Qué es el qué

Dave Eggers · Capítulo 23 de 27

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Qué es el qué

Libro tercero

22

Después de la muerte de Tabitha, Phil llamaba a menudo; también Anne y Allison: solo para charlar, decían, pero me constaba que estaban preocupadas por mi salud y mi estado mental. Sospecho que en parte ya no me entendían. Ahora sabían que los sudaneses de América eran capaces de asesinar, de suicidarse, y se preguntaban: ¿qué hará Valentino? Debo admitir que me pasé muchas semanas paralizado. Ni siquiera iba a clase. Pedí la baja en el trabajo y me pasé ese tiempo en la cama o viendo la tele. Me montaba en el coche y circulaba sin rumbo. Intenté leer libros sobre el duelo. Desconecté el móvil.

Bobby había sugerido que la locura de este país había posibilitado el asesinato de Tabitha, y en alguna ocasión, durante aquellas tenebrosas semanas que siguieron a su muerte, me permití el lujo de achacar a América parte de la responsabilidad de ese crimen. En Sudán no se ha oído nunca que un joven mate a una chica. Nunca había sucedido algo así en Marial Bai. Dudo que ningún miembro de mi clan pudiera recordar un hecho similar, en ningún lugar o en ningún momento. La presión de la vida de aquí nos ha cambiado. Hay cosas que se pierden.

En los hombres ha nacido una desesperación nueva, una nueva clase de histrionismo. No hace mucho un sudanés residente en Michigan, no sé en qué ciudad, mató a su mujer y a su hija inocente, y luego se suicidó. No conozco la historia completa, pero la que circula entre los sudaneses sostiene que la esposa de este hombre deseaba visitar a su familia en Athens, Georgia. Él se negó. No sé por qué, pero en la sociedad sudanesa el marido no necesita justificar sus decisiones: sobre la mujer siempre planea la amenaza de una paliza, quizá de meses de palizas. Así que discutieron, él le pegó y dio el asunto por zanjado. Pero al día siguiente la mujer se había ido. Semanas antes, antes incluso de haber discutido el tema con él, la esposa había comprado sendos billetes de avión a Athens para ella y para su hija. Supongo que creía que lograría convencer al marido, o bien que la opinión de este no le importaba demasiado. Pero al hombre de Michigan sí le importó. Mientras su mujer y su hija visitaban a tías y primos en Athens, él hervía de ira encerrado en casa. Tengo que deciros que la pérdida de autoridad puede provocar cosas terribles en un hombre. Cuando volvieron su mujer y su hija, él las esperaba en el recibidor con un cuchillo que había comprado ese mismo fin de semana. Las mató allí y una hora más tarde se suicidó.

No puedo evitar pensar que Duluma sacó la idea de este hombre: el concepto de que podías castigar a la mujer que te había abandonado sin que eso te reportara castigo alguno. Eso nunca habría sucedido en Sudán. Un hombre no mata a su hijo, no se mata a sí mismo. En el sur de Sudán son muchas las esposas que sufren abusos: palizas, abandonos. Pero nunca esta clase de cosas.

Algunos dicen que es culpa de las mujeres de aquí, la colisión de sus nuevas mentalidades contra las antiguas costumbres de hombres que son incapaces de adaptarse. Tabitha pudo o no someterse a un aborto —no se lo pregunté, no tenía derecho a hacerlo—, y desde luego abandonó a Duluma por decisión propia. Ambas acciones serían inconcebibles en la sociedad sudanesa tradicional e incluso raras en un contexto moral más relajado como el de Kakuma. En el sur de Sudán ni siquiera son habituales las relaciones prematrimoniales, y en los pocos casos en que eso sucede la mujer puede perder la posibilidad de casarse. La virginidad está muy valorada, y la familia de la novia percibe una dote mayor por una virgen. Este tipo de cosas suscita fascinantes reacciones en los americanos. No conciben cómo puede determinarse la virginidad de una mujer si no es a través de un examen ginecológico.

El estilo sudanés es sencillo. La víspera de la boda, dos o tres miembros de la familia de la novia, normalmente sus tías, preparan el lecho nupcial con las sábanas más limpias. La primera noche en que se permite al marido visitar a la esposa, estas mujeres se esconden en la casa o se quedan al otro lado de la puerta. Cuando el marido penetra a su esposa por vez primera, las mujeres aúllan, y en cuanto les es posible entran a inspeccionar las sábanas en busca de la sangre del himen roto, lo que probará que su sobrina había sido virgen hasta entonces. Con la prueba en las manos van a ver a los parientes de ambas familias.

Pero en mi caso hubo relaciones prematrimoniales y hubo una joven y decidida mujer que optó por romper una relación con un joven sudanés conflictivo. Él creyó que le abandonaba por dinero. Creyó que, como mi nombre era conocido en Kakuma, yo era un hombre rico en Atlanta. Y eso empezó a retorcerle la mente. La llamó por teléfono y le dijo cosas terribles. La amenazó y le advirtió que el hecho de escogerme provocaría en él una acción drástica, un acto irrevocable.

Es en este punto donde albergo cierto resentimiento hacia Tabitha. El hecho de que nunca se tomara sus amenazas en serio me parece una locura. Duluma había formado parte del ELPS, había disparado un rifle automático, había caminado entre cadáveres y entre balas. ¿Un hombre así no era capaz de cumplir sus amenazas? Pero ella no me habló de esas advertencias. Yo sabía que él llevaría a cabo esa amenaza, pero la conversación telefónica que mantuvimos me había tranquilizado: Duluma me había asegurado que había aceptado la nueva situación.

Cuando Phil me llamó se disculpó por lo que me había sucedido en este país con palabras parecidas a las de Bobby. Bobby no era un hombre religioso, pero Phil sí es un hombre de fe y hablamos muchas horas sobre las pruebas a las que se veían sometidas nuestras creencias. Era interesante oír hablar a Phil de esos temas, oír que su fe vacilaba en momentos de profunda crisis o de sufrimiento innecesario. No estoy seguro de si lo que yo he sentido son dudas. Tengo más tendencia a culparme de lo que sucede: ¿qué he hecho para propiciar tantas desgracias sobre mí mismo y sobre mis seres queridos? No hace mucho se organizó en Atlanta una reunión de Niños Perdidos procedentes del sudeste. En el trayecto un autobús que llevaba a los representantes de Greensboro, Carolina del Norte, se salió de la autopista. En el accidente murió el conductor y otros dos hombres resultaron heridos. Al día siguiente otro Niño Perdido de Greensboro, alterado por el accidente y por alguna otra pena de su vida, se colgó en el sótano de su casa. ¿Acaso la maldición que recae sobre mí es tan grande que proyecta una sombra sobre todos mis conocidos, o es que simplemente conozco a demasiada gente?

No pretendo decir que esas muertes fueran solo pruebas dirigidas a mí, ya que sé que Dios no se llevaría a esas personas, no se llevaría a Tabitha en concreto, solo para evaluar la fortaleza de mi fe. No puedo adivinar cuáles fueron los motivos que Le impulsaron a llevársela consigo. Pero su muerte ha resultado ser un catalizador que me ha hecho plantear mi fe y mi vida. He revisado mi camino, los errores que he o no he cometido, si he sido o no un buen hijo de Dios. Y aunque he intentado mantenerme en el buen camino, he redoblado mis esfuerzos por rezar y asistir a menudo a misa, también me he percatado de que ha llegado el momento de empezar una nueva vida. No es la primera vez que lo hago: en cada ocasión ha terminado una vida y ha empezado otra distinta. Mi primera vida terminó cuando partí de Marial Bai, ya que desde entonces no he vuelto a ver ni mi hogar ni a mi familia. Mi vida en Etiopía también siguió su curso. Vivimos tres años allí y en ellos tomé conciencia del gran plan del ELPS y del futuro del sur de Sudán. Y, por último, la llegada a Kakuma marcó el inicio de una tercera y nueva vida.

Después del viaje hasta Kenia, cuando Maria me encontró en la carretera deseoso de reunirme con Dios, pasé muchos meses preguntándome por qué había llegado a nacer. Todo parecía ser un gran error, una promesa que nunca se cumpliría. Había un músico en Kakuma, el único músico de esos primeros tiempos, que solía cantar una canción día y noche con la ayuda de su rababa de cuerda. La melodía era alegre, pero no la letra. «Fuiste tú, madre, fuiste tú —decía—, fuiste tú quien me parió y eres tú quien tiene la culpa.» Seguía culpando a su madre, y a todas las madres de los dinkas, por haber tenido hijos solo para que vivieran sumidos en la pobreza en el noroeste de Kenia.

 

En Occidente se tiene la sensación de que los campos de refugiados son algo temporal. Cuando se muestran imágenes de los terremotos de Pakistán en las que los supervivientes aparecen en ciudades enormes llenas de pálidas tiendas de campaña, a la espera de comida y ayuda antes de que llegue el invierno, la mayoría de occidentales cree que estos refugiados volverán pronto a sus hogares, que los campamentos quedarán desmantelados en un plazo de seis meses, de un año a lo sumo.

Pero la verdad es que yo crecí en campos de refugiados. Viví en Pinyudo durante casi tres años, en Golkur uno y en Kakuma diez. En Kakuma, un pequeño grupo de tiendas de campaña dio lugar a una inmensa colcha de chozas y edificios construidos a base de palos, sacos de sisal y barro, y en ellos vivimos, trabajamos y estudiamos desde 1992 hasta 2001. No debe de ser el peor lugar de África, pero se cuenta entre ellos.

No obstante, los refugiados desarrollamos allí una vida que se parecía a la del resto de seres humanos; una vida en la que comíamos, hablábamos, reíamos y nos hacíamos mayores. Se intercambiaban bienes, la gente se casaba, nacían bebés, los enfermos se curaban o, con la misma frecuencia, iban a parar a la Zona Ocho y de allí al reposo eterno. Los jóvenes asistíamos al colegio, intentábamos mantenernos despiertos y concentrarnos con una comida al día mientras nos distraíamos con los encantos de la señorita Gladys y de chicas como Tabitha. Hacíamos lo posible por evitar meternos en líos con otros refugiados —procedentes de Somalia, Uganda y Ruanda— y con los oriundos del noroeste de Kenia, mientras manteníamos los oídos alerta ante cualquier noticia que hablara de nuestra casa, de nuestras familias, de la posibilidad de abandonar Kakuma de una vez por todas.

Nos pasamos el primer año en Kakuma convencidos de que volveríamos a casa en cualquier momento. Íbamos recibiendo noticias de los triunfos del ELPS en Sudán y los optimistas nos convencieron de que la rendición de Jartum era inminente. Algunos chicos empezaron a recibir noticias sobre sus familias: quién estaba vivo, quién estaba muerto, quién había huido a Uganda, a Egipto o aún más lejos. La diáspora sudanesa prosiguió y se extendió por todo el mundo, y en Kakuma aguardé noticias, cualquier noticia, de mis padres y hermanos. Las luchas proseguían y la llegada de refugiados no tenía fin: aparecían centenares por semana, y llegamos a aceptar que Kakuma existiría siempre y que pasaríamos la vida entera en sus fronteras.

Era nuestro hogar, y Gop Chol Kolong, el hombre a quien consideraba mi padre en el campamento, estaba destrozado un día de 1994. Nunca le había visto tan aturullado.

—Tenemos que organizar este sitio de una vez por todas —dijo—. Tenemos que limpiarlo. Luego construir más habitaciones. Y después volver a limpiar.

Llevaba semanas diciendo lo mismo, cada mañana. Las mañanas eran el momento del día en que más se preocupaba. Decía que todas las mañanas se sentía acosado por las hienas hambrientas de sus múltiples responsabilidades.

