No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 86 de 87

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No amarás a un extraño

veintiuno

 

Fui a mi suite y me cambié de ropa. Encargué luego que me preparasen el coche y regresé a Nueva York.

Al otro lado del puente, me detuve ante un puesto de periódicos y compré el Evening Journal. Un gran titular en letras rojas rezaba: «Kane, libre. Fennelli, condenado». Debajo, el subtítulo decía: «Cowan aplasta el mundo del hampa». Había, además, una gran fotografía de Jerry saliendo del Palacio de Justicia. La foto tenía el siguiente pie: «Jerome Cowan, el revienta-hampones». La imagen mostraba a un Jerry sonriente y optimista.

No pude contener la risa. ¡Esos periodistas! No tardarían en proponerle para gobernador. Arrojé el periódico por la ventanilla y arranqué.

Me detuve ante la casa de Ruth, bajé del coche y me dirigí al ascensor. Estaba de servicio el mismo empleado que me subió la primera vez que estuve allí. También en esta ocasión me observó curiosamente durante el breve viaje. Al llegar al piso de Ruth, salí del ascensor, me dirigí a la puerta y toqué insistentemente el timbre.

Oí resonar mi llamada en el interior del piso. Esperé. El tiempo se me hacía interminable. Por fin, la puerta se abrió. Era Ruth.

Nos miramos sin movernos. Parecíamos dos desconocidos, dos personas que se veían por vez primera.

—¡Ruth! —murmuré, sin osar moverme.

Súbitamente, se arrojó en mis brazos, llorando.

—¡Frankie! ¡Frankie!

La puerta se cerró a nuestras espaldas. El vestíbulo estaba sumido en una tenue semioscuridad y solo los sollozos de ella rompían el silencio. Con la cabeza apoyada sobre mi pecho, Ruth seguía llorando. Le acaricié la cabeza suave, muy suavemente.

—¡Ruth, Ruth, todo ha terminado ya! No llores, cariño.

—Temí que no volvieras, Frankie.

—¡Te lo prometí, Ruth, recuerda!

Me miró. Tenía los ojos extrañamente límpidos y brillantes. La besé. Sus labios temblaban.

—¡Cariño, cariño!

—Tenía miedo de que cambiaras de parecer, Ruth. ¡Tenía tanto miedo!

Me calló con sus besos.

Cogidos del brazo, entramos en el salón y nos sentamos en el sofá.

—Hoy es el último día de junio, Frankie —apuntó Ruth, volviendo el rostro hacia mí.

—Por eso he venido. Te dije que serías mi mujer antes de que terminase el mes. Recoge algunas cosas y vámonos. Nos casaremos en Meriden.

Ruth se separó de mí y retrocedió hasta el otro extremo del sofá para coger un paquete de cigarrillos que había en un cenicero de porcelana. Con calma estudiada, sacó uno. Mientras se lo encendía, la miré con curiosidad. Ella sostuvo mi mirada sin pestañear.

Aguardé a que hablase. Había consumido ya medio cigarrillo cuando, con voz pausada, dijo:

—No, Frankie. No vamos a casarnos.

Ahora era yo quien debía mostrar calma. Antes de hablar, encendí un pitillo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Porque tú no me quieres —y alzó la mano para detener mi réplica—. No, en el fondo tú no me amas. Lo nuestro no es sino una parte más del plan que te has trazado, como lo era el acuerdo a que llegaste con Jerry. Pasar de una etapa a otra. Eso es lo que buscas. Te casas solo para rematar la transición entre dos fases. ¡Un detalle perfecto! Has decidido ataviarte con el manto de la respetabilidad y yo soy para ti el hermoso broche que rematará y sujetará el disfraz. En el fondo, ni has cambiado ni has aprendido nada. No crees en lo que estás haciendo. Si obras así es porque te consta que estabas acabado y has querido salir lo mejor parado posible. Jerry nos contó lo que le has obligado a hacer y no tardé mucho en poner las ideas en claro. Algún día aprenderás que no se puede traficar con la vida y los sentimientos de los demás.

