Qué es el qué
Capítulo 21
21
Ya es hora de irse del hospital. Esto es una tomadura de pelo. Julian no ha cumplido su promesa. Se ha ido. Achor Achor y Lino tampoco están ya en la sala de espera. Me aproximo al mostrador de admisiones donde se halla la nueva enfermera de turno, esta con una nube de pelo rubio.
—Me marcho ya —anuncio.
—Pero si no le han visitado —dice ella. Se muestra genuinamente sorprendida de que me plantee la posibilidad de irme después de solo catorce horas.
—Llevo demasiado tiempo aquí.
Va a decir algo pero se muerde la lengua. Esta noticia parece suponer una novedad para ella. Le digo que llamaré más tarde para saber los resultados de la resonancia magnética.
—Sí —dice ella—. Claro… —En una tarjeta de visita anota un número de teléfono al que puedo llamar. Desde que sufrí el asalto en mi casa me han dado dos tarjetas de visita. Creo que no he pedido cuidados médicos extraordinarios, ni especiales actos de heroísmo por parte de la policía. Cuando se despierten todos, me refiero a Phil y a Deb y a mis amigos sudaneses, se desatará la ira y se producirán llamadas y amenazas hacia esos médicos.
Pero por el momento es hora de irse de este sitio. No tengo aquí el coche, ni dinero para tomar un taxi. Es demasiado temprano para que alguien venga a buscarme, así que decido volver a casa a pie. Tengo que estar en el trabajo a las cinco y media, así que cruzo las puertas automáticas, salgo de la sala de urgencias y del aparcamiento, y empiezo a caminar en dirección a mi apartamento. Me ducharé, me cambiaré de ropa y me iré a trabajar. En el trabajo hay un botiquín rudimentario y ahí curaré mis heridas tan bien como pueda.
Bajo por Piedmont Road. Las calles están desiertas. Atlanta no es una ciudad hecha para peatones, y menos a estas horas. Los coches surcan la noche líquida e iluminan la carretera al igual que lo hicieron durante los últimos días de nuestra caminata, antes de llegar a Kakuma. Entonces, como ahora, me pasé el camino reflexionando sobre si quería seguir viviendo.
Estaba ciego, o casi ciego, cuando por fin nos dirigimos a Kakuma. Durante ese trayecto no albergaba ninguna de las ilusiones que me animaron cuando viajamos hacia Etiopía.
Era el final del año más duro. Había sido un año de vida nómada. Después del río Gilo pasamos a Pochalla, luego a Golkur, luego a Narus. Nos habíamos encontrado con bandoleros, con más bombardeos, y por fin, una mañana, desperté y no podía ver. Incluso el más leve intento de abrir los ojos me provocaba un dolor insoportable.
Uno de mis amigos me tocó los ojos.
—No tienen buen aspecto —me dijo.
En Narus no había espejos, así que tuve que aceptar su palabra de que mis ojos parecían enfermos. Hacia la tarde su diagnóstico se reveló acertado. Era como si alguien me hubiera echado arena y ácido debajo de los párpados. Nuestro paso por Narus era temporal; estaba a unos ciento sesenta kilómetros al norte de Kenia, pero compartían un clima similar, un aire preñado de polvo rojo.
Esperé que se me curaran los ojos, pero solo empeoraron. No fui el único chico que contrajo lo que llamaban nyintok, enfermedad de los ojos, pero mientras los demás mejoraron en poco tiempo, a los cinco días mis ojos estaban tan hinchados que no podía abrirlos. Los mayores propusieron variados remedios y me los lavaron muchas veces con agua, pero el dolor persistió y me hundió en la depresión. Ser ciego en el sur de Sudán en plena guerra sería muy difícil. Pedí a Dios que decidiera si quería quitarme o no la vista; lo único que yo deseaba era que cesara el dolor.
Una noche, mientras todos yacíamos en alpendes —en Narus no teníamos refugios propiamente dichos—, oímos el rugido de coches y camiones y supe que tardaríamos poco en volver a partir. El ejército del gobierno estaba de camino y pronto tomaría Narus. Los chicos debíamos andar hasta Lokichoggio, en Kenia, bajo la supervisión del ACNUR. Yo no quería levantarme, ni caminar, ni siquiera moverme, pero me sacaron a rastras del alpende y me obligaron a unirme a la fila.
Avanzaba a tientas, con los dos ojos vendados, las vendas convertidas en una especie de antifaz. Seguía el camino a base de coger el faldón de la camisa de quien fuera delante. Aunque sabía que estábamos a punto de cruzar la frontera hacia un país sin guerra, esta vez no soñaba con cuencos llenos de naranjas. Sabía que el mundo era igual en todas partes, que solo existían variaciones mínimas de sufrimiento entre un lugar y otro.