—¿Crees que bastará con dos cuartos más? —me preguntó.

Le dije que me parecía que de sobra.

—Nunca parece bastante —dijo él.

Le parecía inconcebible que siguiera llegando gente.

—¡No puedo creer que aún vengan más! ¡A esta ratonera!

En ese momento yo llevaba tres años viviendo en Kakuma, con Gop Chol. Gop era de Marial Bai y había viajado hasta Kakuma vía Narus y tras varias paradas más. Kakuma había nacido con la llegada de diez mil chicos como yo que habían caminado a través del polvo y la oscuridad, pero el campamento creció a toda prisa, albergando a decenas de miles de sudaneses: familias, familias rotas, huérfanos y, tiempo después, gente de Ruanda, de Uganda, de Somalia e incluso de Egipto.

Después de meses de vivir en refugios provisionales como los que solíamos construir cuando llegábamos a un campamento, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados nos proporcionó palos, alquitrán y material para erigir casas más presentables, y eso hicimos. Al final muchos chicos como yo se instalaron con familias procedentes de sus regiones o pueblos natales, con el fin de compartir recursos y obligaciones y mantener vivas las costumbres de nuestros clanes. A medida que el campamento crecía hasta acoger a veinte mil personas, a cuarenta mil y más aún, a medida que extendía sus límites en aquella nada de vientos constantes, y a medida que continuaba la guerra civil, el lugar se hizo más permanente y muchos de los que, como Gop, creían al principio que Kakuma sería solo una parada temporal a la espera de una vida mejor en el sur de Sudán empezaron a considerar la posibilidad de traer con ellos a sus familias.

No dije nada cuando Gop me informó de su intención de traer allí a su esposa y a sus tres hijas, pero la cuestioné para mis adentros. Kakuma era un lugar terrible para vivir, para que crecieran los niños. Pero lo cierto es que no tenía opción. A su hija menor le habían diagnosticado una dolencia en los huesos en la clínica de Nyamlell, al este de Marial Bai, y el médico de allí había organizado su traslado al hospital de Lopiding, el más sofisticado de las cercanías de Kakuma. Gop no sabía con exactitud cuándo se produciría ese traslado, y por tanto dedicaba una increíble cantidad de tiempo a pedir información al personal de Lokichoggio, a cualquiera que tuviera alguna relación con la medicina o el tránsito de refugiados.

—¿Crees que serán felices aquí? —me preguntaba Gop.

—Serán felices por estar contigo —dije.

—Pero este lugar… ¿es un lugar donde se puede vivir?

No dije nada. A pesar de sus defectos, quedó claro desde el principio que este campamento sería distinto a los de Pinyudo, Pochalla, Narus, y al de cualquier otro lugar en el que hubiéramos estado. Kakuma estaba organizado de antemano, regulado desde sus inicios por la ONU, y operado casi completamente por oriundos de Kenia, al menos al principio. Esto contribuyó a crear una sensación de orden, pero el resentimiento planeaba por ambos lados. De un día para otro se pidió a los turkanas, los pastores que habían residido en el distrito de Kakuma durante mil años, que compartieran su tierra —que cedieran mil acres en un instante— con decenas de miles de sudaneses y más tarde de somalíes, con quienes compartían escasas similitudes culturales. Los turkanas nos miraban con malos ojos, y a su vez los sudaneses hacían lo propio con los kenianos, que parecían hacerse con todos los trabajos remunerados del campamento, realizando y cobrando un sueldo por tareas que nosotros, los sudaneses, habíamos desempeñado en Pinyudo. A cambio, los kenianos, en sus momentos menos caritativos, consideraban a los sudaneses parásitos, capaces solo de comer, defecar y quejarse cuando las cosas no salían de acuerdo con sus deseos. Por allí había también un puñado de cooperantes europeos, del Reino Unido, Japón y Estados Unidos, que en su conjunto se mostraban cuidadosos de acatar la voluntad de los africanos y que se marcharon en los temporales estallidos de caos que sufrió el campamento. Esto no sucedió a menudo, pero con tantas nacionalidades, tantas tribus, tan poca comida, y tantas y tan variadas penalidades, el conflicto era inevitable.

¿Cómo era la vida en Kakuma? ¿Era vida? Se ha discutido mucho sobre esto. Por un lado estábamos vivos, lo que significaba que vivíamos y comíamos; que disfrutábamos de la amistad, la educación y podíamos amar. Pero estábamos en medio de ninguna parte. Kakuma no era nada. De entrada nos dijeron que kakuma era una palabra que se utilizaba en Kenia para designar la nada. Aunque el significado de la palabra no tiene mucha importancia, el lugar no era un lugar. Era una especie de purgatorio, más aun que Pinyudo, donde al menos había un río y en cierto sentido se parecía al Sudán que habíamos dejado atrás. Pero en Kakuma hacía más calor, soplaba más el viento y el paisaje era mucho más árido. Apenas había árboles o hierba en aquella tierra; no había selvas donde buscar materiales; parecía ser una extensión de kilómetros vacíos, de manera que nuestra dependencia de la ONU era absoluta.

 

En mis primeros días en el campamento Moses reapareció en mi vida para volver a irse. Mientras Kakuma aún estaba en proceso de construcción, yo solía rodear diariamente sus límites para ver quién lo había logrado y quién no. Presenciaba discusiones entre sudaneses y turkanas, entre cooperantes europeos y kenianos. Presenciaba la formación de nuevas familias, el forjamiento de nuevas alianzas, e incluso vi al comandante Secreto lanzar un apasionado discurso a un grupo de chicos, no mucho mayores que yo. Conocía sus intenciones, así que me mantenía alejado de él y de cualquier otro oficial del ELPS. En esas primeras semanas, mientras paseaba por los límites del campamento, me enteré de que Achor Achor había sobrevivido y que tres de los primeros miembros de Los Once estaban con él.

El reencuentro con Moses no fue una escena muy dramática. Una mañana temprano, en los primeros meses que estuve en Kakuma, me topé con un grupo de jóvenes que dormía bajo una larga manta, de la que solo sobresalían sus cabezas y pies, y simplemente le vi. Moses. Junto a otro chico de nuestra edad intentaba freír asida en una sartén, en un fuego que salía de una lata pequeña. Me vio al mismo tiempo que yo a él.

—¡Moses! —grité.

—¡Chist! —susurró, y vino enseguida a mi encuentro.

Me alejó de su compañero y dimos un paseo por los alrededores del campamento.

—No me llames Moses aquí —me dijo. Se había cambiado de nombre, como tantos otros chicos del campamento; en su caso, con el fin de eludir a los comandantes del ELPS que pudieran estar buscándolo.

Era un chico distinto del que había visto la última vez. Había crecido muchos centímetros, tenía la complexión de un buey, y su frente parecía más dura y severa: la frente de un hombre. Pero en lo esencial, en su amplia y torcida sonrisa y el brillo alegre que despedían sus ojos, seguía siendo el mismo Moses. Al instante quiso relatarme su vida de soldado, y lo hizo con el mismo nerviosismo jadeante que uno usaría para describir a una chica especialmente guapa.

—No, no. No llegué a luchar. Nunca. Solo me entrenaron —dijo él, como respuesta a mi primera pregunta. Respiré aliviado—. ¡Pero el entrenamiento, Achak…! Era tan diferente de la vida aquí, de la vida en Pinyudo… Fue tan duro… Aquí tenemos que preocuparnos por la comida, el viento y los insectos, ¡pero allí intentaban matarme! Estoy seguro de que eso era lo que pretendían. Mataron a otros chicos.

—¿Les dispararon?

—No, no. Creo que no.

—¿No sucedió lo mismo que en Pinyudo? ¿Con los prisioneros?

—No, no fue así. No hubo balas, solo los llevaron hasta la muerte. A tantos chicos… Los apalearon, los tiraron al suelo, los persiguieron hasta llevarlos al cielo.

Pasamos por delante de una pequeña tienda de campaña; en su interior un fotógrafo blanco sacaba fotos de una madre sudanesa y de su demacrado hijo.

—¿Llegaste a disparar un arma? —pregunté.

—Sí. Fue un gran día. ¿Has disparado alguna vez?

Le dije que no lo había hecho.

—El día en que nos dieron los Kalashnikovs fue un gran día. Llevábamos tanto tiempo esperándolo y por fin teníamos la oportunidad de disparar contra objetivos. ¡Los rifles hacían daño, tío! ¡Disparan contra ti al mismo tiempo que lo hacen contra el objetivo! Lo llaman retroceso. Todavía tengo el hombro dolorido, Achak.

—¿Cuál de los dos?

Se señaló el hombro derecho y le di un puñetazo en él.

—¡No!

Lo hice de nuevo. Era difícil resistirse a la tentación.

—¡No! —exclamó, y saltó sobre mí.

Luchamos en el suelo durante unos minutos, y entonces nos dimos cuenta de que estábamos tan cansados y desnutridos que no nos quedaban fuerzas para pelear. Teníamos más hambre de la que habíamos padecido nunca en Pinyudo. Comíamos una vez al día, y con esto debíamos reponer fuerzas para lo que quedaba de día. No sé por qué la ONU lo tenía más fácil para alimentar a los refugiados en Pinyudo que en Kakuma. Nos incorporamos y seguimos andando; pasamos por delante de un conjunto de refugios donde vivían las familias de los soldados del ELPS.

—Nos dieron cinco balas a cada uno y nos sostenían mientras disparábamos. Nos tumbamos bocabajo para mantenernos inmóviles. Dolía mucho, pero me alegró ver cómo las balas salían de mi rifle. No le di a nada. No sé dónde fueron a parar las balas. Las perdí de vista: debieron de perderse en el cielo o algo así.

Le dije que el entrenamiento parecía divertido.

—No, no, Achak, no era divertido. Nadie lo consideraba divertido. Y me administraron un castigo ejemplar para que sirviera de escarmiento. Cometí algún error a sus ojos, Achak. Un día llegué tarde a formar y me tomaron por un pendenciero. Más tarde descubrí que me habían confundido con otro Moses. Pero ellos pensaron que era un chico problemático, así que me castigaron. Me metieron en un corral, como los que se usan para retener al ganado. Tuve que estar allí durante dos días. No podía sentarme. Me mantuve de pie todo el tiempo hasta que me venció el sueño. Me dejaron dormir desde el amanecer hasta que subió el sol, dos horas a lo sumo. Era aún peor que la casa de los árabes. Cuando estaba con el árabe era fácil odiarlo, a él, a su familia y a aquellos críos. Pero esto era desconcertante. Fui a Bonga para aprender a luchar y a cambio eran ellos los que luchaban contra mí. Te juro que intentaban matarme, Achak. Decían que era entrenamiento. Decían que nos estaban convirtiendo en hombres, pero sé que su objetivo era matarme. ¿Has tenido alguna vez la sensación de que la gente intentaba matarte, a ti en concreto?

Valoré la pregunta y me percaté de que no estaba seguro de la respuesta.

—Nos pasábamos el día corriendo, Achak. Corríamos montaña arriba y luego la bajábamos. Corríamos espoleados por los golpes y gritos de los entrenadores. Pero los chicos no tenían fuerzas suficientes. Aquellos entrenadores no eran muy listos. Ponían en práctica los métodos de adiestramiento que conocían, sin darse cuenta de que los chicos estábamos muy enfermos, débiles y delgados. ¿Podrías subir corriendo una montaña mientras alguien te pega, Achak?

—No.

