Qué es el qué

Dave Eggers · Capítulo 2 de 27

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Qué es el qué

Libro primero

1

No tengo ningún motivo para no abrir la puerta, así que abro la puerta. No dispongo de mirilla para ver quién llama, así que la abro de par en par y ante mí aparece una afroamericana alta, de complexión robusta, algo mayor que yo, vestida con unas mallas de nailon rojo.

—¿Tiene teléfono, señor? —me dice en voz muy alta.

Su cara me resulta familiar. Estoy casi seguro de haberla visto en el aparcamiento hace una hora, cuando volvía de la tienda de platos precocinados. La vi en las escaleras y le sonreí. Le digo que tengo teléfono.

—Se me ha estropeado el coche —dice ella. A su espalda ya casi asoma la noche. Me he pasado la mayor parte de la tarde estudiando—. ¿Me deja usar el teléfono para llamar a la policía? —pregunta ella.

Aunque ignoro por qué quiere llamar a la policía si lo que necesita es un mecánico, accedo. Entra. Cuando me dispongo a cerrar la puerta, ella me lo impide.

—Será solo un segundo —añade.

Para mí no tiene ningún sentido dejar la puerta abierta, pero lo hago porque ella así lo quiere. Este país es más suyo que mío.

—¿Dónde está el teléfono? —pregunta.

Le digo que el teléfono está en mi habitación. Antes de que termine la frase, ella me ha apartado y se escabulle por el pasillo, cual susurrante fantasma de nailon. Se cierra la puerta de mi cuarto y luego oigo el pestillo. Se ha encerrado en mi habitación. Me dispongo a seguirla cuando oigo una voz a mi espalda.

—Quédate aquí, África.

Me giro y me encuentro con un afroamericano vestido con una enorme cazadora de béisbol de color azul pálido y tejanos. Apenas le veo la cara, que queda oculta bajo la gorra de béisbol, pero su mano sostiene algo a la altura de la cintura, como si necesitara aguantarse los pantalones.

—¿Viene con la señora? —pregunto. Todavía no entiendo nada y estoy enfadado.

—Tú limítate a sentarte, África —dice él, señalando el sofá con un gesto.

Me quedo de pie.

—¿Qué está haciendo en mi cuarto?

—He dicho que apoyes ese culo en el sofá —dice él, ahora en tono de amenaza.

Me siento y me enseña la culata de un revólver. Al parecer lo ha tenido en la mano durante todo este rato y yo habría debido saberlo. Ahora sé que soy víctima de un atraco y que preferiría estar en otra parte.

Es extraño, lo sé, pero en este momento pienso que me gustaría estar de regreso en Kakuma. En Kakuma no había lluvia, el viento soplaba nueve meses al año y ochenta mil refugiados procedentes de Sudán y otros lugares sobrevivían a base de una comida diaria. Pero en este instante, con la mujer encerrada en mi cuarto y sometido a la vigilancia de ese hombre armado, preferiría estar en Kakuma, donde vivía en una cabaña hecha de plástico y sacos de arena y mi única posesión eran unos pantalones. No estoy seguro de que en el campo de refugiados de Kakuma existiera esta clase de maldad, y quiero volver. O incluso a Pinyudo, el campo etíope donde viví antes de ir a Kakuma; allí no había nada, a lo sumo un par de comidas al día, pero disfrutaba de sus pequeños placeres: entonces yo no era más que un niño y podía olvidar que era un refugiado desnutrido que se hallaba a miles de kilómetros de casa. En cualquier caso, si esto es un castigo por el orgullo de querer salir de África, por albergar el sueño de recibir una educación universitaria y ganar dinero en América, reconozco mi pecado y pido mis más humiles disculpas. Regresaré cabizbajo. ¿Por qué le habré sonreído a esa mujer? La sonrisa me sale de manera espontánea y esa es una costumbre que debo cortar. Invita al castigo. He sido humillado tantas veces desde que llegué que empiezo a pensar que alguien intenta transmitirme un mensaje a marchas forzadas y que ese mensaje es: «Lárgate de aquí».

