No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 61 de 87

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No amarás a un extraño

doce

 

Fue una fiesta en casa de uno de los amigos de Marianne con motivo del Día de Acción de Gracias lo que marcó el inicio de la ruptura. Los días discurrían lentamente y aunque no me sentía plenamente feliz, dejaba que las cosas siguieran como estaban. Marianne se había tornado abiertamente posesiva respecto a mi persona. Nada objeté. En realidad, me agradaba aquella actitud suya. Yo la amaba, amaba su manera de hablar, de caminar, de actuar. Me gustaba la forma en que movía las manos al hablar, los pies al andar. Adoraba el ímpetu con que se apretaba contra mí al bailar, de aquel modo tan atrevido, íntimo y personal.

Aquella era una reunión: la gente de siempre y el mismo rollo. Marianne y yo éramos una cosa: cálida, íntima, armónica… Marianne, yo y un grupo de extraños, otra muy distinta. Sin advertirlo ella gravitaba, naturalmente, hacia el puñado de colegas y contertulios que nos rodeaba. Yo quedaba excluido de esas conversaciones, no intencionada, sino naturalmente, ya que no tenía temas comunes con ellos. Así pues, me quedaba por allí, con un vaso en la mano, aguardando, aburrido y cansado, a que terminase la reunión y llegase la hora de volver a casa.

El regreso transcurría en silencio, por lo general. Respirando a pleno pulmón el aire helado de la noche, nos dirigíamos a Washington Square, donde estaba la parada de los autobuses de dos pisos. Al llegar al apartamento Marianne rompía el silencio para comentar:

—Hermosa fiesta, ¿verdad, Frankie?

Mi respuesta era, invariablemente, un bufido ininteligible. Es muy posible que ella supiese que a mí aquellas celebraciones no me importaban ni poco ni mucho, pero Marianne jamás lo hubiese admitido así.

Esta fiesta discurría del mismo modo que las anteriores. Marianne no tardó en enfrascarse en animada conversación y yo me alejé y esperé a que me ofrecieran de beber. La noche avanzaba lentamente. Alrededor de las diez, llegaron unos cuantos invitados más, con lo que se formaron más corros. Me había hartado ya del silencioso papel que se me había asignado y la idea de marcharme a casa tomaba forma en mi cerebro. Dejé el vaso que sostenía y me dirigí hacia Marianne para decirle que me iba. En aquel momento, alguien me cogió del brazo. Me volví para ver quién era y resultó ser una modelo que, en ocasiones, posaba para Marianne…

—¿Me recuerda? —preguntó sonriente.

—Sí, por supuesto —respondí, contento de tener, por fin, alguien con quien hablar—. ¿Cómo estás?

—Medio muerta de aburrimiento; esta fiesta apesta —dijo.

Reí. Me agradaba constatar que otra persona se sentía igual que yo.

—¿Por qué has venido, entonces? —indagué.

—Tenía que hacerlo, negocios… tengo algo que vender —aclaró, mientras sus manos señalaban su cuerpo.

—¡Ah, ya veo! —exclamé. No cabía duda: aquella chica tenía mucho que vender.

—¿Bailas? —invitó.

Asentí y nos deslizamos enlazados, hacia un rincón donde había una radio. La muchacha bailaba bien y hacía que yo pareciera mejor bailarín de lo que era. Algunos de los asistentes dejaron de hablar para observarnos. Por el rabillo del ojo, vi que Marianne y los de su grupo callaban cuando evolucionamos junto a ellos. Alguien dijo a mi protectora:

—Hacen una buena pareja; ¿por qué no los pintas juntos?

El baile continuaba y me fue imposible oír la respuesta de Marianne.

—Y usted, ¿por qué? —inquirió la rubia.

—¿Por qué, qué? —pregunté a mi vez, mirándola distraído.

—Que por qué viene a estas fiestas —aclaró—. Parece usted un pez fuera del agua.

—Porque no tengo nada mejor que hacer —dije, encogiéndome de hombros.

—Ya entiendo —aseguró la chica, mirando por encima de mi hombro hacia Marianne. La expresión era clara… ¡órdenes del jefe!

De repente, me había hartado de bailar. Estaba disgustado conmigo mismo.

—¿Qué le parece si bebemos algo? —invité.

Tomamos sendos vasos y nos quedamos de pie, junto a la pared del fondo, observando a los demás. Me di cuenta de que Marianne no nos perdía de vista.

No tardé en cansarme de todo aquello.

—¿Qué tal si salimos a tomar un poco el aire? —pregunté a la chica.

A su gesto afirmativo, cogimos los abrigos y salimos. Cruzamos en silencio el parque y luego lo rodeamos casi por completo. Nos detuvimos para contemplar a un grupo de personas que subía a un autobús. No hablamos, solo paseamos, cogidos de la mano.

Volvimos.

A la puerta de la casa, me detuve.

—No entro —dije. Eran mis primeras palabras desde que habíamos salido de la fiesta.

—Tampoco yo tengo el menor deseo de entrar —confesó ella, mirándome—, pero tengo que hacerlo. Tengo que hablar con uno de los invitados para tratar de un posible trabajo para mañana.

Tuve la impresión de que si se lo pedía, la muchacha no volvería a la reunión, pero no dije nada. La modelo se quedó inmóvil unos segundos y después, sonriendo se apartó.

—Eres un tipo taciturno, ¿verdad?

No contesté. La chica se dio la vuelta y entró. Yo regresé a casa.

