Qué es el qué
Libro segundo
15
Primero oigo su voz. Achor Achor está cerca. Habla por teléfono, en inglés. Con esa maravillosa voz aguda. Levanto la vista y reconozco su silueta al otro lado de la ventana. Las llaves arañan la puerta hasta insertarse en la cerradura.
Abre y deja caer la mano a un lado.
—¿Qué pasa? —pregunta en inglés.
Verle es demasiado. Albergaba el secreto temor de que no volvería a ver esa cara. Consigo emitir unos gemidos y gruñidos de gratitud antes de que se arrodille y me arranque la cinta de la boca.
—¡Achak! ¿Estás bien?
Necesito un momento para recuperarme.
—¿Qué coño ha pasado aquí? —pregunta él.
—Me atacaron —digo por fin—. Nos han robado.
Se toma un largo minuto para hacerse cargo de lo sucedido. Sus ojos se posan en mi cara, en mis manos, en mis piernas. Pasea la mirada por la sala como si en algún rincón se agazapara una explicación mejor.
—¡Desátame! —le digo.
Enseguida va a por un cuchillo y se arrodilla a mi lado. Corta el cable telefónico que me oprime manos y pies. Empieza a hablar en dinka.
—¿Qué coño ha pasado, Achak? ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
Le digo que llevo casi un día entero. Me ayuda a ponerme en pie.
—Vamos al hospital.
—No estoy herido —afirmo, aunque la verdad es que no lo sé a ciencia cierta.
Nos dirigimos al cuarto de baño y Achor Achor examina el corte bajo la potente luz. Lo limpia con cuidado, ayudándose de una toalla empapada de agua caliente. Durante el proceso acelera la respiración; luego vuelve a respirar con normalidad.
—Tal vez te hagan falta puntos. Vamos.
Insisto en llamar primero a la policía. Quiero que se encarguen del caso cuanto antes; estoy seguro de que preferirán seguir el rastro en caliente. Los asaltantes podrían no estar muy lejos.
—Te has meado encima.
—He estado un día atado. ¿Qué hora es? ¿Son más de las doce?
—La una y cuarto.
—¿Por qué has vuelto?
—He venido a coger dinero para esta noche. Tenía pensado ir a casa de Michelle en cuanto saliera del trabajo. Debo estar en la tienda dentro de diez minutos.
Achor Achor parece tan preocupado por su hora de entrada como por mí. Me dirijo al armario a buscar ropa limpia. Me doy una ducha y me cambio, e invierto en ello más tiempo del habitual.
—¿Estás bien? —pregunta Achor Achor después de llamar a la puerta del cuarto de baño.
—Me muero de hambre. ¿Tienes algo de comer?
—Bajaré a comprar.
—¡No! —Casi me caigo del retrete—. No te vayas. Comeré lo que haya en casa. No te marches.
Me miro al espejo. Se ha secado la sangre en la boca, en la sien. Salgo del cuarto de baño y Achor Achor me da medio sándwich de jamón que ha sacado de la nevera y ha calentado en el horno. Nos sentamos en el sofá.
—¿Estabas en casa de Michelle?
—Lo siento tanto, Achak. ¿Quiénes eran?
—Nadie conocido.
—Esto no habría pasado si yo hubiera estado aquí.
—Yo creo que habría dado igual. Míranos. ¿Qué habríamos hecho?
Discutimos el tema de llamar a la policía. Tenemos que hacer un repaso rápido de todo lo que podría implicar: ¿los documentos de inmigración están en orden? Sí. ¿Debemos alguna multa de aparcamiento? Yo debo tres; Achor Achor, dos. Calculamos si disponemos de suficiente dinero en el banco para satisfacer el total en caso de que la policía lo exigiera. Decidimos que así es.
