Qué es el qué
Capítulo 25
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
25
—¡Míralo!
Empujo la puerta principal del Century Club y me encuentro con Ben, el responsable de mantenimiento de las instalaciones. Es un hombre delgado, de manos pequeñas, ojos grandes y comprensivos, y una frente que parece una bóveda.
—Hola, Ben —le digo.
—Vaya, pareces agotado, chico. —Deja la carpeta sobre el mostrador y se viene hacia mí. Toma mi cara entre sus manos—. ¿Dónde te has metido? Da la impresión de que no has dormido desde hace semanas. ¡Y esto! —Su dedo roza el corte que atraviesa mi frente—. ¡Y el labio!
Sin apartarse observa mi rostro con atención.
—¿Te has metido en una pelea?
Suspiro, y deduce que eso es un sí. Da un paso atrás y adopta una expresión de disgusto.
—¿Por qué los sudaneses siempre andáis a la greña?
Apoyo la mano en su hombro y me abro paso. No me apetece explicarle todo lo que ha sucedido. Tengo que lavarme.
—Ven a hablar conmigo cuando te hayas duchado, ¿vale? —me grita.
Estoy solo en el vestuario. Cojo una toalla limpia y blanca del montón que hay junto a la puerta y abro mi taquilla. Quitarme los zapatos es un milagro. Mis pies respiran, yo respiro. La sensación de alivio es instantánea. Los meto dentro de la taquilla y me desnudo despacio. Estoy magullado por todas partes; mi cuerpo parece haber envejecido décadas en una noche.
El agua supone un impacto a cualquier temperatura. A medida que se calienta, mi cuerpo y mis huesos también entran en calor. Agacho la cabeza bajo la lluvia y observo cómo la sangre resbala por mi cuerpo y cae sobre las losetas del suelo. No hay mucha: solo un hilo sonrosado que desaparece enseguida por el sumidero.
En el espejo mi aspecto no es muy distinto. Tengo un corte en el labio inferior y un moretón con forma de hoz que va de mi mejilla hasta la sien. Un pequeño punto rojo ocupa ahora el extremo de mi ojo izquierdo: una gotita en el centro del blanco.
Me pongo una camiseta que está casi limpia y la sudadera y las zapatillas que guardo en el club. En cuanto abra la tienda del club me compraré otro polo de tenis y me lo pondré. A pesar de que no he dormido, el solo hecho de cambiarme de ropa ha creado una línea divisoria entre el día de ayer, sus acontecimientos, y el de hoy. Respiro hondo y me mareo. Me dejo caer en la butaca que hay en un rincón. Mi cuello ha cedido y la barbilla me roza el pecho. Por un momento me siento derrotado. Cierro los ojos, no veo nada: ni colores, nada. No consigo hacer acopio de fuerzas para volver a levantarme. Mi columna vertebral parece haberme abandonado. Soy un invertebrado, y la idea me reconforta un poco. Me dejo llevar por ella: si sigo su curso podré permanecer tirado en esta silla para siempre. Por un momento me resulta atractivo, pero luego parece menos deseable que ponerme a trabajar.
Cierro la taquilla y enseguida me recupero. Debo estar en el mostrador en un minuto; mi turno empieza a las cinco y media.
Cuando llego al mostrador me alivia ver que Ben no está. Es de esas personas que creen que sus consejos y opiniones son más útiles de lo que de verdad son. Si se enterara de lo que me sucedió ayer se pasaría horas proponiendo los pasos a seguir, las personas a las que llamar, los lugares donde presentar quejas y reclamaciones legales. Me siento en el desierto vestíbulo y pongo en marcha el ordenador. Mi trabajo consiste en registrar la entrada de los socios actuales y entregar folletos a los socios futuros. Los lunes solo trabajo cuatro horas, y a estas horas casi nunca hay nadie. Sin embargo hay algunos que no fallan; reconozco sus caras aunque no siempre recuerde sus nombres.
El primero es Matt Donnelley, que a menudo entra al mismo tiempo que yo. Corre en la cinta de 5.30 a 6.05, hace doscientas flexiones, se ducha y se va. Aquí llega ahora, unos minutos más tarde de lo habitual: es un hombre de complexión robusta, con una boca que parece un latigazo. Cuando empecé a trabajar en el club, una mañana dedicó un rato a hablar conmigo. Me preguntó por la historia de los Niños Perdidos y por mi vida en Atlanta. Era un hombre culto y demostró un interés sincero por Sudán; conocía los nombres de Bashir, Turabi, Garang. Dijo que era abogado y se ofreció a ayudarme si alguna vez necesitaba consejo legal. Pero no he tenido ningún motivo para llamarle y desde entonces nos limitamos a intercambiar saludos compulsivos.
—Eh, Valentino —dice él—. ¿Qué hay de bueno hoy?
Las primeras veces que lo dijo pensé que buscaba oír una determinada palabra, algo que resultara apropiado a aquel día en concreto. «La vida», dije en esa primera ocasión. Él me explicó la expresión, pero sigo sin saber cómo contestar.
