Qué es el qué

Dave Eggers · Capítulo 17 de 27

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Qué es el qué

Capítulo 16

16

No es la primera vez que entro en este hospital. Poco después de llegar a Atlanta, Anne Newton me trajo a ver a un médico. Dijo que era el mejor hospital de Atlanta. Aquí operaron a su marido Gerald, a quien no conozco demasiado bien —es una especie de inversor que no siempre cena en casa—, cuando se fracturó el hombro practicando esquí náutico. Anne dijo que era el mejor, así que me alegro de estar aquí. En los hospitales puedo palpar el confort. Noto la experiencia, la habilidad, la educación y el dinero; los utensilios esterilizados, todo precintado y sellado al vacío. Mis miedos se evaporan en cuanto se abren las puertas automáticas.

—Vete a casa —digo a Achor Achor—. Esto puede llevar un rato.

—Me quedo —dice él—. Esperaré hasta que te llamen. Cuando termines me avisas y vengo a recogerte. Tal vez vuelva a trabajar, aunque sea por una hora.

Cuando nos dirigimos a recepción son las cuatro en punto de la tarde. Un afroamericano, de unos treinta años, vestido con una bata azul de manga corta, nos atiende en el mostrador. Nos observa con gran interés y una sonrisa de curiosidad se dibuja debajo de su poblado bigote. Mientras nos acercamos parece examinar las heridas que presento en la cara y la cabeza. Me pregunta qué ha pasado y le narro una versión resumida de la historia. Asiente y parece compasivo. Me embarga una gratitud casi irracional hacia él.

—Le atenderemos enseguida —dice.

—Muchas gracias, señor. —Extiendo la mano sobre el mostrador para estrechar la suya. Tiene la piel áspera y seca.

Me da una hoja prendida de una carpeta.

—Limítese a rellenar los espacios en blanco y… —Su mano traza una línea horizontal en el aire, desde su estómago hacia mí, mientras él cierra los ojos y sacude la cabeza como si dijese: esto es pan comido, no será nada.

Achor Achor y yo nos sentamos a rellenar los impresos. Enseguida llego a la línea que solicita el nombre de mi compañía de seguros y me paro. Achor Achor se muestra pensativo.

—Es un problema —dice, y sé que es verdad.

Tuve seguro durante dieciocho meses, pero he vivido sin él desde que empecé a estudiar. Gano 1245 dólares al mes; los gastos de estudios ascienden a 450 dólares y el alquiler a 425 dólares, y luego está la comida, la calefacción, tantas cosas… No había forma de encajar la cuota del seguro en la ecuación.

Relleno el formulario tan bien como puedo y lo devuelvo al mostrador. Leo su nombre en la bata: Julian.

—Puedo pagar en efectivo cualquier tratamiento —digo.

—No aceptamos efectivo —dice Julian—. Pero no se preocupe. Le atenderemos, con seguro o sin él. Como le he dicho: nada de agobios.

Vuelve a dibujar aquella línea horizontal en el aire y consigue tranquilizarme. Debe de ser capaz de recurrir a los resortes pertinentes. Se ocupará personalmente de que esto se lleve a cabo con rapidez y eficacia. Achor Achor sigue sentado cuando vuelvo del mostrador.

—Ha dicho que me atenderán de todas formas. Vete —le digo—. Deberías volver al trabajo.

—Tranquilo —dice Achor Achor sin levantar la vista de la revista que tiene en las manos; por alguna razón lee Fish and Game—. Esperaré hasta que te llamen.

Abro la boca para protestar, pero me reprimo. Lo cierto es que le quiero a mi lado, de la misma forma que él me quiso al suyo cuando se sacó el permiso de conducir y cuando fue a su primera entrevista de trabajo; de la misma forma que hemos querido contar con el otro en docenas de momentos distintos, cuando siendo dos nos sentíamos más fuertes y capaces que en solitario. Así que Achor Achor se queda: miramos la tele que cuelga del techo y yo hojeo una revista de baloncesto.

A los quince minutos me esfuerzo por disimular mi decepción. Quince minutos no suponen una espera excesiva para conseguir atención médica de primera clase, pero esperaba algo más de Julian. Siento la decepción —sé que es difícil de justificar pero no puedo evitarlo— de saber que ni Julian ni este hospital están lo bastante impresionados por mi herida como para lanzarme sobre una camilla y empujarla a velocidad de vértigo por pasillos y salas, entre órdenes proferidas a gritos. Por un instante se me ocurre la idea de que tal vez podríamos abrir de nuevo la herida de la cabeza, aunque fuera solo un poco.

