No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 66 de 87

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No amarás a un extraño

Sexta parte

uno

 

Cuando, después de almorzar, volví a mi despacho, Fennelli me estaba esperando. Al verme llegar, se puso de pie. Crucé la estancia y tomé asiento detrás de la mesa. Había subido por el ascensor privado y conecté el interfono para que mi secretaria estuviese advertida de mi regreso. Sobre la mesa descansaba el informe de la mañana. Lo examiné antes de ocuparme de Silk.

Cuando hube terminado con el escrito alcé los ojos para mirarle. Silk seguía de pie ante mí. Parecía algo nervioso. Es posible que quien no le conociera a fondo no advirtiese tal circunstancia, pero para mí no pasó desapercibida. Los síntomas eran infalibles: la quietud forzada de las manos, los labios apretados… pequeños detalles.

—Siéntate, Silk —invité, con una sonrisa—. ¿Qué te trae por aquí? —pregunté, mientras encendía un habano.

—El cerco se estrecha, Frank —exclamó, levantándose otra vez.

¡A mí tenía que decírmelo! ¡Durante las seis últimas semanas no me había atrevido a cruzar el río en dirección a Nueva York y ahora me venía con aquello! No contesté.

Silk puso el sombrero sobre la mesa y continuó:

—Hablo en serio, Frank. No cabe duda de que han apretado a fondo el acelerador y se disponen a atacar en serio. El otro día, Cowan se entrevistó con el gobernador y obtuvo autorización para ocuparse primero de nosotros, ya que no puede contigo.

Yo ya estaba enterado de aquello. Pagaba doscientos dólares semanales a un tipo empleado en la oficina del gobernador para que me tuviese al corriente de todo. Así me había enterado de la entrevista y de sus resultados, incluso tenía sobre la mesa una transcripción completa de la conversación que habían sostenido Jerry y el gobernador. Aún no había llegado el momento de hablar. Seguí fumando en silencio.

Silk me observaba; cuando vio que no rompía mi mutismo, siguió adelante.

—Tenemos que hacer algo. Los muchachos están muy preocupados.

—¿Qué muchachos? —inquirí.

—Madigan, Moscowits, Kelly, Carvell, todo el grupo.

—¿Tú también?

—Yo también. —Y asintió, a la vez con la cabeza.

Me reí.

Me acordaba de antes, cuando imaginaba que esta gente era dura como la roca y que nada les arredraba. Ahora les conocía mejor. Eran duros, pero solo cuando los negocios rodaban bien. Cuando las cosas tomaban mal cariz, no dudaban en venir a refugiarse en brazos de papá Frankie.

—¿Qué quieres que haga? —espeté—. ¿Que te dé palmadas en el hombro para animarte?

Silk se sonrojó antes de sugerir:

—¿No hay forma de llegar a Cowan?

—Ya te dije en otra ocasión que lo había intentado y que nada había conseguido.

—Mentía. Jamás había tratado de hablar con él, pero estaba convencido de que, de haberlo hecho, no hubiera servido absolutamente de nada.

—¿Es posible que no se pueda dar con algo? —insistió Fennelli—. Tal vez tenga algo oculto, algo que no desea que salga a la luz.

—Este tipo ha llevado una vida tan decente que da asco. No hay nada de nada — reí otra vez.

—¿Y en su familia?

—Tú ya conoces a su padre —señalé—. ¿Crees que puedes colgarle algo deshonroso? ¡El gran político neoyorquino! ¡El padre del pueblo! —Reí de buena gana. Si intentan hundir al viejo, los chicos se hundirán con él. Ellos lo saben.

—¿Su esposa? —aventuró Fennelli.

—Cero. También lo he comprobado. Se conocen desde niños y se prometieron cuando estaban cursando el bachillerato. Nunca ha habido un tercero… o tercera.

—Pues tenemos que hallar un modo de detenerle —murmuró Silk.

