Qué es el qué

Dave Eggers · Capítulo 13 de 27

Páginas del PDF

Qué es el qué

Capítulo 12

12

En las primeras y esperanzadas semanas de singladura, una tarde llegamos a un pueblo llamado Gok Arol Kachuol. En las afueras, las mujeres se congregaron en el camino para observar a nuestro grupo, que ahora sobrepasaba los doscientos cincuenta chicos.

—Mirad qué enfermos están —decían las mujeres al vernos pasar.

—¡Qué cabezas más grandes! ¡Como huevos apoyados en palillos!

Las mujeres se reían, llevándose las manos a la boca con gesto teatral.

—Ya lo tengo —dijo otra, una anciana vieja y arrugada como una acacia—. Son como cucharas. ¡Parecen cucharas andantes!

Y las mujeres no paraban de reírse y de señalarnos, escogiendo a los chicos que presentaban un aspecto especialmente malo o desesperado.

En cuanto la avanzadilla de nuestro grupo entró en el pueblo supimos que no éramos bienvenidos.

—No queremos rebeldes aquí —dijo el jefe, que caminaba a toda prisa hacia el sendero—. No, no, no. Seguid adelante. ¡Fuera!

El jefe, con una pipa en la boca, bloqueaba el acceso al pueblo con los brazos, moviendo las manos como si el aire que generaba pudiera quitarnos de en medio.

Dut dio un paso al frente y habló con una firmeza que no le había oído antes.

—Tenemos que descansar y lo haremos aquí. Si no, tendréis noticias de los rebeldes.

—Pero si no tenemos nada que daros —insistió el jefe—. Los rebeldes nos asaltaron hace solo dos días. Podéis sentaros a descansar, pero no hay nada para comer.

Posó los ojos sobre nosotros, aquella fila interminable de chicos surgidos del sendero, el manantial incesante de chicos que salían de la jungla hasta llenar el pueblo. Se cambió la pipa de un lado al otro de la boca.

—Nadie podría alimentar a tantos —dijo el jefe.

Dut no cedió.

—Quiero que sea consciente de las consecuencias de sus palabras.

El jefe hizo una pausa y emitió un sonoro suspiro de resignación. El segundo fue más conciliador. Dut se volvió hacia nosotros.

—Sentaos aquí y no os mováis hasta que vuelva.

Dut siguió al jefe hasta su cabaña. Nos dejamos caer sobre la hierba, hambrientos, sedientos y enfadados con ese pueblo. La reunión entre Dut y el jefe duró mucho más de lo habitual, y el sol se alzó sobre nosotros, observándonos y castigándonos. No había ni un atisbo de sombra, y aunque nos daba miedo movernos, no podríamos seguir mucho tiempo allí quietos. Algunos chicos se desplazaron unos cientos de metros, para sentarse bajo un árbol. Otros chicos, los mayores, se asignaron la tarea de conseguir comida por su cuenta. Los vimos arrastrarse hasta una casa cercana, donde encontraron un cesto con nueces y huyeron con él.

La escena que tuvo lugar a continuación fue caótica. Primero llegaron los gritos de las mujeres. Luego una docena de hombres salió a perseguirlos. Cuando no pudieron dar caza a los tres ladrones, arremetieron contra el resto, lanzas en mano. Corrimos, los doscientos cincuenta, en todas direcciones, hasta acabar tomando el mismo camino que nos había llevado al pueblo. Corrimos durante una hora, con los hombres pisándonos los talones; capturaron a algunos de los chicos más lentos y los castigaron mientras el resto desandábamos la mayor parte del camino en el que habíamos invertido el día. Por eso la caminata duró más de lo que debería haber durado: no era una ruta recta, todo menos eso.

Cuando paramos, Kur nos reunió para contarnos. Faltaban seis.

—¿Dónde está Dut? —preguntó.

No teníamos ni idea. Kur era el mayor de los chicos, así que todos lo miramos en busca de respuestas. Él ignoraba el paradero de Dut y esto nos preocupaba.

—Nos quedaremos aquí hasta que venga Dut —decidió él.

Había cinco chicos heridos. A uno le habían clavado una lanza en el hombro. Kur se encargó de llevar al chico a una sombra, donde le dio agua. Kur no sabía cómo ayudarle. El único lugar donde podían ayudarle era el mismo pueblo que le había hecho esto. No teníamos nada, nadie en el grupo sabía curar heridas.

Tres chicos, junto con el herido, fueron enviados al pueblo para pedir tratamiento. No estoy seguro de lo que les pasó a esos chicos ya que nunca volvimos a verlos. Quiero creer que fueron aceptados por la gente del pueblo, arrepentida de lo que nos había hecho.

 

Fueron días malos. Dut no se unió a nosotros hasta un día entero después, lo que dejó a Kur al mando. Esto no era realmente una desventaja: el sentido de orientación de Kur parecía más seguro que el de Dut, su incertidumbre ante el trayecto quedaba más encubierta. Pero Dut era nuestro líder, a pesar de que a veces traía consigo mala suerte. Poco después de su reaparición, un león nos atacó en plena noche y se llevó a dos chicos. Los devoró entre la maleza. No nos quedamos a escuchar.

