Qué es el qué

Dave Eggers · Capítulo 10 de 27

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Qué es el qué

Capítulo 9

9

¿Quieres saber cuándo me marché de ese lugar para siempre, Michael?

Hacía un día radiante, el techo del cielo estaba muy alto. Mi padre se había ido a Wau por negocios. Había transcurrido una semana desde nuestro regreso a Marial Bai. Una vez más yo estaba alimentando el fuego cuando mi madre levantó la vista. Ella hervía agua con la leña que yo había traído a casa. Vi que su mirada pasaba por encima de mi hombro.

Dime, Michael, ¿tienes madre? ¿Alguna vez la has visto aterrada? Ningún niño debería presenciar algo así. Es el final de la infancia: ver su rostro desencajado de terror, sus ojos muertos. Verla derrotada ante una amenaza inminente. Verla derrotada porque cree que ya no puede salvarte.

—Oh, Dios mío —dijo ella. Se le hundieron los hombros y derramó gotas de agua caliente encima de mi mano. Solté un grito, pero entonces oí el rumor.

—¿Qué es eso? —pregunté.

—¡Ven! —susurró ella. Sus ojos recorrieron la finca—. ¿Dónde están tus hermanas?

Yo no había visto lo que había visto mi madre. Pero estaba el ruido. Una vibración que subía desde el suelo. Busqué a mis hermanas, aunque sabía que habían bajado al río. Mis hermanos estaban atendiendo el ganado. Dondequiera que se hallaran, o estaban a salvo del rumor o habían sido sobrepasados por él.

—¡Ven! —me dijo, y me atrajo hacia ella.

Corrimos. Iba de su mano, pero me caía. Ella aflojó el paso y me agarró del brazo. Al final me aupó sobre su hombro y siguió corriendo. Contuve el aliento con la esperanza de que se detuviera. Fue entonces, tumbado sobre su hombro, cuando vi lo que ella había visto.

Era como una polvareda, como si una nube baja avanzara hacia nosotros a toda velocidad. El rumor procedía de los caballos. Entonces los vi: eran hombres a caballo que ensombrecían la tierra. Nos detuvimos y mi madre dijo:

—¿Dónde os escondéis? —susurró sin aliento.

—Ven al bosque —dijo una voz de mujer.

Me dejó en el suelo.

—Escondeos en la hierba —nos dijo la mujer—. Desde aquí podemos huir hacia Palang.

Nos agachamos en la hierba con la mujer, que era vieja y olía a carne. Me percaté de que nos hallábamos cerca de la finca de mi tía, de camino al río. Estábamos ocultos, en la sombra y en medio de un denso arbusto. Desde nuestro escondrijo vimos cómo la tormenta arrasaba la ciudad. Todo era polvo. Algunos caballos llevaban a dos hombres. Otros iban montados en camellos y arrastraban carros a sus espaldas. Oí el silbido de las balas. Una multitud de caballos invadió la selva. Venían por todas partes y se reunían en el centro de la ciudad. Los murahaleenes tomaban las ciudades así, Michael. Las cercaban y luego machacaban todo lo que quedaba dentro.

—La última vez eran solo veinte —dijo la mujer.

Ahora había fácilmente doscientos o trescientos, quizá más.

—Esto es el final —dijo mi madre—. Intentan matarnos a todos. Lo siento mucho, Achak, pero no sobreviviremos al día de hoy.

—No, no —la reprendió la mujer—. Quieren el ganado. El ganado y la comida. Luego se irán. Nos quedaremos aquí.

En ese momento empezaron los disparos. Los rifles eran como los que llevaba el ejército del gobierno, grandes y negros. El cielo se llenó de balas. La metralla resonaba por todos los rincones del pueblo.

—Oh, señor. Oh, señor.

La mujer había roto a llorar.

—¡Chist! —dijo mi madre. Buscó la mano de la mujer y al final la encontró—. No hagas ruido. Chist.

Un caballo con dos hombres montados galopó cerca de nosotros. El segundo jinete iba de espaldas, apuntando a ambos lados con el rifle.

—Allah Akhbar! —gritó él.

Un coro de voces le contestó:

—Allah Akhbar!

Un hombre encendió una antorcha y la arrojó contra el tejado del hospital. Otro hombre, que iba montado sobre un gran caballo negro, preparó una especie de arma redonda y la lanzó contra la iglesia episcopaliana. Una explosión resquebrajó los muros y destruyó el techo.

Cuando se me ocurrió pensar en ella, vi que los jinetes cercaban la cabaña de Amath. Seis hombres montados en cuatro caballos. Rodearon la cabaña por todos lados y luego le lanzaron una antorcha. El techo ardió lentamente, sin llamas, y luego se ennegreció. Al final su casa fue pasto del fuego, un fuego que subió por las paredes y luego fue bajando. Un humo marrón envolvió la cabaña. De ella salió una figura, un chico joven, con las manos en alto. Los rifles resonaron desde el perímetro y el pecho del hombre se tiñó de rojo. Cayó al suelo, y ya nadie más salió de la cabaña. Los gritos empezaron poco después.

—Achak.

Mi madre estaba detrás de mí. Su boca me susurraba al oído.

—Achak. Mírame.

La miré a los ojos. Era tan duro, Michael. No le quedaban esperanzas. Creía que íbamos a morir ese día. Sus ojos no tenían luz.

—No podré llevarte lo bastante rápido. ¿Lo entiendes?

Asentí.

—Tendrás que correr. ¿Vale? Sé que eres muy veloz.

Asentí. Yo creía que podíamos sobrevivir. Que yo podía.

—Pero si corres con tu madre, te verán. ¿No crees? Tu madre es muy alta y los jinetes la verán, ¿verdad?

—Sí.

—Iremos corriendo a casa de tu tía, pero quiero que corras tú solo, ¿de acuerdo? Te irá mejor si corres solo.

