Qué es el qué
Capítulo 2
2
—¡Mira a este tío! ¡Con la cabeza ensangrentada y esa cara de cabreado!
Azul Pálido se dirige a mí. Aún está apostado en la ventana, pero su cómplice lleva un buen rato encerrada en el cuarto de baño. Este desarrollo, el hecho de que haya usado mi cuarto de baño, me convence de la necesidad de abandonar este apartamento. La violación de mi intimidad ha sido completa. En cuanto se vayan me gustaría prenderle fuego.
—Eh, Tonya, ven a echar un vistazo al príncipe nigeriano. ¿Qué pasa, tío? ¿No te habían robado nunca?
Ahora ella también me mira. Se llama Tonya.
—Vete acostumbrando, África —dice ella.
Se me ocurre que cuanto más tiempo pase el agente de policía en el aparcamiento, mayores probabilidades hay de que me encuentren. Mientras el poli siga allí, existe la posibilidad de que regrese Achor Achor o de que pase a verme Edgardo. No es que esto último sea muy habitual —prefiere el teléfono—, pero no es imposible. Si llamara a la puerta, no habría forma de ocultar lo que está pasando aquí.
Suena mi teléfono móvil. Tonya y Azul Pálido lo dejan sonar. Minutos más tarde, suena de nuevo. Deben de ser las cinco.
—¡Vaya con el chulo! —dice Azul Pálido—, le suena el teléfono cada minuto. ¿Te dedicas a chulear chicas, príncipe?
Si no hubiera establecido unas reglas, el teléfono móvil no pararía de sonar. En Estados Unidos debe de haber un círculo de tal vez trescientos sudaneses que se mantienen en contacto, yo con ellos pero sobre todo ellos conmigo, y lo hacemos hasta un extremo que podría considerarse excesivo. Todos creen que dispongo de una especie de línea directa con los rebeldes, con el ELPS. Me llaman para confirmar cualquier rumor, para pedirme opinión sobre los últimos acontecimientos. Antes de que insistiera en que las llamadas quedaran limitadas al período que va entre las cinco y las nueve, recibía una media de setenta llamadas por día. No exagero. Las llamadas eran incesantes. Cualquier conversación de cinco minutos quedaba interrumpida ocho o nueve veces por nuevas llamadas. Bol llama desde Phoenix y mientras hablo con él sobre el visado de su hermano, que ha conseguido llegar a El Cairo, llama James desde San José para pedir dinero. Compartimos información sobre trabajos, préstamos para coches, seguros, bodas, acontecimientos en el sur de Sudán. Cuando John Garang, líder del ELPS y el hombre que más o menos provocó el inicio de la guerra civil, murió en un accidente de helicóptero el pasado mes de julio, las llamadas no respetaron límites ni horarios. Estuve al teléfono, sin parar, durante cuatro días. Y sin embargo no sabía nada que no supieran los otros.
En muchos casos, los Niños Perdidos de Sudán no tienen a nadie más. Por cierto, la verdad es que el nombre de Niños Perdidos no es un apodo muy apreciado por muchos de nosotros, pero resulta útil: huimos o nos echaron de nuestros hogares; la mayoría éramos huérfanos, y miles de nosotros deambulamos por desiertos y bosques durante lo que parecieron años. En cierto sentido estábamos solos, y la mayoría ni siquiera sabía adónde iba. Mientras estuvimos en Kakuma, uno de los mayores y más remotos campos de refugiados del mundo, encontramos nuevas familias, al menos muchos de nosotros. Viví con un maestro de mi ciudad natal, y cuando, dos años después, trajo a su familia al campo, disfrutamos de algo parecido a una familia. Había cinco niños y tres niñas. Yo las llamaba hermanas. Íbamos al colegio juntos, a buscar agua juntos. Pero con nuestra reubicación en Estados Unidos volvíamos a ser solo chicos. Hay muy pocas sudanesas en Estados Unidos, y muy pocos ancianos, de manera que confiamos los unos en los otros para casi todo. Esto tiene sus desventajas, ya que a menudo compartimos rumores infundados y una abyecta paranoia.