Cuando nos cruzábamos con otros viajeros estos nos advertían de la presencia de murahaleenes en la zona. Siempre estábamos listos para correr; todos los chicos tenían un plan en caso de que nos topáramos con la milicia. Teníamos que inspeccionar los paisajes que íbamos encontrando en busca de escondrijos y senderos. Sabíamos que esos rumores eran ciertos porque Deng llevaba uno de sus turbantes.

Lo encontró un día en que habíamos estado andando hasta la extenuación, aunque nuestros ojos seguían alerta. Lo vio en un árbol. Era un trozo de tela blanca, colgado de las ramas, movido por el viento. Icé a Deng en el aire para que pudiera cogerlo, y Kur confirmó que lo había llevado un baggara; no sabíamos cómo había ido a parar a un árbol.

—¿Puedo ponérmelo? —preguntó Deng a Kur.

—¿Quieres llevarlo como lo hacen los árabes?

—No, me lo pondré de otro modo.

Y lo hizo. Se lo puso sobre la cabeza, sin apretarlo mucho; tenía un aspecto absurdo, pero afirmaba que le protegía del calor. El esfuerzo que tenía que hacer para que no se le metiera en los ojos o cayera al suelo contradecía cualquier ventaja inmediata, pero no dije nada. Sabía que un trozo de tela podía ser útil en cualquier momento.

 

Pero todo acabó enseguida y yo estaba en casa. Estaba en casa, ayudando a mi madre con el fuego. Mis hermanos jugaban a las puertas de la cabaña y mi padre estaba sentado en su silla, fuera, con un vaso de vino a sus pies. Yo oía canciones a lo lejos: el coro, que ensayaba el mismo himno que entonaba cuatrocientas veces al día. Los pollos piaban y los gallos cantaban, y aullaban los perros mientras intentaban romper las cestas en busca de comida. Una luna brillante y redonda flotaba sobre Marial Bai, y yo sabía que los jóvenes del pueblo andarían por la calle, buscando bronca. Las noches como esta eran largas: la actividad de los alrededores dificultaba el sueño, así que apenas hice el menor esfuerzo por dormirme. Permanecí despierto, atento, mientras imaginaba lo que hacía la gente, lo que significaba cada sonido. Adivinaba a quién pertenecían las voces, en la distancia que me separaba de los ruidos. Para que mi madre estuviera contenta mantuve los ojos cerrados durante gran parte de la noche, pero en algunas ocasiones, durante noches como estas, cuando los abría me encontraba con que mi madre también estaba despierta. En tales momentos compartíamos una somnolienta sonrisa. Y así fue también esa noche, cuando me encontré de nuevo al abrigo del hogar, junto al vestido amarillo de mi madre, al calor de su cuerpo. Sentaba bien estar en casa, y cuando les hube contado mis aventuras todos se quedaron muy intrigados e impresionados.

—Miradle —dijo una voz—. Sueña con su madre.

Parecía la voz de Deng. Yo le había hablado de mi familia. Le había contado muchas cosas.

Abrí los ojos. Deng estaba allí, pero no estábamos en casa. En un instante todo el calor que me rodeaba se enfrió. Estaba a la intemperie, durmiendo en el círculo de chicos, y el aire era aquella noche más afilado que ninguna otra desde que emprendimos la caminata.

No me moví. Deng estaba sobre mí; a su espalda no había los cálidos carmesís y ocres de casa de mi madre, sino solo el negro chamuscado de una noche sin luna. Cerré los ojos, embargado por el deseo, estúpido, lo sé, de sumergirme de nuevo en el sueño. Qué raro que un sueño pueda abrigarte cuando tu cuerpo sabe exactamente que hace mucho frío. Qué raro era estar durmiendo allí con todos esos chicos, en aquel círculo cerrado, bajo un cielo opaco. Quise castigar a Deng por no ser mi madre ni mis hermanos. Pero sin él no podía vivir. Ver su cara todos los días era la única tabla de salvación que tenía a mano.

 

Fueron muchos los chicos del grupo que se volvieron raros. Uno no conseguía dormir, ni de noche ni de día. Se negó a hacerlo durante días, porque quería ver lo que se avecinaba, estar consciente ante cualquier posible amenaza. Al final lo dejamos en un pueblo, al cuidado de una mujer que lo acogió en su regazo; en cuestión de minutos se había dormido. Había otro chico que iba arrastrando un palo, y con él trazaba una línea en la tierra para poder encontrar el camino de vuelta. Lo hizo durante dos días, hasta que uno de los mayores le quitó el palo y se lo partió en la cabeza. Otro creía que aquel viaje a pie era un juego, y saltaba, corría y se metía con los demás chicos. Intentaba jugar a pillar con ellos, pero no encontraba a nadie dispuesto a seguirle la corriente. Dejó de jugar cuando recibió un buen puntapié en la espalda que le propinó otro chaval, harto de verlo hacer el tonto todo el rato. Había un chico aún más raro: Ajiing guardaba toda la comida que le daban. Guardaba la comida —consistente sobre todo en sémola de nueces— en una camisa que había traído consigo. Echaba mano a la comida solo una vez al día: sacaba la porción de aquella mezcla grumosa suficiente para cubrir sus tres primeros dedos. Los lamía hasta dejarlos limpios y luego volvía a atar la camisa. Se preparaba para pasar muchas semanas sin comida. Pero la mayoría de chicos solo caminaba, sin hablar mucho porque no había nada que decir.

