No amarás a un extraño
seis
Durante tres días comimos sémola. La sémola es un buen alimento, pero terriblemente aburrido. Terminó la semana y seguía sin trabajo. Me quedaban tres dólares.
El sábado por la noche, Tom preguntó:
—¿Te gustaría ir a una fiesta?
—¡Claro que me gustaría! —contesté—. Pero seguramente…
—Pues te vienes conmigo, no hay más que hablar —me interrumpió—. Por un cuarto de dólar tienes música, bebida y comida y además, ¡hombre!, también habrá chicas.
—Sí, sí —dudé—, pero…
—Pero nada —me cortó por segunda vez—. No habrá dificultades; te lo garantizo. Creerán que eres un niño bonito que ha venido a Harlem a divertirse.
Una hora más tarde, nos poníamos las chaquetas y salíamos. Sam se quedó sentado a la mesa, estudiando.
—¡Es un gran chico mi hermano! —exclamó Tom, mirándole—. Es el primero de la clase. Va a la Haaren High School, en la parte baja de la ciudad.
—Sí —comenté—. Siempre le veo con los libros delante.
¿Han bebido ustedes alguna vez ginebra con cerveza? ¿Un vaso lleno de cerveza con dos chorritos de ginebra? Pues eso se bebía en aquella fiesta. Creo que ya estaba borracho con el primer vaso y a duras penas puedo narrar lo que ocurrió allí. Creo que en aquel piso de la Saint Nicholas Avenue había una treintena de personas. Un tipo extraño se dedicaba a rasguear una guitarra y había varios hombres y mujeres blancos. Estos se evitaban entre sí y hablaban solo con los negros. Cuando dirigí la palabra a una de las chicas de mi raza, esta me volvió la espalda despectiva y se puso a hablar con un negro muy apuesto.
A las tres de la madrugada se acabó la fiesta. Tom iba tan cargado, que apenas podía tenerse en pie. Conseguí que pasara el brazo por encima de mi hombro y le ayudé a bajar la escalera. El aire frío me despejó un tanto y cuando llegábamos a casa, ya me había recuperado por completo.
Tom iba cantando y gorgoteando, feliz y contento, cuando enfilamos los escalones exteriores y traspusimos el portal. Al iniciar la ascensión de la escalera, se quedó dormido. Traté de levantarle, pero no tuve fuerzas. El portal estaba a oscuras. Encendí una cerilla y, en aquel preciso instante, oí un ruido junto al pasamanos.
Miré.
Era Elly. Estaba con un blanco de unos cuarenta años, y los dos me miraban. El rostro de él reflejaba embarazo y miedo. Tenía el abrigo y el traje abiertos. Sin pronunciar palabra, el desconocido se dirigió hacia la salida.
—¡Dame los otros veinticinco centavos! —dijo Elly, reteniéndole. El hombre rebuscó en el bolsillo del abrigo, le dio una moneda y desapareció en dirección a la calle.
La muchacha se nos aproximó lentamente y miró a su hermano.
—Borracho, ¿eh? —dijo.
—Sí. Ha bebido más de la cuenta. Échame una mano y ayúdame a subirle. No puedo con él.
Elly le asió por un hombro, yo por el otro y, a rastras, le subimos hasta el piso. Como mejor pudimos, le tendimos sobre la cama. Eran ya las tres y media. Sam dormía y, desde la otra habitación, llegaban hasta nuestros oídos los ronquidos de la madre. Volví a la cocina.
La chica me siguió.
—No les dirás nada, ¿verdad? —preguntó Elly.
—No, no les diré nada —aseguré.
—Hemos de conseguir dinero de la manera que sea, no importa cómo —continuó —. Sam solo gana un dólar cincuenta a la semana más las propinas, y la ayuda del Estado para comida no llega a los siete dólares semanales. Como ves, no es suficiente. Hay que conseguir más.
—¿Cómo se lo explicas?
—Les digo que trabajo, tres noches a la semana, en un taller de lencería de la calle Ciento treinta y dos, pero la verdad es que me despidieron hace unas semanas.
