No amarás a un extraño
dos
A la mañana siguiente, me desperté temprano. La casa estaba silenciosa y parecía que todos dormían aún. Salté de la cama, me acerqué a la cómoda y miré mi reloj. Las seis y media. Me dirigí a la ventana.
No había salido el sol y la mañana tenía un tono grisáceo. Mi habitación daba a un patio alrededor del cual había otras dos casas. Por las ventanas abiertas, llegaba el ocasional sonido de un despertador y el aroma del café matinal. La parte de los edificios orientada hacia el patio, estaba pintada de blanco para reflejar mejor la luz. Me aparté de la ventana, me puse los pantalones y me encaminé al cuarto de baño.
Cuando terminé mi aseo, volví a mi habitación y me senté. Tenía que acostumbrarme a esta nueva vida. Me resultaba extraño no dormir en compañía de otros muchachos y echaba de menos las bromas y travesuras que seguían a mi despertar en el orfanato. Oí pisadas en el pasillo.
Me puse en pie y abrí la puerta. Era mi tía.
—Buenos días, Frankie. Te levantas temprano, por lo que veo —dijo sonriendo.
—Sí, tía. Estoy acostumbrado.
—¿Te has lavado ya?
—Sí. Ya estoy listo.
—¿Te importaría bajar a la panadería y traerme unos bollos? Me ahorrarías ese trabajo.
—Con mucho gusto, tía Bertha —contesté.
Me dio el dinero, me indicó dónde estaba la panadería y salí.
Eran ya casi las siete y la gente empezaba a dirigirse a sus quehaceres y ocupaciones. Recogí lo que mi tía me había encargado y, a la vuelta, compré el periódico. Al llegar, dejé los bollos en la mesa de la cocina y me senté dispuesto a leer el periódico. Entró tía Bertha y empezó a preparar el café. Diez minutos más tarde apareció tío Morris.
—Buenos días, Frankie. ¿Has dormido bien?
—¡Estupendamente, tío!
—Veo que tienes el periódico. ¿Algo nuevo?
—No mucho —contesté—. ¿Quieres leerlo?
—Gracias —dijo, y lo tomó.
Tía Bertha se acercó con una bandeja de tostadas y dos vasos de zumo de naranja. Sin apartar los ojos del diario, tío Morris tendió la mano y cogió uno de los vasos. Tomé el mío y bebí lentamente.
A continuación, tía Bertha nos sirvió huevos y, por último, café con los bollos que yo había comprado. Estábamos acabando cuando llegaron las pequeñas.
—Buenos días —saludaron al unísono.
Se acercaron a su padre, una por cada lado, y le besaron. Tío Morris contestó a la caricia con unos cariñosos pellizcos y volvió a su periódico y a su segunda taza de café. Luego le tocó el turno a tía Bertha; esta se inclinó sobre sus hijas para besarlas y cuchichearles algo al oído.
Obedeciendo la indicación de su madre, Irene y Essie vinieron a mí para darme un beso. Yo me eché a reír. Luego, arrastraron las sillas hasta la mesa y se sentaron.
Tío Morris consultó el reloj.
—Ya es hora de marcharme. ¿Vas a ir ya a la escuela, Frankie? —me preguntó.
—Creo que sí.
—¡Bien hecho! Ya me contarás esta noche qué tal te ha ido. —Dio un beso a su mujer y se marchó.
—¿A qué escuela vas a ir, Frankie? —preguntó Essie.
—A la George Washington.
—Yo voy aún a la escuela primaria —aclaró mi prima.
—¡Eso está bien! —dije. Después de aquello, permanecimos callados sin saber de qué hablar.
Tía Bertha sirvió la leche a las niñas y se sentó.
—¿Te ha gustado el desayuno? —indagó, mirándome con la sonrisa en los labios.
—¡Ha sido estupendo, tía!
—Me alegro de que te haya gustado. Creo que ya es hora de irte —agregó—. No querrás llegar tarde el primer día de clase.
—Tienes razón; debo marcharme ya —asentí, y me fui a mi habitación para ponerme la corbata y recoger la chaqueta. Volví a la cocina—. Hasta luego —me despedí.
Tía Bertha me acompañó a la puerta. En el recibidor me dio algo de dinero.
—Esta es tu asignación semanal para comidas y demás. Si necesitas alguna otra cosa, me lo dices.
—No necesitaré más —aseguré. Eran tres dólares—. Creo que con esto tendré suficiente. Muchas gracias.
—Buena suerte —dijo, y cerró la puerta. Me sentía extraño. No sabía exactamente por qué. ¡Todo era tan diferente a lo de antes! Quizá era porque no estaba acostumbrado a la vida familiar.