Pasan veinte minutos, treinta, y nos ponemos a ver un partido de baloncesto de la liga universitaria que echan en ESPN.

—¿Crees que se debe al seguro? —pregunto en un susurro a Achor Achor.

—No —dice este—. Le dijiste que pagarías. Solo quieren asegurarse de que puedes pagar. ¿Le mostraste una tarjeta de crédito?

No se me había ocurrido. Achor Achor parece molesto.

—Bien, pues hazlo. Tienes la del Citibank.

Julian no se ha movido del mostrador desde nuestra llegada. He estado observando cómo rellenaba impresos, archivaba expedientes y atendía al teléfono. Voy hacia el mostrador y saco la cartera del bolsillo del pantalón cuando estoy frente a él.

Él prevé lo que voy a decir.

—Ya no falta mucho —dice, echando un vistazo a mi expediente—. Por cierto, ¿cómo dice su nombre? ¿El nombre propio es Deng?

—Mi nombre es Valentino; Deng es el apellido.

—Ah, Valentino. Me gusta. Siéntese un momento, si es tan amable, y…

—Disculpe —le digo—, pero me preguntaba si la demora en atenderme se debía a alguna duda referente a mi capacidad de hacer frente a los gastos.

Veo que Julian abre la boca, y decido que debo terminar antes de que me malinterprete.

—Y quería asegurarme de que está claro que puedo pagar. Sé que no aceptan efectivo, pero también tengo tarjeta de crédito. —Saco de la cartera la Citibank Gold —. Cubrirá los gastos. El pago está garantizado y dispongo de un crédito de dos mil quinientos dólares, así que no deben preocuparse de que me vaya sin pagar.

La expresión de su cara indica que he hecho un comentario culturalmente incorrecto.

—Nos ocupamos de todos los que vienen, Valentino. Lo establece la ley. No podemos rechazarle. Así que no hace falta que nos enseñe las tarjetas de crédito. Relájese, mire el partido del Georgetown; enseguida le haremos pasar a curas. —En ese momento esboza una sonrisa radiante, que muy pronto adopta un rictus de rigidez, señal inequívoca de que da el tema por zanjado.

Tras darle las gracias, vuelvo a mi asiento y se lo explico todo a Achor Achor.

—Ya te lo dije —afirma él.

—¿Me lo dijiste?

Suena un móvil y Achor Achor me hace señas de que deje de hablar. Es una persona verdaderamente exasperante. Responde y empieza a hablar en dinka. Es Luol Majok, uno de los nuestros, que ahora vive en New Hampshire y trabaja de conserje en un hotel. Se dice, aunque sobre todo lo dice él, que Luol Majok conoce Manchester como si hubiera nacido o se hubiera criado allí. Mantienen una conversación animada y salpicada de risas. Achor Achor me ve la cara y explica:

—Está en una boda.

En condiciones normales me interesaría saber quién se casa —no tardo en deducir que se trata de una boda donde ambos contrayentes son sudaneses, que se celebra en el gélido Manchester—, pero no consigo reunir entusiasmo suficiente para oír más detalles. Achor Achor empieza a explicar a Luol que estamos en un hospital, pero le hago un gesto de negación para que corte el rollo. No quiero que se entere Luol. No quiero que se entere nadie: les arruinaría la fiesta. Las llamadas no pararían. En cuestión de minutos los rumores me habrían situado postrado en una cama, a las puertas de la muerte, y nadie creería adecuado ponerse a bailar. Achor Achor no tarda en terminar y guarda el móvil en la funda que lleva prendida del cinturón. Al parecer en un día todos los sudaneses de Atlanta se han comprado una funda para el móvil.

—¿Te acuerdas de Dut Garang? —pregunta él—. Se casa con Aduei Nybek. Hay quinientos invitados.

En Sudán las bodas no tienen límite; nadie queda excluido, conozca o no a los novios. Todos pueden asistir, y los gastos, los discursos y las celebraciones no terminan nunca. Las bodas sudanesas son distintas en Estados Unidos, claro. No se sacrifican animales, por ejemplo, ni se examinan las sábanas inmaculadas en busca de rastros de sangre. Pero el espíritu se mantiene, y las bodas serán más frecuentes a partir de ahora. Los primeros Niños Perdidos están a punto de obtener la ciudadanía, y cuando eso suceda se producirá una invasión de novias procedentes de Kakuma y Sudán; la población sudanesa de América se doblará en poco tiempo, y luego volverá a multiplicarse. La mayoría de hombres están listos para tener familia y no tolerarán objeciones por parte de sus nuevas esposas.

