Qué es el qué

Dave Eggers · Capítulo 14 de 27

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Qué es el qué

Capítulo 13

13

Tendido en el suelo de mi casa, mientras doy patadas para hacerme oír por mis vecinos cristianos, oscilo entre momentos de calma y gran nerviosismo. Acepto este apuro con resignación, a sabiendas de que terminará con la llegada de Achor Achor, pero cada hora experimento un ataque de impotencia, de furia ciega, y me agito, doy golpes y trato de liberarme. Invariablemente estos movimientos solo sirven para tensar las cuerdas y llenarme los ojos de lágrimas, para provocar punzadas de dolor en la base del cráneo.

Pero en el último estallido de frustración descubro algo. Me percato de que puedo rodar. Me siento idiota por no haber caído en ello antes, pero en cuestión de un segundo me he dado la vuelta y me sitúo en perpendicular a la puerta principal. Ruedo de lado, con la barbilla hundida en la moqueta: cinco giros hasta quedar frente a la puerta. Giro como si fuera una rueda y doblo las rodillas. Tomo aliento, satisfecho al ver que he dado con la solución y me dedico a golpear la puerta con los pies atados.

Ahora, aunque no derribe la puerta, al menos llamaré la atención de la gente de fuera. Sigo dándole patadas, y la puerta, maciza y con remaches de metal, vibra en el marco. El sonido que produce es agradablemente estruendoso. Doy más patadas, intentando adoptar cierto ritmo. Hago ruido. Estoy seguro de que alguien tiene que oírme. Pateo la puerta con una sonrisa en la cara, al pensar que todo el mundo exterior está despertando al ruido de alguien que tiene problemas. En Atlanta hay alguien que está sufriendo, que ha sido golpeado, que cuando llegó a esta ciudad solo buscaba una educación y algo parecido a la estabilidad y que ahora se halla atado de pies y manos en su propio apartamento. Pero da patadas y mete ruido.

¡Escucha, Atlanta! Sonrío y las lágrimas me bañan las sienes porque sé que, pronto, alguien, quizá los vecinos cristianos, quizá Edgardo o un transeúnte desconocido, se acercará a la puerta y dirá: ¿Quién hay ahí? ¿Qué pasa? Se sentirán culpables al saber que podrían haber hecho algo antes si hubieran prestado más atención.

Empiezo a contar las patadas que doy a la puerta. Veinticinco, cuarenta y cinco. Noventa.

A las ciento veinticinco me tomo un descanso. No puedo creer que este estruendo no haya atraído la presencia de nadie. Mi frustración es peor que el dolor provocado por las ataduras, por el golpe con la culata del revólver. ¿Dónde está esta gente? Sé que me oyen. Es imposible que no me oigan. Pero creen que no es asunto suyo. ¡Abrid la puerta y ayudadme a ponerme de pie! ¡Con las manos libres puedo incorporarme! Con las manos libres puedo quitarme la mordaza y contaros lo que ha pasado aquí.

Reemprendo las patadas. Ciento cincuenta. Doscientas.

Es imposible que no se acerque nadie. ¿Acaso el ruido del mundo es tan cacofónico que sofoca el mío? ¡Solo pido una persona! Con una persona que viniera en mi ayuda sería suficiente.

 

Para la mayoría de los Niños Perdidos, Mary Williams fue una de las primeras personas que conocieron al llegar a América: el salvoconducto hacia cualquier información o ayuda disponible. De mirada diáfana y con una voz siempre al borde del sollozo, Mary era la fundadora de la Fundación para los Niños Perdidos, una ONG diseñada para ayudar a los Niños Perdidos de Atlanta a adaptarse a su nueva vida aquí, matricularse en el instituto, encontrar trabajo. Achor Achor me llevó a verla a la semana de haber llegado a Atlanta. Llovía y tomamos el autobús hasta su cuartel general: dos mesas en un edificio chato de cristal cromado situado en el centro de Atlanta.

—¿Quién es? —le pregunté.

—Es una mujer que nos aprecia —dijo él. Me explicó que era como una de las cooperantes de los campos, aunque en su caso no cobraba. Ella y su personal eran voluntarios. Me pareció un concepto extraño y me pregunté qué llevaba, a ella y a sus colegas, a hacernos favores a cambio de nada. Es una pregunta que formulé a menudo, al igual que hacían otros sudaneses: ¿qué problema tiene esta gente que quiere dedicar tanto tiempo a ayudarnos?

Mary era una mujer de pelo corto y rasgos suaves, de manos cálidas con las que rodeó las mías. Nos sentamos y hablamos de la obra de la fundación, de mis necesidades. Ella había oído que yo había dado charlas en público y me preguntó si estaría dispuesto a hacerlo en iglesias, institutos y colegios. Le dije que sí. Por encima de la mesa había diseminadas muchas vacas de arcilla, como las que hacía Moses cuando éramos pequeños. Eran obra de los sudaneses de Atlanta y Mary las subastaba como medio de recaudar fondos para la fundación, que funcionaba gracias a la ayuda y a las instalaciones cedidas por la madre de Mary, una mujer llamada Jane Fonda. Me informaron de que Jane Fonda era una conocida actriz, y que como la gente estaba dispuesta a pagar más dinero por objetos dedicados por ella, Jane Fonda había estampado su firma sobre algunas vacas de barro.

Recuerdo que después de haber mantenido una breve charla con Mary sobre mis necesidades y mis planes me llevaron a dar una vuelta por la oficina, y también recuerdo mi sensación de perplejidad. Me mostraron una urna muy grande y elaborada que contenía cientos de brillantes estatuas y medallas ganadas por Jane Fonda. Mientras avanzaba despacio junto a la urna vi, con los ojos secos —no podía parpadear; debo admitir que me gusta mirar trofeos y diplomas—, muchas fotos de una mujer blanca que no guardaba el menor parecido con Mary Williams. Mary era afroamericana pero, a medida que avanzaba en mi visita, conjeturé que Jane Fonda era blanca, y supe que tendría más preguntas para hacer a Mary en cuanto terminara de inspeccionar el contenido de la urna de cristal. En muchas de las fotos que colgaban en las paredes de la oficina, Jane Fonda iba vestida con poca ropa, ropa de deporte en tonos rosas y violetas. Parecía una mujer muy activa. Cuando salíamos de la oficina, pregunté a Achor Achor si podía explicármelo.

—¿No sabes nada de ella? —me dijo.

Yo no sabía nada, por supuesto, así que me contó su historia.

Mary nació en Oakland a finales de los sesenta, en el mundo de los Panteras Negras; su padre había sido uno de sus capitanes, un miembro prominente, un hombre valeroso. Ella era la menor de cinco hermanos, y la familia era pobre y cambiaba de domicilio con mucha frecuencia. Su padre entraba y salía de la cárcel, acusado de delitos relacionados con sus actividades revolucionarias. Cuando estaba en la calle, se debatía entre las drogas y los empleos de baja estofa. En medio de todo esto, Mary fue enviada a un campamento benéfico de verano que se realizaba en Santa Barbara para los chavales de la ciudad, un campamento que pertenecía y era dirigido por la actriz Jane Fonda. A lo largo de dos veranos Jane Fonda llegó a conocer a Mary: acabó sacándola de su cochambrosa casa de Oakland y la adoptó. Mary pasó de Oakland a Santa Monica, donde se crió con el resto de hijos biológicos de Jane Fonda. Quince años más tarde, tras la facultad y tras una estancia en África trabajando en pro de los derechos humanos, y tras enterarse de que su hermana, que era prostituta desde los quince años, había sido asesinada en un callejón de Oakland, Mary leyó algunos artículos de prensa sobre los Niños Perdidos y poco después montó su organización. El dinero de base le llegó de Jane Fonda y Ted Turner, quien, por lo que me dijeron, era marino y propietario de muchas cadenas de televisión. Más adelante llegué a conocer a Jane Fonda y a Ted Turner, por separado, y ambos me parecieron personas muy decentes que se acordaban de mi nombre y me estrechaban la mano con cariño.

