Qué es el qué
Capítulo 20
20
Casi fui soldado, Julian. Me salvó una masacre.
Pinyudo fue cambiando poco a poco, y luego me sentí como un tonto por no haberme percatado de cuál era el plan. Ahora creo que ellos, los miembros del ELPS, lo habían diseñado todo desde el principio. Si de verdad actuaron con esa deliberación, mi reacción es de asombro y horror a partes iguales.
Tal y como lo veo, la estrategia empezó un día, a principios del verano, cuando todos los chicos se entregaban a bailes y celebraciones. Yo me hallaba con Los Once; cenábamos bajo el techo de un cielo húmedo y gris.
—¡Viene Garang! —gritaban los chicos que pasaban frente a nuestro refugio.
—¡Viene Garang! —bramó otro chico, este adolescente. Corría como un crío.
—¿Quién viene? —pregunté a este último.
—¡Garang!
—¿Quién? —pregunté. Había olvidado los detalles de las lecciones que nos dio Dut.
—¡Chist! —me reprendió el adolescente, mientras miraba a su alrededor por si alguien nos escuchaba—. Garang, el líder del ELPS, idiota —susurró antes de irse.
Cierto: venía John Garang. Aunque había oído su nombre, sabía muy poco de él. Los mayores realizaron el anuncio oficial de dicha visita después de la cena. Visitaron todos los barracones —ahora vivíamos en edificios de ladrillo, grises y fríos pero sólidos— y a partir de ahí el campamento se sumergió en un estado de caos. Nadie durmió. Yo no disponía de mucha información sobre John Garang, solo la que me había proporcionado Dut tiempo atrás, pero en los días que precedieron a su visita esta fluyó de manera libre y sin censuras.
—Es doctor.
—No doctor en medicina, doctor en Agricultura. Estudió en Estados Unidos. En Iowa.
—Posee un título en Agricultura por una universidad de Iowa.
—Es el sudanés vivo más inteligente.
—Fue un soldado condecorado. El mejor soldado dinka.
—Es del Alto Nilo.
—Mide metro noventa y es fuerte como un rinoceronte.
Contrasté la información con el señor Kondit y descubrí que en su mayor parte era correcta. Garang había obtenido un doctorado en Iowa, algo que me pareció tan exótico que al instante me invadió una fe absoluta: este hombre sería capaz de llevar al nuevo Sudán hasta la victoria y el resurgimiento.
Antes de su llegada nos hicieron limpiar a fondo nuestras moradas y las de los maestros, y luego la carretera que llevaba a Pinyudo. Se decidió pintar las piedras que bordeaban el camino; se distribuyeron botes de pintura y las piedras fueron pintadas, alternativamente, en rojo y azul. El día de la visita el campamento estaba más bello que nunca. Yo me sentía orgulloso. Aún recuerdo ese sentimiento; éramos capaces de hacer esto, de crear vida a partir de nada.
El día de la visita el frenesí se adueñó de Pinyudo. Nunca había visto a los mayores tan nerviosos y asombrados a la vez. La visita de Garang debía realizarse en la zona de desfiles, con todo el mundo presente. Mientras Moses y yo nos reuníamos por la mañana con el resto del campamento, la multitud rebasó todas mis expectativas. Era la primera vez que presenciaba el auténtico volumen humano: éramos cuarenta mil personas en un solo lugar, una visión difícil de asumir. Había soldados del ELPS por todas partes: centenares de ellos, desde adolescentes hasta los veteranos más encallecidos por la guerra.
Los dieciséis mil chicos que formábamos el grupo de los menores solos tomamos asiento justo frente al micrófono y, mientras aguardábamos a John Garang, los cuarenta mil refugiados de Sudán entonaron canciones. Cantamos melodías tradicionales del sur de Sudán y canciones nuevas compuestas para la ocasión. Uno de los chicos había escrito la letra de este tema:
Presidente John Garang,
presidente John Garang,
un presidente valiente como el búfalo, el tigre y el león de la tierra de Sudán.
¿Cómo se liberará Sudán si no es gracias al enorme poder que poseemos? Al inmenso poder que posee el presidente.
¡Mirad a Sudán! Parece las ruinas de la Época Oscura.
¡Mirad al presidente: al Doctor!
Lleva un arma sofisticada,
mirad a John Garang,
lleva un arma sofisticada
Las raíces se han desarraigado,
Las raíces se han desarraigado.
Sadiq El Mahdi persiste como única raíz
y John lo arrancará de nuestra tierra
Lucharemos para liberar la tierra de Sudán.
¡Lo haremos! Con el AK-47
y los batallones del Ejército Rojo
iremos
armados con rifles en la mano izquierda
y lápices en la derecha,
¡a liberar nuestro hogar, oh, oh!
Cuando acabó la canción, volvimos a cantarla desde el principio y por fin llegaron los guardias, los soldados que precedían al propio Garang. Treinta hombres avanzaron por la zona y rodearon el escenario, todos armados con AK-47 y mirándonos con la sospecha en los ojos.
No me gustó su presencia. Había demasiadas armas, y los hombres parecían inquietos y adustos. Mi ánimo, eufórico por los cantos y los aplausos, se ensombreció. Confié esos sentimientos a Isaac, el otro chico conocido como Alejado.
—Están aquí para proteger a Garang, Alejado. Relájate.
—¿Protegerlo de quién? ¿De nosotros? No está bien que haya hombres armados por todas partes.
—Si no estuvieran alguien lo mataría. Lo sabes.
Finalmente entró la cúpula: el comandante en jefe William Nyuon Bany, el comandante Lual Ding Wol, y por último el presidente Garang en persona.
Era sin duda un hombre grande, de amplio pecho y con una extraña barba gris, desaliñada y rebelde. Tenía una frente amplia y redonda, ojos pequeños y brillantes y un mentón prominente. Su presencia imponía; se adivinaba a la legua que era un líder nato.
—Es un gran hombre —susurró Moses.
—Este hombre es Dios —dijo Isaac.
Garang levantó las manos con aire triunfal y una fiebre de euforia se extendió entre los adultos, sobre todo entre las mujeres, que aullaron, levantaron los brazos y entornaron los ojos. Los adultos y reclutas bailaban, agitando los brazos como posesos. Se entonaron más canciones en su honor.
Colocaremos la bandera de Sudán,
cambiaremos la bandera de Sudán
porque Sudán está confundido.
Sadiq El Mahdi está corrupto,
Wol Wol está corrupto.
El ELPS tiene un cuchillo, dispuesto en el cañón del AK-47, hombres valientes que no conocen el miedo,
su sangre nos hará libres.
Ejércitos Rojos: soldados del Doctor,
lucharemos hasta que Sudán quede libre.
¿El que sufre picaduras de mosquito, sed y hambre?, ese es un auténtico liberador,
su sangre hará de Sudán un país libre.
Luego tomó la palabra John Garang.
—Aprovecho esta oportunidad para hacer extensivo mi saludo revolucionario y mi aprecio a todos y cada uno de los soldados del ELPS que luchan en los campos de batalla, y que, en condiciones adversas, han conseguido y siguen consiguiendo victorias gigantescas, contundentes contra los gobiernos de tiranos y opresores.
Un rugido brotó de los cuarenta mil congregados.
—Semidesnudos, descalzos, hambrientos, sedientos y enfrentados a un puñado de penalidades, los soldados del ELPS han demostrado al mundo entero que ningún obstáculo de la vida puede apartarlos de la causa del pueblo y de la justicia de su lucha. El soldado del ELPS ha puesto en evidencia una vez más esa antiquísima experiencia, tan antigua como la humanidad, que versa sobre la capacidad de resistencia y decisión ante los retos para lograr la dignidad y la justicia.
Pensé que era un orador brillante, el mejor que había oído nunca.