Achor Achor sigue hablando durante un rato y saluda a varios Niños Perdidos que conozco. No me apetece charlar con ellos. Hablar de bodas me hace pensar en Tabitha, en la boda que podríamos haber celebrado, y preferiría no recordarlo precisamente el día en que he sido atracado y apaleado.

 

Son las seis en punto, Julian. Llevamos dos horas en la sala de espera. Me sigue doliendo la cabeza, aunque el dolor es menos punzante. Esperaba ayuda por tu parte, Julian. No solo por tu ascendencia africana, sino porque el hospital está muy tranquilo, la sala de urgencias prácticamente vacía de pacientes, y soy el único hombre por aquí que presenta lo que, supongo, cabe calificar de heridas leves. No parece tan complicado atenderme y enviarme a casa. No me imagino para qué quieres tenerme aquí, mirándote.

—Ya no merece la pena volver al trabajo —dice Achor Achor.

—Lo siento.

—No pasa nada.

—¿No deberíamos llamar a Lino? Teníamos previsto verle esta noche.

Ambos estamos de acuerdo en llamar a Lino y solo a Lino. Achor Achor lo hace, y antes de informarle de dónde estamos insiste en que mantenga en secreto nuestro paradero.

—Viene hacia aquí —dice Achor Achor—. Ha pedido un coche.

La verdad es que no le veo el sentido a que venga, dado que estoy seguro de que me llamarán en cualquier momento y Lino tardará veinte minutos en llegar al hospital. Para colmo, digo en voz alta, es casi seguro que Lino se perderá, lo que le hará tardar el doble de tiempo. Pero en el caso improbable de que la espera se prolongue, Lino animará la sala con su presencia. Ha empezado a salir con mujeres que ha conocido a través de eHarmony.com, y tiene muchas historias que contar. Los relatos de sus citas, todas un fracaso, son muy entretenidas, pero la conversación no tardará en derivar hacia las bodas, y a los planes de Lino de volver a Kakuma a buscar esposa. Lino está a punto de emprender ese viaje, y ha depositado en él grandes esperanzas, aunque el proceso es complejo y cuesta una asombrosa cantidad de dinero.

Gabriel, el hermano de Lino de perenne sonrisa, emprendió ese viaje hace poco. No fue fácil. Gabriel llegó a Estados Unidos en 2002, pasó un año en el instituto y ahora trabaja en una planta de embotellamiento de cerveza situada a las afueras de Atlanta. El año pasado decidió que quería una esposa. Escogió buscar a su mujer en Kakuma, un método cada vez más popular entre los sudaneses exiliados en América. Hizo correr la voz a través de los contactos que conservaba en el campo de refugiados —uno de sus tíos es un antiguo miembro del ELPS— de que planeaba casarse. Su tío inició la búsqueda en su nombre y fue enviándole fotos por internet. Gabriel conocía a algunas de las mujeres, a otras no. Gabriel prefería a una mujer de su región natal, el Alto Nilo, pero su tío le informó de que más bien escaseaban. Gabriel redujo la elección a cuatro mujeres, todas entre los diecisiete y los veintidós años. Ninguna asistía al colegio; todas trabajaban en casas de parientes en Kakuma. Y todas darían saltos de alegría ante la posibilidad de trasladarse a Estados Unidos como esposas de un Niño Perdido.

Los sudaneses de América son una especie de celebridad en Kakuma, y se rumorea que poseen fortunas incalculables. Y, en términos relativos, vivimos con cierta comodidad. Residimos en apartamentos calientes y limpios, poseemos televisores y reproductores de discos compactos. El hecho de que la mayoría de Niños Perdidos tengan coche es algo que los que siguen en Kakuma no pueden comprender, de manera que la posibilidad de casarse con uno de ellos resulta enormemente atractiva. Pero luego surgen los obstáculos. Tan solo diez años atrás habría resultado inaceptable que la mujer insistiera en ver una foto del futuro novio. ¿Una mujer inspeccionando a un hombre?

Pero ahora sucede, lo que me hace mucha gracia. Gabriel, un tipo muy decente aunque no precisamente guapo en un sentido convencional, perdió a dos de las posibles candidatas en cuanto se distribuyó su foto. Las otras dos, ambas de dieciocho años y amigas entre sí, parecían dispuestas a casarse con Gabriel aunque fuera un perfecto desconocido tanto para ellas como para sus familias. Entonces surgió el tema del precio de la esposa. Una de las mujeres, llamada Julia, vivía con unos quince parientes y era bastante atractiva: alta, bien formada, de cuello largo y ojos muy grandes. Su padre había muerto en Nuba, víctima de una granada, pero sus tíos se mostraban más que dispuestos a negociar el precio ya que ellos iban a ser los beneficiarios. Según la costumbre sudanesa, ninguna mujer puede recibir una dote, así que en ausencia del padre son los tíos los que entran en posesión del ganado.