Le digo hola y él me da su carnet de socio. Lo paso por la máquina y su foto aparece en pantalla, cinco centímetros de alto y de un color desvaído.
—Tendré que hacerme una foto nueva —dice él—. Parece que me hayan desenterrado, ¿verdad?
Sonrío, él se dirige a los vestuarios. Pero la foto permanece en pantalla. Hay un fallo en el sistema informático que hace que las fotos de los socios se mantengan hasta que pasa el siguiente. Supongo que debe de haber una forma de quitarla de la pantalla, pero no la conozco.
Así que me quedo mirando a Matt Donnelley.
Al principio fue solo un rumor, Matt Donnelley. Bajo los vientos de Kakuma la gente hablaba de América. Cierto día del mes de abril de 1999 por la mañana la gente hablaba de temas diversos —fútbol, sexo, un cooperante que había sido despedido por tocar a un niño somalí— y al atardecer el único tema de conversación era América. ¿Quién iría? ¿Cuál sería el criterio de decisión? ¿Cuántos irían?
Empezó con uno de los Dominics. Estaba en la oficina del ACNUR y oyó a alguien que hablaba por teléfono. La persona había dicho algo así: «Es una gran noticia. Estamos encantados, y estoy seguro de que los chicos también se alegrarán mucho. Sí, los Niños Perdidos. Cuando sepáis cuántos os vais a llevar informadme, por favor».
En unos días esas palabras se habían repetido cientos de veces, tal vez miles, entre los menores solos de Kakuma. Nadie podía concentrarse en otra cosa, nadie podía jugar al baloncesto, las clases eran un desastre. Por todas partes se veían grupos de chicos, de veinte a cincuenta jóvenes, apiñados alrededor de cualquiera que poseyera nueva información. Un día circulaba la noticia de que todos los Niños Perdidos serían enviados a América. Al día siguiente se hablaba de América y Canadá, y al otro de Australia. Nadie sabía mucho de Australia, pero suponíamos que los tres países estaban cerca o que tal vez eran regiones de una misma nación.
Al principio, Achor Achor se declaró a sí mismo una autoridad en términos de reasentamiento, aunque no tenía experiencia de primera mano.
—Cogerán solo al primero de cada clase —decía Achor Achor—. Creo que yo iré, pero muchos de vosotros os quedaréis aquí.
Muchos chicos contradecían esta opinión, y los hechos no tardaron en darles la razón. Estados Unidos planeaba aceptar a cientos de jóvenes de Kakuma, quizá miles. Se convirtió en mi único pensamiento. El reasentamiento no era algo raro entre los refugiados que vivían en campos como el nuestro, pero siempre se daba en condiciones extremas y singulares, y se reservaba para los disidentes políticos conocidos, las víctimas de violaciones y personas que vivían bajo una amenaza constante. Pero en este caso daba la impresión de que todo sería distinto: se trataba de un plan por el cual la mayoría de los jóvenes solos volaríamos sobre el océano para instalarnos en América. Era la idea más extraña que había oído en mi vida.
Nos pasamos días discutiendo por qué Estados Unidos podía querernos a todos. Es un hecho obvio que ese país no tenía la obligación de acoger a cuatro mil jóvenes que residían en un campamento de Kenia. Se trataba de un acto de generosidad por su parte, un acto que no le reportaba ningún beneficio material. No éramos científicos, ni ingenieros; no éramos expertos en nada ni habíamos recibido una educación especial. Ni proveníamos de un país, como Cuba o incluso China, que se sintiera avergonzado por nuestra deserción. Éramos jóvenes pobres que nos esforzaríamos por ir a la universidad y convertirnos en hombres mejores. Nada más. Dichas consideraciones aumentaban nuestro desconcierto ante el tema.
No sabíamos mucho de América, pero nos constaba que era un país en paz y que estaríamos a salvo allí. Tendríamos casa y teléfono. Podríamos completar los estudios sin tener que preocuparnos de la comida o de cualquier otra amenaza. Nuestras mentes conjuraron una América que era una amalgama de lo que habíamos visto en las películas: rascacielos, colores brillantes, increíbles choques de coches, pistolas que solo se usaban entre la policía y los criminales. Playas, océanos, lanchas a motor.
En cuanto asumimos que la posibilidad era real, yo vivía con la esperanza de ser escogido en cualquier momento. No se nos había facilitado información sobre fechas, así que entraba dentro de lo posible que cualquier mañana, al salir de clase, me encontrara sentado en un avión. Achor Achor y yo nos decíamos que teníamos que estar listos en cualquier momento, porque el autocar que nos llevaría al aeropuerto y de allí a América podía presentarse cualquier día. Nos habíamos jurado unos acuerdos que garantizaban que no nos olvidaríamos el uno del otro.
—Si cuando llegue el autocar estás en el colegio, vendré corriendo a decírtelo — le dije—. ¿Harás tú lo mismo por mí?
—Claro —dijo Achor Achor.
—¿Si estoy en el trabajo vendrás a buscarme?
—Sí. Sí. No me iré sin ti.
—Bien, bien —dije—. Yo tampoco me iré sin ti.