Escuchaba a John Garang, pero al mismo tiempo observaba a los soldados que le rodeaban. Sus ojos recorrían la multitud. Garang habló del nacimiento del ELPS, de injusticias, de petróleo, discriminación racial, sharía, de la arrogancia del gobierno de Sudán, de su expolio de las tierras del sur de Sudán, de los murahaleenes. Luego habló del menosprecio con que Jartum había tratado a los dinkas. De cómo el ELPS ganaba la guerra. El discurso duró horas, y por fin, cuando anochecía, su voz se fue extinguiendo.
—¡Por el soldado del ELPS —gritó—, dondequiera que esté, haga lo que haga, ya esté en acción o camuflado, enfrentado a retos, a sus propios sentimientos, cualquiera que sea su estado en este momento! Yo te saludo y te felicito, soldado del ELPS, por tus heroicos sacrificios y tu resolución de perseguir ese único objetivo de reconstruir un nuevo Sudán. ¡Miradnos! ¡Nosotros construiremos un nuevo Sudán!
El rugido pareció abrir la tierra en canal. Las mujeres volvieron a aullar y los hombres gritaron. Me tapé los oídos con las manos para amortiguar el ruido, pero Moses me las apartó de un manotazo.
—Pero queda mucho trabajo por hacer —prosiguió Garang—. Queda un largo trecho por recorrer. Vosotros, chicos —y en ese momento Garang señaló a los dieciséis mil chicos sentados frente a él—, vosotros lucharéis las batallas del mañana. Lucharéis en los campos de batalla y en las aulas. Las cosas cambiarán en Pinyudo a partir de ahora. Ahora debemos tomarlo en serio. Esto no es simplemente un campamento de espera. No podemos esperar. Vosotros, jóvenes, sois las semillas. Las semillas del nuevo Sudán.
Esa era la primera vez que nos llamaban Semillas, pero a partir de entonces el nombre cuajó. Todo cambió en Pinyudo después del discurso. Cientos de chicos partieron de inmediato para iniciar su entrenamiento en el cercano campamento militar de Bonga, dirigido por el ELPS. Los maestros se unieron a ellos, la mayoría de hombres de entre catorce y treinta años se fueron a Bonga, y las escuelas se reorganizaron en torno al resto de alumnos y profesores.
También Moses creía que había llegado el momento.
—Quiero entrenarme.
—Eres demasiado pequeño —dije.
Yo me veía a mí mismo demasiado pequeño, y por tanto también a Moses.
—Se lo pregunté a un soldado y me dijo que ya era lo bastante mayor.
—¿Y me dejarás aquí?
—Puedes venir. Deberías venir, Achak. ¿Por qué estamos aquí sino?
Yo no quería entrenar. Pinyudo estaba lleno de chicos violentos, pero yo nunca había llevado la violencia en la sangre. Cuando los chicos querían luchar, boxear, como pasatiempo y prueba de su valor —y en Pinyudo, una vez hubimos recuperado las fuerzas, los chicos querían ponerlo a prueba sin motivo alguno—, yo no hallaba la inspiración dentro de mí. Si la lucha no era entre amigos, como gesto amistoso, no conseguía despertar en mí el menor interés. Quería ir al colegio, solo quería ver a las Princesas, disfrutar de las comidas que hacía su madre y encontrar lo que escondían debajo de la ropa.
—¿Quién luchará en la guerra si no los hombres como nosotros? —dijo Moses.
Pensaba que éramos hombres: había perdido la razón. No pesábamos ni cuarenta kilos y nuestros brazos eran como cañas de bambú. Pero nada de lo que dije pudo disuadir a Moses, que esa misma semana partió hacia el campamento militar. Se unió al ELPS, y no volví a verlo hasta tiempo después.
Fue un verano lleno de trabajo y convulso. Poco después de la partida de John Garang, otro carismático comandante joven del ELPS llegó a Pinyudo. Y venía a quedarse. Se llamaba Mayen Ngor y traía una misión consigo. Como Garang, era experto en técnicas agrícolas y se asignó la tarea de irrigar la tierra que rodeaba el río. Lo vimos un día, alto, vestido de blanco como un cisne, seguido de cuatro secuaces, más bajos y más vulgares, sus ayudantes, vestidos con uniformes de trabajo, que se encargaban de demarcar vastos terrenos de tierra sin cultivar. Regresó al día siguiente, con un grupo de etíopes y varios tractores, y a una velocidad increíble araron el suelo y lo dividieron en docenas de rectángulos precisos que partían desde el agua. Mayen Ngor era un hombre muy eficiente al que le gustaba hablar de su gusto por la eficiencia.
—¿Veis lo deprisa que está pasando esto? —nos preguntó. Nos había congregado a unos trescientos a orillas del río con el fin de explicarnos sus planes y el papel que jugábamos en ellos—. Toda esta tierra que tenéis delante de vosotros, absolutamente toda, es comida en potencia. Si conseguimos cultivar esta tierra con inteligencia, ella nos proporcionará toda la comida necesaria, gracias al río y al trabajo que invirtamos en ello.
Pensamos que era una buena idea, pero no nos cabía la menor duda de que los aspectos más difíciles del trabajo agrícola quedarían en manos de los menores, como así fue. Mayen Ngor dedicó semanas a instruirnos en el manejo de azadas, palas, carretillas, hachas y hoces, y nosotros pusimos manos a la obra en cuanto la gran maquinaria etíope desapareció. Mientras trabajábamos y finalmente plantábamos semillas de tomates, judías, maíz, cebollas, bellotas y sorgo, Mayen Ngor, con los ojos iluminados por las visiones del botín que nos daría esa tierra, caminaba entre nosotros, haciendo proselitismo.
—¿Cómo te llamas, jaysh al-ahmar? —me preguntó un día.
Los Once, que trabajaban conmigo, se percataron de la presencia de aquel gran hombre entre nosotros. Dije a Mayen Ngor cómo me llamaba, pero prefirió no usar mi nombre.
—Jaysh al-ahmar, ¿tienes idea del aspecto que tendrá esta tierra cuando hayáis terminado? ¿Ves que toda esta tierra es comida en potencia?
Le dije que sí, y que solo pensarlo me causaba una gran emoción.
—Bien, bien —dijo él. Su mirada recorrió las filas de centenares de chicos encorvados sobre palas y azadones. La imagen de todos esos chicos demacrados trabajando al sol le llenó de placer—. ¡Toda! ¡Toda es comida en potencia!
Y luego se alejó de nosotros a grandes zancadas.
Cuando ya no podía oírnos, las carcajadas estallaron a mi alrededor: Los Once apenas podían contenerse. Ese día Mayen Ngor fue rebautizado como el señor Comida en Potencia. Durante meses señalábamos cualquier cosa —una piedra, una pala, un camión— y exclamábamos: «¡Comida en potencia!». Achor Achor realizaba la mejor imitación y llevó su actuación aún más lejos. Señalaba objetos al azar y, con la mirada perdida en el horizonte, proclamaba: «¿Ves ese árbol, jaysh al-ahmar? Comida en potencia. ¿Esa rueda? Comida en potencia. ¿Esa montaña de estiércol, esa pila de zapatos viejos? ¡Comida en potencia!».
Con la llegada del otoño el campamento sufrió una transformación aún más completa: se había convertido en un lugar militarizado, regulado por rígidas normas; nosotros teníamos asignadas constantes y variadas tareas, y empezábamos a comprender que nos hallábamos allí con un único propósito: ser alimentados y engordados hasta que pudiéramos luchar cuando fuéramos lo bastante mayores o cuando el ELPS estuviera lo bastante desesperado como para recurrir a nosotros. Lo que sucediera antes. Muchos maestros habían vuelto del entrenamiento en Bonga, y empezaron los desfiles. Todas las mañanas salíamos al campo y nos colocábamos en filas, y entonábamos himnos a coro con los mayores. Luego, usando los aperos de labranza como si fueran AK-47, desfilábamos por toda la zona, siempre cantando canciones patrióticas. Cuando terminaba el desfile, se nos impartían las órdenes del día y se nos informaba de las nuevas reglas. Abundaban las indicaciones y las prohibiciones.