Tan pronto como me dejo llevar por la culpa y el remordimiento, del fondo de mí surge una reacción de protesta. El nuevo estado me impulsa a levantarme y a dirigirme al hombre de la cazadora azul pálido.

—Quiero que os larguéis de aquí, los dos —le digo.

El hombre de azul se enoja al instante. He trastornado el equilibrio, he alzado un obstáculo: mi voz se ha interpuesto en su tarea.

—¿Me estás diciendo lo que tengo que hacer, capullo?

Le miro a sus pequeños ojos.

—Dime, África, pedazo de capullo, ¿me estás dando órdenes?

La mujer oye las voces y grita desde el dormitorio:

—¿Podrás ocuparte de él? —Está harta de su amigo, y él de mí.

Azul Pálido inclina la cabeza hacia mí y enarca las cejas. Da un paso hacia mí y señala de nuevo el revólver que lleva prendido del cinturón. Parece a punto de usarlo, pero de repente relaja los hombros y baja la cabeza. Se mira los zapatos y respira despacio hasta recobrar la compostura. Cuando vuelve a alzar la vista ya se ha calmado.

—Vienes de África, ¿no?

Hago un gesto de asentimiento.

—Muy bien. Eso significa que somos hermanos.

No estoy dispuesto a mostrarme de acuerdo.

—Y como somos hermanos y todo eso, te enseñaré una lección. ¿No sabes que no debes abrir la puerta a los extraños?

La pregunta me hace estremecer. En cierto sentido, un simple robo habría sido aceptable. He presenciado robos y he sido atracado a escalas mucho menores que esta. Hasta que llegué a Estados Unidos, mi posesión más valiosa era el colchón donde dormía, de manera que los robos eran mucho más nimios: una cámara de usar y tirar, unas sandalias, una resma de papel blanco para escribir a máquina. Todos ellos eran objetos valiosos, sí, pero ahora tengo un televisor, un vídeo, un microondas, un despertador, y muchos otros electrodomésticos, todos procedentes de la sede de la Peachtree United Methodist Church de Atlanta. Algunos eran objetos usados, otros nuevos, y todos han sido donados de forma anónima. Mirarlos, utilizarlos todos los días, me provoca un estremecimiento: una extraña pero genuina expresión física de gratitud. Y ahora intuyo que todos estos regalos están a punto de desaparecer en cuestión de minutos. Me quedo ante Azul Pálido y mi recuerdo busca el momento en que sentí una traición parecida, la última vez que me hallé en presencia de una maldad tan desconsiderada.

Mientras con una mano agarra la empuñadura del revólver, apoya la otra sobre mi pecho.

—¿Por qué no dejas caer el culo en el sofá y te limitas a mirar?

Doy dos pasos atrás y me siento en el sofá, otro regalo de la iglesia. Una mujer blanca con cara de manzana que llevaba una camisa desteñida lo trajo el día en que me instalé aquí con Achor Achor. Se disculpó porque el sofá no había llegado antes que nosotros. La gente de la parroquia se disculpaba a todas horas.

Miro a Azul Pálido y sé a quién me recuerda: a una soldado etíope que disparó contra dos de mis compañeros y estuvo a punto de matarme. Sus ojos despedían el mismo brillo salvaje. Al principio fingió acudir en nuestro rescate. Huíamos de Etiopía, perseguidos por los disparos de centenares de soldados etíopes; el río Gilo iba teñido de nuestra sangre y ella apareció en medio de las altas hierbas. «¡Venid conmigo, niños! ¡Soy vuestra madre! ¡Venid conmigo!» No era más que una cara en la hierba parda, una silueta con los brazos abiertos. Vacilé; dos de los chicos con quienes corría, chicos que había encontrado en el banco del río de sangre, fueron hacia ella. Y cuando los tuvo lo bastante cerca levantó un rifle automático y les disparó al pecho y al estómago. Cayeron delante de mí, y yo di media vuelta y salí corriendo. «¡Vuelve! —siguió diciendo—. ¡Ven con tu madre!».

