Qué es el qué

Dave Eggers · Capítulo 25 de 27

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Qué es el qué

Capítulo 24

24

Estoy en el aparcamiento del Century Club y faltan veinte minutos para que el gimnasio abra sus puertas. No es bastante para echar una cabezada, aunque tuviera ganas, así que pongo la radio y escucho las noticias de la BBC. Este programa ha formado parte de mi vida desde hace años, desde Pinyudo, cuando los comandantes del ELPS retransmitían las noticias de África por todo el campamento. En los últimos años da la impresión de que no hay un solo día en que no den alguna información sobre Sudán. Esta mañana empiezan con una historia previsible sobre Darfur; un experto en temas africanos destaca que siete mil soldados de la Unión Africana que patrullan por una región del tamaño de Francia se han mostrado ineficaces para prevenir el terror constante de los janjaweed. Los fondos para esas tropas están a punto de agotarse, y parece que nadie, ni siquiera Estados Unidos, está dispuesto a invertir más dinero o a aplicar ideas nuevas que detengan las matanzas y las migraciones. No es ninguna sorpresa para los que vivimos veinte años de opresión bajo el yugo de Jartum y de sus milicias.

La segunda historia de Sudán es más fascinante; trata de un yate. Al parecer, la Unión Africana debía reunirse en Jartum, y al-Bashir, el presidente de Sudán, quiso impresionar a los jefes de Estado con un barco extravagante que permanecería anclado en el Nilo y llevaría a los dignatarios de crucero durante su estancia allí. El bajel se adquirió en Eslovenia, y Bashir pagó cuatro millones y medio de dólares por él. No hace falta decir lo que podría hacerse con cuatro millones y medio de dólares para paliar el hambre en Sudán.

El yate fue transportado desde Eslovenia hasta el mar Rojo, donde se hizo a la mar en dirección al puerto de Sudán. Una vez allí tenía que ser transportado por tierra hasta Jartum, a tiempo para la conferencia. Pero hacerlo llegar hasta la capital se reveló más complicado de lo que se esperaba. Las ciento setenta y dos toneladas que pesaba el barco suponían todo un reto para los puentes sobre los que debía pasar, y el trazado de los cables eléctricos resultaba un problema añadido: hubo que cortar ciento treinta y dos de esos cables y volver a ensamblarlos una vez el yate hubiera pasado. Para cuando el yate avistaba el Nilo, los líderes africanos ya habían regresado a sus casas. Habían conseguido sobrevivir sin el yate y sus televisores vía satélite, sin la porcelana y los camarotes de lujo.

Pero antes de que el barco llegara a Jartum ya se había convertido en un símbolo de la decadencia y la crueldad de Bashir. Le surgen enemigos por todos lados: los sudaneses del sur ya no son los únicos que lo desprecian. El desprecio se ha extendido a los musulmanes moderados, que han formado una serie de partidos políticos y coaliciones para oponerse a él. Al fin y al cabo, fue un grupo de musulmanes no árabes los que se rebelaron en Darfur contra el gobierno y exigieron cambios en la región. Si el genocidio no incita a la gente de Sudán a derrocar a este loco, y al Frente Islámico Nacional que controla Jartum, tal vez el barco sea la gota que colme el vaso.

 

Mientras escucho las noticias tengo la vista fija en una cabina telefónica que hay al otro lado del aparcamiento, y esa visión me ha dado una idea. Decido llamar a mi propio móvil, llamar al teléfono que me han robado. No tengo nada que perder.

Uso una de las tarjetas que le compré al primo de Achor Achor en Nashville. Vende tarjetas telefónicas de cinco dólares que conceden al usuario la posibilidad de gastar cien en llamadas a larga distancia. No entiendo cómo funciona, pero todos los refugiados que conozco las compran. La que tengo es muy rara y no parece hecha por africanos. Muestra un dibujo extraño: un nativo maorí vestido de gala, lanza en mano, con un búfalo americano al fondo. Sobre las imágenes aparecen las palabras AFRICA CALIFORNIA.

Tardo un momento en recordar cuál es mi número; no lo he marcado muchas veces. Cuando por fin me viene a la cabeza marco los primeros seis dígitos a toda prisa y respiro hondo antes de introducir los últimos. A menudo no me creo mis propios actos.

Suena. Se me cierra la garganta. Dos tonos, tres. Un clic.