—Lo que sucedía era que los chicos acababan cayéndose. Se caían y se partían huesos. Vi caer a un chico. Bajábamos la montaña a todo correr y uno de los entrenadores se puso a gritarle a Daniel, que es como se llamaba ese chico. Era de mi estatura pero más delgado. En cuanto le vi supe que ese chico no debería haber ido a Bonga. ¡Era uno de los más jóvenes y era muy lento! Corría más despacio de lo que uno anda. Hacía gracia verlo, pero era real: su modo de correr era estúpido. Eso enojaba a los entrenadores. No le querían en el campamento, de la misma forma que tampoco me querían a mí. Así que le gritaban y le llamaban Mierda. Ese era su nombre en el campamento: Mierda.

Ambos nos echamos a reír. No pudimos evitarlo. Nunca habíamos conocido a alguien llamado Mierda.

—Siempre subíamos y bajábamos corriendo la misma montaña; un día se nos hizo casi de noche. Se ponía el sol y nos resultaba difícil ver. Había un entrenador llamado camarada Francis que nos trataba con especial crueldad, pero yo nunca le había visto coincidir con Daniel. Esa noche siguió a Daniel como una sombra. Corría a su lado, corría de espaldas delante de él, sin dejar de hacer sonar un silbato. El camarada Francis tenía un silbato y no paraba de pitarle a Daniel en la cara.

—¿Y qué hacía Daniel?

—Se le veía tan triste… No se enfadó. Creo que se hacía el sordo. Ni siquiera parecía oírlo. Se limitó a seguir corriendo. Entonces el camarada Francis le propinó una patada.

—¿Una patada?

—Era una pendiente pronunciada, Achak. Así que en cuanto recibió la patada dio la impresión de salir disparado. Debió de volar por los aires unos seis metros; no estoy seguro porque ya llevaba cierta aceleración de la carrera. Cuando salió volando, Achak, disculpa, quería decir Valentino, cuando le vi en el aire sentí un vacío en el estómago. Me sentí tan mal… Todo se me cayó a los pies. Sabía que era fatal, que Daniel volaba por los aires sobre una montaña llena de rocas. El ruido fue como el chasquido de una rama al partirse. Se quedó inmóvil. Inmóvil como si estuviera muerto desde siempre.

—¿Estaba muerto?

—Murió del impacto. Vi sus costillas. No sabía que pudiera pasar algo así. ¿Sabías que las costillas pueden atravesarte la piel?

—No.

—Tres costillas le atravesaron la piel, Achak. Me acerqué a él unos instantes después de que diera contra el suelo. El entrenador no hizo nada. Pensaba que el chico se levantaría, de manera que siguió soplando el silbato, pero yo había oído el ruido y fui hacia Daniel: vi sus ojos abiertos, como si vieran a través de mí. Eran ojos muertos. Sabes qué aspecto tienen. Sé que lo sabes.

—Sí.

—Entonces vi las costillas. Eran como los huesos de un animal. Cuando descuartizas a un animal le ves los huesos: blancos y con sangre alrededor, ¿no es así?

—Sí.

—Era igual. Las costillas también eran muy afiladas. Se habían partido y los extremos que asomaban por la piel eran muy afilados, como cuchillos curvos. El entrenador me gritó que siguiera corriendo. Al darme la vuelta vi que había dos entrenadores más. Creo que sabían que había pasado algo grave. Me pegaron hasta que reemprendí la carrera y vi que se colocaban alrededor de Daniel. Tres días después nos dijeron que había muerto de fiebre amarilla. Pero todos sabíamos que era mentira. Fue entonces cuando los chicos empezaron a escaparse. Fue entonces cuando me marché.

Moses y yo habíamos dado una vuelta completa al campamento y nos hallábamos ahora en el punto de partida, donde se hallaba el fuego, su compañero y la asida.

—Nos vemos por aquí, Achak, ¿vale?

Le dije que claro que nos veríamos, pero en realidad no nos vimos tanto. Nos pasamos unas semanas dando paseos juntos por el campamento mientras hablábamos de las cosas que habíamos visto y hecho, pero una vez me hubo narrado su historia, Moses no pareció muy interesado en seguir discutiendo el pasado. Veía nuestra presencia en Kenia como una gran oportunidad y dedicaba casi todo su tiempo a sacarle el máximo provecho. En los primeros días se convirtió en comerciante de bienes: intercambiaba cubiertos, vasos, botones e hilo. Empezaba con algo que valía unos chelines y cuyo valor triplicaba en un solo día. Se movía más rápido que yo, y siguió haciéndolo. Un día, no mucho después de nuestro reencuentro, Moses me anunció que tenía noticias. Un tío suyo, que se había marchado de Sudán hacía mucho tiempo y ahora vivía en El Cairo, había localizado a Moses en Kakuma y estaba arreglándolo todo para enviarle a un colegio privado de Nairobi. No fue el único en beneficiarse de ello. Todos los años una docena de chicos eran enviados a pensionados de Kenia. Algunos habían ganado una beca, otros habían localizado a parientes bien situados o habían sido localizados por estos.

—Lo siento —me dijo Moses.

—No pasa nada —dije—. Escríbeme.

Moses nunca me escribió, porque los chicos no se mandan cartas, pero un buen día se marchó, justo antes de que para el resto empezara la escuela del campo de refugiados. No supe nada de él hasta diez años después, hasta que descubrimos que ambos vivíamos en Estados Unidos: yo en Atlanta, él en la Universidad de British Columbia. Me llamaba una vez al mes, o lo hacía yo, y su voz siempre me sirvió de asidero e inspiración. No había forma de derrotarlo. Fue al colegio en Nairobi y luego en Canadá, y siempre conservó el valor de mirar hacia delante, incluso con aquel 8 impreso en su piel. Moses no conocía la palabra «rendición».

 

Maria vivía con unos padres adoptivos, un hombre y una mujer procedentes de su ciudad natal, en la zona de Kakuma donde se habían instalado las familias más o menos intactas. Maria había vivido con otras tres chicas y un hombre mayor —el abuelo de una de ellas— hasta que este murió y las chicas optaron bien por casarse, bien por regresar a Sudán, dejando a Maria disponible para que alguien la reclamara. Un día dediqué la mañana entera a buscarla y al final la encontré en una esquina de Kakuma, tendiendo ropa de hombre.

—¡Maria!

Ella se volvió hacia mí con una sonrisa en los labios.

—¡Dormilón! La semana pasada te estuve buscando en el colegio.

Me llamaba Dormilón y no me importaba que lo hiciera. En Kakuma tenía muchos nombres y este era el más poético de todos. Habría dejado que Maria me llamara con el nombre que quisiera, ya que su presencia me sacó de la carretera aquella noche.

—¿A qué clase vas este año? —pregunté.

—Quinto curso —dijo ella.

—¡Ooh! ¡Quinto curso! —Le brindé una profunda reverencia—. ¡Eres una chica muy especial!

—Eso dicen.

Ambos nos echamos a reír. Yo no sabía que fuera una chica tan extraordinaria en el aspecto académico. Era más pequeña que yo, y ya estaba en quinto curso. Debía de ser la más pequeña de su clase.

—¿Es esta toda tu ropa?

Señalé unos pantalones que rozaban el suelo. Su propietario debía de medir casi dos metros.

—Son de mi padre de aquí. Trabajaba con bicicletas en mi pueblo.

—¿Las reparaba?

—Las reparaba, las vendía. Dice que era amigo de mi padre. Yo no me acuerdo de él. Ahora vivo con ellos. Me llama hija.

Había tanto trabajo, dijo Maria. Más trabajo del que había realizado u oído nunca. Entre el colegio y las tareas domésticas, cuando llegaba la noche estaba tan agotada que no podía ni hablar. El hombre con quien vivía esperaba que sus dos hijos vinieran también a vivir al campamento, y Maria sabía que con su llegada el trabajo se le multiplicaría por tres. Terminó de tender la ropa y me miró a los ojos.

—¿Qué opinas de este lugar, Achak?

Me miraba de un modo que no era habitual entre las chicas sudanesas, que tendían a desviar la mirada, a hablar con menos franqueza.

—¿De Kakuma?

—Sí, de Kakuma. Aquí no hay nada excepto nosotros. ¿No lo encuentras raro? ¿Que solo haya gente y polvo? Ya hemos talado los árboles y la hierba, para hacer casas y para hacer fuego. ¿Y ahora qué?

—¿A qué te refieres?

—¿Vamos a quedarnos aquí? ¿Viviremos siempre aquí, hasta la muerte?

No me había planteado la posibilidad de morir en Kakuma hasta ese momento.

—Nos quedaremos hasta que termine la guerra y luego volveremos a casa. —Era la frase optimista que Gop Chol repetía a todas horas, y supongo que había logrado convencerme. Maria se rió con ganas.

—No hablas en serio, ¿verdad, Dormilón?

—¡Maria!

Era una voz de mujer procedente del refugio.

—¡Ven aquí, niña!

Maria hizo una mueca y suspiró.

—Te veré en el colegio cuando empecemos de nuevo las clases. Hasta otra, Dormilón.

Gop Chol era maestro con una lejana afiliación al ELPS; era un hombre con visión de futuro y que planeaba bien las cosas. Juntos habíamos construido nuestro refugio, considerado como una de las mejores casas de la zona. Con los palos y el revestimiento de plástico proporcionados por la ONU, erigimos una casa y la cubrimos con hojas de palma, que la mantenían fresca durante el día y caliente por las noches. Las paredes eran de tierra; nuestras camas, un conjunto de bolsas de sisal. Pero en Kakuma la mayoría de noches eran tan calurosas que preferíamos dormir fuera. Dormíamos bajo el cielo, y yo estudiaba fuera, a la luz de la luna o de la lámpara de queroseno que compartíamos.

Al igual que el señor Kondit, Gop insistía en que debía estudiar a todas horas, para garantizar el futuro de Sudán. También creía que una vez terminada la guerra, una vez lograda la independencia para el sur de Sudán, los que hubiéramos recibido una educación en Pinyudo y Kakuma estaríamos preparados para dirigir el nuevo Sudán, siempre con la ayuda de los conocimientos y materiales de la comunidad internacional que nos alojaba.

Pero a nosotros nos costaba imaginar ese futuro, porque en Kakuma solo había polvo. Los colchones estaban llenos de polvo, los libros y la comida estaban plagados de polvo. No se podía comer nada sin notar los granos de arena entre los dientes. Cualquier bolígrafo que nos dieran o nos prestaran funcionaba solo a ratos; en una hora el polvo lo recubría y ya podías tirarlo. Los lápices eran lo más utilizado e incluso eso escaseaba.

Me desmayaba una docena de veces al día. Si me levantaba de repente, se me nublaba la vista y despertaba en el suelo, siempre, por extraño que parezca, intacto. Achor Achor lo llamaba caer en la oscuridad.

Achor Achor tenía más contacto con las expresiones que prevalecían entre los jóvenes del campamento ya que seguía viviendo con los menores solos. Compartía un refugio con seis chicos y tres hombres, todos antiguos soldados del ELPS. A uno de los hombres, de veinte años, le faltaba una mano. Le llamábamos Dedos.

No había suficiente comida, y los sudaneses, un pueblo eminentemente agrícola, no estaban autorizados a tener ganado en el campamento, y los turkanas tampoco les habrían permitido que lo tuvieran fuera de sus límites. Dentro de Kakuma no había espacio para ninguna clase de cultivos, y de todas formas era imposible cultivar algo en aquella tierra. Crecían algunas verduras cerca de las bocas de agua, pero esos diminutos huertos eran inútiles a la hora de satisfacer las necesidades de cuarenta mil refugiados, muchos de los cuales sufrían anemia.