Esta no fue la única ocasión en la que los Niños Perdidos de Atlanta se vieron en contacto directo con gente de alto standing. No entiendo muy bien por qué, aunque supongo que se debía sobre todo al empeño de Mary, que hacía todo lo posible por atraer la atención pública sobre nosotros, lo que por extensión redundaría en más fondos para la fundación. La verdad es que al final el asunto no funcionó, pero entretanto estreché la mano de Jimmy Carter e incluso de Angelina Jolie, que pasó toda una tarde en el apartamento donde vivía uno de los Niños Perdidos. Fue un día raro. Unos días antes me informaron de que una joven actriz blanca vendría a charlar con alguno de los Niños Perdidos. Como siempre, se suscitó un vivo debate sobre quién debía representarnos y por qué. Dado que yo había sido delegado de muchos jóvenes en Kakuma, fui uno de los escogidos para estar allí, pero eso no sentó muy bien entre el resto de jóvenes sudaneses. Esto tampoco me importó mucho, la verdad, porque me gustaba estar presente en esa clase de momentos y asegurarme de que se mostraba la imagen correcta de nuestras vidas, sin caer en demasiadas exageraciones. De manera que unos veinte sudaneses nos apiñamos en el apartamento de uno de los que más tiempo llevaba en Atlanta, y luego llegó la señorita Jolie, acompañada de un hombre de pelo canoso que asomaba bajo una gorra de béisbol. Ambos se sentaron en el sofá, rodeados de sudaneses que intentábamos tomar la palabra, decir algo, y al mismo tiempo mantener la educación y no hablar a gritos. Debo admitir que cuando la conocí no tenía ni idea de quién era; me habían dicho que era una actriz, y lo cierto es que al verla me pareció una actriz: hacía gala de la misma pose afectada y la misma mirada seductora que la señorita Gladys, la atractiva profesora de arte dramático que tenía en Kakuma, así que me cayó bien al instante. La señorita Jolie nos escuchó durante dos horas y luego nos dijo que tenía la intención de ir a Kakuma en persona. Y creo que lo hizo.

¡Aquellos primeros meses en Estados Unidos estuvieron tan llenos de acontecimientos interesantes! Y entretanto Mary Williams me llamaba, y yo a ella, y teníamos una relación muy productiva. Cuando tuve problemas para recibir tratamiento para las jaquecas y la rodilla —que había quedado dañada en Kakuma—, Mary llamó a Jane Fonda, quien me llevó a su propio médico de Atlanta. El médico acabó operándome de la rodilla, lo que mejoró mucho mi movilidad. Era muy generosa, Mary, pero ya se sentía dolida por las actitudes de ciertos sudaneses a los que ayudaba; era algo que se le veía en los ojos, que siempre parecían estar al borde de las lágrimas: estaba agotada y no tardaría mucho en dejar el servicio a nuestra causa. Recuerdo la primera vez que comprendí lo difícil que resultaba para ella y la escasa gratitud que recibía a cambio del trabajo que hacía. Fue en una fiesta de cumpleaños. Ella lo había organizado todo: una fiesta con comida, entradas para un partido de los Atlanta Hawks, una charla privada ofrecida por Manute Bol, el sudanés más famoso de la historia, un ex jugador de la NBA que destinaba una gran parte de sus ingresos al ELPS. Pero aun así no cesaban los rumores y especulaciones sobre el trabajo de Mary en la Fundación para los Niños Perdidos. ¿Hacía mal uso de algunas donaciones? ¿Era ineficaz a la hora de procurar estudios superiores para los Niños Perdidos?

Yo solo llevaba unos meses en el país, y ahí estaba, trajeado, asistiendo a un partido de baloncesto profesional. ¡Imaginadlo! Imaginad a doce refugiados de Sudán, todos trajeados, todos con trajes que nos iban una talla pequeña, donados por parroquias y patrocinadores. Imaginadnos sentados, intentando comprender el sentido de todo eso. La confusión se inició antes del partido, cuando un grupo de doce jóvenes americanas, de múltiples razas, con buenos cuerpos y vestidas con leotardos, salieron a la vacía cancha de baloncesto, donde realizaron una danza hiperactiva y muy sensual al ritmo de una canción de Puff Daddy. Todos nos quedamos mirando a aquellas jóvenes bailarinas, que conformaban una imagen de intenso poder y sexualidad voraz. Habría sido de mala educación desviar la mirada, pero no puedo negar que el espectáculo me hacía sentir incómodo. La música era la más estruendosa que yo había oído en mi vida, y la visión del estadio, con sus paredes de cuarenta metros de altura, sus miles de asientos, la estructura de cristales, cromo y rótulos luminosos, las animadoras y el sonido matador… Todo parecía diseñado para hacer que la gente se volviera loca.

Poco después otro grupo de animadoras empezó a lanzar camisetas hacia las gradas, usando máquinas que parecían cañones. Contemplé aquellas armas, capaces de almacenar diez camisetas enrolladas en la recámara y de lanzarlas a doce o trece metros de altura. Las jovencitas, animadoras de los Atlanta Hawks, intentaban inspirar a la multitud, regalando ropa y pelotas de baloncesto en miniatura, aunque la tarea se les presentaba difícil. Los Atlanta Hawks se enfrentaban a los Golden State Warriors, y como ninguno de los dos equipos estaba haciendo una buena temporada, apenas unos cientos de personas ocupaban los diecisiete mil asientos del estadio.

Un gran porcentaje de los asistentes de aquella noche eran sudaneses —ciento ochenta, para ser exactos— y doce habían sido elegidos para la fila que se hallaba más cerca de la pista, para ocupar un lugar preferente junto a Manute Bol. Y ahí estábamos: viendo el partido al lado de uno de los hombres más altos del mundo del baloncesto profesional. Aquella noche fue una experiencia extraña, y debería haber sido positiva en conjunto, pero no lo fue: la primera nota discordante sonó cuando uno de los Niños Perdidos que no había sido agraciado con uno de los mejores asientos se abrió paso hasta nosotros y empezó quejarse en voz alta, dirigiéndose incluso a Manute, de lo injusto que era todo aquello. Y mientras aquel joven, cuyo nombre prefiero no mencionar, desgranaba su rosario de quejas, el nombre de Mary aparecía una y otra vez como responsable de todos los males.

—¿Cómo puede hacer cosas así? —exigía él—. ¿Qué derecho tiene?

Esa noche me formé una opinión muy mala de ese chico. Por fin uno de los acomodadores le pidió que regresara a su sitio, y, algo avergonzados, volvimos a concentrarnos en la pista. Mientras el baile de las animadores continuaba, unos cuantos jugadores de los Atlanta Hawks, que en persona parecían mucho más grandes que por la tele, se acercaron con sus enormes pies hasta Bol para saludarlo. Bol permaneció sentado, ya que era evidente que estar de pie le costaba mucho más que antes. Todos le vimos hablar con los jugadores americanos, que en su mayoría acompañaron el apretón de manos con algún breve comentario antes de volver a las filas de su equipo. Unos cuantos jugadores de los Hawks posaron sus miradas sobre nosotros, los invitados de Bol, y parecieron deducir al instante quiénes éramos.

