No amarás a un extraño
Segunda parte
uno
Durante los días que permanecí en el hospital, aprendí muchas cosas acerca de mi tío y su familia. Era viajante de una empresa textil situada en la parte baja de la ciudad. La familia llevaba diez años en Nueva York y vivían en un cómodo piso de cinco habitaciones en Washington Heights.
Mi tía era una mujer buena y cariñosa a quien adoré desde el primer momento. Nunca, ni con hechos ni palabras, demostró rudeza hacia mí. Venía al hospital todos los días y siempre con un pequeño obsequio: frutas, dulces o un libro para matar el tiempo. A veces, llegaba acompañada de mis dos primas: dos niñas de ocho y diez años aproximadamente.
Al principio, las chiquillas me miraban con miedo, y una mezcla de simpatía y timidez. Más tarde, cuando ya se acostumbraron a mí, me besaban en la mejilla al llegar y al marcharse.
Morris y Bertha Cain y sus dos hijas, Esther e Irene, fueron mi primera familia. Si al principio, tanto ellos como yo nos sentimos extraños, era fácilmente comprensible. Las relaciones familiares, que resultan sencillas y normales a la mayoría de la gente, eran intrincadas y difíciles para mí. Hasta mi adopción nunca había podido resolver el problema de quién era primo de quién y no sabía distinguir entre primos hermanos y primos segundos. No obstante, las cosas siguieron su curso sin problemas.
A finales de septiembre, me dieron de alta en el hospital y me sumergí en un mundo nuevo. Tío Morris tenía un pequeño automóvil, un Buick, y me llevó a casa en él. Había venido a buscarme solo; al llegar al piso, comprendí el motivo: habían organizado en mi honor una sencilla fiesta de bienvenida. Tía Bertha había preparado un pastel y había muchísimos parientes más. Cuando todos se hubieron marchado, mis tíos me enseñaron la que iba a ser mi habitación. Había pertenecido hasta entonces a Irene —la mayor de mis primas—; desde ahora compartiría el cuarto de Esther, o Essie, como llamaban a la pequeña. Mi ropa estaba ya colocada en el armario. El cuarto me pareció acogedor y simpático. Recuerdo que tío Morris dijo:
—Esta es tu habitación, Frankie y, abriendo la puerta me indicó que pasara. Crucé el umbral y él y tía Bertha me siguieron.
Las pequeñas ya se habían acostado. Miré a mi alrededor. Lo primero que llamó mi atención fue una fotografía de una joven colocada sobre la cómoda.
—Esa es tu madre, Frankie —indicó la tía Bertha—. Es la única foto que conservamos de ella y hemos pensado que te gustaría tenerla contigo.
Me acerqué al retrato. La joven tendría unos diecinueve años. Llevaba el cabello peinado hacia atrás, recogido en una especie de moño, según la moda de entonces. Los labios dibujaban una sonrisa atractiva y un destello de risa contenida parecía bailar en sus ojos. La barbilla era firme, redondeada pero firme… demasiado, quizá, para unos labios y unos ojos como los suyos. Contemplé la foto por espacio de varios minutos.
—Te pareces muchísimo a ella, Frankie —comentó tío Morris—. Tus ojos tienen el mismo color y la forma de tu boca se asemeja tanto a la suya que casi no es una boca de muchacho. —Se aproximó a la cómoda, cogió la foto, la miró con cariño y volvió a colocarla en su sitio—. ¿Te gustaría que te contase algo de ella? —preguntó.
Asentí con la cabeza.
—Empieza a desnudarte —dijo— y hablaremos mientras te cambias.
Tía Bertha se acercó a la cómoda, abrió uno de los cajones, sacó un par de pijamas nuevos y me los entregó.
—Hemos pensado que podían hacerte falta —dijo sonriente.
—Gracias —respondí, y los tomé. Me sentí desconcertado; todavía tenía que aprender a aceptar regalos. Empecé a desabrocharme la camisa.
—Jamás tendrás que sentirte avergonzado de tu madre, hijo —empezó a decir mi tío—. Era una muchacha fuera de lo corriente. Por aquel entonces, vivíamos en Chicago. De allí somos. Tu madre era el orgullo de la familia. A los veinte años había ya terminado sus estudios en la universidad y empezó a trabajar. La foto es de aquellos días; se la hizo a los pocos meses de haberse graduado. Fran era una chica de gran coraje y capacidad. Era sufragista y hablaba constantemente de la igualdad de derechos. La familia se sentía orgullosa de ella. En aquellos años, las mujeres no tenían el derecho de voto, como lo tienen hoy, y tu madre se dedicaba a ir de un lado para otro dando conferencias acerca de ese tema. Era una excelente contable y recuerdo que una vez, en Marshall Field’s, un gran almacén de Chicago en el que tu madre trabajaba, fue la única capaz de hallar un error en el balance mensual de la empresa. Yo vine a Nueva York por entonces. Poco después de mi llegada aquí, Fran se enamoró de un compañero de trabajo. Querían casarse, pero nuestros padres no consintieron en la boda. Él no era judío y nuestra familia era en extremo intransigente en materia religiosa. Resumiendo: tus padres se fugaron. Recibí una carta de tu madre en la que me comunicaba que vendría a verme tan pronto llegase a la ciudad. Fue la última noticia que tuvimos de ella. Tratamos de encontrarla, pero todo fue inútil. No había rastro de tu madre en parte alguna. Al poco tiempo, mi madre falleció y mi padre vino a Nueva York a vivir con nosotros. Siempre repetía: «Si no hubiéramos sido tan locos empeñándonos en que Fran hiciera nuestra voluntad, todavía la tendríamos a nuestro lado». Murió a los pocos meses. En realidad, nunca fue el mismo desde la marcha de tu madre.
Tío Morris cogió otra vez el retrato y lo miró con expresión conmovida.
—Bueno, eso ya pasó —intervino tía Bertha—. Y el presente es el que verdaderamente importa. Presiento que ellos, allá arriba, saben ya que tú estás con nosotros y son felices, tan felices como lo somos nosotros al tenerte a nuestro lado. Deseamos que nos quieras como nosotros ya te queremos, Frankie. —Tomó el retrato de manos de su marido y lo dejó sobre la cómoda.
—Sí, señora —dije, poniéndome los pantalones del pijama y dejando los míos en la silla. Me senté en el borde de la cama, me quité los zapatos y los calcetines y me metí entre las sábanas.
—Buenas noches —dijeron los dos a la vez. Tía Bertha se inclinó para darme un beso en la mejilla.
—Buenas noches —contesté.
Salieron. Mi tía se detuvo, con la mano en el interruptor de la luz.
—Frankie —llamó antes de apagar.
—¿Qué desea, señora? —pregunté.
—No me llames señora, llámame tía Bertha. —Apagó la luz y salió.
—Sí… tía Bertha —murmuré, acariciándome la mejilla. Notaba todavía el calor de sus labios en ella.
Me dormí mirando el retrato de mi madre, bañado por la luz de la luna. En mi duermevela, me pareció verla sonreír.