No amarás a un extraño

Harold Robbins · Capítulo 53 de 87

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No amarás a un extraño

cuatro

 

El invierno de 1932 fue pésimo. La gente estaba sin trabajo, malviviendo gracias a la asistencia social. Se hacía cada vez más evidente, incluso para mí, que me iba defendiendo bastante bien, que alguien tendría que tomar medidas urgentes para asegurar la subsistencia de la gente. Todos los días, los periódicos gritaban: «Nueva crisis». La gente pasaba hambre, la gente tenía frío. Bonos para los veteranos, empleos para los trabajadores. ¡Dejad de creer en cuentos de hadas, conciudadanos! ¡La «prosperidad» no se encuentra a la vuelta de la esquina!

No obstante, por extraño que pueda parecer, todo aquello no me afectaba… Yo no tenía problemas; no tenía hambre ni pasaba frío porque tenía trabajo.

Cuando subía al club, las quejas de los asistentes no me sonaban enteramente reales. Se pronunciaban discursos que no surtían efecto y se formulaban peticiones que no eran atendidas. Gradualmente, la gente se tornaba escéptica y abandonaba toda esperanza de encontrar trabajo. Aquel estado de ánimo colectivo se reflejaba de muy diversas maneras: hombres que cada mañana salían en busca de trabajo, como si estuvieran cumpliendo un precepto religioso, dejaron de hacerlo y adoptaron una actitud fatalista. Había un lamento único e igual en todas las bocas: «¿No sabes que atravesamos una crisis económica en todo el país?», «Compañero, ¿puedes prestarme diez centavos?».

Varios comercios de la avenida quebraron, y nadie se preocupó por ello. Los locales seguían vacíos, con grandes letreros de SE ALQUILA en los escaparates. Las palabras de moda eran, PRECIOS REBAJADOS, A MITAD DE PRECIO, VENTA ANIVERSARIO. Cualquier excusa era buena para vender… pero nadie compraba.

La gente estaba confusa, aturdida. No sabía a quién hacer responsable de aquel caos. Se fijaban carteles y pasquines en las estaciones del metro, en los escaparates, en las puertas de las casas, ¡COMPRAD PRODUCTOS AMERICANOS! El Morning American y el Evening Journal se habían empeñado en una campaña de ámbito nacional: «¡Devolved la prosperidad al país comprando productos americanos!». En Columbus Circle, oradores de ocasión atacaban al Gobierno, al presidente, a los judíos, a los negros, a los católicos, a todo y a todos.

Despotricaban indiscriminadamente… contra los sindicatos, los huelguistas, los esquiroles, los patronos, los amos judíos, los banqueros judíos… Salvaje y estúpidamente, la emprendían contra la gente.

«¡No compréis a los judíos! ¡Comprad productos americanos!» La gente recorría las calles entre noticias de huelga en Harlem… ¡huelgas provocadas por el hambre y la desesperación! Los ánimos estaban crispados. El salvajismo latente se desperezaba. El ambiente parecía un caldero removido por una mano diabólica que, cada pocos minutos, dejaba de dar vueltas con la cuchara para añadir nuevos ingredientes, más odio, insinuando, azuzando, calumniando…

«Poned a los negros en su sitio. Los blancos necesitaban trabajo. No querréis que los negros violen a vuestras hermanas, ¿verdad?

»Mirad a vuestro alrededor. ¿Quiénes controlan todos los negocios? Los judíos. ¿A quiénes pertenecen los bancos? A los judíos. ¿Quiénes ocupan los mejores empleos? Los judíos. ¿Qué comunidad tiene más médicos, más abogados entre sus miembros? La judía. ¿Quiénes son los comunistas? Los judíos. ¿Quiénes provocan las huelgas? Los judíos. Este país, ¿es el nuestro o el suyo?

»Los negros son como el cáncer. Dejad que uno de ellos viva en vuestro barrio y los demás acudirán como moscas. Hacen disminuir el valor de los inmuebles en los que habitan. Arruinarán vuestro barrio. Os arruinarán a vosotros mismos; no podréis salir por la noche. Cada vez que vuestra hija vuelva de la escuela, estaréis con el alma en vilo. Los negros son como el cáncer. Si os pillan, vais listos. Si les dejáis, os matarán.»

Sí, aquel fue un mal invierno… y lo fue en más de un aspecto. Recuerdo aquella noche de febrero, la noche del aniversario del nacimiento de Lincoln, la noche en que vi llorar a Gerro.