Era conmovedor y vergonzoso a la vez. En conjunto estábamos más sanos de lo que habíamos estado nunca, pero al lado de aquellos jugadores de la NBA teníamos una pinta frágil y desnutrida. Incluso nuestro líder, Manute Bol, con aquella cabeza pequeña y los enormes pies, parecía una ramita que hubiera crecido demasiado y se hubiera caído del árbol. Nuestro aspecto proclamaba a gritos que todos los habitantes de Sudán pasaban hambre y eran de complexión débil. Ningún traje conseguía disimular lo incómodos que nos sentíamos en este mundo.

El partido era el principio de una velada de celebración en honor de nuestros cumpleaños colectivos, organizada por Mary y su equipo de voluntarios. Después del partido, celebramos la fiesta en el CNN Center, el edificio contiguo. Mary había movido los hilos con Ted Turner para que nos cedieran el espacio, y los patrocinadores nos facilitaron pollo frito, judías, ensalada, tarta y refrescos. La Fundación para los Niños Perdidos había celebrado una fiesta parecida para todos el año anterior, antes de que yo llegara. ¿Por qué celebraban todos nuestros cumpleaños el mismo día? Es una buena pregunta, y su respuesta es de una banalidad fascinante. Cuando entramos en las listas de la oficina del Alto Comisionado para Refugiados de la ONU, los cooperantes nos asignaron una edad tan exacta como les fue posible y a todos nos inscribieron con la misma fecha de nacimiento: el 1 de enero. A día de hoy sigo sin saber por qué; uno diría que a la ONU le habría resultado igual de fácil escoger fechas al azar para cada uno de nosotros. Pero no lo hicieron, y aunque muchos chicos han escogido sus propias y nuevas fechas de cumpleaños, la mayoría hemos aceptado el día 1 de enero como aniversario de nuestro nacimiento. Al fin y al cabo sería muy complejo modificarlo en todos los documentos oficiales.

En la fiesta, los hombres, algunos venidos incluso desde lugares tan lejanos como Jacksonville o Charlotte, charlamos entre nosotros y con las familias patrocinadoras. Por cada refugiado había uno o dos patrocinadores americanos. Los patrocinadores y sus familias iban casi todos vestidos de blanco, a pesar de que procedían de entornos socioeconómicos diversos: había parejas jóvenes de profesionales liberales, hombres mayores con gorras de camionero, ciudadanos de edad avanzada. Pero las mujeres respondían todas al mismo patrón: de entre treinta y sesenta años, capaces y afables, la clase de mujer que uno espera encontrar de voluntaria en un colegio o una iglesia.

Ver a todos esos hombres allí reunidos suponía un impacto tremendo. Echando un vistazo entre la multitud distinguí a un par de hermanos a los que había entrenado en el equipo de fútbol cuando eran adolescentes. A otros los conocía de las clases de inglés, a otro del grupo de teatro de Kakuma, otro vendía zapatos en el campo de refugiados. Era la primera vez que me reunía con más de una docena de chicos de Kakuma, y la experiencia casi me hizo perder el sentido. Que todos hubiéramos sobrevivido, que todos lleváramos trajes nuevos, zapatos nuevos, ¡que todos asistiéramos a aquella fiesta organizada en un cavernoso templo de cristal! Nos saludamos unos a otros con abrazos y sonrisas francas, embargados por la sorpresa.

Había un subgrupo que vestía prendas distintas al resto: sudaderas, viseras, gorras de béisbol y camisetas de baloncesto, amén de una profusión de relojes y cadenas de oro. Los bautizamos con el nombre de Hawai 5-0 porque acababan de regresar de Hawai donde habían estado trabajando de extras en una película de Bruce Willis. Es cierto. Al parecer uno de los voluntarios de la Fundación para los Niños Perdidos conocía a un director de cásting en Los Ángeles que buscaba africanos del este para colaborar en una película dirigida por un afroamericano llamado Antoine Fuqua. El voluntario envió una foto de diez de los sudaneses afincados en Atlanta, y los diez fueron contratados. El día de la fiesta, los diez acababan de volver después de pasar tres meses en las islas, donde se habían alojado en un hotel de cinco estrellas, con gran lujo y con un sueldo generoso. Ahora que estaban otra vez en Atlanta, parecían decididos a mostrar que habían llegado a alguna parte, que ahora pertenecían a una casta superior al resto. Uno de ellos llevaba media docena de cadenas de oro sobre una camisa hawaiana. Otro una foto suya junto a Bruce Willis estampada en la camiseta. Este chico llevó esa camiseta todos los días durante un año entero y la lavó tantas veces que al final la cara de Willis aparecía difuminada, fantasmal.

Mientras los de Hawai 5-0 se daban ínfulas y hacían poses, el resto agotábamos todos nuestros esfuerzos por aparentar indiferencia. En el mejor de los casos, nos alegrábamos por ellos o podíamos reírnos con ellos ante el absurdo de todo. En el peor, sin embargo, asomaban los celos, celos intensos, y una vez más Mary era el blanco de todas las iras. Se rumoreaba que había sido ella la que organizó la selección de quién debía ir a Hawai, ¿y quién era ella para ejercer tanto poder? Las semillas del fracaso de la Fundación para los Niños Perdidos se plantaron aquella noche. A partir de ese momento, Mary no hizo nada a derechas. No creo que los sudaneses seamos personas especialmente quisquillosas, pero los de Atlanta parecen tomarse como una ofensa personal cualquier cosa que se le da a otro. Empezó a costar el hecho de aceptar un trabajo, una recomendación. Cualquier regalo, ya fuera procedente de la Iglesia o de algún patrocinador, era recibido con una mezcla de gratitud y nerviosismo. En Atlanta había ciento ochenta pares de ojos puestos sobre nosotros en todo momento, y nunca parecía haber suficiente de nada para todos, ningún reparto era totalmente equitativo. Con el tiempo lo mejor fue no aceptar regalo alguno, ni siquiera invitaciones para hablar en iglesias o colegios: la única solución parecía ser abandonar la comunidad en su conjunto. Solo así uno podía vivir a salvo de juicios ajenos.

Después empezó el baile, a pesar de que solo había cuatro mujeres con quienes bailar, y de las cuatro solo dos eran sudanesas. Cuando acabó el baile, Manute Bol pronunció su discurso. Cerniéndose sobre nosotros, fue severo y pedante: ofreció un parlamento primero en dinka y luego en inglés, en señal de respeto a los americanos presentes. Nos conminó a que nos comportáramos bien en Estados Unidos. Insistió en que nos convirtiéramos en inmigrantes modelo, en que trabajáramos mucho y fuéramos a la universidad. Si nos portábamos con dignidad, modestia y ambición, nos dijo, seríamos bien recibidos por nuestros anfitriones americanos y nuestro éxito animaría al gobierno de Estados Unidos a traer más refugiados sudaneses a América. Nos explicó que de nosotros dependía el hecho de ser la luz de la esperanza para los sudaneses que aún vivían en los campos y para aquellos que aún sufrían en Sudán.

—¿Recordáis que el tiempo es oro? —insistió.

Hizo una pausa para enfatizar sus palabras.

—¡En América no podéis llegar tarde!

Otra pausa prolongada.

Manute hablaba a ráfagas; empezaba cada frase con unas cuantas palabras en voz muy alta, que luego daban paso a una serie de reflexiones en tono más tranquilo. Mientras hablaba todos le escuchamos en silencio, asintiendo con la cabeza. Sentíamos un enorme respeto por Manute Bol; él había hecho todo lo posible por devolver la paz a Sudán. Años atrás, el gobierno le había instado a que regresara a Jartum, ofreciéndole el cargo de ministro de Deportes y Cultura. Debido a su lealtad hacia su país y considerando que la propuesta representaba una magnífica oportunidad para llamar la atención sobre las necesidades de su gente ante el gobierno islámico, Manute aceptó y viajó a Jartum. Una vez allí, le informaron de que el trabajo no sería suyo a menos que renunciara al cristianismo y se convirtiera al islam. Se negó, lo cual resultó desastroso. El gobierno se lo tomó como una ofensa personal y, según la leyenda, estuvo a punto de acabar allí sus días. Gracias a varios sobornos consiguió salir de país y volver a Connecticut.

