Qué es el qué
Capítulo 4
4
Tengo seis años y debo asistir unas horas al día a una clase preelemental en la escuela de aula única de Marial Bai. Aquí estoy, con otros chicos más o menos de mi edad, los que tienen algunos años más o menos, aprendiendo el alfabeto en inglés y árabe. El colegio es tolerable, aún no se ha vuelto tedioso, pero preferiría estar fuera, así que mi día de ensueño empieza cuando llego al colegio y se suspenden las clases. «¡Sois demasiado listos!», dice el maestro, y nos envía a casa, a jugar y a hacer lo que queramos ese día.
Vuelvo a casa a ver a mi madre, a la que dejé hace solo veinte minutos. Percibo que me echa de menos. Mi madre es la primera esposa de mi padre, y vive en la residencia familiar con las otras cinco esposas, con las que mantiene una relación de amistad, casi fraternal. Todas son mis madres, chico de la tele, por raro que te suene. En el sur de Sudán los niños pequeños a menudo no tienen claro quién es su verdadera madre de lo integradas que están las mujeres y sus hijos. En mi familia, los niños de las seis esposas juegan juntos y son considerados de la familia sin barreras ni reservas. Mi madre es una de las comadronas del pueblo, y ha asistido en los partos de todos mis hermanos excepto uno. Mis hermanos y hermanas van desde los dieciséis años hasta los seis meses, y nuestra casa está llena de ruidos de bebés, barullo y risas. Cuando me lo piden, ayudo con los más pequeños: los cojo en brazos si lloran, pongo su ropa mojada a secar junto al fuego.
Salgo corriendo del colegio y me siento junto a mi madre mientras ella repara una cesta que una de nuestras cabras rompió de un mordisco. Dedico un momento a contemplar su belleza. Es más alta que la mayoría de mujeres, mide casi metro ochenta, y aunque es tan delgada como cualquier mujer del pueblo tiene la fuerza de un hombre. Se viste para llamar la atención, siempre en vistosos tonos amarillos, rojos y verdes, aunque su preferido es el amarillo, un vestido de cierto color amarillo, el amarillo preñado de un sol crepuscular. Puedo distinguirla a lo lejos en cualquier campo o a través de los matorrales, puedo verla desde la máxima distancia que me permiten mis ojos: solo tengo que buscar esa cimbreante columna amarilla que se mueve hacia mí por el campo para saber que mi madre se acerca. A menudo pensaba que nada me gustaría más en el mundo que vivir para siempre debajo de ese vestido, agarrado a sus suaves piernas, sintiendo sus largos dedos apoyados en la parte trasera del cuello.
—¿Qué miras, Achak? —pregunta ella, riéndose de mí.
Usa mi nombre de nacimiento, el nombre que usé hasta que quedó relegado por los apodos que me impusieron en Etiopía y Kakuma. Tantos nombres…
A menudo mi madre me pilla mirándola, y esta vez no es ninguna excepción. Ella me envía a jugar con mis amigos, de manera que corro hacia la acacia gigante para reunirme con William K y Moses. Están bajo la retorcida acacia, cerca de la pista de aterrizaje, donde las avestruces gritan y persiguen a los perros.
Moses era fuerte, chico de la tele, más corpulento que yo, más corpulento que tú, con músculos definidos como los de un hombre; una cicatriz semicircular, de un insulso color rosa, le recorría la mejilla: el resultado de atravesar corriendo un matojo de espinos. William K era más menudo, más flacucho, y tenía una boca grande que nunca dejaba de llenar el aire con cualquier cosa que se le ocurría. Desde el momento que abría los ojos se pasaba el día abarrotando el aire con sus pensamientos, opiniones y, sobre todo, sus mentiras, ya que a William K le gustaba mucho mentir. Inventaba cuentos sobre gente, sobre objetos que poseía o quería poseer, cosas que él había visto y oído y las que su tío, policía militar, había visto en el transcurso de sus viajes. Su tío había visto personas que tenían patas de cocodrilo, mujeres que saltaban de un edificio a otro. La víctima principal de sus embustes era William A, el otro William de nuestra edad y por ello el enemigo eterno de William K. A William K no le gustaba que otro chico llevara su mismo nombre, y supongo que pensaba que si fastidiaba lo bastante al otro William este acabaría renunciando a su nombre u optaría por irse de la ciudad.
Hoy, en el día que imagino cuando me hace falta, William K se halla en mitad de una historia cuando llego a la acacia.
—Bebe la leche directamente de las ubres. ¿Lo sabíais? Así se pillan enfermedades. Así es como se pillan los gusanos. Y hablando de gusanos, el padre de William A es medio perro. ¿Lo sabíais?
Moses y yo no le prestamos mucha atención, con la esperanza de que se canse solo. Esto no sucede en este día; nunca sucede. El silencio solo sirve para advertir a William K de que hacen falta más palabras y sonidos procedentes de su oscura e insondable cavidad bucal.
—Supongo que llevar su mismo nombre debería molestarme, pero no tengo de qué preocuparme porque él no estará en mi curso el año próximo. ¿Habéis oído que es retrasado? Lo es. Tiene el cerebro de un gato. No estará en nuestro colegio el año que viene. Tendrá que quedarse en casa con sus hermanas. Es lo que pasa cuando uno bebe leche de las ubres.
En unos cuantos años, cuando les hayan practicado la circuncisión y estén preparados para ello, Moses y William K serán enviados a los campos de ganado junto con los otros chicos, para que aprendan a cuidar de los animales, empezando por las cabras y ascendiendo hasta el ganado. En este día de ensueño, mis hermanos mayores —Arou, Garang y Adim— están en los campos de ganado; se trata de un lugar que atrae mucho a los chicos: en él se puede ir sin vigilancia, y, mientras atiendan a las necesidades del ganado, pueden dormir donde quieran y hacer lo que les dé la gana. Pero a mí me educaban para que fuera negociante y aprendiera el negocio de mi padre; así podría hacerme cargo de las tiendas de Marial Bai y Aweil.