—¿Diga? —Es la voz de un chico. Michael. El chico de la tele.

—Michael, soy el hombre al que atracasteis anoche.

Un respingo rápido seguido de silencio.

—Michael, no cuelgues. Solo quería decirte que…

El chico suelta el teléfono y le oigo hablar en una habitación con eco. Oigo voces lejanas y luego una orden: «Dame eso». Alguien aprieta un botón y corta la llamada.

Di este número a la policía y ahora sé que ni siquiera han intentado llamar. El teléfono sigue en poder de las personas que lo robaron, los que me asaltaron y golpearon, y todavía está dado de alta. La policía no se ha molestado en investigar el delito, los delincuentes sabían que la policía no haría nada. En este momento, más que en cualquier otro, me pregunto si aún existo. Si uno de los bandos involucrados, ya fuera el de la policía o el de los ladrones, creyera que yo tengo algún valor, que mi voz significa algo, se habrían ocupado de este móvil. Pero parece evidente que ninguna de las partes ha reconocido mi existencia.

 

Cinco minutos después, ya en el coche y habiendo recobrado el aliento, decido volver a la cabina y llamar de nuevo. No me sorprende lo más mínimo que la llamada vaya directa al buzón de voz. Por pura costumbre marco el código de acceso y escucho los mensajes grabados.

Hay tres. El primero es de Madelena, la responsable de admisiones de una pequeña universidad jesuita que visité meses atrás y donde prácticamente dieron mi admisión por hecha. Desde entonces parecen haber descubierto una docena de motivos para rechazar mi solicitud. Primero adujeron que el impreso no reunía los requisitos necesarios: les había enviado una copia y necesitaban un original certificado. Luego resultó que no había superado un examen que antes habían calificado de prescindible. Y durante todo este tiempo me ha resultado imposible hablar con Madelena por teléfono. Sin embargo, suele devolver mis llamadas regularmente, siempre a horas en que sabe que no puedo contestar. No estoy seguro de cómo lo hace. Es un genio en esto. Este mensaje es más informativo que cualquier otro:

«Valentino, he hablado con mis colegas de la facultad y hemos llegado a la conclusión de que te haría falta cursar algunos créditos más en el…», se oye ruido de papeles mientras busca el nombre, «Georgia Perimeter College. Lo último que desearíamos es que vinieras hasta aquí solo para fracasar en el intento. Así que será mejor que volvamos a hablar dentro de unos semestres a ver cómo te va…». El discurso prosigue en un tono parecido y cuando cuelga casi puedo oír el alivio en su voz. No tendrá que tratar conmigo hasta, como mínimo, dentro de un año.

Al igual que sucedió en Kakuma, la gente se ha quedado atónita ante mis dificultades para alcanzar ciertos objetivos que en principio parecían pan comido. Llevo cinco años en Estados Unidos y no estoy mucho más cerca de la universidad de lo que estaba cuando llegué. Gracias a la ayuda de Phil Mays y de la Fundación de los Niños Perdidos pude dejar el empleo de muestras de tela y dedicarme por completo al estudio en el Georgia Perimeter College, donde me matriculé en las clases que eran necesarias para luego iniciar una carrera de cuatro años. Pero nada ha salido según lo planeado. Mis notas oscilan y mis profesores no siempre son alentadores. ¿De verdad estoy hecho para la universidad?, preguntan. No he respondido a la pregunta. Se me agotó el dinero de la fundación y tuve que aceptar este trabajo en el gimnasio, pero sigo decidido a asistir a la universidad. A una facultad respetada donde pueda ser un alumno legítimo. No descansaré hasta lograrlo.

Este otoño parecía que por fin había alcanzado mi objetivo. Tenía a cuestas cuatro sólidos semestres de instituto y mis notas eran correctas en conjunto. Bajaron después de la muerte de Bobby Newmyer pero no creí que esos escasos tropiezos empañaran las solicitudes. Y sin embargo así fue. Pedí plaza en facultades jesuitas de todo el país y sus respuestas fueron confusas y contradictorias.

Primero realicé una visita de prospección. Visité siete universidades y en todos los casos me esforcé por tomar apuntes, por asegurarme de que sabía exactamente qué buscaban en un aspirante. Gerald Newton me aconsejó que lo preguntara sin ambages: «¿Qué necesitaría para asegurarme una plaza aquí el próximo otoño?». Pronuncié exactamente la misma frase en todas las universidades que visité. Y ellos se mostraron muy alentadores. Eran simpáticos, daba la impresión de que me querían. Pero mis solicitudes fueron rechazadas en todos y cada uno de esos centros, y en algunos casos los responsables de admisiones ni siquiera se molestaron en contestar.