Cuando partimos de Etiopía muchos murieron en el camino. Éramos miles, pero había tantos heridos, el sendero estaba tan lleno de sangre… En ese momento vi más muertos que en cualquier otro. Mujeres, niños. Bebés del tamaño del Bebé Tranquilo que no podían sobrevivir. Nada parecía tener sentido. Al recordar ese año solo veo imágenes inconexas y borrosas, como si fueran escenas de un sueño. Sé que estuvimos en Pochalla; luego cerca de allí, en Golkur, a tres horas de camino. Una lluvia furiosa, gris y constante, nos azotó durante tres meses. En Golkur volvimos a encontrarnos con soldados del ELPS, cooperantes y comida, y, al final, incluso colegio. Fue allí donde nos enteramos de la escisión entre los rebeldes, que se produjo cuando un comandante nuer llamado Riek Machar decidió crear su propio movimiento, el ELPS-Nasir, un grupo que durante un tiempo puso en jaque al ELPS tanto como Jartum. Esta segunda guerra dentro de la guerra obligó a los rebeldes dinkas de Garang a luchar contra los rebeldes nuers de Machar. Se perdieron decenas de miles de vidas, y la lucha interna, la brutalidad que imperaba en ella, hizo que el mundo volviera la espalda a las matanzas de Sudán: para el mundo en general, la guerra civil se transformó en un conflicto demasiado confuso para ser descifrado, una mezcla de pugnas tribales sin héroes ni villanos claros.
Pasamos la mayor parte de ese año en Golkur, y un día, en pleno conflicto y con el país sumido en el más absoluto caos, Manute Bol, la estrella del baloncesto, vino a vernos desde América: voló en una avioneta para saludar a los chicos que vivían en el campamento. Solo habíamos oído hablar de él en términos de leyenda, y ahora le teníamos delante, bajando de un avión que apenas parecía lo bastante grande para que cupiera en él. Nos habían dicho que se había vuelto americano y por tanto resultó toda una sorpresa que no fuera blanco. Poco después fuimos atacados por las milicias contratadas por el gobierno; nos informaron de que los bombardeos empezarían pronto. Así que un buen día los mayores nos dijeron que lo mejor era irse de Golkur, y eso hicimos. Partimos de nuevo y caminamos hasta Narus. Unas semanas más tarde, por exigencias de la ONU, anduvimos hasta Kenia. Nos dijeron que en Kenia estaríamos a salvo, por fin; nos dijeron que era un país democrático, un país neutral y civilizado, y que en él la comunidad internacional estaba creando un paraíso para nosotros.
Pero teníamos que movernos rápidamente. Debíamos abandonar Sudán, porque el ejército sudanés estaba al tanto de nuestro paradero. Veíamos helicópteros de combate durante el día, y cuando nos sobrevolaban, nos diseminábamos bajo los árboles y rezábamos entre el polvo. El viaje se realizó sobre todo de noche y duró más de dos semanas; como creíamos que nos hallábamos cerca de Kenia, que nuestra situación era desesperada y la tierra más inhóspita que nunca, caminamos con más agilidad y menos piedad de lo que lo habíamos hecho antes. A medida que nos acercábamos a la frontera el tiempo empeoraba. Luchamos contra el viento durante días, y eran muchos los que estaban seguros de que aquella fuerza constante del viento abrigaba el propósito de repelernos, nos instaba a dar media vuelta.
Por el olor del aire yo sabía que era un lugar polvoriento. Me quité la camisa y me envolví con ella la cabeza para protegerme la cara del polvo y del vendaval. La infección de los ojos, que ya sufría desde hacía días, solo me permitía distinguir sombras oscuras, partidas por mis pestañas.
A lo largo de ese camino nos cruzamos con camiones que transportaban a los viajeros más enfermos y que a veces nos traían agua y comida. Ni con mis ojos hinchados era candidato al camión, ya que mis piernas funcionaban y mis pies estaban intactos. Pero deseaba tanto que me llevaran… ¡La simple idea de no andar! Miré hacia los camiones y pensé en lo bueno que sería estar dentro, elevado, transportado hasta mi destino.
Cada vez que salían los camiones los chicos intentaban encaramarse en la parte de atrás, pero el conductor se apeaba y los echaba de allí, arrojándolos contra el suelo.
—¡Para! —gritó un día una voz—. ¡Para!
Fue así como uno de los chicos murió atropellado por los camiones de ayuda. Cuando llegué al lugar donde se había producido el accidente el cuerpo del chico ya no estaba: alguien debió de sacarlo de la carretera. Pero la mancha oscura de su sangre era tan visible como las siluetas de las montañas que se veían en el horizonte.
Dejo Piedmont Road y giro por Roswell Road, una calle que desemboca en mi casa. Este paseo de madrugada por Atlanta resulta largo, pero en absoluto desagradable. Distingo una tira purpúrea que aparece por el este y sé que esta se hará más grande a medida que me acerque.