En clase intentaba concentrarme pero era imposible. No paraba de mirar hacia la carretera, por si venía el autocar. Confiaba en Achor Achor, pero temía que nos despistáramos ambos. Se nos ocurrió la posibilidad de que solo hubiera un autocar y que solo los que consiguieran un asiento en él lograrían llegar a América: nadie más. Esto dificultaba nuestra vida cotidiana, ya que ambos estábamos alerta durante las veinticuatro horas del día. Durante semanas nuestro único momento de tranquilidad llegaba por la noche, cuando estábamos seguros de que el autocar no iba a venir. Nuestro razonamiento decía que los aviones no vuelan de noche, así que no tendría sentido que el autocar viniera a buscarnos. También llegamos a la conclusión de que el autocar no aparecería los fines de semana, así que nos relajábamos los sábados y domingos. Todo era de lo más raro, claro, porque nadie nos había hablado de autocar alguno y mucho menos de cuándo tenía previsto venir. Nuestros planes y teorías no se basaban en nada real, pero aquellos días todos teníamos nuestras propias teorías, todas igual de probables, ya que nada parecía imposible.
Fue una sorpresa para mí, para Achor Achor y para el resto de nosotros, cuando, dos semanas después, seguía sin haber ni rastro del autocar. Nos preguntábamos si existía algún impedimento y en qué consistía. Al margen de los factores desconocidos e incontrolables había otros de los que éramos muy conscientes. Los sudaneses mayores de Kakuma, gran parte de ellos al menos, no querían autorizar nuestro viaje a Estados Unidos.
—Olvidaréis vuestra cultura —decían.
—Os pondréis enfermos, pillaréis el sida —advertían.
—¿Quién dirigirá Sudán cuando termine esta guerra? —preguntaban.
Como muchos jóvenes solos suponían que eran estos mayores los que impedían que se llevara a cabo el proyecto se organizó una reunión entre nuestros líderes y los suyos. Asistieron cientos de personas, aunque solo una parte cabía en la iglesia donde se celebraba la reunión. Unas doce filas de jóvenes rodeaban el pequeño edificio de calamina, y cuando llegamos Achor Achor y yo, que debíamos figurar entre los representantes juveniles, no hubo forma de abrirnos paso hasta dentro. De manera que escuchamos con los que se habían congregado en el exterior. De la iglesia salían gritos y discusiones, y se expresaron los temores que ya habíamos oído: el olvido de nuestras costumbres y nuestra historia, las dudas de que la emigración llegara a producirse y lo que significaría la pérdida de cuatro mil jóvenes.
—¿Cómo va a recuperarse el país si perdemos a la juventud? —decían—. Vosotros sois la esperanza del país, chicos. ¿Qué será de él cuando se instaure la paz? Hemos arriesgado nuestras vidas para llevaros a Etiopía a que recibierais una educación, luego os trajimos hasta Kakuma. Ahora habláis varios idiomas, sabéis leer y escribir, y estáis aprendiendo muchas otras cosas. Estáis entre las personas mejor preparadas de nuestro pueblo. ¿Cómo podéis marcharos ahora que estamos tan cerca de la victoria, de la paz?
—¡Pero no hay paz y no la habrá! —replicó uno de los jóvenes.
—No tenéis ningún derecho a retenernos aquí —añadió otro.
Etcétera, etcétera. La reunión se prolongó hasta bien entrada la noche, y Achor Achor y yo nos fuimos después de ocho horas de estar allí de pie, escuchando los argumentos circulares y retóricos que giraban en una docena de direcciones distintas. Esa noche no se decidió nada, pero los mayores entendieron que no podían controlar a estos cuatro mil jóvenes. Éramos demasiados y estábamos demasiado ávidos por partir. Nos habíamos convertido en un pequeño ejército: éramos altos, saludables y dispuestos a abandonar aquel campamento, con su bendición o sin ella.
El primer paso para salir de Kakuma fue escribir nuestra autobiografía. El ACNUR y Estados Unidos querían saber de dónde veníamos, qué habíamos tenido que soportar. Debíamos redactarla en inglés, y si no dominábamos lo bastante el idioma hacer que alguien nos la escribiera. Nos pidieron que escribiéramos sobre la guerra civil, sobre la pérdida de nuestras familias, sobre nuestra vida en los campamentos. ¿Por qué queréis iros de Kakuma?, preguntaban. ¿Os da miedo volver a Sudán, aun cuando se instaure la paz? Sabíamos que aquellos que se sintieran perseguidos en Kakuma o en Sudán recibirían un trato especial. ¿Tal vez nuestra familia en Sudán había hecho algo contra otra y temíamos una venganza? ¿Tal vez habíamos desertado del ELPS y temíamos el castigo? Podían ser muchas cosas. Fuera cual fuera nuestra estrategia, sabíamos que las historias tenían que estar bien contadas, que debíamos recordar todo cuanto habíamos visto y hecho; cualquier privación contaba.