Yo estaba en el fondo del salón. Las pocas personas que había en el club charlaban en voz baja, formando pequeños corros. Ni orquesta ni baile, el dinero era necesario para cosas más urgentes e importantes. La gente ya no asistía a las reuniones. Había perdido toda esperanza o había prestado oídos a los rumores y calumnias y a las palabras insidiosas de los oradores callejeros, y se había dejado seducir por sus soflamas.

Hablaba con Terry y, como era habitual, estaba lamentándose.

—¡Otra vez se me ha retrasado! ¿Estás seguro de haber ido con cuidado?

—¡Seguro! ¡Deja ya de atormentarte! En todo caso, siempre quedaría el recuerdo de ponerte la zancadilla en lo alto de una escalera —me burlé—. Así lo perderías.

Se puso furiosa.

—¡No me explico por qué me preocupo por ti! ¡Yo no te importo un ardite! ¡A ti solo te interesa pasarlo bien!

—¿Es que te he dado a entender que buscaba algo más? —dije, desafiante.

—¡Muy bien, hazte el chulo! —dijo con rabia—. Algún día te sorprenderá ver que ya no estoy a tu disposición. ¡Entonces, saldrás a buscarlo!

—Hay más mujeres —repliqué sin dar importancia a sus palabras.

—¡Maldito! —estalló—. ¡Búrlate, búrlate! ¡Si quisiera, podría casarme!

—¿Y quién es él?

—Un buen chico —contestó Terry, repentinamente segura de sí misma—. ¡Y tiene un excelente empleo, además! ¡Es conductor de autobús en la Quinta Avenida! Un auténtico caballero que no intentaría nada con una muchacha si ella no quisiera…

—Eso no hace más que confirmar el viejo refrán irlandés: «Cada minuto hay un tonto más en el mundo» —dije—. ¿Por qué no te casas con él?

—No lo sé, la verdad, no lo sé —replicó. Cambió el tono de su voz, que se hizo suave y cariñosa—. ¿Has pensado alguna vez en casarte, Frankie?

Levanté los brazos con fingido horror.

—¿Crees que me he vuelto loco? ¿Para qué hacer desgraciada a una sola mujer cuando puedes hacerlas infelices a todas? —reí—. ¿Es esto una proposición formal? ¡Ha sido tan repentina!

—Terry se enfureció otra vez.

—¡Anda, ríete! Si me viene eso este mes, me casaré con él y entonces tú podrás esperar sentado —dijo, y se alejó.

La seguí con la vista, pensativo. Era imposible saber cuándo hablaba en serio. Pero diablos, no quería casarme con nadie.

Gerro se había subido ya a la mesa, dispuesto a empezar su discurso. Extendió las manos en demanda de silencio.

—Amigos… —pero no pasó de aquí.

En el preciso instante en que comenzaba su parlamento, una piedra rompió el cristal de la ventana y entró zumbando en la habitación. Otras la siguieron. Al principio, permanecimos quietos, incapaces de comprender lo que sucedía. Gerro seguía de pie sobre la mesa, con la boca abierta.

Yo era el más próximo a la ventana. Me asomé. En la calle había unos veinte o treinta individuos que miraban hacia la ventana; no los conocía. Una mano me asió por la espalda. Era la de Terry.

—¿Qué quieren? —preguntó, asustada.

No tuve que contestarle, uno de los de la calle lo hizo por mí.

—Queremos que nos entreguéis a ese negro que ejerce de chulo. No podemos tolerar que vaya por ahí, acostándose con las mujeres blancas del barrio. Le enseñaremos cómo tiene que comportarse con los blancos.

Miré a Gerro. Había bajado de la mesa y estaba de pie, en el centro del salón. Parecía solo y abandonado. Con rostros desencajados por el miedo, los demás se arrimaron a la pared del fondo. Una mujer insinuó, medio gritando:

—¿Por qué no avisa alguien a la policía?

—Será mejor que baje y les hable —aseguró Gerro, dirigiéndose ya hacia la puerta.

—No le dejes salir, Frankie —me advirtió Terry—. ¡Le matarán!

Al oír a la chica, reaccioné automáticamente.

—Espera un minuto, Gerro. No serviría de nada. Que salgan primero las mujeres —aconsejé.

Se detuvo y retrocedió hacia la ventana.

—¡No te muevas de donde estás! —grité.

Gerro obedeció y se quedó mirándome. Volví a atisbar por la ventana.

—Si os lo entregamos, ¿dejaréis en paz a los demás? —grité a los alborotadores.

—¡De acuerdo! —contestó uno de ellos, después de un breve conciliábulo.

—¡Muy bien! —admití—. Las mujeres serán las primeras en salir; después, bajarán los hombres. Cuando se hayan marchado todos, podréis subir por él.