El instituto George Washington estaba en la confluencia de la calle Ciento noventa y uno y la avenida Audubon. Se alzaba en lo alto de una colina que dominaba las demás y, más allá del East River, hasta el Bronx. Era un edificio de construcción reciente, de ladrillo rojo, rematado por una cúpula.
Al llegar, me mandaron al despacho del director. Di mi nombre a la empleada y aguardé mientras esta buscaba mi ficha. Cuando la encontró, me indicó que, al dar las nueve, me dirigiese al aula número 608.
Cuando sonó la campana, los corredores se llenaron de alumnos que corrían, arriba y abajo, hacia sus respectivas clases. Di con la 608 sin demasiada dificultad. Entré y entregué mi ficha al profesor, quien me indicó un asiento situado al fondo de la sala. Al sentarme, miré a mi alrededor. Sin duda era una clase mixta: unos veinte chicos y chicas negros y otros tantos blancos. Mi vecino era negro.
—¿Nuevo aquí? —preguntó con una gran sonrisa—. Me llamo Sam Cornell.
—Sí. Yo, Kane, Francis Kane.
Ciertamente, las cosas eran distintas aquí.
Al final de la primera semana de clase hablamos, por primera vez, de religión. Con frecuencia había sentido curiosidad por saber por qué los judíos eran como eran; ahora creía saberlo ya. No iban a la iglesia en toda la semana, ni aun en sábado, que viene a ser domingo para ellos. Me parece que echaba de menos la rutina de ir a misa todos los días.
No es que fuese particularmente devoto. Con toda franqueza confieso que si iba a la iglesia era porque no me quedaba otra alternativa. Confieso también que no habían sido pocas las veces que me había «saltado» la misa. De todas formas, era indudable que eso había dejado un vacío en mis hábitos.
Me movía, intranquilo, de un lado para otro de la casa. Había leído ya todos los periódicos y me sentía desasosegado. Tío Morris, como todos los sábados, estaba en la oficina para liquidar y cobrar sus comisiones. Las niñas habían ido a jugar a casa de unas compañeras y solo tía Bertha estaba conmigo en casa. Dejé el periódico y me levanté.
—Tía Bertha, ¿me dejas que salga un momento?
—Por supuesto, Frankie. Ya sabes que no tienes que pedir permiso para hacerlo —dijo, mirándome escrutadoramente.
Fui a mi cuarto para recoger la chaqueta y volví al salón. Tía Bertha seguía observándome con insistente curiosidad. Comprendí que la educación le impedía preguntarme adónde iba, y yo, por mi parte, dudaba en decírselo. No sabía si debía contarle que iba a ver al hermano Bernhard y que, tal vez, me dejaría caer por la iglesia. Ella fue más hábil. Ya me marchaba, cuando habló:
—¿Tardarás mucho, Frankie?
—No lo sé —contesté—. Pensaba dar una vuelta y visitar a unos amigos.
—¡Oh! —exclamó—. Tu tío y yo habíamos pensado llevarte con nosotros a la sinagoga. Tal vez te guste ir ahora… si no tienes nada mejor que hacer, claro está.
Durante unos breves momentos, estuve dándole vueltas a la idea. Evidentemente, mi tía era muy perspicaz. Tal vez, incluso, tuviera dotes de adivina.
—¿Crees que estará bien que vaya? Nunca he estado en una sinagoga —acabé por contestar.
—Por supuesto que estará bien. Me darás una gran alegría si aceptas —contestó, sonriendo dulcemente.
—Está bien. Vamos —transigí.
—Espera un minuto. Cogeré mi chaqueta y nos iremos.
Durante nuestro camino hacia la sinagoga, mi tía guardó silencio. Al cabo de unos minutos de marcha, llegamos a un edificio de ladrillos grises.
—Aquí la tienes —indicó tía Bertha.
Analicé el edificio. No era muy impresionante, que digamos. No llegaba a la altura de una casa de un piso, y no tenía ni estatuas ni santos sobre la puerta. Ni siquiera la Estrella de David. Todo se reducía a una sencilla construcción con una no menos sencilla puerta. Desde luego, aquello no tenía aspecto de lugar sagrado.
Me sentí vagamente desilusionado.
Pero mayor fue mi desilusión cuando pasamos al interior. La puerta de acceso estaba situada por debajo del nivel de la calle y había que bajar unos peldaños vacilantes. Traspuesto el umbral, me encontré con una minúscula estancia, de muros totalmente lisos, pintados de gris. Hice ademán de descubrirme, pero tía Bertha me cogió la mano para que no lo hiciera.
—En una sinagoga, Frankie, debes seguir con el sombrero puesto. Tienes que estar siempre con la cabeza cubierta.
Me quedé mirándola, boquiabierto, sin acabar de comprender. Era evidente que allí todo funcionaba al revés.