—Sé que la mayoría de vosotros está aprendiendo inglés —dijo un día un nuevo maestro. Acababa de llegar de Bonga y con el tiempo recibiría el apodo de comandante Secreto—, y que a algunos se os da bastante bien. Sin embargo, debo advertiros que esto no significa que podáis usar ese idioma para hablar con ninguno de los cooperantes que hay por aquí. No estáis autorizados a hablar con nadie que no sea sudanés, ya sea blanco o negro. ¿Está claro?
Afirmamos que estaba muy claro.
—Si en algún momento un cooperante os hace una pregunta, seguid estas pautas: en primer lugar, mostraos lo más tímidos posible. Es mejor para este campamento y para vosotros personalmente que no habléis con los cooperantes, incluso en el caso de que os formulen una pregunta. ¿Está claro?
Asentimos a la pregunta del comandante Secreto.
—Una última cosa: si alguna vez os preguntan algo del ELPS, debéis decir que no sabéis nada de eso. No sabéis lo que es el ELPS, nunca habéis visto a uno de sus miembros, ni siquiera tenéis la menor idea de qué significan esas iniciales. Sois únicamente un grupo de huérfanos que vive y estudia aquí por cuestión de seguridad. ¿Está claro?
Esto no nos quedaba del todo claro, pero a medida que pasaban los meses la dicotomía entre la ONU y el ELPS se fue aclarando cada vez más. A medida que aumentaba la presencia de la ONU, y la subsiguiente llegada mensual de cargamentos de utensilios y equipamientos, la influencia del ELPS en el campamento también crecía. Y las dos facciones se repartían el día en partes iguales. Antes del anochecer, el campamento se dedicaba a la educación y la nutrición: nosotros asistíamos a clase, comíamos de forma saludable y ante los observadores de la ONU parecíamos ser una masa de menores sin padres. Pero por la noche el ELPS se apoderaba del campamento. Era entonces cuando el ELPS se apropiaba de una parte de nuestra comida y de la del resto de refugiados, y era entonces cuando se llevaban a cabo las operaciones y se hacía justicia. Cualquier chico que hubiera desobedecido o se hubiera portado mal era azotado, y para muchos de estos chicos tan esqueléticos, las palizas podían tener consecuencias muy graves, fatales incluso. Dichos castigos se realizaban por la noche, desde luego, a escondidas de los observadores internacionales.
Entre los chicos del campamento había división de opiniones sobre los líderes rebeldes. Muchos, tal vez la mayoría, se mostraban impacientes por iniciar el entrenamiento en Bonga, por tener un rifle en las manos, por aprender a matar, por vengar a sus pueblos, por matar árabes. Pero también había bastantes como yo, que se sentían al margen de la guerra, que solo querían aprender a leer y a escribir, y que esperaban que llegara el final de toda esta locura. Y el ELPS no ponía las cosas fáciles a los que querían luchar con ellos, en su ejército. Yo llevaba meses oyendo cosas sobre la dureza que imperaba en Bonga, sobre lo difícil que era el entrenamiento, sobre lo tremendo y despiadado que resultaba. Yo sabía que había chicos que morían allí, aunque las explicaciones de esas muertes variaban. Era imposible confirmarlas. Agotamiento, palizas. Había chicos que intentaban escapar y recibían un tiro. Había chicos que perdían el rifle y recibían un tiro. Ahora sé que parte de esas noticias eran falsas, pero entre tanto misterio y tanta exageración había algo de verdad. Los que habían ido a luchar contra los árabes tenían que empezar luchando contra sus mayores. Pese a ello, todas las semanas había chicos que abandonaban la relativa paz y comodidad de Pinyudo por voluntad propia para irse a Bonga. Entre el verano y el invierno perdimos así a cuatro de Los Once, y todos acabaron muertos. Machar Dieny combatió y murió en el sur de Sudán en 1990. Mou Mayuol se unió al ELPS y murió en Juba en 1992. Aboi Bith se afilió al ELPS y murió en Kapoeta en 1995. Debía de tener catorce años. Los niños no son buenos soldados. Ese era el problema.
Nuestra rutina se había alterado por completo. Donde antes había horas de clase, fútbol, y tareas simples como ir a buscar agua, ahora imperaba el esfuerzo físico, además del agrícola, y otros trabajos que éramos simplemente demasiado jóvenes para realizar.
Todas las mañanas, después del desfile, los mayores repartían las tareas. Señalaban a un grupo y decían:
—Vosotros ayudaréis a la esposa del comandante Kon a construir un corral para las cabras.
Y a otro grupo:
—Vosotros iréis a la selva a por leña.
Otro:
—Ayudaréis a este superior a construir una casa nueva para sus primos.
Una vez finalizadas las clases y la comida, ya sabíamos lo que nos tocaba hacer.
Me pasé dos semanas construyendo una casa para un amigo de mi profesor de biología. Nos requerían para cualquier tarea, ya fuera grande o pequeña. Plantábamos semillas en los jardines, construíamos casetas. Hacíamos la colada de cualquier adulto que lo pidiera. Muchos miembros del ELPS habían traído consigo a sus familias a Pinyudo mientras ellos se sometían al entrenamiento en Bonga. Nosotros hacíamos sus coladas en el río, llevábamos agua a las esposas de los oficiales y realizábamos cualquier tarea que se les ocurriera. No recibíamos pago alguno por nuestro trabajo, y no podíamos pedir ni esperar siquiera un vaso de agua por parte de quien se beneficiaba de nuestro esfuerzo. Una vez se me ocurrió pedir algo de beber después de que yo y Los Once —en realidad diez porque Isaac se había hecho el enfermo— hubiéramos terminado la construcción de una casa para la familia de un oficial recién llegado. Nos acercamos a la puerta de la cabaña, una puerta que acabábamos de colocar, y fuimos recibidos por la esposa del oficial que nos miró con expresión huraña.
—¿Agua? ¿Estáis de broma? Fuera de aquí, mosquitos. ¡Bebed de los charcos!
A menudo el trabajo se prolongaba hasta la noche. Otras veces, cuando quedábamos libres a media tarde, podíamos jugar. Se jugaba al fútbol por todas partes de Pinyudo, partidos que no solían tener porterías ni límites. Un chico cogía la pelota —siempre había nuevos balones disponibles que, según se decía, eran regalos de John Garang— y empezaba a jugar con ella, aunque enseguida le asaltaban cien chicos que solo querían tocarla. Sin embargo, incluso a esas horas uno de los mayores podía tener una inspiración repentina.
—¡Eh, vosotros! —gritaba a la masa de niños desnudos que perseguía la pelota entre nubes de polvo—. Vosotros tres, venid aquí. Tengo un trabajo para vosotros.
Y obedecíamos.
Nadie quería internarse en la selva, ya que en ella desaparecían los chicos. Las primeras dos víctimas fueron célebres por haber sido devorados por leones, y a partir de ahí ir a la selva en busca de materiales de construcción se convirtió en una tarea que todos intentábamos eludir. Había chicos que enloquecían al recibir la orden de ir a la selva a cumplir algún encargo. Se escondían en los árboles. Huían. Muchos se fueron a Bonga, a entrenarse para ser soldados, solo por evitar aquella selva que se tragaba a los chicos. La situación empeoró a medida que transcurrían los meses. El botín que salía de la selva se terminaba todos los días, de manera que los chicos que iban en busca de hierba, palos o leña tenían que aventurarse aún más lejos para obtenerlo. Muchos no volvían, pero el trabajo seguía: las obras de construcción crecían día tras día.
Un día se produjo un vendaval que derribó los tejados de docenas de las casas de los mayores. A seis de nosotros se nos asignó la tarea de reconstruirlos; Isaac y yo estábamos atareados con eso cuando nos encontró el comandante Secreto.