Estuve de acuerdo y corrimos por la hierba, hacia el río, hacia la finca de mi tía, alejándonos del centro de la ciudad y del campo de pasto y de cualquier otra cosa que los jinetes pudieran querer. Yo corría detrás de mi madre, observaba cómo sus pies desnudos golpeaban el suelo. Nunca había visto correr así a mi madre y me preocupé. Era muy lenta, era demasiado alta para correr. El vestido amarillo y la lentitud de la carrera la hacían muy visible y yo quería ocultarla.

Oímos un piafar de caballo y de repente nos encontramos frente a un hombre que, con el rifle en guardia, nos miró y detuvo al caballo.

—¡Estaos quietos, dinkas! —ladró en árabe.

Mi madre se quedó rígida. Yo me escondí detrás de sus piernas. El hombre seguía apuntándonos con el rifle. Decidí que, si bajaba el arma, yo saldría corriendo. El jinete gritó hacia el lugar de donde venía, señalándonos a mí y a mi madre. Otro jinete galopó hacia nosotros, despacio, listo para desmontar. Y entonces algo nos salvó. El pie se le enredó, y al querer soltarlo el rifle se disparó contra la pata derecha del caballo. Con un aullido, el animal se revolvió y cayó de bruces. El hombre voló por los aires como una muñeca, todavía atrapado en el lío de riendas y la correa del rifle. El primer jinete desmontó para ayudarle, y en cuanto nos dio la espalda mi madre y yo nos esfumamos.

No tardamos en llegar a casa de la tía Marayin. Estaba en silencio. El ruido del asalto sonaba lejano, sofocado. Marayin no estaba.

Subimos por la escalera hacia la buhardilla donde se guardaba el grano y nos sentamos entre las almendras; nos enterramos mutuamente, echándonos la masa por encima, hundiéndonos cada vez más. Los ojos de mi madre miraban hacia todas partes.

—No sé si esto es lo mejor, Achak.

Un grito sacudió el silencio. Era, sin duda, Marayin.

—Señor, señor —murmuró mi madre.

Enterró la cara en las manos pero se recobró enseguida.

—Bien. Quédate aquí. Tengo que ir a ver qué le pasa. No me alejaré. ¿De acuerdo? Si no veo nada, volveré al instante. Tú quédate. No hagas el menor ruido, ¿vale?

Asentí.

—¿Me prometes que apenas respirarás?

Asentí, y empecé a aguantar la respiración.

—Buen chico —dijo ella.

Me acarició la cara durante un momento y luego retrocedió hacia la puerta. La oí bajar la escalera y noté cómo la cabaña temblaba con ese descenso. Luego paró. Sonó un disparo, más próximo. Otro grito de Marayin. Silencio. Mientras esperaba, me hundí en el grano hasta que este me cubrió los hombros. Escuché y me mantuve alerta.

Unas pisadas rascaron el suelo. Alguien estaba muy cerca. Se movía en silencio, con cautela. Sentí renacer la esperanza: era mi madre. Con suma lentitud me zafé del grano y me dirigí a la puerta, para estar listo cuando viniera a por mí. Atisbé por la puerta, solo distinguía unos centímetros del exterior. No vi movimiento alguno, pero aún oía los pasos. Luego llegó el olor. Era parecido al que flotaba en los barracones, intenso y dulzón. Me tumbé de espaldas sobre el grano, y Michael, te juro que aún no entiendo cómo pude permanecer tan inmóvil. Cómo pude evitar hacer ruido alguno. Cómo ese hombre no me oyó. Fue Dios quien decidió que aquel día Achak Deng se moviera en el más absoluto silencio.

 

Cuando el hombre se hubo ido, Michael, corrí hacia la iglesia. Me habían enseñado que la iglesia es siempre un lugar seguro. Los muros de la iglesia eran fuertes, así que corrí hacia ellos. Una vez dentro, descubrí que era un refugio seguro, al menos de momento. Me escondí detrás de un agujero que había en el muro de paja, al amparo de las frescas sombras, debajo de una mesa rota, y esperé allí durante horas. Alcanzaba a ver el pueblo desde un agujero del tamaño de un ratón y miré mientras pude soportarlo.

En el pueblo, los asaltados estaban aprendiendo. Los que corrían se ganaban un tiro. Las mujeres y los niños que permanecían quietos eran conducidos hacia el campo de fútbol. Un hombre mayor que cometió el error de intentar unirse al rebaño recibió un disparo. Los asaltados aprendieron otra cosa: los hombres adultos debían correr, o luchar y morir. Los jinetes no los querían para nada. Sus presas eran mujeres, niños y niñas, y a todos ellos los agruparon en el campo de fútbol, acorralados por dos docenas de jinetes. Por otro lado, las acciones de los jinetes parecían seguir cierto orden establecido. Mientras unos parecían encargados de quemar todas las casas, otros cabalgaban sin rumbo, disparando y profiriendo gritos en árabe, en función de la necesidad o la inspiración del momento.

El hombre que había intentado unirse a las mujeres y niños en el campo de fútbol estaba muerto. Lo ataron por los pies y lo arrastraron con un par de caballos. Muchos baggaras parecían encontrarlo divertido y fue entonces cuando recordé lo que le habían hecho a Joseph.

Un hombre provisto de un rifle distinto, estrecho y con un cañón más largo, saltó del caballo e hincó una rodilla en el suelo. Apuntó el arma a un objetivo lejano y disparó. Satisfecho con el resultado, se recolocó y volvió a abrir fuego. Esta vez hicieron falta cuatro disparos más antes de sonreír de nuevo.

Un jinete, más alto que el resto y vestido con una túnica blanca, llevaba una espada tan larga como yo. Le vi correr en pos de una mujer que huía hacia el bosque y levantar la espada en el aire. Aparté la mirada. Enterré la cabeza en la tierra y conté hasta diez; cuando volví a mirar, solo vi el vestido, una mancha azul celeste, desparramado en el suelo.

