No amarás a un extraño
diez
Al final de la semana siguiente, mi vida ya transcurría con la cómoda rutina del hombre que trabaja. El viernes por la noche, al regresar de la tienda, hablé con el conserje del hotel acerca de una habitación permanente. Por tres dólares a la semana, pasé a ocupar un cuarto con baño individual. Era mayor que el que había venido ocupando hasta entonces. Tenía dos grandes ventanales con vistas a la calle y un armario de mucha cabida. Dos mecedoras, una silla, una mesilla, un tocador y una cómoda completaban el mobiliario.
El sábado fue un día duro. Me pasé las horas corriendo de un lado para otro, pero salí estupendamente en cuanto a propinas. Me parecía que caía bien a los clientes y procuraba ser educado y atenderles lo mejor que podía. Descubrí que se me daba bien lo de la venta. Tenía facilidad para entablar conversación con los clientes… Bromeaba con aquellos que intuía que les gustaba y me mostraba respetuoso con aquellos cuyo carácter así lo demandaba. Trabajaba mucho, pero me sentía a gusto.
El domingo lo pasé con los Harris. Fue un día tranquilo. Tom estaba leyendo el periódico cuando entré. Puse el paquete sobre la mesa.
—¿Dónde está el resto de la familia? —le pregunté, a guisa de saludo.
—Han salido a dar un paseo.
—¿Algo nuevo?
—Nada —dijo, negando con la cabeza—. Trabajé un día donde los carbones, pero no me ha salido nada más.
—¡Hay que ver cómo están las cosas!
—¡Y que lo digas!
Le di un dólar. Tom lo cogió en silencio.
—Cómprate cigarrillos, compañero —le aconsejé—, o, si te parece mejor, vete a un cine o a un teatro. Lo que tú necesitas es distraerte. No sacarás nada en limpio quedándote aquí sentado y atormentándote.
—¿Quién se preocupa, vamos a ver? —protestó, frunciendo el ceño—. Yo no, por supuesto.
Esperamos hasta que los otros volvieran del paseo y luego nos sentamos todos y estuvimos un rato de palique. A las seis me despedí y me fui al centro a cenar y a comprar el periódico. Luego me marché directamente al hotel. Me desnudé sin prisas, me tendí en la cama y leí el periódico. Cuando acabé con este, apagué la luz, encendí un pitillo y me quedé así, tumbado en la oscuridad, fumando y pensando. Me preguntaba si podría encontrar algún trabajo para Tom. Me dormí con una leve idea en la mente.
Las semanas pasaban con una monotonía suave y apacible que parecía contagiarme. Disponía ya de dinero suficiente para no tener que pasar apuros siempre, claro es, que me mostrase comedido en mis gastos. El único extra era el del paquete semanal para la familia Harris. Todos los domingos iba a visitarles y siempre, al irme, me embargaba una vaga sensación de fracaso.
Marzo resbaló en abril, este en mayo y mayo en junio. Me compré algunas prendas que me hacían falta. Aunque durante toda la semana llevaba pantalones y camisa de trabajo, adquirí un traje para los domingos. En realidad, no tenía dónde lucirlo excepto en casa de los Harris.
Una mañana, mientras ayudaba a descargar el camión que traía los productos del almacén, el chófer me habló de que iban a poner en servicio un segundo camión.
—¿Quién va a conducirlo? —pregunté.
—Tony —respondió el conductor. Tony era su ayudante.
—Lo cual quiere decir que vais a necesitar otro ayudante —comenté.
—Sí. Bueno, en realidad, vamos a necesitar dos, uno para mí y otro para Tony, en el otro camión.
Entré en la tienda, pensativo. Ese podía ser un trabajo para Tom. Decidí hablar al señor Rayzeus a la mañana siguiente.
Cuando el encargado general nos visitó, le rogué me dedicase unos momentos antes de marcharse. Le hablé de Tom y me preguntó si era digno de confianza.
—¡Sin duda!, y, además con ganas de trabajar. Necesita un empleo. El encargado movió la cabeza, dubitativo.
—He tenido mala suerte con los negros —me contestó—. Durante las primeras semanas se portan estupendamente pero, en cuanto se ven con unos dólares en el bolsillo, empiezan a beber y no hacen más que meterse en líos.
—Mire usted, señor. No sé lo que hacen los otros. Pero conozco bien a este y le garantizo que trabajará como el que más. No es ningún holgazán.
El señor Rayzeus me miró, extrañado.
—¿De verdad conoces bien a ese tipo?
—Trabajé con él. Sé que funcionará.
—Está bien, envíamelo la semana que viene. Hablaré con él.
—Gracias, señor —dije, y volví al trabajo.
«Tal vez ahora las cosas empezarán a encarrilarse para Tom y los suyos», pensé. Estaba tan impaciente por darle la buena noticia, que me pareció que el domingo no llegaba nunca.