En el colegio cada día había ausencias por culpa de enfermedades. Estábamos en edad de crecimiento, pero nuestra comida carecía de los nutrientes necesarios para el desarrollo de nuestros huesos. Así que los chicos caían víctimas de diarrea, disentería y tifus. En una primera época cuando un chico caía enfermo se notificaba al colegio y desde allí se nos animaba a rezar por él. Cuando el chico se reincorporaba a las clases, le aplaudíamos, aunque había chicos que preferían mantenerse alejados de él por miedo al contagio. En los casos en que el chico no se recuperaba los maestros nos reunían a todos antes de que comenzaran las clases y nos decían que tenían malas noticias, que cierto compañero nuestro había muerto. Algunos llorábamos, otros no. En muchas ocasiones yo no estaba seguro de saber quién era el fallecido, así que me limitaba a esperar a que los que lloraban dejaran de hacerlo. Luego seguía la clase, mientras los que no habíamos conocido al chico ocultábamos nuestra pequeña satisfacción porque su muerte significaba que las clases terminarían antes ese día. Un chico muerto suponía medio día libre, y cualquier día que se nos concedía para volver a casa y dormir significaba más descanso y más fuerzas para luchar contra las enfermedades que nos acechaban.

Sin embargo, con el tiempo, los muertos eran tantos que no había tiempo para llantos. Los que conocían al fallecido le lloraban en privado y los sanos esperaban no caer enfermos. Las clases seguían; ya no había tardes libres.

Esto dificultaba mucho estudiar, y era casi imposible alcanzar el menor logro académico. La frustración alejó a muchos chicos de la escuela. De los sesenta y ocho chicos que empezamos la formación básica, solo treinta y ocho llegamos a la superior. A pesar de todo, era más seguro que estar en Sudán, y tampoco había ninguna otra opción. Yo pasaba hambre, pero daba las gracias todos los días en que seguía libre de alistarme en las filas del ELPS. Habían disminuido los castigos físicos, las represalias, el ambiente militar en general. Por un tiempo no fuimos Semillas, no se habló del Ejército Rojo. No éramos más que muchachos, y con el tiempo empezó el baloncesto.

En Kakuma descubrí el baloncesto, y enseguida llegué a la conclusión de que si destacaba mucho en él, como Manute Bol, me llevarían a Estados Unidos a jugar como profesional. En el campamento el baloncesto nunca desbancó al fútbol, pero aun así atraía a cientos de chicos, los más altos, los más veloces, los que preferían la oportunidad de tocar la pelota más veces de lo que lo harían en los multitudinarios partidos que pasaban por fútbol. A los de Uganda se les daba bien la estrategia del baloncesto —ya conocían el juego—, los somalíes eran rápidos, pero los sudaneses dominaban el juego: nuestros largos brazos y piernas simplemente no tenían rival entre el resto. Cuando se jugaba un encuentro espontáneo, y el equipo de sudaneses se enfrentaba a cualquiera de los otros, siempre ganaba: no importaba lo certero de sus lanzamientos, no importaba lo rápidos que fueran los placajes, no importaban las ganas de ganar que pusieran los oponentes. Nos llenaba de orgullo volver a pensar en nosotros como habíamos hecho antes, como los reyes de África, los monyjang, el pueblo escogido de Dios.

En los días que precedieron a la llegada de su familia, Gop empezó a postular escenarios imaginarios que impidieran que su esposa e hijas alcanzaran Kakuma. Podían dispararles por el camino, por ejemplo. Yo le decía que no era posible, que aparecerían allí como tantos otros, sanas y salvas, tal vez incluso a bordo de un vehículo. Gop se mostraba satisfecho durante más o menos una hora, y luego volvía a la carga: movía la cama y la devolvía a su sitio, acosado por acuciantes temores.

—¿Y si mis hijas no me reconocen? —preguntaba seis veces al día.

Para esto yo no tenía respuesta, dado que no conseguía recordar cómo eran mis padres. Peor aún, las hijas de Gop eran más pequeñas, mucho más pequeñas, de lo que era yo cuando me fui de casa. En ese momento sus tres hijas tenían menos de cinco años y habían transcurrido ocho. Ninguna reconocería a Gop.

—Claro que sabrán quién eres —le decía—. Todas las niñas conocen a su padre.

Cada día Gop aguardaba noticias de los que llegaban a Kakuma. De vez en cuando nos enterábamos de la cercanía de algunos refugiados y podíamos prever su llegada y prepararnos para ella. Incluso tres años más tarde cualquier semana podía traer a un millar de personas, y el campamento seguía extendiéndose, hasta tal punto que podías caminar por una calle nueva cada mañana. Kakuma creció hasta albergar Kakuma I, II, III y IV. Era una ciudad de refugiados con sus propios barrios.

Pero la mayoría de recién llegados procedían de regiones de Sudán, y sobre todo de los pueblos más próximos a Kenia. Pocos eran de las cercanías de Marial Bai. La mayoría a quienes preguntaba nunca habían oído hablar de mi pueblo. Y si sabían algo del norte de Bahr al-Ghazal, eran desoladoras noticias de su eliminación del planeta.

—¿Eres del norte de Bahr al-Ghazal? —me dijo un hombre—. Allí todos han muerto.

Otro hombre, un anciano al que le faltaba la pierna derecha, fue más concreto.

—El norte de Bahr al-Ghazal es ahora la tierra de los murahaleenes. Se han apoderado de todo. Es su zona de pastos. No queda nada a lo que regresar.

Un día obtuve noticias de mi región gracias a un chico al que no conocía bien. Yo estaba junto a la fuente cuando el chico, de nombre Santino, corrió a mi encuentro para decirme que había un hombre ingresado en el hospital de Lopiding que era de Marial Bai. Otro chico ingresado en el mismo hospital por malaria había hablado con ese hombre, y este había mencionado el nombre de mi pueblo e incluso había dicho que se acordaba de mí, de Achak Deng. Pensé que tenía que encontrar el modo de ir hasta Lopiding, ya que era la primera vez en años que llegaba a Kakuma alguien procedente de Marial Bai.

Pero luego pensé en Daniel Dut, otro chico que había esperado noticias de su familia solo para terminar enterándose de que habían muerto todos. Daniel se pasó meses insistiendo en que habría preferido no saberlo: en que era más fácil pasar por la vida en la duda, pero alentado por la esperanza, que saber a ciencia cierta que no quedaba nadie. Saber que mi familia había muerto traería consigo imágenes de sus muertes, de sus sufrimientos, de los abusos a los que podían haber sido sometidos sus cadáveres. De manera que no fui enseguida al hospital en busca del hombre de Marial Bai. Cuando una semana después me enteré de que se había ido, la noticia no me disgustó demasiado.

 

El anuncio del censo se efectuó mientras Gop esperaba la llegada de su esposa e hijas, y complicó aún más su paz mental. Para servirnos, para alimentarnos a todos, el ACNUR y otros grupos de ayuda presentes en Kakuma necesitaban saber cuántos refugiados había en el campamento. Así, en 1994 anunciaron su intención de contarnos. Dijeron que solo les llevaría unos días. Estoy seguro de que a los organizadores les pareció una medida sencilla, necesaria e indiscutible. Pero para los sudaneses mayores, era todo menos eso.

—¿Qué crees que tienen planeado? —se preguntaba Gop Chol.

Yo no acababa de entender a qué se refería, pero enseguida comprendí qué era lo que le preocupaba tanto, a él y a la mayoría de sudaneses mayores. Para algunos, los menos iletrados, la medida les traía ecos de la época colonial, de cuando los africanos debían llevar placas de identificación colgadas del cuello.

—¿Podría suponer un pretexto para un nuevo colonialismo? —mascullaba Gop —. ¡Es posible! Incluso probable.

Yo no decía nada.

Al mismo tiempo existían razones de índole más práctica, menos simbólica, para oponerse a ese censo, entre ellas el hecho de que muchos mayores creían que solo serviría para reducir, y no aumentar, las raciones de comida. Si averiguaban que éramos menos de los que pensaban, disminuirían las donaciones procedentes del resto del mundo. El temor más acuciante y extendido entre jóvenes y viejos de Kakuma era que el censo supusiera una estrategia de la ONU para exterminarnos a todos. Estos temores se exacerbaron aún más cuando se erigieron las vallas.

Los cooperantes de la ONU habían empezado a montar barreras, de tres metros de alto y dispuestas como corredores. Las vallas asegurarían que camináramos en fila de a uno durante el proceso del censo y que, por tanto, fuéramos contados solo una vez. Incluso los sudaneses que se habían mostrado más despreocupados ante el tema, sobre todo los más pequeños, sufrimos un estremecimiento al ver las vallas. Tenían un aspecto malévolo: un laberinto de vallas de color naranja opaco. Enseguida incluso los más cultos se dejaron llevar por la idea de que se trataba de un plan para eliminar a los dinkas. La mayoría de los sudaneses de mi edad habíamos oído hablar del Holocausto, y estábamos convencidos de que este plan se parecía mucho al que usaron los nazis para el genocidio judío que se produjo en Alemania y Polonia. Yo contemplaba esa creciente paranoia con ciertas reservas, pero Gop las creía con fervor. Por racional que fuera, su memoria evocaba remotas injusticias infligidas sobre el pueblo sudanés.

—¿Por qué no es posible, chico? —preguntaba—. ¿Ves dónde estamos? ¡Dime que algo no es posible en África en este momento!

Pero yo no veía razón alguna para desconfiar de la ONU. Llevaban años alimentándonos en Kakuma. No había suficiente comida, cierto, pero eran ellos los que nos la proporcionaban y me parecía absurdo que, después de todo ese tiempo, se decidieran a matarnos.

—Ya —razonaba él—, pero quizá la comida se haya acabado. No hay comida, no queda dinero, y Jartum ha pagado a la ONU para que nos mate. La ONU consigue así dos cosas: ahorra comida y recibe dinero por librarse de nosotros.

—Pero ¿cómo se saldrán con la suya sin consecuencias?

—Es fácil, Achak. Dirán que hemos contraído una enfermedad que solo afecta a los dinkas. Siempre hay enfermedades que se ceban solo en ciertos pueblos. Así lo harán: dirán que los dinkas han sucumbido a una plaga, que todos los sudaneses han muerto. Y así justificarán el exterminio.

—Eso no puede ser —dije.

—Ah, ¿no? ¿Ruanda también era imposible?

Yo seguía dudando de la teoría de Gop, pero también era consciente de que había mucha la gente que se alegraría con el exterminio de los dinkas. Así que tardé en decidir cuál era mi postura hacia el recuento de refugiados. Mientras tanto la opinión pública que se oponía a nuestra participación iba ganando adeptos, sobre todo cuando llegó a nuestros oídos que, después de ser contados, los dedos de cada uno de nosotros serían sumergidos en tinta.

—¿Para qué esa tinta? —preguntaba Gop.

Yo lo ignoraba.

—La tinta es una medida que garantizará el exterminio de los sudaneses.

Como no dije nada, él elaboró la teoría. Si la ONU no nos mataba a todos mientras estábamos en fila, lo harían a través de esa tinta en los dedos. ¿Cómo íbamos a quitarla? Estaba convencido de que penetraría en nuestros cuerpos cuando comiéramos.

—Esto se parece mucho a lo que hicieron con los judíos —dijo Gop.

Esos días la gente hablaba mucho de los judíos, cosa que era extraña teniendo en cuenta que poco antes la mayoría de chicos de mi entorno estaban convencidos de que los judíos eran una raza extinguida. Antes de que en el colegio nos hablaran del Holocausto, en la iglesia nos habían expuesto con bastante crudeza que los judíos habían colaborado en el asesinato de Jesucristo. De dichas enseñanzas nunca se había deducido que los judíos siguieran presentes en la faz de la Tierra. Los considerábamos criaturas mitológicas que no existían más allá de las páginas de la Biblia.

