No amarás a un extraño
Agradecimiento
El autor desea expresar su gratitud a señor Robert L. Scottino, por las
amables palabras y el paciente estímulo de que fue objeto durante los largos
años que le llevó escribir este libro.
Lo que ocurrió antes
La señora Cozzolina probó la sopa y se relamió los labios. Estaba rica, espesa, en su justo punto de tomate y ajo; sabía a gloria. Con un suspiro se acercó a la mesa en la que había estado rellenando raviolis con pollo picado. Había sido un largo y caluroso día de junio, pero ahora el aire ya se notaba húmedo y oscurecía, por lo que tuvo que encender la luz de la cocina.
Tenía la frente y labio superior, este adornado con un oscuro atisbo de bigote, empañados por el sudor. Mientras sus dedos regordetes iban metiendo los pedacitos de pollo en los raviolis, la señora Cozzolina pensaba: «¡Estas muchachas americanas! Planean los embarazos para que el nacimiento no ocurra en verano. ¡Quién hubiera imaginado semejante cosa en la vieja Italia! —Sonrió recordando su juventud—. Allí las mujeres se limitaban a tenerlos; allí no se planificaban los nacimientos». La señora Cozzolina tenía una poderosa razón para creer en la insensatez de las muchachas americanas. Comadrona de profesión, y con siete hijos a su cargo desde la muerte de su marido, los negocios habían marchado mal durante todo el verano.
En la oscuridad resonó el timbre de la puerta. Levantó la cabeza tratando de adivinar quién podría ser. Ninguna de las clientas daría a luz antes del mes siguiente, por lo que llegó a la conclusión de que sería un vendedor callejero.
—María, ve a ver quién llama.
Su voz, que resonó por los oscuros pasillos, se había vuelto áspera al cabo de tantos años de chillar a sus hijos y a los vendedores ambulantes a quienes compraba la mayoría de los comestibles.
No hubo respuesta. De nuevo sonó el timbre, esta vez con un tono a la vez estridente y suplicante. De mala gana se secó las manos en el delantal, avanzó por el largo y estrecho pasillo y llegó a la puerta principal. A través de las vidrieras de colores, entrevió una forma indistinguible. Abrió la puerta.
Era una chica joven con un maletín. Tenía la cara delgada y los ojos le brillaban con luz cálida y atemorizada, como los de un animal en la noche. Era evidente que estaba embarazada y no escapó a los experimentados ojos de señora Cozzolina que se hallaba en el último mes.
—¿Es usted la comadrona?
Su voz era agradable, pero un tanto asustada.
—Sí, señora.
La partera reconocía a una dama con solo verla. Había algo en ellas que indicaba su condición, aun cuando estuvieran pasando tiempos difíciles.
—Lo siento, pero acabo de llegar a Nueva York y yo…
La joven calló un instante mientras un escalofrío le recorrió el cuerpo. Cuando habló de nuevo, su voz tenía un tono de urgencia.
—Mi hora ha llegado y no tengo adónde ir.
La señora Cozzolina guardó silencio durante unos segundos. Si admitía a la muchacha, significaría que María tendría que salir de su habitación y eso no le gustaría. A María no le agradaba dormir con sus hermanas. Y tal vez la joven no tuviera dinero, e incluso pudiera no estar casada. Instintivamente, su mirada se dirigió hacia la mano de la visitante. Un pequeño anillo de oro brillaba en su dedo.
—Yo… yo tengo algún dinero —aventuró la muchacha, presintiendo el pensamiento de la señora Cozzolina.
—Pero yo no tengo habitación disponible.
—Tendrá que tenerla. No dispongo de tiempo para ir a otra parte. Y he visto su placa: COMADRONA.
La señora Cozzolina cedió. Le gustara o no, María dormiría con sus hermanas.
—Entre —indicó a la joven, al tiempo que tomaba su equipaje.
La joven siguió a la señora Cozzolina por el oscuro pasillo y, escaleras arriba, hasta llegar a la habitación de María. Allí había claridad y pudo distinguir al exterior una fila de casas de vecindad, de piedra arenisca y de tres pisos, y a un muchacho que con un largo palo espantaba una bandada de palomas en una azotea cercana.
—Quítese la chaqueta y póngase cómoda —dijo la comadrona, ayudando a la parturienta a desnudarse y acostarse en la cama—. ¿Cuánto tiempo lleva con los dolores?
—Una hora, aproximadamente. Comprendí que no podía continuar y tuve que detenerme.
La señora Cozzolina la reconoció. La chica se sentía algo nerviosa. No era este el modo en que había previsto que tendría a su pequeño. Había imaginado que estaría en un hospital, con George a su lado pendiente de ella en todo momento, tranquilizándola y diciéndole que todo saldría a pedir de boca. O en casa, donde sentiría la presencia de personas que la amaban y que estarían a su lado, y de quienes podría extraer el valor necesario para el trance. Era todo tan distinto que no podía evitar sentirse un poco atemorizada.
La señora Cozzolina se enderezó. La chica era de huesos pequeños; lo pasaría mal. El conducto era demasiado angosto para que la criatura naciera con facilidad. De cualquier modo, tardaría seis o siete horas en venir; y tal vez se dilatase mejor de lo que parecía probable.
Era esta una cosa siempre maravillosa: ver cómo, ante nuestros ojos, una muchacha se convierte en mujer capaz de dar a luz un hijo.
Pero este caso se presentaba difícil. La comadrona tenía esta impresión, pero nada en su rostro dejó traslucir su pensamiento.
Sonrió:
—Tendrá usted que esperar un poco pero no se preocupe, todo irá bien. Me consta. He tenido siete hijos.