—¡Ya no vivís en tiempo africano! ¡Esos días se han terminado!

No nos decía nada nuevo. En las conversaciones mantenidas con él había quedado claro que todos estábamos dispuestos a dejarnos la piel por conseguir un título universitario y poder enviar dinero a Sudán.

—¡Haced que vuestros antepasados se sientan orgullosos de vosotros! —gritó él.

Mary observaba todo esto sumida en sus múltiples ocupaciones: desenvolver comida, dar las gracias a patrocinadores, limpiar, estrechar manos. Fue la última vez que la vi contenta mientras trabajaba para nosotros. En los meses siguientes llegué a intimar con Mary —con ella vimos El exorcista— y fui el depositario de sus confidencias sobre las dificultades con que se encontraba para ayudar a otros sudaneses. Le gritaban, cuestionaban su competencia, a menudo usando su condición femenina como explicación de su ineptitud; admito que fue una defensa para muchos sudaneses. Ante cada nueva acusación de que era objeto —que desviaba el dinero de las donaciones que recibía, que tenía favoritos, etcétera, etcétera—, ella se iba retirando, y como es lógico no tenía más opción que favorecer a aquellos sudaneses que no intentaban desacreditarla con sus actos. Yo seguí apoyándola, porque comprendí que muchas de las cosas que los sudaneses tenían en Atlanta se habían conseguido gracias a su esfuerzo. Reconozco que esa paciencia y compasión que mostré con ella me reportaron ciertos beneficios. El principal regalo que ella me ofreció se llamaba Phil Mays.

Aunque había muchos patrocinadores como cualquiera de vosotros, vecinos cristianos —practicantes bien intencionados que habían quedado conmovidos por las súplicas de los Niños Perdidos—, tras unos meses en Atlanta yo seguía sin patrocinador, y los tres meses de alquiler gratuito donados por el gobierno de Estados Unidos estaban a punto de expirar. Sufría jaquecas constantes que a menudo me paralizaban; el dolor alcanzaba cotas cegadoras. Quería empezar una nueva vida y necesitaba ayuda en un sinfín de temas: un permiso de conducir, un coche, un empleo, la admisión en la universidad.

—Phil te ayudará con todo eso —dijo Mary, un día de lluvia, mientras esperábamos en la oficina de la Fundación para los Niños Perdidos. Me dio una palmada en la rodilla—. Es el mejor patrocinador que he encontrado.

La mayoría de los patrocinadores eran mujeres, y yo era consciente de la antipatía que despertaría el hecho de que uno de los escasos hombres me fuera adjudicado a mí. Pero no me importaba. Necesitaba la ayuda y estaba harto de la política de los jóvenes sudaneses de Atlanta.

La reunión con Phil me tenía muy nervioso. No bromeo cuando os digo que todos, cualquiera de nosotros, estaba convencido de que lo inesperado podía suceder en cualquier momento. En concreto, yo albergaba el temor de llegar a la oficina de la fundación, la mañana de la reunión, y ser puesto inmediatamente en manos de los oficiales de inmigración. De ser devuelto a Kakuma o enviado a cualquier otro lugar. Confiaba en Mary, pero temía que el tal Phil Mays fuera alguna clase de agente que desaprobaba nuestra conducta en Estados Unidos. Phil admitió después que lo había notado en mis gestos: suplicantes, tensos. Yo daba gracias por cada hora en la que era bien tratado, cada hora en que estaba fuera de peligro.

Esperé en el vestíbulo, vestido con un pantalón de traje azul, donado por la Iglesia. Era demasiado corto y demasiado ancho de cintura, pero estaba limpio. La camisa era blanca y me quedaba bien. Había pasado una hora planchándola la noche anterior y la había vuelto a planchar por la mañana.

Un hombre salió del ascensor, llevaba tejanos y un polo. Era de rasgos agradables, rondaba la treintena, y recordaba al típico ciudadano de Atlanta. Era Phil Mays. Sonrió y vino hacia mí. Me cogió la mano entre las suyas y la estrechó despacio, sin dejar de mirarme a los ojos. En ese momento estuve más seguro que nunca de sus intenciones de deportarme.

Mary nos dejó solos y le conté una versión abreviada de mi historia. Vi que el relato le afectaba profundamente. Él había leído artículos sobre los Niños Perdidos en los periódicos, pero el hecho de oír una versión más detallada de viva voz le turbó. Le pregunté por su vida y él me contó parte de su historia. Dijo ser promotor inmobiliario y haber ganado mucho dinero. Se crió en Gainesville, Florida, hijo adoptivo de un catedrático de entomología que abandonó la vida académica para ser mecánico. Su madre adoptiva abandonó a la familia cuando él tenía cuatro años y su padre lo crió solo. Phil había sido atleta, y cuando no pudo desarrollarse a nivel profesional se convirtió en entrenador, un trabajo que aún conservaba cuando se graduó. Al final estudió derecho, se trasladó a Atlanta, se casó y abrió su propio bufete. En la adolescencia descubrió que era adoptado e inició la búsqueda de sus padres biológicos. Los resultados fueron confusos, y siempre había albergado preguntas sobre su vida, sus orígenes, su naturaleza, y los primeros momentos de su vida. Cuando Phil leyó sobre nosotros y sobre la Fundación para los Niños Perdidos, decidió donar dinero a la organización; él y su esposa, Stacey, habían llegado al acuerdo de donar diez mil dólares. Llamó a la FNP y habló con Mary. Ella se emocionó ante la perspectiva de la donación y preguntó a Phil si tal vez le gustaría donar algo aparte del dinero, ¿le gustaría tal vez pasarse por la oficina y ceder parte de su tiempo?

Y ahora estaba sentado a mi lado, y resultaba obvio que se debatía interiormente ante la situación en que ambos nos veíamos inmersos. No se había planteado la posibilidad de ser mi patrocinador, pero a los pocos minutos sabía que si aquel día se iba y se limitaba a extender un cheque, me dejaría exactamente igual que antes: perdido e indefenso. Yo me sentí fatal por él, al verlo debatirse para tomar una decisión, y en cualquier otro momento de mi vida le hubiera dicho que con el dinero bastaba. Pero sabía que necesitaba un guía, alguien que pudiera decirme, por ejemplo, cómo hallar tratamiento para mis jaquecas. Le miré e intenté adoptar el aspecto de alguien que merecía su tiempo, alguien a quien sería apropiado llevar a casa, a conocer a su mujer y a sus gemelos, que entonces no llegaban al año de edad. Sonreí y traté de aparentar ser una persona amable y complaciente, en lugar de alguien que solo traía desgracias y problemas.

—¡Me encantan los bebeses! —dije. Siempre he tenido problemas con ciertos plurales—. Se me dan muy bien —añadí—. Cualquier ayuda que me ofrezca se la devolveré cuidando de los niños. O trabajando en su jardín. Estaré encantado de hacer cualquier cosa.

Pobre hombre. Supongo que se lo puse difícil. Cuando por fin se levantó y me estrechó la mano estaba al borde de las lágrimas.

—Seré tu patrocinador. Y tu mentor. Te conseguiré un empleo; te proporcionaré un coche y un apartamento. Después ya nos ocuparemos de tu acceso a la universidad.