La noche anterior al censo, toda la hilera de vallas, de casi dos kilómetros de largo, fue derribada. Nadie asumió la responsabilidad de ese incidente, pero muchos mostraron una silenciosa satisfacción.

Al final, tras incontables reuniones con los líderes kenianos del campamento, los mayores se convencieron de que el recuento era legítimo y necesario para proporcionar mejores servicios a los refugiados. Se alzaron de nuevo las vallas y el censo se realizó unas semanas más tarde. Pero en cierto sentido los que temían al censo resultaron estar en lo cierto, ya que no trajo nada bueno. Después del recuento hubo menos comida, menos servicios e incluso se cancelaron algunos programas poco importantes. Cuando terminaron de contar, la población de Kakuma se había reducido en ocho mil personas en un solo día.

 

¿Cómo había podido descontarse tanto el ACNUR antes de realizar el censo? La respuesta a esa pregunta se llama reciclaje. El reciclaje era una práctica muy popular en Kakuma, así como en la mayoría de campos de refugiados: cualquier refugiado del mundo está familiarizado con el concepto, aunque su nombre varía en función del lugar. La base de la idea es que uno puede abandonar el campamento y volver a entrar en él bajo otro nombre: así conserva la primera cartilla de racionamiento y luego obtiene otra con un nombre distinto. Esto implica que el reciclador puede comer el doble de lo que comía antes, o, si prefiere vender la ración extra, puede comprar o conseguir otros productos que la ONU no facilita: azúcar, carne, verduras. El comercio resultante de las cartillas de racionamiento suplementarias sentaba las bases de una inmensa economía sumergida en Kakuma, y mantenía inmunes a miles de refugiados de enfermedades como la anemia y similares. En un momento dado los administradores de Kakuma creyeron que alimentaban a ocho mil personas más de las existentes. Nadie se sintió culpable por este pequeño engaño numérico.

Esa economía sumergida hacía posible el comercio, y la capacidad de manipular y jugar con el sistema por parte de los distintos grupos pronto provocó una especie de jerarquía social en Kakuma. Como grupo, y debido a que dominaban el campo en cuestión de número, los sudaneses ocupaban la cumbre de la pirámide. Pero desde una perspectiva individual, los etíopes eran la casta social más importante, formada por unos miles de representantes de la clase media de ese país que se vieron obligados a huir con Mengistu. Vivían en Kakuma I y eran los dueños de la mayor parte de negocios prósperos. Sus rivales en temas comerciales eran los somalíes y los eritreos, que habían hallado la forma de convivir con los etíopes, a pesar del conflicto que enfrentaba a sus respectivos países. Mientras tanto la tensión crecía entre somalíes y bantúes, un grupo que acarreaba siglos de sufrimiento a sus espaldas y que había sido trasladado a Kakuma desde otro campo keniano, Dadaab. Los bantúes habían sido esclavos en Mozambique y a principios del siglo XIX emigraron a Somalia, donde soportaron doscientos años de persecuciones. No se les permitía poseer tierras ni disfrutar de ninguna representación política. La guerra civil que estalló en Somalia en 1990 empeoró su situación: sus granjas y hogares fueron asaltados, mataron a sus hombres y violaron a las mujeres. En Kakuma debía de haber unos diecisiete mil bantúes, y ni siquiera allí estaban a salvo, ya que ese elevado número les granjeó el resentimiento de los sudaneses que hasta entonces se habían considerado los amos del campamento.

Justo por debajo de los comerciantes estaban los comandantes del ELPS, y por debajo de estos, los ugandeses: un grupo de apenas cuatrocientas personas, afiliadas en su mayoría al Ejército de Resistencia del Señor de Joseph Kony, un grupo rebelde enfrentado al Movimiento de Resistencia Nacional que gobernaba el país. Los ugandeses no podían volver; en su país los conocían y habían puesto precio a sus cabezas. Diseminados por el campo había congoleses, burundianos, eritreos y unos cuantos ruandeses sobre quienes recaía la sospecha de haber participado en el genocidio y que no eran, por tanto, muy apreciados en su país.

Y en algún lugar de la base de toda esa pirámide se hallaban los menores solos, los Niños Perdidos. No teníamos dinero ni familia, y disponíamos de escasos medios para obtener ambas cosas. Podía ascenderse un nivel si uno conseguía entrar a formar parte de una familia. Vivir con Gop Chol me había reportado cierto estatus y algunos privilegios, pero yo sabía que una vez llegada la familia de Gop resultaría difícil extender las raciones de la familia, y que los muchos artículos que íbamos a necesitar, con tantas chicas en casa, implicarían la necesidad de un aumento de ingresos en el hogar: una cartilla de racionamiento suplementaria supondría el principio de ese flujo de riqueza.

—Uno de los dos tendrá que reciclarse cuando lleguen las chicas —dijo Gop un día.

Y supe que tenía razón. Yo recibía mis raciones todas las semanas, y cuando llegaran su mujer y sus hijas Gop podría pedir una ración familiar. Pero las raciones serían insuficientes para una familia de cinco miembros, y sabíamos que el mejor momento para reciclarse de nuevo sería justo después del censo, cuando hubiera una vigilancia suplementaria en lo que a cantidad de comida se refería.

—Lo haré yo —dije, sin la menor vacilación.

Anuncié que me iría en cuanto llegaran su esposa e hijas. Gop fingió sorprenderse ante mi oferta, pero yo sabía que esperaba eso de mí. Eran los jóvenes de Kakuma los que practicaban el reciclaje y yo quería probar mi gratitud hacia esa familia, ganarme su respeto en cuanto llegaran.

 

Durante las siguientes semanas, Achor Achor y yo pasamos muchas noches tendidos a la puerta de mi refugio, haciendo los deberes bajo la luz azulada de la luna y planeando mi viaje de reciclaje.

—Necesitarás un par extra de pantalones —dijo Achor Achor.

Yo no tenía ni idea de a qué venía eso, pero él me abrió los ojos: necesitaba esos pantalones porque gracias a ellos obtendría una cabra.

—Creo que con un par te bastará —predijo él.

Le pregunté para qué quería una cabra.

—Tienes que conseguir una cabra para obtener los chelines.

Le supliqué que empezara por el principio.

Me dijo que necesitaba los pantalones porque cuando saliera de Kakuma viajaría a Narus, Sudán, y en Sudán no se encontraban esa clase de pantalones, hechos en China, que circulaban por Kakuma. Si me llevaba un par a Narus, podría cambiarlos por una cabra. Y la cabra era necesaria porque, si conseguía traer una cabra sana a Kakuma, donde más bien escaseaban, podría vender el animal por dos mil chelines o incluso más.

—Ya que vas a arriesgar tu vida, al menos podrías ganar dinero.

Era la primera vez que alguien mencionaba que el viaje podía ser peligroso. Mejor dicho, yo sabía que en el pasado, si uno se iba de Kakuma y tomaba la carretera hasta Lokichoggio, o hasta más lejos aún, cabía la posibilidad de que se cruzara en el camino con bandoleros, bandoleros turkanas y taposas que, en el mejor de los casos, te robaban todo lo que tenías y, en el peor, te lo robaban todo y te mataban después. Yo creía que esos peligros pertenecían al pasado, pero al parecer no era así. A pesar de eso el plan siguió adelante y Gop metió baza en él.

—¡Deberías llevar más pantalones! —resopló Gop una noche durante la cena. Achor Achor comía con nosotros, como hacía a menudo, porque Gop sabía cocinar y Achor Achor no—. ¡Más ropa, más cabras! Ya que vas a arriesgar tu vida al menos que merezca la pena.

A partir de ahí el plan fue ampliándose: me llevaría dos camisas, unos pantalones y una manta, todo nuevo, al menos en apariencia, y con todo ello podría conseguir al menos tres cabras, lo que en Kakuma reportaría unos beneficios de seis mil chelines: una cantidad que satisfaría las necesidades, e incluso algunos caprichos como el azúcar o la mantequilla, de la familia de Gop durante muchos meses. El dinero, combinado con la cartilla de racionamiento suplementaria, me convertiría en un héroe a ojos de la familia y yo soñaba con impresionar a mis futuras hermanas, con que me miraran con admiración y me llamaran tío.

—Puedes montar tu propia tienda —dijo una noche Achor Achor.

Era cierto. La idea me sedujo al instante, y a partir de ahí esta entró a formar parte de un plan más ambicioso. Hacía tiempo que quería montar una pequeña tienda de ropa, que además fuera cantina, en la puerta del refugio: en ella vendería comida y también lápices, bolígrafos, jabón, zapatillas, pescado seco, y cualquier refresco que cayera en mis manos. Como disfrutaba de la confianza de los que me conocían, esperaba que si ofrecía los productos a un precio justo las cosas me irían bien, y una vez dispusiera de capital el suministro para la cantina dejaría de ser un problema. Recordaba las lecciones comerciales que mi padre me impartía en Marial Bai y sabía que en ese tema lo crucial eran las relaciones con los clientes.

—Pero en ese caso necesitarás más de dos camisas y un pantalón —destacó Achor Achor—. Te harán falta tres camisas, dos pares de pantalones y al menos dos mantas de lana.

Por fin el plan se hizo realidad. Partiría a la primera oportunidad, la próxima vez que las carreteras se consideraran seguras. El primo de Gop me facilitó una mochila, un trasto sólido lleno de cremalleras y compartimentos. Dentro coloqué los dos pantalones, las tres camisas, la manta de lana, y una bolsa con nueces, galletas y mantequilla de cacahuete para el viaje. Planeaba salir a primera hora de la mañana, escabullirme desde Kakuma IV y luego recorrer a pie el kilómetro y medio que nos separaba de la carretera de Loki, la que luego debía seguir intentando esquivar a la policía keniana, los guardias del campo y los coches que pasaran.

—¡Pero no puedes irte durante el día! —Gop lanzó un suspiro cuando oyó esta parte del plan—. Tienes que salir de noche, bobo.

Así que el plan sufrió una nueva modificación. Por la noche no me vería nadie. La forma oficial de abandonar Kakuma era con un permiso de viaje para refugiados, pertinentemente sellado. Pero yo no tenía ninguna excusa para justificar el viaje, e incluso aunque así hubiera sido, solicitar un documento como ese implicaba meses de espera. Si hubiera tenido contactos con la gente de ACNUR, habría podido acelerar los trámites, pero no conocía a nadie lo bastante como para que se arriesgara por mí.

Eso dejaba una única opción, la más popular y expeditiva, que era sobornar a los guardias kenianos con quienes me topara durante el camino. Kakuma nunca fue un campo cerrado; los refugiados podían salir de sus límites a su antojo, pero enseguida, en cuanto llegaban a la carretera principal, eran detenidos por la policía de Kenia, ya fuera en sus puestos de guardia o en las patrullas que efectuaban en Land Rover, momento en el que el viajero debía mostrar el citado permiso de viaje. Era entonces cuando un viajero sin documentación debía aportar un incentivo suficiente para que el agente mirara hacia otro lado. Se recomendaban los viajes nocturnos, por la sencilla razón de que los turnos de noche recaían en los agentes menos eficaces y de que, en cualquier caso, había menos.

Por fin estuve listo para la partida. Pero antes esperaríamos a que llegara la familia de Gop para asegurarnos de que seguían siendo una esposa y tres hijas. Aunque meses antes habían dado noticias de que viajaban las cuatro juntas, en Sudán no había garantías. Gop y yo no mencionábamos el asunto, pero ambos éramos conscientes de ello. En un viaje tan largo podía pasar cualquier cosa.

