Qué es el qué
Capítulo 6
6
Abro los ojos, debo de haberme adormecido durante minutos, o quizá horas. El chico se ha dormido en el sofá. Con las toallas a modo de sábanas, se ha acostado en el extremo del sofá y ha remetido los pies bajo los cojines. Y ahora se mueve, agitado. Está teniendo una pesadilla, su cara se contorsiona como la de un niño pequeño, la expresión ceñuda y petulante le va quitando años de encima. Pero ahora siento menos simpatía hacia él.
No hay relojes a la vista, aunque tengo la sensación de estar en mitad de la noche. No se oye ruido de tráfico. Podría ser medianoche o incluso más tarde.
No quiero meterme contigo, Achor Achor, pero esta situación sería muy distinta si tuvieras a bien volver a casa. Aunque me gusta Michelle, la admiro, y estoy orgulloso de ti por haber encontrado a una americana que te ame, en este momento considero que tu conducta es irresponsable. Al mismo tiempo, me pregunto cómo sabían los ladrones que no estarías, que podrían dejar a su hijo o hermano aquí. Resulta difícil de entender. O son unos genios, o unos simples inconscientes.
Me pregunto qué imágenes turban tus sueños, Chico de la Tele. Estoy dividido: podría hablar contigo de nuevo, zafarte de esos terrores nocturnos; o podría alegrarme de que el chico que cree que puede aplastar a un africano con un listín telefónico esté sufriendo ahora una pesadilla pavorosa. No me parece tan cruel tenerte temblando en el sofá, Chico de la Tele. Al fin y al cabo, si volviera a hablarte, ¿qué me arrojarías esta vez? Tengo un diccionario enorme en mi cuarto y no me cabe la menor duda de que lo usarías.
Suena un teléfono que no es el mío. El mío ya no está. El tono es el de una canción bastante conocida que ahora no consigo situar. Mis conocimientos de música popular americana son escasos, incluso después de cinco años, aunque la mayoría de mis amigos se han rendido a ella incondicionalmente.
¡Levántate, Chico de la Tele, y contesta al teléfono!
El móvil sigue sonando. Quien llama debe de querer que me liberes; podría ser la policía. ¡Despierta, chico!
Tres timbrazos más y aún no hay señal de que se despierte. Tengo que hacer algo para influir sobre estos acontecimientos. A riesgo de recibir otro golpe en la cabeza, emito un ruido tan fuerte como puedo. Mi desesperación lleva a mi voz a alcanzar el registro más agudo; emito un gemido sonoro que consigue que el chico dé un salto del sofá. El teléfono vuelve a sonar y esta vez atiende la llamada.
—¿Qué? —dice él—. Soy Michael.
La voz que sale del teléfono pertenece a un hombre: lenta y ronca.
—No está.
Una pregunta.
—No lo sé. Ella me dijo que estaría aquí a esta hora.
El chico asiente con la cabeza.
—Vale.
—Vale.
—Adiós.
Así que eres Michael. Me alegro de saber tu nombre, Michael. Es un nombre menos amenazador que Chico de la Tele, y me convence aún más de que eres una víctima de aquellos que tienen la misión de protegerte. Michael es nombre de santo. Michael es el nombre de un chico que quiere ser un chico. Michael era el nombre del hombre que trajo la guerra a Marial Bai. Es lógico pensar que una guerra como la nuestra llegó en un día, que retumbó un trueno y luego apareció la guerra, cayendo copiosamente como si fuera lluvia. Pero antes, Michael, hubo un cielo encapotado.
Tal vez estés ahora de peor humor. Llevas demasiado tiempo en este apartamento, y lo que al principio parecía una aventura se ha vuelto algo tedioso, incluso aterrador. No soy tan inocente como creías y estoy seguro de que temes la posibilidad de que vuelva a hablar. De momento no tengo nada que decir, no en voz alta, pero deberías saber algo sobre el Michael que en 1983 trajo los primeros augurios de guerra a nuestro pueblo.
William K me despertó, susurrando al otro lado de la pared de la cabaña.
—¡Levanta! ¡Levanta! —murmuraba—. Levántate a ver esto.
No me sentía muy inclinado a seguir a William K, ya que en muchas ocasiones me había pedido que fuera corriendo a un lugar u otro, o que me encaramara a un árbol, solo para ver un hoyo excavado por un perro, o una nuez que recordaba la cara del padre de William. Dichas visiones eran siempre mucho más impactantes en la mente de William K y no valía la pena meterse en líos por ellas. Pero mientras William K susurraba a través de la puerta, oí otras voces, voces de una multitud excitada.
—¡Ven! —me apremió William K—. ¡Te juro que esto es algo!
Me levanté, me vestí y corrí con William K hacia la mezquita, donde se había congregado un grupo de curiosos. Después de arrastrarnos entre las piernas de los adultos reunidos en la puerta de la mezquita, nos pusimos de rodillas y vimos al hombre. Estaba sentado en una silla, una de las toscas sillas hechas a base de madera y cuerda por Gorial Bol para luego venderlas en el mercado y cerca del río. El hombre era joven, debía de tener la edad de mi hermano Garang, la edad justa para casarse, tener su propia casa y su propio ganado. El hombre llevaba la frente surcada de cicatrices rituales, lo que significaba que no era de nuestra ciudad. En otras regiones y pueblos a los hombres, cuando cumplían los trece años más o menos, se les hacían cortes en la frente como rito de paso hacia la madurez.
Pero a este hombre, cuyo nombre era Michael Luol, le faltaba una mano. Donde debería haber estado su mano derecha la muñeca acababa en seco. La multitud, formada en su mayor parte por hombres, inspeccionaba el muñón del joven, y expresaba opiniones distintas sobre quién tenía la culpa. William y yo seguimos de rodillas, desde donde podíamos estar cerca de la mano amputada, a la espera de oír cómo había sucedido esto.