 

—¡El perro azul!

Cuatro días después de que nos hubieran echado del pueblo aquellos hombres con lanzas, volvimos a cruzarnos con el perro azul. Deng lo vio primero.

—¿De verdad es el mismo? —pregunté.

—Claro que sí —dijo Deng, y se arrodilló para acariciarlo.

El animal estaba bastante más gordo que la última vez que lo vimos. No comprendíamos cómo el perro podía haberse alejado tanto de su casa. ¿Nos habría estado siguiendo a lo largo de estos días, sin que lo viéramos pero sin que él nos perdiera de vista? Oímos un barullo por delante: voces de chicos. Fuimos hacia las voces y el perro azul nos siguió con desgana.

Al final resultó que el perro azul no se hallaba lejos de su casa. Los árboles del lugar me resultaban familiares. Enseguida nos percatamos de que era el pueblo feliz. Habíamos caminado en círculo; habíamos retrocedido sin saberlo durante días y ahora nos encontrábamos en el bullicioso pueblo del que habíamos salido no hacía mucho, el pueblo donde los chavales nos habían acosado con sus flamantes zapatos blancos y donde las mujeres nos dieron de comer antes de que nos pusiéramos de nuevo en camino. Sus habitantes habían negado la amenaza de los murahaleenes, pero ahora ya no había nadie. Donde antes había pueblo, ahora no había nada. Las casas se habían perdido en el cielo. Solo quedaban círculos negros que señalaban los antiguos asentamientos de dichas casas. El pueblo estaba totalmente arrasado.

Y entonces vi los cadáveres. Brazos y cabezas entre los arbustos, en los restos de las cabañas. A lo lejos, el perro azul masticaba algo. Supimos entonces por qué había engordado tanto.

Una mujer salió de entre la maleza. Llevaba un bebé en un cabestrillo sujeto al torso. Al acercarse el bebé se convirtió en dos, gemelos, y la mujer estalló en sollozos y gritos incontrolables. Su mano estaba envuelta en una tela rosa, empapada de sangre. Los chicos estaban por todas partes, inspeccionando los daños y tocando cosas que yo no tocaría nunca.

—¡Volved aquí! —gritó Dut.

Pero la curiosidad de los chicos era incontrolable. No todos habían visto de primera mano la obra de los murahaleenes. Se dispersaron: algunos encontraron comida abandonada y dieron cuenta de ella, y a medida que andaban por el pueblo, los supervivientes empezaron a salir de sus escondrijos: mujeres, viejos, niños, más chicos. La mujer de los dos bebés no paraba de llorar, y Kur la hizo sentarse e intentó sosegarla. Me senté, de espaldas a la mujer y a las otras mujeres que vinieron tras ella. Me tapé las orejas con las manos. Ya había visto todo esto y estaba cansado.

Pasamos la noche allí. Aún había comida en el pueblo, y se decidió que era el lugar más seguro para nosotros: el escenario de un ataque reciente. Mientras descansábamos, salieron muchos más de entre los arbustos. Hablaron con Dut y compartieron información, y por la mañana partimos del pueblo con dieciocho chicos más. Eran muy silenciosos y ninguno llevaba zapatos blancos como nubes.

 

—Me duele la barriga —dijo Deng—. Achak.

—Sí.

—¿A ti también te duele así? ¿Como si hubiera algo dentro, moviéndose? ¿Lo notas?

Habían pasado muchos días y a mí se me había acabado la paciencia. A todo el mundo le dolía la barriga; todas nuestras barrigas se habían vuelto duras y redondas, y ya estábamos acostumbrados a las penurias del hambre. Le dije algo en ese sentido, con la esperanza de que mis palabras sirvieran para tranquilizar sus temores y acallarlo.

—Pero es un dolor nuevo —dijo Deng—. Me duele más abajo que antes. Como si alguien me pellizcara, me clavara algo.

Me costaba sentir compasión por Deng cuando yo mismo estaba tan hambriento. Mi propia hambre aumentaba y disminuía, pero cuando me invadía la sentía por todas partes: en el estómago, en los brazos, en los muslos.

—Echo de menos a mi madre —dijo Deng.

—Quiero irme a casa —dijo él.

—No puedo andar más —dijo.

Aceleré el paso para no tener que oír sus quejas continuas. La mayoría de nosotros se comportaba con estoicismo, éramos conscientes de lo absurdo que resultaba quejarse. La conducta de Deng era una afrenta para todos.

 

Un chasquido rasgó el cielo de la tarde. Nos paramos. El sonido se repitió; estaba claro que se trataba de un arma de fuego. Los disparos prosiguieron, hubo cinco más. Dut detuvo al grupo y escuchó.