—¡No! —protestó uno de los de abajo—. Que baje contigo.

—¡Entendido! —grité.

—¡Frankie, no puedes hacer eso! ¡No puedes entregarle de esta forma! — murmuró Terry a mi oído.

—¡Cállate! —grité en voz baja—. No le cogerán. Cuando salgas, avisa a los guardias. Luego, vete a casa y quédate allí hasta que me ponga en contacto contigo — y añadí en voz alta—: Vosotros, salid de aquí y no os preocupéis. Bajad uno tras otro y con el sombrero en la mano para que vean que sois blancos. Marchaos a vuestras casas y no salgáis de ellas hasta mañana. Ah, y no digáis nada a nadie, limitaos a salir y a desaparecer.

—No podemos dejar a Gerro —protestó uno.

—No lo dejaré. Ahora, salid; no querréis que hagan daño a las mujeres, supongo.

Empezaron a moverse hacia la puerta.

—Que se ponga el negro frente a la ventana para que podamos verle —gritó uno de los atacantes.

Eso me obligó a alterar mis planes. Había pensado decir a Gerro que se escapase por el tejado y, a través de los edificios vecinos, ganase la calle. Ahora querían verle. Gerro se acercó a la ventana.

Le agarré por el brazo para que no siguiera avanzando. Llamé a Joey y le ordené que subiese al tejado y abriese el hueco de acceso al mismo para ahorrarnos tiempo cuando llegase el momento de poner pies en polvorosa. Le indiqué que, después, bajase y saliese con los demás. Joey asintió y se dirigió escaleras arriba.

—Ahora —dije a los demás—, salid en fila india y muy despacio. Necesitamos todo el tiempo de que podamos disponer.

Comenzaron a abandonar el local a paso lento, sin alboroto. En silencio, bajaron la escalera y salieron a la calle. Miré por la ventana y vi salir a la primera del grupo… Pasaban lentamente ante el conjunto de atacantes y desaparecían por la esquina más próxima.

—¿Dónde está el negro? —gritó uno de los de abajo.

Con un ademán indiqué a Gerro que se aproximase a la ventana. Así lo hizo. Su gesto era firme y sereno, con los labios apretados. Si tenía miedo, no lo demostraba. Terry llegaba a la esquina en aquel momento. Se detuvo, miró hacia la ventana, alzó la mano, esbozó un saludo y desapareció. Los de abajo arrojaron otra piedra que esquivé por puro instinto y, al hacerlo, el proyectil alcanzó a Gerro en pleno rostro, justamente debajo del pómulo. Gerro recibió el impacto sin pestañear.

Me volví para examinarle la herida; la piedra le había abierto la mejilla y sangraba abundantemente. Siguió inmóvil, como si la piedra no le hubiera alcanzado. La sangre le bañaba el rostro y el cuello y le manchaba la blanca camisa. Apretó contra la herida el pañuelo que le di con la misma indiferencia con que un barbero aplica el paño caliente después del afeitado.

—¿Conoces a alguno de esos? —murmuré.

—Sí —se limitó a decir, con voz temblorosa—. A la mayoría.

«Aquellos tipos eran, probablemente, antiguos miembros del club», pensé. Pero no dije nada. Confiaba que Joey volviese antes de que el último de los nuestros hubiese abandonado la casa.

—¡Frank! —la voz de Joey procedía de la puerta.

—¿Hecho? —pregunté, sin apartarme de la ventana.

—¡Hecho! —dijo el chico en voz baja.

—¡Lárgate! —dije, sin dejar de mirar a la calle—. No olvides que has de ser el último en salir.

Le oí dirigirse a la escalera.

—Prepárate para correr —advertí a Gerro—. Sígueme cuando veas salir a Joey.

Mi amigo no contestó. Seguían llegando pedruscos. Yo los eludía, pero Gerro seguía impasible.

Vi a Joey salir del edificio.

—¡Ahora bajamos nosotros! —grité a los de la calle.

Retrocedí hacia el centro de la habitación. Por el rabillo del ojo vi que varios hombres corrían hacia el portal. Gerro continuaba junto a la ventana. Le agarré de la mano y tiré de él.

—¡Vamos, por todos los diablos!

Empecé a correr hacia la puerta, arrastrando a Gerro tras de mí. Salimos al rellano. Ya se oía rumor de pisadas en la planta baja. Me volví hacia la izquierda y subí corriendo al piso superior. Una escalerilla de mano subía hasta la azotea. La tapadera de la abertura ya no estaba y, por el hueco, se divisaba el cielo estrellado. «¡Buen chico ese Joey!», pensé.