—¡Pero no tienen ningún derecho a hacer algo así! —bramó un hombre.
Tres hombres llevaban el peso de la discusión: el jefe de Marial Bai, un individuo como un toro con los ojos muy grandes; su delgado y lacónico delegado; y un hombre robusto, cuya gran barriga parecía a punto de reventarle la camisa y empujaba mi espalda cada vez que daba un argumento.
—Lo pillaron robando. Fue castigado.
—¡Es un ultraje! Esta no es la justicia de Sudán.
El manco permanecía sentado y en silencio.
—Ahora lo es. Ese es el tema. Esto es la sharía.
—¡No podemos vivir bajo la sharía!
—No estamos viviendo bajo la sharía. Esto fue en Jartum. Si vas a Jartum, te riges por sus leyes. ¿Qué hacías en Jartum, Michael?
Los hombres enseguida hicieron recaer la culpa sobre los hombros del manco, ya que si este se hubiera quedado en su pueblo y se hubiera abstenido de robar, aún conservaría la mano y tal vez tuviera también una esposa: ahora la opinión generalizada era que ya no se casaría, por mucha dote que ofreciera, ya que a ninguna mujer debería pedírsele que aceptara a un marido al que le faltaba una mano. Michael Luol recibió poca compasión ese día.
Cuando salimos de la mezquita, pregunté a William K por la historia del hombre. Había oído la palabra «sharía», y algunos comentarios despectivos sobre los árabes y el islam, pero nadie había relatado con claridad los acontecimientos que habían provocado la amputación de la mano de Michael Luol. De camino a la gran acacia donde habíamos quedado con Moses, William K me contó la historia.
—Fue a Jartum hace dos años. Se fue a estudiar, pero luego se quedó sin dinero y se puso a trabajar de albañil. Trabajaba para un árabe. Para un árabe muy rico. Vivía con otros once dinkas. Compartían un piso en el barrio más pobre de la ciudad. Ahí es donde vivían los dinkas, según Michael Luol.
Me pareció raro que los dinkas vivieran en algún sitio considerado pobre mientras los árabes vivían bien. Voy a decirte algo, Michael de la Tele: el orgullo de los monyjang, los hombres entre los hombres, era muy fuerte. He leído a antropólogos que se quedaron atónitos por la estima en que se tenían los dinkas.
—Michael Luol perdió su empleo —prosiguió William K—. O tal vez se le acabó. No había trabajo. Ha dicho que se quedó sin trabajo y que no podía pagar el alquiler. Los otros lo echaron del piso y empezó a vivir en una tienda de campaña a las afueras de la ciudad. Ha dicho que miles de dinkas vivían allí. Gente muy pobre. Vivían en chozas hechas a base de plástico y palos, en las que hacía mucho calor, sin agua ni comida.
Recuerdo que en aquel momento sentí un fuerte desprecio hacia el manco. Era como si se mereciera haber perdido la mano. ¡Alguien tan pobre, que vivía en una casa de plástico! ¡Pedir comida! ¡No tener agua! Vivir sumido en una pobreza tan extrema cerca de árabes que vivían bien. Me daba vergüenza. Yo detestaba a los hombres que se pasaban el día bebiendo en el mercado de Marial Bai y detesté a este hombre que vivía en una cabaña de plástico. Aunque sé que no es un sentimiento admirable —despreciar a los pobres, los caídos—, yo era demasiado joven para sentir piedad.
William continuó:
—Michael Luol rebuscaba en la basura para conseguir comida. Iba con otros hombres, pasaba por los vertederos, rebuscaba entre los desperdicios por toda la ciudad. Iba por la mañana y ya se encontraba a cientos de personas buscando. Pero como Michael Luol era un hombre fuerte, se le daba bien. Encontraba potes, cajas y huesos de pollo. Comía lo que podía y vendía el resto. En una ocasión encontró una radio rota y se la vendió al hombre que las arreglaba. Con ese dinero compró una casa nueva. Necesitaba una más grande porque tenía una esposa.
—¿Se llevó a su esposa a Jartum? —pregunté.
—No, se casó allí. Consiguió una esposa después de haber perdido el empleo.
William K no parecía muy seguro de esta parte. No tenía demasiado sentido para ninguno de los dos: casarse cuando uno estaba sin trabajo y sin casa.
—Vivían en una casa nueva, algo hecho con palos y plástico. Es entonces cuando el hombre que contó la historia se puso muy triste. Su esposa murió. Contrajo disentería, porque el agua que bebían era un agua mala que sacaban de una zanja cerca de la ciudad. Así que pilló la malaria y no hubo forma de ingresarla en ningún hospital. Y murió. Cuando murió, los ojos se le salieron de la cabeza.
Conocía lo bastante bien a William K para saber que esta última parte se la estaba inventando. Siempre que era posible, en cualquier historia de William K, unos ojos se salían de la cabeza.
—Así que como tenía la casa que había comprado y ya no la necesitaba, la vendió. Cogió el dinero y compró bebida. Y luego lo detuvo la policía, lo llevaron a un hospital y le cortaron la mano.
—Espera. ¿Por qué? —pregunté.
—Creo que cogió algo. Robó algo de alguien. Quizá del hombre para quien trabajaba cuando era albañil. Volvió y se llevó algo. Un ladrillo, creo. Espera. Era un ladrillo, pero lo robó antes. Robó el ladrillo cuando su mujer aún vivía, porque el viento amenazaba con derribar la choza de plástico. Así que cogió el ladrillo y lo encontraron. Lo atraparon, y luego se murió su mujer y él volvió aquí.
—¿Y quién le cortó la mano? —pregunté.
—La policía.
—¿En el hospital?
—Dijo que allí había dos policías, una enfermera y un médico.