—Sentaos. Sentaos y esperad —nos dijo.

Él se adelantó a todo correr. Cuando volvió, sonreía.

—Han matado un elefante. ¡Venid! Hoy todos comeremos carne.

Salimos corriendo. Nadie había entendido todo lo que había dicho Dut, pero habíamos oído la palabra «carne». Corrimos tras Dut y Kur Garang Kur.

Corrí tan rápido que el suelo volaba bajo mis pies, salté por encima de rocas y arbustos. Todos corrimos, entre risas. Habían pasado semanas desde la última vez que probamos cualquier clase de carne. Yo estaba contento, pero ya mientras corría me asaltó un conflicto. Tenía tanta hambre, tanta hambre que esta me atacaba por todas partes, pero en mi clan el elefante era sagrado. Ni una sola persona de mi pueblo, Marial Bai, se plantearía matar a un elefante, y mucho menos comérselo; sin embargo, seguí corriendo hacia el animal. Ningún otro chico parecía vacilar; corrían como si no estuvieran enfermos, como si no hubieran andado mucho. En ese momento no éramos moribundos, no éramos los mismos que andaban sin descanso. Éramos chicos hambrientos y voraces a punto de regalarnos con un suculento banquete de carne fresca.

Al acercarnos vimos una pequeña montaña gris rodeada de chicos. Había cientos de chicos, diez de ellos casi se hallaban encima del elefante. Uno le arrancaba la oreja; se había encaramado sobre la cabeza de aquella bestia y le estaba separando la oreja del cráneo. Otro estaba de pie junto al elefante: su hombro estaba rojo de sangre y no se le veía la mano. Un momento después el chico volvía a tener mano, pero esta estaba cubierta de sangre: la había metido en el orificio de la bala. Había sacado la carne que había podido encontrar y ahora la devoraba, cruda, mientras gotas de sangre del animal le salpicaban la cara.

Cerca del elefante había dos hombres de uniforme, armados. Mientras los chicos la emprendían con el animal yo observé a los hombres.

—¿Quiénes son? —pregunté a Kur.

—Ese es vuestro ejército —dijo él—. La esperanza de los dinkas.

Observé a Dut, Kur y a uno de los soldados, que emprendieron la tarea de cortar al elefante en pedazos. Lo abrieron en canal, y los chicos, en grupos de diez, le arrancaron la piel, tirando de ella, echándola al suelo. Bajo la piel, el elefante era rojo como el fuego. Los chicos cayeron sobre el animal, desgajaron su carne a base de mordiscos y tirones, y cuando todos hubieron obtenido un pedazo se refugiaron bajo los árboles a dar cuenta de la comida, como hienas.

Algunos empezaron a comer inmediatamente. Otros no sabían si debían esperar a cocinar la carne. Era por la mañana, y muchos chicos no estaban seguros de poder quedarse allí, con el elefante, de si les permitirían llevarse la carne.

Los soldados del ELPS habían encendido un buen fuego. Dut ordenó a cinco chicos que fueran a por leña para avivar las llamas. Kur hizo otro fuego al otro lado del elefante y los que todavía no nos habíamos comido nuestra porción de carne la asamos con ayuda de palos.

Los soldados estaban contentos de vernos comer y nos hablaban en tono simpático. Me senté al lado de Deng y le vi comer. Me sentía bien al ver comer a Deng, aunque lo hacía sin sonreír, y no disfrutó de la carne tanto como los demás. Tenía los ojos amarillos, la boca seca y con manchas blancas. Pero comió tanto como pudo. Comió hasta que no le cabía más.

Cuando terminamos de comer, nos percatamos de la presencia del grupo de rebeldes que se había sentado alrededor de un enorme dátil del desierto. Nos pusimos junto a ellos, a mirarlos.

Dut no tardó en reprendernos.

—¡Dejadles espacio, chicos! Sois como moscas.

Retrocedimos unos cuantos pasos, pero luego, despacio, volvimos a acercarnos. Los hombres sonrieron, como si apreciaran la deferencia.

—Tuvimos problemas en Gok Aron Kachuol —dijo Dut.

—¿Qué clase de problemas? —preguntó un rebelde.

Dut le mostró a uno de los chicos heridos. Presentaba un corte de lanza en la pierna.

—¿Quién le hizo esto? —inquirió el soldado.

El hombre se llamaba Mawein, y en un acceso de furia se levantó. Dut explicó lo sucedido: que habíamos entrado pacíficamente en el pueblo, que nos habían negado la comida, y luego nos habían echado a lanzazos. No mencionó el tema de las nueces robadas y ningún chico creyó oportuno sacarlo a colación. Nos embargaba el orgullo y la sed de venganza al ver cómo crecía la ira de Mawein.

—¿Hicieron esto a chicos del Ejército Rojo? ¿Chicos desarmados?

Dut saboreaba la venganza y añadió leña al fuego.

—Nos persiguieron durante medio día. No querían rebeldes allí. Nos llamaron rebeldes e insultaron al ELPS.