—Vosotros dos, a la selva. No tenemos leña.
Intenté adoptar el tono más formal y educado al contestar:
—No, señor. Podría ser devorado por un león.
El comandante Secreto se irguió, furioso.
—¿Quieres que te azote?
Eran las palabras más deliciosas que yo había oído nunca. Prefería gustoso una paliza si me salvaba del riesgo de morir devorado. El comandante Secreto me llevó a los barracones y me pegó en las piernas y el trasero con una vara, con fuerza pero sin maldad. Cuando hubo terminado, me esforcé por disimular una sonrisa; salí sintiéndome victorioso, incapaz de contener una canción que canté para mis adentros y al aire nocturno.
Poco después ningún chico quiso ir a la selva y las palizas se multiplicaron. Y, con el aumento de palizas, crecieron los métodos para minimizar su impacto. Se estableció un sistema de intercambio de ropa entre aquellos que iban a ser azotados. Lo normal era que dichos castigos se anunciaran unas horas antes, y el destinatario de la paliza tenía tiempo para pedir tanta ropa interior y pantalones cortos como pudiera ponerse sin llamar la atención. Gracias a Dios, las zurras tenían lugar por la noche, así que el relleno adicional que llevábamos pasaba desapercibido.
Unas semanas más tarde, los maestros, por puro agotamiento o en un intento de fomentar una especie de disciplina militar entre nosotros, nos ordenaron azotarnos unos a otros por cualquier mala acción cometida. Aunque al principio hubo chicos que obedecieron esas órdenes con entusiasmo —y acabaron pagando por ello—, al final se instauró un sistema mediante el cual el azotador daba golpes al suelo, en lugar de al trasero de la víctima, mientras ambos emitían los jadeos de esfuerzo y dolor que se esperaba oír de ellos.
El nuevo orden militar era fastidioso, pero por otro lado estábamos fuertes y nadie moría. La mayoría seguíamos ganando peso, y podíamos trabajar y correr. La comida no escaseaba, y, de hecho, resultaba la única excusa perfecta para librarse del trabajo de las tardes. A cada uno de los miembros de los grupos de doce se le asignaba un día de cocina, en el que ese chico estaba autorizado a faltar a clase y al trabajo de la tarde porque estaba atareado cocinando para los otros once. La comida se distribuía una vez al mes, en camiones. La transportábamos al campamento, donde la almacenábamos en una serie de cobertizos desvencijados. Los sacos, llenos de harina de maíz, judías blancas, lentejas y aceite vegetal, eran tan grandes como muchos de nosotros y a menudo hacían falta dos chicos para cargar con ellos.
Cada doce días me tocaba un día libre, y ese era un buen día. La noche anterior me dormía con una sonrisa en los labios, y a medida que se acercaba el día mi humor se acercaba más a la alegría. Cuando por fin llegaba la ansiada jornada me quedaba durmiendo después de que Los Once se hubieran ido a desfilar y al colegio, y una vez despierto, pensaba en lo que haría de comer. Lo pensaba mientras iba al río a buscar agua y en el camino de regreso. La sopa era el plato básico del almuerzo, pero cuando me llegaba el turno intentaba hacer una sopa que no fuera de lentejas. La sopa de lentejas era el plato de cada día, y la mayoría de Los Once se conformaban con hacerlo y comerlo, pero, al ser el líder del grupo, yo intentaba hacer algo mejor, algo que hiciera que Los Once se sintieran extraordinarios.
Revisaba las provisiones que teníamos para ver si había algún excedente de algo que pudiera intercambiar. Por ejemplo, si disponíamos de un extra de arroz, podía cambiarlo en el río por un pescado y hacer sopa de pescado, algo que a Los Once les encantaba. Mientras ellos estaban en el colegio, yo me ocupaba de preparar la sopa, y pensaba en la cena. Pero no necesitaba todas las horas del día para hacer sopa, así que me quedaba tiempo libre. Incluso si uno de los mayores me encontraba descansando, yo podía decirle: «Hoy me toca cocina», y me dejaba en paz. Era esencial ser un cocinero bueno y responsable.
Yo era un cocinero excelente, pero al principio servir la sopa resultaba difícil. En los inicios del campamento no había platos ni cubiertos, así que la comida, sopa incluida, se servía en los sacos donde venía el grano. Los sacos eran sólidos y confeccionados a base de plástico grueso, así que la sopa no se filtraba. Muchos meses después llegó un cargamento de cubiertos y más adelante otro de platos: había un plato de aluminio para cada uno. Nadie desayunó nunca en todo el tiempo que permanecimos en Pinyudo, pero con el tiempo empezamos a tomar té por las mañanas, aunque el té no constaba en los repartos. Teníamos que cambiar parte de nuestra ración en la ciudad para conseguir azúcar y té. Cuando no había nada que cambiar por el azúcar, o las tiendas se quedaban sin, aprendíamos a cazar abejas y a extraer miel de sus colmenas.
Un día estaba yo cocinando cuando uno de mis vecinos, un chico de cara redonda llamado Gor, se me acercó corriendo. Era evidente que traía noticias, pero como no éramos amigos se le veía molesto de tener que compartirlas precisamente conmigo a falta de alguien mejor.
—¡Estados Unidos ha invadido Kuwait e Irak!
Yo no sabía qué eran Kuwait o Irak. Gor era un chico listo, pero me sorprendió el alcance de sus conocimientos sobre temas de actualidad mundial. Tenía entendido que en Pinyudo todos recibíamos la misma educación, y sin embargo había desigualdades que resultaban difíciles de explicar.
—¡Están rescatando Kuwait de las manos de Saddam Hussein! ¡Traen quinientos mil soldados y están recuperando Kuwait! ¡Se librarán de Hussein!
Al final, tras seguirle la corriente durante unos minutos, me tragué el orgullo y le pedí una explicación más exhaustiva. Gor me dijo que Saddam Hussein era el dictador de Irak, y había estado proporcionando armas y aviones al ejército sudanés. Hussein había dado dinero y gas nervioso a Jartum. Algunos de los helicópteros que destrozaron nuestros pueblos iban pilotados por iraquíes.
—¿Así que es bueno que Estados Unidos luche contra él? —pregunté.
—¡Sí! ¡Sí! —dijo Gor—. Eso significa que los americanos no tardarán en luchar contra Jartum. Significa que van a borrar del mundo a todos los dictadores musulmanes. Esto es lo que significa sin lugar a dudas. Te lo aseguro. Dios ha hablado a través de los americanos, Achak.
Y se marchó en busca de más chicos a los que aleccionar.
Esa teoría se mantuvo durante un tiempo: la guerra en Irak y Kuwait conllevaría, de forma inevitable, la caída de los fundamentalistas islámicos de Sudán. Pero eso no sucedió. Aquel año las perspectivas del ELPS no eran muy prometedoras. Se habían perdido batallas y territorios, y, como era de esperar, los rebeldes empezaron a devorarse entre sí.
Una mañana, a las diez, se anunció una asamblea. Se suspendieron las clases y todos salimos de las aulas.
—¡A la zona de desfiles! —ordenaron los maestros.
Pregunté a Achor Achor de qué iba la asamblea, pero él no estaba seguro. Pregunté a otro mayor, que me espetó:
—Limitaos a ir a la zona de desfiles. Lo disfrutaréis.
—¿Tenemos que trabajar esta tarde?
—No. La tarde se dedicará a educación.
Achor Achor y yo obedecimos, pletóricos. Cualquier cosa sería mejor que trabajar por la tarde, y no tardamos en estar sentados en la primera fila de un grupo cada vez mayor de chicos. Aquella semana había venido de visita un comandante del ELPS, Giir Chuang, y dedujimos que la asamblea se habría convocado en su honor.