Siempre que me descubro a punto de rendirme en este país, me asalta la manía de repasar todo lo que tengo aquí y no tenía en África. Es una manía que resulta bastante fastidiosa cuando me propongo evaluar las dificultades de mi vida actual. Se trata de un lugar miserable, desde luego, un lugar miserable y glorioso por el que siento un profundo cariño y del que he visto más de lo que cabía esperar. Llevo cinco años moviéndome con entera libertad. He volado por todo el país en treinta y nueve ocasiones, y he recorrido casi treinta y cinco mil kilómetros para ver a amigos y parientes, cañones y torres. He visitado Kansas City, Phoenix, San José, San Francisco, San Diego, Boston, Gainesville. Pasé dieciséis horas en Chicago, sin aventurarme a entrar en la ciudad. Iba a dar una charla a la Universidad del Noroeste, me perdí al salir del aeropuerto y por fin, de pie sobre una silla, me dirigí a una docena de estudiantes para hablarles mientras ellos salían del auditorio. En Omaha tuve la oportunidad de ver un partido de béisbol regional, y en otra ocasión contemplé cómo la nieve caía sobre la ciudad, cubriéndola con su manto en cuestión de minutos. En Oakland descendí a los túneles subterráneos sin terminar de creerme que existiera el metro; aún me parece imposible y no pienso volver a usarlo hasta que alguien me demuestre que es viable. He estado siete veces en Memphis para visitar a mi tío, el hermano de mi padre, y he entrado en una gran pirámide de vidrio. En Nueva York vi la Estatua de la Libertad desde un ferry, y me sorprendió observar que la mujer caminaba. Había visto al menos cientos de fotos, pero nunca había reparado en que sus pies estaban a medio paso; fue emocionante y mucho más bello de lo que creía. He estado en Carolina del Sur, en Arkansas, Nueva Orleans, Palm Beach, Richmond, Lincoln, Des Moines, Portland; hay Niños Perdidos viviendo en la mayoría de esas ciudades. Estuve en Seattle, en 2003, para hablar en una convención de médicos en el estado de Washington. Me contrataron para que relatara mis experiencias a sus miembros, y eso hice, y mientras estaba en Seattle el mismo amigo que en aquella ocasión le pasó el teléfono a Tabitha me llevó hasta ella.
Resulta extraño decirlo, pero amé a Tabitha sobre todo de lejos. Es decir, mi amor por ella crecía siempre que la observaba a cierta distancia. Creo que eso suena mal. La amaba cuando estábamos juntos, en mi cuarto o en el sofá, cuando sus piernas y sus manos se entrelazaban con las mías. Pero lo que más recuerdo son los momentos en que la veía desde el otro lado de la calle, caminando hacia mí o subiendo por unas escaleras mecánicas rotas. Un día estábamos en el centro comercial —da la impresión de que nos pasábamos mucho tiempo en el centro comercial y supongo que así era— porque ella quería hacer unas compras. Me dirigí a la zona de restauración a buscar una bebida para cada uno. Habíamos quedado en encontrarnos en el punto de información de la primera planta. Me senté cerca y la esperé durante mucho rato; Tabitha nunca fue puntual. Pero cuando por fin apareció en lo alto de las escaleras mecánicas con dos bolsas en una mano, en su rostro estalló una sonrisa tan espectacular que por un instante el centro comercial se quedó paralizado. La gente dejó de caminar y de hablar, los niños no corrían ni comían, el agua se detuvo. Y en ese momento la escalera mecánica donde estaba ella dejó de moverse. Miró al suelo con expresión de sorpresa y se llevó la mano libre a la boca. Me miró desde arriba y se rió. Resignada al hecho de que había detenido el movimiento de las escaleras mecánicas, se dispuso a bajar a pie, descendiendo con el paso alegre reservado para aquellos que se sienten satisfechos y cómodos en el mundo. Llevaba una camiseta de color de rosa y unos tejanos negros ajustados; yo sabía que no podía apartar los ojos de ella. Sé que no lo hice mientras bajaba los veintiséis escalones que la separaban de mí. Ella se percató, y bajó la cabeza o desvió su mirada. Sabía que en cuanto llegara me daría una palmada en el brazo y me regañaría por haberla mirado así. Pero no me importaba. La devoré con los ojos mientras bajaba la escalera y guardé el recuerdo en mi memoria para poder conjurarlo eternamente.
Cuando regresó a Seattle empezó a preocuparse por Duluma. Las llamadas de este eran más frecuentes: se mostraba nervioso, dejaba mensajes amenazadores en el contestador. Una noche ella oyó ruido en la puerta de su apartamento y se encontró con que Duluma le había introducido una nota por debajo de la puerta: un discurso enloquecido rebosante de acusaciones y súplicas. Cuando me habló de estos acontecimientos la insté a que volviera a Atlanta, conmigo. Dijo que no podía. Se acercaban los exámenes finales, y, de todos modos, siempre podía recurrir a sus hermanos en caso de necesidad.