Aquel día había corrido entre la maleza hasta que encontré a Achor Achor; con él hallamos al Bebé Tranquilo y lo salvamos, y durante un tiempo nos consideramos médicos. Esto sucedió hace mucho tiempo. Debía de tener diez años, once como mucho. Es imposible saberlo. El hombre que está ante mí, Azul Pálido, nunca sentiría esa sensación. Ni le interesaría. Pensar en ese día, cuando nos devolvieron a Sudán desde Etiopía, en los miles de muertos en el río, me da fuerzas para enfrentarme a esta persona que ha irrumpido en mi apartamento, y vuelvo a levantarme.

Ahora el hombre me mira, como un padre que está a punto de hacer algo que lamenta pero que su hijo le ha obligado a hacer. Está tan cerca de mí que puedo oler algo químico en él, algo que recuerda a la lejía.

—¿Estás…? ¿Estás…?

Se le tensa la boca y hace una pausa. Saca el revólver de la cintura y lo mueve con un gesto ascendente y hacia atrás. Noto una impresión negra: me crujen los dientes y veo cómo el techo se precipita encima de mí.

Aunque en la vida me han dado muchos golpes, es la primera vez que me pegan con el cañón de un revólver. Tengo la suerte de haber visto más sufrimiento del que he padecido en mis carnes, pero sin embargo he pasado hambre y me han pegado con palos, con varas, con escobas, piedras y lanzas. He viajado ocho kilómetros en un camión repleto de cadáveres. He visto morir a demasiados niños en el desierto: algunos como si se durmieran, otros después de días de locura. He visto cómo tres chicos morían en las garras de los leones, devorados al azar. Vi cómo aquellas bestias los levantaban del suelo, se los llevaban a sus fauces y se internaban en la maleza para dar cuenta de ellos: yo estaba lo bastante cerca como para oír los húmedos chasquidos de la carne al rasgarse. He visto morir a un amigo íntimo, a mi lado, en un camión volcado, con los ojos abiertos y la vida escapándosele de un orificio invisible. Y pese a todo, en este momento, tendido en el sofá con la mano húmeda de sangre, descubro que echo de menos África. Echo de menos Sudán, echo de menos el profundo desierto pardo del noroeste de Kenia. Echo de menos la nada ocre de Etiopía.

La visión de mi asaltante queda ahora limitada a su cintura y sus manos. Ha guardado el revólver en algún sitio y ahora sus manos me cogen de la camisa y del cuello y me lanzan del sofá a la alfombra. En la caída mi nuca vuelca la mesita y arrastra consigo dos vasos y un radiodespertador. En la alfombra, con la mejilla descansando sobre un charco de su propia sangre, vivo un momento de consuelo y pienso que, con toda probabilidad, ya ha terminado. Estoy tan cansado… Me siento como si pudiera cerrar los ojos y terminar con todo esto.

—Y ahora cierra la puta boca —dice él.

Estas palabras suenan poco convincentes y esto me proporciona un cierto solaz. Me percato de que no es un hombre colérico. No pretende matarme; tal vez haya sido manipulado por la mujer que ahora abre los cajones y los armarios de mi cuarto. Ella parece llevar la voz cantante. Está concentrada en lo que hay en mi habitación, y la tarea de su compañero no es otra que neutralizarme. Parece sencillo, y él no parece inclinado a infligirme más dolor. De manera que descanso. Cierro los ojos y descanso.