La historia fue aumentando con diversos adornos a lo largo de las semanas, en boca del manco y de otros, pero los hechos básicos se mantuvieron tal y como me los había contado William K. La ley islámica, la sharía, se había impuesto en Jartum y era ley en gran parte de Sudán, por encima de los ríos Lol y Kiir. Aumentaba el temor de que no tardaría en imponérsenos también aquí.
Es ahora cuando se complica todo, al menos relativamente, Michael Chico de la Tele. La historia de la guerra civil en Sudán, una historia perpetuada por nosotros, los Niños Perdidos, en interés del drama y la conveniencia, dice a grandes rasgos que un día estábamos sentados en nuestros pueblos, bañándonos en el río y separando el grano, y que al siguiente los árabes nos atacaron: matando, arrasando y esclavizándonos. Y aunque todos esos crímenes sucedieron de verdad, existe cierta discusión sobre las causas que los provocaron. Sí, se había impuesto la sharía, gracias a una sucesiva serie de leyes conocidas como las Leyes de Septiembre. Pero ese nuevo orden no había llegado a nuestro pueblo y había muchas dudas de que lo hiciera. Fue más crucial la ruptura del pacto de Addis Abeba de 1972 por parte del gobierno, que concedía al sur cierto grado de autonomía. En su lugar, el sur quedó dividido en tres regiones, que se dedicaron a azuzarse unas contra otras, sin que ninguna ostentara el menor poder significativo.
Te has dormido de nuevo, Michael, y me alegro de ello, pero tu sueño sigue marcado por patadas y escalofríos. Quizá también tú seas un niño de la guerra. En cierto sentido, deduzco que lo eres. Pueden adoptar diversas formas y diversas guisas, pero las guerras siempre llegan gradualmente. Estoy convencido de que existen pasos, y de que una vez se pone en marcha la rueda de acontecimientos, resulta casi imposible frenarla. Hubo otros pasos en el tambaleo del país hacia la guerra, y ahora recuerdo esos días con claridad. Pero tampoco entonces reconocí lo que estaba pasando: para mí no eran pasos hacia nada, sino días como cualquier otro.
Corría hacia la tienda de mi padre, abriéndome paso entre la densa multitud que acudía al mercado los sábados. Los sábados llegaban camiones del otro lado del río y la actividad comercial del mercado se duplicaba. Los tenderos venían de toda la región: el mercado de Marial Bai era uno de los mayores en casi ciento cincuenta kilómetros a la redonda y, por tanto, atraía mucho comercio ambulante. Cuando llegué a la tienda de mi padre, como siempre a todo correr, estuve a punto de chocar con la túnica grande e impoluta de Sadiq Aziz.
—¿Dónde te has metido hoy? —dijo mi padre—. Saluda a Sadiq.
La mano de Sadiq se posó sobre mi cabeza y se quedó apoyada en ella. Sadiq era un baggara, una tribu árabe que vivía al otro lado del Ghazal. Los árabes se dejaban ver los días de mercado de la estación seca, cuando traían a pastar al ganado. Las tensiones entre dinkas y baggaras, concernientes sobre todo a las tierras de pasto, se remontaban a siglos atrás. Los baggaras necesitaban las tierras más fértiles del sur para alimentar a su ganado cuando las tierras del norte se resquebrajaban por la sequía. Lo normal era que los jefes llegaran a algún acuerdo, y la cooperación se había basado, históricamente, en alianzas y pagos a base de ganado y otros bienes. Existía un equilibrio. Durante la estación del ganado, y a menudo en los días de mercado, podía verse a baggaras y a otros árabes por cualquier rincón de Marial Bai. Se movían con libertad entre los dinkas, hablaban una mezcla entre dinka y árabe y a menudo se alojaban en sus casas. La convivencia entre ambos pueblos era buena. En muchas zonas se daban incluso matrimonios entre unos y otros, cooperación y respeto mutuo.
Mi padre era conocido entre los baggaras y otros negociantes árabes; se decía que hacía esfuerzos, a veces incluso cómicos, para atraer y complacer a los comerciantes árabes. Él sabía que gran parte de su éxito se basaba en su acceso a la mercancía en la que estaban especializados los del norte, y por tanto siempre se molestaba en dejar claro que los árabes eran bienvenidos en sus tiendas y en sus hogares. Sadiq Aziz, un hombre de grandes ojos y brazos sembrados de huesos y protuberantes músculos, era el comerciante predilecto de mi padre. Sadiq tenía buen ojo para los objetos raros, era capaz de encontrar los bienes más excepcionales: herramientas de granja mecánicas, máquinas de coser, zapatillas deportivas fabricadas en China. Y, lo más importante, Sadiq solía traerme algo.
—Hola, tío —dije. Era costumbre llamar «tío» a los hombres mayores, como muestra de familiaridad y respeto. Si el hombre es mayor que el padre de uno, se le llama «padre».
Sadiq enarcó las cejas en gesto de complicidad y extrajo algo de su bolsa. Me lo lanzó y lo cogí antes de saber qué era. Abrí las manos sobre una especie de gema. Parecía cristal, pero su interior estaba sembrado de líneas radiales, amarillas y blancas, como los ojos de un gato. Era precioso. Se me humedecieron los ojos cuando me quedé mirándolo. Me daba miedo parpadear.
—Está hecho para que parezca una gema —admitió Sadiq—, pero es cristal.
Guiñó un ojo a mi padre.
—¡Es como una estrella! —dije yo.
—Dilo en árabe —dijo Sadiq.
Sadiq sabía que yo había estado aprendiendo árabe en el colegio y a menudo me ponía a prueba. Intenté contestar:
—Biga ze gamar —dije, vacilante.
—¡Muy bien! —dijo Sadiq, sonriente—. ¡Eres el más listo de los hijos de Deng! Puedo decirlo porque los demás no están delante. Ahora di Allah Akhbar.
Mi padre se rió.
—¡Sadiq, por favor!
—Crees que Dios es grande, ¿no es así, Deng?