Cuando por fin hablé con el responsable de admisiones de un centro, un hombre que accedió a ser franco conmigo, este me dijo varias cosas interesantes.

—Tal vez seas demasiado mayor.

Le pedí que se explicara. Representaba a otra universidad de arte de talante progresista con una pequeña población estudiantil. Yo había visitado el centro, sus cuidados setos recortados en forma de animales, sus edificios que se parecían mucho a los del catálogo que nos habíamos pasado unos a otros mientras esperábamos a que saliera el vuelo que nos sacaría de Kakuma.

—Míralo desde esta perspectiva —dijo—. Aquí tenemos dormitorios comunes. Hay chicas jóvenes. Algunas de apenas diecisiete años. ¿Ves por dónde voy?

No, no veía por dónde iba.

—Tu solicitud dice que tienes veintisiete años.

—¿Y?

—Bien, pues imagínate a una familia media. Se gastan cuarenta mil dólares en enviar a su joven y rubia hija a la universidad; esta nunca se ha separado de ellos, y el primer día en el campus se encuentra con un tipo como tú en los dormitorios.

En su opinión, no hacían falta más explicaciones. Intentaba darme un consejo sincero y definitivo; supuso que me rendiría. Pero me niego a creer que este sea el final de mi carrera universitaria, aunque ahora tengo la impresión de que debo aplicar la creatividad. En Kakuma podíamos inventarnos un nombre nuevo, una nueva historia con el propósito que fuera, siempre que las circunstancias lo demandaban. «Debes innovar», me dijo Gop muchas veces, y se refería a que en Kakuma existían pocas reglas que fueran inquebrantables. Sobre todo cuando la alternativa era el hambre.

Hay otro mensaje en el buzón de voz de un tal Daniel Bol, al que conozco desde Kakuma. Estaba en el Grupo de Teatro Napata, y aunque no lo reconoce abiertamente sé que llama porque vuelve a necesitar dinero. «Ya sabes para qué te llamo», dice, antes de exhalar el aire de forma dramática. En circunstancias normales no le devolvería la llamada, pero de repente se me ocurre algo que puede resolver de una vez por todas mi problema con Daniel. Le llamo.

—¿Diga? —Es él. Está despierto. Donde vive son las 3.13 de la madrugada. Charlamos un rato sobre trivialidades, sobre su nuevo matrimonio y su última hija, que nació hace tres meses. Se llama Hillary.

Daniel no se distingue por su elocuencia, y siento cierto placer al notar la torpeza con que saca el tema de su llamada.

—Bueno… —dice él. Luego se calla. Se supone que de ahí debo deducir que necesita mi ayuda, y se espera de mí que le pregunte qué banco de Western Union le queda más cerca de su casa. Decido obligarle a que explique su situación de forma más clara.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Ay, Achak, como sabes, tengo otro bebé en casa.

Le recuerdo que acabamos de hablar de ella.

—Sí, y la semana pasada estuvo enferma, y luego yo hice una tontería. Me avergüenzo mucho de lo que hice, pero ya está hecho. Así que…

Y por segunda vez se supone que debo inferir el resto de la historia y enviarle el dinero. Pero no se lo pienso poner tan fácil. Le echo un poco de teatro, por los viejos tiempos.

—¿Qué has hecho? ¿Qué ha pasado? ¿La niña sigue enferma?

Sé que su hija no está enferma ni lo ha estado nunca, pero me sorprende que retire ese anzuelo.

—No, no se trata de la niña. Ya está bien. Es una estupidez que cometí un fin de semana. Hace dos semanas. Ya sabes de qué te hablo.