Estoy cansado de este país. Me siento agradecido hacia él, sí, he disfrutado muchos aspectos durante los tres años que llevo aquí, pero estoy harto de promesas. Vine aquí, como otros cuatro mil, con la esperanza de hallar tranquilidad. Paz, universidad y seguridad. Supongo que esperábamos encontrar una tierra sin guerra, una tierra sin miseria. Estábamos ansiosos e impacientes. Lo queríamos todo enseguida: hogares, familias, estudios, poder enviar dinero a casa, títulos superiores, y por último cierta influencia. Pero para la mayoría de nosotros la lentitud de esta transición —cuatro años después aún no he cursado los créditos suficientes para matricularme en una carrera de cuatro años— ha desembocado en caos. Esperamos diez años en Kakuma y supongo que no queríamos reanudar la espera. Queríamos que el paso siguiente fuera rápido. Pero esto no ha sucedido, no en la mayor parte de casos, y en el ínterin hemos encontrado maneras de pasar el tiempo. He desempeñado muchos trabajos menores; en la actualidad trabajo en la recepción de un gimnasio, en el turno más temprano posible, permitiendo el acceso a los miembros y explicando las ventajas del club a los que aún no lo son. No es nada del otro mundo, pero representa un nivel de estabilidad desconocido para algunos. Demasiados han fracasado, demasiados sienten que han fracasado. La presión a que estamos sometidos, las promesas que nos hicimos a nosotros mismos y que ahora no podemos cumplir, nos están convirtiendo en monstruos. Y la única persona que, en mi opinión, podía ayudarme a superar el desengaño y la frivolidad de todo esto, una sudanesa ejemplar llamada Tabitha Duany Aker, se ha ido.

Ahora están en la cocina. Ahora en el cuarto de Achor Achor. Aquí tendido, empiezo a calcular qué cosas mías pueden llevarse. Con cierta satisfacción caigo en la cuenta de que el ordenador está en mi coche, así que no podrán robarlo. Pero el portátil nuevo de Achor Achor se irá con ellos. Y será culpa mía. Achor Achor es uno de los líderes de los refugiados más jóvenes de Atlanta y me temo que todo lo que necesita desaparecerá con ese ordenador. Las actas de todas las reuniones, las cuentas, miles de e-mails. No puedo permitir que le roben todo eso. Achor Achor ha estado conmigo desde Etiopía y lo único que le he traído a cambio es mala suerte.

En Etiopía miré a un león a los ojos. Debía de tener diez años; me habían enviado al bosque a buscar leña y el animal salió despacio de detrás de un árbol. Permanecí inmóvil durante un instante, que pareció una eternidad, el tiempo suficiente para grabar en la memoria aquella cara de ojos muertos antes de salir corriendo. Rugió, pero no me persiguió; me gusta pensar que me consideró una presa demasiado formidable. De manera que me enfrenté a ese león; me enfrenté docenas de veces a las pistolas de militares árabes que iban a lomos de caballos, con las túnicas blancas resplandeciendo al sol. Si hice eso, también puedo detener este robo miserable. De nuevo me pongo de rodillas.

—¡No te muevas, capullo!

Y mi cara vuelve a estamparse contra el suelo. Ahora empiezan las patadas: me patea el estómago, el hombro. Duele más cuando mis huesos golpean mis huesos.

—¡Maldito nigeriano hijo de puta!

Ahora parece disfrutar y esto me preocupa. El placer a menudo conduce al abandono, y se cometen errores. Tras siete patadas en las costillas y una en la cadera, decide parar. Tomo aire y compruebo mi estado. No es demasiado grave. Me acurruco hecho un ovillo en una esquina del sofá, decidido a estarme quieto. Debo admitir para mis adentros que nunca he sido un luchador. He sobrevivido a muchas opresiones, pero nunca he luchado contra un hombre cuerpo a cuerpo.

—¡Puto nigeriano! ¡Imbécil!

Jadea, tiene las manos sobre las rodillas.

—¡No es de extrañar que unos capullos como vosotros sigan viviendo en la Edad de Piedra!

Me propina un puntapié más, menos fuerte que los anteriores, pero dirigido a la sien: una explosión de luz blanca invade mi ojo izquierdo.

En América me han llamado nigeriano con anterioridad —debe de ser el país africano más conocido—, pero nunca me habían pateado. Sin embargo, sí he presenciado cosas parecidas. Supongo que en lo que a violencia se refiere hay pocas cosas que no haya visto en Sudán o en Kenia. Me pasé dos años en un campo de refugiados en Etiopía, y allí vi a dos niños pelearse con tanta saña por una ración de comida que uno mató al otro a patadas. El chaval no había tenido la intención de matar a su contrincante, desde luego, pero éramos pequeños y estábamos muy débiles. No se puede luchar cuando no se ha comido bien desde hace semanas. El cuerpo del chico muerto no estaba preparado para traumatismos, una fina capa de piel cubría unas frágiles costillas que ya no conseguían proteger el corazón. Estaba muerto antes de tocar el suelo. Fue justo antes de comer, y después de que se llevaran al chico para enterrarlo en el suelo de piedras nos sirvieron judías estofadas con maíz.