Me levanté, salí de detrás de la mesa y me quedé frente al italiano.

—Seguro. Hay un sistema muy sencillo. Lo único que tengo que hacer es entrar en su despacho y decirle: ¡Hola, Cowan!, aquí me tienes, ¿en qué puedo serte útil? — Callé un momento y, tras aplastar la colilla en el cenicero, volví a mirar a Silk—. ¡Esto es todo!

Fennelli levantó las manos.

—Ya sabe que no pretendemos eso, Frank.

—¿Cómo diablos puedo saber lo que queréis? —gruñí—. Lo único que sé es que venís aquí como un coro de plañideras cada vez que surge una dificultad. ¿Es que no sois capaces de comprender que eso es precisamente lo que quieren que hagáis… que os asustéis de tal modo que uno de vosotros acabe por hacer una tontería? Si eso ocurre, estamos listos todos. ¡Ataos a la silla y tener la boca cerrada! Dejad que piense por vosotros y no os comportéis como críos de párvulos. Me pusisteis aquí para que realizara un trabajo en vuestro beneficio y es lo que estoy haciendo —le miré fijamente y añadí, con inflexión dubitativa—. Bueno… a no ser que no estéis satisfechos de mi labor, en cuyo caso…

—¡No, no, Frank! Te aseguro que no tenemos la menor queja —protestó Silk.

Yo sabía perfectamente todo cuanto murmuraban Silk y los otros lobos sin la menor vacilación.

—Pues ya sabes, Silk. Te vuelves a Nueva York y les dices que dejen de temblar. También puedes advertirles que estoy al tanto de todos sus movimientos, y que quiero que cumplan mis instrucciones a rajatabla. Lo tengo todo dispuesto para sacar de la sombra en cuestión de minutos a cualquiera que caiga en manos de Cowan. Diles que quiero que sigan trabajando en tanto no reciban una contraorden mía. —Volví al sillón y me senté.

—Así transmitiré, Frank —aseguró Silk, y cogió su sombrero y se dirigió hacia la puerta. Su voz sonaba respetuosa pero le traicionaban sus ojos.

—Por cierto, Silk —dije, antes de que saliera—. Debes nueve mil dólares correspondientes a la liquidación de la pasada semana. Aprovecha la visita para ver a Joe Price y saldar cuentas con él.

—Descuida, Frank —dijo el italiano, con la mano en el pomo de la puerta.

Todavía añadí otro golpe al advertirle:

—Y no olvides, Silk, que recuerdo muy bien que en cierta ocasión quisiste quedarte con este trabajo… y que tengo buena memoria.

—Y tú no olvides que si yo no te hubiese dado la mano, jamás habrías llegado a ser lo que eres —advirtió desde el umbral, apartando la mano de la puerta.

—No lo olvido —repliqué con calma—. Precisamente porque no lo olvido es por lo que te estoy hablando tan cortésmente.

Fennelli vaciló un momento; parecía querer decirme algo más, pero no se atrevió y cerró la puerta tras de sí. El inconveniente que tienen esos tipos estriba en que están tan acostumbrados a avasallar a sus semejantes que llegan a olvidar que también ellos son humanos y que, por tanto, alguna vez ha de tocarles perder.

—Póngame con Alex Carson —dije por el teléfono.

Carson era la eminencia del departamento jurídico. Tenía que ordenarle poner en práctica la idea que se me había ocurrido mientras hablaba con Fennelli… la de pagar inmediatamente las fianzas de los muchachos en el supuesto de que fuesen detenidos. A veces, una conversación aparentemente trivial sirve para aclarar muchas cosas. Yo siempre estaba dispuesto a conversar. La pega estaba en que no podía confiar lo bastante en ninguno de aquellos tipos como para hablarles libremente y tenía que resolverlo todo yo solo. A lo más que podía arriesgarme era a contarles parte de las cosas, de vez en cuando. Si no, sabrían tanto o más que yo y no tardarían en tener ideas propias y en actuar por su cuenta.