Siempre me ha parecido curioso su empeño por evitar la palabra «juego», como si no quisiera contaminar la conversación con ella. Pero le presiono un poco más y acaba explicándome lo que yo sabía desde que oí su voz en el contestador del móvil. Daniel tiene la costumbre de abandonar a su mujer y a su hija durante varios días y recorrer los cuarenta y cinco minutos de trayecto que le separan de una reserva india, donde se halla su casino favorito. En los últimos seis meses ha perdido allí un total de once mil cuatrocientos dólares. Todos los que le conocemos hemos intentado ayudarle de distintas formas, pero ningún método ha resultado eficaz. Durante algún tiempo algunos cometimos el error de enviarle dinero sin más. Yo le di doscientos dólares, todo lo que pude reunir, y solo porque me dijo que no tenía un seguro que le cubriera el parto de la niña y que tenía que abonar los gastos de su bolsillo. Los americanos de su parroquia y los sudaneses de todo el país realizaron sus aportaciones económicas para esa causa, solo para terminar averiguando que siempre había tenido seguro y que hasta el último dólar de los cinco mil trescientos que recaudó, entre veintiocho de nosotros, fue invertido en el casino. Desde ese momento ha estado abordando con tiento a los que considera que aún estamos dispuestos a realizar donaciones. Esta mañana opta por una declaración de buenos propósitos, de salvación.

—Se acabó, Dominic. Por fin me he librado de este vicio.

Sigue sin pronunciar palabras como «juego» o «blackjack». Le escucho durante diez minutos más sin oírlas.

—Si no puedo pagarlo —dice él, antes de realizar una pausa dramática—. La única solución será… terminar con todo. Me rindo, joder. Se acabó.

Por un momento no entiendo a qué se refiere. ¿Se acabó el juego? Pero luego veo por dónde va, aunque sé que la amenaza es un farol. Daniel debe de ser la última persona que conozco capaz de quitarse la vida. Es demasiado débil, demasiado vanidoso. Aguanto la amenaza latente durante un momento, y luego decido que ha llegado el momento de jugar el as que tengo en la manga.

—Daniel, ojalá pudiera ayudarte en esta situación de necesidad, pero anoche fui atracado.

Y le endoso toda la historia, le cuento el mal trago desde el principio. Aunque sé que es un hombre egocéntrico, me sorprende lo poco que parece importarle. Mientras hablo va haciendo sonidos de asentimiento, en señal de que me escucha, pero no pregunta cómo estoy, ni dónde estoy, ni por qué estoy despierto a las 5.26 de la madrugada. Pero le queda claro que no puede seguir pidiéndome dinero. Su único deseo es colgar el teléfono: esta conversación supone para él una pérdida de tiempo cuando debería estar pensando a quién llamar a continuación.

 

Muchos nos han calificado de experimento fracasado. Éramos los africanos modelo. Esa fue nuestra etiqueta durante mucho tiempo. Nos aplaudían por nuestra diligencia y nuestras buenas maneras, y sobre todo por la devoción que mostrábamos hacia su fe. Las iglesias nos adoraban, y los líderes financiados y controlados por ellas nos codiciaban. Pero el entusiasmo ha menguado. Somos jóvenes, y los tipos jóvenes tienen tendencia al vicio. De entre los cuatro mil están los que se han acostado con prostitutas, los que han perdido semanas y meses por culpa de las drogas, muchos más que han invertido su energía en la bebida, docenas que se han convertido en jugadores inexpertos, que se han metido en broncas.

La historia que terminó con esa imagen circuló por todas partes y desgraciadamente era cierta. Una noche, no hace mucho, tres sudaneses residentes en Atlanta, a los que yo conocía desde Kakuma, salieron de juerga. Bebieron en tugurios y luego en la calle, y acabaron despiertos y borrachos a unas horas en que el resto de la ciudad dormía. Dos de ellos empezaron a discutir por dinero; había diez dólares en juego, que habían sido prestados y no devueltos. Enseguida llegaron a las manos, una pelea torpe y aparentemente inofensiva. El tercero intentó mediar, pero los tres estaban borrachos, aturdidos, y uno de ellos intentó propinar una patada en el pecho de su deudor: perdió el equilibrio y se dio de cabeza en el suelo. Eso puso fin a la discusión por aquella noche. Los tres se dispersaron, aunque el mediador ayudó al caído a llegar a casa, donde se le hinchó la cabeza. Doce horas después este amigo llamaba a una ambulancia, pero para entonces ya era tarde. El herido había entrado en coma y murió a los dos días.

¿A los americanos también les suceden estas cosas? ¿Un hombre intenta dar una patada a otro y muere? ¿Existe algo más patético? ¿Tenía que ser por un billete de diez dólares? Yo acabo echándole la culpa al tercero, al amigo, por no llevarle antes al hospital y por contar a todo el mundo que el motivo de la discusión era tan nimio. Ahora todo el mundo puede decir que los sudaneses son capaces de matarse por diez dólares.