En el campo de fútbol se había congregado un grupo de jinetes. Diez hombres habían desmontado y procedían a atar a un grupo de chicas. En cuanto pensé en buscar a Amath, la vi. Estaba de pie, con el semblante tranquilo, las manos atadas a la espalda y las piernas también atadas. A siete metros, una mujer se dirigía a gritos a los milicianos: era una maldición árabe que yo conocía. Llevaba un vestido chillón, de estampado rojo y blanco. Nunca había oído que una mujer le dijera a un hombre que tuviera relaciones sexuales con una cabra, pero eso era lo que la mujer gritaba a los asaltantes. Y así, sin demasiado entusiasmo, uno de los hombres desenfundó la espada y fue hacia ella. La mujer se desplomó, con la parte blanca de su vestido bañada de rojo.

El resto de las chicas fueron izadas por parejas y atadas a las monturas. Lanzaban a las chicas sobre la silla y usaban una cuerda para inmovilizarlas, como quien carga una alfombra o un haz de leña. Vi cómo cogían a las gemelas, Ahok y Awach Ugieth, y las ataban a caballos distintos. Las chicas gritaban y se buscaban con las manos; cuando los caballos se movieron, Ahok y Awach consiguieron quedarse lo bastante cerca como para cogerse de la mano, y lo hicieron.

Una hora después la actividad cesó. Los dinkas que habían querido luchar habían luchado y estaban muertos. El resto estaba siendo atado para ir hacia el norte. El asalto tocaba a su fin y, para los murahaleenes, había sido un éxito. Ni un solo miembro de sus filas había resultado herido. Busqué con la mirada a Moses y a William K, pero no vi a ninguno de los dos. Veía la cabaña de Moses y algo que parecía un cuerpo humano tendido en el suelo junto a la puerta.

Pero entonces se oyó un disparo procedente de un árbol, y un jinete, de piel más oscura que la mayoría de los murahaleenes, cayó hacia delante y fue resbalando muy despacio hasta que su cabeza chocó contra el suelo, aunque sus pies seguían atrapados en el estribo. Una decena de jinetes se apresuraron a rodear el árbol. Se oyó una ráfaga de palabras en árabe, escupidas con furia. Apuntaron con los rifles y dispararon más de veinte balas en un segundo; una figura cayó del árbol, muerta. Llevaba el uniforme naranja de la milicia de Manyok Bol. Me fijé en él. Era Manyok Bol. Era el único rebelde que estaba allí aquel día, Michael. Más tarde me enteré de que lo habían cortado en seis partes y arrojado dentro del pozo de mi padre.

—¡Levántate!

Oí una voz conocida. Me volví y vi a un chico en pie, junto al cuerpo que había tendido cerca de la cabaña de su tío: era una mujer la que yacía en el suelo, con los puños cerrados.

—¡Levántate!

Era Moses. Estaba junto a la mujer, que era su madre. Su madre se había quemado con la cabaña. Había escapado, pero no se movía y Moses estaba enfadado. La tocó con el pie. Él había perdido la razón. Se veía a la legua que estaba muerta.

—¡Arriba! —gritó él.

Yo quería correr hacia Moses, esconderlo en la iglesia conmigo, pero tenía demasiado miedo para abandonar mi escondrijo. Había demasiados jinetes y si me aventuraba a salir nos atraparían a los dos. Pero él se limitaba a seguir allí, pidiendo a gritos ser descubierto, y me percaté de que no era consciente de los peligros que se cernían sobre él. Decidí que debía rescatarlo de allí aunque eso significara sufrir las consecuencias; huiríamos juntos. Pero en ese momento le vi volver la cabeza y sus ojos vieron la misma escena que los míos: un jinete cabalgaba hacia él. Un hombre montado sobre un salvaje caballo negro se abalanzó sobre Moses, que a la sombra del animal no parecía mayor que un niño. Moses reaccionó y sorteó con rapidez las cenizas de lo que había sido su casa; el jinete lo siguió con la espada en alto. Moses corrió, pero su huida topó con una valla: no tenía salida. El jinete lo embistió y yo desvié la mirada. Me senté y traté de hundirme en la tierra de la iglesia. Moses ya no estaba.

 

A medida que anochecía muchos de los asaltantes abandonaron la ciudad, algunos cargando con sus prisioneros, otros con lo que habían rapiñado de las casas y el mercado. Pero aún quedaban cientos en el pueblo, comiendo y descansando mientras el fuego consumía las últimas casas. No vi a nadie de mi familia; todos habían escapado, o estaban muertos.

Al anochecer planeé mi huida. Tenía que hacerse lo bastante de noche como para pasar sin ser visto, y tenía que haber el suficiente ruido como para que mis pasos no llamaran la atención. Cuando los animales ocuparon la selva supe que pasaría desapercibido. Vi el centro comunitario de Marial Bai, que se alzaba a unos cincuenta metros, y me dije que solo tenía que llegar hasta allí. Cuando lo conseguí me arrojé al suelo, a la sombra del tejado, ahora descolgado. Contuve la respiración y esperé hasta estar seguro de que nadie me había visto u oído. Luego me interné en la selva.

Esa fue la última vez que vi la ciudad, Michael. Me arrastré por el bosque, corrí durante una hora y por fin encontré el hoyo de un tronco y me metí en él, de espaldas, empezando por las piernas. Permanecí oculto durante unas horas, alerta, oyendo a los animales que se adueñaban de la noche, el crepitar de fuegos lejanos, los ocasionales silbidos de las balas. No tenía ningún plan. Podía seguir corriendo, pero no sabía dónde estaba ni adónde debía encaminar mis pasos. Nunca había ido más allá del río sin mi padre, y ahora estaba solo y lejos de cualquier camino conocido. Podría haber continuado, pero no era capaz de decidir en qué dirección hacerlo. Temía tomar un sendero que me llevara de bruces hasta los murahaleenes. Pero ellos no eran los únicos que me daban miedo. A estas horas la selva ya no pertenecía a los hombres; era el territorio del león, de la hiena.