Cuando llegamos aquí, permanecimos en el interior de nuestros apartamentos durante semanas y solo nos aventurábamos a salir cuando era necesario. Uno de nuestros amigos, que llevaba en Estados Unidos mucho más tiempo que nosotros, acababa de ser atracado de camino a casa. Me entristece decir que eran afroamericanos, y esto hizo que nos planteáramos qué imagen tenían de nosotros. Nos sentíamos vigilados, perseguidos. Los sudaneses somos reconocibles; no nos parecemos a ningún otro pueblo de la tierra. Ni siquiera nos parecemos al resto de habitantes del este de África. El aislamiento de muchas zonas del sur de Sudán ha asegurado que nuestra sangre se mantenga inalterada. Nos pasamos semanas encerrados, preocupados no solo por los jóvenes depredadores sino también por si los agentes de inmigración de Estados Unidos cambiaban de opinión sobre nosotros. Es divertido pensarlo desde el momento presente: lo ingenuos que éramos, lo sesgado de nuestra perspectiva. Todo parecía posible. Si nos dejábamos ver demasiado, o si alguno de nosotros se metía en líos, parecía perfectamente probable que fuéramos reenviados a África. O quizá solo encarcelados. Achor Achor creía que podían ejecutarnos si llegaban a descubrir que alguna vez estuvimos afiliados al ELPS. En Kakuma fuimos muchos los que mentimos en las solicitudes y durante nuestras conversaciones con los agentes. Sabíamos que si admitíamos haber pertenecido al ELPS, no nos enviarían a Atlanta, a Dakota del Norte o a Detroit. Nos quedaríamos en Kakuma. Así que los que teníamos que mentir, mentimos. El ELPS había sido parte de nuestra vida desde muy temprana edad, y alrededor de la mitad de los jóvenes que se llaman a sí mismos los Niños Perdidos fueron niños soldados en mayor o menor grado. Pero se trata de una parte de nuestra historia que nos han aconsejado omitir.
Así que no salíamos. Nos pasábamos la mayor parte del día y la noche viendo la tele, actividad que solo interrumpíamos para echar una siesta o una partida de ajedrez. Uno de los hombres que vivía con nosotros aquellos días nunca había visto la televisión, a excepción de algún momento aislado en Kakuma y Nairobi; desde luego nada que se pareciera a los ciento veinte canales que podíamos sintonizar en aquel primer piso. Era algo demasiado gordo para absorberlo en un par o tres de días. Estuvimos viendo la tele sin pausa durante una semana, y al final de ese período estábamos alterados, descorazonados, totalmente confundidos. Uno de nosotros se aventuraba a salir al anochecer, a comprar comida o cualquier otra cosa que necesitáramos, siempre con el temor de ser, también nosotros, atracados por jóvenes afroamericanos.
Aunque los ancianos de Sudán nos habían advertido sobre el índice de criminalidad en Estados Unidos, esta clase de cosas no formaba parte de nuestra orientación oficial. Cuando, después de diez años, nos dijeron que por fin abandonaríamos el campo de refugiados, nos impartieron un cursillo de dos días sobre lo que veríamos y oiríamos en Estados Unidos. Un americano llamado Sasha nos habló de la moneda americana, de cómo encontrar trabajo, del alquiler, el aire acondicionado, el transporte público y la nieve. Muchos iríamos a parar a lugares como Fargo o Seattle, y para ilustrar la lección, Sasha nos dejó tocar un trozo de hielo. Muchos de los asistentes a la clase nunca habían tocado el hielo. Yo sí, pero solo porque fui uno de los jóvenes líderes del campo, y en el recinto de la ONU había visto muchas cosas, entre ellas los almacenes de comida, el equipo de atletismo donado por Japón y Suecia, y las películas de Bruce Willis. Pero aunque Sasha nos dijo que en América ni siquiera los hombres más poderosos podían tener más de una esposa a la vez —mi padre tenía seis— y nos habló de escaleras mecánicas, tuberías interiores y de las diversas leyes del país, no nos advirtió que los adolescentes americanos me dirían que volviera a África. La primera vez que me pasó iba en un autobús.
