Qué es el qué

Dave Eggers · Capítulo 20 de 27

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Qué es el qué

Capítulo 19

19

—Vamos, Valentino.

Julian está plantado ante mí. Ha vuelto.

—Resonancia magnética. Sígueme.

Me levanto y salgo con Julian de la sala de urgencias, y juntos recorremos el pasillo. El suelo huele a heces humanas.

—Un pordiosero se ha cagado aquí —me dice Julian. Su paso es de una ligereza sorprendente. Llegamos a la zona de ascensores y presiona el botón—. Siento que te hayan atracado, tío.

Subimos al ascensor. Es la 1.21 de la madrugada.

—A mí me pasó lo mismo —prosigue—. Hace unos meses. Eran dos chavales; uno tenía una pistola. Me siguieron a casa desde una tienda y me pillaron en el descansillo. Una chorrada. Los dos juntos no debían de pesar más de ciento treinta kilos.

Miro a Julian de reojo. Es de complexión robusta, no parece la víctima propiciatoria de unos ladrones. Pero tal vez el uniforme del hospital, si lo llevaba puesto, le confería una imagen de bondad.

—¿Qué se llevaron? —pregunto.

—¿Llevarse? No se llevaron nada, tío. ¡Soy un veterano! Hacía cinco semanas que había vuelto de Irak cuando esos capullos intentaron robarme. Supe que me seguían durante todo el camino a casa. Dispuse de tiempo para decidir qué hacer, así que tracé un plan: le partiría la nariz a uno de ellos, luego le quitaría la pistola al tipo de la nariz rota y dispararía contra el otro. Retendría al tipo que no matara hasta la llegada de la policía. Se pasaría el resto de su vida acojonado. Eh, por cierto, ¿cuál es tu segundo nombre? ¿Cómo lo pronuncias?

—Achak —le digo, aunque la primera sílaba casi no se oye. En Sudán la A apenas resulta audible.

—¿Has oído hablar de Chaka Khan? —pregunta Julian.

Le digo que no.

—Olvídalo —dice él—. Era una chorrada.

Este hombre me hace sentir avergonzado por no haber plantado más cara a mis asaltantes. También yo he vivido una guerra, aunque supongo que nunca recibí la clase de entrenamiento al que fue sometido Julian. Le miro los brazos, musculosos y tatuados: son al menos tres veces más grandes que los míos.

Se abren las puertas del ascensor y llegamos a la planta de radiología. Un hombre de origen indio nos aguarda. No nos dirige la palabra. Pasamos ante él y entramos en una gran sala que contiene una tumba circular en el centro. Una cama sobresale del agujero del centro.

—¿Te han hecho esto alguna vez? —me pregunta Julian.

—No. Es la primera vez que veo esa máquina.

—No te preocupes. No duele. Pero no pienses en las cremaciones.

Me acuesto en la cama blanca.

—¿Mantengo los ojos abiertos o cerrados?

—Tú mismo, Valentino.

Decido dejarlos abiertos. Julian se aleja de mi lado y oigo sus pasos, casi silenciosos, que abandonan la sala. Estoy solo mientras la cama se desliza hacia la máquina.

La circunferencia que tengo encima vibra y gira alrededor de mi cráneo; pienso en Tonya y en Azul Pálido, y recuerdo que están en libertad y que no los arrestarán nunca. En estos momentos están vendiendo mis pertenencias en una casa de empeños y han dejado a Michael donde sea que él considere su casa. Creen haberme dado una lección y no se equivocan.

Encima de mí, la circunferencia de menor tamaño empieza a insertarse en la mayor.

Tengo muchas esperanzas puestas en esta prueba. He oído hablar de la resonancia magnética; ese nombre fue pronunciado varias veces por Mary Williams, Phil, y por otros que querían averiguar por qué persistían mis jaquecas. Y ahora por fin sabré lo que me pasa, obtendré la respuesta. Un día, en Pinyudo, bajo un cielo rayado de nubes, el padre Matong nos habló del Juicio Final. Cuando los chicos como yo aclaramos que nos daba miedo ser juzgados, él disipó nuestros temores. El juicio es alivio, dijo. El juicio es liberación. El padre Matong nos dijo que uno avanza por la vida sin saber si ha hecho bien o mal, pero solo el juicio de Dios puede proporcionar la certeza sobre cómo ha vivido cada uno. He pensado muchas veces en esas palabras desde ese día. He dudado de muchas cosas, pero sobre todo he dudado de si he sido o no un buen hijo de Dios. Me inclino a pensar que he hecho mucho mal, ya que de otro modo no me habría castigado tantas veces, y no habría considerado adecuado hacer daño a tantos de mis seres queridos.

La máquina emite un zumbido constante, un murmullo mecánico que me reconforta y a la vez transmite una absoluta certeza de sí mismo.