—¿Cuánto tiempo llevas así? —insistí.
—¿Por qué no te metes en tus asuntos? —protestó.
—Está bien, no insisto —dije.
Me aproximé a la ventana. Me sentía mareado. Elly se acercó y se quedó de pie, a mi lado.
—¿Tienes dinero? —preguntó.
—No —contesté, mintiendo sin saber por qué.
Me tendió una moneda de veinticinco centavos.
—Toma, la puedes necesitar mañana. Es domingo… y si vas a la iglesia…
—No, gracias. ¡No! —grité, avergonzado.
Había lágrimas en sus ojos. Nos miramos. Las lágrimas le rodaban por las mejillas, los ojos se le hincharon y enrojecieron, como se les hinchan los ojos a los negros cuando lloran. La toqué en el hombro, dulcemente.
—No desesperes, Elly —murmuré—. Todo acabará arreglándose.
Sin contestarme, la chica se fue a dormir. Cuando más tarde, entré en el cuarto, vi que la cama que ocupaba ella estaba vacía.
Atisbé en la habitación contigua y vi que dormía junto a su madre. Me acosté en la cama que había dejado libre.
Aquel domingo me desperté temprano. Seguí un rato en cama escuchando los ronquidos de Sam y Tom. Luego, me levanté y salí a la cocina. Eran las seis. Me lavé. No había amanecido aún, así que encendí la luz de la cocina y empecé a afeitarme. Mientras me rasuraba, salió Sam de la habitación, se sentó y se quedó mirándome.
—¿Qué haces levantado tan temprano? —pregunté.
—Tengo que bajar a la tienda para repartir los primeros encargos —dijo.
—¡Ah, ya!
—¿Cuántos años tienes, Frankie? —preguntó, después de una breve pausa.
—Veinte.
—No son muchos. Creía que eras mayor. Yo estoy a punto de cumplir los dieciocho.
—¿Ah, sí? —dije, volviéndome para mirarle.
No cabía duda de que era un chico guapo… piel suave, cabello ensortijado, facciones regulares, ojos grandes y expresivos…
—Frankie, ¿qué piensas de nosotros? Quiero decir, bueno… de Tom, de mamá, de Elly… ¿No te sientes diferente? —Mientras hablaba, me miraba con ojos escrutadores.
—Que sois magníficos. No os hubierais portado mejor conmigo de ser…
—De ser blancos, ¿verdad? —me interrumpió.
—No —repliqué—. De ser de mi propia sangre. Ni de mi familia podía esperar más amabilidad y comprensión.
—Debo marcharme. Te veré luego. Volveré sobre las diez, cuando cerremos. Iremos a la iglesia —dijo, y se levantó.
—Hasta luego, entonces —contesté.
Terminé de afeitarme, me vestí y salí a la calle. Hacía frío. Encendí un cigarrillo y me encaminé hacia la calle Ciento veinticinco. Al pasar ante la tienda en la que trabajaba Sam, vi que estaba atestada de clientes. Allí estaba Sam colocando los encargos en cajas de cartón. El local estaba lleno de mujeres, irlandesas en su mayoría, que salían de oír misa en la iglesia de la esquina. Su inconfundible acento se mezclaba con las voces de los tres dependientes de la tienda. Sam me saludó. Le respondí con un gesto de la cabeza.
Cuando me tocó el turno, compré una docena de huevos de los más baratos, una libra de beicon, doce bollos y un paquete de cigarrillos. Pagué la cuenta: sesenta y dos centavos; sujeté el paquete bajo el brazo y volví a casa.
La señora Harris y Elly estaban en la cocina. Tom seguía durmiendo. Saludé y dejé el envoltorio sobre la mesa.
—He comprado algo para desayunar.
—No deberías haber comprado nada —protestó la madre.
No desayunamos hasta que Sam regresó. Cuando llegó, Tom se había levantado ya. Con gran resaca, por cierto.
—¡Gran noche! —exclamó mi amigo.
—Ciertamente, no estuvo mal la fiesta —agregué yo.
—¿Te vienes con nosotros a la iglesia? —me preguntó la señora Harris, después del desayuno.
