Qué es el qué
Capítulo 10
10
Michael está despierto, paseando. Como cree que me ha neutralizado, ahora se siente lo bastante a sus anchas como para recorrer la casa. Pasó delante de mí de camino al cuarto de baño y cuando salió de él oí el crujido de la puerta del dormitorio de Achor Achor. Ignoro lo que Michael puede estar buscando, pero no hay mucho que ver en la habitación donde duerme Achor Achor. Ha decorado las paredes con dos cuadros: un póster de Jesús que le dieron en la clase de estudios bíblicos, y una gran foto, algo borrosa, de su hermana, que vive en El Cairo y se dedica a limpiar restaurantes.
Ahora Michael recorre el pasillo y se introduce en mi cuarto. Mi puerta no hace el menor ruido, solo un leve rumor del roce con la moqueta. Oigo el ruido del armario al abrirse, y poco después, el de las persianas al bajar. Sé que ha cogido los dos libros que tengo a lado de la cama —The Purpose-Driven Life, de Rick Warren, y Seeking the Heart of God, de la madre Teresa y el hermano Roger— porque los oigo caer al suelo, uno detrás de otro. Oigo cómo crujen los muelles de la cama, y cómo se callan. Abre los cajones de la cómoda y luego los cierra.
Michael es un chico curioso y su registro le vuelve más humano a mis ojos. Mi simpatía por él vuelve a crecer; el perdón se abre paso por mi alma.
—¡Michael! —grito.
No pretendía pronunciar su nombre, pero ahora ya es demasiado tarde. Ahora tengo que repetirlo y tengo que decidir por qué lo llamo.
—Michael, tengo una propuesta para ti.
Él sigue en mi cuarto. No oigo ruido, ni movimiento.
—Michael, será una propuesta atractiva. Te lo aseguro.
No dice nada. Ni siquiera sale de mi habitación.
Oigo el ruido del cajón de la mesita de noche al abrirse. El estómago se me contrae cuando caigo en la cuenta de que verá las fotos de Tabitha. No tiene ningún derecho a mirarlas. ¿Cómo podré olvidar que este chico roto ha manoseado esas fotos? Estas fotografías son demasiado importantes para mi propia sensación de equilibrio. Sé que las miro con demasiada frecuencia; sé que parece una autoflagelación. Achor Achor me ha regañado por ello. Pero me dan consuelo; no me causan dolor alguno.
Debe de haber unas diez, y la mayoría fueron tomadas con la cámara que hoy han robado los secuaces de Michael. En una aparece Tabitha con sus hermanos, los cuatro juntos sosteniendo un pescado gigante en un mercado de Seattle. Ella está en el centro, y se aprecia a la legua lo mucho que ellos la adoran. En otra se la ve con su mejor amiga, otra refugiada sudanesa llamada Veronica, y el bebé de esta, Matthew. Delante del bebé —un niño que ya nació en Estados Unidos— se distingue una masa redonda de color marrón, el primer intento de Tabitha de hacer una tarta de cumpleaños al estilo americano. La cara del bebé está manchada de chocolate, y Tabitha y Veronica sonríen, cada una a un lado del niño, pellizcándole una mejilla. Aún no son conscientes de que el azúcar del festín de Matthew le tendrá despierto durante las próximas veinticuatro horas. La mejor foto es una que ella creía que yo había destruido, a insistencia suya. Está en mi habitación, con las gafas puestas, y este hecho la convierte en una foto única. Cuando la saqué, una noche antes de que nos acostáramos, ella se quedó lívida y no me dirigió la palabra hasta el mediodía del día siguiente.
—¡Tírala! —me dijo, aunque luego se corrigió—: ¡Quémala!
Lo hice, en la pila, pero unos días después, cuando ella ya había vuelto a Seattle, imprimí otra copia de la cámara digital. Muy poca gente sabía que Tabitha usaba lentillas, y casi nadie la había visto con gafas, que eran grandes, poco favorecedoras, de cristales tan gruesos como parabrisas. Las tenía a mano mientras dormía por si necesitaba ir al cuarto de baño. Pero a mí me encantaba vérselas puestas y quería que se las pusiera más a menudo. Aquellos cristales enormes le restaban belleza, y cuando se las veía puestas, podía convencerme con más facilidad de que ella era verdaderamente mía.
Nos conocimos en Kakuma, en una clase de economía doméstica. Ella tenía tres años menos que yo y era muy lista: esa fue la razón de que acabaran sentándonos juntos. Las clases eran obligatorias en el campo, tanto para los chicos como para las chicas, lo que provocaba una gran consternación entre los ancianos sudaneses. ¿Hombres en clases de cocina? Para ellos era absurdo. Pero a la mayoría no nos importaba. Yo disfrutaba mucho con la clase, aunque no mostré la menor aptitud para cocinar o para cualquiera de las demás tareas que se enseñaban. Tabitha, sin embargo, no demostraba ningún interés por la economía doméstica, ni siquiera por aprobar la asignatura. Sus faltas de asistencia eran constantes, y cuando estaba presente resoplaba con fuerza cada vez que la maestra, una sudanesa a la que llamábamos señora Espátula, intentaba convencernos de lo útiles que nos resultarían en nuestras vidas las clases de economía doméstica. La señora Espátula no sentía el menor aprecio por los bufidos de Tabitha, ni por sus suspiros de desprecio, ni por los días en que Tabitha se dedicaba a leer novelas mientras ella nos enseñaba los distintos modos de cocinar los huevos. La señora Espátula no sentía el menor aprecio por Tabitha Duany Aker.
Pero los chicos y los niños sí la apreciaban. Era imposible no hacerlo.
Había más chicas en las aulas de Kakuma, más que en Pinyudo, pero pese a ello seguían siendo una minoría: una de cada diez alumnos en el mejor de los casos. Y no duraban mucho. Todos los años desaparecían del colegio para dedicarse a las labores domésticas y a prepararse para el matrimonio. A los catorce años, cualquier chica que no mostrara alguna deformidad era solicitada en matrimonio, y una vez devuelta al sur de Sudán, se convertía en la esposa de algún oficial del ELPS que podía permitirse satisfacer la dote solicitada. Y en muchos casos se iban contentas, ya que la vida en Kakuma no era fácil para ellas. Las chicas trabajaban hasta caer rendidas, corrían el riesgo de ser violadas si salían del campo a buscar leña. En Kakuma no tenían poder, no tenían futuro.
Pero nadie se lo dijo a Tabitha. O, si alguien lo hizo, ella no se inmutó.
Vivía con sus tres hermanos y su madre, una mujer educada que estaba decidida a proporcionar a Tabitha la mejor vida posible en aquellas circunstancias. El padre de Tabitha había muerto muy al principio de la guerra y su madre se negó a aceptar la protección de la familia de su marido. En Sudán era habitual que el hermano del fallecido se hiciera cargo de la viuda y de su familia, pero la madre de Tabitha se negó a seguir la costumbre. Se marchó de su pueblo, Yirol, y se dirigió a Kakuma, consciente de que una vida en Kenia, aunque fuera en un campo de refugiados, proporcionaría un mundo más abierto a sus hijos.
Yo me sentía agradecido al coraje y a la inteligencia de su madre. Le daba las gracias cada vez que Tabitha se dignaba asistir a la clase de economía doméstica, cada vez que entrecerraba los ojos, cada vez que sonreía con suficiencia. Era la joven más enigmática de Kakuma.
Acabamos siendo novios, o al menos alcanzando el estatus más parecido al noviazgo que era posible para unos adolescentes en Kakuma, y fueron muchas las veces que le dije que la quería. Estas palabras, cuando las usé entonces, no significaban lo que significaron mucho después en América, cuando supe que la amaba como un hombre ama a una mujer. En Kakuma éramos tan jóvenes; éramos cautelosos y castos. Ni siquiera en un campo como ese resulta adecuado que unos jóvenes demuestren su afecto en público. Quedábamos para dar un paseo al salir de la iglesia, nos escapábamos siempre que podíamos. Asistíamos juntos a los eventos, comíamos con amigos, charlábamos en la cola de la comida. Yo contemplaba su cara en forma de corazón, sus ojos brillantes y sus redondas mejillas, y para mí lo era todo. Pero ¿qué era en realidad? Quizá no era nada.