Estaban presentes el comandante Secreto, el comandante Hebilla, el señor Comida en Potencia y el señor Kondit, así como todos los demás adultos del campamento. Busqué a Dut con la mirada, pero no lo encontré. No había pasado mucho tiempo en el campamento durante los últimos meses y los chicos que habíamos viajado con él especulábamos sobre diversas teorías: que ahora era un comandante del ELPS, que estaba estudiando en una universidad de Addis Abeba. En cualquier caso, todos le echamos de menos aquel día. Miré a mi alrededor y descubrí que la mayoría de los chicos eran de edades parecidas a la mía: tenían entre seis y doce años. Pocos de los allí reunidos eran mayores. Todos los chicos reían y sonreían, y tardamos poco en ponernos a cantar. Deng Panan, el mejor cantante de temas patrióticos y una celebridad entre los rebeldes, se plantó frente a nosotros provisto de un micrófono. Cantó canciones sobre Dios y sobre la fe, sobre la resistencia y el sufrimiento padecido por los sudaneses del sur a manos de los árabes. Se elevó un aplauso entre los asistentes cuando empezó a cantar la canción que había compuesto uno de los chicos de Pinyudo.
Lucharemos para liberar la tierra de Sudán.
¡Lo haremos! Con el AK-47
y los batallones del Ejército Rojo
iremos
armados con rifles en la mano izquierda
y lápices en la derecha,
¡a liberar nuestro hogar, oh, oh!
Mientras tanto, un batallón de quince soldados desfilaron por la zona y se colocaron en línea recta, hombro con hombro, de cara a nosotros. A continuación una fila de hombres, con grilletes en los pies y atados entre sí a base de sogas, fueron traídos a empujones. Eran siete; todos parecían desnutridos y algunos sangraban por las heridas que tenían en la cabeza o en los pies.
—¿Quiénes son? —murmuró Achor Achor.
Yo no tenía ni idea. Se habían arrodillado de cara a nosotros; no cantaban. Los soldados del ELPS se hallaban detrás de ellos, vestidos con uniformes limpios y con los AK-47 en las manos. Uno de los hombres, uno de aquellos hombres atados, estaba colocado justo frente a mí. Le miré a los ojos y me sostuvo la mirada: sus ojos despedían una furia descontrolada.
Cuando Deng Panan finalizó la canción, Giir Chuang tomó el micrófono.
—¡Chicos, vosotros sois el futuro de Sudán! Por eso os llamamos las Semillas. Sois las semillas de un Sudán nuevo.
Los chicos aplaudieron. Yo seguí mirando al prisionero.
—¡Sudán pronto será vuestro! —gritó Giir Chuang.
Los chicos respondieron a sus palabras con más muestras de euforia.
El comandante habló de nuestro potencial para reconstruir nuestro amado país una vez terminara la guerra. Dijo que volveríamos a un Sudán en ruinas, sí, pero a un Sudán que aguardaba a las Semillas: solo con nuestras manos, espaldas y cerebros lograríamos volver a construir el sur de Sudán. Y de nuevo le aplaudimos.
—Pero hasta que reine la paz en Sudán no podemos bajar la guardia. ¿Estáis de acuerdo?
Todos asentimos.
—¿Estáis de acuerdo? —repitió el comandante.
Dijimos que lo estábamos.
—¡Estos hombres son traidores! ¡Ladrones!
Entonces posamos la mirada en los hombres. Iban harapientos.
—¡Violadores!
Giir Chuang parecía esperar alguna reacción por nuestra parte, pero nos quedamos en silencio. Habíamos perdido el hilo. Éramos demasiado pequeños para saber qué era la violación, para comprender la gravedad de ese crimen.
—Han facilitado secretos del ELPS al gobierno de Sudán, y han revelado planes del ELPS a los khawajas de Pinyudo. Han puesto en peligro la seguridad del movimiento y han intentado arruinar todo lo que hemos conseguido juntos. ¡Han escupido sobre el nuevo Sudán que vais a heredar! Si se lo permitimos, envenenarán todo lo que tenemos. Si les concediéramos la oportunidad, colaborarían con el gobierno hasta convertirnos a todos al islam. ¡Hasta que pidiéramos clemencia bajo el yugo de los árabes y de su sharía! ¿Podemos dejar que lo hagan, chicos?
Gritamos que no. Me dije que los hombres serían castigados por sus traiciones. Los odié. Entonces sucedió algo inesperado: uno de ellos habló.
—¡No hemos hecho nada! ¡No hemos violado a nadie! ¡Esto es una farsa!
El hombre que protestó recibió un golpe con la culata de un rifle y cayó al suelo. Envalentonados, el resto de prisioneros empezó a suplicar.
—¡Os están mintiendo! —gimoteó uno, de muy baja estatura—. ¡Son todo mentiras!
La culata de un arma silenció a este también.
—¡El ELPS se come a los suyos!
Una patada al cuello de este hombre le tiró al suelo.
Giir Chuang parecía asombrado por su atrevimiento, pero aprovechó la oportunidad.
—¡Mirad cómo os mienten, Semillas de un nuevo Sudán! No tienen vergüenza. Si nos mienten a nosotros, mienten a todos. ¿Podemos dejar que nos mientan? ¿Podemos dejar que nos miren a los ojos y amenacen el futuro de nuestra nueva nación con sus traiciones?
—¡No! —gritamos.
—¿Podemos permitir que esa traición quede impune?
—¡No! —gritamos.
—Bien. Me alegra que estéis de acuerdo.
Y entonces los soldados dieron un paso al frente, situándose por parejas detrás de cada uno de los prisioneros. Apuntaron con sus armas a las cabezas y espaldas de aquellos hombres y dispararon. Las balas atravesaron los cuerpos de los hombres, levantando una polvareda.
Grité. Mil chicos gritaron. Los habían matado a todos.
Pero uno todavía vivía. El comandante señaló a un prisionero que aún respiraba y movía las piernas. Un soldado fue hacia él y volvió a dispararle, esta vez en la cara.
Intentamos escapar. Los primeros chicos que trataron de abandonar la zona fueron retenidos y azotados por los maestros. El resto permanecimos inmóviles, temerosos de realizar movimiento alguno, pero sin poder contener el llanto. Sollozábamos por los padres y madres a quienes llevábamos años sin ver; sollozaban incluso aquellos que los sabían muertos. Queríamos irnos a casa. Queríamos huir de ese lugar, de Pinyudo.
El comandante optó por clausurar la asamblea con brusquedad.
—Gracias. Hasta la próxima.
Los chicos se dispersaron corriendo en todas direcciones. Algunos se aferraron a los adultos, entre temblores y sollozos. Otros se quedaron donde estaban, hechos un ovillo y sin dejar de llorar. Me di la vuelta, vomité y hui, escupiendo mientras corría hacia la casa del señor Kondit, al que encontré ya sentado dentro, en su cama, con la vista fija en el techo. Nunca le había visto tan hundido. Estaba sentado, sin moverse, con las manos inertes sobre las rodillas.
—Estoy tan cansado… —dijo él.
Me senté en el suelo a sus pies.
—No sé por qué sigo aquí —añadió—. Todo se ha vuelto tan confuso…
Nunca le había oído expresar una duda.
—No sé si conseguiremos salir de esta, Achak. Así no. Esta no es la mejor opción. No estamos haciendo lo mejor.
Permanecimos sentados hasta el anochecer y me marché a casa, a reunirme con Los Once, cuyas filas habían disminuido. Nos habíamos quedado en Nueve. Dos chicos se marcharon aquella tarde para no volver.
A partir de ese día muchos chicos dejaron de asistir a las asambleas, sin que importara cuál fuera el motivo de la convocatoria. Se escondían en sus refugios fingiéndose enfermos. Iban a la clínica, corrían hacia el río. Se inventaban cualquier excusa para evitar las reuniones, y como resultaba difícil controlar la asistencia, pocas veces había represalias.