Escribí mi historia en un cuaderno de páginas blancas y líneas azules. Era la primera vez que relataba mi vida y me resultó muy difícil saber qué era relevante y qué no lo era. Mi primer borrador tenía solo una página, y cuando se lo mostré a Achor Achor este se echó a reír. El suyo constaba de cinco páginas y ni siquiera había llegado a Etiopía. ¿Y Gilo?, preguntó. ¿Y Golkur? ¿Y aquella vez que corrimos hacia los aviones pensando que tiraban comida y lo que soltaron fueron bombas que mataron a ocho niños? ¿Qué me dices de eso?
Yo había olvidado ese momento y muchos otros. ¿Cómo podía consignarlo todo en un papel? Parecía imposible. Pusiera lo que pusiera, la mayor parte de mi vida quedaría fuera de esas páginas, de esa versión astillada de mi vida. Pero lo intenté de todos modos. Rompí el primer esbozo y empecé de nuevo. Trabajé en ello durante cuatro semanas más, pensando en todo lo que había visto: en todos los caminos, árboles, ojos amarillentos; en todos los cuerpos que enterré.
Al final el relato constaba de nueve páginas. Cuando lo entregué, Naciones Unidas me sacó una foto para adjuntarla a mi expediente. Era la primera vez que veía una foto mía. Había aparecido en fotos de grupo anteriormente en las que mi cara era una mancha entre la multitud, pero esta nueva imagen de mí mirando a la cámara fue toda una revelación. La contemplé durante horas y me aferré al expediente durante días, debatiéndome interiormente sobre si esa foto, esas palabras, eran mías de verdad.
Ahora creo que fue un error, pero un día le mostré la foto a Maria. Quería que la viera. Quería que la viera todo el mundo. Quería hablar y hablar de quién era yo ahora, el joven a quien habían hecho una foto y que se hallaba camino a Estados Unidos. La encontré en la puerta de su casa, tendiendo la colada.
—Nunca te había visto sonreír así —dijo ella. Contempló la foto durante un rato; esa clase de fotos no eran habituales en esa época—. ¿Puedo quedármela?
Le dije que no, que la necesitaba para el expediente, que era vital para la solicitud. Me la devolvió.
—¿Crees que nosotras también iremos? ¿Las chicas?
No estaba preparado para esta pregunta. No había oído mención alguna de las chicas en esta ronda de reasentamientos. No me parecía posible.
—No lo sé.
Maria esbozó su sonrisa dura.
—Pero estoy seguro de que puede pasar —dije, y casi me lo creí.
—Solo bromeaba —dijo ella—. De todos modos, tampoco querría ir.
Era una mentirosa terrible, siempre transparente.
Me decidí a averiguar si las chicas también presentaban solicitudes, y pocos días después me enteré de que sí era posible, de que muchas chicas, docenas de ellas, habían empezado a rellenar los formularios. Corrí a decírselo a Maria, pero no la encontré en casa. Los vecinos me dijeron que estaba en la fuente y cuando por fin la vi le conté lo que sabía: que las chicas también gozaban de esa posibilidad, y que los únicos requisitos que se les pedían eran que no tuvieran familia y fueran solteras. Al oírlo una luz asomó a sus ojos, pero ese resplandor se apagó enseguida.
—Quizá mire qué puedo hacer —dijo ella.
—Puedo acompañarte mañana —dije—. Cogeremos una solicitud.
Accedió a reunirse conmigo frente a las oficinas de Naciones Unidas por la mañana. Pero al día siguiente, cuando llegué, ella no estaba allí.
—Está en la fuente —me dijo su hermana.
La encontré en la cola, sentada con los dos bidones.
—Esperaré a ver qué pasa con vosotros —dijo ella—. Iré más adelante.
—Creo que deberías solicitarlo ahora. Tal vez lleve tiempo.
—Quizá vaya la semana próxima.
Parecía poco motivada para emprender el proceso. Quizá fuera el día, demasiado cálido y ventoso, un día que no invitaba a salir. Aquel día Maria no me miró, no tenía ganas de escapar de allí. Aquel día su actitud me decepcionó y la dejé en la cola, sentada en el polvo. La fila avanzó. Maria cogió los bidones vacíos y dio unos pasos hacia delante. Luego volvió a sentarse.
—¿Qué se sabe de tu solicitud? —me preguntó Noriyaki—. ¿Alguna noticia?
Habían transcurrido muchos meses desde la oleada de nerviosismo inicial que rodeó a los reasentamientos. Todos habíamos hecho entrega de nuestras historias y desde entonces muchos jóvenes habían sido llamados a las oficinas de Naciones Unidas para ser entrevistados. Pero a mí aún no me habían avisado. Le dije a Noriyaki que no había noticias, que no me habían dicho nada desde que entregué la autobiografía. Él asintió y sonrió.
—Bien, bien —dijo—. Eso significa que las cosas siguen su curso.
Noriyaki era un mago a la hora de convencerme de las cosas más improbables, y ese día logró persuadirme de que a pesar de no saber nada de Naciones Unidas yo viajaría en el primer avión con destino a América. Dijo que debía empezar a trazar planes en función de eso: empezar a decidir qué equipo de la NBA era mi preferido, ya que no le cabía ninguna duda de que me pedirían que fuera jugador profesional. Me reí, pero luego me pregunté si podría jugar al baloncesto profesional para ganarme la vida. Tal vez pudiera jugar en el equipo de la universidad donde estudiara. Cualquier jugador medianamente decente de Kakuma imaginaba el día en que fuera descubierto y elevado a los altares de la gloria, como Manute Bol. Ese día también yo me permití un momento de autoengaño.