Ella abandonó Kakuma antes que yo. Era algo extraordinario porque hubo muy pocas chicas sudanesas que emigraran a Estados Unidos, y casi ninguna que tuviera padres en el campamento. Tabitha afirma que fue cuestión de suerte, pero creo que su madre encaró el proceso con inteligencia. Cuando los rumores de recolocación se hicieron realidad, su madre estaba radiante; sabía que Estados Unidos estaba interesado en menores sin acompañantes. Tener padres en Kakuma disminuía las posibilidades de ser seleccionado. Permitió que sus hijos mintieran, y ella optó por desaparecer y se instaló en otra parte del campo. Tabitha y sus tres hermanos fueron considerados huérfanos, y como eran jóvenes, más jóvenes que la mayoría de nosotros, fueron escogidos, se les proporcionó un pasaje e incluso se les mantuvo juntos una vez estuvieron en América.
Con su madre aún en Kakuma, Tabitha y sus hermanos se instalaron en un apartamento de dos habitaciones en Burien, un barrio de Seattle, y asistieron juntos al instituto. Tabitha estaba encantada y no le costó adaptarse al estilo de vida americano. Su inglés era inglés americano, no el inglés con acento de Kenia que aprendí yo. Cuando se graduó, obtuvo una beca otorgada por la Fundación Bill y Melinda Gates para matricularse en la University of Western Washington.
Cuando llegué a Estados Unidos, casi dos años más tarde, ella me había olvidado, y yo a ella. No del todo, por supuesto, pero éramos lo bastante listos como para no aferrarnos a esa clase de apegos. Los sudaneses de Kakuma eran repartidos por todo el mundo, y sabíamos que no estaba en nuestras manos decidir nuestros destinos. Cuando me instalé en Atlanta, ya casi no pensaba en Tabitha.
Un día yo estaba hablando por teléfono con uno de los trescientos Niños Perdidos que me llaman regularmente, uno que vivía en Seattle. Se había declarado un alto el fuego en el sur de Sudán y él quería saber mi opinión, ya que asumía que yo mantenía contacto de primera mano con el ELPS. Me hallaba en plena explicación de lo equivocado que estaba, diciéndole que sabía más o menos lo mismo que él, cuando me interrumpió y dijo: «¿Sabes quién está aquí?». Le dije que no lo sabía. «Alguien que creo que conoces», dijo él. Pasó el teléfono a otras manos y yo esperaba oír la voz de un hombre, pero lo que llegó a mis oídos fue una voz femenina.
—¿Hola? ¿Hola, quién es? ¿Hay un ratón al otro lado de la línea? —dijo ella.
¡Menuda voz! Tabitha se había convertido en una mujer. Su voz era más profunda, parecía llena de experiencia, capaz de manejar el mundo. Esa clase de confianza me deja sin habla. Pero la reconocí al instante.
—¿Tabitha?
—Claro, cielo —dijo ella en inglés. Su acento americano era casi perfecto. Había aprendido mucho en los dos años de instituto. Charlamos de tonterías durante unos minutos hasta que le espeté la única pregunta que quería hacerle desde el principio.
—¿Tienes novio?
Tenía que saberlo.
—Claro que sí, cariño —dijo ella—. No te he visto desde hace tres años.
¿Dónde había aprendido palabras como «cielo» y «cariño»? Eran embriagadoras. Aquel día nos pasamos una hora hablando, a la que siguieron más horas durante la semana. Me decepcionaba que saliera con alguien, pero no podía afirmar que fuera una sorpresa. Tabitha era una sudanesa impresionante, y hay pocas sudanesas solteras en Estados Unidos: doscientas, quizá; tal vez incluso menos. De los miles de sudaneses trasladados bajo los auspicios del transporte aéreo de los Niños Perdidos, solo había ochenta y nueve mujeres. Muchas de ellas ya se han casado, y la escasez resultante nos pone las cosas difíciles a los hombres como yo. Y si miramos fuera de la comunidad sudanesa, ¿qué podemos ofrecer? Con nuestra falta de dinero, nuestra ropa donada por la iglesia, los pequeños apartamentos que compartimos con otros dos o tres refugiados, no es que seamos príncipes azules, al menos aún no. Existen incontables ejemplos de relaciones amorosas, por supuesto, con mujeres afroamericanas, americanas blancas, europeas. Pero, por lo general, los sudaneses de América intentan conocer a mujeres de su país, y esto para muchos implica verse obligados a regresar a Kakuma o incluso al sur de Sudán.
Pero Tabitha, codiciada por muchos de los que viven en América, me escogió a mí.
—Michael, por favor —digo.
Quiero sacarle de mi habitación y traerle a la cocina, donde pueda verle y donde sé que no estará a solas con las fotos.
—Necesito hablar contigo. Y creo que te interesará lo que tengo que decirte.
Soy tonto al pensar que este chico pueda comprenderme. Pero, por así decirlo, los chicos son mi especialidad. En Kakuma yo era un líder juvenil; me encargaba de supervisar las actividades extraescolares de seis mil jóvenes refugiados. Trabajé para la oficina del Alto Comisionado para Refugiados de la ONU, y colaboré en la organización de partidos, ligas deportivas, obras de teatro. Desde mi llegada a América he hecho un gran número de amigos, aunque tal vez ninguno sea tan importante para mí como Allison, la única hija de Anne y Gerald Newton.
Los Newton fueron la primera familia americana que se tomó interés por mí, incluso antes que Phil Mays. Llevaba apenas unas semanas en el país cuando me pidieron que diera una charla en una iglesia episcopal, y cuando lo hice conocí a Anne, una afroamericana de ojos llorosos y manos pequeñas y frías. Me preguntó si podía ayudarme. No estaba seguro de cómo podía hacerlo, pero ella dijo que lo discutiríamos mientras cenábamos, así que fui a cenar con Anne, Gerald y Allison. Formaban una próspera familia que vivía en una casa grande y cómoda, cuyas puertas me abrieron de par en par; me prometieron acceso a todo lo que tenían. En aquel momento Allison tenía doce años y yo veintitrés, pero en muchos aspectos parecíamos iguales. Jugábamos a baloncesto delante de su casa y montábamos en bici, como hacen los críos, y ella me habló de las dudas que tenía sobre un compañero de colegio llamado Alessandro. Allison sentía debilidad por los niños de ascendencia italiana.
—¿Debería escribirle una carta muy larga? —me preguntó ella un día—. ¿A los chicos les gustan las cartas, o se sienten intimidados ante el exceso de información, el exceso de entusiasmo?
Le dije que una nota me parecía buena idea, siempre que la carta no fuera demasiado larga.
—Pero, incluso en ese caso, una nota es algo permanente. Nunca podré retirarla. Es un riesgo increíble, ¿no crees, Valentino?
En aquel entonces Allison era, y sigue siendo, la joven más inteligente que he conocido nunca. Ahora tiene diecisiete años pero incluso a los doce hablaba con una elocuencia que a veces provocaba escalofríos. Sus palabras, entonces y ahora, salen de su boca en forma de frases perfectas, como si las hubiera escrito antes, y en voz baja, a través de unos labios que apenas se mueven. Siempre he sentido curiosidad por verla interactuar con sus compañeros de clase, porque es totalmente distinta de cualquier adolescente que haya conocido. A los trece años parecía haber decidido que era una adulta y deseaba ser tratada como tal. Incluso con doce y trece años usaba ropa y gafas de estilo conservador, y con el pelo bien sujeto en la nuca, aparentaba casi treinta. Sin embargo, no era inmune a la diversión adolescente. Fue Allison quien me enseñó a anotar los cumpleaños de la gente en mi móvil, así que me lancé a preguntar a todos mis conocidos cuándo cumplían años; aunque había quien me miraba con perplejidad, para mí supuso un gran placer, un placer que nacía de cierta sensación de orden. En última instancia, Anne sugirió que, en cierto modo, yo podía considerarme aún un adolescente, ya que, en su opinión, había sido privado de la infancia. Pero no estoy seguro de que esta sea la razón por la que me siento próximo a Allison, o por la que simpatizo con este tal Michael.