Y supe que lo haría. Phil Mays era un triunfador, y no fracasaría conmigo. Le estreché la mano con fuerza, y le sonreí, y le acompañé hasta el ascensor. Volví a las oficinas de la FNP y miré por la ventana. Justo salía por la puerta del edificio, situada a mis pies. Le vi entrar en su coche, un vehículo elegante, de flamante color negro, que tenía aparcado justo delante. Se sentó al volante, puso las manos en su regazo y rompió a llorar. Vi cómo le temblaban los hombros y cómo se cubría la cara con las manos.

 

Cenar en casa de Phil y Stacey fue un acontecimiento relevante; tenía que causar buena impresión. Tenía que mostrarme agradable, agradecido y asegurarme de caer bien a los niños. Pero no podía ir solo. En ese momento aún no tenía coche, así que le pedí a Achor Achor que me llevara a casa de los Mays, de camino a una reunión que tenía con otros Niños Perdidos. Lavé y planché la misma camisa que me puse en mi primer encuentro con Phil —era la única camisa apropiada que tenía en esa época— y planché también los pantalones militares. Cuando Achor Achor y yo nos montamos en el coche, él me dijo que pasaríamos a recoger a otros dos refugiados sudaneses, Piol y Dau.

—¿Qué? —dije, enojado.

Había previsto que Achor Achor me acompañara hasta la puerta porque no me sentía capaz de hacerlo solo. ¿Y ahora tendría que ir escoltado por tres sudaneses? Lo más probable era que Phil y Stacey ni siquiera se molestaran en abrir.

—No te preocupes —dijo Achor Achor—. En cuanto te dejemos, nos vamos.

Aparcamos el coche en la calle y subimos a pie el sendero. La casa era enorme, del tamaño de las casas donde viven los más altos dignatarios de Sudán, ministros y embajadores. El césped estaba brillante y verde, los setos cortados en forma de cubos y óvalos.

Llamamos al timbre. Se abrió la puerta y vi la sorpresa en sus caras. Eran Phil y Stacey, cada uno con un gemelo en brazos.

—Heeey —dijo Stacey.

Era menuda y rubia, con la voz clara pero dubitativa. Miró a Phil, como si este se hubiera olvidado de decirle que serían cuatro, y no uno, los sudaneses invitados a cenar.

—¡Entrad, entrad! —dijo Phil.

Así lo hicimos y ellos cerraron la puerta.

—Espero que os apetezca una barbacoa, chicos —dijo Stacey.

Me volví hacia Achor Achor y le indiqué con la mirada que se marchara, pero estaba demasiado fascinado por la casa para prestarme atención. Resultaba obvio que tanto Achor Achor como Piol y Dut se habían olvidado ya de la reunión a la que iban. Se quedaban a cenar.

El interior de la casa era aún más impresionante que el edificio por fuera. Los techos parecían estar a diez metros de altura. Había un salón luminoso, y una escalera que ascendía hacia la derecha y conducía a las habitaciones, con un descansillo que daba al salón. Las paredes estaban forradas de librerías y en el rincón había un televisor gigantesco, encajado en el mueble. Todo era blanco y amarillo: era un lugar brillante y alegre, lleno de aire. En una península de mármol que se extendía en la cocina había un único cuenco plateado, reluciente y rebosante de fruta fresca.

Nos dirigimos al porche trasero, donde Phil inspeccionó la parrilla sobre la que había dispuesto seis hamburguesas que se estaban asando. Intenté sonreír a los bebés, pero no me los gané enseguida. Me miraron, y al contemplar mi piel color berenjena y mis dientes torcidos rompieron a llorar.

—No pasa nada —dijo Phil—. Lloran con todo el mundo. ¿Habéis probado las hamburguesas? —nos preguntó.

Achor Achor y yo habíamos comido en restaurantes y habíamos probado las hamburguesas en el tiempo que llevábamos en Atlanta.

—Sí, sí —contesté.

—¿Y sabéis lo que hay dentro de una hamburguesa?

—Sí, claro —dijo Achor Achor—. Jamón[1].

Parece un chiste fácil, como tantos de nuestros errores y múltiples malentendidos, y a los americanos a menudo les hacían gracia. Al principio de estar instalados en el apartamento no sabíamos cómo funcionaba el aire acondicionado; ignorábamos que podíamos pararlo. Durante una semana dormimos vestidos, tapados con mantas y toallas, con cualquier prenda que teníamos a mano.

Les contamos esa anécdota a Phil y a Stacey y les hizo gracia. Luego Achor Achor les contó la historia de la caja de tampones. Había una pareja de Niños Perdidos a los que hacía poco habían llevado de compras por primera vez a un enorme centro comercial. Tenían cincuenta dólares para gastar y ni idea de por dónde empezar. Durante el recorrido por el centro comercial escogieron una caja muy especial y la metieron en el carrito. Su patrocinadora, una mujer de unos cincuenta años, intentó explicarles, sonriente, qué contenía la caja, que era, de hecho, una caja de tampones. «Para mujeres», les dijo, sin saber qué conocimientos tenían sobre la anatomía femenina y sus ciclos. (No tenían ninguno.) La mujer creyó haber cumplido con su misión, pero enseguida descubrió que los chicos querían la caja de todos modos. «Es bonita», dijeron, y la compraron, se la llevaron a casa y la tuvieron de adorno encima de la mesita durante meses.

Intentamos ser educados con la comida pero en la mesa de los Mays había demasiados alimentos que nos resultaban nuevos, y no podíamos distinguir cuáles podían ser peligrosos. La ensalada parecía distinta de todas las que habíamos probado antes, y Achor Achor ni la tocó. Las verduras parecían conocidas, pero nos las sirvieron crudas, y Achor Achor y yo las preferíamos hervidas. Toda la fruta y las hortalizas frescas suponían un problema para nosotros; no habíamos comido nada parecido en los diez años pasados en Kakuma. Me bebí la leche que me sirvieron. Era el primer vaso de leche al estilo occidental que probaba, y me provocó muchos problemas en las horas siguientes. Entonces aún no sabía que había desarrollado intolerancia a los lácteos. Me pasé el primer año en América en constante guerra con mi estómago.

Cuando acabamos de cenar, Phil dejó la servilleta de tela en la mesa.

—Eh, chicos, ¿el idioma dinka tiene expresiones propias? ¿Refranes?

Achor Achor y yo intercambiamos miradas. Phil volvió a intentarlo.

—Lo siento. Me interesan especialmente los proverbios, ¿me entendéis? Por ejemplo, si yo digo: «Mejor prevenir que curar», lo que significa es… —Phil se calló. Miró a Stacey, pero ella no intervino en su ayuda—. Bueno, no sé cómo explicarlo. Pero ¿comprendéis de qué os hablo? ¿Frases que os decían vuestros padres o abuelos?

Los cuatro sudaneses fuimos mirándonos de reojo, con la esperanza de que alguien tuviera una respuesta satisfactoria.

—Disculpad —dijo Achor Achor, y se encaminó hacia el cuarto de baño.

Ya en el pasillo, carraspeó con fuerza. Le miré; sus gestos frenéticos me indicaban que fuera tras él. Procedí a disculparme también y segundos después Achor Achor y yo nos entregábamos a un furioso debate, en voz baja, dentro del dormitorio de los Mays.

—¿Sabes de qué habla? —susurró él.

El tema parecía importante, al igual que lo parecían todos en aquella primera época. Creíamos que nos lo jugábamos todo en cada pregunta y en cada respuesta. A ambos nos parecía posible que si no complacíamos a Phil en este asunto, este tal vez cambiara de opinión y me retirara su ayuda.

—No —le dije—. Pensé que lo sabrías tú. Sabes más dinka que yo.

Era cierto. El dominio que tenía Achor Achor del idioma y sus dialectos y variantes siempre ha sido mucho mayor que el mío.