Achor Achor hace la llamada. Explica lo sucedido: que me han asaltado y nos han robado. Se olvida de mencionar que el hombre iba armado, pero supongo que de momento no importa mucho. Cuando lleguen los coches patrulla dispondré de mucho tiempo para describir los acontecimientos. Me llevarán a comisaría a ver fotos de delincuentes que se parezcan a los que me han atracado. Por un instante me imagino testificando contra Tonya y Azul Pálido, señalándolos en medio de un juzgado repleto de gente airada. Caigo en la cuenta de que me enteraré de sus nombres completos, y de que ellos se enterarán del mío. Hacerles pagar por esto será muy satisfactorio, pero me obligará a mudarme de aquí, porque sus amigos sabrán dónde vivo. En Sudán un crimen contra una familia desemboca en una guerra sin cuartel, que abarca a clanes enteros, hasta que el asunto queda zanjado del todo.
Achor Achor y yo nos sentamos en el sofá, en silencio. La inminente llegada de la policía a nuestro apartamento nos genera una ansiedad creciente. No se me dan muy bien ni los coches ni la policía. Hace tres años que tengo coche y en ese tiempo he sufrido seis accidentes. El 16 de enero de 2004 me vi envuelto en tres accidentes en un período de veinticuatro horas. Todos fueron incidentes menores —en semáforos, calzadas y aparcamientos—, pero me hicieron cuestionar si una mano fantasmal se estaba divirtiendo a mi costa. Este año, en cambio, he pasado a los problemas con las grúas. Se me ha llevado el coche la grúa por dejarlo mal aparcado y por llevar la matrícula caducada. Esto último sucedió hace dos semanas y empezó cuando pasé por delante de un coche de policía al salir de un Kentucky Fried Chicken. Este me siguió, encendió las luces y me paré al instante. El hombre, blanco y muy alto, con los ojos ocultos detrás de unas gafas de sol, se apresuró a decirme que podía meterme en la cárcel. «¿Quieres ir a la cárcel?», me preguntó de repente, en voz alta. Intenté decir algo. «¿Eso quieres?», me interrumpió. «¿Eso quieres?» Dije que no quería ir a la cárcel y pregunté a qué venía aquello. «Espera aquí», dijo él, y aguardé en mi coche mientras él volvía al suyo. Enseguida me enteré de que me había hecho parar porque llevaba el adhesivo de la matrícula caducado; necesitaba uno nuevo, de otro color. Al final me libró de ir a la cárcel —de hecho usó la expresión: «Voy a hacer la vista gorda esta vez, chaval»—, pero me obligó a abandonar el vehículo en la autopista, de donde se lo llevó una grúa.
—Creo que debo volver al trabajo —dice Achor Achor.
No respondo. Sé que está sopesando varias opciones. Sé que al final me acompañará al hospital, pero que antes necesita evaluar lo difícil que le resultará llamar a su encargado. Tiene la sensación de que podrían despedirlo cualquier día por cualquier motivo, y tomarse una tarde libre no es una decisión fácil.
—Podría contarles lo que ha pasado —dice él.
—No hace falta.
—No, los llamaré. Quizá me permitan recuperar las horas durante el fin de semana.
Llama, aunque la conversación no va del todo bien. Tanto Achor Achor como la mayoría de nosotros hemos aprendido las variadas y conflictivas reglas que rigen el mundo laboral aquí. Hay un componente estricto que nos resulta nuevo, pero que también es variable y poco equitativo. Cuando yo trabajaba en el almacén de telas, mi compañera parecía funcionar bajo reglas muy diferentes de las mías. Llegaba tarde todos los días y mentía sobre sus horas. Y mientras yo estaba presente no parecía hacer nada, dejando que yo —a quien llamaba su ayudante, aunque eso era totalmente falso— me ocupara de todo. A menos que me decidiera a denunciar su lamentable ética laboral, mi único recurso era trabajar el doble que ella por un tercio de su sueldo.
—Me pregunto si ponen en marcha las sirenas por algo así —musitó Achor Achor.
—Creo que sí.
—¿Crees que atrapan a esa clase de gentuza?
—Apuesto a que sí. Esos dos parecían delincuentes profesionales. Estoy seguro de que la policía los tiene fichados.