Los humanos se dividen entre los que aún pueden ver el mundo a través de los ojos de la juventud y los que no. A pesar de que no suelo ganar nada con ello, me resulta fácil meterme en la piel de casi cualquier chico y soy capaz de conjurar mi propia juventud con una facilidad fastidiosa.
—Michael —repito, sorprendido del tono de cansancio que se detecta en mi voz.
Se cierra la puerta de mi habitación. Yo estoy aquí, él está allí, y así son las cosas.
La mañana posterior a mi paso por el campo de aviación y después de haber dormido unas cuantas horas encaramado a un árbol, me desperté y los vi. Era un gran grupo de chicos, a unos cien metros. Aguardé a que mis ojos se habituaran a la luz y luego volví a mirar. Parecían ser al menos treinta, todos sentados en círculo. Un hombre se hallaba de pie, en el centro de la circunferencia, gesticulando de forma ostentosa. Sabía que los chicos eran dinkas y vi que no huían, así que bajé del árbol y me encaminé hacia el grupo. Era difícil de creer que pudiera darse una reunión así. Cuando estuve lo bastante cerca vi que se trataba de Dut Majok, el profesor de los chicos mayores de Marial Bai. No pareció sorprenderse al verme.
—¡Achak! Bien. Me alegro mucho de encontrarte vivo. Ahora estás a salvo. Aquí hay otros chicos de tu pueblo. Mira.
Miré con atención al hombre que me llamaba por mi nombre. ¿Podía ser de verdad Dut Majok? Sacó del bolsillo un pedazo de papel color verde río y, con un pequeño lápiz naranja, anotó algo. Luego dobló el papel y lo devolvió al bolsillo.
—¿Cómo has llegado hasta aquí? —pregunté.
—Bueno, no estoy loco, Achak. No tanto como para intentar ir andando hasta Jartum.
Era, sin duda, Dut Majok, e iba bien vestido y limpio. Parecía un estudiante universitario, o alguien a punto de emprender un importante viaje de negocios. Llevaba pantalones de algodón de color gris claro y una camisa blanca, sandalias de cuero y un amplio sombrero de tela, color crema, en la cabeza.
Posé mis ojos en el grupo: todos eran chicos de mi franja de edad, algunos mayores, otros más pequeños, pero todos de talla similar y aspecto hambriento, cansado, y en absoluto feliz de verme. Algunos iban cargados con bolsas, pero la mayoría iban como yo, sin nada, como si hubieran huido de sus pueblos en mitad de la noche. No conocía a ninguno.
—Nos dirigimos a Bilpam —dijo Dut—. ¿Conoces el lugar? Vamos hacia el este, hacia Bilpam, donde estaréis a salvo de todo esto. Andaremos un rato y luego se os dará de comer. Estos chicos son como tú. Han perdido sus hogares y sus familias. Necesitan un santuario. ¿Conoces esta palabra? Es una palabra inglesa. Es allí adonde vamos, chico. A Bilpam. ¿No es así, chicos?
Los chicos miraron a Dut con expresión hosca.
—Luego, cuando todo esto haya pasado, volveréis con vuestras familias, a vuestros pueblos. A lo que quede de ellos. Por el momento es lo único que podemos hacer.
En la masa de chicos reinaba el silencio.
—¿Estáis todos listos? Recoged lo que tengáis y partamos. Vamos hacia el este.
Partí con ellos. No tenía elección. No quería seguir corriendo a solas, de noche, y decidí que me quedaría en su compañía durante un día y una noche; luego ya decidiría qué hacer. Así que partimos, en dirección al sol naciente. Avanzábamos en parejas y solos, la mayoría de nosotros en fila de a uno, y aquella primera mañana — algo que nunca se repetiría— anduve con energía y entusiasmo. Caminábamos convencidos de que el camino se terminaría en cualquier momento. No sabíamos nada de Bilpam, de la guerra, ni del mundo. Durante el camino los chicos que andaban a mi lado me informaron de que Dut había ido al colegio en Jartum y había estudiado economía en El Cairo. Dut era el único en el grupo mayor de dieciséis años. La confianza que en él depositaban los demás chicos parecía inquebrantable. Pero cuanto más andábamos, más me convencía de que no pertenecía a aquel grupo. Estos chicos parecían estar seguros de que sus familias habían muerto, y a pesar de lo que me habían dicho el viejo y la mujer del bebé a la luz del fuego, yo me había convencido de que eso no le había sucedido a la mía. A medida que la tarde se desvanecía, me situé junto a Dut.
—¿Dut?
—Sí, Achak. ¿Tienes hambre?
—No. No, gracias.
—Bien. Porque no tenemos comida.
Sonrió. Solía creerse gracioso.
—Entonces, ¿qué pasa? ¿Quieres caminar delante, conmigo?
—No, gracias. Estoy bien al final.
—De acuerdo. Porque iba a advertirte que solo los escogidos por mí pueden caminar en primera línea, conmigo. Y a ti aún no te conozco muy bien.
—Sí. Gracias.
—¿Qué pasa pues? ¿Qué puedo hacer por ti?
Esperé un momento para asegurarme de que estaba preparado para oír lo que iba a decirle.
—Solo quiero ir a Marial Bai. No quiero ir a Bilpam.
—¿Marial Bai? ¡Viste cómo quedó Marial Bai desde el árbol al que te subiste! ¿No te acuerdas? Marial Bai se ha convertido en el hogar de los baggaras. Ya no hay nada allí; no hay casas, no hay dinkas. Solo polvo, caballos y sangre. Lo viste. Nadie vive allí ahora. Achak, para. Achak.
Leyó algo en la expresión de mi cara. Yo estaba agotado, y supongo que fue entonces cuando todo se me vino encima. La posibilidad, la probabilidad incluso, de que lo que el destino de los que habían muerto en Marial Bai, el destino de las familias de estos chicos taciturnos, hubiera sido también el de mi propia familia. Los imaginé acuchillados, heridos, surcados de cicatrices. Vi a mi padre caer de un árbol, muerto antes de tocar el suelo. Oí los gritos de mi madre, atrapada en la casa en llamas.
—Achak. Achak. Basta. No mires así. Para.
Dut me cogió por los hombros. Sus ojos eran pequeños y quedaban ocultos tras una serie de pliegues superpuestos que parecían querer racionar la entrada de la luz.
—Este grupo no llora, Achak. ¿Ves llorar a alguien? Nadie llora. Tu familia podría estar viva. Muchos sobreviven a estos ataques. Tú lo sabes. Tú has sobrevivido. Estos chicos han sobrevivido. Lo más probable es que tu madre y tu padre estén huyendo ahora mismo. Podemos encontrárnoslos. Sabes que esa posibilidad existe. Todo el mundo huye. ¿Adónde huimos? Huimos en mil direcciones distintas. Todos vamos hacia donde sale el sol. Ese lugar es Bilpam. Vamos a Bilpam porque me dijeron que Bilpam sería un refugio seguro para un puñado de chicos. Así que aquí estamos: tú, yo y estos chicos. Pero Marial Bai no existe ahora. Si encuentras a tus padres, no será en Marial Bai. ¿Lo entiendes?
Lo entendí.
—Bien. Se te da bien escuchar, Achak. Escuchas y sacas conclusiones sensatas. Esto es importante. Cuando quiera hablar sensatamente con alguien te buscaré. Bien. Ahora tenemos que seguir. Tenemos un largo camino por recorrer antes de que anochezca.