—Claro que sí —dijo mi padre—. Pero, por favor…
Sadiq se quedó mirando a mi padre durante un momento y luego se ruborizó.
—Lo siento. Solo bromeaba.
Buscó la mano de mi padre y se la estrechó sin fuerza.
—Y bien —preguntó—, ¿puedo montar a Achak en el caballo ahora?
Los dos hombres se volvieron hacia mí.
—Por supuesto —dijo mi padre—. ¿Te gustaría, Achak?
Mi madre había dicho que Sadiq adivinaba de forma intuitiva lo que quiere y desea un niño, porque cada vez que nos visitaba me traía regalos, y siempre que mi madre no anduviera lo bastante cerca para mostrar su desaprobación, porque lo desaprobaba, me subía a lomos de su caballo, que tenía atado a la puerta de la tienda.
—Allá vamos, pequeño jinete.
Miré desde arriba a los dos hombres.
—Se le ve muy a sus anchas allí arriba, Deng.
—Creo que se le ve muy asustado, Sadiq.
Aunque ambos se rieron, yo apenas los oía.
Una vez montado en la silla, la primera sensación que me embargaba era de poder. Era más alto que mi padre, más alto que Sadiq, y desde luego más alto que cualquier chico de mi edad. Sobre el caballo me sentía adulto y adoptaba una mirada imperiosa. Veía por encima de las vallas de los vecinos, mi mirada alcanzaba el colegio y distinguía a un lagarto que se arrastraba por el tejado. Yo era enorme. Era la combinación de mí mismo y del animal que podía controlar. Mis delirios de grandeza quedaron interrumpidos por los dientes del caballo, que habían encontrado mi pierna.
—¡Sadiq! —gritó mi padre. De un salto me cogió y me hizo bajar de la silla—. ¿Qué diablos le pasa a ese bicho?
—No lo había hecho nunca —tartamudeó Sadiq, que parecía desconcertado de verdad—. Lo siento mucho. ¿Estás bien, Achak?
Levanté la vista y asentí, mientras trataba de ocultar las manos que me temblaban. Sadiq me inspeccionó.
—¡Ese es mi chico valiente! —dijo Sadiq, apoyando la mano sobre mi cabeza.
—Sabía que no era una buena idea —dijo mi padre—. Los dinkas no somos jinetes.
Miré a los ojos del caballo. Odiaba a aquel maldito animal.
—Muchos dinkas han montado a caballo, Deng. ¿No estaría bien que Achak aprendiera a hacerlo? Eso serviría para llamar la atención de las niñas. ¿No es verdad, Achak?
Eso hizo reír a mi padre y se rompió la tensión.
—Creo que no necesita ayuda en ese tema —dijo mi padre.
Entonces ambos prorrumpieron en carcajadas, mirándome de reojo. Yo seguí con la vista fija en el caballo, y, para mi sorpresa, me percaté de que mi enfado ya casi se había esfumado.
Aquella noche comí con los hombres, una docena de comerciantes invitados en casa de mi padre, todos sentados alrededor del fuego. Conocía a varios de las tiendas, pero muchos me resultaban nuevos. Había otros baggaras entre los invitados, pero me quedé cerca de Sadiq, con el pie apoyado en su sandalia de cuero. La conversación había versado sobre el precio del maíz y las incursiones de ganado dirigidas por ciertos grupos de baggaras al norte de Marial Bai. En general todos estaban de acuerdo en que los tribunales regionales, donde participaban representantes de los baggaras, los dinkas y del gobierno de Jartum, resolverían la cuestión. Los hombres comieron y bebieron durante un rato, y luego un dinka que estaba sentado frente a mi padre, un hombretón de amplia sonrisa más joven que el resto, tomó la palabra.
—Deng, ¿no te preocupa el tema de la insurrección?
Lo dijo con una radiante sonrisa; parecía ser la expresión que presentaba su semblante por defecto.
—No, no —dijo mi padre—. Esta vez no. Como algunos sabéis, participé en la última rebelión. Pero en esta nueva, no sé…
Se levantó un murmullo de aprobación entre el resto de los hombres, que parecían ansiosos de dejar el tema. Pero el hombre sonriente insistió.
—Ahora están en Etiopía. Da la impresión de que se cuece algo.
Y volvió a sonreír.
—No, no —dijo mi padre. Hizo un gesto de desdén con el dorso de la mano, pero el efecto fue más teatral que convincente.
—Cuentan con el apoyo de los etíopes —añadió este.
Este hecho pareció sorprender a mi padre. Ver que mi padre se enteraba de algo que no supiera no era algo que sucediera a menudo. Sadiq arrojó un trozo de carne a una de las cabras que rondaban por el perímetro de la finca y luego se dirigió al joven.
—¿Qué es lo que crees? ¿Que veinte desertores del ejército sudanés volverán y convertirán Sudán en un país comunista? Es una locura. El gobierno de Sudán aplastará Etiopía. Y aplastarán también cualquier pequeña insurrección.
—No discuto que los desertores acaben perdiendo —dijo el joven—, pero no veo que el pueblo dinka sienta un gran aprecio por Jartum. Podrían lograr apoyos.
—Nunca —dijo Sadiq.
—Esta vez no —añadió mi padre—. Sabemos cuál es su coste. De la guerra civil. Si volvemos a hacerlo, no nos recuperaremos. Eso sería el final.
Los hombres parecieron dar su aprobación a esta conclusión y el silencio se instaló en el grupo, solo interrumpido por el ruido que hacían al comer y beber y el de los animales que invaden la selva cuando cae la noche.
—¿Por qué no nos cuentas un cuento, padre Arou? —dijo Sadiq—. Cuéntanos ese sobre el principio del tiempo. Siempre me ha gustado.
—Eso es porque sabes que es cierto, Sadiq.
—Sí. Exactamente. Puedo tirar el Corán y aceptar tu cuento.