De manera que el consorcio de tíos de la chica hacía tiempo que era consciente de que tenía una belleza entre manos y esperaba conseguir un buen precio por ella. La primera oferta que plantearon fue una de las más altas nunca oídas en Kakuma: doscientas cuarenta reses, que vienen a ser unos 20 000 dólares. Como es de suponer, un hombre como Gabriel, que cobra 9,90 dólares la hora en una fábrica de cerveza, había conseguido ahorrar como mucho 500 dólares en dos años. De manera que Gabriel esperó a oír la dote que pedían para la segunda opción: una chica muy dulce aunque de apariencia más corriente. Era más bajita que su rival, menos escultural, pero muy mona y, al parecer, muy hacendosa y bien dispuesta. Vivía con su madre y su padrastro, y sus demandas eran más razonables: ciento cuarenta vacas, es decir, unos 13 000 dólares.

A partir de ahí Gabriel tenía que pensárselo. Tampoco podía satisfacer este precio, pero en líneas generales son pocos los hombres que se hacen cargo solos del pago de la esposa; es un tema de alcance familiar, en el que colaboran tíos, primos y amigos. Gabriel acudió a sus parientes y amigos, tanto en Estados Unidos como en Kakuma, y llegó a la conclusión de que, contando con todos, solo alcanzaba a reunir el dinero para un centenar de reses: 9000 dólares. Una vez se hubo decidido por la novia menos cara, Gabriel transmitió su oferta a la familia de la chica en Kakuma a través de sus representantes. La rechazaron de plano sin proponer contraoferta alguna. Tendría que reunir las treinta vacas que faltaban o no habría novia. Apeló entonces a la única persona que conocía y creía capaz de satisfacer esa diferencia: un adinerado tío que aún vivía en Sudán. Gabriel efectuó una llamada vía satélite a Rumbek, un pueblo grande situado a un día de camino a pie de la aldea donde residía este tío en concreto. El mensaje era el siguiente: «Soy Gabriel, hijo de Aguto, y quiero casarme con una chica de Kakuma. ¿Puedes ayudarme? ¿Puedes proporcionarme treinta reses?» El tío en cuestión recibió el mensaje dos días después de que Gabriel lo mandara a Rumbek, y tres días más tarde llegaba la esperada respuesta: Gabriel recibió una llamada a Atlanta. Sí, el tío rico estaba dispuesto a aportar las vacas, y por cierto, ¿sabía Gabriel que su tío acababa de ser nombrado miembro del Parlamento en representación del distrito? El flujo de buenas nuevas circulaba en ambas direcciones.

De modo que se acordó el enlace, y ahora lo único que debía hacer Gabriel era lo siguiente: convertir el precio del ganado a chelines de Kenia; cerrar el acuerdo; encontrar un vuelo a Nairobi y pasaje a Kakuma; pasar tres meses tramitando el visado y un permiso de viaje para Kenia; una vez en Kakuma, conocer a la novia y a la familia de esta; visitar a todos sus parientes de Kakuma, llevándoles dinero, regalos, comida, joyas, zapatillas deportivas, relojes, iPods, tejanos Levi’s de América; organizar la boda; celebrarla durante su estancia en Kakuma (en la iglesia luterana de techo de aluminio); y luego, a su regreso a Atlanta, iniciar el proceso para traer a su esposa a América. De entrada tendría que esperar dos años más, hasta que consiguiera la nacionalidad, y después empezar con el papeleo; y durante toda la espera, rezar para que la novia no cayera en la tentación de otros sudaneses o fuera violada por los turkanas cuando iba a buscar leña, porque si sucedía una de las dos cosas, ella ya no sería deseable y él habría perdido ciento treinta cabezas de ganado. Si se disolvía un matrimonio la devolución de la dote era un tema peliagudo.

 

Julian, yo no había ni pensado en el matrimonio cuando volví a encontrarme con Tabitha. Antes tenía que terminar la universidad, y para conseguirlo debía ahorrar dinero mientras asistía a clases de inglés en la facultad. Según mis cálculos me faltaban seis años antes de poder casarme con alguien, ya fuera sudanesa o de otro lugar. Así pues, cuando Tabitha me informó de que salía con otro hombre en Seattle, un ex soldado del ELPS llamado Duluma Mam Ater, la noticia no me hizo daño.