Entonces caminé con confianza. Estaba convencido de que, inmerso en un grupo como este, lograría encontrar a mi familia o ser encontrado. Andaba en la cola de una línea formada por tres docenas de chicos, todos más o menos de mi edad, un puñado lo bastante mayor como para tener vello en el sobaco. Me dije que era una buena idea seguir con ellos, con tantos chicos, y con un cabecilla tan capacitado como Dut. Me sentía seguro con todos estos chicos, algunos casi hombres, porque si venían los árabes podríamos hacer algo. Tantos chicos harían algo. ¡Y si tuviéramos armas! Se lo mencioné a Dut: le dije que deberíamos llevar armas.
—Estaría bien, sí —dijo él—. Tuve una en el pasado.
—¿Disparaste?
—Sí. Disparé muchas veces.
—¿Podemos conseguir alguna?
—No lo sé, Achak. No son fáciles de encontrar. Ya veremos. Creo que deberíamos encontrar hombres armados que nos ayudaran. Pero por ahora nuestro número nos mantiene a salvo. El grupo es nuestra arma.
Yo estaba seguro de que correría la voz de la existencia de un grupo como el nuestro y de que mis padres vendrían a por mí. Me parecía bastante lógico, y por ello compartí la idea con el chico que caminaba delante de mí, un chico llamado Deng. Deng era bajito para su edad, tenía una cabeza demasiado grande para su frágil complexión, y se le veían las costillas, finas como los huesos de las alas de un pájaro. Dije a Deng que estaríamos más seguros y encontraríamos más fácilmente a nuestras familias si nos quedábamos con Dut. Deng se rió.
—¿Acaso los árabes temían a los chicos de tu ciudad? —preguntó él.
—No.
—¿Dispararon contra ellos?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué crees que los árabes nos tendrán miedo? No seas tonto. No temen a nuestros hermanos ni a nuestros padres. Si nos encuentran, se nos llevarán o nos matarán. No estamos a salvo, Achak, precisamente al contrario. Nunca estamos a salvo. No hay presas más fáciles que los chicos como nosotros.
Como he dicho ya, Michael, estoy seguro de que la tuya es una historia triste. No voy a descartarlo. No creo que el hombre y la mujer que te dejaron aquí sean tus padres. Así que, ¿dónde están tu padre y tu madre? No puede ser una historia feliz. Pero vas vestido, y estás bien alimentado; conservas los dientes y la salud, y seguramente tienes tu propia cama.
Pero estos chicos no eran tan afortunados. No oí muchas de sus historias, porque todos asumíamos que procedíamos de circunstancias similares. No teníamos ningún interés en oír más relatos de violencia y de pérdida. Me limitaré a contarte la historia de Deng, o mejor dicho dejaré que sea Deng quien te la cuente, como me la explicó a mí, mientras caminábamos a media tarde por una tierra más tropical que Marial Bai en aquella época del año. Ya estábamos muy lejos de casa.
El pueblo de Deng no se diferenciaba mucho del mío. Él estaba en los campos de pasto, a unos kilómetros de distancia, cuando llegaron los murahaleenes. Empezaron los disparos, los chicos mayores cayeron derribados y el campo de pasto fue tomado de inmediato.
—Corrí —dijo Deng—. Volví corriendo a la ciudad, pensando que sería lo mejor, pero era allí hacia donde se dirigían los jinetes. Fue una estupidez por mi parte. Corrí hacia mi casa que ya estaba en llamas. A los árabes les encanta quemar casas. ¿Los viste hacerlo?
Deng siempre me hacía esa clase de preguntas.
—Luego fui hacia la escuela —prosiguió—. Era un edificio sencillo, de cemento y techo de calamina, pero parecía más seguro, y sabía que no ardería porque el maestro siempre nos lo había dicho: el modo en que estaba construido impedía que ardiera. Así que corrí hacia el colegio y me escondí allí; permanecí todo el día en la escuela, acurrucado en la taquilla donde guardaban el material.
Parecía un escondrijo bastante tonto, dado que siempre buscaban a chicos para llevárselos. Pero no se lo dije a Deng. Solo pregunté si los árabes entraron en el colegio en busca de gente.
—¡Sí! Claro que sí. Pero yo seguía escondido en el armario, un armario de metal. Estaba en el estante de abajo, y coloqué una bolsa de pita a mi alrededor. Estaba en el estante inferior cubierto por la bolsa de pita, y no me vieron, aunque un hombre abrió la taquilla. Me quedé allí durante dos días, mientras ellos prendían fuego a la ciudad.
Pregunté a Deng cómo había podido permanecer tanto tiempo en un espacio tan reducido.
—¡Oh, me avergüenza reconocer que me ensucié los pantalones! En ese momento cagué y aún no puedo entender cómo no lo olieron. Todavía me da vergüenza haberme cagado en los pantalones. Y caminé con ellos puestos durante muchos días, Achak. Con esos mismos pantalones. Me quedé dos días en la taquilla. No salí ni una sola vez. Vi cómo se hacía de día, y luego de noche, a través del agujero de la cerradura. Dos veces vi nacer y morir el día. No dejaba de oír el ruido de los caballos y de los árabes. Había hombres durmiendo en la escuela y pude oírlos.
—¿No volvieron a abrir la taquilla?
—¡Sí! La abrieron muchas veces, Achak. Pero fue aquí cuando mis heces se convirtieron en mi aliado y no en mi enemigo. Cada vez que abrían la puerta, la peste de mis heces les daba náuseas. Eso me alegró tanto… Estaba castigando a los cabrones árabes con mis heces y eso me hacía sentir orgulloso. En diez ocasiones abrieron la taquilla y en todas ellas volvían a cerrarla con una mueca de asco, dejándome a salvo. Cerraban de una patada. Cabrones imbéciles. Creyeron que ahí dentro había algún animal muerto.
Me sorprendía la cantidad de insultos que sabía Deng.
—Finalmente los árabes abandonaron el colegio. Dejé de oírlos, así que abrí despacio la puerta. Estaba irritado por las horas que había permanecido sentado, y por no tener ni agua ni comida. Cuando salí no había nadie en el colegio pero había hombres fuera. La mayoría se habían ido, pero algunos se habían quedado. Hombres a camello y algunos soldados. No sé por qué estaban allí, pero vivían en nuestras casas, las que no habían quemado. Dos vivían en la casa de mi abuela. Me enfermaba verlos entrar y salir de su casa como si fuera suya. Me oculté en la escuela hasta la noche y luego me fui. No fue difícil. Yo solo era un chico y la noche era muy oscura. De manera que me marché del pueblo; corrí y corrí, hasta estar lo bastante lejos como para sentirme seguro. Corrí hasta que se hizo de día y encontré un pueblo donde dos hombres dinkas me acogieron y me dieron de comer. La primera vez que me oyeron se asustaron. Salí de la maleza y uno de ellos me apuntó con un arma. Tenía una pistola pequeña, que le cabía en la mano. Así.
Deng me apuntó con el dedo, pequeño y huesudo.
—Los hombres parecían asustados, pero luego vieron que era solo un niño. Luego me olieron. Me reprendieron a gritos por la peste que echaba. Me disculpé. Me llevaron al arroyo y me metieron en él a patadas; me dijeron que permaneciera en el agua hasta que estuviera limpio. Me quité la ropa, la froté y vi cómo mis heces se convertían en parte del río.
Lo divertido, Michael, es que Deng aún apestaba, incluso mientras contaba la historia del olor. De verdad que olía a rayos, la peste no desaparecía de su ropa. Pero debería añadir que todos olíamos mal; era casi imposible separar un olor de otro.