Unos meses después de nuestra llegada empezamos a aventurarnos a salir del piso, en parte porque solo nos habían proporcionado suficiente dinero para vivir durante tres meses, y nos hacía falta encontrar un empleo. Era enero de 2002 y yo trabajaba en el almacén de Best Buy. Volvía a casa a las ocho, después de efectuar tres transbordos (el trabajo no duró porque tardaba noventa minutos en recorrer veinte kilómetros). Pero aquel día estaba bastante satisfecho: ganaba ocho dólares con cincuenta la hora y compartía el trabajo en el almacén de Best Buy con otros dos sudaneses: metíamos en cajas televisores de plasma y lavavajillas. Estaba agotado, volvía a casa y ardía en deseos de ver una cinta que había estado circulando entre los Niños Perdidos de Atlanta; alguien había filmado la reciente boda de un célebre sudanés y una sudanesa que yo había conocido en Kakuma, instalados ahora en Kansas City. Iba a bajar en mi parada cuando dos adolescentes afroamericanos se dirigieron a mí.
—Tú —me dijo uno de los chicos—, tú, tío raro, ¿de dónde eres?
Me volví y le dije que era de Sudán. Esto le dio que pensar. Sudán no es muy conocido, o al menos no lo era hasta que la guerra iniciada por los islamistas hace veinte años, con sus ejércitos sustitutos, sus milicias desatadas, llegó a Darfur en 2003.
—¿Sabes? —dijo el adolescente, inclinando la cabeza y mirándome de arriba abajo—, eres uno de esos africanos que nos ha vendido.
Siguió así durante un rato, y dejó claro que me creía responsable de la esclavitud de sus ancestros. Lógicamente, su amigo y él me siguieron a lo largo de una manzana, hablando a mi espalda, sugiriéndome de nuevo que volviera a África. Esta idea también le ha sido formulada a Achor Achor, y ahora mis dos huéspedes también la han expresado en voz alta. Hace un momento, Azul Pálido me ha mirado con cierta compasión y ha dicho:
—Tío, ¿qué haces aquí? ¿Has venido a ponerte nuestros trajes y a actuar como si fueras alguien educado? ¿No creías que te pillarían aquí?
Aunque tengo una mala opinión de los adolescentes que me acosaron, siento más tolerancia hacia esta clase de experiencia que algunos de mis compañeros sudaneses. Es algo terrible, las opiniones que hemos desarrollado los africanos de los afroamericanos. Vemos películas americanas y llegamos a este país convencidos de que los afroamericanos son todos traficantes y ladrones de bancos. Los ancianos sudaneses de Kakuma nos dijeron, sin ambages, que nos mantuviéramos alejados de los afroamericanos, sobre todo de las mujeres. Qué sorprendidos habrían estado de haber sabido que la primera persona, y la más importante, que nos ayudó en Atlanta fue una afroamericana que solo quería hacer de puente con otras personas dispuestas a ayudar. Cabe resaltar que esta ayuda nos dejó perplejos; en cierto sentido la veíamos como un derecho adquirido, aunque a la vez cuestionábamos que otros la necesitaran. En Atlanta, cuando veíamos a gente sin trabajo, sin techo o jóvenes bebiendo en esquinas o coches, les decíamos: «¡Id a trabajar! Tenéis manos, ¡trabajad!». Pero eso era antes de que empezáramos a buscar trabajo, y desde luego antes de que comprendiéramos que trabajar en Best Buy no facilitaba en absoluto nuestros objetivos de estudiar en la universidad o simplemente de progresar.