Pensar en Tonya y Azul Pálido perseguidos y atrapados me llena de gran satisfacción. Estoy seguro de que en este país no se toleran esta clase de cosas. Se me ocurre que será la primera vez que un agente de la ley actúe en mi nombre. La idea me confiere una fuerza no exenta de una leve sensación de vértigo.
Pasan diez minutos, luego veinte. Hemos confeccionado una lista de los artículos más importantes, pero ahora, como disponemos de más tiempo del que preveíamos, Achor Achor y yo iniciamos la tarea de anotar todo lo sustraído. Reunimos todos los manuales de los electrodomésticos, por si la policía necesita los números de referencia. Esa información puede contribuir a que recobren los objetos robados, y también nos servirá para la compañía de seguros.
—Tendrás que volver a grabar todos los cumpleaños en la agenda del móvil — comenta Achor Achor.
Es uno de los escasos amigos que no se rió al saber que anotaba los cumpleaños de todos mis conocidos. A él le pareció una idea bastante lógica, dado que proporcionaba una sucesión de puntos notables en el largo transcurso de un año, momentos que te daban la oportunidad de apreciar a quién conocías, a cuánta gente tenías a tu lado.
Achor Achor se ha puesto a ordenar el apartamento: la lámpara, la mesa, los cojines del sofá que siguen en el suelo. Achor Achor es un hombre eminentemente práctico, capaz de organizarse sin esfuerzo. Termina los deberes un día antes de la fecha de entrega, porque así le queda tiempo extra para revisarlos. Cambia el aceite de su coche a los cincuenta mil kilómetros y conduce como si llevara al examinador sentado a su lado. En la cocina utiliza el utensilio adecuado para cada tarea. Anne y Gerald Newton, que son grandes aficionados a la cocina, a ver programas de televisión y a leer libros sobre el tema, nos regalaron un enorme juego de utensilios, cazuelas y otros objetos. Achor Achor sabe para qué sirve cada uno, los tiene ordenados y se esfuerza por encontrar el momento de usarlos. La semana pasada me lo encontré cortando cebollas con unas gafas puestas, unas gafas cuya correa llevaba la siguiente inscripción: LAS CEBOLLAS SON PARA LOS LLORONES.
Media hora después, Achor Achor empieza a plantearse que quizá la policía haya anotado mal la dirección. Abre la puerta para ver si hay algún coche patrulla en el aparcamiento; tal vez el agente se haya equivocado de piso. Le hablo del agente que estuvo aquí cuarenta minutos el día anterior, aunque sé que es un concepto que le resulta difícil de comprender. Achor Achor opta por volver a llamar a la policía. La respuesta es tajante: hay un coche en camino.
—Estoy maldito —digo. Es el pensamiento que cruza por las mentes de ambos—. Lo siento.
No se apresura a quitarme este peso de encima.
—No, no creo —miente él. No puede haber otra explicación para todo lo que me ha sucedido desde que llegamos a Estados Unidos. Solo cuarenta y seis refugiados tenían previsto viajar a Nueva York el 11 de septiembre, y uno de ellos era yo. He perdido a mi gran amigo Bobby Newmyer, Tabitha no está y ahora sucede esto. Lo cierto es que dan ganas de reírse. Y en el mismo momento en que se me ocurre, Achor Achor empieza a reírse. Sonrío; ambos nos entendemos a la perfección.
—Se han llevado hasta los relojes —dice él.
Achor Achor escogió mal conmigo. Hay tipos mucho peores, claro: sudaneses jóvenes demasiado interesados en divertirse, que se meten a todas horas en múltiples líos propios de la inmadurez. Yo no soy así, ni tampoco lo es Achor Achor. Pero no le he traído buena suerte. Sentados en el salón, me cuesta mirarle a los ojos. Nos conocemos desde hace mucho tiempo, y es probable que esta sea la situación más triste que hemos vivido juntos. Decido que somos patéticos. Él sigue trabajando en un almacén de muebles y yo asisto a tres clases de grado intermedio en la universidad. ¿Representamos el futuro de Sudán? Parece improbable. No con nuestra tendencia a atraer problemas, con la frecuencia en que caemos víctimas de la calamidad. Nos lo buscamos. Creo que vemos el mundo bajo un prisma equivocado. En Estados Unidos no conseguimos prever los problemas.