—Debo decirte algo —prosiguió Noriyaki ese día—. También yo me voy de Kakuma. Dentro de dos meses. Quería que fueras el primero en saberlo.
Dijo que ya llevaba allí demasiado tiempo. Deseaba volver a casa con su prometida. Y había decidido que, ya que yo me iba, era el momento oportuno para dejar el Proyecto Wakachiai en manos de otro equipo. Me pareció lógico. Ambos nos alegrábamos mucho por el otro: terminaba una fase de nuestras vidas y los dos pasábamos a otra, aunque fuera en extremos opuestos del mundo. Nos pasamos el día hablando de cómo seguir en contacto, de lo fácil que nos sería con nuestros nuevos y opulentos estilos de vida. Podríamos llamarnos o escribirnos emails todos los días, enviarnos chistes, recuerdos y fotos. Abrimos dos Fantas, brindamos y nos las bebimos.
—¡Ven a mi boda! —dijo de repente, como si la idea se le hubiera ocurrido en ese momento.
—¡Sí! —dije. Luego pregunté—: ¿Cómo?
—Es fácil. Tendrás estatus de inmigrante. Podrás viajar a donde te apetezca. Ya hemos fijado la fecha, Valentino: será hoy mismo, dentro de un año. Vendrás a Japón y estarás allí cuando me case con Wakana.
—¡Sí! —En ese momento me lo creí totalmente—. ¡Estaré allí!
Mientras apurábamos las Fantas saboreamos aquella idea, los lujos y lo bien que saldría todo: aviones, ciudades, coches, esmóquines, pastel, diamantes, champán. El día en que volveríamos a reunirnos, ya como hombres de provecho, bien aposentados y prósperos, parecía muy cercano.
En esos días se respiraba euforia en el campamento por muchos motivos, entre los que destacaba la primera canonización por parte del Vaticano de una mártir sudanesa. Josephine Bakhita, que había sido vendida como esclava, murió en Italia como miembro de la orden de las canosianas a finales de la década de los cuarenta, y ahora era santa. Eso supuso una fuente de orgullo y fascinación para todos nosotros, ya que a muchos ni se nos había pasado por la cabeza que un sudanés pudiera llegar a ser santo. Se invocaba su nombre en la iglesia todos los días, y todos los dinkas católicos de Kakuma hablaban de ella. Fue un momento extraño para todos, un momento en el que por primera vez desde hacía años los dinkas nos sentimos fuertes, queridos por Dios y por las naciones lejanas. Una mujer del sur de Sudán podía ser santa, y los Niños Perdidos podían volar por encima del océano para representar a Sudán en América. Si un acontecimiento así podía suceder, también sería posible el otro. Nada parecía inalcanzable.
Cuando partieron los primeros vuelos, hubo celebraciones por todo Kakuma, y fui con Achor Achor a la pista de aviación a despedirme de los que se iban. Estaba encantado por esos chicos, convencido de que no tardaría en reunirme con ellos en América. Pero a medida que iban saliendo los vuelos, a medida que iba recibiendo la noticia de la suerte de un chico u otro, me volví indiferente a su alegría y solo podía cuestionarme mis propios defectos. Quizá partieron unos quinientos jóvenes, y a medida que pasaban los meses y yo seguía sin recibir noticias de Naciones Unidas me sentía menos contento por los elegidos. Estallaban fiestas cada vez que aparecían las listas. Cada semana traía una alegría incalculable para algunos y desolación para el resto.
Mi partida no estaba ni siquiera cerca. No me habían llamado para una entrevista. La entrevista suponía el primer paso, y transcurría mucho tiempo entre ella y que tu nombre apareciera en la lista. Algo parecía ir muy mal.
—Lo siento mucho —me dijo un día Achor Achor.
Ya me había enterado: el nombre de Achor Achor había aparecido aquella mañana.
—¿Cuándo te marchas? —pregunté.
—En una semana.
La noticia siempre iba igual de rápido. Aparecía el nombre de alguien en la lista y esa persona se marchaba en cuestión de días. Todos teníamos que estar preparados.
Conseguí felicitarle, pero el placer que sentía por su buena suerte quedaba menguado por mi asombro. Creía haberlo hecho todo bien. Incluso conocía, a través de mi trabajo, a varios miembros del personal de Naciones Unidas que me estaban ayudando en el proceso de reasentamiento. Nada parecía darme ventaja. No había sido soldado, tenía un historial ejemplar en Kakuma, y yo no era el único que expresaba su asombro ante el hecho de que tantos otros me precedieran en el viaje a América. Nadie lo entendía, pero abundaban las teorías. La más plausible de todas sostenía la existencia de un importante soldado del ELPS llamado Achak Deng: tal vez me confundieran con él. El hecho nunca se confirmó. Achor Achor sostenía su propia teoría.
