaran porque había limpiado pocos pares de zapatos.
—De acuerdo —admití.
En cuanto llegamos al zaguán, oímos ya a sus padres gritándose y vociferando desaforadamente.
—¡Cielos! —dijo Ray, mirándome—, nunca paran. Me parece que hoy voy a cobrar una buena.
No respondí. Empezamos a subir. Al llegar al primer rellano, un hombre salió de una habitación, pasó junto a nosotros y se precipitó escaleras abajo. Había dejado entreabierta la puerta, y una voz de mujer llamó desde el interior.
—¿Eres tú, Ray?
Este se detuvo y contestó:
—Sí —y dirigiéndose a mí, añadió—: Es Mary Cassidy. Me encargó hacerle la compra.
—¿Quieres bajar y traerme unas cuantas botellas de cerveza?
—Por supuesto, Mary —dijo Ray.
Mi compañero dejó la caja, tomó el dinero que ella le tendía, me dijo que le aguardase y salió corriendo.
—No te quedes esperando ahí fuera. Trae las cajas y pasa —dijo la señorita Cassidy.
Sin hablar, recogí las cajas y las dejé en la habitación.
La inquilina cerró la puerta y añadió, indicándome un sillón:
—Puedes sentarte hasta que Ray vuelva.
Obedecí. La mujer se fue a la habitación contigua, volvió con un recipiente parecido a una lavativa, lo llenó de agua y pasó de nuevo al otro cuarto. Unos minutos después, volvió a salir.
—¿No ha vuelto aún? —inquirió.
—No, señora —dije.
Esta vez pude verla bien. No tenía mal aspecto, y, con la cara y labios maquillados, hasta resultaba bonita. Tenía el cabello de un rubio claro y ligeramente rizado. La miré tan fijamente que casi se ruborizó. Había gotas de sudor en su frente. Era más bien alta y tenía los ojos de un verde azulado. Me pregunté si Ray sabía que era una puta… Me apeteció acostarme con ella. Me preguntaba cómo le pediría que… conmigo. Nunca lo había hecho con nadie, sin embargo, los cinco dólares que tenía en el bolsillo me dieron el valor necesario.
—Tengo un par de dólares —empecé.
—¿Y qué? —Su voz tenía un ligero acento irlandés. Me observaba con curiosidad.
No sabía cómo continuar, pero seguía mirándola fijamente a los ojos. Guardamos silencio durante unos instantes. Por fin, ella habló:
—Eres un poco jovencito, ¿no?
—Tengo quince años —dije. Me resultaba fácil mentir. Por otra parte, casi había llegado a convencerme de que esa era mi verdadera edad.
—¿Lo has hecho antes? —preguntó. Sus senos me parecían enormemente grandes y apetitosos.
—Claro —dije—. Cientos de veces.
Me estaba poniendo nervioso.
—De acuerdo —convino—. Vamos. —Me llevó a la habitación. Se volvió hacia mí desde el borde de la cama—. Dame el dinero.
Saqué dos dólares y se los di. Me temblaba la mano. Ella tomó el dinero y lo metió debajo de la almohada. Después se sacó el vestido por la cabeza y se tumbó en la cama.
—Vamos —dijo.
Me solté los pantalones y los dejé caer. Me fallaban las piernas. Me tumbé en la cama junto a ella. Lo intenté, pero no podía. Tenía demasiado miedo; estaba demasiado nervioso.
Ella se impacientaba:
—Vamos, date prisa. No podemos estar así todo el día, Ray puede regresar de un momento a otro.
Nada. Yo estaba como un flan. Aquello no funcionaba. Intentó ayudarme, pero en vano. Finalmente, se levantó. Yo me quedé mirándola un momento. Cuando se dio la vuelta, metí las manos debajo de la almohada y cogí los dos dólares. No estaba dispuesto a pagar por nada. Ella no me vio. Me metí el dinero en el bolsillo de la camisa.
Segundos después, volvió junto a la cama y me lanzó una toalla sin decir palabra. Se puso el vestido.
Yo salí de la cama y me puse los pantalones. Pasamos a la habitación delantera, ella me miró y se rio:
—Es mejor que vuelvas cuando hayas crecido un poco, muchacho. Yo siempre digo que un chaval no puede hacer el trabajo de un hombre.
No podía dejar de mirarla. Notaba cómo la sangre se me agolpaba en las sienes. Me entraron deseos de atizarle con la caja en la cabeza. Sin duda debió comprender mi estado de ánimo, porque retrocedió un paso y abrió mucho los ojos. Sentía que se me formaba un nudo en el estómago. La fulminé de nuevo con la mirada.
—No tienes que ponerte de ese… —empezaba a decir, cuando se abrió la puerta. Era Ray, con una bolsa en la mano.
—Ahí está la cerveza, Mary.
Una vez más, la miré. Ella también me miraba. Recogí la caja y salí al rellano.
Oí que Ray le preguntaba algo y que ella se reía. Después, los dos salieron a la puerta. La joven dio diez centavos a Ray por el encargo y empezó a cerrar. De pronto, como si hubiese olvidado algo importante, dijo a Ray:
—Ahí van diez centavos para tu amigo. Por haberte esperado. —Me arrojó la moneda y cerró la puerta.
Recogí los diez centavos y los estrellé contra la puerta.
—¡Para ti, maldita puta! —grité. Y sin mirar a Ray, bajé la escalera y salí a la calle.