—¿Tú me quieres? —interrumpí con voz tranquila.

—¿Que si te quiero? —repitió, palideciendo—. Te he querido tanto, desde que éramos niños, que durante años no podía dormir pensando en ti, deseándote; que cuando no sabíamos dónde estabas soñaba contigo; que todos estos meses últimos añoraba el momento en que sería tuya y soñaba en el instante en que sentiría a tu hijo en mi corazón. —La voz le temblaba de emoción—. Por eso no quiero que lo nuestro sea fruto de un cálculo. Por eso no me casaré contigo.

Aplasté el cigarrillo contra el cenicero y la agarré por los hombros. Hundí los dedos en sus brazos con rabia y desesperación. No protestó; se limitó a mirarme, impasible.

—¡Tonta estúpida! —grité furioso. La sangre hervía en mis venas y me golpeaba salvajemente en las sienes—. Es posible que todo empezase como tú dices, pero ahora, ¿no eres capaz de ver que todo lo he hecho por ti? ¿Que todo lo que he abandonado lo he abandonado por ti? No creas que no hubiera sido capaz de arreglarlo todo. De habérmelo propuesto, lo hubiera conseguido. Hay una docena de ciudades en Estados Unidos a las que podía haber ido y desde las cuales me hubiera resultado sencillísimo operar sin que Jerry y sus polizontes hubiesen tenido la menor posibilidad de dar conmigo. No tenía por qué dejarlo. Si lo he hecho, ha sido por ti, por ti únicamente. Si no te quisiera como te quiero, habría superado esta crisis del mismo modo que he superado muchas otras en mi vida y hubiese arruinado la carrera de Jerry sin la menor dificultad. Tú has sido la única razón de que haya arrojado la toalla… porque caí en la red que me tendiste. Es posible que, en mi fuero interno, siempre haya sabido que tenías razón, pero lo he hecho por ti. No he intentado comerciar a tus expensas. Por ti he puesto mi vida patas arriba. He perdido una enorme fortuna. He cambiado una hogaza de pan por un castillo de azúcar en el aire, la realidad por un ideal. Si aún sigues creyendo que no te quiero, Ruth, ¡puedes irte al infierno!

La solté, cayó sobre el sofá y yo salí de la habitación.

—¡Frank! —llamó con voz apagada.

Me volví, Ruth se había puesto de pie.

—¡Frankie, estás llorando! —exclamó, maravillada.

Ruth y yo nos casamos ante el juez de paz Smith en Meriden, Connecticut, el día 30 de junio de 1941.

La voz del juez era profunda y fuerte.

—Francis Kane, ¿acepta a esta mujer, Ruth, por su legítima esposa y promete amarla, honrarla y permanecer unido a ella en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y la pobreza, hasta que la muerte les separe?

—Sí, acepto y prometo.

—Ruth, ¿acepta a este hombre, Francis, como su legítimo esposo y promete amarle, honrarle y permanecer unida a él en la salud y la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta que la muerte les separe?

Ruth miró al juez y después a mí. Sus ojos tenían el azul más profundo que jamás había visto. Su voz resonó cálida y dulce.

—Sí, acepto y prometo.

El juez me hizo una señal y yo puse la alianza en el dedo de Ruth. A continuación, el juez levantó las manos.

—En virtud de los poderes de que he sido investido por el estado de Connecticut, yo os declaro marido y mujer —suspiró profundamente y añadió—: Ya puede besar a la novia.

Me incliné sobre Ruth y la besé. Posé tiernamente mis labios sobre los suyos y luego la aparté para mirar al juez.

—¡Enhorabuena, joven! —dijo, sonriendo—. Dos dólares, por favor.

Le di cinco para que me trajera suerte.

A las once, estábamos de regreso en mi suite del hotel. Crucé el umbral con Ruth en brazos y la besé.

—¡Hola, señor Kane!

—¡Hola, señora Kane!

Entramos al salón, la dejé en el suelo, me dirigí al teléfono y encargué cuatro botellas de champaña que subieron en un santiamén.

