No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 85 de 87

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No amarás a un extraño

veinte

 

—¿Qué diablos es esto? —gritó rápido Silk, poniéndose en pie de un salto.

Me levanté sin prisas. Habían entrado cuatro hombres. Uno de los recién llegados tenía a Flix en un rincón; con un revólver, le apuntaba al vientre.

—¿Frank Kane? —indagó otro de ellos, acercándose a mí.

—Sí.

—Tenemos aquí una orden de detención contra usted con la acusación de tentativa de soborno y soborno de funcionarios del Estado de Nueva York. Somos portadores, además, de un mandamiento judicial para proceder al examen e incautación de los libros de la compañía Empresas Frank Kane.

—¿Tiene usted una orden de extradición? —preguntó Carson, acercándose al que había hablado.

—Claro que sí.

—Enséñemela —exigió Alex.

El hombre alargó los documentos al abogado. Carson los examinó detenidamente y luego se los devolvió. Enseguida, se volvió hacia mí y dijo:

—Parece que no han omitido ningún trámite legal, Frank. Tendrás que ir con ellos.

Avancé hacia los agentes.

El que había hablado se dirigió a Silk.

—¿Giuseppe Fennelli? —preguntó.

La vista concluyó con el mes de junio. Ese día por la mañana, Jerry se levantó en la Audiencia y arrojó la granada. Cruzó por delante nuestro sin prestarnos la menor atención. Cuando se encaró con el jurado, su rostro era pálido y grave.

—Señores del jurado —comenzó—, esta mañana hemos recibido el dictamen de los peritos contables con el detallado informe acerca de los libros y archivos de Empresas Frank Kane. Dicho trabajo se ha llevado a cabo bajo la supervisión conjunta de las autoridades de los estados de Nueva York y Nueva Jersey y con la cooperación del Departamento del Tesoro del Gobierno de Estados Unidos de América. Deseo que el referido dictamen sea incluido como prueba.

Mostró unos papeles, los examinó primero, luego pasó la primera página y leyó. Las primeras líneas contenían las formalidades legales con las que los expertos encabezaban su dictamen. A continuación leyó:

«—Nosotros consideramos que Empresas Frank Kane fue concebida por su titular, el procesado Frank Kane, como una entidad encuadrada en las más estrictas normas de la legalidad y que, en cuanto a dicho procesado se refiere, así continuó. La financiación de la nombrada empresa corrió a cargo del llamado Giuseppe Fennelli, también acusado. Era propósito del acusado Kane permanecer en todo momento al margen de las actividades de su socio capitalista. Siempre y en todo momento, el señor Kane se atuvo a esta norma.

»El señor Kane se dedicó a la compra y venta de valores y títulos de otras compañías con la mira puesta en asegurar la salud comercial de su empresa. Pero mientras el señor Kane dirigía así sus negocios, su capitalista, el señor Fennelli, consiguió implicar sus propias actividades en las de la empresa del otro acusado. Para emplear lenguaje más claro, el señor Fennelli introdujo sus negocios de juego y apuestas en el engranaje de Empresas Frank Kane, y se sirvió de esta compañía como tapadera.

»Después de un concienzudo examen contable, hemos llegado a la conclusión de que en ningún momento el señor Kane sospechó que se hiciera uso ilícito de su empresa. No lo sospechó hasta fecha reciente. Pero cuando, recientemente, constató la realidad de tales sospechas, el señor Kane tomó inmediatamente las medidas adecuadas para disolver la organización y rembolsar a los demás capitalistas, entre ellos al señor Fennelli, los capitales que en su empresa habían invertido, junto con una carta en la que exponía las razones de su decisión.»

Jerry se dirigió hacia su estrado y dejó el documento sobre la mesa. Luego, volvió junto a los miembros del jurado. Pareció ordenar sus ideas y, al cabo, empezó a hablar de nuevo:

—Señores, a la vista del documento que acabo de resumirles, he podido convencerme de que con el señor Kane se está cometiendo una tremenda e injusta equivocación. Su actitud, a lo largo de las investigaciones sumariales, ha sido de paciencia y colaboración.

Haciendo un alto, Jerry se volvió para señalarme. Seguía pálido y su mirada era fría, profesional.

—Señores del jurado —prosiguió—, la acusación solicita que el veredicto sea de no culpabilidad en cuanto afecta al acusado Kane y…

Antes de que pudiera concluir su informe, un pandemónium de gritos y exclamaciones se enseñoreó de la sala. Silk saltó hacia mí, me agarró por el cuello de la camisa y me levantó de mi asiento. Forcejeé tratando de librarme de él. Los fogonazos de las cámaras de los reporteros gráficos se sucedían y el público se precipitaba hacia delante intentando ver lo que ocurría. Uno de los alguaciles me libró de Fennelli. Me puse en pie para arreglarme la ropa.

El juez golpeaba con el mazo, pero inútilmente. Otro alguacil gritó:

—¡Orden en la sala!

Nadie le hizo caso. El escándalo no remitía y el magistrado hubo de recurrir a la fuerza pública para que despejase la sala. Los agentes recorrieron los escaños y, en pocos momentos, se restableció la calma.

Una hora más tarde, el jurado se retiraba para considerar las pruebas aportadas, deliberar y emitir luego su veredicto. A las cuatro y media, los miembros del jurado volvieron. Nos dijeron, a Fennelli y a mí, que nos levantáramos para escuchar la decisión del jurado.