—Quizá no quieran perderte aquí.
Esto no me animó.
—Eres demasiado valioso para el campamento —bromeó.
No quería ser tan valioso en ese lugar. Me pregunté si debía mostrarme menos responsable durante un tiempo. ¿Podía rehuir mis obligaciones, parecer menos eficaz?
—Se lo preguntaré a la gente de Naciones Unidas la próxima vez que los vea — dijo él.
Todos los chicos que vivían en casa de Gop habían sido embarcados y transportados: a Detroit, San Diego, Kansas City. Pronto me encontré entre los pocos de mi edad que quedaban en el campamento. Aquellos cuyas solicitudes habían sido denegadas o archivadas eran conocidos comandantes del ELPS o criminales. Yo era el único que conocía que tenía un historial impoluto y que ni siquiera había acudido a la entrevista. Me habían citado, sí, pero siempre sucedía algo que obligaba a posponerla o cancelarla. Un día se produjeron disturbios entre sudaneses y turkanas, que se saldaron con un muerto por cada lado, y Kakuma se cerró a los visitantes. En otra ocasión el abogado americano que debía estar presente en todas las entrevistas tuvo que irse a Nueva York en el último minuto. Nos dijeron que volvería tres meses después.
No hay sentimiento comparable al rechazo unido a la sensación de abandono. Yo había oído hablar del Éxtasis, gracias al que sesenta y cuatro mil almas serían llevadas al paraíso antes del Apocalipsis, cuando la tierra ardería en llamas. Y durante los últimos seis meses del año 2000 me sentí abandonado en Kakuma mientras todos mis conocidos eran rescatados del purgatorio y llevados al Reino de Dios. Los poderes fácticos me habían examinado y me habían condenado al fuego eterno.
Achor Achor se marchó una mañana y no dejamos que el dramatismo empañara la despedida. Llevaba un abrigo de invierno, porque alguien le había dicho que en Atlanta hacía mucho frío. Nos dimos la mano y le palmeé su flácido hombro, mientras ambos fingíamos que volveríamos a vernos muy pronto. Partió junto a otro de Los Once, Akok Anei, y mientras los veía avanzar hacia la pista, Achor Achor se volvió a mirarme con ojos que delataban su tristeza. Él estaba seguro de que me quedaría en Kakuma para siempre.
Después de Achor Achor partieron cientos de jóvenes más. Docenas de aviones surcaron los cielos, llenos de Niños Perdidos como yo, muchos de los cuales yo ni siquiera conocía.
Todo el mundo se reía de mi permanencia en Kakuma.
—¡Te irán citando hasta que no quede nadie más en Kakuma! —me dijo Dominic, el gracioso. Era el último de los Dominics que seguía conmigo, pero ya le habían entrevistado y estaba muy animado—. ¡Alejado, no te vas a ir a ninguna parte!
Se rió. No pretendía ser cruel, pero había perdido la capacidad de hacerme reír.
Noriyaki intentó mantener el optimismo.
—No seguirían citándote si no quisieran que fueras.
Había prolongado su estancia en Kakuma, con la excusa de varios detalles técnicos organizativos y directrices tomadas por sus superiores desde Japón. Pero yo tenía la terrible sensación de que esperaba que yo me fuera antes de irse él. Al final me enteré de que se trataba precisamente de eso.
—Quizá están esperando que te marches tú antes —le dije. Deseaba con todas mis fuerzas que fuera a reunirse con su prometida. Ella ya le había esperado durante demasiado tiempo.
—Me temo que eso no está en mis manos —dijo él, sonriente—. Solo obedezco órdenes.
Por fin, en un día sucedió todo. Yo había rezado para que llegara ese día y llegó. En una misma mañana recibí la noticia de que tenía cita para la entrevista y de que Tabitha y sus hermanos habían sido incluidos en las listas de reasentamiento. Fue una especie de día tumultuoso que empezó cuando Tabitha se plantó en la puerta de mi casa justo al amanecer.
—¡Nos vamos! —gritó.
Yo aún no había abierto la puerta. Era inaudito que apareciera en mi casa antes de que hubiera salido el sol. Se lo dije en un susurro ansioso. Nos arriesgábamos a la reprobación por parte de la comunidad. Estaba seguro de que ya habíamos tensado demasiado la cuerda.
—¡Me importa un rábano! —dijo ella, en voz más alta—. ¡Me da igual, me da igual!
Bailaba, saltaba y gritaba.