Un intenso crujido en la hierba me sacó del tronco y me hizo escapar. Pero hacía demasiado ruido. Cuando corría por la hierba parecía estar rogando al mundo que se percatara de mi existencia, que me devorara. Intenté amortiguar mis pasos, pero no veía dónde ponía los pies. Todo era negro, aquella noche no había luna, y me veía obligado a correr con las manos extendidas para anticipar los obstáculos.

 

Michael, te juro que no sabes lo que es la oscuridad hasta que has visto la que reina en el sur de Sudán. No hay ciudades a lo lejos, no hay farolas, no hay carreteras. Si se oculta la luna, tu entorno se confunde. Ves ante ti formas que no existen. Quieres convencerte de que puedes ver, pero no ves nada.

Tras horas de caerme en la maleza, vi un brillo anaranjado en la distancia: una hoguera. Me agaché y avancé a gatas hacia ella. Estaba derrotado. Sangraba por todo el cuerpo y había decidido que, aunque fuera un fuego baggara, me dejaría capturar. Me importaba un comino que me ataran y me llevaran al norte. La espesura se aclaró y me hallé en un camino. Me incorporé de nuevo y corrí hacia las llamas de color naranja. Tenía la garganta seca, me dolían las costillas y los pies gritaban de dolor por los miles de espinos; mis huesos crujían sobre el duro camino. Corrí sin hacer ruido, agradeciendo el silencio de la tierra bajo mis pies; el fuego se aproximaba. No había bebido nada desde la mañana, pero sabía que podría pedir agua cuando llegara al fuego. Frené y comencé a andar, pero aun así mi respiración era tan ruidosa que sofocaba el ruido de los látigos, de las correas de cuero, de los hombres. Estaba tan cerca que llegaba hasta mí el hedor rancio de sus camellos. Estos hombres estaban cerca del fuego, pero alejados de aquellos que lo vigilaban.

Me agaché y les oí la voz, las palabras dichas en árabe. Me puse de rodillas y me arrastré por el camino, con la esperanza de dar con el fuego antes de que las voces me encontraran. Pero enseguida me di cuenta de que las voces pertenecían a los guardianes del fuego. Las voces estaban tan cerca del fuego que tenía que tratarse de un destacamento de murahaleenes.

—¿Quién va? —preguntó una voz. Estaba tan cerca de mí que di un salto.

Había movimiento justo por encima de mí, y ahora los veía: eran dos hombres, montados en camellos. Los animales eran enormes, ocultaban las estrellas. Los hombres iban de blanco; en la espalda de uno de ellos se adivinaba la forma dentada de un rifle. Contuve el aliento y me convertí en una serpiente, retrocedí a gatas, alejándome del sendero.

—¿Es eso un chico dinka? —dijo una voz.

Escuché y los hombres escucharon.

—¿Un chico dinka o un conejo? —preguntó la misma voz.

Seguí reptando, centímetro a centímetro, palpando con los pies hasta dar con una pila de palos que se movieron con gran estrépito.

—¡Espera! —murmuró uno.

Me paré; los hombres escucharon. Me quedé tendido bocabajo, inmóvil, respirando en la tierra. A los hombres también se les daba bien no moverse. Se pararon y escucharon, y lo mismo hicieron sus camellos. El silencio se prolongó días y noches.

—¡Chico dinka! —susurró.

El hombre hablaba en dinka ahora.

—Chico dinka, ven a beber un trago de agua.

Contuve el aliento.

—¿O eres una chica dinka? —dijo el otro.

—Ven a beber un poco de agua —añadió el primero.

Me quedé allí, inmóvil, durante lo que pareció una eternidad. Estaba tendido en el suelo, observando las siluetas de los hombres y sus camellos. Uno de ellos se alivió sobre el camino y eso disparó las lenguas de los hombres, ahora en árabe. Poco después, se movieron. Avanzaron despacio por el camino y yo permanecí quieto. Tras dar unos pasos, los hombres se pararon. Habían esperado que yo me moviera cuando lo hicieran ellos, pero yo seguí tumbado, contuve la respiración y hundí la cara en el suelo.

Al final se marcharon.

Pero la noche no terminaba.

Sabía que tenía que salir de aquel camino que ahora pertenecía a los baggaras. Me alejé corriendo del sendero y a partir de ese momento las horas de la noche fueron pasando sin orden ni concierto. Mis ojos vieron lo que vieron y mis oídos oyeron mi respiración y los sonidos que se sobreponían a ella. Mientras corría me asaltaban ráfagas de pensamientos, y entre uno y otro llenaba la mente con plegarias. Protégeme, Dios. Protégeme, Dios de mis ancestros. No hagas ruido. ¿Qué es esa luz? ¿La luz de una ciudad? No. Párate. No hay ninguna luz. ¡Malditos sean esos ojos! ¡Maldito sea este aliento! Calla. Calla. Dios que proteges a mi pueblo te ruego que alejes a los murahaleenes. Calla. Siéntate. Respira con calma. Respira con calma. Protégeme Dios, protege a mi familia en su huida. Necesito agua. Espera al rocío de la mañana. Lame el agua de las hojas. Necesito dormir. Oh, Dios del cielo, mantenme a salvo esta noche. Mantenme oculto, mantenme en silencio. Sigue corriendo. No. No. Sí, corre. Tienes que correr hacia la gente. Tienes que correr, encontrar a alguien y luego descansar. Corre ahora. Oh, Dios de la lluvia, haz que encuentre agua. No me dejes morir de sed. Tranquilo. Tranquilo. Oh, Dios del alma, ¿por qué me haces esto? No he hecho nada para merecerlo. Soy un niño. Soy un niño. ¿Castigarías así a un cordero? No tienes derecho. Salto un tronco. ¡Ay! Dolor. ¿Qué ha sido eso? Para. No, no. Corre, no pares. Sigue corriendo. ¿Es la luna? ¿Qué es esa luz? ¡Mis ancestros! Nguet, Ariath, Makuei, Jokluel, escuchadme. Arou Aguet, escúchame. Jokmathiang, escúchame. Escúchame y ten piedad de este niño. Escucha a Achak Deng y sácalo de este mal trago. ¿Es la luna? ¿Dónde está la luz?