 

Al final llegaron intactas, aunque su aparición fue repentina. Una mañana Gop y yo bajamos a la fuente, a por agua, con el fin de tener reservas para varios días. Mientras nos acercábamos a la fuente, vimos de lejos un camión de la Cruz Roja que avanzaba entre una nube de polvo. Ambos nos pusimos de pie, sabíamos que las furgonetas no abundaban en esa parte del campamento. Al mismo tiempo nos preguntábamos: ¿podría ser? La semana anterior Gop había recibido la noticia de que su familia podía estar a punto de llegar, pero desde entonces no había sabido nada más. Vimos que la furgoneta frenaba al aproximarse a nuestra casa y se paró justo delante de la puerta. Gop salió corriendo y yo corrí tras él. Gop no era muy veloz, así que lo adelanté enseguida. Cuando estábamos lo bastante cerca de la furgoneta como para ser vistos, Gop se puso a gritar. Parecía un demente histérico.

—¡Eh! ¡Eh! ¡Ya estáis aquí! ¡Ya estáis aquí!

Aún no podían oírnos. Estábamos a unos cientos de metros de distancia.

Una niñita, frágil y vestida de blanco, fue la primera en bajar de la furgoneta, seguida por dos niñas más, cada una más alta que la otra pero ambas menores de ocho años, y también de blanco. Se quedaron quietas, con los ojos entornados debido al sol, y se alisaron los vestidos. Tras ellas apareció una mujer hermosa, de verde, el mismo verde de las grandes hojas mojadas. También ella observó Kakuma protegiéndose los ojos del sol.

—¡Ya estáis aquí! ¡Ya estáis aquí!

Gop seguía gritando, pero la distancia impedía que le oyeran. Corrió, agitando los brazos como un poseso. Al poco se hallaba lo bastante cerca como para ser visto por la mujer de verde, aunque solo distinguiera una difusa silueta. Yo me había adelantado a él y veía a su familia con claridad.

—¡Hola! —gritó él.

Ella volvió la cabeza hacia él y le dedicó esa mirada de disgusto que reservamos para los borrachos y los locos de atar. El conductor las ayudó a bajar unas cuantas bolsas que sacó del maletero y las depositó en el suelo, frente a la casa.

—¡Soy yo! ¡Soy yo! —vociferaba Gop. Era obvio que ese hombre que corría hacia ellas hacía sentir incómodas tanto a la madre como a las niñas.

Gop estaba a unos cien metros cuando de repente cambió de opinión. Frenó, se detuvo y luego se apartó de la carretera. Le seguí mientras se internaba por el anárquico laberinto de casas. Era imposible que la familia de Gop nos viera desde donde estaba. Gop fue saltando las vallas de esas casas, pasó por debajo de los tendederos y se abrió paso entre los pollos tristes y anémicos de los vecinos hasta encontrarse en la puerta trasera de la casa donde vivíamos. Entró en su casa, seguido por mí. Oí que alguien llamaba a la puerta principal y supuse que era el conductor de la furgoneta de la Cruz Roja, cuyos golpes iban ganando en fuerza e impaciencia.

Gop estaba en su dormitorio.

—¡No abras! —me suplicó—. Espera a que me cambie de ropa.

Aguardé junto a la puerta.

—No quiero que sepan que era yo el que gritaba ahí fuera.

Eso ya lo había adivinado yo. Esperé junto a la puerta mientras Gop se aseaba, se enderezaba y se peinaba. Salió en un minuto, limpio y vestido con su mejor camisa blanca y unos pantalones verde caqui.

—¿Estoy bien?

Asentí y abrí la puerta. Gop salió a recibirlas con los brazos abiertos.

—¡Esposa mía! ¡Hijas mías!

Y fue levantando en el aire a las niñas, una tras otra, empezando por la mayor y terminando por la menor y más delicada, una niñita que tuvo en brazos casi todo el día, mientras deshacían las bolsas y comían. La familia había traído comida de Sudán y él y yo enseñamos a las mujeres la casa que habíamos construido para ellas.

—Vimos a un loco chillando en plena calle —comentó más tarde su esposa mientras hacía las camas de las niñas—. ¿No le oíste?

Gop suspiró.

—Aquí vive toda clase de gente, querida.

 

Llegué a estar muy unido a la esposa de Gop, Ayen, y a sus hijas: Abuk, Adeng y Awot. La reestructuración de la casa, que fue completa, cambió mi vida y nos benefició a todos. Como Gop y su esposa necesitaban un dormitorio para ellos, construimos otro, y las niñas se instalaron en el que él y yo solíamos compartir. Gop y su esposa no querían que yo durmiera con las niñas, de manera que se construyó un cuarto más, y cuando estábamos a media construcción se nos ocurrió una idea: no era habitual que un chico de mi edad tuviera una habitación para él solo, y Gop y yo conocíamos a muchos chicos que estarían encantados de venirse a vivir con nosotros, lo que redundaría en un aumento de ingresos y comida. Así pues, ofrecimos esa posibilidad a Achor Achor y a tres chicos más, todos alumnos de Gop, y mi dormitorio se construyó para que en él cupieran cinco chicos. Cuando terminamos, los habitantes de la casa habían pasado de dos a diez en una semana.

Los críos nos despertábamos todos los días a las seis y juntos bajábamos a la fuente a llenar los bidones para nuestras respectivas duchas. El agua empezaba a manar del grifo a las seis en punto, y era entonces cuando todos los residentes en nuestra zona del campamento, unas veinte mil personas, iban a buscar el agua para el aseo personal; el agua para cocinar y limpiar se retiraba después. La cola siempre era larga, hasta que la ONU hizo más grifos años después. Pero en esa época lo habitual era encontrarse con una cola de cien personas cuando se abrían los grifos. Ya en casa nos lavábamos y vestíamos para ir al colegio. En esos años no había desayuno en Kakuma —no fue hasta 1998 cuando hubo comida suficiente para poder tomar algo por las mañanas—, de manera que si consumíamos algo antes de salir de casa era agua o té; solo podíamos comer una vez al día, y solíamos hacerlo juntos, en la cena, una vez terminado el colegio y el trabajo.

Todos asistíamos al mismo colegio, que estaba a solo un paseo y que acogía a casi mil alumnos. Primero se organizaba una asamblea en la que se anunciaban cosas y se nos daba el consejo del día. Lo más frecuente era que ese consejo versara sobre temas de higiene y nutrición, un tema extraño dado lo escasa que era nuestra alimentación. Con la misma frecuencia se abordaban las fechorías y los consiguientes castigos. Si algún estudiante se había portado mal, el castigo se aplicaba allí mismo, unos cuantos varazos rápidos o una reprimenda verbal delante de todo el cuerpo estudiantil. Luego pasábamos a las oraciones o a entonar algún himno, ya que todos los alumnos del colegio eran cristianos, al menos por lo que sabíamos. Si había musulmanes, se mostraban muy reservados con su fe y no protestaban, ni entonces ni durante las sesiones regulares de lo que llamaban instrucción religiosa cristiana.

En mi clase había sesenta y ocho alumnos. Nos pasábamos todo el día en un aula, sentados en el suelo, mientras los instructores, profesores de inglés, kiswahili, mates, ciencias, labores domésticas, geografía, agricultura, artes plásticas y música iban entrando y saliendo. Me gustaba el colegio y era apreciado por los profesores, pero muchos de mis amigos habían dejado de asistir a clase. Les había entrado cierta impaciencia, no le veían el sentido y preferían irse a los mercados a ganar dinero. Intercambiaban sus raciones de comida por ropa, vendían la ropa en el campamento y sacaban un beneficio. Y por supuesto seguían yéndose de Kakuma para unirse a las filas del ELPS, y no tardábamos en enterarnos de quién había recibido un tiro, quién había muerto quemado o quién había quedado mutilado por una granada.

Los días de reparto de comida, los niños éramos enviados a la zona de la ONU, donde nos colocábamos en fila. Los cooperantes de la ONU o de la FLM descargaban la comida de los camiones, después de comprobar la tarjeta de identidad de los que estábamos allí. En el camino de regreso llevábamos los sacos de grano o de sargo a lo largo del kilómetro y medio que nos separaba de casa, ya fuera sobre la cabeza o sobre los hombros, tomándonos frecuentes descansos. Todos nos quejábamos por ese sistema de distribución; en las contadas ocasiones en que alguien se perdía el reparto, porque se había dormido y había llegado tarde a la fila, la ración no llegaba a casa y la familia en cuestión se veía afectada. En esos casos había que trazar y llevar a cabo planes de contingencia para asegurarse los alimentos. Había llegado el momento de mi viaje de reciclaje.

 

Tenía la mochila, los zapatos buenos y…

—¿Llevas sombrero? —me preguntó Awot, la hija de Gop.

—¿Para qué quiero un sombrero?

—¿Y si alguien de Loki te reconoce cuando vuelvas?

Era un genio esta Awot. De manera que metí el valioso sombrero Houston Astros de Achor Achor en la mochila y por fin estuve listo. La familia me vio partir a medianoche. Gop no parecía temer por mi vida, así que se despidió de mí sin alharacas y lo mismo hicieron las niñas. Achor Achor me acompañó hasta la frontera de Kakuma y cuando me disponía a marcharme, me agarró del brazo y me deseó buena suerte.

—¿Llevas encima la cartilla de racionamiento? —me preguntó.

La llevaba, lo que era un grave error. Si me robaban los turkanas, o me interrogaba la policía keniana, o los oficiales de Loki me pedían que vaciara los bolsillos, se quedarían con la cartilla original, con lo que todo mi viaje no habría servido de nada. De manera que se la entregué a Achor Achor, nos despedimos con unas palmadas en la espalda como si fuéramos hombres y me perdí en la noche, sin ningún documento que me identificara. Era alguien nuevo, no era nadie.

Me habían dicho que si me cruzaba con algún policía keniano por la carretera, un soborno lograría que siguiera adelante. Y esto es exactamente lo que sucedió: a unos pocos kilómetros de Kakuma me lo encontré en tres ocasiones. Cada pareja de guardias fue comprada con cincuenta chelines y abordaron la transacción con maneras exquisitas y un trato casi comercial. Podría haber estado comprando fruta a un vendedor ambulante.

Caminé durante toda la noche con los ánimos demasiado altos, creyendo que el viaje había empezado con buen pie y seguro de lograr mi objetivo. Con suerte volvería a Kakuma en tres días, provisto de seis mil chelines y de otra cartilla de racionamiento.

Llegué a Loki al amanecer: las carreteras de tierra estaban vacías y dormí en una zona dirigida por Save the Children, una ONG que conocíamos bien: llevaban años suministrando comida a los hambrientos en el sur de Sudán. Loki abarca esas zonas de ONG, que en su mayor parte no son más que pequeñas cabañas o casas de adobe rodeadas por vallas de madera o de acero inoxidable. Entonces y ahora Save the Children trabaja muy de cerca con los sudaneses, y sus miembros siempre están dispuestos a prestar su ayuda a los que van a Kakuma o parten hacia Sudán.

Al despertar vi los pies de un hombre que, frente a mí, charlaba con otro que estaba al otro lado de la valla. Me enteré de que el hombre que había estado a punto de pisarme se llamaba Thomas. Era un poco mayor que yo, había estado en el ELPS, pero lo dejó a raíz de la escisión entre Garang y Machar. Cuando acabó la conversación con el otro hombre, me brindó su atención.

—¿Cuál es la situación? —preguntó él.

Le conté una versión genérica de mi plan.

—¿Cuánto dinero llevas?

Le dije que solo me quedaban cincuenta chelines.

—Entonces, ¿cómo esperas conseguir los papeles del MLPS?