Me condujo hasta una puerta abierta en el muro opuesto al de la entrada y entramos en el templo propiamente dicho. Había unos cuantos fieles. También este lugar era sumamente modesto. Unos cuantos bancos de color caoba, que reclamaban angustiosamente una buena mano de pintura. Unas paredes que, amén de la consabida pintura, precisaban de serias reparaciones, ya que anchas grietas las cuarteaban en varios sitios.
En el extremo más alejado, divisé una plataforma con cuatro postes o pilares de los que colgaba un dosel de terciopelo rojo. Bajo el dosel, había una especie de armario. Un hombre, de pie ante ella, leía en voz alta y en hebreo un rollo de pergamino que otros dos hombres sostenían ante él.
Avanzamos hacia delante y nos colocamos en una de las primeras filas de bancos. Iba a arrodillarme, cuando mi tía me cogió nuevamente por el brazo al tiempo que movía negativamente la cabeza. Opté por sentarme a su lado.
—Un judío —dijo quedamente— no se arrodilla ante su Dios. La humildad ha de sentirse en el corazón, no en el cuerpo.
Nueva mirada de asombro por mi parte. Aquello no se parecía en nada a una iglesia. En la sinagoga había que comportarse exactamente igual que en cualquier otro sitio, con una excepción: aquí había que llevar el sombrero puesto.
—¿Dónde está el rabino? —pregunté. El hombre del estrado llevaba un traje corriente.
—Es el hombre que está leyendo la Torá.
Supuse que se refería al tipo del pergamino. Si esperaba ver a un personaje ataviado con ropajes extraños, me quedé con las ganas.
Tía Bertha cogió un librito que estaba a su lado en el banco, lo abrió y me lo dio. Media página estaba escrita en hebreo y la otra media en inglés.
—Lo que está leyendo es esto —indicó, señalando un punto del libro—. El rabino lee el texto hebreo, pero tú puedes leer el inglés.
El rabino había hecho una pausa mientras sus ayudantes daban vuelta al pergamino. Empezó otra vez la salmodia. Su voz era monótona y tranquilizante, como una especie de sonsonete:
—Boruch atto adonoi, elohenu melech ho’olom…
Miré el libro. Mi tía me señalaba una línea del texto inglés. La leí.
—«Bendito seas Tú, ¡oh, Señor! Nuestro Dios…»
Eso era algo que podía entender. Cerré los ojos y vi la imagen del padre Quinn, inclinado ante el altar, mientras la amarillenta luz de los cirios doraba el blanco de sus ornamentos. Oí cómo se alzaban las voces del coro, percibí el perfume del incienso y sentí el cálido ambiente de la iglesia. Involuntariamente, mis labios se movieron en una oración.
—Santa María, Madre de Dios…
Tía Bertha me dio un golpecito en el hombro. Sobresaltado, abrí los ojos. Tía Bertha sonreía, pero dos lágrimas brillaban en sus ojos.
—Es el mismo Dios, Frankie —murmuró.
Advertí que la tensión me abandonaba. Le devolví la sonrisa. Tía Bertha tenía razón: la palabra «Dios» es la misma, tiene igual significado en cualquier lengua: inglés, latín o… hebreo.
Cuando regresamos a casa, tío Morris ya estaba allí. Tía Bertha le explicó dónde habíamos estado. Mi tío me preguntó:
—¿Qué piensas de ello?
—No lo sé. Todo es muy extraño.
—Te gustaría ir a una escuela judía para aprender más cosas de nuestra religión.
Dudé antes de contestar y fue tía Bertha quien habló por mí.
—Creo que será mejor que el chico resuelva por sí mismo esta cuestión, Morris. Ya tiene edad suficiente para decidir lo que estime más justo. Dejaremos que reflexione sobre ello y, si desea asistir a la escuela, ya nos lo dirá.
Le quedé muy agradecido por aquellas palabras. Yo no sabía si quería ir o no. Pero tía Bertha había dicho lo mismo que el hermano Bernhard y, si aquello era verdad, yo no podía comprender qué diferencia podía haber entre ir o no ir.
—Pero —protestó tío Morris— debería prepararse para el bar mitzvah.
De nuevo fue mi tía quien respondió, sonriéndome comprensivamente.
—Eso no tiene mucha importancia ahora. El bar mitzvah no le hará más hombre y si siente la necesidad de una creencia, no creo que tenga dificultad en encontrarla. En realidad, ya está doblemente bendito.
Fueron esas las últimas palabras que hablamos sobre religión. Quedé en libertad de decidir por mí mismo y lo cierto es que jamás me preocupé de hacer uso de tal prerrogativa. Ni asistí a la escuela judía, ni a la sinagoga ni a la iglesia después de aquella conversación… tampoco me ocupé mucho de Dios. Confiaba en que, cuando la ocasión llegase, sabría entenderme con Él como siempre había hecho: en el momento preciso, pero no antes.