La joven le devolvió la sonrisa.
—Gracias, muchas gracias.
Dirigiéndose a la puerta, la señora Cozzolina agregó:
—Ahora trate de dormir un poco. Dentro de unas horas subiré de nuevo y veremos qué tal se siente. Un pequeño descanso es siempre conveniente en estos casos.
Salió y bajó la escalera. Había casi terminado de preparar la cena cuando recordó que no le había preguntado el nombre a la desconocida. «Bien —se dijo—, ya lo haré cuando vuelva a subir», y se dispuso a terminar su trabajo.
La muchacha había cerrado los ojos e intentado conciliar el sueño, pero había sido en vano. Los recuerdos seguían vagando lentamente por su mente, como paisajes distintos a través de la ventanilla de un tren. Su hogar y George. A esas dos cosas volvía siempre su imaginación: su hogar y George. «¿Qué estarán pensando de mí ahora? Y George, ¿adónde iría?» Tenían que haberse reunido aquel día. Hacía ya mucho tiempo.
Había estado lloviendo y salió del piso para encontrarse con George en la esquina próxima al restaurante. Hacía viento y había esperado inútilmente durante dos horas tiritando antes de volver a casa. A la mañana siguiente llamó a la oficina de él y le dijeron que la noche anterior había salido a la hora de costumbre pero que todavía no había llegado aquella mañana. Y desapareció. Desde entonces no le había visto ni sabido nada de él. Lo sucedido no era propio de George; él no era de esa clase de hombres. Algo terrible debió de ocurrirle.
Miró por la ventana preguntándose qué hora sería. Ya había anochecido y, a intervalos, percibía en la distancia el retumbar del trueno y el resplandor de los relámpagos. No llovía aún, pero el aire era pesado y agobiante. Tenía la ventana abierta y de la cocina, situada directamente debajo de la habitación en que estaba la joven, ascendía un rumor de voces contenidas, un tintineo de platos y un penetrante olor a comida.
En cuanto los chicos llegaron para la cena, su madre les advirtió que se callaran porque había alguien arriba. María protestó al principio, hasta que la señora Cozzolina le prometió darle algo en compensación por la cesión de su cuarto. Acababan de comer, cuando la comadrona miró el reloj que estaba encima de la nevera. Las ocho. Se puso en pie de un salto. La pobre chica llevaba casi cuatro horas en la habitación y no se había oído la menor queja. Era valiente. La comadrona recordó a muchas mujeres cuyos partos tienen más de alarde vocal que de verdadero esfuerzo físico.
Después de encargar a las chicas que lavaran los platos, subió a la alcoba y preguntó:
—¿Cómo se siente?
—Muy bien, supongo —contestó quedamente la desconocida. Inclinándose para examinarla de nuevo, la comadrona inquirió:
—¿Con qué frecuencia se presentan los dolores?
—Más o menos cada media hora.
—Eso está bien —comentó señora Cozzolina, irguiéndose.
Pero no era así. No se había dilatado nada. Bajó y dijo a sus hijas que tuvieran dispuestas toallas limpias y agua caliente.
Era casi media noche cuando estalló la tormenta sobre la ciudad. Era casi media noche cuando comenzó el parto. La joven yacía inmóvil, con los labios fuertemente apretados, aferrándose a una toalla que estaba atada a la cabecera del lecho y retorciéndose de dolor.
Serían casi las dos de la madrugada cuando la mujer envió a su hijo mayor a buscar al doctor Buonaventa. Le advirtió que, a la vuelta, no estaría de más detenerse en la casa parroquial y traerse a un sacerdote.
La comadrona observó al doctor cuando este abrió el vientre de la madre y sacó al niño. Lo tomó de las manos del médico y lo despertó a la vida con unos golpes, mientras la criatura dejaba oír su airada protesta a dejar su templado y cómodo cobijo. Vio también el frenético esfuerzo del médico por salvar la vida de la madre y comprendió que había fracasado cuando vio que hacía una señal al sacerdote para que le remplazara. Y en tanto el cura permanecía junto a la moribunda, ella, la comadrona se arrodilló y rezó.
Rezó por aquella muchacha tan joven y valerosa.
Rezó porque ella había perdido a su marido y adivinó que también aquel ser destrozado había perdido el suyo.
La joven se volvió hacia ella y sonrió ligeramente. Había una muda pregunta en sus ojos. La señora Cozzolina le tendió el niño y lo dejó en la cama, junto a la madre. Esta lo miró, apoyó su cabeza contra la del recién nacido y cerró los ojos.
Fue entonces cuando la comadrona recordó que no sabía aún el nombre de la madre. Se inclinó hacia ella, y con voz que denotaba temor de que el niño tuviese que ir por la vida sin nombre, preguntó:
—¿Cómo se llama usted?
La mujer abrió lentamente los ojos. Parecía volver de muy lejos. Musitó con voz tan débil que apenas era audible:
—Frances Cain.
Cerró los ojos. De repente los abrió de nuevo, ya sin vida, y la barbilla le cayó inerte sobre la almohada.
La señora Cozzolina cogió en brazos a la criatura. Mientras, el doctor cubrió el cuerpo de la infortunada con la sábana; después tomó una hoja de papel de su cartera y dijo en italiano:
—Extenderemos primero el certificado de nacimiento, ¿eh?
La comadrona asintió. Primero la vida.
—¿Cuál va a ser su nombre?
—Francis Kane.
Era un nombre apropiado. Un nombre del que podía siempre sentirse orgulloso.
Su vida sería dura; que fuese ese su nombre, había sido el de su madre.