Nadie me había informado de que esos papeles costaban dinero. Sabía que si entraba en un territorio controlado por el ELPS necesitaría una tarjeta de identificación del ELPS/MLPS, pero pensaba que las daban gratis. Me habían dicho que el ELPS/MLPS hacía constar en el documento el nombre que quisieras, y yo tenía la intención de darles un nombre parecido al real, que sonara como procedente de mi misma región; así podría contestar cualquier pregunta que me hicieran sobre los clanes de la parte de Sudán donde yo había vivido. Con el documento nuevo en mi poder, regresaría a Loki, vendería las cabras y, en la oficina de inmigración de Loki, mostraría mis documentos y afirmaría correr peligro si volvía a Sudán. Me harían constar como refugiado y me concederían la admisión en Kakuma bajo un nuevo nombre.

—¿No te queda dinero? —dijo Thomas—. ¿Y te fuiste solo anoche?

Thomas me brindó una sonrisa peculiar, con la cabeza inclinada.

—Un plan muy pobre, Achak. ¿Has elegido un nombre nuevo? No me cabe duda de que estarás contento de librarte de Achak.

Le dije que mi nuevo nombre sería Valentino Deng.

—No está mal. Me gusta Valentino. Hay más Valentinos por aquí. No parecerá sospechoso. Mira, aquí tienes cincuenta chelines. Ya me los devolverás la próxima vez que vengas. Yo estoy mucho por aquí; hago negocios por varios sitios. Coge los cincuenta chelines, únelos a los tuyos y tendrás cien. Eso debería bastarte si consigues darles lástima a los del MLPS. Pon cara de pena, Valentino Deng.

Hice un mohín con la boca y conseguí que los ojos se me llenaran de lágrimas.

—¡Eh! No está nada mal, Valentino. Impresionante. ¿Tienes quien te lleve?

No tenía quien me llevara.

—Señor. No me había cruzado nunca con un viajero tan poco preparado. Si vuelves a ponerme esa cara te diré cómo puedes llegar hasta Narus.

Volví a poner cara de pena.

—Una mirada patética, chico, sin duda. Te felicito. Muy bien. Hay un camión procedente de Sudán a punto de llegar. Está ahí abajo y el conductor es amigo mío, primo de mi mujer. Vuelve a Sudán en unos minutos. ¿Estás listo?

—Sí.

—Bien —dijo él—. Aquí llega.

Y ciertamente un camión subió en aquel momento, un camión normal, de esos que solía ver llenos de pasajeros. Parecía un sueño haber encontrado un viaje directo tan deprisa. Solo llevaba cinco minutos despierto. El camión frenó delante de Save the Children. Thomas habló con el conductor durante un par de minutos y luego me hizo una señal. El motor zumbó al ponerse en marcha y las ruedas aplastaron la grava.

—¡Corre, tonto! —me gritó Thomas.

Recogí la bolsa, corrí en pos del camión y me subí de un salto a la parte de atrás. Me volví para saludar a Thomas, pero este ya había vuelto a entrar en la tienda, había terminado conmigo. Descargué la mochila y me encaramé por la puerta trasera. Al saltar al interior pisé algo blando.

—¡Perdón! —exclamé.

Fue entonces cuando me percaté de que acababa de pisar a una persona. La parte trasera del camión iba llena de gente, quince personas o más. Pero estaban grises, blancos, cubiertos de sangre. Estaban muertos. Pisaba el pecho de un hombre que no emitía protesta alguna. Bajé del pecho y mi pie fue a parar encima de la mano de una mujer, que tampoco se quejó. Me sostuve sobre un solo pie, mientras el otro se quedaba suspendido por encima de las vísceras de un chico poco mayor que yo.

—¡Cuidado, chico! Algunos aún estamos vivos.

Me volví hacia la voz y vi a un hombre, un anciano, tumbado y retorcido como una raíz, situado cerca del final del camión.

—Lo siento —dije.

El camión pasó por un bache y la cabeza del anciano chocó contra la portezuela trasera. Gimió.

Nos movíamos y el camión aceleró enseguida. Me agarré a un lado y traté de no mirar hacia la carga. Posé la vista en el cielo, pero el olor me invadió. Me dieron arcadas.

—Enseguida te acostumbrarás, chico —dijo el hombre—. Es olor a humanidad.

Cuando intenté mover el pie me di cuenta de que estaba pegado; el suelo del camión estaba lleno de sangre. Quise saltar, pero el vehículo iba demasiado rápido. Miré hacia delante, en un intento de atraer la atención del conductor. Una cabeza apareció por la ventanilla del asiento. Era un individuo de aspecto alegre. Parecía ser soldado del ELPS, aunque no habría podido afirmarlo con seguridad.

—¿Cómo vas ahí atrás, Ejército Rojo?

—Me gustaría bajar, por favor —balbucí.

El posible rebelde se rió.

—Prefiero andar. Por favor, tío, por favor.

Se rió hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas.

—Ay, Ejército Rojo. Eres una máquina.

Y volvió a meterse en la cabina.

Un momento después el camión giró y perdí pie; durante unos segundos me descubrí con la rodilla apoyada en el muslo roto de un soldado muerto, que miraba al sol con los ojos muy abiertos. Mientras me incorporaba eché un vistazo al contenido del camión. Los cadáveres parecían haber sido arrojados sin miramientos. Se movían de un lado a otro.

—Es penoso, la verdad —dijo el anciano—. Muchos estábamos vivos cuando salimos de Sudán. He tenido que ir ahuyentando a los buitres. Ayer saltó un perro. Tenía hambre.

El camión dio otro salto y mi pie resbaló sobre algo viscoso.

—Ahora los perros han desarrollado un gusto por la gente. Van directos a la cara. ¿Lo sabías? Por suerte, uno de los hombres de la cabina oyó al perro. Pararon el camión y le pegaron un tiro. Ahora solo quedamos nosotros cuatro.

Había cuatro personas vivas a bordo, aunque resultaba difícil localizarlas y yo no estaba del todo seguro de que el anciano tuviera razón. Miré hacia el cuerpo que había a su lado. Al principio parecía que sus brazos quedaban ocultos. Pero luego, al fijarme en los huesos blancos de sus hombros, me quedó claro que a ese hombre le habían amputado los brazos.

El camión dio un fuerte bandazo. Mi pie derecho aterrizó encima del brazo de un adolescente que llevaba uniforme azul de camuflaje y una gorra.

—Creo que sigue vivo —dijo el anciano—. Aunque hoy no ha hablado.

Volví a incorporarme y oí unas potentes carcajadas procedentes de la cabina. Los bandazos eran deliberados, todos y cada uno de ellos. El hombre alegre volvió a asomar la cabeza por la ventanilla del copiloto.

—El conductor lo lamenta mucho, Ejército Rojo —me dijo—. Había un lagarto en la carretera y no le quedó más remedio que esquivarlo para no matar a una criatura divina tan bella.

—Por favor, tío —le dije—. No quiero estar aquí. Quiero irme. Solo tiene que frenar un poco y saltaré. No hace falta que pare.

—No te preocupes, Ejército Rojo —dijo el posible rebelde. De repente tanto su rostro como su tono habían adoptado una expresión seria, casi compasiva—. Solo tenemos que dejar a los heridos en el hospital de Lopiding, enterrar los cadáveres en la montaña y dispondremos de un camión vacío para seguir camino hasta Sudán. Dondequiera que necesites ir.

El camión pasó por un bache y la cabeza del hombre se estampó contra el marco de la ventanilla. Entró de nuevo y la emprendió a gritos con el conductor. Por un momento el camión aminoró la velocidad y pensé que esa era mi oportunidad.

—Aprovecha el viaje, chico.

Era el anciano.

—¿Cómo vas a llegar a Sudán si no?

Me miró, como si me viera por vez primera.

—¿Y por qué te ha dado por volver, chico?

No me planteé contarle la verdad: que intentaba reciclarme, conseguir otra cartilla de racionamiento. Alguien que se debatía entre la vida y la muerte pensaría que algo así era ridículo. La gente del sur de Sudán tenía sus problemas, y, en comparación con estos, los de Kakuma, donde todos estábamos alimentados y a salvo, eran irrisorios.

—Voy a buscar a mi familia —dije.

—Están muertos, chico —dijo él—. Sudán ha muerto. No volveremos a vivir allí. Este es ahora tu hogar. Kenia. Alégrate de eso. Es tu hogar y siempre lo será.

Un suspiro me llegó desde abajo. El adolescente se volvió; tenía las manos colocadas debajo de la oreja, como si se hallara cómodamente acostado en casa con la cabeza apoyada en una almohada de plumas. Posé la vista en él, decidido a concentrarme en él ya que parecía estar en paz. Mis ojos lo evaluaron —no podía controlarlos y los maldije por su velocidad y curiosidad— y me percaté de que le faltaba la pierna izquierda. Había quedado reducida a un muñón envuelto con un vendaje confeccionado a base de un trozo de tienda y gomas elásticas que se le entrelazaban en la cintura.

Ahora sé que el trayecto no duró más de una hora, pero es imposible imaginar lo largo que se me hizo aquel día. Aunque me había tapado la boca, las náuseas no cesaban; tenía escalofríos y el cuello parecía paralizado. Estaba seguro de que ese camión representaba la obra del diablo, que era un símbolo de su labor en la Tierra. Sabía que se trataba de una prueba y seguí allí hasta que el camión por fin aminoró la velocidad al tomar el camino del hospital de Lopiding.

Sin vacilar di un salto y rodé por el suelo. Mi intención era adelantar al camión y hallar refugio en la clínica. Tras caer sobre la dura tierra necesité un momento para volver a conectar con el mundo, para saber que no había muerto, que no había sido arrojado al infierno. Me incorporé y vi que mis piernas y brazos funcionaban, así que eché a correr.

—¡Espera, Ejército Rojo! ¿Adónde vas?

Me alejé del camión, que había reducido la marcha para rebasar una serie de baches. Adelanté al vehículo sin problemas y me dirigí al edificio que se alzaba al final del camino.

Lopiding constaba de una serie de tiendas de campaña y unos cuantos edificios de ladrillo blanco y techos azul celeste, acacias, sillas de plástico dispuestas en el exterior para que los pacientes esperaran sentados. Corrí hacia la parte de atrás de un edificio y casi choqué con un hombre que llevaba un brazo falso.

—¡Mira por dónde andas, chico!

El hombre era un keniano de mediana edad. Me habló en kiswahili. Estaba rodeado de fragmentos de pies, piernas, brazos y caras ortopédicas.

—¡Eh, Ejército Rojo! ¡Ven aquí!

Era el soldado del camión.

El keniano me dio una máscara que era demasiado pequeña para mí. Hundí la cara en ella. Podía ver a través de los orificios que habían hecho para los ojos y el keniano la ató con fuerza.

—Gracias —dije.

Era un hombre de sonrisa perpetua, mentón fuerte y grandes hombros caídos.

—De nada —dijo—. ¿Todavía te buscan?

Atisbé por la esquina. Los dos hombres del camión se encaminaban al edificio. Entraron un momento y volvieron al camión provistos de una camilla de lienzo. Bajaron al anciano y lo llevaron adentro. Luego fueron a por el adolescente al que le faltaba una pierna, que se tendió en la camilla igual que lo había hecho en el camión, como si estuviera encantado. Fueron los dos únicos pasajeros que descargaron en Lopiding. El resto estaba muerto o iba a estarlo pronto. Los hombres arrojaron la camilla a la parte trasera del camión y el conductor subió a la cabina. El otro, el posible rebelde que me buscaba, permaneció con la mano apoyada en la manecilla de la puerta.

—¡Ejército Rojo! ¡Hora de irse! Esta vez puedes ir en la cabina —gritó.