Mawein se rió.

—Ese jefe no tardará en vernos las caras. ¿Era el hombre de la pipa?

—Sí —dijo Dut—. Muchos de ellos fumaban en pipa.

—Conocemos el lugar. Mañana les haremos una visita y discutiremos con ellos el trato dispensado a los chicos del Ejército Rojo.

—Gracias, Mawein —dijo Dut. Había adoptado un tono de gran respeto.

Mawein le hizo una señal.

—Ve a comer algo —dijo—. Comed mientras podáis.

Comimos sin dejar de mirar a los hombres. Cada soldado estaba rodeado de unos veinte chicos, que comían sin apartarle los ojos de encima. Los hombres parecían inmensos, los más grandes que habíamos visto en meses. Estaban sanos, lucían buenos músculos y sus caras expresaban confianza. Eran los hombres que luchaban contra los murahaleenes o contra el ejército del gobierno. Esos hombres simbolizaban toda nuestra furia, eran la respuesta a cualquier esperanza que pudiéramos concebir.

—¿Estáis ganando la guerra? —pregunté.

—¿Qué guerra es esa, jaysh al-ahmar?

Me quedé callado.

—¿Qué palabra has dicho?

—Jaysh al-ahmar.

—¿Qué significa eso?

—Dut, ¿acaso no les enseñas nada a estos chicos?

—Estos chicos no son jaysh al-ahmar aún, Mawein. Son solo niños.

—¿Niños? Míralos. ¡Están listos para luchar! ¡Son soldados! Echa un vistazo a esos tres.

Señaló a tres de los mayores, aún ocupados en asar carne junto al fuego.

—Son altos, sí, pero son muy jóvenes. Tienen la misma edad que estos de aquí.

—Ya nos ocuparemos de eso, Dut.

—¿Estáis ganando la guerra, Mawein? —insistió Deng—. ¿La guerra contra los murahaleenes?

Mawein posó la mirada en Dut, y luego en Deng.

—Sí, chico. Estamos ganando la guerra. Pero la guerra es contra el gobierno de Sudán. Lo sabéis, ¿verdad?

Por mucho que Dut me lo explicara, yo seguía confuso. Nuestros pueblos eran atacados por los murahaleenes, pero los rebeldes abandonaban a los pueblos a su suerte para pelear en otra parte, contra el ejército del gobierno. Era algo que entonces me resultaba incomprensible y que tardé años en entender.

—¿Quieres cogerlo? —dijo Mawein refiriéndose a su rifle.

Quería cogerlo, me moría de ganas.

—Siéntate. Pesa demasiado para ti.

Me senté. Mawein hizo algunos ajustes en el arma y la depositó sobre mi regazo. Yo tenía miedo de que quemara, pero cuando la noté en las piernas desnudas sentí su peso, pero también que era fría al tacto.

—Pesa, ¿eh? Intenta cargar con ella todo el día, jaysh al-ahmar.

—¿Qué significa jaysh al-ahmar? —susurré. Intuía que Dut no quería que supiéramos la respuesta a esa pregunta.

—Eso eres tú, chico. Significa Ejército Rojo. Tú eres el Ejército Rojo.

Mawein sonrió, y yo sonreí a mi vez. En ese momento me gustó la idea de ser parte de un ejército, de merecer el apodo de un guerrero. Recorrí la superficie del rifle con las manos. Pensé que tenía una forma muy rara. No me recordaba a ningún otro objeto, con esos bultos por todas partes, resortes que iban en todas direcciones. Tuve que mirarlo con atención para recordar por qué lado salían las balas. Metí los dedos en el cañón.

—Es una abertura tan pequeña… —dije.

—Las balas no son grandes. Ni falta que hace. Son afiladas y vuelan a tanta velocidad que podrían atravesar el acero. ¿Quieres ver una bala?

Le dije que sí. Había visto casquillos, pero nunca una bala sin disparar.

Mawein rebuscó en uno de los bolsillos delanteros de su camisa y sacó un pequeño objeto dorado. Se lo puso en la palma de la mano y me lo mostró. Era del tamaño de mi dedo pulgar, plano por un lado y en punta por el otro.

—¿Puedo cogerla? —pregunté.

—Desde luego. ¡Eres muy educado! —exclamó, sorprendido—. Un soldado nunca es educado.

—¿Quema? —pregunté.

—¿Si quema la bala? —Se rió—. No. La calienta el rifle. Ahora está fría.

Mawein dejó caer la bala sobre mi mano y el corazón se me aceleró. Confiaba en Mawein, pero no las tenía todas conmigo: temía que la bala me atravesara la mano. La sostuve, era más liviana de lo que creía. No se movía, no me hería la piel. La cogí con los dedos y me la acerqué a la cara. Primero la olí, para ver si desprendía olor a muerte o a fuego. Solo olía a metal.

—¡Déjame olerla!

Deng intentó quitármela y la bala cayó al suelo.

—Tened cuidado, chicos. Son valiosas.