Pero llegó. Un día limpio, brillante y caluroso. Me puse el traje nuevo y fui a la parte alta de la ciudad. Mientras me dirigía hacia allí, solo pensaba en lo dichosos que se sentirían mis amigos al oír la noticia… especialmente mamá Harris. Salí del metro y me dirigí a la casa. Olía igual que siempre. Los desvencijados peldaños de madera seguían crujiendo. La bombilla continuaba siendo demasiado pequeña para el gran portal. La pintura se desprendía, reseca, de las paredes.
Abrí la puerta y entré. Sentada en la cocina, Elly leía el Sunday News, concretamente la página de cómics. La ventana, abierta a su espalda, dejaba penetrar los ruidos del patio. En alguno de los pisos, un chiquillo lloraba; en otro, un matrimonio discutía acalorado; más allá, una radio dejaba oír los acordes de una banda de jazz… y todos los sonidos se mezclaban en una sórdida sinfonía de la pobreza.
—¡Hola, Frankie! —saludó Elly, alzando los ojos.
—¡Hola! ¿Dónde están los demás?
—Mamá está en la iglesia con Sam, y Tom ha salido muy temprano y creo que no volverá hasta la tarde —respondió. Hablaba lenta, cansadamente.
Puse el paquete sobre la mesa y lo abrí.
—Convendría que guardases estas cosas. Algunas podrían estropearse —dije.
Se levantó y metió la mantequilla en la nevera. No dijo nada. Hacía mucho calor allí. Me quité la chaqueta, la colgué cuidadosamente en el respaldo de la silla y observé a Elly. Llevaba un vestido nuevo de color negro brillante. Noté que era muy ajustado en el busto, casi como si hubiese sido confeccionado para resaltarlo. Advertí que no llevaba mucha ropa debajo por la forma en que se le ceñía a los muslos cuando se movía. Cuando terminó de guardar lo que yo había traído, volvió a sentarse sin decir palabra.
Los minutos corrían. El sudor me empapaba la cara y el cuello, y me corría por la espalda, debajo de la camiseta. Me desabroché el cuello.
Elly apoyó la cabeza en un brazo sobre la mesa y permaneció así, en silencio. Comprobé que la piel de sus senos era más clara que la del rostro.
—¿Qué te ocurre, Elly? ¿No te sientes bien?
—No. Estoy enferma.
Dejé mi asiento y me acerqué a ella.
—¿Qué es lo que te preocupa?
No contestó, pero también se levantó.
—¿Tienes un cigarrillo? —preguntó.
Saqué un paquete del bolsillo y se lo di. Cogió uno y se lo encendí. Al inclinarse la chica para alcanzar la llama, miré dentro del vestido. Arrastrado por un impulso, la atraje hacia mí. Sentí su cuerpo contra el mío. No hizo nada para detenerme, dejó que la abrazara, pero permaneció rígida e impasible.
Le acaricié el pecho, tratando de provocar alguna respuesta por su parte, pero siguió impertérrita, sosteniendo el cigarrillo en la mano. La solté y volví a sentarme, con un sentimiento de derrota en mi interior. Encendí un cigarrillo. No quería mirarla.
Elly se aproximó a la ventana y se sentó en el alféizar, mirando al exterior. Pasaron unos minutos antes de que se levantara y regresara a mi lado. Fingí no verla.
—No es que no quiera Frank —dijo, con voz dulce—. Ya sabes que prefiero estar contigo antes que con ningún otro. Pero estoy enferma.
—Si estás enferma —barboté salvajemente—, ¿por qué no vas a ver a un médico?
—Ya lo hice —replicó.
Levanté los ojos hacia ella. Tenía el rostro serio, impasible; su voz reflejaba miedo.
—¿Y qué ha dicho? —pregunté.
Se apartó unos pasos. Tardó en responder.
—Me ha recetado un medicamento.
—¿Blenorragia? —aventuré.
Otro minuto transcurrió antes de que Elly se atreviera a contestar.
—Sífilis —dijo por fin y se sentó de golpe y se quedó mirándome con ojos extraviados.
Quise hablar, pero por mi mente pasaron mil cosas que no podía decir. Abrí la boca, pero no salió de ella el más leve sonido. Elly me miraba con cierto aire de desafío. Yo no sabía mucho acerca de aquella enfermedad, pero sí que era terrible.
—¿Qué piensas hacer? —pude decir, finalmente.
—No lo sé —confesó—. El médico dice que debo presentarme en el hospital para someterme a tratamiento.
—Supongo que no pensarás volver a la casa en que…
—¿Y por qué no? —gritó fuera de sí—. ¿Por qué no he de volver? Allí es donde me contagié.
—Pero se la transmitirás a alguien…
—¿Y a mí qué me importa? —Se paseaba arriba y abajo—. Esos tipos no han tenido reparo alguno en contagiarme a mí. Ahora les toca a ellos. No voy a cruzarme de brazos y ver cómo los míos pasan hambre por eso.
—Eso no ocurrirá, Elly —dije—. Mi jefe quiere ver a Tom para darle trabajo en uno de los camiones de reparto.
La chica me miró, incrédula.
—Hablas por hablar, Frankie.