Los hombres se rieron y le instaron a contar el cuento. Mi padre se puso en pie y empezó a narrarlo, tal y como hacía siempre.
—Cuando Dios creó la Tierra, nos hizo primero a nosotros, los monyjang. Sí, el primer hombre fue un monyjang, y lo hizo más alto y fuerte que a cualquier otra persona sobre la faz de la Tierra…
Me sabía la historia de memoria, pero nunca había oído a mi padre contarla en presencia de hombres que no fueran dinkas. Observé los rostros de los árabes: esperaba que no se ofendieran; todos sonreían, como si estuvieran escuchando una especie de fábula, y no la auténtica historia de la Creación.
—Sí, Dios hizo a los monyjang altos y fuertes, y hermosas a sus mujeres, más hermosas que a cualquier otra criatura de la Tierra.
Un rápido estallido de aprobación se extendió entre los hombres, esta vez en un tono más gutural, al que se unieron los árabes. Todos se rieron en voz alta. Sadiq me dio un codazo y me sonrió, y yo me uní a sus risas aunque no estaba muy seguro de por qué se reían.
—Sí —prosiguió mi padre—, y cuando Dios hubo terminado, y los monyjang estaban en la Tierra esperando instrucciones, Dios preguntó al hombre: «Ahora que estás aquí, en la tierra más sagrada y fértil que tengo, puedo concederte una cosa más. Puedo concederte esta criatura, llamada vaca…».
Mi padre volvió la cabeza rápidamente, derramando parte del contenido de su taza en el fuego, donde silbó y produjo una nube de humo que subió hacia el cielo. Se volvió hacia el otro lado, y por fin encontró lo que buscaba: señaló una vaca que había a lo lejos, una de las que esperaba ser vendida en el mercado al día siguiente.
—Sí —continuó—, Dios enseñó al hombre la idea de ganado, y el ganado era magnífico. Era la réplica exacta de los deseos de los monyjang. Los hombres y mujeres dieron las gracias a Dios por ese gran regalo, porque sabían que el ganado les daría leche y carne y les reportaría toda clase de prosperidad. Pero Dios no había terminado.
—Nunca termina —dijo Sadiq, levantando una ola de carcajadas.
—Dios dijo: «Podéis quedaros con el regalo del ganado, o bien podéis tener el Qué».
Mi padre aguardó a que alguien le diera la réplica lógica.
—Pero… —intervino Sadiq en su ayuda—, ¿qué es el Qué? —dijo, con un aire de suspicacia muy teatral.
—Sí, sí. Esa era la cuestión. De manera que el primer hombre levantó la cabeza hacia Dios y preguntó qué era eso, qué era el Qué. «¿Qué es el Qué?», preguntó el primer hombre. Y Dios le dijo: «No puedo decírtelo. Pero tienes que elegir. Tienes que elegir entre el ganado y el Qué». Ahora bien, el hombre y la mujer podían ver al ganado con sus propios ojos, y sabían que el ganado les proporcionaría la posibilidad de comer y vivir con gran satisfacción. Vieron que el ganado era la creación más perfecta de Dios, y que poseía parte de la esencia de Dios. Sabían que vivirían en paz con el ganado, y que si lo ayudaban a comer y beber, este a su vez les daría leche, se multiplicaría con los años y mantendría felices y sanos a los monyjang. De manera que el primer hombre y la primera mujer comprendieron que serían tontos si dejaban escapar al ganado a cambio de esta idea del Qué. Así que el hombre escogió el ganado. Y Dios ha demostrado que fue la decisión acertada. Dios estaba poniéndole a prueba. Le ponía a prueba para ver si podía apreciar lo que le había sido concedido, si era capaz de valorar aquel botín que tenía delante en lugar de cambiarlo por lo desconocido. Y como el primer hombre fue capaz de hacerlo, Dios nos ha permitido prosperar. Los dinkas viven y crecen, y el ganado vive y crece.
El joven sonriente levantó la cabeza.
—Sí, pero, tío Deng, ¿puedo preguntar algo?
Mi padre, advirtiendo las buenas maneras del hombre, se sentó y asintió.
—No nos has dado la respuesta. ¿Qué es el Qué?
Mi padre se encogió de hombros.
—No lo sabemos. Nadie lo sabe.
Enseguida se acabó la cena, y la bebida que la siguió, y los invitados dormían en las múltiples cabañas que formaban la finca de mi padre, y yo estaba tendido en su cabaña: fingía dormir, pero en realidad me dedicaba a observar a Sadiq y a apretar entre los dedos la gema de cristal que este me había regalado.
Había oído la historia del ganado y el Qué muchas veces, pero nunca la había oído terminar así. En la versión que me contaba mi padre, Dios había dado el Qué a los árabes, y por eso los árabes eran inferiores. Los dinkas recibieron el ganado, y los árabes intentaron robárselo. Dios había dado a los dinkas una tierra de más calidad, fértil y rica, además del ganado, y, aunque era injusto, esa había sido la voluntad de Dios, así que no había nada que hacer. Los árabes vivían en el desierto, sin agua ni suelo cultivable; por ello, para conseguir parte del botín de Dios, tenían que robar el ganado y luego llevarlo a pastar al territorio de los dinkas. Eran unos pésimos ganaderos, los árabes, y como no llegaban a comprender el valor del ganado, se dedicaban solo a despedazarlo. Mi padre a menudo me decía que eran gente confusa, gente de la que, en muchos sentidos, no cabía esperar nada.
Pero nada de esto había aparecido en la historia que había relatado mi padre aquella noche, y me alegré de ello. Estaba orgulloso de mi padre, ya que había alterado el relato para proteger los sentimientos de Sadiq y los demás comerciantes. Estaba seguro de que los árabes eran conscientes de su inferioridad en relación a los dinkas, pero también sabía que no era de buena educación resaltar ese hecho en mitad de una cena.