Decidí llamar al tal Duluma para hablarle de su conducta, y cuando lo hice obtuve unos resultados satisfactorios. Como supongo que siempre intento llegar a un acuerdo, que apelo a la calma y al entendimiento para paliar el rencor, le hablé con empatía y con el objetivo de lograr una reconciliación entre los tres. Y antes de que acabara la conversación debo admitir que el tono era amistoso. Sentí que podía confiar en él y que le había proporcionado un nuevo equilibrio. Dijo que por fin se había hecho a la idea de que ella saliera conmigo: había preguntado por mí y ahora que sabía que yo era un buen tipo estaba satisfecho. Dijo que estaba dispuesto a renunciar a ella y le di las gracias por ser tan buena persona en todo. Le dije que entendía que no era fácil renunciar a una mujer a quien amas, aunque seguí notándolo desagradable y un poco tenso. Nos dimos las buenas noches como amigos y me pidió que volviera a llamarle algún día. Accedí, aunque no tenía la más mínima intención de hacerlo.
A continuación llamé a Tabitha y ambos nos reímos de la retorcida mente de Duluma: tal vez una explosión de gas nervioso le había mermado las facultades en sus días de soldado en el ELPS. Recuerdo que aquel día deseé con todas mis fuerzas estar con Tabitha. Se mostró alegre por teléfono, desdeñosa con Duluma y sus amenazas, pero tanto ella como yo seguíamos preocupados. Yo quería ir con ella o traerla conmigo, y siempre maldeciré que no me decidiera a hacerlo. Ella estaba en Seattle y yo en Atlanta, y no dimos ningún paso para reducir esa distancia. No me habría costado mucho cambiar esta ciudad por la suya; hay pocas cosas que me retengan aquí. Pero ella estaba en la universidad y yo quería terminar las clases del semestre, de manera que nos sentimos forzados a seguir donde estábamos. No puedo contar las veces que he maldecido nuestra falta de prisa. Si alguna vez vuelvo a amar, no esperaré para darlo todo por la persona amada. Nos creímos jóvenes, nos dijimos que ya habría tiempo para amar en el futuro. Es una forma de pensar horrible. Ese no es modo de vivir, esperar para amar.
Estoy en la puerta de mi apartamento y creo que al final no voy a entrar. No sé en qué estaba pensando cuando decidí ir a casa. Mi sangre sigue en la moqueta y estaré solo. ¿Podría ir a ver a Edgardo? No he estado nunca en su casa y no me parece la mejor hora para presentarme sin avisar.
Quiero irme, alejarme en mi coche de aquí, pero las llaves del vehículo están dentro de casa. Me debato unos segundos sobre si puedo o no soportar entrar en el apartamento el tiempo suficiente para encontrar las llaves. Decido que sí y le doy la vuelta a la llave.
Dentro flota el recuerdo a fresa de Tonya, y en segundo plano el del chico. ¿A qué huele? Es un olor dulce, un olor a niño, el olor de un niño que no puede dormir. Mantengo la cabeza en alto para evitar ver mi sangre en el suelo o en los cojines del sofá que tal vez estén aún dispersos por la moqueta. Encuentro las llaves en el armario de la cocina, las cojo y me voy a toda prisa. Incluso el ruido de la puerta al cerrarse es distinto.
Me subo en el coche. Decido que podría dormir aquí, en el aparcamiento, durante una hora, antes de tener que irme al trabajo. Pero estoy demasiado cerca de ellos: de los asaltantes, de su coche, de los vecinos cristianos, de todos los que participaron en el asalto por activa o por pasiva. Sopeso las alternativas: podría conducir hasta un parque y dormir; podría irme a desayunar; podría ir a casa de los Newton.
Esa parece ser la mejor idea. Cuando empecé a trabajar y estudiar a la vez, mis visitas a los Newton disminuyeron, pero dijeron que su puerta siempre estaría abierta para mí. Ahora, esta mañana, sé que necesito estar allí. Llamaré con suavidad a su ventana, la que da a la cocina, donde desayunan, y Gerald, que siempre se despierta muy temprano, abrirá la puerta y me dejará entrar encantado. Echaré una cabezada en su sofá, el sofá de módulos marrón que hay en la sala de la tele: durante una hora me regodearé en el lujo, aspirando el aroma a perros, ajo y ambientador que flota en la casa. Me sentiré a salvo, querido, aunque el resto de los Newton no se entere de mi presencia hasta que me haya ido.