Aparté a Deng de un manotazo en el pecho y encontré la bala, le quité la tierra y la limpié con mi camisa. Se la devolví a Mawein, avergonzado.

—Gracias —dijo Mawein. La cogió y se la volvió a guardar en el bolsillo de la camisa.

—¿Cuántas balas hicieron falta para matar al elefante? —preguntó Deng.

—Tres —dijo Mawein.

—¿Y para matar a un hombre?

—¿A qué clase de hombre?

—A un árabe —dijo Deng.

—Solo una.

—¿A cuántos árabes podría matar ese rifle? —preguntó Deng.

—A tantos como balas haya —respondió Mawein.

Deng seguiría preguntando mientras Mawein le diera respuestas.

—¿Cuántas balas tenéis?

—Tenemos muchas, pero intentamos conseguir más.

—¿De dónde las sacáis?

—De Etiopía.

—Allí es adonde vamos.

—Lo sé. Todos vamos a Etiopía.

—¿Quiénes son todos?

—Tú, yo, todos. Todos los chicos del sur de Sudán. Miles van ahora hacia allí. Vosotros sois solo un grupo de muchos. ¿No os lo ha contado Dut? ¡Dut! —gritó. Este estaba intentando empaquetar parte de la carne de elefante—. ¿Educas a estos chicos o no? ¿No les explicas nada?

Dut miró a Mawein con expresión contrita. Deng tenía más preguntas.

—¿Qué es más fácil: que un árabe mate a un dinka, o que un dinka mate a un árabe?

—La misma bala los matará a los dos. A la bala le da igual.

Esto fue una decepción, para mí y para Deng, pero este insistió.

—¿Por qué nosotros no tenemos armas? ¿Podríamos disparar un arma como esta?

Mawein echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada.

—¿Lo ves, Dut? ¡Estos chicos están preparados! Tienen ganas de luchar.

Seguimos haciendo preguntas hasta haber comido todo lo que podíamos y hasta que Mawein se hartó de nosotros. Se puso el sol y llegó la noche. Los soldados dormían en una cabaña vacía y nosotros lo hicimos en círculo: aquella noche descansamos bien, nos sentíamos seguros cerca de los rebeldes, con las mentes rebosantes de ideas de venganza.

Me dormí junto a Deng, y supe que en días sucesivos encontraríamos más comida. Imaginé que habíamos entrado en un territorio lleno de rebeldes cazadores. Donde hubiera cazadores habría elefantes muertos a la espera de ser comidos, y los elefantes eran un alimento perfecto: su tamaño bastaba para alimentar a cientos de chicos y su carne fortalecía. Ya no me preocupaba la opinión de mis ancestros. Éramos el Ejército Rojo y necesitábamos comer.

 

A la mañana siguiente me levanté enseguida, sintiéndome más fuerte de lo que me había sentido desde hacía semanas. Deng estaba a mi lado y le dejé dormir. Di una vuelta por el campamento en busca de los soldados, pero no vi a ninguno.

—Ya se han ido —dijo Dut—. Han ido a hacerle una visita al jefe de Gok Arol Kachuol.

Me reí.

—¡Una visita de cortesía, seguro!

—Me gustaría verlo —dijo Dut.

¡Acción! Solo pensarlo me llenaba de satisfacción. Mi imaginación ardía con los rifles, el poder de las armas, el ajuste de cuentas con el pueblo de Gok Arol Kachuol. Por primera vez en semanas estaba ansioso de aventuras. Quería andar. Quería ver qué nos deparaba el camino aquel día. Imaginé a otros grupos de chicos como el nuestro, todos en camino hacia Etiopía. La imagen de los soldados rebeldes, de sus armas y su disposición a luchar por nosotros me llenaba de fuerza. Era la primera vez que creía que nos quedaban fuerzas, que los dinkas también podíamos luchar.

El sol volvía a ser mi aliado: estaba listo para ver cosas, progresar y seguir vivo. Busqué con la mirada a los otros chicos, que se levantaban y recogían sus cosas. Deng aún dormía, y me alegraba tanto verle dormir así, profundamente, sin quejarse, que no quise despertarle.

Me encaminé hacia la cabaña donde habían dormido los soldados. Se habían ido, pero distinguí sombras pertenecientes a otros chicos, en busca de comida, de cualquier cosa. No había nada. Al salir de la cabaña, la mayoría ya se había sentado en grupos, dispuestos a partir. Ocupé mi lugar en el grupo y entonces me acordé de Deng.

—Dut —grité—. Creo que Deng aún duerme.

Pero Deng no estaba donde yo lo había dejado. Algunos de los chicos que tenía cerca actuaban de forma extraña. Evitaban mirarme a los ojos.

—Ven aquí, Achak —dijo Dut, y me rodeó el hombro con el brazo.

Juntos recorrimos una breve distancia y luego él se paró y señaló al frente. A lo lejos, vi que Deng seguía dormido pero en otro sitio, y con el blanco turbante árabe sobre la cara.

—No está dormido, Achak.

Dut apoyó su mano en mi frente.

—No te acerques a él, Achak. No querrás caer enfermo.