Cuando aterrizamos en el aeropuerto internacional John F. Kennedy, nos prometieron el suficiente dinero para cubrir el alquiler y la comida durante tres meses. Me llevaron a Atlanta, me proporcionaron una carta verde temporal y otra para la asistencia médica, y a través del International Rescue Committee me dieron suficiente dinero para pagar el alquiler durante exactamente tres meses. Los ocho dólares con cincuenta que ganaba por hora en Best Buy no bastaban. Aquel primer otoño acepté un segundo empleo, en una tienda temática navideña que abría en noviembre y que cerró a principios de enero. Colocaba figuras de Santa Claus de cerámica en las estanterías, rociaba objetos en miniatura con nieve sintética, barría el suelo varias veces al día. Sin embargo, entre ambos empleos, ninguno con horario completo, ganaba menos de doscientos dólares a la semana, descontados impuestos. Conocía a hombres en Kakuma que ganaban más, en términos relativos, vendiendo zapatillas hechas de cuerda y neumáticos de goma.
Por fin, un artículo de periódico sobre los sudaneses en Atlanta trajo consigo nuevas ofertas de trabajo de ciudadanos bienintencionados y acepté uno en un expositor de muebles, la clase de lugar frecuentado por diseñadores, en un complejo suburbano con muchos expositores parecidos. El empleo me condenaba a estar en la trastienda, entre las muestras de tela. Es algo de lo que no debería avergonzarme, y sin embargo no puedo evitarlo: mi trabajo consistía en enviar muestras de tela para los diseñadores y volver a archivarlas cuando me eran devueltas. Lo desempeñé durante casi dos años. Ese tiempo desperdiciado, todo ese tiempo que pasé sentado en un taburete de madera catalogando, sonriendo, archivando, dando las gracias — cuando debería haber estado en el colegio— es algo que prefiero olvidar. Las horas que hago ahora en el centro de Century Club Health and Fitness son superficialmente agradables: los socios del gimnasio me sonríen y yo a ellos, pero mi paciencia se agota por momentos.
Azul Pálido y Tonya llevan un rato discutiendo. Cada vez están más nerviosos por el propósito que ha traído a la policía al aparcamiento. Tonya le echa la culpa a Azul Pálido por haber aparcado el coche allí; ella quería aparcar en la calle para facilitar la huida. Azul Pálido replica que fue Tonya la que insistió en que dejara el coche en el aparcamiento, para así poder salir lo más deprisa posible. Este debate ha durado veinte minutos, más o menos, en forma de acalorados intercambios verbales seguidos de largos y tensos silencios. Actúan como si fueran hermanos, y empiezo a pensar que son parientes. Se hablan sin respeto, ni límites, como hacen los hermanos en América.
En estos momentos yo debería estar en Ponte Vedra Beach, Florida, con Phil Mays y su familia. Phil ha sido mi anfitrión, el mecenas y mentor americano que accedió a ayudarme durante mi vida aquí. Abogado especializado en el sector inmobiliario, Phil me compró ropa, me alquiló el apartamento, financió mi Toyota Corolla, me dio una lámpara de pie, los electrodomésticos de la cocina y un teléfono móvil, y me llevó al médico cuando sufrí esas tremendas jaquecas. Ahora Phil vive en Ponte Vedra Beach y hace dos semanas me invitó a pasar un fin de semana allí y a visitar la Universidad de Florida. Le dije que no, pensando que el viaje estaba demasiado cercano a mis exámenes de medio curso en el Georgia Perimeter College. Mañana tengo dos.
Pero llevo algún tiempo pensando en irme de Atlanta.