Mientras Ruth se preparaba para acostarse, esperé en el salón. Nervioso, bebí el contenido de la copa que sostenía en la mano. Llegué hasta la ventana y miré al exterior. Nueva York brillaba al otro lado del río.

Sonreí a mi propia imagen reflejada en el cristal y levanté la copa por Nueva York.

—¡Por ti! —dije.

Mi otro yo del cristal levantó la copa y pareció brindar por mí.

—Frank.

La voz llegó dulce y apagada, tanto, que casi no la oí. Me acerqué a la puerta del dormitorio.

—¿Qué quieres, Ruth?

No hubo respuesta. Dejé la copa sobre la mesa, apagué la luz y abrí la puerta. Junto al lecho, una lamparilla dejaba escapar una luz tenue. Atravesé la habitación.

Ruth estaba de pie, junto a la ventana y, al verme, me tendió la mano.

—Frank, ven aquí un momento y mira.

Me coloqué a su lado, pero solo la veía a ella.

—Frank —repitió con voz llena de misterio—, mira por la ventana. ¿Habías visto alguna vez el mundo ante ti? ¿Un mundo grande y maravilloso que te espera?

No contesté. La luz de la luna bañaba sus facciones. ¡Estaba preciosa!

—¿Cómo crees que será nuestro hijo? —siguió preguntando Ruth.

La besé dulcemente en la mejilla y ella se acurrucó entre mis brazos.

—No lo sé. Nunca había pensado en tener hijos —respondí quedamente.

—¿Crees que será como tú… indómito y extraño, perverso y guapo?

—Si ha de parecerse a mí, mejor será no tenerlo —advertí, estrechando mi abrazo.

La besé en el cuello. Ella me hablaba al oído, muy quedamente:

—¡Frank, nuestro hijo será maravilloso! —Ahora la besé en el hombro—. Frank, ¿sabes que eres guapo?

Reí y moví los labios a lo largo de su pecho.

Me agarró la cabeza con las manos y me sostuvo contra sí. Se inclinó y me besó la cabeza.

Alcé mis labios hasta los suyos. Ardían.

—¿Sabes que eres preciosa? —dije a mi vez.

Ruth extendió el brazo y apagó la luz.

 

Era más tarde, mucho más tarde. Llevaba largo rato echado en la cama, vigilando el sueño tranquilo de Ruth. Dos lágrimas parecían estar engarzadas en sus ojos. Extendí la mano y las sequé con ternura. De pronto, sentí deseos de fumar.

Tanteé perezosamente sobre la mesita de noche, pero no encontré el paquete. Me moví lentamente, cuidando de no despertarla.

Todavía resonaba su voz en mis oídos: «Frank, ¿eres feliz? ¿Soy para ti lo que habías soñado?».

Pasé a la otra habitación, cerré la puerta sin hacer ruido y encendí la luz de una de las mesas.

Sí. Ruth era para mí lo que siempre había soñado y deseado.

En la mesa más alejada vi los cigarrillos. Cogí el paquete y encendí un pitillo. Aspiré profundamente el humo y dejé que luego escapase, lentamente, por la nariz. Me sentí mejor.

Distraído, bajé los ojos hasta la mesa. Durante mi ausencia, habían llegado algunas cartas. Sin casi advertir lo que hacía, examiné los sobres: facturas, folletos de propaganda…

La última llamó mi atención. Era una tarjeta del Gobierno y, al dorso, había una especie de formulario. Lo leí:

JUNTA LOCAL NÚM. 217

SERVICIO DE RECLUTAMIENTO

AVISO DE CLASIFICACIÓN

MOZO … Francis Kane, número de orden 549, ha sido clasificado en clase … 1 A hasta …

por la JUNTA LOCAL número 217. 25 de junio de 1941

El cigarrillo se había consumido. Lo dejé en el cenicero y regresé al dormitorio. Cuando alcé la mano para apagar la luz, me di cuenta de que seguía con la tarjeta en la mano.

Apagué la luz y lancé la tarjeta al otro extremo de la habitación. ¡Al diablo!

A la mañana siguiente llamaría a Carson y le encargaría que lo arreglase sin pérdida de tiempo.