Tras cinco minutos juntos en el cuarto de baño se nos ocurrieron dos proverbios que podían cumplir las expectativas de Phil.

—Aquí va uno —dijo Achor Achor mientras se sentaba a la mesa—. Lo pronunció un oficial de alto rango del Movimiento de Liberación del Pueblo Sudanés. «A veces los dientes pueden morder la lengua sin querer, pero la solución de la lengua no es encontrar otra boca en la que vivir».

Achor Achor sonrió, y todos nos unimos a su sonrisa. Él era el único en la mesa que comprendía el significado de aquel proverbio.

Después de retirar los platos, Achor Achor, Piol y Dau se marcharon, y Phil me pidió que me quedara para charlar un rato. Stacey nos dio las buenas noches y subió a acostar a los niños. Phil y yo nos dirigimos al cuarto de juegos a través de la imponente escalera. Yo nunca había visto tantos juguetes en un solo lugar. Parecía una guardería preparada para docenas de críos, no solo para dos. Las paredes estaban pintadas con murales, ilustraciones de cuentos infantiles: hadas y vacas voladoras. Había peluches, puzzles en tres dimensiones y una casa de muñecas, todo en colores blanco, rosa y amarillo. Al fondo de la habitación había un gran escritorio provisto de ordenador portátil, teléfono y una impresora.

—La oficina en casa —explicó Phil. Me dijo que era mía y que podía usarla cuando quisiera.

La estancia no contenía más de una silla, así que nos sentamos en el suelo.

—Bueno —dijo él.

Yo no sabía qué hacer, por lo que dije lo que quería decir, que era:

—Ha sido Dios quien ha unido nuestros caminos.

Phil se mostró de acuerdo.

—Me alegro.

Le pregunté por los dibujos de las paredes y Phil me habló de Alicia en el País de las Maravillas, Humpty Dumpty, el Lobo Feroz y Caperucita Roja. Cuando la habitación fue oscureciéndose Phil encendió la lámpara; la luz atravesaba una serie de siluetas giratorias. Caballos color salmón y elefantes verde pistacho galopaban por las paredes y las ventanas.

—Bien, creo que deberías contarme toda la historia —dijo él.

Desde que llegué a Atlanta no se la había explicado a nadie, pero de verdad quería que él la supiera. Phil Mays parecía una buena persona, dispuesta a escuchar.

—No querrás oírlo todo —dije.

—Sí. De verdad —insistió.

Tenía en las manos un caballo de peluche y lo depositó en el suelo, con cuidado, procurando que se mantuviera en pie.

Me gustó que se pusiera serio así que empecé a contárselo todo, desde los primeros días en Marial Bai. Le hablé de mi madre y de su vestido amarillo como el sol, y de la tienda de mi padre, y de mis juegos con los martillos como si fueran jirafas, y del día en que la guerra llegó a Marial Bai.

Se convirtió en un ritual. Todos los martes me invitaban a cenar, y cuando terminábamos, Stacey se llevaba a los gemelos a la cama y Phil se sentaba conmigo en el suelo del cuarto de juegos y hablábamos de la guerra de Sudán y del viaje que yo había realizado. Los días en que no nos dedicábamos a esto, Phil me ayudaba con todo lo demás.

En el plazo de un mes habíamos abierto una cuenta bancaria a mi nombre y me había conseguido una tarjeta de crédito. Me matriculó en una autoescuela y prometió que contribuiría a la hora de pagar el préstamo para la compra de un coche. Fuimos al supermercado con Stacey y los gemelos, y allí me explicaron qué alimentos eran los más apropiados para cada comida. Antes de esa excursión yo nunca había probado un sándwich. Achor Achor y yo no éramos precisamente unos cocineros modélicos y hasta el momento comíamos una vez al día; era la costumbre, y además sufríamos la constante preocupación de que se acabara la comida. Creo que Phil no dejaba de sorprenderse acerca de lo poco que sabíamos y lo poco que podía fiarse de que supiéramos cosas que él daba por sentadas. Nos explicó cómo funcionaba el termostato del apartamento, cómo rellenar un talón bancario, cómo pagar una factura y qué autobuses te llevaban a cada sitio. Al final firmó conmigo el préstamo para mi Toyota Corolla, cuya posesión redujo en gran medida mis tiempos de desplazamiento. Me permitía ir al almacén de muebles y de allí al Georgia Perimeter College en menos de un tercio del tiempo que invertía si iba en autobús. Nunca he echado de menos ese autobús.

Junto a Phil, la curva de aprendizaje siempre se mantuvo ascendente, pero yo permanecí a su lado y Phil no aparentaba sentirse agobiado; al revés, parecía auténticamente satisfecho de explicar las cosas más básicas, como el proceso de hervir agua en la cocina o la diferencia entre la nevera y el congelador. Abordaba todos los problemas con el mismo tono atento y serio, y solo parecía frustrarse por el hecho de no poder hacer más. Le preocupaba mucho Achor Achor. Achor Achor no tenía patrocinador; de hecho, compartía uno, una mujer de sesenta y tantos años, con otros seis sudaneses, lo que no tenía nada que ver con la atención individualizada que yo recibía. Achor Achor nunca dijo ni una palabra al respecto, ni yo tampoco, pero había dos cosas evidentes para todos: él también necesitaba con desesperación la ayuda de Phil, y este no podía dársela.

 

Achor Achor llevaba dieciocho meses más que yo en Estados Unidos, y, como es lógico, su proceso de adaptación estaba mucho más avanzado. Tenía coche, un empleo estable, y estudiaba en el Georgia Perimeter College. También era uno de los líderes de los sudaneses de Atlanta y se pasaba media vida al teléfono, mediando en conflictos y organizando y asistiendo a reuniones tanto en Atlanta como en otros lugares. Cuando yo llevaba un tiempo en Atlanta asistí a mi primer encuentro importante, que se celebraba en Kansas City; fue allí donde conocí a Bobby Newmyer.

La conferencia había sido diseñada y organizada por Bobby Newmyer con un doble propósito: él era un productor cinematográfico que quería rodar una película sobre la experiencia de los Niños Perdidos, y por tanto quería hablarnos del proyecto. En segundo lugar, quería montar una red nacional para los sudaneses de América, en la que pudiéramos intercambiar información y recursos, presionar a los gobiernos de Estados Unidos y Sudán, y enviar fondos e ideas al sur de Sudán.

Treinta y cinco sudaneses llegamos a Kansas en un fin de semana de noviembre del año 2003. Era una escena digna de verse. Nos asignaron habitaciones en el Courtyard del Marriott y se nos entregó un horario en el que aparecían detalladas las actividades y eventos que tendrían lugar en los tres días siguientes, que culminaban con un gran encuentro en la sala de actos de una iglesia luterana próxima al hotel. Pero mantenerse fiel al horario se reveló una tarea imposible. Todo el mundo llegaba a horas distintas, en días distintos, y una gran parte de los asistentes no consiguió encontrar el hotel. Y cuando por fin estuvimos todos reunidos teníamos demasiadas cosas que contarnos. Nos cedieron una sala de reuniones del hotel y solo las presentaciones ya duraron dos horas. Allí había sudaneses instalados en Dallas, Boston, Lansing, San Diego, Grand Rapids, San Jose, Seattle, Richmond, Louisville, y muchos otros sitios. Yo conocía a la mayoría, de Kakuma o Pinyudo, personalmente o de oídas. Eran jóvenes sudaneses prominentes; llevaban dando conferencias y organizando actos desde la adolescencia.