A la mañana siguiente vi por última vez a Sadiq Aziz. Era día de iglesia, y a la hora en que se levantó mi familia, Sadiq ya estaba en la calle, ensillando el caballo. Me arrastré al exterior de la cabaña para verlo montar y me encontré con que mi padre también estaba allí.
—¿Estás seguro de que no quieres venir con nosotros? —dijo mi padre.
Sadiq sonrió.
—Quizá otro día —dijo con una mueca. Montó sobre la silla y partió en dirección al río.
Este día fue también el último en que vi a los soldados apostados en el pueblo. Los soldados del ejército del gobierno habían estado destacados desde hacía años en Marial Bai; en esa época eran unos diez, encargados de mantener la paz. Después del servicio religioso, que se prolongó hasta pasado el mediodía, me dirigí a la capilla episcopal y aguardé en la puerta a que salieran William K y Moses. Por mucho que me disgustaba la duración de nuestras misas católicas, me alegraba no estar en la congregación del reverendo Paul Akoon, cuyos sermones eran famosos por prolongarse hasta la noche. Cuando William K y Moses hubieron terminado, y el último se hubo cambiado de camisa, caminamos hacia el campo de fútbol mientras los soldados y los hombres del pueblo se situaban y empezaban a calentar con los dos balones que los soldados tenían en sus barracones. Los soldados dedicaban gran parte del tiempo a jugar al fútbol y al voleibol, y el resto del tiempo a fumar y, cuando anochecía, a beber vino. Nadie les decía nada por ello; el pueblo estaba contento de contar con los soldados, para proteger el mercado y el ganado cercano de los asaltos de los murahaleenes o de cualquiera. Los soldados destacados en Marial Bai eran un grupo formado por diversas etnias y creencias: cristianos dinkas, musulmanes de Darfur, musulmanes árabes. Compartían los barracones y llevaban una vida relativamente tranquila. Pasaban los días patrullando la ciudad, y en sus ratos de ocio se instalaban en la tienda de mi padre, a beber areki, un vino local, y a hacer planes para su vida futura, cuando se licenciaran del ejército.
Cuando empezó el partido, William K, Moses y yo ocupamos nuestros lugares detrás de una de las porterías, con la esperanza de devolver las pelotas perdidas. Por todo el campo, en los córneres y fuera de las líneas, se había diseminado un grupo de niños demasiado pequeños para jugar con los hombres, esperando tener la oportunidad de captar una pelota desviada y lanzarla o chutarla de nuevo hacia el campo. Cuando se puso el sol y las hogueras para la cena empezaron a arder por todo el pueblo, pude devolver dos pelotas, y en cada una de esas ocasiones chuté con precisión hacia el campo. Fue un día fantástico para mí. El partido terminó y los hombres se estrecharon las manos y se dispersaron.
—¡Chico de rojo! —gritó un soldado.
Me giré. Miré la camiseta que llevaba; era de color rojo.
—Ven si quieres algo bueno.
Corrí hacia el soldado, un hombre bajo de cara ancha y la frente sembrada de cicatrices nuers. Me tendió una bolsita llena de dulces amarillos. Lo miré sin moverme.
—Coge unos cuantos, chico. Es un regalo.
Cogí uno y me lo llevé enseguida a la boca. Al instante me arrepentí de haber sido tan impulsivo. Debería haberlo guardado en el bolsillo, haberlo reservado para una ocasión especial. Pero ya era demasiado tarde. Lo tenía en la boca y era delicioso: como el limón, pero sin ser ácido. Parecía un terrón de azúcar con forma de limón.
—Gracias, tío —dije.
—Coge otro —dijo el soldado—. Tienes que aprender a coger lo que se te ofrece. Solo un niño rico sería tan remilgado. ¿Es eso cierto, chico? ¿Eres lo bastante rico para ser caprichoso?
Yo no estaba muy seguro de si eso era verdad. Sabía que mi padre era un hombre acaudalado, importante, pero no podía estar de acuerdo en que eso me hubiera vuelto un caprichoso. Todavía le estaba dando vueltas al asunto cuando el soldado dio media vuelta y se alejó.
A todos los efectos, la guerra estalló unas semanas más tarde. De hecho, la guerra ya había estallado en algunas partes del país. Corrían rumores de árabes asesinados por los rebeldes. En varias ciudades se habían producido matanzas de árabes: asesinatos en masa de comerciantes árabes, la quema de sus tiendas. Los grupos rebeldes, formados en su mayoría por dinkas, se habían situado por todo el sur y habían enviado un mensaje claro a Jartum: no tolerarían la aplicación de la sharía en territorio dinka. Los rebeldes aún no se habían organizado bajo el epíteto de Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés, y su presencia era esporádica en el sur. La guerra aún no había llegado a Marial Bai, pero no tardó en hacerlo. Nuestro pueblo fue uno de los más duramente asaltados, primero por la presencia de los rebeldes y luego por las milicias enviadas por el gobierno a castigar a los rebeldes, y a quienes los apoyaban, activamente o de cualquier otra forma.
Estaba sentado en la tienda de mi padre, jugando en el suelo con un martillo, fingiendo que era el cuello y la cabeza de una jirafa. Lo movía con la gracia lenta de las jirafas, inclinaba el cuello para que bebiera agua y lo elevaba para que comiera de las hojas de un árbol.
Arrastraba en silencio la jirafa-martillo por el suelo sucio de la tienda cuando la jirafa miró a su alrededor. Había oído un ruido. ¿Qué era? No era nada. Decidí que la jirafa necesitaba un amigo. Bajé otro martillo de un estante y lo uní al primero. Las dos jirafas se deslizaron por la sabana, con los cuellos inclinados hacia delante, la primera marcaba el paso, seguida por la segunda, alternándose en el tiempo.