Sin embargo comenzamos a hablar. Charlamos al día siguiente de la primera conversación y a partir de entonces las llamadas no cesaron. Se infiltró en mi vida con gran aplomo. Me llamaba tres, cuatro, hasta siete veces al día. Llamaba por la mañana para darme los buenos días y a menudo también antes de acostarse. En muchos aspectos daba la impresión de que estábamos viviendo una especie de romance, pero lo cierto es que dedicábamos gran parte del tiempo de nuestras charlas telefónicas a hablar de Duluma. Yo no le había conocido en Kakuma. Había oído hablar de él: era un jugador de baloncesto de bastante renombre, pero aparte de eso todo lo que sabía de él era a través de Tabitha, que me expresaba las quejas que tenía de él, sus inquietudes, sus planes alternativos. Decía que era un hombre grosero. Que quería tratarla al estilo sudanés. Que no trabajaba y le pedía dinero. Yo escuchaba, daba consejos e intentaba disimular las ganas que tenía de que ella lo dejara.

Pero las tenía, porque me había enamorado profundamente de Tabitha en poco tiempo. Era imposible no hacerlo. Todas esas horas al teléfono, oyendo esa voz… te aseguro que cuesta describirla. Su musicalidad, la inteligencia y el ingenio que emanaban de ella. Hablaba con ella desde mi dormitorio, desde la cocina, desde el cuarto de baño, desde el patio del edificio. Parecía imposible que pudiera seguir saliendo con Duluma, porque se diría que nos pasábamos al menos seis horas al día al teléfono. ¿Qué rato le quedaba libre para Duluma?

—¿Te gustaría verme? —preguntó ella un día.

Y en ese momento supe que me estaba poniendo a prueba. Estaba lista para pasar de Duluma a mí, y antes quería ver si podía amarme en persona.

Dos semanas después estaba en Atlanta. Verla, descubrir la mujer en que se había convertido, fue una experiencia extraña. A todos los efectos era una mujer, una mujer de formas muy dramáticas. Abrió la puerta, sin esperarme, y al principio, aunque había venido a verme, por un instante dio la impresión de que no me reconocía. Habían transcurrido tres años desde la última vez que nos vimos en Kakuma. Más de tres años y muchos miles de kilómetros. Tras el primer momento de vacilación, la realidad de que era yo pareció caer sobre ella.

—¡Has engordado! —dijo, agarrándome de los hombros—. ¡Me gusta! —Notó mis nuevos músculos, el grosor de mi cuello. Muchos de los que me conocieron en el campo comentan el hecho de que mi cuerpo ya no parece el de un insecto.

Tan pronto como me cogió de los hombros, cuando nos miramos cara a cara — por difícil que fuera mirar de tan cerca una cara tan perfecta—, fuimos como marido y mujer. El hecho de que Tabitha pasara la noche aquí fue una fuente de gran fascinación para los sudaneses de Atlanta. En ese momento no era habitual que los sudaneses recibieran visitas femeninas en sus casas, sobre todo de mujeres de su país, y menos aún que estas se prolongaran noches y días. Esto sucedió antes de que Achor Achor conociera a su Michelle, y él se pasó gran parte del fin de semana encerrado en su cuarto, sin saber cómo manejar la situación. Para mí el fin de semana supuso también un punto de inflexión. Con Tabitha tan cerca durante tantas horas, despierta y dormida, sentí que tenía todo lo que siempre había querido y que había empezado a vivir la vida que pretendía vivir.

 

El segundo día, en el sofá de casa, mientras veíamos El fugitivo —la eligió ella; yo la veía por tercera vez—, me dijo que había dejado a Duluma y que él se lo había tomado bastante mal.

En realidad él me llamó aquel fin de semana. Estaba muy nervioso. Me dijo que tenía que hablar conmigo, de hombre a hombre. Dijo que Tabitha era una puta. Que se había acostado con muchos hombres y que seguiría haciéndolo. Y mientras decía todo esto yo contemplaba a Tabitha, que estaba tumbada en mi cama leyendo un ejemplar de la revista Glamour que había comprado cuando salimos a desayunar. Dijo que Tabitha se había quedado embarazada. Embarazada de su hijo. Y que había abortado. Ella no quería al bebé y no quiso escucharle. A pesar de sus objeciones ella había matado al bebé. ¿Qué clase de mujer haría algo así? Está arruinada, dijo él, estéril. Entretanto yo veía a Tabitha tumbada bocabajo, en pijama, pasando lentamente las páginas, con los pies cruzados en el aire. La amaba más con cada palabra falsa e insultante que Duluma decía de ella. Colgué y fui hacia ella, me sumergí con ella en aquella mañana de pereza y sensualidad, y nunca le dije quién había llamado.