Conduzco hacia su casa, que está solo a unos kilómetros de distancia: dejo atrás el desarraigo en el que vivo, tomo la autopista y veo los grandes almacenes que la bordean: penetro en las sombrías y zigzagueantes calles de caros jardines, vallas inmaculadas y buzones con forma de establos en miniatura. Cuando empecé a tratar con los Newton pasaba dos o tres días por semana en su casa: cenaba con ellos, vivía allí fines de semana enteros. Fuimos juntos a los partidos de los Atlanta Braves, al zoo, al cine. Era una familia muy atareada —Gerald estaba en el consejo de administración de tres ONG y trabajaba a todas horas, Anne llevaba una vida muy activa en la parroquia— y empecé a sentirme culpable del tiempo que buscaban para mí. Pero también sentía que ayudaba a Allison a comprender ciertas cosas, sobre la guerra, sobre Sudán e incluso sobre Alessandro, de manera que tal vez el beneficio era mutuo. Los conocía desde hacía unos meses cuando nos hicimos una foto en el jardín de su casa: Allison sentada en el césped, yo de pie junto a Gerald y Anne.
—Para la felicitación navideña —dijeron.
¿Lo había oído bien? ¿Iban a incluirme en sus felicitaciones de Navidad? Me la enviaron diez días después: la foto pegada a una gran tarjeta verde, los cuatro sonrientes en su frondoso jardín. El interior de la felicitación rezaba así: «Felices vacaciones y paz para el Año Nuevo, de parte de Gerald, Anne, Allison y Dominic (nuestro nuevo amigo sudanés)». Me sentí muy orgulloso de tener aquella felicitación, y orgulloso de mi papel estelar en ella. La colgué en la pared de mi cuarto, sobre la mesita. Al principio la tenía en el salón, pero algunos amigos sudaneses que venían de visita se habían mostrado celosos. Exhibir estas amistades no es de buena educación.
Pensar en aquella felicitación me reconforta y anhelo cruzar el arco de la puerta de casa de los Newton, pero cuando llego el plan me parece ridículo. ¿Qué estoy haciendo? Son las 4.48 de la mañana y he aparcado frente a una casa que está a oscuras. Miro a ver si distingo alguna luz, pero no hay ninguna. Así funcionan los refugiados: sin saber dónde está el límite de la generosidad de sus anfitriones. ¿Voy a llamar a su puerta cuando aún no son las cinco de la mañana? He perdido el juicio.
Conduzco calle arriba hasta la manzana siguiente, para que no me vean si alguien de la casa se despierta. Decido que me limitaré a esperar aquí hasta que llegue la hora de ir a trabajar. Puedo llegar antes, ducharme, tal vez incluso comprarme una camisa y unos pantalones en una de las tiendas. Me hacen un treinta por ciento de descuento en todas las prendas y ya he aprovechado esa ventaja con anterioridad. Me lavaré, compraré la ropa, me pondré presentable y no le diré a nadie lo que ha pasado. Estoy cansado de necesitar ayuda. Necesito ayuda en Atlanta, necesitaba ayuda en Etiopía y en Kakuma: ya estoy harto. Harto de ver familias, visitar familias, ser y no ser a la vez parte de esas familias.
Unas semanas después de mi conversación con Duluma, y de que Tabitha y yo nos riéramos de él, fui a ver a Bobby Newmyer a Los Ángeles. Celebraba una reunión de Niños Perdidos en la Universidad del Judaísmo. Catorce Niños Perdidos habían viajado hasta allí procedentes de varios estados para hablar sobre los planes de organización nacional, sobre una página web que iría siguiendo los progresos de todos los miembros de la diáspora, y quizá sobre una acción colectiva o algún pronunciamiento referente a Darfur. Estábamos ocupando nuestros asientos para comenzar los debates de la mañana cuando sonó mi teléfono. Como los Niños Perdidos parecemos tener problemas con el móvil —sentimos la necesidad de contestar al instante, en cualquier situación—, se habían impuesto reglas: no se permitían llamadas durante las reuniones. De manera que no atendí la llamada de Tabitha. Durante el primer receso escuché el mensaje del buzón de voz. Lo habían dejado a las diez y media de la mañana.
«Achak, ¿dónde estás? —preguntaba ella—. Llámame enseguida.» Le devolví la llamada y me salió el buzón de voz. Le dije que estaría ocupado todo el día. Te llamaré cuando terminen las reuniones. Ella volvió a llamar, pero para entonces yo ya había desconectado el teléfono. A las cuatro, cuando lo conecté de nuevo, la primera llamada fue la de Achor Achor.
—¿Ya te has enterado? —preguntó.
—¿De qué me tengo que enterar?
Hizo una pausa.
—Te volveré a llamar —me dijo.
Lo hizo unos minutos más tarde.
—¿Te has enterado de lo de Tabitha? —preguntó.
Le dije que no. Volvió a colgar. Supuse que Tabitha había estado intentando localizarme a través de Achor Achor y que al final se había enfadado; quizá había hecho algún comentario sobre mi lejanía, mi desapego. Era lo que solía decir siempre que no conseguía encontrarme.
El teléfono volvió a sonar. Era Achor Achor.