Ahora mi intención es no decir nada, limitarme a esperar que Azul Pálido y su amiga se marchen. No pueden quedarse mucho más tiempo; seguro que enseguida se habrán llevado todo lo que quieren. Veo la pila de cosas que están amontonando en la mesa de la cocina, las cosas que planean robar. La tele, el portátil de Achor Achor, el vídeo, los teléfonos inalámbricos, mi móvil, el microondas.

 

El cielo se oscurece; mis invitados llevan unos veinte minutos en nuestro apartamento y Achor Achor no volverá hasta dentro de muchas horas, si es que vuelve. Su trabajo es parecido al que yo tuve en el pasado: en una exposición de muebles, en la trastienda, preparando los envíos de muestras para los decoradores de interiores. Incluso cuando no está trabajando, apenas para en casa. Tras muchos años sin compañía femenina, Achor Achor se ha echado novia: una afroamericana llamada Michelle. Es encantadora. Se conocieron en la universidad estatal, en una clase de confección de colchas a la que Achor Achor se matriculó por error. Entró en el aula, se sentó al lado de Michelle y ya no se fue. Ella despide un aroma a limón, a limón con esencia de flores, y yo cada día veo menos a Achor Achor. Hubo un momento en que albergué esta clase de ideas respecto a Tabitha. Nos imaginé forjando planes para una boda y rodeados de varios niños que hablarían inglés, como hacen los americanos, pero Tabitha vivía en Seattle y esos planes quedaban muy lejos. Quizá le esté dando a todo eso un tinte romántico. También me pasó en Kakuma; perdí a alguien muy cercano a mí y después creí que podría haberlo salvado de haber sido un amigo mejor. Pero todos desaparecen, no importa quién los quiera.

Ahora empieza el transporte de nuestras pertenencias. Azul Pálido ha colocado los brazos en forma de cuna y su cómplice está amontonando allí nuestras posesiones: primero el microondas, luego el portátil y ahora el aparato de música. Cuando la montaña le llega a la barbilla, la mujer se dirige a la puerta y la abre.

—¡Mierda! —dice ella, y cierra la puerta al instante.

Dice a Azul Pálido que fuera hay un coche de policía, estacionado en nuestro aparcamiento. De hecho, ese coche bloquea la salida del suyo.

—¡Mierda mierda mierda! —escupe ella.

El pánico continúa durante un rato, y enseguida se colocan a ambos lados de la ventana que da al patio, protegidos por la cortina. De su conversación deduzco que el policía está hablando con un latino, pero el lenguaje corporal del agente parece indicar que el tema no es acuciante. La mujer y Azul Pálido intuyen con alivio que el agente de policía no está allí por ellos. Pero en ese caso, ¿por qué no se marcha?

—¿Por qué ese capullo no se va a hacer su trabajo? —pregunta ella.

Se disponen a esperar. La herida de mi frente parece haber dejado de sangrar. Con la lengua exploro los desperfectos de mi boca. Uno de los dientes traseros superiores está astillado, y tengo un molar aplastado; lo noto afilado, como un pico serrado. Pero no me preocupan los temas dentales. La perfección de la dentadura no es precisamente el rasgo distintivo de los sudaneses.

Levanto la vista y descubro que la mujer y Azul Pálido tienen mi mochila, que no contiene nada más que mis deberes del Georgia Perimeter College. Al imaginar el tiempo que necesitaré para reproducir esos cuadernos, ahora que los exámenes de medio trimestre están tan próximos, casi me pongo de pie otra vez. Miro a mis visitantes con tanto odio como soy capaz, con tanto odio como me permite mi dios.