—No. Es la pura verdad. Quiere ver a tu hermano. Él mismo me lo dijo.
Parecía conmovida.
—¿Lo ves? —dije—. Puedes ir al médico y curarte. No tienes que preocuparte por ellos.
Estuvo a punto de echarse a llorar, pero se contuvo. En vez de eso, se acercó y me tomó la mano.
—¡Eso es tan maravilloso, Frank, que apenas puedo dar crédito a mis oídos! — murmuró, medio riendo, medio llorando.
En aquel momento llegó mamá Harris. Se quedó un momento en la puerta, mirándonos. Elly se precipitó hacia ella gritando:
—¡Mamá, Frankie acaba de decirme que su jefe quiere ver a Tom para darle trabajo!
La cara de la buena mujer se iluminó.
—¿Es cierto lo que dice Elly, Frankie? —preguntó.
—Sí, mamá Harris. Es completamente cierto. Mi jefe quiere ver a su hijo cuanto antes.
La señora Harris era la imagen de la felicidad.
—¡No cabe duda, Frank! ¡El Señor se estaba ocupando de todos nosotros cuando Tom te trajo a casa!
Miré a las dos mujeres que sonreían felices. Sam entró en aquel momento y las dos le contaron la buena nueva. Todos nos sentíamos dichosos. Pocos minutos después, pedí a Sam que bajara a comprar un paquete de cigarrillos y una botella de refresco. El calor apretaba y una bebida fresca nos sentaría de maravilla. Tom no había vuelto todavía. Elly le acompañó.
La señora Harris se sentó en su vieja mecedora. El mueble crujía con el ligero balanceo. Esperó a que el rumor de pasos se perdiera escaleras abajo y luego, habló:
—Frank, tú eres un verdadero amigo. Te agradecemos de veras lo que estás haciendo por nosotros.
Su gratitud me aturdía.
—¡Pero si no he hecho nada! —protesté—. Ustedes hicieron por mí muchísimo más de lo que yo podría hacer por ustedes en toda la vida.
Pasaron unos minutos. Por fin, continuó:
—Nunca te he preguntado esto antes, Frankie… ya sé que no es asunto mío… pero, aparte de nosotros, ¿no tienes otras amistades? Quiero decir algunos blancos a quienes conozcas y aprecies.
—No —dije—, y si los tuviera, no servirían de nada. Ha pasado demasiado tiempo.
—¿No has intentado encontrarles?
—¿Para qué? Ha pasado mucho tiempo, demasiado. Lo más seguro es que se hayan olvidado de mí.
—Un verdadero amigo nunca olvida. Para la amistad, el tiempo no cuenta. Además, deberías tener amigos blancos —vaciló un momento—. Deberías conocer a gente de tu raza, con la que pudieras salir y divertirte… muchachos y muchachas de tu misma edad.
—Eso no me preocupa en absoluto —repliqué—. Ustedes han sido más amables y bondadosos conmigo que ninguna persona que haya conocido jamás.
—Pero —objetó— tú no puedes salir con nosotros. No puedes venir a bailar con nosotros. Somos negros… las cosas no funcionan así.
—¡Me importa un comino; además no sé bailar!
Mamá Harris sonrió.
—Hay otra cosa de la que quería hablarte, Frankie. Se trata de Elly. Creo que tú le gustas y eso puede ser un motivo de seria preocupación para todos si ella deja que ese sentimiento eche raíces en su corazón. No quiero herir los tuyos, hijo, pero las cosas son como son y así hay que aceptarlas.
Mientras yo daba vueltas en la cabeza a lo que acababa de oír, la señora Harris continuó:
—Se pasa las semanas esperando que llegue el domingo y, cuando llega, se pone su mejor vestido y se arregla porque vienes tú.
Yo creía conocer a Elly mejor que su propia madre y, sin embargo, la muchacha jamás me había hablado de lo que sentía por mí. Yo no la amaba y ni por un momento se me ocurrió pensar que ella pudiera estar enamorada de mí. Lo nuestro era amistad, simpatía, sexo, pero no amor. Una amalgama tan compleja que se resistía a todo análisis. Finalmente, hablé:
—Entiendo lo que trata usted de decirme, mamá Harris. Haré lo que le parezca mejor. No quiero ser causa de infelicidad para ninguno de ustedes.
Me sonrió otra vez.
—Sabía que dirías eso, Frankie. Eres un chico excelente. Ya pensaremos más tarde lo que debemos hacer.
Sam regresó con el refresco y los cigarrillos. Abrimos la botella y bebimos. Cuando terminamos, Sam me invitó a ir con él al parque del City College a ver un partido de béisbol. No sabía si aceptar o no. Quería esperar el regreso de Tom y contarle lo del empleo, no obstante, la señora Harris insistió en que acompañara a su hijo. Dijo que estaba cansada y que se acostaría un rato y me aseguró que no diría nada a Tom hasta que regresásemos. Me puse la chaqueta y salí con Sam. Ya en la escalera, me dijo que Elly había ido a casa de una amiga, pero que no tardaría en volver. Enfilamos el camino del parque.