Entonces Dut se volvió y se dirigió a un grupo de chicos mayores.

—Id a recoger hojas. Hojas grandes. Necesitaremos muchas si queremos cubrirlo bien.

Tres chicos fueron escogidos para transportar el cadáver de Deng hasta el árbol más viejo y grueso de la zona. Depositaron su cuerpo bajo el árbol y lo cubrieron de hojas para apaciguar al espíritu de los muertos. Dut rezó unas oraciones y luego reemprendimos el camino. Deng no fue enterrado y yo no vi su cuerpo.

 

Tras la muerte de Deng decidí dejar de hablar. No hablaba con nadie. Deng fue el primero en morir, pero la muerte empezó a hacer estragos entre los chicos y no había tiempo para enterrar a los muertos. Morían de malaria, de hambre, de infecciones. Cada vez que moría alguno, Dut y Kur hacían lo posible por presentar sus respetos, pero había que seguir caminando. Dut sacaba un lápiz del bolsillo, anotaba quién había muerto y dónde, y partíamos de nuevo. Si un chico caía enfermo, se le separaba del grupo: los demás tenían miedo de contagiarse y tampoco querían trabar mucha relación con él por si se moría enseguida. No queríamos oír el eco de su voz en nuestras cabezas.

Cuando el número de muertos llegó a diez, a doce, Dut y Kur empezaron a asustarse. Tenían que llevar a cuestas a chicos todos los días. Cada mañana había alguno demasiado débil para andar, y Dut cargaba con él en brazos durante todo el día, con la esperanza de cruzarse con un médico o de encontrar un pueblo donde dejarlo. A veces había suerte, la mayoría no. Dejé de mirar dónde enterraba u ocultaba a los muertos, ya que sabía que, a medida que avanzaba el viaje, cada vez ponía menos cuidado. Todos estábamos débiles, demasiado débiles para pensar con claridad en situación de peligro. Íbamos casi desnudos, ya que habíamos intercambiado la ropa por comida en los pueblos por los que habíamos pasado, y la mayoría también descalzos.

¿Por qué despertaríamos el interés de un bombardero aéreo?

Cuando lo vi, lo vimos todos. Trescientas cabezas miraron hacia el cielo a la vez. Al principio el sonido no era distinto del de un avión de suministros, o el de una de las avionetas que surcaba el cielo de vez en cuando. Pero el zumbido penetró en mi piel, y el avión era mayor que cualquier otro que recordara haber visto.

Pasó por encima de nosotros y desapareció, así que seguimos andando. Habíamos recibido órdenes de escondernos en los árboles, entre la maleza, ante la aparición de helicópteros, pero con los Antonovs la única regla establecida era desprenderse u ocultar cualquier cosa que pudiera reflejar el sol. Espejos, cristal, todo lo que podía reflejar la luz estaba prohibido. Pero hacía tiempo que no teníamos nada de eso, y pocos chicos tenían algo así de entrada. De manera que caminamos, sin suponer que nos convertirían en un objetivo. Éramos cientos de chicos semidesnudos, desarmados, menores de doce años en su mayoría. ¿Por qué iba a interesarse por nosotros ese avión?

Pero unos minutos después regresaba el avión, y enseguida oímos un silbido. Dut nos gritó que corriéramos, pero no nos dijo hacia dónde. Salimos disparados en cien direcciones distintas: dos chicos escogieron la dirección equivocada. Fueron a refugiarse bajo un gran árbol y fue allí donde cayó la bomba.

Fue como si un puñetazo atravesara la tierra de dentro a fuera. La explosión arrancó de cuajo el árbol y levantó una nube de polvo y tierra de casi dos metros de altura. El cielo se llenó de polvo y el día se ennegreció. La onda expansiva me tiró al suelo, y allí me quedé: me silbaban los oídos. Miré hacia arriba. Había chicos diseminados por todas partes. El árbol había desaparecido y el agujero era lo bastante grande como para dar cabida a cincuenta chicos. Por un instante el aire se quedó inmóvil. Miré, demasiado aturdido para moverme, cómo los chicos se iban levantando y acercándose al cráter.

—¡No os acerquéis! —gritó Dut—. ¡Ya no están allí! ¡Marchaos! ¡Id hacia el bosque! ¡Marchaos!

Los chicos llegaron al borde del cráter y miraron hacia dentro. No vieron nada: no quedaba nada, ni rastro de los dos chicos.

No me planteé la posibilidad de que volviera el bombardero. Pero lo hizo. El gemido cortó las nubes.

—¡Alejaos de la ciudad! —gritó Dut—. ¡Alejaos de los edificios!

Nadie se movió.

—¡Apartaos de los edificios!

El avión reapareció. Me alejé corriendo del cráter, pero algunos chicos fueron hacia él.

—¿Dónde os escondéis? —les pregunté y vi que eran incapaces de hablar. Éramos solo cuerpos y ojos que corrían. Chicos que corrían por todas partes.