Soy un idiota. ¿Por qué abrí la puerta? En Atlanta tengo una amiga afroamericana, Mary, nada más que una amiga, que se va a reír de esto. No hace ni una semana estábamos en esta misma sala, sentados en el sofá, viendo El exorcista con Achor Achor. Llevábamos años queriendo verla, Achor Achor y yo. Admito que tenemos un interés especial en el concepto del mal, y nos intrigaba la idea de un exorcismo. Aunque creíamos que nuestra fe era fuerte y habíamos recibido una profunda educación católica, nunca habíamos oído hablar de un exorcismo llevado a cabo por un sacerdote católico. De manera que vimos la película, y nos aterró a los dos. Achor Achor no superó los primeros veinte minutos. Se retiró a su cuarto, cerró la puerta, puso en marcha el aparato de música y se concentró en sus ejercicios de álgebra. En una escena de la película alguien llama a la puerta, un augurio de mala suerte, y se me ocurrió una pregunta. Paré la película y Mary suspiró con paciencia; ya está acostumbrada a que interrumpa un paseo, ya sea a pie o en coche, para hacer alguna pregunta. «¿Por qué la gente pide dinero en la mediana de la autopista?» «¿Todas las oficinas de este edificio están ocupadas?» En ese momento pregunté a Mary quién abre en América cuando alguien llama a la puerta.

—¿Qué quieres decir? —preguntó ella.

—¿Va el hombre o la mujer? —pregunté.

Ella se rió.

—El hombre —dijo—. El hombre. El hombre es el protector, ¿no? Por supuesto que es el hombre quien abre. ¿Por qué?

—En Sudán —dije—, no puede ser el hombre. Siempre es la mujer la que la puerta, porque quien llama siempre viene en busca del hombre.

Ay, acabo de notar otro diente astillado. Mis amigos siguen junto a la ventana, separan las cortinas a intervalos regulares, descubren que el poli aún está allí y maldicen durante unos minutos antes de sumirse de nuevo en su alicaída vigilancia.

Ha transcurrido una hora y ahora siento curiosidad por lo que debe de estar haciendo el agente de policía en el aparcamiento. Empiezo a albergar esperanzas de que esté enterado del robo, y de que, con el fin de evitar un enfrentamiento, haya optado por esperar a que salgan mis amigos. Pero, entonces, ¿por qué anunciar su presencia? ¿Tal vez el agente esté en el edificio para investigar a los camellos del C4? Sin embargo, los hombres del C4 son blancos, y por lo que he podido deducir el agente está hablando con Edgardo, el ocupante del C13, a ocho puertas de mi apartamento. Edgardo es mecánico y amigo mío; según sus estimaciones me ha ahorrado dos mil doscientos dólares en reparaciones de coche en los dos años que llevamos siendo vecinos. A cambio, yo le he llevado a la iglesia, a trabajar, al centro comercial North DeKalb. Tiene coche, pero prefiere no conducir. No he visto los ejes de ese vehículo en movimiento desde hace al menos seis meses. Le encanta repararlo, y no le importa hacer lo mismo con el mío, un Corolla de 2001. Edgardo siempre se empeña en que lo entretenga mientras trabaja en mi coche.

—Cuéntame algo —me dice, porque no le gusta la música que suena en la radio —. En todas partes del país, excepto en Atlanta, ponen música del norte. ¿Qué estoy haciendo aquí? Este no es lugar para un melómano. Cuéntame algo, Valentino. Habla conmigo. Habla conmigo. Cuéntame una historia.

La primera vez que me lo pidió empecé a relatarle mi propia historia, que empezó cuando los rebeldes, hombres que acabarían uniéndose al Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés, asaltaron la tienda que mi padre tenía en Marial Bai. Yo tenía seis años, y la presencia de los rebeldes en nuestro pueblo parecía incrementarse mes tras mes. La mayoría los toleraba, otros los desanimaban. Para los estándares de la zona, mi padre era un hombre acaudalado: propietario de una tienda en nuestra ciudad y de otra más pequeña a varios días de camino a pie. Años atrás él también había sido un rebelde, pero ahora que se había convertido en un hombre de negocios no quería líos. No quería revolución, no tenía nada en contra de los islamistas de Jartum. Decía que no le molestaban, que estaban a medio mundo de distancia. Él solo quería vender grano, maíz, azúcar, cerámica, telas, caramelos.