Me asaltó la duda. Si no aprovechaba el viaje, tal vez no conseguiría otro. Salí del edificio. El posible rebelde me miró a los ojos. Apartó la mano de la manecilla e inclinó la cabeza. Tenía la vista puesta en mí, pero no se movió, ni yo tampoco. Me sentía seguro detrás de la máscara. Sabía que no me reconocería. Su mirada se posó en los árboles y siguió gritando, en busca del chico que había estado en el camión.

—¡Lo siento, chico! Te prometo que te llevaremos a Sudán. Sano y salvo. Es tu última oportunidad.

Di un paso adelante, hacia el camión. El keniano me agarró del brazo.

—No vayas. Sacarán dinero por ti. El ELPS estará encantado de tener un nuevo recluta. A esos individuos les darán dinero a cambio de que te entreguen.

Era imposible decidirse.

—Te llevaré a Sudán si hace falta —dijo el keniano—. No sé cómo, pero lo haré. Lo que no quiero es que te maten por ahí. Estás demasiado flaco para combatir. Sabes lo que hacen, ¿no? Te entrenan durante dos semanas y luego te mandan al frente. ¡Por favor! Aguarda un segundo, hasta que se marchen.

Deseaba tan desesperadamente unirme a los hombres del camión, creer en su promesa de que me llevarían a salvo en la cabina y me depositarían en la frontera. Y sin embargo no podía evitar confiar más en un keniano desconocido que en mis propios compatriotas. Era algo que sucedía de vez en cuando y que siempre impactaba.

Yo seguía en pleno campo de visión del hombre del camión y este volvió a poner los ojos sobre mí. ¡Era tan agradable llevar esa máscara, ser invisible!

—¡Última oportunidad, Ejército Rojo! —dijo al chico que creía estar buscando.

El hombre se protegió los ojos del sol, intentando adivinar por qué ese chico de la máscara le resultaba tan familiar. Y allí seguí, rígido, hasta que por fin se volvió hacia el camión, se subió en él y partió dejando atrás una nube de polvo. El keniano y yo contemplamos cómo desaparecía dejando una estela anaranjada.

No me apetecía quitarme la cara nueva. Sabía que el keniano no me la daría y por un instante me pregunté si podría escapar con ella puesta. Quizá la máscara me permitiría huir —de regreso a Kakuma o hacia Sudán— y pasar desapercibido. Me regodeé en la idea de presentarme con esta nueva cara ante todo el mundo: una cara sin marcas, heridas, una cara que no revelaba nada.

—No te queda bien, chico —dijo el keniano. Tenía la mano sobre mi hombro y me agarraba con tanta fuerza que escapar habría sido imposible.

Me quité la máscara y se la devolví.

—¿Adónde llevarán los cadáveres? —pregunté.

—Se supone que los llevan de regreso a Sudán, pero no lo hacen. Los arrojarán por la montaña y aceptarán pasajeros de pago hasta Sudán.

—¿Los enterrarán en la montaña?

—No. ¿Qué más da? Si los entierran, son pasto de gusanos y escarabajos. Si no los entierran, se los comen los perros y las hienas.

El hombre se llamaba Abraham. Era una especie de médico, un ortopeda. Tenía el negocio detrás del hospital, bajo un árbol inmenso. Me prometió que me daría de comer si esperaba una hora. No me importaba esperar. No sabía qué comían los médicos a la hora del almuerzo, pero supuse que sería algo extravagante.

—¿Qué haces ahora? —pregunté.

Estaba moldeando algo parecido a un brazo o una muñeca.

—¿Dónde vives? —preguntó él.

—En Kakuma I.

—¿Oíste una explosión la semana pasada?

Asentí. Había sido rápida, un chasquido, como el sonido de una mina que cobrara vida.

—Un soldado del ELPS, uno muy joven, estaba en el campo de permiso, visitando a la familia. Fue en Kakuma II. Había llevado algunos recuerdos a casa para mostrárselos a sus hermanos. Uno de los recuerdos era una granada, así que aquí me tienes, haciendo un brazo nuevo para el hermano pequeño del soldado. Tiene nueve años. ¿Qué edad tienes tú?

No lo sabía. Supuse que rondaría los trece.

—Llevo en esto desde mil novecientos ochenta y siete. Estaba aquí cuando abrieron Lopiding. Entonces constaba solo de cincuenta camas y de una gran tienda. Creyeron que sería temporal. Ahora hay cuatrocientas camas y se añaden más cada semana.

Abraham talló el plástico mientras se enfriaba.

—¿Para quién es esto? —dije, y cogí la máscara que había llevado puesta.

—Para un chico que sufrió quemaduras en la cara. Es muy frecuente. A los críos les gusta mirar las bombas. El año pasado arrojaron a uno al fuego.

Contempló su obra a la luz. Era una pierna, pequeña, destinada a alguien menor que yo. Fue dándole vueltas y pareció satisfecho.

—¿Te gusta el pollo, chico? Es hora de comer.

 

Abraham me llevó hasta la cola del comedor, montado en el patio. Veinte médicos y enfermeras en fila, vestidos con sus uniformes azules y blancos. Formaban una mezcla variopinta: kenianos, blancos, hindúes; había una enfermera que parecía árabe de piel clara. Abraham me ayudó con el plato y lo llenó de pollo, arroz y lechuga.

—Siéntate aquí, hijo —dijo, señalando con la cabeza un pequeño banco que había a la sombra de un árbol—. Será mejor que no te sientes con los médicos. Hacen preguntas y uno nunca sabe cómo acabará la cosa. Aún no sé en qué clase de lío andas metido.

Me vio atacar el pollo con arroz; hacía meses que no comía carne. Mordió un pedazo de muslo y me miró.

—¿En qué clase de lío andas metido?

—No estoy en ningún lío.

—¿Cómo saliste de Kakuma?

Vacilé.

—Cuéntamelo. Soy un fabricante de brazos, no un agente de inmigración.

Le hablé de mi huida y de los sobornos a los agentes de policía.

—Es increíble lo fácil que sigue resultando, ¿eh? Amo a mi país, pero la corrupción forma aquí parte de la vida tanto como el aire o el suelo. No se vive tan mal en Kenia, ¿no crees? Cuando tengas edad suficiente saldrás del campo y te irás a Nairobi. Allí encontrarás un empleo, seguro; tal vez incluso puedas ir al colegio. Pareces listo y hay miles de sudaneses en la ciudad. ¿Dónde están tus padres?

Le dije que no lo sabía. El sabor del pollo me mareaba.

—Seguro que están bien —dijo él. Observó el pollo y eligió dónde dar el siguiente bocado. Asintió con la boca llena—. Seguro que sobrevivieron. ¿Viste que los mataran?

—No.

—Bien, entonces aún hay esperanza. Es probable que ellos también te crean muerto y mírate, en Kenia, comiendo pollo y bebiendo gaseosa.

Creí en las palabras de Abraham por la sencilla razón de que era una persona educada, keniano, y tal vez tenía acceso a información que no llegaba a nuestro campamento. La separación de la vida en Kakuma con la del resto del mundo parecía absolutamente impenetrable. Veíamos y conocíamos a gente de todo el mundo, pero no existía la menor esperanza de viajar a otro lugar, ni siquiera a la parte de Kenia que quedaba más allá de Loki. Así que me tomé las palabras de Abraham como las de un profeta.

Terminamos de comer; todo estaba delicioso y era mucho más abundante de lo que yo podía consumir: mi estómago no estaba acostumbrado a tanta comida de una sentada.

—¿Cómo volverás a Kakuma? —preguntó Abraham.

Le dije que seguía empeñado en llegar a Narus.

—Esta vez no, hijo. Ya has visto bastante en un viaje.

Era evidente que tenía razón. No me quedaban ganas. Estaba roto, el plan había fracasado y lo único que podía hacer era volver a Kakuma, sin ganancias ni pérdidas. Di las gracias a Abraham y prometimos reencontrarnos; me metió en una ambulancia que viajaba hacia Loki. Allí aguardé a que pasara un camión con destino a Kakuma cuyo conductor no hiciera preguntas. No vi ni rastro de Thomas y no me aventuré a entrar en la zona de Save the Children. Subí y bajé por las polvorientas calles de Loki, con la esperanza de que surgiera alguna posibilidad antes de que anocheciera; sabía que en ese momento los turkanas me verían como un objetivo a abatir.

—Eh, chaval.

Me volví. Era un hombre de nariz bulbosa y rota. Parecía turkana, pero podría haber sido cualquier cosa: keniano, sudanés, ugandés. Me hablaba en árabe.

—¿Cómo te llamas?

Le dije que Valentino.

—¿Qué llevas ahí?

Estaba muy interesado en el contenido de mi mochila. Le dejé echar un vistazo rápido.

—¡Ah, ya! —dijo él. Esbozó una sonrisa súbita, una sonrisa amplia como una hamaca. Dijo que había oído hablar de un joven sudanés muy listo que poseía ropa de Kakuma. Parecía un hombre amable, incluso encantador, así que le conté lo del viaje, el camión, los cadáveres, Abraham y el plan truncado.

—Bueno, quizá no lo hayas perdido todo —dijo él—. ¿Cuánto pedirías por todo el lote, pantalones, camisas y manta?

Regateamos un rato hasta fijar un precio de siete mil chelines. No era lo que había esperado, pero sí mucho más de lo que habría sacado en Kakuma y el doble de lo que había pagado por las prendas.

—Eres un buen negociante —dijo él—. Muy avispado.

Hasta ese momento nunca me había creído un buen negociante, pero el hombre parecía sincero. Acababa de doblar la inversión.

—Así que siete mil chelines —dijo—. Te los daré, me tienes pillado. No había visto pantalones como estos en Loki. Esta noche te traeré el dinero.

—¿Esta noche?

—Sí. Ahora debo esperar a mi mujer. Está en el hospital, la están tratando por una infección. Se ha llevado a nuestro hijo; nos da miedo la tos que tiene. Pero me han dicho que volverá en unas horas y luego iremos hacia Kakuma. ¿Estarás por allí a las ocho?

Mientras hablaba el hombre iba cogiendo la mochila y me descubrí diciendo que sí, por supuesto, a las ocho estaría allí. El hombre tenía algo que te hacía confiar en él, o tal vez yo estaba demasiado cansado para actuar con sensatez. En cualquier caso, me despedí de él, le di recuerdos para su esposa y su hijo y les deseé que se recuperaran pronto de sus enfermedades. El hombre se fue con mi ropa.

—¿No debería saber dónde vivo? —le pregunté mientras él se sumergía bajo la luz carmesí de una de las tiendas.

El hombre se volvió, sin aparentar la menor sorpresa.

—¡Pensé que bastaría con preguntar por el célebre Valentino!

Le di la dirección de todos modos y luego salí a la carretera que llevaba a Kakuma. Tras dar unos cuantos pasos me percaté de que me habían timado y de que ese hombre nunca volvería a Kakuma. Acababa de regalar mi ropa a un desconocido y había echado a perder cualquier posible beneficio. Caminé toda la distancia que me separaba de Kakuma viendo pasar camiones; no les pedí que me llevaran y tampoco tenía dinero para sobornos. Me moví al amparo de las sombras, ya que sabía que si me pillaban todo estaría perdido, incluso las ventajas que tenía como refugiado. Fui de arbusto en arbusto, de zanja en zanja, a gatas, arañando la tierra, jadeando como la primera vez que me escapé de casa. Cada exhalación sonaba como un árbol derribado y el ruido me volvía loco, pero merecía el castigo. No merecía nada mejor. Quería estar solo con toda mi estupidez, que maldije en tres idiomas y con todas mis vísceras.