—¡Claro!
Bajamos todos a la vez. La iglesia estaba en un pequeño local de la misma manzana. Una gran estufa ardía en su centro. Me pareció impropio que una iglesia estuviese instalada en un almacén. Para mí, la palabra «iglesia» siempre había supuesto un edificio majestuoso, en el que se desarrollaban ceremonias impresionantes. La señora Harris me miró y creo que leyó mi pensamiento.
—Dios está en todas partes, hijo, incluso entre los pobres.
Me avergoncé de mí mismo.
Al entrar, los fieles miraron sorprendidos, pero, al ver con quienes iba, ya no se ocuparon más de mí. La familia Harris conocía a todos los presentes y, después del servicio religioso me presentaron a sus amigos y conocidos. También al pastor. Era un hombre de sonrisa cálida. Me sentí mejor cuando señora Harris le dijo que yo era amigo de la familia.
Volvimos a casa y nos sentamos cómodamente. Sam sacó sus libros de texto y se puso a estudiar.
El martes, Tom y yo trabajamos repartiendo carbón con un camión. Ganamos tres dólares cada uno. El resto de la semana no encontramos ningún trabajo.
El jueves por la noche hubo reunión y me quedé solo en casa.
Elly volvió temprano. Nos sentamos, en silencio. Había demasiadas cosas en qué pensar y muy pocas de las que hablar. Cuando llegaron los otros, nos acostamos.
Los días pasaban. Llegó marzo y, con él, una temperatura algo más benigna. Me daba cuenta de que las cosas se ponían difíciles en la casa y comencé a pensar seriamente en marcharme. Una tarde, en que Elly y yo estábamos solos en casa, dije:
—Me parece que tendré que dejaros pronto.
Me miró sorprendida, se acercó y me cogió la mano. La rodeé con mis brazos.
El recuerdo de aquella noche y su proximidad me turbaron. Ella lo advirtió enseguida y me llevó a la otra habitación. De alguna manera, en su manera de entregarse, en el fiero ímpetu de su cuerpo delgado, me decía que no quería que me marchara. No era amor; ni siquiera pasión; era un sentimiento cálido, amable y comprensivo.
Nos levantamos de la cama sin aliento. Elly apoyaba las manos en mis caderas. Yo todavía tenía una mano en su seno, y sentía el duro pezón en la palma. De pronto, la empujé a la cama y caí sobre ella.
—Tengo que irme, compréndelo. Tengo que irme. No puedo permanecer aquí, recibiendo continuamente, sin dar nada. —Mi voz me sonó áspera.
Gimió de dolor. Apenas podía hablar. La voz le salía como a borbotones: Tienes… tienes… que… irte…
Aquella noche, durante la cena, dije a los demás que pensaba irme. Me pidieron que no lo hiciera.
—Tengo que encontrar trabajo donde sea, y aquí no lo hay. Me iré mañana — insistí.
Al día siguiente, estreché la mano a Tom y a Sam, besé a la señora Harris y a Elly, y les di las gracias.
—Sé buen chico, Frankie. Acuérdate de nosotros si necesitas algo, sea lo que sea —dijo la señora Harris.
—Lo haré —dije. Desde la puerta, les miré de nuevo y les sonreí—: Hasta pronto.
Cerré la puerta a mis espaldas, bajé la escalera y salí a la calle. Hacía un día soleado, casi caluroso. Tenía el presentimiento de que las cosas también mejorarían para mis amigos.
Miré, indeciso, sin saber qué rumbo seguir. En un pequeño envoltorio de papel, bajo el brazo, llevaba las pocas camisas que tenía. Me decidí por dirigirme hacia el este y comencé a caminar en dirección a la Octava Avenida.
La voz amable de la señora Harris seguía resonando en mis oídos: «Acuérdate de nosotros si necesitas ayuda». Sonreí interiormente. ¡Ellos necesitaban tantas cosas! Y, sin embargo, tenían tanto que dar… Me detuve un momento. Notaba un nudo en la garganta. «Te estás ablandando, Frankie», me dije. Me reí y seguí adelante.