Un día que yo estaba en la tienda, jugando en el suelo, oí barullo por encima de mi cabeza. Tres hombres, dos de ellos armados con rifles, exigían llevarse lo que querían. Proclamaban que era por el bien de la revolución, que contribuiría al nacimiento de un Nuevo Sudán.

—No, no —dijo Edgardo—. Nada de violencia. No quiero oír hablar de violencia. Ya leo tres periódicos al día. —Señaló los periódicos extendidos debajo del coche, ahora marrones de grasa—. Ya estoy harto de eso. Conozco vuestra guerra. Cuéntame otra historia. Dime cómo conseguiste ese nombre, Valentino. Es un nombre raro para un africano, ¿no crees?

Así que le conté la historia de mi bautismo. Esto sucedió en mi ciudad natal. Yo debía de tener unos seis años. El bautismo fue idea de mi tío Jok; mis padres, que se oponían a las ideas cristianas, no asistieron. Creían en las ideas religiosas tradicionales de mi clan, y los experimentos del pueblo con el cristianismo quedaban limitados a los jóvenes como Jok, y a aquellos a quienes estos podían persuadir, como yo. La conversión suponía un sacrificio para cualquier hombre, dado que el padre Dominic Matong, un sudanés que había sido ordenado sacerdote por misioneros italianos, prohibía la poligamia. Mi padre, que tenía muchas esposas, se basaba en eso para rechazar la nueva religión; en eso y en el convencimiento de que los cristianos parecían preocuparse mucho por el lenguaje escrito. Ni mi padre ni mi madre sabían leer y no eran ninguna excepción entre la gente de su edad.

—Vete a tu Iglesia de Libros —me dijo—. Ya volverás cuando recobres el sentido común.

Yo iba vestido con una túnica blanca, rodeado por Jok y su esposa Adeng, mientras el padre Matong formulaba las preguntas. Había caminado durante dos días desde Aweil para bautizarnos, a mí y a tres chicos más, todos situados en fila a mi espalda. Nunca me había sentido tan nervioso. Los demás decían que esto no era nada comparado con enfrentarse a una paliza de sus respectivos padres, pero yo no podía ponerme en su lugar: mi padre nunca me levantó la mano.

De cara a Jok y a Adeng, el padre Matong sostenía la Biblia en una mano y elevaba la otra en el aire.

—¿Ofrecéis a vuestro hijo, con todo vuestro corazón y vuestra fe, para que sea bautizado y se convierta en un miembro devoto de la familia de Dios?

—¡Sí! —dijeron ellos.

Di un salto al oírlo. Habían gritado más de lo que esperaba.

—Y al hacerlo, ¿rechazáis a Satanás, con todo su poder, engaño y falta de fe?

—¡Sí!

—¿Creéis en Jesucristo, el hijo de Dios, nacido de la Virgen María, que sufrió y fue crucificado, y resucitó al tercer día para salvarnos de nuestros pecados?

—¡Sí!

Y entonces vertieron agua limpia y fría sobre mi cabeza. El padre Matong la había traído consigo durante los dos días de camino desde Aweil.

Con el bautismo se me impuso mi nombre cristiano, Valentino, escogido por el padre Matong. Muchos chicos usaron desde entonces el nombre del bautismo, pero en mi caso no fue así, ya que nadie, ni siquiera yo, sabía pronunciarlo. Decíamos Valdino, Baldero, Benedino. No fue hasta que me encontré en un campo de refugiados de Etiopía cuando el nombre fue usado por alguien que me conocía. También fue entonces cuando, por improbable que parezca, volví a ver al padre Matong. Fue entonces cuando me recordó mi nombre cristiano, me habló de su origen y me enseñó a decirlo en voz alta.

A Edgardo le encantaba esta historia. Hasta ese momento no supo que yo era católico como él. Hicimos planes para asistir a una misa juntos algún día, pero todavía no lo hemos hecho.