Mi próximo destino no tiene por qué ser Florida, pero no puedo quedarme aquí. Tengo otros amigos aquí, otros aliados —Mary Williams y una familia apellidada Newton—, pero no me bastan para convencerme de permanecer en Georgia. Todo es muy difícil en la comunidad sudanesa de aquí; hay demasiadas suspicacias. Siempre que alguien intenta ayudar a uno de nosotros, el resto de sudaneses se queja de que es injusto, de que ellos también merecen esa contribución. ¿Acaso no cruzamos todos el desierto a pie?, preguntan. ¿No nos comimos los intestinos de hienas y cabras para llenar el estómago? ¿No bebimos todos nuestra propia orina? Esta última parte es, desde luego, apócrifa, totalmente falsa para la gran mayoría de nosotros, pero suele impresionar a la gente. Durante nuestro viaje a pie desde el sur de Sudán a Etiopía hubo un puñado de chicos que se bebió su orina, y unos cuantos más que comieron barro para mantener la humedad de la garganta, pero nuestras experiencias eran muy distintas en función de cuándo cruzamos Sudán. Los últimos grupos gozaron de más ventajas, de más apoyo por parte del ELPS. Hay un grupo, que cruzó el desierto justo detrás del mío, que hizo el viaje en un camión cisterna. ¡Disponían de soldados, armas, camiones! Y del camión cisterna, que simbolizaba para nosotros todo lo que nunca tendríamos, y el hecho de que siempre habría castas entre las castas: de que incluso entre los grupos de niños que huían seguía habiendo jerarquías. Pese a ello, los relatos de los Niños Perdidos se han vuelto notablemente parecidos a lo largo de los años. Todos incluyen ataques de leones, hienas, cocodrilos. Todos han presenciado ataques a manos de los murahaleenes —milicias a caballo pagadas por el gobierno—, bombardeos de Antonovs, caravanas de esclavos. Pero no todos vimos las mismas cosas. En el punto álgido de nuestro viaje del sur de Sudán a Etiopía debíamos de ser unos veinte mil, y las rutas que seguimos fueron distintas. Algunos llegaron con sus padres. Otros con soldados rebeldes. Unos miles viajaron solos. Pero ahora, tanto los mecenas como los periodistas y similares esperan que las historias contengan ciertos elementos, y los Niños Perdidos se han mostrado coherentes en su deseo de no defraudarlos. Los supervivientes cuentan el relato que les piden los simpatizantes, y eso implica dotarlos de la mayor cantidad de detalles escabrosos posible. Mi propia historia incluye tantos adornos menores que no me siento con fuerza moral para criticar los relatos ajenos.
Me pregunto si a mis amigos Tonya y Azul Pálido les importaría algo si lo supieran. No saben nada de mí, y me pregunto si, de conocer los detalles sobre mi viaje hasta aquí, alterarían el curso de acción emprendido en mi contra. No albergo muchas esperanzas al respecto.
Ahora han vuelto a apostarse junto a la ventana, los dos, y maldicen al agente. Creo que no han pasado más de noventa minutos, pero, aun así, resulta desconcertante. Nunca he visto a un agente de policía pasar más de unos minutos en el aparcamiento de este complejo de viviendas. Hubo un robo hace tiempo, pero nadie estaba en casa y se olvidó en unos días. Este robo en marcha, unido a la prolongada presencia de la policía… parece ilógico.
Tonya emite un grito.
—¡Largo, cerdo, largo!
Azul Pálido está sentado en la silla de la cocina y separa las varillas de la persiana con los dedos.
—Sí, ¡súbete al puto coche! ¡Vete, capullo!
Estoy hecho polvo, pero al mismo tiempo, la partida del agente podría significar la desaparición rápida de mis dos huéspedes. Ahora se ríen.
—Eh, tío, creía que…
—Dos en sus tiendas y en sus hogares ¡Ya lo sé! Estaba…
No pueden parar de reír. Tonya suelta una exclamación de alegría.
Ahora se mueven a toda prisa. Tonya vuelve a amontonar el estéreo, el vídeo y el microondas en los brazos de Azul Pálido, y una vez más él se dirige a la puerta. Ella se la abre, y por un momento siento el temor de que el poli les haya tendido una especie de trampa y haya fingido que se iba. ¿Tal vez esté escondido en la esquina? Podría significar el arresto de esos dos, pero también un enfrentamiento más largo, un rehén, disparos. Por improbable que parezca, me descubro esperando que el agente de policía se haya ido de verdad y que estos dos se larguen cuanto antes.