Me dijo lo que sabía: que Tabitha estaba muerta, que Duluma la había matado. Ella se había instalado en casa de su amiga Veronica para mantenerse a salvo del acoso de Duluma. Este la localizó, llamó y amenazó con presentarse allí. Tabitha se mostró retadora y pese a las protestas de Veronica le desafió a que fuera. Veronica no quiso abrir la puerta pero Tabitha no le tenía miedo. Con el bebé de Veronica en brazos, quitó la cadena. «Ya me ocupo yo de este desgraciado», le dijo a Veronica antes de abrir la puerta. Duluma se coló, cuchillo en mano. Apuñaló a Tabitha entre las costillas, el bebé salió por los aires. Mientras Veronica recogía a su hijo, Duluma derribó a Tabitha contra el suelo. Impotente, Veronica contempló cómo Duluma asestaba a Tabitha veintidós puñaladas. Por fin, él se calmó y se paró; se puso de pie, jadeante. Miró a Veronica y le dedicó una sonrisa triste. «Debo asegurarme de que está muerta», le dijo, y allí se quedó, sin apartar los ojos del cuerpo de Tabitha.
Cuando se cercioró de que Tabitha había muerto, Duluma salió del apartamento y se arrojó por un puente. Pregunté a Achor Achor si estaba muerto. No lo estaba. Lo habían llevado al hospital, con la espalda rota.
Salí de la sala de conferencias y me pasé un rato caminando solo, hasta el extremo del campus que daba a la autopista. El tráfico era denso, transmitía una sensación de velocidad e indiferencia. Era demasiado pronto para creer, para sentir. Sin embargo en esa hora que pasé solo tuve la seguridad de estar absolutamente solo. Viví sin Dios, aunque fuera solo durante un rato, y los pensamientos que poblaron mi mente fueron los más tenebrosos que esta ha conocido nunca.
Regresé a la conferencia y expliqué lo sucedido a Bobby y a unos cuantos más. Pusieron punto final a la charla e intentaron consolarme. Yo quería volar directamente a Seattle, pero Achor Achor me aconsejó que no lo hiciera. La familia había recibido un golpe demasiado duro, me dijo, y sus hermanos no querían verme. Yo aún no podía hacerme cargo de que hubiera muerto de verdad, así que aquel primer día pensé en causas y soluciones, en la venganza y en la fe.
—Dios tiene un problema conmigo —dije a Bobby mientras nos dirigíamos a casa. Él esperó un rato antes de contestar, e interpreté su silencio como una muestra de asentimiento.
—No, no —dijo por fin—. Eso no es cierto. Solo…
Pero yo estaba seguro de que había un mensaje dirigido a mí.
—Siento mucho todo esto —dijo Bobby.
Le dije que no hacía falta que lo sintiera.
Bobby intentó encontrar algo que decir, y me instó a no culparme, ni a leer designios divinos en el asesinato de Tabitha. Pero durante el trayecto fueron muchas las veces en que golpeó el volante, y gritó, y se mesó los cabellos.
—Quizá sea este estúpido país —dijo—. Quizá volvemos loca a la gente.
Hoy se cumplen cuatro meses de ese día. Aunque mi mente sigue sembrada de dudas y aunque he pasado muchas horas alejado de Dios, mi fe no se ha visto alterada, porque nunca he sentido que Dios interviniera directamente en asunto alguno. Tal vez mis maestros no me impartieron esa clase de enseñanzas: que Dios mueve los vientos que nos derriban o nos empujan. Y, sin embargo, con esta noticia, mientras íbamos a casa, me sentí distanciado de Dios. He tenido amigos de quienes luego he pensado que no eran buenos amigos, sino gente que reportaba más problemas que alegrías, y he encontrado la forma de apartarme de ellos. Ahora pienso lo mismo de Dios, de mi fe, que lo que pensé de esos amigos. Dios es mi vida, pero no dependo de él. Mi Dios no es un Dios en quien puedas confiar.
Tabitha, te amaré hasta que vuelva a verte. Estoy seguro de que hay algo pensado para los amantes como nosotros. En la otra vida, cualquiera que sea su forma, debe de haber algo pensado. Sé que no estabas muy segura de mí, que aún no me habías escogido del todo, pero ahora que te has ido deja que crea que te proponías elegirme para ser tu compañero. Aunque tal vez me equivoque: sé que recibías llamadas de otros hombres, además de mí y de Duluma. Éramos jóvenes. No habíamos hecho planes.