Me senté en el sillón y leí los periódicos de la mañana. Algo más tarde de la una, llegó Marianne.

—¡Hola! ¿Qué tal terminó la fiesta? —saludé.

—¿Por qué no te quedaste para averiguarlo? —contestó con vehemencia.

Ante lo desabrido de su tono, decidí callar. Aquella noche no tenía ganas de pelea.

Marianne entró en la alcoba y salió a los pocos minutos, preguntando.

—¿Dónde está Bess?

Supuse que se refería a la modelo. Sonreí y contesté:

—En la fiesta, imagino. La dejé a la puerta de la casa y vine aquí.

—Pues yo no la vi entrar.

—Tal vez no lo hiciera —repliqué, divertido—. Tómalo con calma, pequeña. Estoy pensando que estás celosa.

¡Buena la hice! Estalló hecha un basilisco:

—¡Celosa! —dijo, con voz de trueno—. ¡Celosa yo de esa cualquiera! ¡Ni lo sueñes! Lo que pasa es que no me ha gustado nada lo que has hecho. Cuando vienes conmigo, espero que te quedes conmigo. ¿A ti te gusta que la gente hable de ti?

—Que hablen —dije, también alterado—. Si quieren hablar, lo harán sin que podamos evitarlo. Además, ¿qué nos importa a nosotros lo que puedan decir?

—¡No me importa! —tronó Marianne—, pero ¿cómo crees que me siento? Todos conocen lo nuestro y, sin embargo, no vacilas en largarte con esa rubia idiota.

—¿Y cómo crees que me siento yo? —contraataqué—. En todas las fiestas me arrojas a un lado como si fuese el sombrero y no me recoges hasta que llega la hora de volver aquí. ¡Por Dios, no seas tonta, Marianne, y olvida eso! —concluí, encendiendo un pitillo.

—Esa mujerzuela intentó engatusarte en cuanto te vio.

—A mí me pareció una chica agradable. Y, además, ¿qué hay de malo en ello? ¿Qué hiciste tú con los otros?

—Yo no hice eso —señaló, acercándose a la puerta de la habitación—. Pero te aseguro que si llego a encontrarla aquí, le arranco las entrañas.

No pude contener una carcajada. El enredo no dejaba de tener gracia.

—¿Por eso miraste en la alcoba cuando llegaste? —pregunté—. ¿Crees que soy tan corto de miras como para traerla aquí?

Marianne volvió junto a mí, mirándome furiosamente. Su voz era tensa pero contralada.

—Oye Frank —habló—, que no se te olvide: tú me perteneces. Cuanto tienes, cuanto eres, cuanto puedes llegar a ser, a mí me lo debes porque yo te lo he dado. Y porque te lo he dado, puedo, en cualquier momento, quitártelo: así. —Chasqueó los dedos—. Cuando vayas conmigo a cualquier parte, recuerda que tienes que quedarte aunque estés fastidiado, te guste o no, y que te irás cuando yo te lo diga, pero no antes.

Estaba ciego de ira, sin embargo, conseguí permanecer callado, sentado en mi sillón. Marianne tenía razón: nada era mío; ni siquiera la ropa y el dinero que llevaba en el bolsillo me pertenecían.

—Entendido, pequeña —dije, con voz fatigada—. Si es eso lo que deseas…

Me contempló con mirada curiosa y desilusionada a la vez, como si hubiera aguardado una reacción más violenta.

—Así lo quiero —afirmó, con tono inseguro.

Me levanté, entré en el dormitorio y me acosté. No tarde en caer dormido. No sé qué hora sería cuando me desperté. Marianne me llamaba.

—Frank, ¿estás despierto?

—Sí, ahora sí.

Abrí los ojos. La oscuridad que reinaba en la alcoba no era lo único que podía ver en aquel momento; también pude verme a mí mismo tal y como realmente era: ¡un vulgar niño bonito! Una sensación de náusea me invadió.

—¡Ven aquí, amor mío! —murmuró.

—Sí, ama —repliqué, y salté de la cama y me senté en el borde de la suya.

—Ahí no, cariño —susurró. Los ojos le brillaban en la oscuridad—. Échate aquí, junto a mí y bésame.

Me acosté y la tomé en mis brazos. Su cuerpo era suave y cálido y sentí que saltaban chispas de fuego cuando nos tocábamos. Me había comprado y me pagaba para eso, y, esa noche, puedo asegurar que le salí rentable.

 

Yo la quería. Sabía que siempre la querría, hiciera lo que hiciese, dijera lo que dijese, pero toda la noche, tuve la impresión de que alguien, detrás de mí, me observaba y murmuraba junto a mi oído: «Salta cuando ella te lo ordene, baila como una marioneta al compás que te marquen sus dedos; pero recuerda: algo ha desaparecido para siempre… ¡Nunca lo recuperarás… nunca, nunca, nunca…!».

Marianne dormía cuando las primeras luces de la aurora se abrieron paso en la alcoba. La contemplé. Sus cabellos, enmarcando sus facciones, se esparcían sobre la almohada como llamas ardientes. Una semisonrisa se dibujaba en sus labios y sus facciones mostraban felicidad y calma.

Al mirarla, mi corazón se sobresaltó extrañamente. Sí, la quería, pero algo esencial se había perdido, había desaparecido entre los dos. Y allá, en lo más íntimo de mi conciencia, supe que yo también me iría. Lo veía tan claro como que a la noche sigue el día y, sin embargo…