Cuando hube terminado con Carson, colgué el teléfono y me enfrasqué en el trabajo. Eran muchos los asuntos que reclamaban mi atención directa. Sonreí. ¡La vida fácil traía complicaciones!

Una muchacha entró en el despacho con el informe de las cinco y aguardó, de pie, mientras yo lo estudiaba.

—¿No ha llegado nada de Tanforan? —pregunté.

—No, señor Kane.

Descolgué el aparato y pedí comunicación con el despacho de Joe Price. Joe Price era algo así como el interventor de la empresa… ¡un tipo verdaderamente hábil con los números! Cuando le contraté, ganaba cien dólares a la semana como jefe de contabilidad en una compañía de escasa importancia. Se había metido en un lío por unos pocos miles y, pensando que podría serme útil, le saqué del embrollo. Se lo mereció. Ahora le pagaba mil a la semana y no precisamente porque su aspecto me resultase simpático.

Contestó a mi llamada.

—¿Cómo ha ido la jornada en Tanforan? —pregunté. Tanforan está en California y lleva una diferencia horaria de tres horas con respecto a la costa Este.

—Llevamos perdidos unos ocho mil —habló Joe con voz apocada—, y la balanza total arroja un negativo de treinta mil —añadió.

—¿Qué impresión tienes para la hora del cierre?

—Que tendremos suerte si conseguimos cerrar a la par.

—¡Bueno, bueno! —dije, colgando. No siempre se puede ganar.

La secretaria seguía de pie junto a la mesa. La miré interrogativamente.

—Una señorita aguarda en la antesala. Una tal señorita Coville.

—¿Cómo ha conseguido llegar hasta aquí? —pregunté, sorprendido—. No recuerdo su nombre.

—No lo sé, señor Kane —replicó la muchacha—. Supongo que se coló. Ha dicho que la conoce usted, que es la hermana de Marty —concluyó la secretaria, recogiendo el informe.

—¡Ah, sí! —¡Vaya si la conocía! ¿Qué diablos estaba haciendo allí? Vacilé un momento. Para disimular mi desorientación, pregunté:

—¿Ha llegado Allison, señorita Walsh?

—Todavía no. ¿Le digo a esa señorita que está usted ocupado? —preguntó la chica, dirigiéndose a la puerta.

Dudé un momento y luego dije:

—Sí.

La muchacha salió. Me quedé mirando la mesa. Había estado tentado de verla, pero nada hubiera ganado haciéndolo. Probablemente me hubiera reconocido como el tipo que había estado en el hospital, aunque ahora tenía unos cuantos kilos más de peso y un traje de doscientos dólares. Era mejor así.

Unos minutos más tarde, llegó Allison. Era mi secretario nocturno. Tenía necesidad de dos secretarios: uno para el día y otro para la noche. Por lo general, me quedaba en el despacho hasta muy tarde. Como me resultaba difícil encontrar una muchacha dispuesta a aceptar el turno de noche, había contratado a Allison.

—¿Qué desea? —pregunté.

—Hay una señorita que quiere hablar con usted. Señorita Coville, creo que se llama —dijo el secretario.

Allison tenía un rostro casi femenino. No me resultaba simpático. ¡Nunca podría gustarme un hombre que supiese taquigrafía!

—Creía haber dicho a la señorita Walsh que la despidiera —dije.

—Pues sigue esperando, señor. Dice que usted había prometido verla.

Allison me miraba raras veces a la cara, pero en aquella ocasión lo hizo. Me sorprendió constatar la firmeza de su mandíbula.

—¡Está bien, que pase! —cedí. La vería y acabaríamos de una vez.

Me levanté mientras Allison abría la puerta para que Ruth entrase. La muchacha se detuvo una fracción de segundo en el umbral. Llevaba un vestido gris azulado que hacía juego con el azul de sus ojos. Miraba con decisión y desembarazo. La firmeza con que apretaba los labios daba a su barbilla un aire masculino.