Miré a Jerry; parecía abatido, y procuraba no mirar hacia donde yo estaba. En los escaños, solo permanecían los chicos de la prensa. De pronto, se me secó la garganta. ¿Y si algo fallaba? ¿Y si, en el último momento, mi plan fracasaba? Me pareció que la cabeza me iba a estallar. El color desapareció de mi rostro y me sentí disgustado conmigo mismo. Quería mostrarme tranquilo, calmado, seguro de mí, pero las manos me temblaban ligeramente.

El juez se dirigió al jurado.

—Señores del jurado, ¿han emitido ya su veredicto?

—Sí, Señoría —contestó el presidente. Carraspeó, miró una hoja de papel que sostenía en la mano y leyó:

—Nosotros, el jurado, declaramos al acusado Giuseppe Fennelli culpable de los delitos que se imputan.

Al oír el veredicto, Silk se derrumbó en su asiento. Su rostro tenía el color de la ceniza. Un alguacil se acercó con un vaso de agua, pero el italiano lo rehusó.

Yo seguí de pie, con los ojos fijos en el jurado. Las sienes me latían desaforadamente.

El presidente continuó:

—Nosotros, el jurado, declaramos al acusado Fran Kane —hizo una pausa, consciente de lo teatral del momento, y concluyó—: No culpable.

Carson se volvió hacia mí y me estrechó la mano. En voz baja, de forma que solo yo pudiera oírle, dijo:

—¡Lo has conseguido, Frank! ¡Lo has conseguido!

Me volví hacia Fennelli. Retorciéndose las manos y vomitando odio por los ojos, él también me miró. Lentamente, rodeé la mesa y pasé por su lado. Noté que Silk me rozó la chaqueta con la mano; no le presté atención, seguí mi marcha hacia la verja de madera que nos separaba del espacio acotado para el público, luego hacia los escaños, hacia la puerta, hacia el pasillo, hacia el vestíbulo… ¡hasta la calle! Y durante todo aquel recorrido sentí sus ojos clavados en mi espalda.

Carson se acercó corriendo.

—¿Adónde vas? —preguntó.

Miré hacia arriba. La luz del sol, blanca y cegadora, me confortó. Alcé las manos para protegerme los ojos de los rayos.

—A tomar una copa. La necesito —dije, con voz temblorosa.

Carson se quedó de pie en la escalera del Palacio de Justicia, mirándome. Doblé la esquina. Junto a esta había un bar; atravesé las puertas batientes, y me encaminé a la barra.

—Un whisky doble —dije al camarero.

Cuando me hubo servido, pedí otro. Permanecí inmóvil, con la mirada perdida en el whisky durante unos minutos; luego, me llevé el vaso a los labios, despacio, sin casi darme cuenta. Alguien me dio un golpecito en la espalda.

Me volví. Era Flix.

—¿Lo ha conseguido? —preguntó, impasible.

—Lo he conseguido.

—¿Y él? —continuó preguntando, señalando hacia la puerta. Comprendí a quién aludía.

—Él no —dije, echándome al coleto el whisky. Pedí un tercero—. ¿Bebes, Flix?

Mi guardaespaldas pidió lo mismo. Estábamos apoyados en el mostrador, hombro contra hombro. El bar se veía muy concurrido y apenas podíamos movernos. Noté que Flix llevaba una pistola en el bolsillo.

—¿Cuánto tiempo cree usted que estará dentro? —preguntó, sin aparente interés por la respuesta.

—Unos diez años, calculo.

—Ese tipo no va a consentir que usted se salga con la suya —comentó, después de apurar el whisky.

Le miré. Comenzaba a salir de mi atontamiento.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo supongo —dijo Flix, encogiéndose de hombros.

Por fin me había despejado y veía otra vez las cosas con nitidez.

Powell estaba en lo cierto. La cárcel no bastaría para frenar a un tipo como Silk. Desde dentro podía mover perfectamente muchos hilos. Metí la mano en el bolsillo para sacar dinero y pagar. Mi mano tropezó con un papel doblado; lo saqué y lo extendí sobre la barra.

«Te lo haré pagar», había escrito en él. Eso era todo. No había firma… no hacía falta.

Miré a Flix. El hombre seguía impasible. Pedí otros dos whiskies y me volví hacia el pistolero.

—¡Por tu hermana!

Casi inmediatamente, alzó su vaso y bebió. Yo tomé un trago largo y hablé de nuevo.

—Por diez mil dólares.

Terminamos los whiskies y el camarero sirvió otra ronda.

—¿Cuál es la forma de pago? —preguntó al cabo.

—La de costumbre. Mitad por adelantado y el resto contra entrega de la mercancía.

Terminamos la ronda, arrojé un billete de cinco dólares sobre la barra y salimos.

—Carson te dará el dinero. Ponte en contacto con él mañana —dije al llegar a la calle. Flix asintió.

Paré un taxi y me metí en él.

—Hasta la vista, Flix —me despedí.

—Hasta la vista, ¡tipo duro! —contestó, con gesto imperturbable.

Me acomodé en el asiento mientras el coche arrancaba. No me agradó aquello porque tenía la certeza de que algún día tendría que vérmelas con él. Pero eso sería más tarde.

La voz del taxista me sacó de mis meditaciones.

—A mí no me importa estar dando vueltas todo el día, patrón, pero ¿no quiere ir a ninguna parte?