Mi respiración sonaba demasiado fuerte, cada aliento era un vendaval, un árbol que caía. Era consciente de mis exhalaciones y del ruido que hacían cuando corría y cuando me sentaba en la hierba a vigilar. Contuve la respiración para ahogar el sonido pero cuando volví a abrir la boca mi respiración sonó aún más. Me llenaba los oídos y el aire a mi alrededor, y en ese momento me convencí de que había llegado el final. Cuando se calmó la respiración que sofocaba los demás ruidos, enseguida oí una voz, una voz dinka, que entonaba una canción dinka.

Corrí hacia la voz.

Era un viejo el que cantaba, con voz débil y áspera. No reduje la velocidad al llegar hasta él: salí de la selva como un animal y casi le embestí.

Él gritó. Yo grité. Vio que no era más que un niño y se llevó la mano al corazón.

—¡Menudo susto me has dado!

El hombre jadeaba. Me disculpé.

—El crujido de la hierba sonaba como una hiena. ¡Oh, chico!

—Lo siento mucho, padre —dije.

—Soy un viejo. Todo esto es demasiado para mí.

—Lo siento —repetí—. Perdone.

—Si un animal saliera de la maleza solo tendría que echarme el aliento encima para mandarme al otro barrio. ¡Oh, hijo mío!

Le conté dónde había estado y lo que había visto. El hombre me dijo que me llevaría a su casa para que estuviera a salvo hasta el amanecer; entonces decidiríamos cuál era el curso de acción más sensato.

 

Anduvimos, y mientras andábamos esperé que me ofreciera comida y agua. Necesitaba ambas cosas, no había tomado nada desde la mañana, pero me habían enseñado a no pedir bajo ninguna circunstancia. Aguardé, con la esperanza de que como era de noche y yo era un niño solo, el viejo me ofrecería comida. Pero el hombre se limitó a cantar con voz queda y a seguir andando por el camino.

—Ha pasado mucho tiempo desde que los hombres león estuvieron por aquí — dijo él por fin—. Yo era muy joven cuando los vi por última vez. ¿Iban a caballo?

Asentí.

—Ya. Son árabes que se han rebajado al nivel de las bestias. Son como el león, siempre ávido de carne cruda. No son humanos. Estas criaturas león adoran la guerra y la sangre. Esclavizan a la gente, y eso va en contra de las leyes de Dios. Han sido transformados en animales.

El hombre caminó en silencio durante un rato.

—Creo que Dios nos envía un mensaje a través de estos hombres león. Me parece obvio. Dios nos está castigando. Ahora solo tenemos que averiguar por qué está enfadado con nosotros. Este es el misterio a resolver.

Ignoraba adónde me llevaba el viejo, pero un rato después vi un pequeño fuego que ardía a lo lejos. Nos acercamos a él y fuimos amablemente recibidos por la gente que allí había. Conocían al anciano, y me preguntaron de dónde venía y qué había visto. Se lo expliqué, y ellos a su vez me contaron que también habían escapado. Me dieron agua y vi sus rostros dinkas enrojecidos a la luz del fuego; pensé que esa noche sería el fin del mundo y que la mañana no llegaría nunca. Los rostros rojos junto al fuego eran espíritus y yo estaba muerto: todos habíamos muerto. La noche era eterna. Estaba demasiado cansado para enterarme o preocuparme de ello. Caí dormido entre ellos, al abrigo de su calor y de sus murmullos.

Desperté bajo la luz purpúrea del amanecer, entre cuatro hombres, todos viejos a excepción de uno, y dos mujeres, una de las cuales amamantaba a un bebé. El fuego se había apagado y me sentí solo.

—Ya estás despierto —dijo uno de los ancianos—. Bien. Tenemos que empezar a movernos cuanto antes. Me llamo Jok.

Jok no era más que huesos cubiertos con una bata de hilo azul. Se sentó con las rodillas junto a las orejas y las manos apoyadas sobre las rodillas. Una de las mujeres me preguntó de dónde venía. Hablaba de cara al niño que mamaba. Le dije que había nacido en Marial Bai.

—¡Marial Bai! Eso está lejos de aquí. ¿Quién es tu padre?

Le dije que mi padre era Deng Nyibek Arou. Jok pareció interesado.

—¿El comerciante? ¿Ese es tu padre? —preguntó.

Le dije que sí.

—¿Y qué hijo eres tú?

Le di mi nombre completo: Achak Nyibek Arou Deng. El tercer hijo de la primera esposa de mi padre.

—Lo siento, Achak Deng —dijo él—. Alguien de tu familia ha muerto. Un hombre.

Tanto Jok como las dos mujeres comentaron que habían oído algo sobre la familia de un comerciante llamado Deng Nyibek Arou.

—O tu padre o tu tío —dijo un hombre más joven, con gafas—. Uno de ellos está muerto.

—Creo que era tu padre —dijo la mujer que amamantaba al bebé, sin apartar la vista de él—. Era el hombre rico.

—No —repuso el joven—. Estoy casi seguro de que se trataba del hermano.

—Lo averiguarás enseguida —dijo la madre—. Cuando vuelvas a casa. Oh, no llores. Lo siento.

Pasó el brazo por encima de las cenizas de la hoguera consumida para tocarme, pero estaba demasiado lejos. Decidí no creerla, decidí que esa mujer no sabía nada de mi padre. Me sequé la nariz con el dorso de la mano y les pregunté si sabían cómo se iba a Marial Bai.

—Está a medio día de viaje, en esa dirección —dijo Jok—. Pero no puedes volver allí. Los jinetes aún no se han ido. Están por todas partes. Quédate con nosotros, o vete con Dut Majok. Planea acercarse para ver qué está pasando.

Me enteré de que el joven de gafas se llamaba Dut Majok. Lo reconocí: era el maestro de Marial Bai, el maestro de los niños mayores, el marido de la mujer con la que hablé en el río. Era apenas un muchacho.