Cuando estuve lo bastante despierto para oír y procesar la noticia, ella ya se había ido a despertar a la siguiente persona a quien quería decírselo. No me sorprendió que me comunicara la noticia de un modo tan impetuoso. Es un hecho que ningún amor nacido en Kakuma podía competir con la posibilidad de abandonar ese lugar. Después me enteré de que su fecha de partida estaba prevista para dos semanas después, y fui consciente de que no volvería a verla por el campamento: al menos no de un modo significativo. Tras haber presenciado las partidas de cientos de sudaneses, sabía que en los días que iban entre la recepción de la noticia y el viaje apenas si había tiempo para nada, y menos aún para romanticismos. La vería rodeada de gente, yendo de un lado a otro a toda prisa con sus hermanos y amigas, ocupándose de los últimos detalles. Supongo que conseguimos pasar unos momentos a solas, pero ella ya se había ido. En esos días las constantes partidas ponían fin a todos los romances. Incluso cuando nos sentamos juntos en su casa vacía o en la mía, Tabitha solo sabía hablar de Estados Unidos, de Seattle, de lo que la esperaba allí: ¡Nairobi multiplicado por mucho! Se reía, satisfecha ante el calidoscopio de posibilidades.
La mañana en que ella me comunicó la noticia, yo recibí la mía. En el aire aún flotaba el aroma de Tabitha cuando oí otra voz, al otro lado de la pared del refugio.
—¡Achak!
Eran pocos los que aún me llamaban Achak.
—¿Qué pasa?
Era Cornelius, un vecino de ocho años que nació en Kakuma durante un día de lluvia y que siempre parecía ser el primero en enterarse de todo. Meses atrás había sabido quién era el responsable del embarazo de una chica turkana, y esa mañana me informó que yo había sido citado para una entrevista con el OIM. Era de sobras conocido que Cornelius no se equivocaba nunca.
Y así fue. Era julio de 2001, dieciocho meses después de que se iniciaran los reasentamientos, y por fin me hallaba en una sala de paredes blancas frente a dos personas: un americano de raza blanca y un intérprete sudanés. El americano, de cara redonda y fríos ojos azules, se presentó como abogado y luego se disculpó.
—Lo sentimos mucho, Dominic. Sé que te ha extrañado tanta demora en tu solicitud. Supongo que estarás preguntándote qué diantre ha pasado.
No le contradije. Casi había olvidado que rellené la solicitud con el nombre de Dominic.
Sus preguntas oscilaron entre las más fáciles, referentes a mi nombre y mi ciudad de nacimiento, a indagaciones más complejas sobre los peligros a los que me había enfrentado. Muchos Niños Perdidos me habían advertido de las preguntas que cabía esperar, pero las mías fueron levemente distintas. La mayoría de sudaneses insistía en que lo mejor era adornar la historia tanto como fuera posible, asegurar que se estaba seguro de la muerte de los miembros de tu familia y de otros parientes. Contra el consejo de muchos, yo había decidido responder a todas las preguntas con la mayor sinceridad posible.
—¿Tus padres están vivos? —preguntó el abogado.
—Sí.
Sonrió. Parecía ser una respuesta nueva para él.
—¿Y tus hermanos y hermanas?
—Lo ignoro.
De allí las preguntas pasaron a profundizar en mis experiencias como refugiado: ¿Qué grupos habían querido matarte y por qué razones? ¿Qué clase de armas usaban? Antes de abandonar tu pueblo, ¿viste morir a gente por culpa de esos ataques? ¿Qué te motivó a abandonar Sudán? ¿En qué año te fuiste? ¿Cuándo llegaste a Etiopía y con qué medios? ¿Luchaste alguna vez en las guerras de Sudán? ¿Sabes algo del ELPS/MLPS? ¿Fuiste reclutado por el ejército rebelde? ¿Te enfrentas a problemas de seguridad en Kakuma? Y por último: ¿Has oído hablar de un país llamado Estados Unidos de América? ¿Conoces a alguien allí? ¿Prefieres ser reasentado en algún país que no sea Estados Unidos?
Contesté a todas las preguntas sin vacilar y la entrevista se acabó en veinte minutos. Les estreché la mano y salí de la sala, confuso y deprimido. No me parecía la clase de entrevista que sirva para decidir si un hombre viajaba o no a otro país para convertirse en ciudadano de otra nación. Mientras me alejaba, perplejo, el intérprete abrió la puerta y me cogió del brazo.
—Lo has hecho muy bien, Dominic. No te preocupes. Pareces agobiado. Estoy seguro de que todo se arreglará enseguida. Sonríe, amigo. Y empieza a hacerte a la idea de irte de este lugar.
Yo no sabía qué creer. Todo se había retrasado tanto que me incomodaba la simple idea de tener esperanzas. Sabía que nada era una realidad hasta que el nombre de uno aparecía en las listas, y que mientras tanto debía seguir trabajando y asistir al colegio.
Noriyaki, sin embargo, se mostraba mucho más confiado.
—Ah, te vas.
—¿De verdad? —dije.
—Claro. Es cuestión de semanas. Días. Nada.
Le agradecí el ánimo, pero no hice plan alguno. Pero él sí. Por fin realizó los preparativos necesarios para irse del campamento. Lo había retrasado un año, pero por fin volvía a casa. Sentí un enorme alivio. Se había quedado mucho más tiempo en Kakuma por mí, y cada uno de esos días de permanencia eran como una espina clavada en mi piel. Yo quería que retomara su vida, quería que se casara ya con su paciente novia. Brindamos por su inminente partida con Fanta de naranja y señalamos los días que faltaban en el calendario. La verdad es que quedaba poco por hacer: solo los partidos habituales, clases y entregas de equipamiento. Y un viaje a Kenia central con el equipo de baloncesto juvenil. Seríamos los entrenadores y supervisores; decidimos que ese sería el colofón del Proyecto Wakachiai, al menos bajo nuestra dirección.