—Me uní a esos hombres durante un tiempo —prosiguió Deng—. No sabía adónde íbamos, pero me sentía mucho mejor en compañía de dos adultos. Nos pasábamos el día escondiéndonos. Los hombres temían cualquier ruido y evitaban a todo el mundo. Les pregunté por qué y me dijeron que tenían miedo de los árabes y de los soldados. Pero también huían de otros dinkas. Caminábamos de noche y cuando llegábamos a un pueblo donde había gente me decían que me introdujera en él a hurtadillas a robar comida. Me arrastraba hasta una cabaña y robaba nueces, carne o lo que encontraba. Una vez cogí una cabra. La engañé con un mango para que me siguiera hasta el bosque. Fue idea de los hombres. Me dijeron que usara un mango como cebo para atraer a la cabra. Yo había robado el mango la noche anterior. Así que lo hice y funcionó. La cabra vino hasta nosotros y la mataron con una piedra; aquella noche nos comimos parte de la cabra y guardamos el resto. A los hombres se les daban bien estas cosas. Tenían buenas ideas y conocían un montón de trucos. Mi alianza con ellos funcionó hasta que llegamos a un pueblo que había sido tomado por el ELPS. Mis compañeros se apresuraron a dar media vuelta y a alejarse sin ser vistos, internándose en la maleza, cuando nos topamos con un soldado rebelde que parecía patrullar por el límite de la ciudad. El soldado no era muy distinto de los hombres. Se puso a hacerles preguntas. ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué no estáis en Kapoeta? ¿Quién es ese chico? Cosas así. Creo que el soldado sabía que los hombres iban conmigo. Les dijo que esperaran mientras iba en busca de refuerzos. El soldado se giró para volver hacia el campamento y fue entonces cuando uno de los hombres le hundió un cuchillo en la espalda. Le clavó el cuchillo justo aquí.
Deng señaló el centro de mi espalda.
—Entró con gran facilidad. Me quedé sorprendido. Y el hombre del ELPS cayó hacia delante, en silencio, y murió. Salimos huyendo de nuevo. Corrimos, y nos pasamos la noche escondidos, y en algún momento me dije que esos hombres debían de haber estado en el ELPS. Habían sido rebeldes y habían abandonado, algo que no le está permitido a un soldado. Si abandonas, cualquiera puede matarte. ¿Lo habías oído?
No lo había oído
—Entonces decidí que tenía que alejarme de esos hombres. Pero el problema era que estaba seguro de que a mí me pasaría lo mismo. Ellos temían que la gente del ELPS les pegara un tiro por desertar, y yo temía que esos hombres acabaran conmigo si me iba. Parecía dárseles bien matar a gente. Era de lo más raro, Achak. Estoy tan confundido… ¿Tú también estás confundido?
Le dije que también yo estaba confundido.
—De manera que seguimos adelante; yo esperaba la ocasión de huir de ellos. Después de ocho días juntos, íbamos caminando por una carretera y vi un camión. Los hombres corrieron a ocultarse en el bosque y yo esperé a que pasara. Cuando se acercó el camión me percaté de que a bordo iban rebeldes. Esto me dio una idea. Pegué un salto y corrí hacia el camión. Sabía que los desertores no dispararían contra mí por miedo a ser descubiertos por los rebeldes. Así que corrí hacia el camión y pedí a gritos que pararan. Se detuvieron y me subieron a bordo. Me senté en el camión rodeado de rebeldes. Al principio tuve mucho miedo porque todos llevaban armas. Estaban muy cansados, parecían malos y me miraban con odio. Pero me quedé callado y, como seguí sin decir nada, acabé cayéndoles bien. Fuimos hasta otro pueblo y dejaron que me quedara con ellos. ¡Era un rebelde, Achak! Viví en su campamento durante semanas, con un hombre llamado Malek Kuach Malek. Era un comandante del ELPS. Era muy importante. Tenía una gran cicatriz aquí.
Deng dibujó una línea con el dedo desde mi sien a mi oreja.
—Decía que era de una bomba. Decía que pronto me convertiría en soldado, que me entrenaría. Me convertí en su ayudante. Iba a buscar agua para él y le limpiaba las gafas, y apagaba y encendía la radio. Le gustaba decirme que lo hiciera en lugar de hacerlo él mismo. Juntos escuchábamos la emisora de los rebeldes, y a veces las noticias de la BBC. Fue un buen padre para mí, me permitía comer la misma comida que tomaba él, un comandante, y pensé que sería su hijo para siempre, Achak. Deseé seguir viviendo con él durante el mayor tiempo posible.
La idea de vivir en un lugar me resultó muy atrayente aquel día.
—Entonces, un día, llegó el ejército del gobierno. Malek no estaba en casa cuando oí que el tanque se acercaba. Todos los rebeldes se dispersaron, listos para luchar, y un segundo después el tanque salió con estrépito de entre los árboles. Todo explotó, y yo corrí. Corrí solo, corrí hasta dar con un camión que había sido quemado. Era el único que había sido pasto de las llamas, de manera que aquella noche me escondí en él hasta que cesaron los disparos. Por la mañana no vi a nadie. Malek había desaparecido, los rebeldes habían desaparecido y los soldados del gobierno habían desaparecido. De manera que caminé en la dirección que creí que habían tomado los rebeldes. Y al final encontré un pueblo que no había sido atacado, donde conocí a una mujer muy amable que se dirigía a Wau. Me monté con ella en un autobús. Planeaba irme a Wau, a vivir con esa mujer. Ella dijo que allí estaría a salvo, que podría ser su hijo. Subí al autobús y estuvimos un rato viajando, y me dormí. Unos gritos me despertaron. El autobús se había detenido. Miré por la ventanilla: eran rebeldes. Había al menos diez, armados con rifles, gritándole al conductor. Nos obligaron a bajar del autobús. Hicieron que todo el mundo explicara adónde iba. Entonces cogieron…
—¿De dónde has sacado esta camisa?
Dut se había desplazado hasta el final de la fila, cerca de nosotros, y se fijó en Deng. La camisa de Deng le pareció curiosa.
—Me la dio mi padre —dijo Deng—. La compró en Wau.
—¿Sabes para qué se usa esa clase de camisas?
—No —dijo Deng, que sabía que Dut se estaba riendo de su camisa—. Mi padre decía que era una camisa de muy buena calidad.
Dut sonrió y pasó el brazo por encima de los hombros de Deng.
—La llaman camisa de esmoquin, hijo. Suele llevarse en las bodas. Llevas la camisa de un novio en el día de su boda. —Dut se rió—. Pero nunca había visto una de color rosa —añadió, y soltó una carcajada más fuerte.
Deng no se rió. Fue una muestra de crueldad por parte de Dut decir eso, y, como se dio cuenta, intentó reparar la ofensa.
—¡Hemos formado un grupo bueno de verdad! —gritó, dirigiéndose a todos nosotros—. Sois unos caminantes excepcionales. Ahora seguid andando. Tenemos que caminar hasta la noche. Entonces llegaremos a un pueblo y podremos comer algo.
Olvidé entonces que Deng había estado contándome su historia y olvidé pedirle que la terminara. Todos los chicos llevaban a cuestas historias como esta, llenas de lugares donde creyeron que se quedarían, llenas de gente que los ayudó y que luego desapareció, llenas de fuegos, batallas y traiciones. Pero nunca llegué a oír el final de la historia de Deng y siempre me he preguntado cómo terminaba.
Pasamos por un paisaje extraño. Vimos campos asolados, cabras destripadas y decapitadas. Vimos los rastros que habían dejado caballos y camiones, la estela de hermosos casquillos de bala. Nunca había andado tanto en un solo día. No nos habíamos detenido desde la mañana y seguíamos en ayunas. El agua a la que habíamos tenido acceso la compartíamos de una palangana que Dut había traído consigo y cuyo transporte nos turnábamos.
Habíamos caminado durante todo un día cuando llegamos a un bullicioso pueblo que yo no había visto nunca. Era un pueblo perfecto. Sus habitantes iban y venían como solíamos hacer en Marial Bai. Las mujeres transportaban ramas y agua en sus cabezas, los hombres estaban sentados en el mercadillo, jugando al dominó y bebiendo vino. El pueblo parecía vivir ajeno a cualquier conflicto. Seguí al grupo hasta el centro del pueblo.
—Sentaos todos —dijo Dut, y nos sentamos—. Quedaos aquí. No os levantéis. No molestéis a nadie. No os mováis.
Dut se fue. Algunas mujeres se paraban a mirarnos cuando pasaban por nuestro lado, pero luego siguieron su camino. Tras ellas un perro vino husmeando hasta nosotros. Tenía el pelo corto y con clapas, de un color raro, casi azul en algunas partes.