Abundaban las historias sobre aquellas ejecuciones. Los hombres habían sido acusados de varios delitos, pero, según el rumor que circulaba por el campamento, eran inocentes de todo lo relacionado con la violación. Uno de ellos se había casado con una mujer a la que deseaba un oficial de alto rango del ELPS, que luego se vengó acusando al novio de violación. La madre de la novia, que no aprobaba el matrimonio, colaboró con los acusadores y declaró que los amigos del novio habían participado en la violación. Se cerró el caso y los hombres fueron condenados. Lo único que faltaba era ejecutarlos delante de diez mil adolescentes.
Yo estaba a punto de cumplir la edad en que me habrían enviado al campo de entrenamiento, Julian, pero me salvé de ese destino cuando las fuerzas que derrocaron al presidente Mengistu de Etiopía nos obligaron a abandonar Pinyudo, a mí y a los cuarenta mil refugiados. Más tarde me enteré de que ese golpe de Estado llevaba tiempo cociéndose y sería una fuente de problemas para Etiopía durante años. Pero empezó con una alianza entre distintos grupos de etíopes, con ayuda de los separatistas de Eritrea. Los rebeldes etíopes necesitaban la ayuda de los eritreos y viceversa. A cambio, se prometió la independencia para Eritrea si triunfaba el golpe de Estado. El golpe triunfó, pero a partir de entonces las relaciones entre ambas naciones se complicaron.
Yo salía de la iglesia cuando llegó la noticia. Mi iglesia quedaba cerca de la zona donde vivían los colaboradores etíopes, y cuando terminó la misa vimos que tanto las mujeres como los hombres lloraban.
—El gobierno ha sido derrocado. Mengistu se ha ido —exclamaron.
Nos ordenaron que recogiéramos nuestras cosas y que nos preparásemos para partir. Cuando llegué al refugio este ya estaba vacío; Los Nueve habían salido y me habían dejado una nota: «Nos vemos en el río. Los Nueve». En un saco de maíz guardé comida y mantas. En menos de una hora todos los chicos, familias y rebeldes se hallaban en campo abierto, listos para irse de Pinyudo. El paisaje aparecía cubierto de miles de refugiados: unos corrían, otros se mostraban tranquilos e indiferentes, como si se dispusieran a dar un paseo hasta el pueblo siguiente. Entonces el cielo se quebró.
Caía una lluvia torrencial. El plan consistía en cruzar el río Gilo y reinstalarnos al otro lado, posiblemente en Pochalla. En el agua resultó evidente que los grupos adolecían de falta de organización. La lluvia, el caos gris, barrió cualquier idea de orden en la evacuación. Cuando llegué al río no encontré a Los Nueve. Vi a pocas personas conocidas. A lo lejos distinguí al comandante Hebilla montado en un jeep, con un megáfono roto en las manos por el que vociferaba instrucciones ahogadas. El área que rodeaba el río se había convertido en un lodazal, y la gente, empapada, se abría paso por las densas aguas. El río bajaba alto y la rápida corriente arrastraba consigo árboles y otros despojos.
Los primeros disparos sonaron fugaces y lejanos. Me volví para ver el origen del ruido. No vi nada, pero el ruido de las balas continuó, cada vez más fuerte: los atacantes se acercaban. Los tiros se multiplicaron y se oyeron los primeros alaridos. Una mujer escupió un chorro de sangre antes de desplomarse muerta en el agua. El disparo que la mató procedía de un asaltante invisible y la corriente arrastró el cadáver hacia mi grupo. Entonces cundió el pánico. Decenas de miles de nosotros chapoteamos hacia la parte menos profunda del río, incapaces de nadar. Permanecer en la ribera implicaba una muerte cierta, pero sumergirse en el río, caudaloso y rápido, era una locura.
Nos atacaban los etíopes, con la ayuda de sus secuaces de Eritrea y la colaboración de los anyuak. Nos querían fuera de su país, vengaban un millar de crímenes y delitos. El ELPS intentaba abandonar el país llevándose jeeps, tanques y una gran cantidad de provisiones que los etíopes consideraban suyas, de manera que les asistía cierta razón al reaccionar frente a las condiciones en que se llevaba a cabo la huida de los rebeldes. El cielo inundado de balas y de fuego de artillería marcó el principio del caos y de las muertes.
Yo titubeé en la zona menos profunda del río sin saber qué camino tomar. El agua me llegaba a la barriga. A mi alrededor la gente tomaba decisiones: saltar al río, dejarse llevar por la corriente, buscar una zona más estrecha, un bote, una solución.
—Cruzad el río. Una vez lleguemos al otro lado estaremos a salvo.
Me volví. Era Dut. Una vez más, Dut me guiaba.
—Pero no sé nadar —dije.
—Quédate a mi lado. Yo te llevaré.
Encontramos una zona donde el río era más angosto.
—¡Mira!
Señalé al otro lado del agua: había dos cocodrilos en la orilla.
—No hay tiempo que perder —dijo Dut.
Grité. El miedo me paralizaba.
—No te comieron la otra vez, ¿lo recuerdas? Quizá no les gusten los dinkas.
—¡No puedo!
—¡Salta! ¡Empieza a nadar! Estaré justo detrás de ti.
—¿Qué hago con el saco?
—Suelta este saco. No puedes llevártelo.
Solté el saco, todo lo que poseía, y me sumergí en el río. Avancé con las manos cerradas como si fueran pezuñas manteniendo la cabeza fuera del agua. Dut estaba a mi lado.
—Muy bien —susurró—. Bien. Sigue así.
Mientras me movía en el agua noté cómo la corriente intentaba arrastrarme. No conseguía apartar la vista de los cocodrilos. Permanecían inmóviles. Seguí chapoteando. Oí una gran explosión a mi espalda. Me volví y vi a los soldados que, arrodillados junto a la orilla, abrían fuego contra nosotros. Veía cabezas de chicos por todos lados, rodeadas de agua blanca, de basura, de impactos de lluvia y de balas. Todas las cabezas intentaban cruzar el río mientras sus cuerpos avanzaban bajo la superficie. Se oían gritos por todas partes. Chapoteé con manos y pies. Dirigí la mirada hacia el lugar donde había visto a los cocodrilos por última vez. Ya no estaban.
—¡Los cocodrilos!
—Sí. Tenemos que darnos prisa. Vamos. Somos muchos. Les sacamos una ventaja numérica. Nada, Achak, sigue nadando.
Oí un grito muy cercano. Me volví y vi a un chico en las fauces de un cocodrilo. El río se tiñó de rojo y la cara del chico desapareció.
—Sigue. Está demasiado ocupado para atacarte.
Estábamos a medio camino; en mis oídos resonaban el murmullo de la corriente subterránea y el silbido de las balas que cortaban el aire. Cada vez que sumergía las orejas el murmullo me llenaba la cabeza: parecía el sonido de los cocodrilos que iban hacia mí. Intenté mantener las orejas fuera del agua, pero temía recibir el impacto de una bala en el cráneo si asomaba demasiado la cabeza. Me sumergí de nuevo, solo para oír el sibilante murmullo del agua.
De la orilla de partida nos llegaban gritos de histeria. Me volví: un dinka provisto de un arma profería alaridos en dirección al río.
—¡Llevadme al otro lado! —gritaba—. ¡Llevadme al otro lado!
Había un hombre en el río, cerca de él, que huía a nado. Otro se sumergió y empezó a nadar. El hombre armado les gritaba a ambos:
—¡No sé nadar! ¡Ayudadme! ¡Llevadme al otro lado!
Los otros dos siguieron nadando. No querían detenerse a ayudar al hombre armado. Entonces este apuntó a los que nadaban y disparó. No estaban a más de cincuenta metros de donde yo me hallaba. El hombre armado mató a uno de ellos antes de que sus propios hombros explotaran; había sido alcanzado por balas de los etíopes. El hombre cayó allí, de lado, con la cabeza hundida en el lodo de la orilla.
