No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 37 de 87

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No amarás a un extraño

Interludio. Jerry

Jerry se arrellanó en su butaca favorita, tomó un habano de un bargueño que había en una mesita lateral y contempló a Marty y a Janet, sentados frente a él. Paseó la mirada en derredor. Le gustaba aquella habitación, la elegancia sencilla de la decoración, las extrañas pinturas que colgaban de las paredes y aquella foto ampliada de Janet, sonriente y llena de vida.

Se la había sacado durante la luna de miel. Habían ido al Gran Cañón del Colorado. Cuando disparó la cámara, Janet reía señalando hacia alguna maravilla de la Naturaleza y resultó un semiperfil estupendo, con el inmenso cañón al fondo. Siempre se había sentido orgulloso de aquella fotografía. Era, sin duda, la mejor que había sacado en su vida.

Aspiró el aroma del habano y volvió a prestar atención a lo que hablaban. Todavía era Frankie el tema de la conversación. Se sentía algo molesto por el giro que había tomado la charla. Sonrió para sí. Estaba portándose como un tonto. Los fantasmas no son de temer, pertenecen al pasado… y lo mismo sucedía con Frankie Kane.

Marty se inclinó hacia delante en su butacón. Sus facciones denotaban sinceridad y seriedad.

—Es realmente curioso, Jerry, pero nunca me has contado cómo conociste a Frankie. Has estado muy callado toda la noche.

Comprendió que esperaban una respuesta. Meditó cuidadosamente y habló con aquel candor que tan buenos resultados le había dado siempre.

—Le conocí de un modo vulgar, parecido al tuyo: en una pelea. Ninguno de los dos conseguía imponerse, así que lo dejamos y nos dimos la mano.

»Sucedió hace mucho tiempo. Asistía yo a la Lawrence Academy, en Connecticut cuando un fin de semana, mi padre vino a hablar conmigo. Recuerdo que me senté en la cama y que él hablaba y paseaba arriba y abajo por mi habitación. Mi padre era un hombre maravilloso. Desde niño, me trató siempre como a un igual, y me pedía opinión acerca de muchas cosas.

»Aquella fue una de tales ocasiones. “Mira, hijo —dijo—, dentro de poco van a pedirme que me presente como candidato para el cargo de alcalde y los expertos en cuestiones electorales estiman que…” “Que yo debería asistir a una escuela de Nueva York”, terminé por él.

»Lo comprendía perfectamente. Había crecido oyendo hablar de política. Había observado a mi padre desde niño y aprendido muchas cosas de él. “Eso es, hijo — admitió—. Significaría mucho para mí que lo intentases. Si el pueblo ve que te mezclas con los demás muchachos ya sabes lo que pensará.” Se sentó a mi lado, sobre la cama, y me pasó el brazo por la espalda. “Sé cuánto te gusta esto, hijo — continuó—, y sé el sacrificio que será para ti tener que dejarlo ahora, precisamente cuando más a gusto te sientes; pero ya no eres un chiquillo, casi eres un hombre, y tienes perfecto derecho a decidir por ti mismo lo que has de hacer.”

»Lo que yo quería era parecerme a mi padre. Papá era, para mí, el mejor hombre del mundo. Era un conductor de masas y eso era lo que yo quería ser también… un jefe, un hombre a quien los demás mirasen con respeto y admiración.

»Sí, sabía lo que quería y también sabía lo que había que hacer para conseguirlo. No me apetecía tener que abandonar la Lawrence Academy, sin embargo, había cosas mucho más importantes en la vida. Y fui al Saint Thérèse.

»Sí, fui al Saint Thérèse, aunque nunca me gustó aquel sitio. Era un lugar pobre y sucio y la mayoría de mis compañeros, estúpidos, pobres y faltos de educación y de inteligencia. Jamás me indispuse con ellos, pero tampoco llegué, en ningún momento, a sentirme parte integrante de su mundo, como me ocurría con mis compañeros del Lawrence.

»Puede que fuese un esnob —continuó Jerry, riéndose levemente—, pero traté de sobreponerme. Lo intenté seriamente y, hasta cierto punto, lo conseguí ya que los otros chicos parecían aceptarme. Pero aunque me aceptaron, lo cierto es que no conseguí ser su líder porque allí había otro individuo: Frankie Kane.

»Los demás le conocían. Era duro e implacable, ordenaba y era obedecido. Al principio, ambos nos evitábamos y medíamos. Por fin llegó la pelea. Aunque ninguno se alzó en vencedor material, comprendí que él había ganado el envite. Estaba convencido de que él hubiera sido el ganador aunque yo le hubiese derrotado físicamente.