Han transcurrido cincuenta y dos minutos cuando alguien llama a la puerta.
Me dispongo a levantarme, pero Achor Achor me indica con un gesto que siga sentado. Va a abrir.
—¡Espera! —grito. No vacila. Por un momento he creído que podía ser Tonya. Él abre y se encuentra con una mujer menuda de origen asiático, con el pelo recogido en una coleta, que va vestida de uniforme solo a medias. No lleva gorra, los pantalones no hacen juego con la camisa. Achor Achor la hace pasar, sin dejar de mirarla con curiosidad manifiesta.
—Creo que han sufrido un incidente —dice ella.
Achor Achor cierra la puerta. Ella pasea la mirada por el salón sin ver la mancha de sangre del suelo. Sus pies rozan el borde. Achor Achor baja la vista hasta la mancha y ella le imita.
—Ajá —dice ella, y retrocede un paso—. ¿Quién de ustedes es la víctima? — pregunta, con las manos en la cintura.
Sus ojos van de mí a Achor Achor. Yo estoy sentado a un metro de ella, hay rastros de sangre en mi boca y en mi sien. Me presta toda su atención.
—¿Es usted la víctima? —me pregunta.
Achor Achor y yo respondemos afirmativamente a la vez. Él se levanta y señala mi rostro.
—Ha resultado herido, agente.
Ella sonríe, ladea la cabeza y lanza un profundo suspiro. Empieza a hacerme preguntas: cuántos, cuándo.
—¿Conocía a su asaltante? —pregunta.
—No.
Le relato los hechos acontecidos durante la noche y la mañana. Ella anota unas palabras en un cuaderno de tapas de piel. Es delgada, diminuta, morena y de altos pómulos, y los movimientos de sus manos se corresponden con su aspecto: son pulcros, suaves.
—¿Está seguro de que no conocía a esta gente? —pregunta de nuevo.
—No —repito.
—En ese caso, ¿por qué abrió la puerta?
Vuelvo a explicarle que la mujer necesitaba usar el teléfono. La agente niega con la cabeza. No le parece una respuesta convincente.
—Pero no la conocía.
Le digo que así es.
—¿Tampoco conocía al hombre?
—No.
—¿Nunca los había visto?
Le digo que vi a la mujer de camino a casa. Esto le resulta de interés. Escribe algo en el cuaderno.
—¿Tienen algún seguro? —pregunta ella.
Achor Achor dice que él sí y saca la tarjeta. Ella la coge y la mira con el ceño fruncido.
—No, no. Un seguro para inquilinos —dice ella—. Algo que cubra esta clase de situaciones.
Nos percatamos de que no tenemos nada parecido. Le digo que la mujer efectuó al menos una llamada desde mi móvil.
—Esto podría ser útil, señor Achor —dice ella, dirigiéndose a mí, pero no lo anota en el cuaderno.
—Achor Achor soy yo —dice Achor Achor—. Él es Valentino.
Ella se disculpa y comenta que nuestros nombres son interesantes. Lo ve como una puerta abierta hacia la inevitable pregunta sobre nuestros orígenes. Nos pregunta de dónde somos y se lo decimos. Sudán. Sus ojos relampaguean al oírlo.
—Esperen. Darfur, ¿verdad?
Es un hecho probado que la región de Darfur es ahora más conocida que el país en donde se halla. Le damos una somera explicación geográfica.
—¡Sudán, vaya! —dice ella mientras revisa la cerradura de la puerta principal—. ¿Qué están haciendo aquí?
Le decimos que trabajamos e intentamos ir a la universidad.