Que yo lograra cruzar el río aquel día se lo debo a la pura suerte. Mis pies rozaron el suelo y me arrojé a la orilla. En ese momento una explosión resonó a mi espalda. No había ni rastro de Dut.
—¡Corre hacia la maleza!
¿Quién decía esto?
—¡Ya!
Ascendí por la ribera y un hombre me agarró del brazo. Era Dut. Me arrastró y me arrojó sobre la maleza, a su lado. Ambos yacimos, bocabajo, de cara al río.
—No podemos movernos de aquí —dijo él—. Nos verán y dispararán. En estos momentos están bombardeando la orilla del río. Estaremos más seguros aquí.
Seguimos tumbados durante treinta minutos mientras la gente ascendía por la ribera y nos dejaba atrás. Desde aquel altozano lo veíamos todo, veíamos demasiado.
—Cierra los ojos —dijo Dut.
Le dije que sí y hundí la cara en la tierra, pero contemplé a hurtadillas la matanza que se desarrollaba abajo. Miles de hombres, mujeres y niños cruzaban el río, y los soldados los mataban al azar, y a veces con esmero. Había pocas tropas del ELPS contraatacando desde nuestra orilla: la mayoría de soldados había huido dejando a los civiles sin protección, abandonados a su suerte. Los etíopes, por tanto, podían elegir entre una multitud de objetivos, desarmados en su mayoría. En medio del caos, los anyuak se habían unido a los etíopes en su guerra contra nosotros. Ese día los anyuak dieron rienda suelta a todo su odio acumulado, y echaron a los sudaneses de sus tierras con la ayuda de machetes y de los escasos rifles que poseían. Atacaron y dispararon a los que corrían hacia el río y a los que saltaban al agua. Las explosiones provocaban llamaradas blancas de seis metros de altura. Las mujeres dejaban caer a los bebés en el agua. Los niños que no sabían nadar simplemente se ahogaban. Una mujer que huía podía estar moviéndose, y al momento siguiente, abatida por una ráfaga de balas o por el impacto del mortero, se la veía inmóvil, flotando a merced de la corriente. Los cocodrilos devoraron algunos cadáveres. Aquel día el río bajó teñido de muchos colores: verde y blanco, negro, ocre y rojo.
Al amparo del anochecer, Dut y yo salimos de la ribera. No habíamos ido muy lejos cuando sucedió lo más inesperado: vi a Achor Achor. Estaba plantado en medio de un camino: miraba a derecha e izquierda sin saber hacia dónde encaminar sus pasos. Dut y yo estuvimos a punto de chocar con él.
—Bien —dijo Dut—. Ahora os tenéis el uno al otro. Nos vemos en Pochalla.
Dut regresó al río en busca de los heridos y los extraviados. Esa fue la última vez que vimos a Dut Majok.
—¿Adónde vamos? —pregunté.
—¿Cómo voy a saberlo? —dijo Achor Achor.
No estaba en absoluto claro. Seguíamos rodeados de maleza y me preocupaba la posible presencia de leones y hienas agazapados por allí. Poco después encontramos a dos chicos un poco mayores que nosotros. Eran de complexión fuerte, y ninguno sangraba.
—¿Adónde vais? —pregunté.
—A Pochalla. Todo el mundo está allí. Nos detendremos en Pochalla y luego ya veremos qué hacemos.
Nos unimos a ellos aunque no sabíamos ni sus nombres. Corrimos los cuatro, y Achor Achor y yo sentimos que esos chicos eran buenos compañeros de huida: se movían con rapidez y resolución. Atravesamos la noche, rodeados de hierba húmeda y del olor a fuego que flotaba en el cielo. Soplaba un fuerte viento que nos traía el humo y agitaba la hierba con violencia. Tuve la sensación de que mi vida consistía en eso, de que siempre tendría que correr, de que siempre podría correr. No me sentía cansado; mis ojos parecían capaces de ver en la noche. Con esos chicos me sentía a salvo.
—¡Venid aquí! —dijo una mujer. Busqué el origen de la voz. Me volví y vi a una mujer etíope vestida con uniforme de soldado—. Venid y os ayudaré a encontrar Pochalla.
Los otros chicos se encaminaron hacia ella.
—¡No! —dije—. ¡Mirad cómo va vestida!
—No me tengáis miedo —dijo ella—. No soy más que una mujer. Una madre que intenta ayudaros. ¡Venid a mí, niños! ¡Soy vuestra madre! ¡Venid a mí!
Los chicos desconocidos corrieron hacia ella. Achor Achor se quedó conmigo. Cuando estaban a seis metros de ella, la mujer se volvió, cogió un rifle del suelo y, con los ojos llenos de furia, disparó al chico más alto en el corazón. Vi cómo la bala le salía por la espalda. Cayó de rodillas y luego se desplomó a un lado: la cabeza dio contra el suelo antes que el hombro.
Antes de que pudiéramos escapar la mujer volvió a disparar. Esta vez la bala fue a parar al brazo del otro chico mayor. El impacto le hizo girar y cayó al suelo. Cuando se levantó para huir, una última bala, que le penetró por la clavícula y salió por su esternón, envió al chico al cielo en un santiamén.
—¡Corre!
Era Achor Achor, que salía corriendo. Yo no me había movido. Seguía fascinado por la mujer que ahora apuntaba el arma hacia mí.
—¡Corre! —dijo otra vez, y tiró de mi camisa por detrás.
Nos alejamos de ella: nos internamos en la maleza y avanzamos a gatas para no ser vistos por la mujer, que seguía gritando:
—¡Volved! Soy vuestra madre. ¡Volved aquí, hijos míos!
Fuéramos hacia donde fuéramos, la gente huía de nosotros. En la oscuridad nadie era de fiar. Nadie esperaba a ver quién era quién. Pero a medida que avanzaba la noche, las balas cesaron. Supusimos que los etíopes no nos perseguirían hasta Pochalla: se conformaban con expulsar a los sudaneses de su país.
—Mira —dijo Achor Achor.
Señaló dos altas briznas de hierba que habían sido atadas en medio del sendero.
—¿Qué significa eso?
—Significa que no debemos ir por ahí. Alguien nos advierte que el camino no es seguro.
En cuanto veíamos la señal de las hierbas cruzadas cambiábamos de dirección. La noche se colmó de silencio y el cielo se oscureció del todo. Achor Achor y yo caminamos durante horas, y dado que evitamos seguir muchas rutas pronto sospechamos que estábamos andando en círculo. Por fin llegamos a un camino ancho, donde se percibían las huellas, viejas y secas, de un coche o de un camión. Era un camino despejado y Achor Achor se mostró seguro de que nos conduciría hasta Pochalla.
Llevábamos una hora andando, bajo un viento fuerte y cálido, cuando oímos un gemido animal. Estábamos muy familiarizados con los sollozos y gruñidos de los adultos, y al instante supimos que se trataba de un bebé que lloraba. Me asusté al oír semejante sonido: gutural y asfixiante, como el aullido de un gato moribundo. Enseguida encontramos al bebé, de no más de seis meses, tumbado en el suelo junto a su madre, que estaba tirada en el camino, muerta. El niño trató de alimentarse del pecho de su madre durante un momento. Se rindió, llorando, las manitas convertidas en puños.
La madre había recibido un disparo en la cintura. Tal vez en el río. La bala la había atravesado y la mujer había conseguido arrastrarse hasta aquí antes de morir. Había un rastro de sangre en el camino.
—Tenemos que llevarnos al niño —dijo Achor Achor.
—¿Qué? No —repuse—. Los llantos del bebé harán que nos descubran.
—Tenemos que llevarlo con nosotros —repitió Achor Achor, y se agachó para coger al niño desnudo en brazos. Le quitó la camisa a la madre muerta y envolvió con ella al niño—. No es necesario dejarlo aquí.
En cuanto Achor Achor envolvió al bebé y lo atrajo contra su pecho, el niño se calmó.