»En aquella escuela yo era un advenedizo, un extraño; en cambio él… él era uno de ellos, formaba parte de su mundo, sus problemas eran los de ellos. Yo, por venir de donde venía, no podía ser como él. Frankie fue el primer chico de quien sentí envidia en mi vida.

»Bueno, como dice el refrán: «Si no puedes vencerles, únete a ellos», así que eso hice. Y, a medida que le conocí, fue gustándome. A despecho de su forma de hablar, de la ropa que llevaba, de la suciedad que la cubría. Además, nos parecíamos mucho. Solo un pequeño detalle nos diferenciaba: él mandaba, yo no…

»Eso era lo que intentaba ver y hallar en él… esa chispa que le hacía diferente. Aunque nunca logré descubrirlo, siempre supe que estaba allí. También mi padre lo advirtió. Un día, Frankie cenó en casa con nosotros: por la noche, papá me preguntó quién era, se lo dije y me advirtió: “Es un chico peligroso; es listo, duro y pendenciero. No te dejes arrastrar por él”. Sonreí a mi padre y le dije que no se preocupase porque Frankie no era peligroso para mí; era mi amigo y podía confiar en él plenamente.

Una doncella entró en el salón, dejó la cafetera eléctrica encima de la mesa y distribuyó platillos, tazas y cucharillas. Mientras la observaba, Jerry guardó silencio.

—Serviré yo, Mary —dijo Janet, recogiendo las servilletas de manos de la sirvienta.

—Bien, señora —dijo la joven, y se retiró.

Balanceando la taza en lo alto de una rodilla, Jerry continuó:

—¿Os acordáis de cuando iba a presentarse para delegado de curso en el instituto? Tenía que pronunciar un discurso que nosotros habíamos preparado previamente. ¿Recordáis lo mal que lo hacía cuando ensayaba y vuestro temor de que pudiera fracasar? Confieso que también yo creí en un desastre, incluso es posible que lo desease un poco para tener algo en qué superarle. ¿Recordáis lo que hizo al subir al estrado, cómo se quedó inmóvil un instante y luego empezó a hablar con voz chillona? Me estoy viendo sentado allí pensando: «Ya está. Ahora se hunde». Pero no lo hizo. Habló con la misma naturalidad que habría empleado para hablar con un compañero… con sencillez reposada, amistosamente. Entonces fue cuando comprendí lo que mi padre había querido hacerme comprender al decir que Frankie era peligroso. Todos sabíamos que estaba muerto de miedo antes de dirigirse a la tribuna y, sin embargo, ¡allí le teníamos!, con el auditorio a su merced. Además, era un showman; lo demostró al sacar a Janet para que saludase con él. Lo hizo todo bien… por intuición. Él hacía instintivamente lo que los demás teníamos que planear concienzudamente. Era el político que yo había querido ser desde niño. Era mi padre y yo juntos, porque unía el magnetismo e instinto popular de papá con mis planes.

»Creo que entonces me hice hombre… viéndole en la plataforma, haciendo reverencia tras reverencia, cogidos de la mano. “No encontrarás a muchos hombres como este —me dije a mí mismo—. Obsérvale y aprende de él.” Observé y aprendí… aprendí a quererle.

»Para mí, Frankie no tenía nada de complicado. Para mí, era la esencia de la simplicidad y el tacto combinada con una inteligencia rápida como un rayo. Sabía lo que buscaba e iba a por ello; decía lo que quería sin ambages, hacía lo que le venía en gana, pasara lo que pasase.

—Pero —intervino Marty— no sabías que se iba a escapar.

Jerry admitió la objeción con un movimiento de cabeza.

—Eso es muy cierto. No obstante, debes recordar que no estuve con él el día que fue a la estación para despedir a su familia. Si le hubiese visto aquel día, aunque solo hubiera sido un instante, lo hubiese sabido. —En su mente, Jerry no corroboraba sus palabras.

»¿Yo lo habría advertido? ¿Le conocía, realmente tan bien como digo? ¿Era el reto que me imaginaba que era? Lo que ocurrió después, a su vuelta, no podía preverlo nadie. Nadie podía leer el futuro. Lo incuestionable es que Frankie siempre consiguió las cosas que yo más quería y deseaba. Fue el héroe escolar, el primero en el corazón de Janet… y aunque yo logré aquellas cosas después que él las dejó, ¿cómo puedo estar seguro de que las habría logrado sin su inesperada desaparición?

Lo que Janet quería hacer ahora, ¿estaba bien o era que Frank volvía para atormentarle? No tenía objeciones fundamentales que oponer a la idea de Janet, pero se preguntaba cómo se le había ocurrido aquello a su mujer. De todos modos, Frank había existido y aunque ahora perteneciera al pasado, todavía quedaba una puerta abierta para su regreso.