Envío dinero a muchos. Como todo el mundo en Kakuma sabía que yo tenía un empleo allí, asumen que en América nado en la abundancia. De manera que recibo llamadas de conocidos del campo, y de Nairobi, El Cairo, Jartum y Kampala. Envío lo que puedo ahorrar, aunque gran parte de mi dinero va a parar a mis hermanos pequeños y a mis hermanastros, tres de los cuales estudian en un colegio de Nairobi. Eran tan pequeños cuando me fui de Marial Bai que casi no los recuerdo. Ahora han crecido y tienen sus propios planes. Samuel, el mayor y el más bajo, acaba de terminar el instituto y está intentando estudiar empresariales en Kenia. Peter estudia en una escuela privada llevada por británicos en Nairobi; Phil me ayudó a pagar sus estudios. Peter es tal vez el que más se me parece: está muy metido en las actividades escolares, es delegado de curso, juega al baloncesto y es cinturón negro de kárate. Es un chico callado, pero sus compañeros y maestros le respetan. Como es el más responsable de todos mis hermanos, le envío a él el dinero para que lo reparta entre Samuel y Philip, que a sus dieciséis años ha decidido que quiere ser médico. Estoy contento y orgulloso de poder enviarles dinero, a veces hasta trescientos dólares en un mes. Pero nunca es suficiente. Hay tantos por quienes no puedo hacer lo que me gustaría… La hermana de mi padre vive en Jartum, tiene tres hijos y pocos medios de subsistencia. Su marido murió en la guerra y sus hermanos también han muerto. Le envío dinero, unos cincuenta dólares mensuales, y me gustaría que pudiera ser más.

 

El último mensaje es de Moses. El Moses de Marial Bai, el Moses que fue llevado al norte como esclavo. El Moses que fue marcado y huyó, y que más tarde se entrenó para ser rebelde. El Moses que asistió a una escuela privada en Kenia, a la Universidad de British Columbia, y que ahora vive en Seattle. No le he visto desde Kakuma y su voz me provoca un sentimiento de profunda gratitud. Es la suya una voz firme, siempre positiva, que mira hacia delante con esperanza.

«¡Alejado, amigo mío!», dice en inglés. Siempre le gustó ese apodo. Luego empieza a hablar en dinka. «Lino me ha llamado para contarme lo que ha pasado. Antes que nada, no te enfades con Lino. Dijo que no se lo había contado a nadie más. Y yo tampoco lo haré, te lo prometo. También me ha dicho que estabas bien y que las heridas no eran graves. Así que te deseo que tengas una pronta recuperación».

Siempre que me asaltan dudas sobre adónde vamos y quiénes somos, y por casualidad hablo con Moses, recobro la seguridad. ¡Ojalá estuvieras a mi lado ahora, Moses! Serías lo bastante fuerte como para arrastrarnos a los dos hasta el final de esta mañana horrible.

«Bueno… quizá este no sea el mejor momento para hablar de esto… —dice él y contengo la respiración—. Pero estoy organizando una marcha…» Exhalo. Me cuenta que está organizando una marcha para llamar la atención sobre las reivindicaciones de la gente de Darfur. Su idea es caminar desde su ciudad, Seattle, hasta Tucson, Arizona.

«Achak, quiero hacerlo y sé que servirá para algo. ¡Piénsalo! ¿Y si camináramos todos juntos de nuevo? ¿Y si pudiéramos lograr que toda nuestra gente emprenda una marcha parecida, esta vez en carreteras y a la vista del mundo entero? ¿La gente no haría algo? Conseguiríamos que la gente tomara conciencia de lo que pasa en Darfur, de lo que significa ser desplazado, perseguido, caminar en dirección a un futuro incierto, ¿no crees? Llámame cuando tengas un momento. Me gustaría contar contigo en esto».

Hay una pausa, en la que Moses parece haber colgado el teléfono. Luego lo coge de nuevo, a toda prisa.

«Y siento mucho lo de Tabitha, Achak. Lo lamento muchísimo. Sé que encontrarás a otra chica. Eres un hombre muy atractivo. —Se calla y se corrige—: Bueno, para las mujeres, no para mí. Yo no te encuentro atractivo en ese sentido, Alejado».

Se ríe en silencio antes de colgar.