Cuando nos hubimos puesto al día y por fin ocupamos nuestros asientos, conocimos a Bobby Newmyer, de quien Mary Williams ya me había hablado. De hecho, Mary fue la primera persona con quien Bobby comentó la idea de filmar una película sobre nuestras vidas. Y ahora nos tenía allí, sentados en semicírculo, ataviados con nuestros mejores trajes. Me percaté al instante de lo poco que encajaba su imagen con la del hombre poderoso, responsable de este evento y de haber producido muchos éxitos de Hollywood. Su pelo, una mezcla de pelirrojo, castaño y rubio, estaba despeinado, y llevaba los faldones de la camisa, desabrochada, por fuera del pantalón. Nos dirigió unas palabras, algo encorvado, siempre daba la impresión de estar doblado, tanto cuando andaba como cuando permanecía inmóvil, y luego pareció ansioso de ceder el turno a una de sus socias, una mujer llamada Margaret, que sería la encargada de escribir el guión de la película que Bobby pretendía rodar.

Ella tomó la palabra y explicó sucintamente la trama de la historia que intentaba contar y que me pareció de lo más razonable. Pero no todos los asistentes opinaron lo mismo. Las cosas se complicaron mucho enseguida. Se formularon preguntas acerca de quién se beneficiaría de la película, acerca de por qué se contaría una versión de la historia y no otra. Uno tras otro, los representantes de los Niños Perdidos fueron pidiendo turno y dando su opinión. Por si nunca habéis oído el discurso de un sudanés, debo explicaros que cuando tomamos la palabra nuestra intervención no acostumbra a distinguirse por su brevedad. Hay quien dice que es debido a la influencia de John Garang, de quien se decía que era capaz de hablar durante ocho horas sin interrupción y creer aún que no se había explicado del todo. En cualquier caso, a los sudaneses de mi generación nos gusta mucho hablar. Si se discute sobre cualquier tema, es muy probable que todos los presentes quieran intervenir y que cada uno de ellos necesite cinco minutos para expresarse. Incluso en un encuentro reducido, como el que se celebraba en Kansas, donde éramos solo treinta y cinco, eso implicaba que cualquier tema, por trivial que fuera, quedaría sometido a dos horas de discursos. Cada discurso poseía una estructura y una seriedad parecidas. Quien tenía la palabra en ese momento se levantaba, se estiraba el traje y carraspeaba. Luego empezaba: «He seguido con atención el debate y tengo algunas ideas que aportar». Y lo que seguía era un relato parcialmente autobiográfico y que tocaba puntos que, con toda probabilidad, ya habían sido mencionados. Dado que todos los asistentes sienten que es necesario que se les escuche, se repasan los mismos aspectos media docena de veces.

Aquel día en Kansas todos intentaban proteger sus intereses. El representante que procedía de la región sudanesa de Nuba quería asegurarse de que Nuba aparecía representada como correspondía. Los de Bor querían asegurarse de que se prestaba atención a las necesidades de los habitantes de Bor. Pero como todo esto tenía que ser discutido detalladamente antes de que se llegara a hacer nada, el resultado era que en Kansas, y en otras reuniones parecidas, se acababa haciendo muy poco. Entre los asistentes en Kansas había una Niña Perdida que quiso saber qué pensaba hacerse en favor de las refugiadas sudanesas. ¡Niños Perdidos!, exclamó. ¡Siempre Niños Perdidos! ¿Y qué hay de las Niñas Perdidas? Este punto se prolongó durante un rato en Kansas y se planteó luego con frecuencia en otras conferencias. Nadie se mostraba en desacuerdo con ella, pero todos sabíamos que su presencia, y la necesidad de incluir las necesidades de las ochenta y nueve Niñas Perdidas en todo lo que nos concernía, solo servía para impedir que nos concentráramos en muchos otros temas.

Aunque el evento de Kansas no ofreció grandes progresos, pude llegar a conocer a Bobby y acabé siendo uno de sus ayudantes tanto en la película como en la red nacional de refugiados. Al final presté toda la ayuda que estuvo en mi mano en la organización de una conferencia mucho mayor que tuvo lugar en Phoenix dieciocho meses más tarde. Fue organizada por Ann Wheat, patrocinadora de los Niños Perdidos de esa ciudad, y por Bobby, quien llegados a este punto debía de estar tan atónito como yo por su profunda implicación en todos los aspectos de la diáspora sudanesa. La reunión de Phoenix sería el mayor encuentro de sudaneses jamás realizado en América. El centro de convenciones de la ciudad albergaría al menos a mil Niños Perdidos y a sus familiares, en algunos casos a sus esposas e hijos. La asistencia desbordó las previsiones y llegó a alcanzar la cifra de tres mil doscientos sudaneses, metidos en una enorme sala de banquetes.

Pero aquel fin de semana hizo un calor de órdago en Phoenix. Todos los asistentes se quejaban. Esto es peor que Kakuma, decíamos riéndonos. ¡Al menos en Kakuma soplaba el viento! Estábamos a más de treinta y cinco grados, aunque lo cierto es que solo sentíamos esa temperatura en las contadas ocasiones en que abandonábamos el centro de convenciones. Toda la acción se desarrollaba de puertas adentro: en una sala gigante, cuyo único adorno era una simple tarima y miles de sillas. El objetivo era juntarnos, celebrar una reunión a gran escala y sentar las bases para organizar una especie de congreso de jóvenes sudaneses en Estados Unidos. Queríamos elegir un consejo de líderes, cuyos miembros mantuvieran el orden entre el resto de miles de sudaneses y se convirtieran en la voz internacional de los jóvenes sudaneses desplazados. El fin de semana culminaba con una visita de John Garang en persona. Para la mayoría de nosotros suponía la primera vez que le veíamos desde que teníamos diez o doce años, en Pinyudo.

Era alucinante ver a tantos hombres de Kakuma reunidos en Phoenix. ¡Y trajeados! Todos iban vestidos como si estuvieran en un viaje de negocios. Era genial ver a los hombres, y también a las Niñas Perdidas —cuyas representantes alcanzaban las tres cuartas partes de las ochenta y nueve, y cada una de ellas gritaba más que sus homólogos masculinos—. Nada de bromas con las Niñas Perdidas, nunca las subestiméis. Son bellas y valerosas, su inglés es invariablemente mejor que el nuestro, y sus mentes son más ágiles y están más preparadas para el debate. Al menos en Estados Unidos, en aquel contexto, exigen y consiguen el respeto de todos.

El orden de acontecimientos era el que marcaba el protocolo en estos casos. El alcalde de Phoenix nos dirigió su saludo al principio del día. John Prendergast, del Grupo Internacional de Crisis, habló de la actitud del mundo hacia Sudán y de las perspectivas de futuro. Habíamos visto a Prendergast en Pinyudo en 1989, y algunos de los hombres se acordaban de él. Bobby y Ann intentaron pasar desapercibidos durante la mayor parte del tiempo, en un esfuerzo por dejar claro que aquella convención, a pesar de ser el fruto de su iniciativa, nos pertenecía, y que en ella nos jugábamos el triunfo o el fracaso.

No estoy muy seguro de cuál fue el resultado. Creo que el triunfo quedó sofocado por nuestra tendencia habitual a la controversia. Se nominó a los miembros de un consejo nacional. Dichos nominados, unos cuarenta en total, subieron al estrado uno por uno y nos dirigieron un breve discurso. Ese mismo día se realizaron las votaciones y, cuando se dieron a conocer los resultados, hubo reacciones airadas e incluso un conato de motín. Resultó que la mayoría de los electos procedían de la región de Bahr al-Ghazal, mi región, y los de Nuba se sintieron poco representados. El debate coleó durante las barbacoas nocturnas y las veladas musicales, a cargo de una sucesión de grupos sudaneses, y se prolongó incluso a lo largo del segundo y último día de congreso, a puerta cerrada, con guardias que pasaban a controlar en intervalos regulares, y en el que nos ordenaron que nos sentáramos y no nos moviéramos.