Me imaginé como un hombre de negocios, encargado de llevar los asuntos de mi padre, organizar la tienda, negociar con los clientes, hacer nuevos pedidos a gentes del otro lado del río, ajustar los precios a los vaivenes del mercado, visitar la tienda de Aweil; conocería los nombres de muchos comerciantes, me movería a mis anchas por los pueblos, sería conocido y respetado por todos. Sería un hombre importante, como mi padre, y tendría muchas esposas. Aprovecharía el éxito de mi padre y abriría otra tienda, muchas más, y quizá llegaría a poseer un rebaño de ganado mayor: seiscientas cabezas, o quizá mil. Y en cuanto pudiera permitírmelo tendría una bicicleta, y la conservaría envuelta con el plástico. Me aseguraría de que el plástico no se rompiera.
Una sombra invadió la tierra de mis jirafas.
—¡Hola! —dijo mi padre, mirando hacia el cielo.
El saludo que recibió no fue cálido. Al levantar la vista me encontré con tres hombres; uno de ellos llevaba un rifle atado a la espalda con una cuerda blanca. Lo reconocí. Era el joven de sonrisa fácil que había cenado con nosotros junto al fuego aquella noche. El que había preguntado a mi padre qué era el Qué.
—Necesitamos azúcar —dijo el más bajo de los tres. No iba armado, pero estaba claro que era el cabecilla. Fue el único que habló.
—Por supuesto —dijo mi padre—. ¿Cuánto?
—Todo, tío. Todo el que tengas.
—Eso te costará un buen pico, amigo.
—¿Es esto todo lo que tienes?
El bajito cogió el saco de veinte libras que había en un rincón.
—Es todo el que tengo.
—Bien, nos lo llevamos.
El hombrecillo levantó el saco y se dispuso a marcharse. Sus compañeros ya estaban fuera.
—Espera —dijo mi padre—. ¿Me estás diciendo que no pretendes pagarlo?
El hombre bajito estaba en la puerta, sus ojos se ajustaban a la luz del sol matutino.
—Tenemos que alimentar al movimiento. Deberías alegrarte de contribuir.
—Estabas equivocado, Deng —intervino el joven de la sonrisa.
Mi padre salió de detrás del mostrador y se unió al hombre en la puerta.
—Puedo regalaros parte del azúcar, por supuesto. Y lo hago con gusto. Recuerdo la lucha. Y sé que la lucha necesita alimentos. Pero no puedo daros el saco entero. Eso me arruinaría, y lo sabes. Todos tenemos que poner de nuestra parte, sí, pero lleguemos a un trato que sea justo para ambos. Te daré el que me sea posible.
Mi padre fue en busca de un saco más pequeño.
—¡No! ¡No! ¡Imbécil! —gritó el bajito. El volumen me hizo ponerme en pie—. Nos llevamos este saco, y puedes darnos gracias de que no cojamos más.
Ahora el de la sonrisa y su compañero, el hombre que llevaba el rifle atado con una cuerda, habían vuelto y estaban detrás del bajito. Posaron sus ojos en mi padre. Este les sostuvo la mirada, uno a uno.
—Por favor. ¿De qué vamos a vivir si nos robáis?
El de la sonrisa avanzó hacia mi padre y casi me pisa al hacerlo.
—¿Robar? ¿Nos estás llamando ladrones?
—¿Cómo voy a llamaros? Es así como…
El joven de la sonrisa le asestó un fuerte puñetazo y mi padre cayó al suelo, a mi lado.
—Sacadlo fuera —dijo el hombre—. Quiero que todos lo vean.
Los hombres arrastraron a mi padre al exterior de la tienda, hacia el bullicioso mercado. Una multitud se congregó allí enseguida.
—¿Qué pasa? —preguntó Tong Tong, el dueño de la tienda contigua.
—Mira y toma ejemplo de esto —dijo el hombre de la sonrisa.
Los tres hombres tumbaron a mi padre bocabajo y le ataron las manos y los pies con cuerda de su propia tienda. Entonces salió mi madre.
—¡Basta! —gritó ella—. ¡Estáis locos!
El hombre del rifle apuntó a mi madre con él. El bajito se volvió hacia ella con una mirada de intenso desprecio.
—Tú serás la próxima, mujer.
Me volví y corrí hacia la oscuridad de la tienda. Estaba seguro de que matarían a mi padre, quizá también a mi madre. Me escondí debajo de los sacos de grano y me imaginé viviendo sin mi madre. ¿Me enviarían a vivir con mi abuela? Decidí que sería la madre de mi padre, Madit, la que me acogería. Pero su casa estaba a dos días de camino, y nunca volvería a ver a William K y a Moses. Me incorporé de debajo de los sacos de grano y atisbé por un resquicio: en el mercado mi madre se había interpuesto entre mi padre y los tres hombres.
—¡Por favor, no lo matéis! —gemía mi madre—. Matarlo no os servirá de nada.
Ella le sacaba una cabeza al bajito, pero el del rifle seguía apuntándola. Yo no podía respirar. Algo zumbaba en mi cabeza y parpadeé para mantener los ojos abiertos.
—Tendréis que matarme a mí también —dijo ella.
El tono del bajito se hizo de repente más suave. Miré por la puerta y vi que el otro había bajado el arma. Y entonces, sin el menor atisbo de pasión, propinó una patada a mi padre en la cara. El sonido fue sordo, como un manotazo en el costado de una vaca. Volvió a patearlo, y el ruido fue distinto esta vez. Un crujido, exactamente igual a cuando partes una rama bajo la rodilla.
Y en ese momento algo en mí se rompió. Lo sentí, no era un error. Era como si dentro de mí hubiera un puñado de cuerdas que me mantenían erguido, que unían el cerebro, el corazón y las piernas, y en ese momento una de esas cuerdas, finas y delicadas, se rompió.