 

Al amanecer opté por unirme a Dut Majok. Nos fuimos después de comer unas cuantas nueces con okra. Dut no debía de tener más de veinte años, era más bajo que la media y tenía un poco de barriga. Su cara era pequeña y casi no tenía cuello. Mientras andábamos iba arrancando hojas de los árboles: las rompía en pedazos y las tiraba al suelo. Se movía con cierto aire de mando, que se extendía más allá de sus gafas. Parecía más interesado en todo —en mí, en mi familia, en las huellas que encontrábamos por el camino— que ninguna otra persona que hubiera conocido.

—¿Estabas en los campos de pasto? —preguntó.

—No.

—Supongo que eres demasiado pequeño. ¿Dónde estabas cuando vinieron?

—En casa. En mi casa.

—Tu padre era un hombre muy listo. Me caía bien. Divertido, inteligente. Lamento mucho tu pérdida. ¿Sabes algo de tu madre?

Negué con la cabeza.

—Bueno. Esta vez redujeron el pueblo a cenizas. Muchas mujeres murieron quemadas en sus casas. A los murahaleenes les ha dado por ahí ahora. Es algo nuevo. Las casas de tu zona, donde vivía la gente más pudiente, las grandes casas, son las preferidas de los jinetes. Supongo que le prendieron fuego la última vez, ¿me equivoco? ¿Ella huyó?

—Sí —dije.

—Quizá esté bien. Apuesto a que así es. ¿Es rápida?

No dije nada.

—Bueno. Ven conmigo, hijo. Ya veremos qué encontramos.

El sol salió mientras andábamos y estaba en su punto más alto, lejos, cuando Dut se encaramó a un árbol y me levantó del suelo. Desde allí veíamos el claro lejano donde se asentaba Marial Bai. Todo estaba rodeado de polvo.

—De acuerdo. Siguen allí —dijo él—. Esos son sus caballos, parte del ganado que robaron. Donde veas polvo, Achak, están los murahaleenes. No volveremos de momento a la ciudad. Mañana echaremos otro vistazo. Ven.

Seguí a Dut: bajamos del árbol y regresamos en dirección al lugar donde habíamos dormido. Llevábamos una hora de camino cuando Dut se paró, miró en todas direcciones con aire enigmático, y luego dio media vuelta. A lo largo de la tarde se detuvo en muchas ocasiones: parecía estar haciendo cálculos, en la cabeza y con las manos. Cada vez, después de los cálculos, parecía decidido y volvía a ponerse en marcha, seguro de la nueva ruta, conmigo detrás. Luego, tras un rato de camino bajo una luz cada vez más tenue, repetía la operación. Se paraba, miraba al sol, miraba a su alrededor, contaba con los dedos y tomaba una nueva ruta.

El sol se había puesto cuando llegamos de nuevo al campamento.

—¿Dónde estabais vosotros dos? —dijo la madre del bebé.

—¡Habéis salido de buena mañana! —se rió Jok.

Dut no les hizo caso.

—Los baggaras siguen allí —dijo él—. Mañana lo comprobaremos de nuevo.

—Te has perdido —dijo la mujer—. Eres un hombre culto, pero no tienes el menor sentido de la orientación.

Él le hizo un gesto de impaciencia.

—¿Dónde está la comida, Maria? ¿Cuánto tenemos que esperar? Danos comida y agua. Llevamos todo el día andando.

 

Aquella noche dormí con esos hombres y las mujeres en un refugio que habían construido. A primera hora de la mañana oí los mismos ruidos que oía desde la puerta de la cabaña de mi madrastra cuando mi padre pasaba la noche allí. Mantuve los ojos cerrados y no me aparté del fuego. En lo que parecieron solo unos minutos me desperté y vi una luz débil en el cielo. Abrí los ojos; frente a mí había uno de los ancianos del grupo. Aún no le había oído la voz.

—Es hora de levantarse, chico. Repíteme cómo te llamas. Eres el hijo el difunto Deng Nyibek Arou, Dios lo tenga en su gloria.

La voz del hombre era frágil y temblorosa.

—Achak —respondí.

—Lo siento, Achak. Debería acordarme. Tenemos un plan. Vendrás con nosotros. Vamos a unirnos a otro grupo que ha dormido esta noche cerca de aquí. Ven a ver.

—¿Dónde está Dut?

—Se ha ido. Suele hacer estas cosas. Ven.

El hombre tembloroso me llevó hasta un claro donde un grupo formado al menos por cien personas, mujeres, niños y ancianos, se hallaba reunido entre una variedad de animales: cabras, pollos y más de cuarenta cabezas de ganado.

—Nos vamos a Jartum —dijo él.

Yo era un crío, Michael, pero incluso a mi corta edad sabía que eso era una locura.

—¿Dut también viene? —pregunté.

—Dut se ha ido. A Dut no le gustaba la idea, pero Dut es incapaz de encontrar la puerta de su propia cabaña. Estarás más seguro con nosotros.

—¿En Jartum?

Pensé en el hombre manco.

—Allí estaremos a salvo —dijo la mujer del bebé—. Ven con nosotros. Puedes ser mi hijo.

Yo no quería ser su hijo.

—Pero ¿por qué Jartum? —pregunté—. ¿Con los árabes? ¿Cómo?

—La gente ya se ha ido a Jartum —dijo el hombre de voz etérea—. Es un camino conocido. Estaremos a salvo de los murahaleenes. En los campos nos darán de comer. Tienen víveres para gente como nosotros, gente a la que no le importa la guerra. Nos quedaremos allí hasta que acabe todo esto.

 

No tenía más elección que caminar con ellos. Me preocupaba su plan, pero me dolían las piernas de la carrera de dos noches antes y me alegraba estar entre tanta gente en lugar de solo. El olor rancio del ganado me reconfortaba y apoyé la mano sobre sus lomos mientras andábamos. Viajamos hasta el mediodía, susurrando cuando no nos quedaba más remedio, intentando irnos de la región con el ganado sin ser vistos. Jok, el líder del grupo, creía que una vez llegáramos al río y cruzáramos hacia el norte estaríamos a salvo. Era una estrategia bastante rara.