 

Achor Achor echa un vistazo a las revistas que hay en la mesita de la sala de espera. Encuentra algo de interés y me muestra una revista de actualidad cuya cubierta está dedicada a Sudán. Una mujer de Darfur, de labios resecos y ojos amarillentos, mira a la cámara en un gesto que muestra a la vez desesperación y desafío. ¿Sabes lo que quiere, Julian? Es una mujer que se encontró con una cámara ante sí y miró hacia el objetivo. No me cabe duda de que deseaba contar su historia, o parte de ella. Pero ahora que ha sido narrada, ahora que se han obtenido pruebas de los incontables asesinatos y violaciones o se han extrapolado los pocos casos denunciados, el mundo puede preguntarse cómo abordar la violencia de Sudán contra Darfur. Existen unos cuantos miles de soldados de la Unión Africana destinados allí, pero Darfur tiene el tamaño de Francia y sus habitantes preferirían disponer de tropas occidentales: se supone que están mejor entrenadas y que son menos susceptibles al soborno.

¿Esto te interesa, Julian? Pareces ser una persona bien informada y de talante compasivo, aunque seguro que tu compasión tiene un límite. Oyes la historia del ataque que he sufrido en casa y me estrechas la mano, me miras a los ojos y me prometes atención inmediata, pero luego me toca esperar. Esperamos a alguien: tal vez a médicos que se hallan al otro lado de cortinas y puertas, tal vez a burócratas instalados en remotos despachos. Esperamos a que decidan cuándo y cómo seré atendido. Llevas uniforme y trabajas desde hace tiempo en el hospital. Aceptaría que me curaras, aunque no estuvieras muy seguro. Pero permaneces sentado, creyendo que no puedes hacer nada.

Achor Achor y yo echamos una ojeada al artículo sobre Darfur y vemos alguna mención de pasada al petróleo, al papel que ha jugado el petróleo en el conflicto de Sudán. Podemos afirmar que el petróleo no es la pieza central que explica lo sucedido en Darfur, pero Lino puede contarte el papel que jugó en su caso, Julian. ¿Sabes algo de esto? ¿Sabes que fue George Bush, padre, quien encontró los mayores pozos de petróleo bajo el suelo de Sudán? Sí, eso se dice. Fue en 1974, y por esa época el señor Bush era embajador de Estados Unidos en la ONU. El señor Bush era un hombre de petróleo, por supuesto, y al mirar unos mapas de Sudán trazados por satélite a los que tuvo acceso, o que le facilitaron sus colegas, barones del petróleo, se percató de que en la región había posibles yacimientos de oro negro. Habló de ello con el gobierno de Sudán, y se produjo la primera exploración significativa, que supuso el inicio de la relación con Estados Unidos, y, hasta cierto punto, el principio de la mitad de la guerra. ¿Habría durado tanto sin petróleo? No puede saberse.

Julian, el descubrimiento del petróleo sucedió poco después de que se firmara el acuerdo de Addis Abeba, el pacto que ponía fin a la primera guerra civil que había durado casi diecisiete años. En 1972, el norte y el sur de Sudán se reunieron en Etiopía y llegaron a un acuerdo de paz por el que, entre otras cosas, se accedía a repartir en partes iguales cualquier recurso natural del sur. Jartum había firmado dicho acuerdo, pero en ese momento creían que la única materia prima del sur era uranio. En Addis Abeba nadie sabía nada de petróleo, de manera que cuando este se halló, el desconcierto se apoderó de Jartum. Habían firmado un acuerdo por el que se comprometían a dividir todos los recursos en partes iguales… ¡Pero el petróleo no constaba en él! ¿Compartir el petróleo con los negros? ¡Ni hablar! Creo que fue terrible para ellos, y fue por aquel entonces cuando los miembros de la línea más dura de Jartum empezaron a pensar en cancelar el pacto de Addis Abeba y quedarse con el petróleo.