Ese día la presencia rebelde se estableció y Marial Bai se convirtió en una ciudad en guerra consigo misma: disputada por los rebeldes y el gobierno. Se olvidaron los partidos de fútbol. Los rebeldes realizaban incursiones nocturnas, robando lo que podían, y durante el día los soldados del ejército patrullaban por el pueblo, sobre todo por el mercado, husmeando en busca de amenazas. Cargaban y descargaban los rifles. Sospechaban de cualquiera que no les resultara familiar, los jóvenes eran acosados a la mínima. ¿Quién eres? ¿Estás con los rebeldes? La confianza en el ejército se había evaporado. Los no implicados tenían que escoger un bando u otro.
Ya no me permitían jugar en el mercado. El colegio se había suspendido indefinidamente. Nuestro maestro se había ido y se decía que entrenaba con los rebeldes en algún lugar cercano a Juba, en el extremo sudeste del país. Las discusiones entre los hombres de Marial Bai eran constantes y acaloradas, después de la iglesia, durante la cena y en los caminos. Mi padre me dijo que me quedara en casa y mi madre intentaba no dejarme salir, pero yo me escapaba de vez en cuando en compañía de William K y de Moses y veía cosas. Fuimos los únicos que vimos huir a Kolong Gar.
Era de noche, ya habíamos cenado. Habíamos ido al árbol desde el que podíamos oír hablar a Amath y a sus hermanas. Aquel escondrijo había sido mi secreto hasta que William K me vio un día y me amenazó con revelarlo a los cuatro vientos si no lo dejaba subir. Desde entonces nuestro espionaje nocturno se había vuelto habitual, aunque infructuoso. Si el viento soplaba con fuerza, las hojas de la acacia se agitaban y susurraban, ahogando cualquier cosa que pudiéramos oír en la cabaña de abajo. La noche en que vimos a Kolong Gar era así: una noche sin estrellas y sembrada de viento. No oíamos nada de lo que se decían Amath y sus hermanas, y estábamos aburridos de intentarlo. Nos disponíamos a descender cuando Moses, que ocupaba el saliente más alto, vio algo.
—¡Esperad! —murmuró.
William y yo obedecimos. Moses señaló hacia los barracones y vimos lo mismo que él. Luces, cinco focos, danzando sobre el campo de fútbol.
—Soldados —dijo Moses.
Las linternas se movían despacio por el campo y luego se dispersaron. Dos desaparecieron en el interior de la escuela y proyectaron sus haces de luz por el aula. Luego la escuela volvió a quedarse a oscuras y las luces empezaron a correr.
Fue entonces cuando Kolong Gar corrió directamente a los pies de nuestro árbol. Kolong Gar era un soldado del ejército del gobierno, pero también era un dinka, y ahora corría, vestido solo con un pantalón corto blanco, sin zapatos ni camisa. Distinguimos la fuerza de sus músculos y el blanco de las órbitas de sus ojos: de un salto pasó por debajo de nuestras piernas colgantes. Le vimos la espalda mientras cruzaba la finca de Amath y descendía el sendero principal de Marial Bai en dirección al sur.
Minutos más tarde dos luces le siguieron. Se pararon a poca distancia del árbol que nos escondía, y por fin dieron media vuelta y volvieron a los barracones. La búsqueda había terminado, al menos por aquella noche.
Fue así como Kolong Gar desertó del ejército. Nos pasamos semanas contando la historia, que todos encontraban rara y fascinante, hasta que otras parecidas se convirtieron en moneda común. Los dinkas que hasta entonces formaban parte del ejército del gobierno estaban desertando para unirse a los rebeldes. Los soldados del gobierno destacados en Marial Bai habían llegado a ser doce, pero pronto se redujeron a diez y luego a nueve. Los que seguían eran árabes del norte y dos soldados furs de Darfur. La opinión pública no alentaba su permanencia. Marial Bai se decantaba rápidamente por la causa de los rebeldes —que exigían, entre otras cosas, mayor representación en Jartum para el sur de Sudán—, y los soldados no eran ciegos a ello.
Y un buen día todos se fueron. Marial Bai se despertó una mañana y los soldados encargados de proteger al pueblo de las incursiones y de mantener la paz ya no estaban allí. Sus pertenencias también se habían esfumado, al igual que los camiones: no quedaba ni rastro de ellos. Se fueron del sur de Sudán y se dirigieron al norte, y con ellos partieron muchas familias prósperas de Marial Bai. Hombres que trabajaban para el gobierno en cualquiera de sus funciones —jueces, contables, recaudadores de impuestos— se llevaron a sus familias a Jartum. Cualquier familia con posibles partía hacia lo que consideraba un lugar más seguro, ya fuera al norte, al este o al sur. Marial Bai, así como gran parte de la región de Bahr al-Ghazal, ya no era un lugar seguro.
El día en que desaparecieron las tropas, Moses y yo fuimos a los barracones de los soldados, nos arrastramos bajo sus camas, en busca de dinero o recuerdos, de cualquier cosa que se hubieran podido dejar olvidada con las prisas. Moses encontró una navaja de bolsillo y se la quedó. Yo encontré un cinturón sin hebilla. El edificio aún olía a hombres, a tabaco y a sudor.
Los escasos comerciantes árabes que permanecían en el mercado tampoco tardaron mucho en cerrar sus tiendas y partir. En una semana la mezquita quedó cerrada, y tres días más tarde un incendio la destruyó por completo. No se realizó ninguna investigación. Ahora que los soldados se habían ido, la presencia rebelde en Marial Bai aumentó durante un tiempo. Los rebeldes pronto se bautizaron con un nuevo nombre: el Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés.
Pero unas semanas más tarde ellos también se fueron. No estaban en Marial Bai para patrullar ni proteger. Pasaban a reclutar gente, a coger lo que necesitaban de la tienda de mi padre. Los rebeldes no estaban cuando la gente de Marial Bai recogió lo que ellos habían sembrado.