No tardamos en encontrarnos con un hombre que vestía el uniforme naranja de la milicia de Manyok Bol. Nos miró con la incredulidad dibujada en el semblante.

—¿Quiénes sois? ¿Adónde vais?

—A Jartum —dijo el viejo.

El hombre de naranja se plantó frente a nosotros, obstruyéndonos el paso.

—¿Estáis locos? ¿Cómo vais a ir a Jartum con cuarenta cabezas de ganado? ¿Quién ha trazado ese plan? Os matarán a todos. Los murahaleenes andan cerca. Os los encontraréis.

El viejo negó con la cabeza muy despacio.

—Eres tú quien debería preocuparse —le dijo—. Tú llevas rifle. Nosotros vamos desarmados. No nos harán daño. No tenemos nada que ver con vosotros.

—Que Dios os ayude —dijo el hombre de naranja.

—Confío en que así sea —repuso el viejo.

Murmurando para sus adentros, el hombre de naranja se alejó en la dirección de donde veníamos. Nuestro grupo continuó por el sendero durante un momento, hasta que la voz del soldado llegó hasta nosotros a lo lejos.

—Los veréis en unos cien metros. Moriréis a cien metros de donde estáis ahora.

En ese momento el grupo se paró y los ancianos comenzaron a discutir. Algunos eran de la opinión de que si pasábamos en son de paz nadie nos molestaría, de que la única razón que explicaba los problemas habidos en Marial Bai era la afiliación de la ciudad al ELPS. Si nuestro grupo denunciaba a los rebeldes y proclamaba su intención de dirigirse a Jartum, nadie nos impediría el paso. Otra facción creía que esto era absurdo, que los murahaleenes no albergaban la menor lealtad hacia el gobierno ni tampoco rencor hacia el ELPS: solo perseguían apoderarse del ganado y de los niños. El grupo siguió adelante durante un rato; avanzamos por el sendero mientras los viejos discutían y el ganado pastaba, hasta que el rumor de cascos de caballo y una nube de polvo que se acercaba puso fin al debate.

En cuestión de segundos los murahaleenes cayeron sobre nosotros.

El grupo se dispersó en todas direcciones. Seguí al hombre que parecía más rápido: nos internamos en la hierba y nos arrastramos entre un denso arbusto hasta ocultarnos detrás de un montón de troncos y palos. El hombre que tenía a mi lado era mayor que mi padre, muy delgado, con los brazos marcados por venas protuberantes. Llevaba una gran gorra que le cubría los ojos.

—El ejército —dijo el hombre de la gorra, señalando a los jinetes. Eran siete, cuatro vestidos con el traje baggara tradicional y tres enfundados en el uniforme del ejército sudanés—. No entiendo nada.

Una gran parte de nuestro grupo había optado por quedarse, por permanecer inmóvil en el camino. Ahora los vigilaban dos de los soldados de uniforme. El grupo siguió allí, sin decir nada. Hubo un momento prolongado en el que creímos que no iba a pasar nada. O quizá todos los implicados esperaban que sucediera algo. Y así fue. De repente uno de los viejos salió corriendo hacia el bosque, con pasos lentos y torpes. Dos soldados desmontaron de los caballos y lo persiguieron, entre risas. Se oyeron disparos y los hombres volvieron sin el viejo.

Uno de los soldados del gobierno se volvió; parecía estar mirándonos, a mí y al hombre de la gorra. Mi respiración volvía a ser demasiado fuerte, mis ojos demasiado grandes. Ambos bajamos la cabeza.

—Nos están viendo. Huyamos —susurré.

Sin avisar, el hombre de la gorra se puso en pie, con las manos en alto.

—¡Ven aquí, abeed! —dijo el soldado, usando la palabra árabe para llamar a los esclavos.

El hombre de la gorra caminó hacia ellos. Yo le veía la espalda, y asimismo veía a las mujeres, niños y ancianos rodeados por los caballos. Pensé en Amath, y al recordar la dignidad con que había aceptado su destino sentí una intensa oleada de ira. No debería haberme movido en un momento así, pero la ira me invadió. «¡Malditos seáis!», pensé, y salí corriendo. Me volví y corrí mientras ellos gritaban: «¡Abeed! ¡Abeed!». «¡Malditos seáis! —pensé mientras corría—. Os maldigo con el poder de Dios y de mi familia.» Esperaba que dispararan contra mí en cualquier momento, pero seguí corriendo. «Os maldigo, hombres. Os maldigo a todos.» Moriría maldiciéndolos y Dios lo entendería, y así, esos hombres seguirían oyendo mis imprecaciones durante toda la eternidad.

 

Me dispararon dos veces, pero escapé y continué mi huida a través de la espesura. No me persiguieron. Corrí a través de la evanescente luz rosada de la tarde hacia la oscuridad de la noche. Corrí por la maleza, buscando a mi gente o un camino transitable, sin hallar ninguna de las dos cosas, y cuando me rodearon las sombras ya había abandonado la esperanza de ver una carretera o un camino.

Y entonces, por fin, lo hallé. Cuando encontré el camino me senté a descansar detrás de un árbol cercano y me puse a vigilarlo: intentaba oír voces, quería cerciorarme de que era seguro. Un rato después oí los pesados resoplidos de un hombre. Solo con ese ruido deduje que se trataba de un hombre grande, un hombre que sufría. Lo vi desde el árbol: un dinka enorme que parecía caminar con un rumbo definido. Iba con la espalda recta y parecía joven. Solo llevaba un pantalón corto de color blanco, nada más. Creí que este hombre sería mi salvación.

—¡Tío! —exclamé, mientras corría hacia él—. ¡Disculpa!

Se volvió hacia mí, pero le habían arrancado la cara del cráneo. La piel se había fundido. Estaba húmeda y lucía un tono sonrosado, que hacía resaltar el blanco de unos ojos que miraban sin parpadear porque no había párpados.

Acercó aquel rostro surcado de venas rojas hacia mi cara.