Tabitha, a menudo rezo por ti. He estado leyendo un libro escrito por la madre Teresa y el hermano Roger llamado Seeking the Heart of God, y siempre que lo releo encuentro diferentes fragmentos que parecen dedicados a mí, que describen lo que siento en tu ausencia. En el libro, el hermano Roger me dice lo siguiente: «Cuatrocientos años después de Cristo, un creyente llamado Agustín vivió en el norte de África. Había sufrido desgracias, la muerte de sus seres queridos. Un día fue capaz de decirle esto a Jesús: “Luz de mi corazón, no dejes que la oscuridad se apodere de mí”. En esas pruebas, san Agustín se dio cuenta de que la presencia de Jesús resucitado nunca le abandonó; era la luz en la niebla oscura».
Ha habido momentos en que esas palabras han sido una ayuda y momentos en que las he hallado huecas y poco convincentes. Pese al respeto que siento por estos autores, no tengo la impresión de que sepan cuáles son las dudas que se agazapan en los rincones más sombríos del alma. Con frecuencia aconsejan resolver esas dudas mediante la oración, lo que me parece tan frustrante como pensar que el hambre se alivia pensando en comida. Sin embargo, incluso en esos instantes de frustración, sigo buscando y leo otro fragmento que me transmite algo. Este es de la madre Teresa: «El sufrimiento, aceptado en su conjunto, asumido en su conjunto, es alegría. Recordad que la pasión de Cristo siempre termina con la alegría de la resurrección, así que cuando sintáis el sufrimiento de Cristo en vuestros corazones recordad que la resurrección está por llegar: la alegría de la Pascua debe surgir». E incluye una oración que he rezado muchas veces en estas últimas semanas, y que esta noche susurro en mi coche, en esta calle llena de árboles frondosos y de farolas ambarinas.
Jesús, haz que nos demos cuenta
de que solo a través de las frecuentes muertes de nosotros mismos y de nuestros deseos egoístas
llegaremos a disfrutar de una vida plena;
porque solo quien muere contigo
se elevará a tu lado.
Tabitha, en estos meses que he vivido sin ti, en los que primero me pregunté dónde estarías, si en el cielo, en el infierno o en algún purgatorio, he sido acosado por los pensamientos más intolerables, ideas de homicidio y de suicidio. He luchado con fuerza para contener el daño que querría infligir a Duluma y para vencer la futilidad que he percibido en mi existencia durante los momentos más amargos. He hallado cierto consuelo en el consumo nocturno de alcohol. Dos cervezas me ayudan a dormir, aunque sea un sueño intranquilo. Achor Achor ha estado muy preocupado por mí, pero ha visto que mejoraba. Sabe que ya he pasado por eso antes, que ya me he asomado en otras ocasiones al borde del abismo del suicidio y me he alejado de él.
Nunca te hablé de esos días oscuros, Tabitha, que ocurrieron cuando yo era mucho más joven. Achor Achor tampoco los conoce, y si hubiéramos estado juntos tal vez yo no me habría hundido tanto. Nos separaron en Golkur, aunque ambos nos dirigíamos a Kenia, a Kakuma. Íbamos por el mismo camino, pero a días de distancia. La última vez que había visto a Achor Achor, este se hallaba en una tienda médica de Save the Children, recibiendo tratamiento por deshidratación. Yo fui cobarde: creí que moriría y no pude soportarlo. Me escapé sin despedirme. Me fui del campamento con otro grupo; deseaba alejarme de esa muerte inminente, de cualquier muerte, así que me uní a uno de los primeros grupos que partieron hacia el viento y el desierto que nos aguardaban en Kenia.
En esos últimos días de camino, Tabitha, caminé en penumbras. Tenía los ojos casi cerrados; iba ciego, intentaba levantar los pies para no tropezar, pero casi no tenía fuerzas ni para arrastrarlos por la tierra. En mi cabeza imperaba la fatiga y la desorientación, exactamente igual que esta mañana, Tabitha, en que he sido golpeado y te echo de menos. Esa noche, cuando caminaba a trompicones como un crío pequeño, me pareció un buen momento para morir. Podía seguir viviendo, sí, pero mis días empeoraban en lugar de mejorar. Mi vida en Pinyudo empeoró con los años, y temía que Achor Achor hubiera muerto. Y ahora eso: un viaje hacia Kenia, un viaje sin promesas. Recordé los pensamientos de cascadas y edificios que alentaron el camino hasta Etiopía, y la decepción sufrida cuando, una vez cruzada la frontera, solo encontré la misma miseria que habíamos dejado atrás. Dios nos lo había dejado claro durante años a los chicos como yo. Nuestras vidas no valían mucho. Dios había encontrado innumerables maneras de matar a chicos como yo, y sin duda encontraría muchas más. El gobierno de Kenia podía ponerse en contra de nosotros como sucedió en Etiopía, y habría otro río Gilo. Me dije que no podría soportarlo. Sabía que si eso sucedía de nuevo, no hallaría en mí las fuerzas para correr, nadar o salvar a un bebé tranquilo.