—¿Ves? Es un bebé tranquilo —dijo él.
Caminamos un rato con el Bebé Tranquilo. Yo creía que estaba maldito.
—Todo bebé que se alimenta de una persona muerta está condenado a morir — dije.
—¡Menuda tontería! —dijo Achor Achor—. Eso no tiene ningún sentido. El Bebé Tranquilo vivirá.
Nos turnamos para llevarlo en brazos, y lo cierto es que apenas hizo el menor ruido durante la caminata. A día de hoy sigo sin saber si era varón o hembra, pero siempre he pensado en el bebé como si fuera una niña. La atraje contra mi pecho, colocando su cabeza entre mi hombro y mi barbilla. Pasamos frente a hogueras pequeñas y por largos tramos de oscuro silencio. Durante todo ese tiempo el Bebé Tranquilo seguía apoyado en mi pecho o en mi hombro, sin hacer ruido, con los ojos muy abiertos.
En mitad de la noche Achor Achor y yo encontramos a un grupo sentado en la hierba, al borde del camino. Eran doce, la mayoría mujeres y ancianos. Contamos a las mujeres que habíamos hallado al Bebé Tranquilo. Una mujer con una herida en el cuello se ofreció a quedárselo.
—No se preocupe por el bebé —dije.
—Es un bebé muy tranquilo —añadió Achor Achor.
Cuando la separé de mis hombros, la niña abrió los ojos. La mujer la cogió y el bebé se quedó tranquilo. Achor Achor y yo seguimos andando.
Encontramos después a un numeroso grupo de hombres y chicos que se tomaban un descanso junto a la carretera y juntos caminamos hasta Pochalla. A nuestra llegada vimos a los que habían logrado sobrevivir a Pinyudo. De Los Nueve, ocho lo habían logrado. Había dos testigos que aseguraban que Akok Kwuanyin se había ahogado en el río.
Intentamos asumir esta información, pero era imposible. Actuamos como si no hubiera muerto; ya le lloraríamos más adelante.
Había miles de sudaneses dispersos por los terrenos que rodeaban una pista de vuelo abandonada. Achor Achor y yo escogimos una zona de hierba alta, al abrigo de los árboles. Aplastamos la hierba para poder dormir allí. En cuanto terminamos de aplastarla empezó a llover. No teníamos mosquitera, pero Achor Achor había encontrado una manta, así que nos tumbamos muy cerca uno de otro y la compartimos como hermanos.
—¿Te están picando los mosquitos? —pregunté.
—Claro —dijo Achor Achor.
Nos pasamos la noche tirando de la manta, despojando de ella al otro, y sin dormir. Dormir rodeados de mosquitos hambrientos era imposible.
—¡Deja de tirar de la manta! —susurró Achor Achor.
—No lo hago —protesté.
Debo admitir que sí tiraba de ella, pero estaba demasiado cansado para saber qué hacía.
Durante la noche Achor Achor y yo pedimos sacos de sisal a los mayores y nos dieron uno a cada uno. Los entrelazamos para confeccionar una mosquitera que fuera lo bastante grande como para protegernos a ambos. La atamos a la manta y pareció bastar. Estábamos orgullosos de nuestra obra y ardíamos en deseos de dormir a su abrigo. Acordamos no orinar cerca de la hierba aplastada para no atraer a los mosquitos.
Pero enseguida se puso a llover de nuevo y nuestros preparativos resultaron inútiles. El agua entraba por debajo de la red y nos incorporamos para izarla. En cuanto lo hicimos, una nube de mosquitos nos invadió. Nos pasamos la noche en vela, mojados y matando insectos con las dos manos, exhaustos, empapados y manchados por todo el cuerpo con nuestra propia sangre.
Fue aquella lluvia la que mató a muchos chicos. La lluvia nos debilitó y trajo consigo a los insectos, y estos, la malaria. La lluvia nos quitó las fuerzas. Hizo con nosotros lo mismo que hacía con las vacas de arcilla: aquella lluvia inmisericorde reblandecía la arcilla y borraba los contornos de la vaca hasta terminar quebrando el material. La lluvia tuvo ese efecto en la gente que sufría en Pochalla, sobre todo en los niños sin madre: se quebraron bajo su fuerza, se fundieron con la tierra.
Por la mañana, tumbados bocabajo, Achor Achor y yo contemplamos a la gente que había venido hasta Pochalla. La procesión seguía: duró todo el día, desde el amanecer hasta la noche. Vimos cómo el campo se llenaba de seres humanos hasta ocultar los árboles.
—¿Crees que Dut anda por aquí? —preguntó Achor Achor.
—No creo —dije.
Me parecía que si Dut estuviera cerca nos enteraríamos. Tenía que creer que Dut seguía vivo, guiando a otros grupos hasta la salvación. Sabía que Pochalla no era el único destino, y me dije que si había gente viajando durante la noche, Dut estaría con ellos.
—¿Crees que el Bebé Tranquilo está por aquí? —preguntó Achor Achor.
—Creo que sí. O si no, llegará pronto.
Aquel día buscamos al Bebé Tranquilo, pero todos los que encontramos estaban llorando. Sus madres debían atender a los bebés y a sus propias heridas. Había heridos por todas partes. Sin embargo, solo los heridos leves habían conseguido llegar a Pochalla. Miles murieron en el río Gilo y cientos más de camino a Pochalla. No hubo forma de ayudarlos.
—Estoy harto de ver a esta gente —dijo Achor Achor.
—¿A qué gente?
—A los dinkas, a toda esta gente —dijo él, señalándolos con la cabeza.
Cerca de donde estábamos una madre amamantaba a un bebé mientras abrazaba a otro hijo con los pies. Solo ella llevaba ropa. Tres críos más estaban sentados por allí, todos gritando. El brazo de uno de ellos me recordó a la cara del hombre sin rostro con quien me había cruzado cuando huía de Marial Bai.
—No quiero estar siempre con esta gente —dijo Achor Achor.
—Ni yo —convine.
—La verdad es que ni siquiera quiero ser parte de ellos. No para siempre.
La misma gente que partió de Pinyudo se reorganizó en Pochalla. La mayoría lo había perdido todo en el camino. El campamento era una mezcla ruinosa de plástico, pequeñas hogueras, mantas y ropa sucia. No había comida. Treinta mil personas buscaban comida en un campo que no habría podido alimentar ni a una jauría de perros.
Achor Achor y yo nos unimos a dos chicos del Bahr al-Ghazal y nos internamos en los bosques cercanos en busca de palos y hierba. Construimos una cabaña triangular, con el techo de hierba y las paredes de barro, y nos pasamos dentro la mayor parte del tiempo, secos y abrigados frente al fuego, que controlábamos de cerca para que se mantuviera lo bastante vivo como para calentarnos pero no tanto como para alcanzar el techo y asarnos a todos.
—Definitivamente, es mejor morir —dijo una noche Achor Achor—. ¿Por qué no hacemos algo para morir? ¿Qué os parece? Marchémonos de aquí, unámonos al ELPS… Lo que sea. Y muramos.
Aunque en el fondo estaba de acuerdo con él, elegí discutir.
—Dios nos llevará cuando quiera —dije.
—Oh, deja ya esa mierda —me espetó él.
—¿Quieres matarte?
—Quiero hacer algo. No quiero estar de brazos cruzados para siempre. La gente cae enferma. Lo único que nos espera es la muerte. Si nos quedamos, acabaremos contagiándonos de algo. Todos estamos muriendo; lo que pasa es que a ti y a mí nos afecta más despacio que al resto. Tal vez sería mejor unirse a la lucha y morir más deprisa.
Aunque esa noche tuve la sensación de que Achor Achor estaba en lo cierto, preferí no decir nada. Contemplé las paredes rojas del refugio; en el transcurso de las horas el fuego se fue apagando, y nuestro aliento se volvió cada vez más frío.