La familia de Lino vivía en la cuenca de Muglad, un área nuer situada cerca de la frontera entre norte y sur. Por desgracia para ellos, en 1978 Chevron encontró una gran reserva de petróleo allí, y Jartum, que había autorizado la exploración, rebautizó la zona usando la palabra árabe que significa unidad. ¿Te gusta ese nombre, Julian? Unidad implica entendimiento, pueblos que avanzan como si fueran uno solo. ¿No te parece de una ironía apabullante? Siguiendo con el chiste, en 1980 Jartum intentó alterar el trazado de la frontera entre norte y sur, para que los pozos petrolíferos quedaran en el norte. No se salieron con la suya, gracias a Dios, pero aun así había que hacer algo para eliminar del proceso a los nuers que residían allí, para separarlos del petróleo y asegurarse de que no se produjeran futuras interferencias por su parte.

Corría el año 1982 cuando el gobierno se tomó en serio la tarea de tratar con las familias que, como la de Lino, vivían sobre el petróleo. Entraron en escena los murahaleenes, con sus armas automáticas, exactamente igual que más tarde harían en Marial Bai. La idea era echar a los nuers y que las reservas de petróleo quedaran bajo la protección de los baggaras o de fuerzas de seguridad privadas; de paso se sofocaba cualquier intento de revuelta rebelde. Así que llegaron los murahaleenes, como siempre, con sus pistolas, sus asaltos y su violencia al azar. En esa primera ocasión no fueron muy duros. Era un mensaje dirigido a los nuers que vivían en la zona del petróleo: marchaos y no volváis.

La familia de Lino no se fue del pueblo. No captaron el mensaje o prefirieron no hacerle caso. Seis meses más tarde el ejército sudanés hizo una visita al pueblo para enfatizar la sugerencia. Se ordenó a los nuers que partieran ya: que cruzaran el río y se dirigieran al sur. Se les dijo que sus nombres quedarían registrados, que se les compensaría por las tierras, casas, cosechas y posesiones que tuvieran que abandonar en su marcha. De manera que aquel día la familia de Lino, como todas las del pueblo, dio su nombre a los soldados y estos se marcharon. Pero los nuers no se movieron. La familia de Lino era testaruda, Julian, como lo son muchos sudaneses. Estoy seguro de que has oído hablar de los mil sudaneses de El Cairo, los que fueron pisoteados. Sucedió no hace mucho. Un millar de sudaneses ocuparon un pequeño parque de El Cairo exigiendo la ciudadanía o un permiso para viajar a otras naciones. Pasaron los meses, no se iban; nadie podía convencerlos de que cesaran la protesta si no se les satisfacían las demandas. Los egipcios creen que no es problema suyo, y el parque ocupado por los sudaneses se ha convertido en una llaga, un lugar insalubre. Por fin el ejército egipcio toma cartas en el asunto y acaba con el asentamiento. La operación se salda con veintisiete sudaneses muertos, entre ellos once niños. Son testarudos, los sudaneses.

De manera que la familia de Lino se quedó. Ellos y cientos más decidieron no moverse de sus casas. Como era de esperar, un mes después un regimiento de milicianos y soldados del ejército se presentó en el pueblo. Entraron sin algarabía, igual que habían hecho la vez anterior, cuando fueron a anotar los nombres de las familias. No dijeron nada a nadie; una vez situados, abrieron fuego. Dispararon contra diecinueve personas en el primer minuto. Clavaron a un hombre en un árbol y arrojaron a un niño dentro de un pozo. Mataron a treinta y dos en total, y luego se montaron en sus camiones y se fueron. Ese día los supervivientes del pueblo recogieron sus pertenencias y huyeron en dirección al sur. Hacia 1984, el pueblo de Lino y los de los alrededores, todos los que se hallaban sobre el petróleo, estaban libres de nuers, y Chevron pudo empezar las excavaciones.

—¡Eh, enfermo!

Ha llegado Lino, vestido con un traje de milrayas y con tres cadenas de oro colgadas del cuello. Dios nos ayude, pero hay una tienda de ropa en Atlanta que se está convirtiendo en la favorita de la mayoría de sudaneses. Julian levanta la vista de la lectura, divertido por el aspecto de Lino, y muestra cierto interés al oírnos cambiar de idioma, de inglés a dinka, en cuestión de un segundo. Mi mirada se cruza con la suya y él vuelve a concentrarse en el libro.

Son las siete. Llevamos más de tres horas allí.

Lino se deja caer en una de las sillas y se apodera del mando a distancia. Mientras zapea a toda prisa pregunta por qué estamos tardando tanto. Intentamos explicárselo. Pregunta si tengo seguro y le digo que no, pero que me he ofrecido a pagar en efectivo o mediante tarjeta de crédito.

—No funcionará —dice Lino—. No se fían de ti. ¿Por qué iban a hacerlo? Creen que no puedes pagar y esperarán a que te canses y te vayas. Creo que deberías idear la forma de asegurarles que vas a pagar.