Estábamos a finales de julio y hacía un día despejado. Noriyaki y yo viajábamos en la cabina de una furgoneta, los dos delante mientras los jugadores del equipo de baloncesto, doce entre sudaneses y ugandeses, iban detrás. Íbamos a Lodwar, a cuatro horas de distancia, a jugar un encuentro contra el equipo de una universidad keniana.
El día era espléndido. Era de esos días en que uno percibe la presencia de Dios; un día de esos que las mujeres, cuando se levantan y empiezan a hacer sus tareas, califican de glorioso: una mañana por la que uno daría las gracias.
Salimos muy temprano, sobre las cinco de la madrugada. Todos los chicos, amén de Noriyaki y de mí, estábamos eufóricos por la excursión: los refugiados de Kakuma siempre se alegraban de salir de allí, de abandonar el lugar por el espacio de tiempo que fuera, por la razón que fuera. De hecho, aquel día salimos con demora porque como era habitual hubo muchos personajes de Kakuma que intentaron colarse en el vehículo, aduciendo que formaban parte del equipo. Sin embargo, enseguida estuvimos a una hora de Kakuma: íbamos catorce y el sol ascendía en el cielo. Yo estaba en la cabina de la furgoneta, con Noriyaki, mientras los doce jugadores, todos menores de dieciséis años, viajaban detrás, sentados en bancos, saltando con cada bache de aquella carretera terrible. Lodwar estaba a unos ciento noventa kilómetros y, dado el estado de las carreteras, el trayecto duraría unas cuatro horas. A pesar de eso, todos estábamos de buen humor y amenizamos el viaje con canciones tradicionales y otras de invención propia.
El segundo cliente de los habituales de primera hora entra ahora.
—¡Valentino, mon amour! ¿Cómo estás?
Se trata de Nancy Strazzeri, una elegante mujer de cincuenta y tantos años de cabello blanco y corto, que lleva una sudadera de terciopelo de color rojo sangre. En una ocasión me trajo una tarta de café de elaboración casera.
—Bien, gracias —le digo.
—¿Has roto algún corazón estos días? —me pregunta mientras me da el carnet.
—Creo que no.
Paso la tarjeta; la cara de Matt Donnelley queda reemplazada por la suya.
—Te veo en una hora, mon frère —dice ella en tono melodioso, y entra. Su cara, una cara cansada de ojos que revelan travesuras pasadas, permanece en pantalla.
Nancy, la carretera hacia Lodwar estaba salpicada de baches y llena por todas partes de grietas que se habían convertido en pequeños y retorcidos cañones. Noriyaki hacía lo que podía con la furgoneta: solo la había conducido una vez y en un trayecto mucho más corto. El cambio de marchas era manual, mientras que los demás vehículos que había manejado por Kakuma poseían transmisión automática. En cuanto a mí, esa era la primera vez que viajaba en el asiento delantero de un vehículo y traté de mantener la calma, aunque el dominio del volante por parte de Noriyaki me parecía poco sólido.
En cuanto doblamos la curva y vimos el obstáculo todo sucedió muy despacio: en el carril derecho había una gran montaña de tierra. No debería haber estado allí. No había ninguna razón que explicara su presencia allí.
Noriyaki gritó en japonés y dio un volantazo hacia la izquierda para esquivarla.
La furgoneta osciló con fuerza; por la ventanilla vi que varios cuerpos pasaban volando. Algunos jugadores salían despedidos hacia la carretera. Noriyaki volvió a virar, esta vez a la derecha, pero había perdido el control. La furgoneta avanzó sobre dos ruedas.
Noriyaki volvió a gritar una palabra desconocida para mí. Se oían gritos en la parte de atrás. Tres jugadores más salieron disparados. La furgoneta derrapó y se salió de la carretera; volcó y fue rodando por la pendiente. Cristales rotos, crujidos de piezas. La caída no fue rápida, pero sí irreversible, y cuando fue evidente que el impacto era inevitable Noriyaki colocó el brazo sobre mi pecho. Pero luego lo perdí.
La furgoneta se paró por fin, volcada de costado. Yo seguía dentro, y por la ventanilla vi a dos chicos tendidos en el suelo. Busqué con la mirada a Noriyaki. Había salido despedido, y la furgoneta, al rodar, le había aplastado el pecho. De su cabeza manaba sangre como si fuera agua. Había fragmentos de cristal en su mejilla y en su frente, cascotes por todas partes, teñidos de su sangre.
—¡Ah! —dijo él, antes de cerrar los ojos.
—¡Noriyaki! —grité, con voz más débil de lo que habría deseado. Saqué el brazo por la ventanilla y le toqué la cara. No reaccionó.
De repente vi que había alguien en el exterior de la furgoneta, tirando de mí. Fue entonces cuando recordé la existencia del resto del mundo. Y que estaba vivo.