Hasta que la puerta no se cerró a sus espaldas no habló.

—¡Eres tú! —dijo, acercándose y tendiéndome la mano.

—¿Quién esperabas que fuese? —pregunté, ignorando su gesto. Ruth dejó caer la mano, consciente de mi rechazo. La duda oscilaba en sus ojos como sombras en un muro.

—No sé —dijo con cierto nerviosismo en la voz. Luego, más calmada, siguió—: De todos modos, estabas en el hospital. No me había equivocado.

—¿Y qué prueba eso?

—Pues nada, supongo —contestó—. Solo que pensaba…

Seguíamos de pie, observándonos a ambos lados de la mesa como luchadores en el cuadrilátero.

—¿Qué pretendes viniendo aquí? —quise saber.

—Quería verte… ver si eras el mismo que vi en el hospital… comprobar si eras la misma persona que iba a casa. —El nerviosismo había desaparecido de su voz.

—¿Y ahora que ya sabes quién soy…?

—Eres todavía el mismo de antes. Solo que más viejo… y más insensible — replicó Ruth, y apretó los labios. Tampoco ella había cambiado mucho.

No respondí.

—No debí haber venido; Marty y Jerry me advirtieron…

De un salto, salvé la distancia que nos separaba y le tapé la boca con la mano.

—¡Cierra la boca insensata! —ordenó en voz baja—. ¿No comprendes que me vigilan constantemente y que todo el que viene aquí se ve sometido al mismo control? ¿Por qué no me dejas en paz? ¡No lo comprendo! ¿Es que no se te ocurre pensar en lo que puede sucederles si les relacionan conmigo?

No había mencionado nombre alguno, pero comprendió a quiénes me refería. La solté; tenía la mano manchada de carmín, saqué el pañuelo y me limpié.

—No, no se me había ocurrido.

—¡Eso es lo malo! ¡No piensas!

—Solo quería ayudarte —tartamudeó.

—¿A quién? ¿A mí? —pregunté sarcástico—. ¡Valiente ayuda puedo esperar de ti! Y si te relacionan con ellos, las cosas se complicarán. Mira, lo mejor que puedes hacer es salir de aquí y no volver jamás.

Ruth había recuperado el dominio de sí misma. Se levantó. Su voz sonaba fría y protocolaria otra vez.

—Lo lamento, he cometido un error. Sé que ha sido una equivocación el pretender ayudarte. No has cambiado un ápice. Olvidé que nadie puede ayudarte; ni siquiera dejas que lo intenten. Seguirás solo hasta que acaben contigo. Perdona si te he molestado —dijo, mientras se dirigía hacia la puerta.

La miré. Deseaba decirle cuánto me alegraba de verla, quería que supiese cómo echaba de menos a mis viejos amigos de la adolescencia, pero no me atreví a hablar. Tal vez Jerry la había enviado tratando de encontrar mi punto flaco. No podía estar seguro.

—Siento haber sido tan duro contigo —dije amablemente.

—No te preocupes, me lo merezco. Tenía que habérmelo imaginado. Adiós.

Me acerqué, la tomé de la mano y sonreí.

—De todos modos… ¡gracias por haber venido!

Con las manos entrelazadas y mirándonos a los ojos, permanecimos quietos. Ruth se inclinó hacia mí y un beso rozó mis labios.

—Recuerda lo que dijiste hace muchos años —murmuró—. Ahora somos amigos.

—Adiós —musité, mientras ella desaparecía tras la puerta.

Llamé a Allison para que me pasase el informe de Tanforan y, mientras esperaba que mi secretario me leyese los resultados, me quedé pensando. No. Sería tonto, estúpido. Aquel momento no era el más propicio para enamorarme, fuera quien fuese ella.

¿O sí lo era?