—¿Fueron parte del genocidio? ¿Víctimas de él?
Me siento, mientras Achor Achor trata de aclararle las cosas. Dejo que sea él quien se encargue de explicárselo, con la esperanza de que quizá eso la motive a abrir de nuevo el cuaderno y tomar más notas sobre el asalto. Achor Achor explica de dónde venimos y nuestra relación con la gente de Darfur, y es solo cuando menciona que hay residentes de esa región viviendo ahora en Atlanta que ella muestra cierto interés.
Llegaron un buen día a nuestra iglesia de Clarkston, agente. El sacerdote, el padre Ketachi Jangi, se fijó en los que ocupaban las filas traseras de la iglesia, y cuando nos volvimos, nuestros ojos se encontraron con ocho caras nuevas, tres hombres, tres mujeres y dos niños menores de ocho años, la mayoría con traje y ropa de vestir. El niño llevaba un suéter de los Carolina Panthers. Los saludamos entonces y al salir de la iglesia, sorprendidos de verlos con nosotros y curiosos por saber qué planes tenían. Los darfurianos, musulmanes en su mayoría, no tenían por costumbre mezclarse con los dinkas, y asistir un domingo a una misa cristiana era para ellos algo sin precedentes. Históricamente los darfurianos se habían identificado más con los árabes que con nosotros, a pesar de que sus rasgos eran más parecidos a los nuestros que a los de la etnia árabe. Por nuestra parte, albergábamos hacia ellos sentimientos encontrados, complicados por el hecho de que la mayoría de murahaleenes que asolaron nuestros pueblos eran de Darfur; tardamos bastante tiempo en saber que los que sufrían en el nuevo estadio de la guerra civil no eran nuestros opresores, sino víctimas como nosotros. Así que los dejamos en paz, y ellos hicieron lo mismo con nosotros. Pero ahora todo es distinto: las alianzas están cambiando.
Cuando Achor Achor termina el relato, la agente cierra el cuaderno con un suspiro.
—Bien —dice ella, y vuelve a mirar la mancha.
Me da un pedazo de papel del tamaño de una tarjeta de visita. En él dice HOJA DE RECLAMACIÓN. La coge Achor Achor.
—¿Esto significa que lo que le ha pasado es una reclamación? —pregunta Achor Achor.
—Sí —dice ella, casi con una sonrisa. Entonces se da cuenta de que el nombre que da al delito no nos sienta muy bien—. ¿Qué quiere decir?
Le digo que tener una pistola apuntándote a la cabeza parece algo más que una reclamación.
—Así es como definimos esta clase de casos —dice ella. Cierra el cuaderno. No ha escrito más de cinco palabras—. Ahora cuídense, chicos, ¿vale?
Se marcha, y no consigo que me importe. La sensación de derrota que me invade es absoluta. Durante los cincuenta minutos que esperamos la llegada de la policía hice acopio de tanta indignación y de tanta sed de venganza que ahora no sé qué hacer con esas emociones. Me echo en la cama y dejo que mi desolación empape las sábanas, el suelo, la tierra. No me queda nada. A nosotros, los refugiados, se nos felicita un día, se nos ayuda y se nos levanta la moral, pero en cuanto resultamos ser una molestia simplemente no nos hacen caso. Si tenemos algún problema es siempre por nuestra culpa.
—Lo lamento —dice Achor Achor. Se ha sentado en mi cama—. Deberíamos ir al hospital, ¿no crees? ¿Cómo te encuentras? ¿Te duele la cabeza?
Le digo que me duele mucho, que el dolor parece extenderse por todo el cuerpo.
—Entonces iremos —dice él—. Venga.
Achor Achor me lleva al hospital de Piedmont. Conduce mi coche y, a sugerencia mía, yo viajo detrás. Me tumbo, con la esperanza de que eso disipe el dolor de mi cabeza. Observo el cielo, los árboles desnudos que pasan junto a la ventanilla, pero el dolor lo único que hace es aumentar.