—¡Un perro azul! —dijo Deng, y el perro fue hacia él, le lamió la cara y luego apoyó el hocico entre sus piernas—. ¡Un perro azul! Le caemos bien, Achak. Mira qué manchas tan extrañas tiene el perro azul.
Deng le rascó las orejas al perro, que de verdad parecía de color azul, y el animal enseguida se puso panza arriba mientras Deng le frotaba el culo con gran intensidad. El perro sacudía las patas a un lado y a otro. Resultaba raro estar parado, descansando en un pueblo desconocido. Acariciando a un alegre perro azul.
Un grupo de chicos mayores vino hasta nosotros. El mayor de todos no tardó en ahuyentar al perro y se plantó justo al lado de donde estábamos Deng y yo; estaba tan cerca que tenía que mirar directamente hacia arriba para ver la barbilla de su ancha cara. Calzaba unos brillantes zapatos blancos. Parecían nubes que nunca hubieran rozado la tierra.
—¿Adónde vais? —inquirió.
—A Bilpam —contesté.
—¿Bilpam? ¿Qué es Bilpam?
Caí en la cuenta de que lo ignoraba.
—Una gran ciudad, a muchos días de distancia —apunté. No tenía ni idea de su tamaño, ni de lo que nos quedaba por andar, pero quise conferir al viaje un aire definido e importante.
—¿Por qué? —preguntó el chico de los zapatos como nubes.
—Nuestros pueblos han sido quemados —dijo Deng.
Yo no quería contarle a este chico lo que había sucedido en Marial Bai. Al ver este pueblo, que se había mantenido inmune a la guerra, volví a sentirme avergonzado por no haber combatido mejor a los árabes, por haber permitido que quemaran nuestros hogares. Si este pueblo seguía intacto, no era el fin del mundo. Me dije que tal vez los árabes habían asolado los pueblos donde vivían los hombres más débiles.
—¿Quemados? ¿Por quién? —preguntó el chico, en tono escéptico.
—Por los baggaras —respondió Deng.
—¿Los baggaras? ¿Por qué no se lo impedisteis?
—Tenían rifles nuevos —dijo Deng—. Más rápidos. Podían matar a diez hombres en segundos.
El chico se rió.
—No podéis quedaros aquí —dijo otro chico.
—No pretendemos hacerlo —dije.
—Bien. Deberíais ir tirando. No sois más que peregrinos. Igual hasta traéis enfermedades. ¿Tenéis malaria?
En ese momento decidí que había terminado con esos chicos. No quería oír nada más. Les di la espalda. Enseguida noté un puntapié en la espalda. Procedía del chico de los zapatos blancos como nubes.
—Aquí no queremos mendigos. ¿Lo entendéis? ¿No tenéis familia?
No reaccioné, pero Deng se puso en pie de un salto y arremetió con la cabeza contra el pecho del chico. Al lado de este chico mayor y bien alimentado, Deng parecía un insecto.
—¡Chicos!
El que gritó era Dut. El grupo que nos acosaba se dispersó, y Dut salió del mercado acompañado de un hombre muy alto, de edad avanzada, vestido con una túnica color sangre. Este nuevo hombre llevaba un báculo y caminaba con decisión y aplomo. Cuando llegó hasta el círculo de chicos sentados se detuvo, perplejo, y soltó un profundo suspiro de sorpresa.
—Ya le he dicho que éramos muchos —dijo Dut.
—Ya lo sé, ya lo sé. Así que, ¿esto es lo que está pasando? ¿Chicos que se dirigen hacia Bilpam a pie?
—Es nuestra única esperanza, tío.
El jefe volvió a suspirar y observó al grupo; sacudía la cabeza y sonreía a la vez. Unos momentos después el jefe cogió el bastón con ambas manos, lo clavó con decisión en el suelo y regresó al pueblo.
—Bien, chicos. El jefe ha accedido a darnos de comer. Por favor, no os mováis y no pidáis nada. El jefe ha ido a que unas mujeres nos preparen yuca.
Lo cierto fue que una frenética actividad invadió las cabañas que nos quedaban más cerca. Las mujeres y las niñas se dispusieron a preparar la comida y, cuando terminaron, la repartieron entre nosotros, en raciones que nos sirvieron directamente en las manos; no había bastantes platos para tantas docenas de chicos y Dut había insistido en que eran innecesarios. Después de haber comido, y de que el jefe entregara a Dut dos sacos de nueces y dos bidones de agua, reemprendimos el camino, ya que no nos permitieron quedarnos más.
Aquel día me había sentido débil, me pesaban las piernas, pero la comida me había revitalizado y mejorado el estado de ánimo. Quería ver qué sucedería a continuación. Aunque me preocupaba por mi familia, me dije que si yo estaba a salvo, ellos también, y que hasta que nos reuniéramos viviría una especie de aventura. Había oído hablar de ríos tan anchos que los pájaros no podían sobrevolarlos: caían a medio camino y eran devorados por la incesante corriente. Había oído hablar de montículos que alcanzaban una altura tal que era como si la tierra se inclinara de lado, y de parajes que adoptaban una forma parecida al contorno de una persona dormida. Quería ver todas estas cosas y luego volver con mis padres para contarles mi viaje. Al imaginar ese momento noté que las cuerdas de mi interior se tensaban y tuve que respirar hondo para aflojarlas.
Anochecía y seguíamos andando, cruzándonos con gente por el sendero, pero cuando cayó la noche nos encontramos solos y el sendero desapareció.
—Caminad en línea recta —dijo Dut—. El sendero es reciente.
Yo había andado a oscuras muchas veces. Podía andar a la luz de la luna o en la noche más negra. Pero entonces, tan lejos de casa, sin camino marcado, el esfuerzo era enorme. Tenía que enfocar los ojos en la espalda del chico que iba delante y mantener el ritmo. Frenar, aunque fuera durante unos momentos, implicaba perder al grupo. Sucedía a veces, por la noche: un chico se salía de la fila, o se alejaba unos pasos para orinar, y se veía obligado a llamarnos a gritos para volver a encontrarnos. Quienes lo hacían recibían las burlas del resto, y a veces también golpes y patadas. Hacer ruido podía llamar la atención y esto era algo indeseable cuando las bestias se apoderaban de la noche.
Deng iba detrás de mí e insistía en cogerse de mi camisa. Era una práctica habitual aquella noche y lo fue también en algunas otras, sobre todo entre los niños más pequeños: coger la camisa de quien los precedía en la fila. Sin duda Deng y yo estábamos entre los más jóvenes del grupo. Los chicos más cómodos sacaban un brazo de la manga y dejaban que quienes los seguían se agarraran a ella como si fuera una correa. Muchos chicos lo hacían con sus hermanos menores. Había muchos hermanos en el grupo, y por las mañanas, cuando pasaban lista, cuando oía sus nombres, me embargaba una envidia enorme. Yo no sabía nada de mis hermanos: ni siquiera si estaban vivos, muertos o en el fondo de un pozo.
Aquella noche nos detuvimos en un claro y se envió a algunos chicos al bosque, a buscar leña. Pero los chicos escogidos por Dut no querían ir. La jungla era un espacio rebosante de ruidos, gemidos de animales y pasos en la maleza.
—Yo no voy —dijo un chico de aspecto fortachón.
—¿Qué? —gritó Dut.
Era obvio que él también estaba cansado, hambriento, y al límite de su paciencia.
—¿No quieres encender una hoguera? —preguntó Dut.
—No —replicó el chico.
—¿No?
—No. Me importa un rábano tener fuego o no.
Fue la primera vez que Dut golpeó a un chico. Le cruzó la cara con el dorso de la mano y el chico cayó al suelo, entre gemidos.
—¡Tú, tú, tú! —balbució Dut. Parecía tan sorprendido por el golpe como el chico. Pero no cedió—: Ahora, ve. ¡Ve!
Dut se apresuró a elegir a otros tres chicos, se apiló la leña, y cuando hubo prendido el fuego nos sentamos alrededor de la hoguera. La mayoría se durmió enseguida, pero Deng y yo permanecimos despiertos contemplando las llamas.