Fue entonces cuando John Garang hizo su entrada. Era el hombre que, más o menos, inició el conflicto que trajo la guerra a nuestros hogares, la guerra civil que provocó las muertes de nuestros parientes y nos puso en marcha, primero hacia Etiopía y luego hacia Kenia, hasta culminar con el proceso de emigración hasta Estados Unidos. Y aunque la gente de aquella sala albergaba sentimientos encontrados hacia John Garang, el que había sido catalizador y fuerza impulsora de la guerra civil y de la esperada independencia entró en la estancia y subió al estrado envuelto en un halo de admiración extática y de un puñado de guardaespaldas. Parecía totalmente emocionado por estar entre nosotros, y cuando ocupó la tarima era evidente —apuesto a que no fueron imaginaciones mías— que se consideraba nuestra mayor influencia, nuestro guía espiritual, y que empezaba donde había terminado, quince años antes aproximadamente, cuando se dirigió a nosotros por última vez en el campo de refugiados de Pinyudo.

 

Terminada la conferencia, mientras yo intentaba desentrañar las exigencias y obligaciones de las distintas facciones, y mientras intentaba, junto con Achor Achor y algunos otros, alcanzar un compromiso aceptable que asegurara la continuidad del consejo nacional, trabajé codo a codo con Bobby en la búsqueda de opciones que nos permitieran salvar la conferencia. Nuestra conversación fue derivando hacia temas de índole más personal: cómo era mi vida en Atlanta, qué progresos hacía en mis estudios, qué planes tenía para el verano siguiente. Y como había sido tan justo con todos nosotros, y dado que yo ardía en deseos de salir de la ciudad durante el tiempo que fuera, le pedí si podía ir a Los Ángeles y pasar el verano con él, trabajando en lo que él creyera adecuado. No era algo que tuviera pensado y me sorprendí al oírme, pero mi sorpresa fue aún mayor cuando él aceptó. De manera que me fui a pasar una temporada con él, en su cómoda casa, donde vivía con Deb, su mujer, y su familia. Tenía cuatro hijos, de edades que iban desde los diecisiete hasta los tres de Billi, y quiero pensar que encajé bien con ellos y que gané peso. Nadaba en su piscina, intenté aprender a jugar al tenis, ayudé en la cocina y en las compras, y vigilé a los pequeños siempre que me lo pidieron. También aprendí los límites de mis obligaciones. Yo dormía en la litera de abajo, en la habitación de James, y una mañana me desperté tarde —en esa casa siempre dormí bien— y me di cuenta de que estaba solo. Todos estaban desayunando, así que hice mi cama y la de James, tal y como Gop Chol me había enseñado. Luego, cuando Deb vio ambas camas hechas, quiso saber por qué las había hecho. Le dije que James era mi hermano menor, y que el cuarto tenía mejor aspecto con las dos camas hechas. Ella aceptó la explicación, pero me dijo que no volviera a hacerlo. James tiene doce años, me dijo, y debía hacerse su propia cama.

Creo que la generosidad de los Newmyer rozaba la irracionalidad, incluso la imprudencia. Me acogieron en todas las actividades familiares, incluyendo un viaje turístico en caravana de Los Ángeles al Gran Cañón, con un grupo de parientes y amigos. Fue entonces cuando Teddy, el hijo adolescente de Bobby, y sus amigos me impusieron el apodo de V-Town, y cuando casi despeñé el coche por un precipicio. La fe que Bobby depositaba en mí era tan grande que ni siquiera me preguntó si tenía permiso de conducir o no. Yo no había conducido delante de él desde que me instalé en su casa. Él no me preguntó por mi experiencia como conductor, ni si me sentía cómodo manejando un trasto tan grande. Un día en Arizona me pasó las llaves, la familia se amontonó en la parte de atrás y yo me senté al volante. Bobby se sentó a mi lado, sonriente, mientras yo ponía en marcha el motor.

Cuando confundí el acelerador con el freno él se rió con ganas. En los tramos de carretera recta no había demasiadas diferencias entre conducir la caravana y mi Toyota, pero cuando empezaban las curvas, cuando aumentaba el tráfico, la dificultad no era poca. No quiero recordar lo cerca que estábamos del precipicio cuando conseguí enderezar el vehículo, pero en honor de Bobby puedo decir que este apenas abrió la boca. Mantuvo los ojos puestos en mí y cuando me reincorporé a la carretera volvió a dormirse.

Aquel verano me marché de Los Ángeles con la idea de volver para Acción de Gracias, y conservé el contacto con Bobby gracias al teléfono. Él y Phil me ayudaban en la matrícula de la universidad y había mucho trabajo por hacer. Ya casi tenía todos los créditos necesarios para recibir el título del Georgia Perimeter College, una universidad menor de Atlanta, y Bobby me ayudaba en el paso a una carrera superior. Hablábamos de ello casi todos los días y me enviaba folletos constantemente.

 

Pero el último verano y el otoño que le siguió las cosas se torcieron un poco; daba la impresión de que mucho de lo que yo había construido a mi alrededor se iba desmoronando. Phil y Stacey se mudaron a Florida por motivos de trabajo. Seguimos hablando por teléfono y nos enviamos cartas por internet, pero echo de menos su casa, echo de menos las cenas de los martes y añoro a los gemelos. La Fundación para los Niños Perdidos se clausuró en 2005. Mary ya no pudo soportar el estrés, y dadas las múltiples especulaciones sobre su gestión de la organización, las donaciones se habían desvanecido. Hoy en día la fundación no gestiona becas, no busca patrocinadores a los refugiados, y no ayuda a sudanés alguno. Mary sigue colaborando con algunos Niños Perdidos en las tareas del instituto, pero ha pasado página. Actualmente está realizando un viaje en bicicleta por todo el país; cuando termine, se marchará de Atlanta para trabajar de guardabosque en un parque nacional.

John Garang murió en julio de 2005, un año después de conseguir el acuerdo de paz entre el Movimiento de Liberación del Pueblo Sudanés (el brazo político del ELPS) y el gobierno de Sudán, y justo tres semanas después de haber sido nombrado vicepresidente de Sudán. Viajaba en helicóptero de Uganda a Sudán cuando el aparato se precipitó contra la jungla y todos los que viajaban en él murieron. Aunque circularon rumores que apuntaban a un asesinato, no se halló ninguna prueba que apoyara esa idea, y su muerte ha sido aceptada como accidental por la mayoría de sudaneses, tanto aquí como en el resto del mundo. Podemos dar gracias al acuerdo de paz que se firmó antes de su muerte. Ningún otro líder del sur de Sudán habría tenido influencia suficiente para lograrlo.

Bobby murió en el invierno de 2005. Tenía cuarenta y nueve años, y sus hijos seguían teniendo las mismas edades que en el verano que pasamos juntos: diecisiete, doce, nueve y tres años. Estaba en Toronto produciendo una película y se hallaba entrenando en el gimnasio del hotel. Creo que estaba montado en la bicicleta estática cuando notó una punzada, un dolor agudo en el pecho. Bajó de la bici y se sentó. Cuando desapareció el dolor, él no hizo lo que debería haber hecho, que era irse del gimnasio y buscar ayuda médica. Siendo como era, volvió a montarse en la bici estática y minutos más tarde sufrió otro ataque. En esta segunda ocasión el ataque fue masivo y acabó con él.

 

Y después de todo esto, sigo en Atlanta, sigo en el suelo de mi apartamento, atado con un cable de teléfono, propinando patadas a la puerta.