—¿Qué? ¿Qué pasa? No me mires a la cara.

Intenté huir, pero el hombre me agarró del brazo.

—Ven conmigo, chico. Coge esto.

Me dio su bolsa. Pesaba tanto como yo. Intenté sostenerla, pero se me cayó al suelo. El hombre me dio un revés en la oreja.

—¡Cógela, chico!

—No puedo. No quiero.

Le dije que solo quería volver a Marial Bai.

—¿A qué? ¿A que te maten? ¿Dónde crees que me hicieron esto? ¿Dónde crees que perdí la cara, imbécil?

Entonces lo reconocí. Era Kolong Gar, el soldado que había desertado del ejército después del primer asalto. Lo habíamos visto huir cuando estábamos en el árbol desde donde observábamos a Amath, perseguido por las linternas.

—Te vi —dije.

—Tú no has visto nada.

—Te vi cuando corrías. Estábamos en el árbol.

No estaba interesado en esto.

—Quiero que me mires a la cara, chico. Necesito que lo hagas. ¿Ves esta cara? Era la cara de un hombre que confió. ¿Ves lo que le pasa a un hombre confiado? ¡Dime qué le pasa!

—Le quitan la cara.

—¡Bien! ¡Sí! Me quitaron la cara. Es una buena forma de decirlo. Es lo que merezco. Dije que era amigo de los árabes, y los árabes me recordaron que no somos amigos ni nunca lo seremos. Serví en el ejército con ellos, pero cuando los rebeldes iniciaron la lucha los árabes ya no me conocían. Planeaban llevarme al norte para matarme. Lo sé. Y cuando dejé el ejército, me siguieron el rastro, me encontraron y tiraron mi cara al fuego. Esta cara es una lección para todos los dinkas que creen que se puede convivir con esa gente…

Solté la bolsa y salí corriendo. Sabía que no era de buena educación huir del hombre sin cara, pero al final me dije: «A la mierda todos». Nunca había maldecido, ni en voz alta ni en susurros, pero entonces lo hice, una y otra vez. Corrí perseguido por sus gritos, por sus imprecaciones, y mientras corría le dediqué todos los insultos que se me ocurrieron. «Maldito sea el hombre sin cara, malditos sean los murahaleenes, maldito sea el gobierno, y la tierra, y los dinkas y sus lanzas inútiles.» Corrí a través de la hierba, pasé entre una arboleda y llegué hasta una ribera seca; en el siguiente grupo de árboles encontré una gran acacia, como la que compartía con William K y Moses, y en sus raíces hallé un agujero, y en él me acurruqué y me quedé allí, atento a mi respiración. Me había convertido en un experto a la hora de encontrar agujeros para dormir. «Maldita sea la porquería, y los gusanos, y las abejas, y los mosquitos.» Durante la carrera no había mirado hacia atrás, y hasta que estuve en el árbol no pude cerciorarme de que nadie me había seguido. Miré desde el agujero negro y no vi nada, ni oí nada, y las negras alas de la noche no tardaron en batir desde el cielo y dejarme a oscuras, en el árbol, con la única compañía de mis ojos y mi respiración. Como por la noche el aire venía repleto de rumores de animales me llené los oídos con guijarros para no oír. «Maldita sea la selva y malditos sus animales, todos y cada uno de ellos».

 

Me desperté por la mañana, me sacudí las piedras de los oídos, me levanté, caminé y corrí; y cuando oía un ruido o veía algo a lo lejos avanzaba a gatas. Caminé, corrí y me arrastré durante toda una semana. Encontré a gente de mi tribu y les pregunté cómo llegar a Marial Bai; unos lo sabían, otros no tenían ni idea. «Malditos seáis, desorientados, inútiles.» Algunas personas que encontré eran de la región, otras habían venido del norte y algunas del sur. Todos emigraban. Cuando daba con un pueblo o un asentamiento, me paraba y les pedía agua. Ellos me decían: «Aquí estás a salvo, chico, ahora estás a salvo», y yo dormía allí a sabiendas de que no estaba a salvo. Los caballos, las armas y los helicópteros siempre volvían. No podía escapar de este círculo, era un círculo que se cerraba a nuestro alrededor, un círculo del que nadie podía salir. Vi a una vieja, la mujer más anciana que he conocido nunca: estaba cocinando en compañía de su nieta, una niña de mi edad, y me dijo que esto era el final y que debía limitarme a sentarme muy quieto, con ellas, a esperar lo inevitable. Este sería el final de los dinkas, dijo con voz áspera y frágil, pero si era el deseo de los dioses y de la Tierra, que así fuera. Asentí a las palabras de la abuela y me dormí en sus brazos, pero partí a primera hora de la mañana y seguí corriendo. Pasé por pueblos que habían sido y ya no eran, pasé ante autobuses que habían ardido de dentro a fuera, las manos y las caras apretadas contra los cristales. «Malditos seáis todos. Malditos los vivos, malditos los muertos».

Cuando despuntaba el día pasé por un campo de aviación donde vi un pequeño avión blanco, una familia y un hombre que actuaba como su delegado. Llevaba un extraño atuendo, que luego llegué a identificar como un traje, y un pequeño maletín negro. Unos cuantos metros por detrás se hallaba la familia: un hombre, una mujer y una niña de cinco años, todos bien vestidos; la mujer y la niña estaban sentadas sobre una gran maleta. El hombre del traje, el delegado, hablaba en tono nervioso con el piloto del avión, que, por lo que pude ver, era un hombre de baja estatura y de piel mucho más clara que la nuestra.

—¡Son personas importantes! —decía el delegado.

El piloto permanecía impasible.

—¡Este hombre es policía militar! —dijo el delegado.

El piloto subió a la cabina.

—¡Tienes que llevarlos! —suplicó el delegado.

Pero el piloto no se los llevó. Despegó, alejándose del sol, y la familia y su delegado se quedaron en el campo de aviación. Nadie era lo bastante importante como para huir de la guerra, no en aquellos días.

Seguí corriendo.