Y, durante unos diez minutos, eso parece. Al amparo de la noche, sus movimientos desprenden un cinismo total: realizan dos viajes cada uno para llevar todos los objetos valiosos del apartamento al coche. Y ahora los tengo delante.
—Bueno, África, espero que esto te haya servido de lección —dice Tonya.
—Gracias por tu hospitalidad, hermano —añade Azul Pálido.
Están exaltados ante la perspectiva de su inminente y segura huida. Azul Pálido está de rodillas, desenchufando el televisor.
—¿Puedes? —pregunto Tonya.
—Ya está —responde él.
Jadea al levantar el aparato de la mesita. Es un televisor grande, un modelo antiguo, ancho como un yunque, con una pantalla de diecinueve pulgadas. Tonya le abre la puerta y Azul Pálido sale de espaldas. No me dicen nada. Se van y cierran la puerta.
Espero un momento tendido en el suelo, sin creérmelo. El apartamento tiene ahora una atmósfera extraña. Por un instante, todo se vuelve más raro sin ellos que con ellos dentro.
Me incorporo. Me pongo de pie, despacio, y el dolor de mi cabeza envía rayos de calor blanco por mi espalda. Me dirijo, dando traspiés, hasta mi cuarto, a comprobar la magnitud de la tragedia. No parece muy distinto de como lo dejé, excepto por la ausencia de la cámara, el teléfono, el reloj y las zapatillas deportivas. En el cuarto de Achor Achor han sido menos amables: todos los cajones están abiertos y han sido vaciados; su archivador, ordenado de forma casi compulsiva, está ahora volcado y su contenido —cada pedazo de papel que ha firmado desde que tenía once años— aparece diseminado por el suelo.
Vuelvo al comedor y me detengo. Están aquí. Tonya y Azul Pálido están de nuevo en mi apartamento y estoy asustado. No quieren dejar testigos. No se me había ocurrido antes pero ahora me parece comprensible. Pero ¿cómo van a disparar contra mí sin alertar a los otros cincuenta y cuatro residentes del edificio?
Tal vez piensen matarme de otra forma.
Los observo desde la puerta. No hacen el menor movimiento hacia mí. Si lo hacen, dispondré de un momento para encerrarme en mi habitación. Tal vez incluso para escapar por la ventana. Lentamente, doy un paso atrás.
—No te muevas, África. No des ni un puto paso.
Azul Pálido se ha llevado la mano a la pistola. El televisor está en el suelo, entre ambos.
—Podemos descargar la furgoneta —le dice Tonya.
—No vamos a descargar la furgoneta. Tenemos que salir de aquí cagando leches.
—¿No me dirás que tenemos que dejar esto aquí?
—¿Y qué quieres hacer?
—Deja que piense.
Como ya he dicho antes, soy un imbécil. Porque soy imbécil y porque recibí demasiadas lecciones de hombres y mujeres buenos provistos de rígidos códigos morales, hallo mis fuerzas en la afirmación de lo que es correcto. Esto pocas veces me ha servido de nada en situaciones como esta. Al verlos discutir se me ocurre una idea y tomo la palabra.
—Es mejor que os vayáis. Se acabó. He llamado a la policía. Vienen hacia aquí —digo en un tono de voz neutro.
Pero mientras pronuncio las últimas palabras, Azul Pálido se dirige hacia mí y en una sucesión rápida de palabras y gestos dice: «Tú no has hecho una mierda, capullo», y luego hace ademán de golpearme. Como creo que va a darme en la cara, me cubro la cabeza y dejo el torso sin protección. Y por primera vez en mi vida recibo un golpe que creo que podría matarme. Un puñetazo en el estómago, propinado con toda la fuerza por un hombre como Azul Pálido, es algo difícil de soportar, sobre todo por alguien como yo, de complexión débil: metro cincuenta de estatura y sesenta y cinco kilos de peso. Es como si me arrancara los pulmones del pecho. Jadeo. Escupo. Al final resbalo y caigo al suelo; en la caída me golpeo la cabeza contra algo duro e irrompible, y ese es, por el momento, el final de Valentino Achak Deng.