De manera que aquella noche dejé de andar. Me senté y vi pasar a los chicos. Solo parar ya supuso un alivio enorme. Estaba tan cansado… Estaba mucho más cansado de lo que creía, y cuando me senté en la carretera caliente sentí un alivio mayor del que había conocido nunca. Mi cuerpo acogió el descanso con tantas ganas que me pregunté si podía limitarme a cerrar los ojos y fallecer como había hecho William K. No me sentía tan próximo a pasar de este mundo al otro, pero tal vez tampoco lo había sentido William K. William K se había sentado a descansar, y a los pocos minutos había muerto. De manera que apoyé la cabeza en la carretera y miré al cielo.
—Hey, levanta. Te van a atropellar.
Era la voz de un chico que pasaba. No dije nada.
—¿Estás bien?
—Sí —dije—. Sigue andando, por favor.
Hacía una noche espléndida, las estrellas parecían haber sido desparramadas al azar por el cielo.
Cerré los ojos, Tabitha, e intenté evocar la imagen de mi madre. La imaginé vestida de amarillo, el amarillo del sol de la tarde, caminando por el sendero. Me encantaba verla descender por el camino hacia mí, y en mi visión la hice recorrer el sendero completo. Cuando llegó a mi lado le dije que estaba demasiado cansado para continuar, que sufriría más y vería sufrir a otros, para luego esperar a que llegaran nuevos sufrimientos. En mi visión no dijo nada: ignoraba qué habría dicho mi madre en esta situación, así que la dejé callada. Luego la borré de mi mente. Me parecía que para morir tenía que despejar la mente de todo pensamiento, toda visión, y concentrarme en ese último viaje.
Esperé. Aguardé a la muerte con la cabeza apoyada en la tierra. Todavía oigo el ruido de los pasos de los chicos, pero ellos pronto dejaron de molestarme, lo que me pareció una bendición. Quizá creyeron que ya estaba muerto. Quizá ni siquiera podían verme con la oscuridad y el viento. Me sentía como si estuviera al borde de algo, aunque solo fuera de un sueño profundo, cuando unos pies se pararon. Sentí una presencia que se cernía sobre mí.
—No pareces muerto.
No hice caso; era la voz de una niña.
—¿Estás dormido?
No respondí.
—Te he preguntado si estás dormido.
Aquella voz en mi oreja era un error. Me quedé inmóvil.
—Veo cómo aprietas los ojos. Sé que estás vivo.
La maldije con todo mi corazón.
—No puedes dormir en la carretera.
Seguí intentando abandonar la tierra cerrando los ojos.
—Ábrelos.
Los mantuve cerrados y los apreté aún más.
—No se puede dormir haciendo tanta fuerza.
Eso era verdad. Abrí los ojos lo bastante como para ver una cara, a no más de diez centímetros de la mía. Era una niña, un poco mayor que yo. Una de las pocas niñas del grupo.
—Por favor déjame en paz —susurré.
—Te pareces a mi hermano.
Volví a cerrar los ojos.
—Está muerto. Pero te pareces mucho a él. Levántate. Somos los últimos.
—Por favor. Estoy descansando.
—No puedes descansar en la carretera.
—Lo he hecho otras veces. Por favor márchate.
—Entonces me quedaré contigo.
—No me moveré de aquí nunca.
Ella me cogió de la camisa y tiró.
—Vamos. No digas tonterías. Levanta.
Me levantó del suelo y caminamos. La niña se llamaba Maria.
Decidí que era más sencillo andar a su lado que discutir con ella en la oscuridad. Podía morir al día siguiente; ella no me vigilaría a todas horas. De manera que anduve con ella para complacerla, para acallarla, y al amanecer estábamos en mitad del desierto con diez mil personas más. Nos dijeron que ese iba a ser nuestro nuevo hogar. Nos quedamos en esa tierra y esperamos todo el día mientras los vehículos de la Cruz Roja llegaban cargados de más gente a un lugar tan polvoriento y desolado que ningún dinka se habría planteado nunca quedarse en él. Era un terreno árido, uniforme, azotado por un viento constante. Pero en mitad de ese desierto crecería una ciudad. Era Lokichoggio, que pronto se convertiría en el escenario de la ayuda internacional para la región. Una hora al sur estaba Kakuma, escasamente poblado por unos pastores de Kenia conocidos como turkanas, pero que en un año albergaría también a cuarenta mil refugiados sudaneses. Ese sería nuestro hogar durante un año, dos; luego cinco, diez. Diez años en un lugar donde nadie, nadie salvo los más desesperados, se plantearía la posibilidad de quedarse ni un día entero.
Tú estabas allí, Tabitha. Estabas allí conmigo entonces y creo que estás conmigo también ahora. De la misma forma en que una vez imaginé a mi madre caminando hacia mí, con un vestido del color de un sol gigantesco, ahora me consuelo imaginándote en las escaleras automáticas con la camisa rosa, tu cara ovalada iluminada por una sonrisa espléndida mientras el mundo entero se paraliza a tu alrededor.