—No quería pegar a ese chico —dijo Dut.
Deng y yo nos percatamos de que hablaba con nosotros. Éramos los únicos que seguíamos despiertos. No contestamos, porque no se me ocurrió nada apropiado que decir. En su lugar pregunté a Dut por algo que había dicho el viejo: que los jinetes se habían rebajado a la altura de las bestias. Nadie me había explicado aún por qué habían atacado Marial Bai. Le conté a Dut lo que había dicho el hombre, que los baggaras habían descendido al nivel de los animales, que estaban poseídos por espíritus que los habían transformado en hombres león.
Dut me miró. Parpadeaba y en su cara se apreciaba una sonrisa dura.
—¿De verdad dijo eso?
Asentí.
—¿Y te lo has creído?
Me encogí de hombros.
—Achak —dijo él, y clavó la mirada en el fuego durante unos largos minutos—. No es mi intención desautorizar las palabras de ese anciano. Pero no son hombres león. Son árabes comunes. Os contaré cómo hemos llegado a esta situación, chicos, aunque quizá no lo comprendáis del todo. ¿Queréis oírlo?
Deng y yo asentimos.
—Soy maestro, y esto es lo que pienso. Os veo aquí sentados, escuchando, y quiero contároslo. ¿Estáis seguros de que queréis oírlo?
Deng y yo insistimos en que así era.
—Muy bien. ¿Por dónde debería empezar? Bien. Empezaré con un hombre llamado Suwar al-Dahab. Es el ministro de Defensa del gobierno de Jartum.
—¿Qué es Jartum? —interrumpió Deng.
Dut suspiró.
—¿De verdad no lo sabes? En Jartum es donde está el gobierno, Deng. El gobierno central del país. De todo Sudán. ¿No lo sabías?
—Pero el jefe es el que más manda en el país —insistió Deng.
—Es el que más manda en tu pueblo, Deng. Vaya, ahora no estoy seguro de que podáis entenderme.
Le rogué que lo intentara, y Dut dedicó un rato a explicarnos la estructura del gobierno, formado por tribus, jefes y el antiguo Parlamento, y a hablarnos de los árabes que gobernaban Jartum.
—Habéis oído hablar de los anyanyas, ¿verdad, chicos? Veneno de serpiente. Es el grupo rebelde que precedió al ELPS. Vuestros padres fueron probablemente miembros de este grupo. Todos vuestros padres lo fueron.
Deng y yo asentimos con la cabeza. Yo sabía que mi padre había servido con los anyanyas.
—Bien, ahora tenemos al ELPS. Algunas metas son las mismas; otras son nuevas. ¿Recordáis los primeros ataques de los helicópteros?
Dijimos que sí.
—Bien, pues los helicópteros eran del gobierno. Atacaron en represalia por los actos cometidos por un hombre llamado Kerubino Bol. Estaba en el ejército sudanés. ¿Recordáis cuando en el ejército había tanto árabes como dinkas? Sé que tú te acuerdas, Achak. Había muchos destinados en Marial Bai.
Le dije que lo recordaba.
—Kerubino era el comandante del batallón Ciento cinco, destinado en una gran ciudad llamada Bor. Bor está en el sur de Sudán, en una región llamada el Nilo Superior. La gente de allí son como vosotros, pero distinta. Aunque todos somos dinkas, las costumbres difieren. En muchos clanes sus miembros se hacen cicatrices cuando llegan a la edad adulta. Seguro que lo habéis oído. Hay otra ciudad donde todos los hombres fuman en pipa. Tenemos costumbres distintas, pero todos somos dinkas. ¿Lo entendéis? Este es un país muy grande, chicos; imaginad algo muy, muy grande, y luego doblad su tamaño.
Deng y yo asentimos al unísono.
—Bien. Kerubino y sus hombres llevaban algún tiempo en Bor y estaban contentos allí. Conceder este tipo de poder a una parte del sur de Sudán formaba parte del acuerdo de paz que se firmó con los anyanyas. En Bor, Kerubino y sus hombres estaban rodeados de su gente, muchos habían trasladado a sus familias a la ciudad y vivían felices. No tenían que trabajar mucho. Ya habéis visto a los soldados. No les gusta mucho moverse. Un día empezaron a circular rumores de un traslado al norte, rumores que no fueron bien recibidos: aquellos hombres no querían un destino que los alejara de sus familias. El hecho de que Jartum no les pagara lo que les había prometido empeoró la situación. Las cosas fueron a peor, y al final los leales a Jartum, a sabiendas de que Kerubino planeaba un motín, atacaron el batallón Ciento cinco. Kerubino Bol huyó con el batallón en pleno a Etiopía. Ahí es adonde vamos, chicos. Bilpam está en Etiopía. ¿Lo sabíais?
Paramos la historia allí. Deng y yo no habíamos oído nunca la palabra «Etiopía». No sabíamos lo que era.
—Es un país, igual que Sudán —explicó Dut.
—Si es igual, ¿por qué es un sitio distinto? —preguntó Deng.
Dut tenía mucha paciencia.
—En Etiopía —siguió—, un hombre llamado John Garang se unió a Kerubino. Era un coronel del ejército sudanés que también había huido. Más tarde, el batallón Ciento cuatro, destinado en Ayod, también se refugió en Etiopía. Para entonces ya era todo un movimiento. Había cientos de soldados entrenados, la mayoría dinkas, que configuraron el nuevo ejército rebelde: el ELPS. Así empezó este estadio de la guerra civil. ¿Me habéis entendido hasta aquí?
Asentimos.
—Cuando John Garang inició el movimiento rebelde, el general Dahab se enfadó mucho, al igual que todo el gobierno de Jartum. Quisieron aplastarlos. Pero los rebeldes eran muchos. Estaban bien armados y tenían algo por lo que luchar. Esto los hacía muy peligrosos. Y contaban con la ayuda de Etiopía, lo que los convertía en una amenaza aún mayor.
—¿Los rebeldes tienen rifles? —pregunté.
—¡Rifles! Por supuesto. Tenemos rifles, artillería y lanzacohetes, Achak.
Deng soltó una carcajada y yo sonreí, orgulloso. Me convencí de que los hombres que habían golpeado a mi padre eran distintos de esos rebeldes. O de que quizá los rebeldes habían aprendido mejores modales.
—El gobierno se enfadó mucho ante la nueva presencia rebelde, y fue entonces cuando envió los helicópteros. El gobierno quemó los pueblos como castigo por apoyar a los rebeldes. Es fácil arrasar un pueblo, ¿verdad? Más fácil que derrotar a un ejército. De manera que mientras los hombres huían a Etiopía para entrenarse, el ELPS seguía creciendo e incluso ganando algunas batallas. Ocuparon tierras. Las cosas pintaban mal para el gobierno. Tenían un problema. Necesitaban más soldados, más armas. Pero dotar a un ejército sale caro: a los soldados hay que pagarles, alimentarles, darles armas. Así que el general Dahab usó una estrategia que ya habían utilizado otros gobiernos: armó a otros para que realizaran las funciones del ejército. En este caso, entregó armas automáticas a decenas de miles de árabes, entre ellos a los baggaras. Muchos procedían del otro lado de Bahr al-Ghazal. Miles venían de Darfur. Los visteis, a ellos y sus armas. Armas que disparan cien balas en el tiempo que se necesitaría para disparar un rifle dos veces. No podemos defendernos contra esas armas.
—¿Y por qué a estos no hacía falta que les pagara? —pregunté.