Que yo sepa, Lino no tiene más experiencia que yo en estos casos, pero sus palabras vuelven a sembrar la duda en mí. Dudo de Julian, de este hospital y de las posibilidades de conseguir tratamiento aquí.

—Llama a Phil. O a Deb —dice Achor Achor, refiriéndose a Deb Newmyer, la viuda de Bobby. Ya se me había ocurrido. Podría haber llamado a Phil, pero a estas horas de la noche, con los niños pequeños, no es una opción. Sé que los gemelos se acuestan a las siete; yo mismo los he acostado. Podría llamar a Anne y Gerald Newton, pero me lo pienso. Se preocuparían demasiado. Se presentarían al instante en el hospital, acompañados de Allison. No quiero que interrumpan su vida por mí. Solo quiero una llamada. Quiero que alguien que conozca el funcionamiento del sistema en esta clase de situaciones haga una llamada y nos explique las cosas a Julian y a mí. Deb vive en California y es probable que esté en casa. Marco el número de su casa; Billi, la benjamina de la familia, contesta al teléfono.

—¡Valentino! —dice la niña.

—Hola, amiguita. —Le pregunto por las clases de natación. La llevé a la piscina unas cuantas mañanas y me senté en el suelo mientras hacía sus primeros intentos de estilo libre. Le daba miedo hundir la cabeza y ver el suelo refractario de la piscina. Le sonreí, intentando transmitirle confianza, pero no funcionó. Se pasó toda la clase llorando y ahora no quiere hablar del tema.

Deb se pone al teléfono poco después. Le cuento una versión más larga de la historia. Deb, que lleva varios años trabajando en Hollywood y ha participado en una serie de televisión llamada Historias increíbles, se muestra incrédula. Dice que soy como el pastor que anunciaba la llegada del lobo, salvo que en mi caso el lobo siempre aparece de verdad. Deb me pide hablar con el hombre de recepción. Siento una punzada de orgullo cuando le paso el teléfono a Julian. Él responde con una mirada de soslayo.

—¿Quién es? —me pregunta.

—Es una patrocinadora. Llama desde Los Ángeles y quiere informarse de la atención que estoy recibiendo.

Julian hace una mueca y se lleva el teléfono al oído. Él y Deb hablan durante unos minutos; en ese tiempo la cara de Julian adopta una sucesión de expresiones que van del disgusto a la ironía. Cuando terminan de hablar él me devuelve el teléfono.

—Dice que disponen de poco personal —dice Deb—. Le he gritado, pero no sé qué más hacer. Ojalá pudiera ir a resolver esto, Val.

Le pregunto cuánto tiempo cree ella que tendré que esperar.

—Bueno, el tipo dice que te llamarán en cualquier momento. ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

Le digo que casi cuatro horas.

—¿Qué? ¿Está muy lleno? ¿Es una especie de manicomio?

Le digo que el lugar está tranquilo, muy tranquilo.

—Escucha, si no te han atendido en media hora vuelve a llamarme. Si no has visto a un médico me pondré seria con esa gente. Sé cómo hacerlo.

Le doy las gracias a Deb; presiento que su intervención ha servido de mucho. Ella exhala el suspiro intenso que le he oído tantas veces. Deb es una mujer enérgica, pero según ella la relación conmigo ha supuesto una dura prueba para su optimismo natural.

—La verdad es que no sé qué tiene Dios en tu contra, Valentino —dice ella.

Nos quedamos con ese pensamiento durante un momento. Ambos sabemos que esconde una pregunta que aún no ha sido contestada.

—Llama cuando tengas un diagnóstico —dice ella—. Si es algo grave te trasladaremos hasta aquí y te llevaré a mi médico. Pero no creo que sea nada. Llámame en cuanto sepas algo.

Este es el país de Deb: si ella afirma que me atenderán, que la espera no tiene nada que ver con el dinero o el seguro, la creo.

Me dirijo a la sala de espera a reunirme con Lino y Achor Achor, que vuelve a estar al teléfono, charlando con algunos asistentes de la boda de Manchester. Entre los gritos procedentes del teléfono y el hecho de haber tenido que dar explicaciones a Deb, el malhumor de Julian es ahora palpable. No quiero ser una molestia para él, ni para Deb, ni para nadie. Quiero ser independiente y moverme por el mundo sin tener que hacer preguntas. Pero por ahora aún tengo demasiadas, y eso resulta frustrante para alguien como Julian, que cree conocer las respuestas y conocerme a mí. Pero, Julian, la verdad es que aún no sabes nada de nada.