Empujé a Gerro escaleras arriba hasta verle desaparecer hacia el exterior y comencé a subir a mi vez. Subía un gran alboroto del piso de abajo y, por la índole de los ruidos, intuí que estaban destrozando los muebles. Otros ruidos procedían de más cerca, del tramo de escalera que conducía adonde nosotros estábamos. Casi había alcanzado la azotea cuando me agarraron por el pie. Miré hacia abajo: un hombre había trepado por la escalerilla. Sin vacilar, le di con el tacón en pleno rostro. El individuo vaciló, perdió el equilibrio y cayó al suelo. Aproveché la coyuntura para deslizarme al exterior.

Ya fuera, miré a mi alrededor. Las azoteas conservaban los restos de la última nevada. Vi la tapadera de la cobertura junto a esta y, a su lado, un viejo colchón que algún vecino había dejado después de pasar allí alguna sofocante noche del verano neoyorquino.

—Échame una mano —dije, mirando a mi amigo.

Gerro, a pesar de que seguía sangrando por la herida del pómulo, se inclinó y me ayudó a encajar la tapa. Después, arrojé el colchón sobre esta con la esperanza de que sirviera para retrasar unos segundos más a nuestros perseguidores. Me erguí y volví a mirar a mi alrededor. Algunos tejados tenían portillones de acceso. Nos dirigimos hacia el más cercano, situado a dos casas de distancia. Traté de abrir la puerta, pero no hubo forma; estaba cerrada con llave.

Miré por encima del hombro hacia el hueco por el que habíamos huido. La cubierta seguía encajada, pero se movía ya y el colchón resbalaba hacia la izquierda. Corrimos en busca de una segunda puerta.

Esta vez fuimos afortunados: estaba abierta. Entramos. La puerta tenía un pestillo en la parte interior; lo corrí. Bajamos corriendo la escalera, salimos a la calle Sesenta y ocho y nos dirigimos desbocados hacia el parque.

Sin dejar de correr, miramos hacia atrás. No había rastro de los perseguidores. Cogimos un taxi que cruzaba por Central Park West.

—¡Siga conduciendo! —dije al chófer—. Enseguida le indicaré adónde vamos.

Gerro se apoyó en el respaldo del asiento, cubriéndose el rostro con las manos. El pañuelo que le había dejado estaba cubierto de sangre. Me volví a él y aparté sus manos para echar un vistazo al corte.

—Eso tiene mal aspecto —comenté—. Conviene que te vea un médico.

Indiqué al taxista que nos llevase al hospital Roosevelt. Al llegar, ayudé a Gerro a salir del vehículo, pagué al taxista y entramos en la sala de urgencias.

Uno de los internos examinó la herida y le dio varios puntos de sutura. Mientras el doctor atendía a Gerro, yo contesté al cuestionario que una enfermera rellenaba. Cuando el médico hubo concluido, tapó la incisión con gasa y esparadrapo. Luego, aconsejó a mi amigo que tomase unas píldoras que le entregó, y le dijo que debía irse a casa a acostarse enseguida.

Salimos del hospital. El reloj de una relojería cercana marcaba las once en punto. Miré a Gerro y le dije:

—Ahora a casita; pareces bastante mareado.

—Sí, será mejor —admitió, tratando de sonreír—. Creo que puedo llegar a casa por mí mismo. Gracias por todo, Frank. ¡Has estado increíble!

—¡No pensemos en eso! —protesté—. ¿De veras te parece que podrás llegar a casa?

—¡Por supuesto! —respondió. Me dio la impresión de que se tambaleaba.

—Creo que iré contigo —dije, y le sujeté con la mano—. Hemos empezado la noche juntos y juntos la terminaremos.

No protestó.

—¿Dónde vives? —pregunté.

Pareció deliberar consigo mismo; al fin, contestó:

—Tal vez sea mejor que no vaya a casa en este estado. Mis padres se asustarán si me ven así. Iré a casa de una buena amiga mía.

—El lugar es lo de menos —dije—, lo que importa es llegar cuanto antes. Necesitas un buen descanso.

Subimos a un taxi y Gerro indicó al conductor una dirección de Greenwich Village. Mientras el coche rodaba velozmente hacia la parte baja de la ciudad, permanecimos callados. Gerro, con los ojos clavados en la ventanilla, parecía meditar. Yo le miraba de vez en cuando.

De pronto inclinó la cabeza hacia delante, la ocultó entre las manos y se echó a llorar. Yo sabía que no era de dolor físico, sino de humillación y pena.

—¡Esos locos! ¡Esos pobres locos engañados! ¿Cuándo aprenderán? —decía, entre sollozo y sollozo.