Sé que la resonancia magnética no es el juicio celestial, pero aun así promete liberarme de muchas de mis dudas. ¿Por qué sigue doliéndome la cabeza muchas mañanas? ¿Por qué me visto a menudo con un dolor penetrante que sale de mi nuca y cuyos tentáculos se extienden hasta los blancos de mis ojos? Albergo la esperanza de que, aunque el diagnóstico sea grave, conocer la respuesta a preguntas como esa implicará cierto alivio. La resonancia magnética explicará por qué mis notas del Georgia Perimeter College no pasan de mediocres cuando sé que debería y puedo sobresalir allí. ¿Por qué llevo cinco años en Estados Unidos y sin embargo mis progresos han sido tan escasos? ¿Y por qué tienen que morir prematuramente todas las personas que conozco, y de formas cada vez más impactantes? Solo sabes una pequeña parte de la muerte que he presenciado, Julian. Te he ahorrado los detalles de Jor, un chico al que conocí en Pinyudo, que fue capturado por un león a pocos centímetros de mí. Nos habíamos internado en la maleza al anochecer, en busca de agua. Noté el aliento de Jor en el cuello y al instante siguiente percibí el olor a animal, aquel hedor sudoroso. Me volví y vi a Jor inerte, muerto en sus fauces. El león me miraba a los ojos con frialdad, y nos enfrentamos con la mirada durante días y noches. Luego el animal dio media vuelta y se marchó con Jor. Julian, no quiero considerarme tan importante como para merecer un castigo extraordinario por parte de Dios, pero debo admitir que no es posible omitir la circunferencia de desastres que me rodea.

El círculo interno ha realizado un giro completo y se para. La sala queda sumergida en un silencio absoluto. Luego se oyen pasos.

—No ha sido tan malo, ¿verdad? —Julian está a mi lado.

—No. Gracias. Ha sido interesante.

—Pues ya está. Volvamos abajo.

Me levanto; necesito apoyarme un momento en la máquina para no caerme. Está más caliente de lo que cabía esperar.

—¿Y ahora qué? —pregunto—. ¿Interpretas tú los resultados?

—¿Quién, yo? No, no. Yo no.

Pasamos ante el monitor que se halla detrás del cristal y veo, en la sala oscura, imágenes en la pantalla de una sección de cabeza —¿la mía?—, en tonos verdes, amarillos, rojos. Parecen fotos meteorológicas de otro planeta tomadas vía satélite.

—¿Ese soy yo?

—Ese eres tú, Valentino.

Nos quedamos frente al cristal, observando cómo la pantalla va mostrando lo que supongo son distintas secciones de mi cerebro, distintas vistas. Es una violación que ese extraño pueda observar mi cabeza sin conocerme siquiera.

—¿Ese hombre examina los resultados? —pregunto.

—No, tampoco lo hace él. Es solo el técnico. No es médico.

—Ah.

—Enseguida sabrás algo, Valentino. Ahora mismo no hay nadie aquí que sepa interpretar un escáner. El médico no llegará hasta dentro de un rato. Puedes esperar donde estabas antes. ¿Tienes hambre?

Le digo que no y me lanza una mirada cargada de dudas.

Volvemos a subir en el ascensor. Le pregunto si mató a uno de los chicos.

—Es lo único que no hice. En cuanto me llamaron hijo de puta, los embestí: lancé a uno de ellos de cabeza contra la pared y al otro le propiné una patada en el pecho. No le había dado tiempo ni de sacar el arma. El de la pared estaba inconsciente y el otro tendido en el suelo. Apoyé la rodilla en el pecho de este último, cogí la pistola y jugué con él durante unos minutos. Se la puse en la boca y todo eso. Se meó encima. Luego llamé a la pasma. Tardaron cuarenta y cinco minutos en llegar.

—Lo mismo conmigo. Tres cuartos de hora —digo.

—Uno se pregunta qué clase de problema los hace correr, ¿no crees?

Como veo que Julian sonríe, me obligo a emitir una carcajada ahogada.

—En fin —dice él—. ¿Qué se puede pedir?

Vuelvo la cabeza rápidamente.

—¿Qué has dicho?

—Ah, nada, tío. Solo pensaba en voz alta.

—Por favor. ¿Qué acabas de decir?

—Nada. Solo dije: ¿Qué se puede pedir? Como: ¿qué le vas a hacer? ¿Qué creías que había dicho?

Y así la corriente muere.

—Perdona. —No me sorprendería que Julian me preguntara por el Qué. Creo que el Qué tiene algo que ver con el hecho de que tanto él como yo esperáramos durante casi una hora a que llegara la policía después de haber sido asaltados a punta de pistola. Tiene algo que ver con el hecho de que hayan necesitado nueve horas para hacerme una resonancia y con que ahora me lleven a una cama de Urgencias — pasando por delante de Achor Achor y de Lino, que se ponen en pie— a esperar que un médico se digne a venir para analizar los resultados.

—Ojalá pudiera acelerar el proceso, Valentino —dice Julian.

—Lo entiendo.

Me siento en la cama y Julian permanece allí, de pie a mi lado, durante unos segundos.

—¿Estarás bien aquí?

—Sí. ¿Te importa informar a mis amigos de donde estoy?

—Claro que no. Tranquilo.

Julian me deja en la cama; corre la cortina, sujeta a una barra del techo, y cierra la zona donde estoy. Estoy casi seguro de que prefiere que esté aquí, donde no tiene que verme, a soportarme sentado ante sus ojos en la sala de espera. Pero cuando vuelva, ¿cómo conseguirá que se vayan Lino y Achor Achor?

—¡Julian! ¡Perdona!

Vuelve. Se abre la cortina y por ella aparece la cara de Julian.

—Disculpa. ¿Puedes decir a mis amigos que se vayan a casa, que estoy bien?

Asiente y esboza una franca sonrisa.

—Claro. Estoy seguro de que esperan noticias. Se lo diré.

Se vuelve para irse, pero no se va. Mira el informe durante un minuto largo y luego me mira a mí con el rabillo del ojo.

—¿Luchaste en esa guerra, Valentino? ¿En la guerra civil?

Le digo que no, que no fui soldado.

—Ah, bien —dice él—. Me alegro.

Y se marcha.