A mi espalda oí otro silbido, más veloz que el anterior; otro puñetazo reventó la tierra desde dentro y el día se volvió negro de nuevo. Hubo un momento de silencio, de calma tranquila, antes de sentir que volaba por los aires. Un torbellino de tierra se enredó en mi oreja y me golpeó en la nuca. Estaba de espaldas. Un intenso dolor surcó mi cabeza cual chorro de agua fría. No oía nada. Permanecí un rato tendido. Era como si mis miembros no formaran parte de mí. Por encima flotaba el polvo, pero justo ante mis ojos se abría una ventana redonda y azul. Miré hacia ella y creí ver a Dios. Me sentía indefenso, en paz, porque no podía moverme. No podía hablar, ni oír, ni moverme, y esto me llenaba de una extraña serenidad.

 

Las voces me despertaron. Risas. Me puse de rodillas pero no conseguía apoyar los pies en el suelo. Ya no me fiaba del suelo. Vomité donde había estado arrodillado y volví a tumbarme. El cielo se despejaba cuando lo intenté de nuevo. Primero me puse de rodillas; la cabeza me daba vueltas. Luces blancas brillaban ante mis ojos, tenía agujetas en brazos y piernas. Estuve un rato de rodillas y fui recuperando la visión.

Se me despejó la cabeza. Miré a mi alrededor. Había chicos moviéndose, y otros sentados, comiendo maíz. Apoyé el cuerpo sobre los pies y fui incorporándome muy despacio. Estar de pie me parecía poco natural. Cuando me levanté del todo, el aire giró a mi alrededor, con un silbido. Estiré piernas y manos, abriéndolas a los lados. Esperé hasta que se calmó el temblor de mis miembros. Un rato después estaba en pie y volvía a sentirme humano.

El ataque había matado a cinco chicos: tres al instante, y otros dos, a quienes las bombas les habían amputado las piernas, vivieron el tiempo suficiente para ver cómo la sangre abandonaba sus cuerpos y teñía la tierra.

 

Reemprendimos el camino en un silencio casi absoluto. No eran solo los muertos los que se perdieron ese día: muchos se habían rendido. Uno de ellos se llamaba Monynhial; una pelea con otro niño, años atrás, se había saldado con su nariz rota. Tenía los ojos muy juntos, no sonreía y casi nunca hablaba. Yo había intentado hablar con él, pero sus intervenciones eran breves y tajantes: la conversación se acababa enseguida. Después del bombardeo, los ojos de Monynhial perdieron la luz.

—No voy a dejar que me cacen así —me dijo.

Anochecía; cruzábamos una zona antaño poblada que ahora estaba vacía. La luz de la noche era hermosa, una mezcla de rosas, amarillos y blancos.

—No te están cazando a ti —repliqué—. Nos están cazando a todos.

—Sí, y yo no puedo seguir así. Cada ruido del bosque o del cielo me aterra. Tiemblo como un pájaro atrapado en un puño. Quiero dejar de andar. Quiero quedarme quieto, al menos ya sabré qué sonidos cabe esperar. Quiero detener todos los sonidos, la posibilidad de acabar bombardeado o devorado.

—Estás más seguro a nuestro lado. Vamos a Etiopía. Sabes que es verdad.

—Somos el objetivo, Achak. Míranos. Demasiados chicos. Todos nos quieren muertos. Dios nos quiere muertos. Intenta matarnos.

—Sigue con nosotros unos días más. Te sentirás mejor.

—En cuanto entremos en un pueblo dejaré el grupo —dijo Monynhial.

—No digas eso.

Pero lo hizo. Se paró en el siguiente pueblo que cruzamos. A pesar de que estaba desierto, y a pesar de que Dut le advirtió que los murahaleenes volverían a este pueblo, Monynhial dejó de andar.

—Os veré en otro momento —dijo.

En el pueblo Monynhial encontró un hoyo profundo, fruto de la bomba de un Antonov, y se metió dentro. Nos despedimos de él porque estábamos acostumbrados a los chicos que morían y a los que abandonaban el grupo de otras formas. Nuestro grupo siguió adelante mientras Monynhial permaneció en el agujero durante tres días, sin moverse, disfrutando del silencio. Excavó una cueva en un lado del cráter, y con leños de una cabaña medio quemada construyó una pequeña puerta para tapar la entrada; en ella se escondía de las alimañas. Nadie visitó a Monynhial; ningún animal, ninguna persona; nadie sabía que estaba allí. Cuando le entró hambre, el primer día, se arrastró hacia el exterior del agujero y siguió arrastrándose por el pueblo, hasta llegar a una cabaña donde encontró un hueso en las cenizas de una hoguera. Prendidos del hueso había tres jirones de carne de cabra, negros por fuera, que sirvieron para saciarle aquel día. Bebió de los charcos y luego volvió a rastras al agujero, donde se pasó el resto del día y toda la noche. Al tercer día decidió morir en el agujero, porque allí estaba caliente y no había ruidos. Y murió aquel día, porque estaba listo para ello. Ninguno de los chicos que caminaba a mi lado vio cómo Monynhial fallecía en su hoyo pero todos sabemos que la historia es cierta. No hay nada más fácil para un chico que morir en Sudán.