—Buena pregunta. Los baggaras habían luchado tiempo atrás contra los dinkas por las tierras de pasto y por otras cuestiones. Supongo que ya lo sabéis. Durante muchos años ha existido una relativa paz entre las tribus del sur y las tribus árabes, pero al general Dahab se le ocurrió la idea de romper la paz, de suscitar el odio de los baggaras. Cuando les dio esas armas, los baggaras se dieron cuenta de que tenían una gran ventaja sobre los dinkas. Disponían de AK-47, mientras nosotros usábamos lanzas, palos y escudos de cuero. Esto alteró el equilibrio que se había mantenido durante tantos años. ¿Cómo pagaría el gobierno a toda esta gente? Era sencillo. Dijeron a los jinetes que a cambio de sus servicios estaban autorizados a saquear todo lo que se cruzara en su camino. El general Dahab les dijo que cayeran sobre los pueblos dinkas que había a lo largo de las vías del ferrocarril y se apropiaran de todo lo que quisieran: ganado, comida, cualquier cosa del mercado, incluso personas. Este fue el principio del resurgimiento de la esclavitud. Sucedió en mil novecientos ochenta y tres.
Los años eran un concepto que no entendíamos.
—Hace unos cuantos años —dijo Dut—. ¿Os acordáis del principio?
Asentimos.
—Caían sobre un pueblo, por la noche, y lo rodeaban. Cuando el pueblo despertaba, entraban por todos lados, matando y robando a su antojo. Se llevaban todo el ganado y mataban al resto de animales. Cualquier acto de resistencia era castigado. Mataban a todos los hombres, violaban a las mujeres, quemaban las casas, contaminaban los pozos y secuestraban a los niños. Supongo que lo habéis visto.
Así era.
—Esto les ha ido muy bien a los baggaras, porque sus granjas sufrían por la sequía. Habían perdido ganado y sus cosechas no eran buenas. Así que se dedicaron a robar el nuestro y a venderlo en Darfur; luego era revendido en Jartum. Los beneficios eran enormes. La provisión de ganado en el norte ha aumentado drásticamente, hasta tal punto que hay exceso de él, lo que ha bajado el precio de la ternera. Todo ese ganado era de los dinkas, nuestras dotes y nuestros legados, el fruto de nuestro esfuerzo. Robar animales y comida de estos pueblos resolvió un montón de problemas de los baggaras, pero, no contentos con eso, se dedicaron a esclavizar a nuestro pueblo. ¿Sabéis por qué, chicos?
No lo sabíamos.
—Mientras ellos están fuera, robándonos los animales, ¿quién cuida de los suyos? Ajá. Por eso secuestran a mujeres y niños. Nos dedicamos a vigilar sus rebaños mientras ellos saquean nuestros pueblos. ¿Os lo imagináis? Es un asunto muy feo. Pero los baggara no son malos por naturaleza. La mayoría son como nosotros, ganaderos. Baggara no es más que el término árabe para designar a un pastor, y lo usamos para hablar de otros pueblos ganaderos: el pueblo rezeigat de Darfur, los misseriyas de Kordofan. Todos son musulmanes, suníes. ¿Habéis conocido a musulmanes?
Pensé en Saliq Aziz. No había vuelto a pensar en él desde la última vez que lo vi.
—La mezquita de nuestro pueblo fue quemada —dije.
—Las milicias estaban formadas por jóvenes que están acostumbrados a guiar al ganado por los pastos. En su idioma, murahaleen significa «viajero»: y eso es lo que eran, hombres a caballo que conocían la tierra y estaban habituados a llevar armas para protegerse, a sí mismos y al ganado, de los ataques de otros animales. Los murahaleenes no se convirtieron en una milicia hasta que estalló la guerra, y, armados hasta los dientes, cambiaron la tarea de vigilar el ganado por la de saquear pueblos.
—Pero ¿por qué nosotros no teníamos armas? —preguntó Deng.
—¿Quién iba a dárnoslas? ¿Los árabes? ¿El gobierno de Jartum?
Deng bajó la cabeza.
—Ahora disponemos de algunas armas, Deng. Pero no fue fácil. Tuvo que transcurrir cierto tiempo. Tenemos las armas con las que se marcharon los batallones Ciento cuatro y Ciento cinco, y las que los etíopes nos han proporcionado.
Dut avivó el fuego y se metió unas nueces en la boca.
—Pero los hombres de Marial Bai tenían uniformes —le contestó Deng—. ¿Quiénes eran?
—Soldados del gobierno. Jartum se está volviendo holgazán. Ahora envían al ejército junto con los murahaleenes. No les importa. Todo el mundo va. Cualquiera. La estrategia es todos contra los dinkas. ¿Habéis oído la expresión: «Drenar un estanque para pescar un pez»? Están vaciando el estanque de posibles rebeldes, están eliminando sus puntos de apoyo. Asolan las tierras de los dinkas para aplastar cualquier conato de rebelión que pueda surgir en esta zona. Los ataques de los murahaleenes dispersan a la gente, y cuando la gente se haya ido, cuando todos los dinkas nos hayamos disgregado, ocuparán nuestras tierras. Ganan a muchos niveles. Se quedan con nuestro ganado. Con nuestras tierras. Tienen a nuestro pueblo esclavizado, al cuidado de las reses que nos han robado. Nuestro mundo está patas arriba. Deambulamos por el país, estamos lejos de nuestras propiedades, de nuestras granjas, hogares y hospitales. El objetivo de Jartum es arruinar a los dinkas, convertir sus tierras en un lugar inhabitable. De este modo luego los necesitaremos para restaurar el orden, los necesitaremos para todo.
—Entonces ese es el Qué —dije.
Dut me miró durante un largo rato, y luego volvió a remover el fuego.
—Tal vez, Achak. Tal vez lo sea. No lo sé. No sé lo que es el Qué.
Nos estábamos durmiendo sentados.
—Ya veo que os estoy aburriendo —dijo Dut—. Como maestro, ya estoy acostumbrado.
Cuando despertamos el grupo había aumentado. Si la noche anterior rondábamos la treintena, ahora éramos cuarenta y cuatro. Tras caminar todo el día y dormir otra noche, habíamos pasado a ser sesenta y uno. La semana siguiente trajo consigo más chicos, hasta que el grupo alcanzó los doscientos miembros. Salían de las ciudades por las que pasábamos, salían de la maleza, por la noche, jadeando de lo mucho que habían corrido. Salían en forma de grupos que se mezclaban con el nuestro y salían de uno en uno. Y nuestras filas eran cada vez más numerosas. Dut desdoblaba el papel verde río; anotaba en él los nombres de los chicos nuevos, lo doblaba de nuevo y se lo guardaba en el bolsillo. Se sabía los nombres de todos.
Me acostumbré a las caminatas, al dolor de piernas y al de los huesos de las rodillas, al del abdomen y al de los riñones; a quitarme espinos de los pies. Esos primeros días no nos costaba tanto encontrar comida. Pasábamos por un pueblo cada día, y en ellos nos proporcionaban suficientes nueces, semillas y maíz para nuestro sustento. Pero a medida que crecía el grupo esto fue haciéndose más difícil. ¡Y cómo creció, Michael! Cada día traía a más chicos, y a veces incluso a chicas. En muchos casos, mientras comíamos en un pueblo, empezaban las negociaciones entre Dut y los ancianos de la ciudad, y cuando salíamos, ya comidos, los chicos de aquel pueblo habían pasado a formar parte del grupo. Algunos de estos chicos y chicas aún tenían padres, y en muchos casos eran sus mismos padres los que enviaban a sus hijos con nosotros. En aquel momento no éramos del todo conscientes de por qué lo hacían, de por qué había padres dispuestos a enviar a sus hijos a un viaje a pie con destino desconocido, pero estas cosas pasaban, y era un hecho que los que se venían con nosotros obedeciendo los deseos de sus padres iban mejor equipados que los que nos habíamos refugiado en el grupo a falta de otra opción mejor. Estos chicos y chicas venían con ropa, sacos de provisiones y, en algunos casos, incluso zapatos y calcetines. Pero las desigualdades se acababan enseguida. En unos días los nuevos estaban tan desposeídos como el resto. Luego lamentaban haber intercambiado la ropa por comida, por una mosquitera o por cualquier pequeño lujo que creyeron a su alcance. Lamentaban no saber hacia dónde nos dirigíamos, lamentaban haberse unido a esta marcha. Ninguno de nosotros había caminado nunca tanto en un solo día, pero seguíamos andando, cada día más, sin que nadie supiera que era un viaje sin retorno.