Moses está haciendo una vaca de arcilla mientras William K y yo miramos. Muchos chicos y algunos jóvenes adoptaban la talla de vacas como afición, pero es una práctica por la que ni William K ni yo sentimos la menor curiosidad. Mi único interés en la actividad es de índole pasiva, pero William K no le encuentra el menor sentido. No le ve la gracia a hacer vacas, ni a guardarlas en el hueco del tronco, que es donde Moses ha metido docenas desde que empezara a labrarlas unos años atrás.
—¿Por qué te molestas? —pregunta William K—. Se rompen con facilidad.
—No es verdad. No siempre —dice Moses en voz baja, profundamente absorto en la tarea de dar forma a los cuernos de la vaca, largos y retorcidos—. Estas las conservo desde hace meses. —Señala con la cabeza un pequeño grupo de ganado de arcilla que se halla a unos metros, apoyado con dificultad sobre el suelo.
—Pero pueden romperse —dice William K.
—No —dice Moses.
—Claro que sí. Mira.
Y con esas palabras, William K pisa una de las vacas y la hace polvo.
—¿Lo ves?
Apenas ha pronunciado la palabra cuando Moses se abalanza sobre él y empieza a pegarle en la cabeza con sus fuertes brazos. Al principio William K se ríe, pero la risa desaparece cuando Moses le asesta un poderoso puñetazo en el ojo. William K grita de dolor y frustración, y de inmediato cambian el tono y el curso de la lucha. En un instante es él quien está encima de Moses: le propina tres golpes rápidos en los brazos, que el otro tiene cruzados cubriéndose la cara, antes de que yo los separe.
En mi sueño la pelea queda interrumpida por la visión de algo tan brillante que todos entornamos los ojos para verlo. Nos levantamos despacio del suelo y caminamos hacia el mercado. La luz emerge del tronco de uno de los árboles del mercado, situado cerca del restaurante de Bok, y caminamos como sonámbulos hacia él, boquiabiertos. Solo cuando estamos frente a la fuente de luz vemos que no se trata de un segundo sol, sino de una bicicleta, nueva, flamante, magnífica.
¿De dónde ha salido? ¿De quién es? Se ha convertido en el objeto más espectacular de Marial Bai. Los pedales tienen el brillo plateado de las estrellas, el manillar posee una forma exquisita. El color del armazón es distinto a cualquier otro que se haya visto en la ciudad, una mezcla de azul, verde y blanco, entrelazados como en la parte más profunda de un río.
Jok advierte que estamos admirando la bicicleta y viene a alardear de ella ante nosotros.
—Bonita bici, ¿eh? —nos dice.
Jok Nyibek Arou, el propietario de la sastrería del pueblo, acaba de comprar la bici a un comerciante árabe procedente de la otra orilla del río que ha llegado con un camión cargado de objetos nuevos e impresionantes, la mayoría de una gran complejidad mecánica: relojes, cabezales de cama de hierro, una tetera con una tapa que se abre sola cuando hierve el agua.
—Me ha costado un buen pico, chicos.
No lo dudamos ni un segundo.
—¿Os gustaría verme montar en ella? —pregunta.
Asentimos con aspecto serio.
Entonces Jok se sube a la bici, con el mismo cuidado que si cabalgara sobre una mula de cristal, y empieza a pedalear tan despacio que apenas se mantiene en posición vertical. Los otros hombres del mercado, que se alegran por él, le tienen celos, y al mismo tiempo quieren reírse un poco a su costa, acogen ese paso lento con una riada de insultos y preguntas retóricas. Jok responde con gran serenidad.
—¿Eso es lo más rápido que puedes ir, Jok?
—La bici es nueva, Joseph. Voy con cuidado.
—¡Podrías romperla, Jok! ¡Es frágil!
—Me estoy acostumbrando a ella, Gorial.
Gorial, que no trabaja, se pasa el día bebiendo y pide dinero prestado que nunca devuelve. No cae muy bien a nadie, pero en este día se apunta un tanto al mostrar a Jok lo lento que pedalea en esa tornasolada bicicleta. Mientras Jok va en bici, Gorial camina a su lado, demostrándole que va más deprisa él a pie.
—Mis dos piernas son más rápidas que toda tu preciosa bicicleta, Jok.
—Da igual. Algún día iré más deprisa. Pero aún no.
—Creo que se te están ensuciando las ruedas, Jok. ¡Ten cuidado!
Jok sonríe a Gorial, dedica una plácida sonrisa a todos los espectadores, porque es él y no ellos quien posee el objeto más hermoso de todo Marial Bai.
Una vez Jok ha vuelto a aparcar la bici contra el árbol, y la está admirando conmigo, con Moses y William K, la conversación se vuelve seria. Se inicia una discusión sobre el plástico. Le han entregado la bici envuelta en plástico, plástico que cubre todo el cuadro metálico como una sucesión de calcetines transparentes. Jok, en pie y de brazos cruzados, examina la bici.
—Es una pena que no te digan si el envoltorio es necesario —dice él.
Nos da miedo decir algo al respecto del plástico por si Jok nos echa.
El hermano de Jok, John, el hombre más alto de Marial Bai, anguloso y con los ojos muy juntos, se acerca.
—Claro que puedes quitarle el plástico, Jok. Se le quita a todo. Solo sirve para el transporte. Ya te ayudo…
—¡No!
Jok lo agarra para impedírselo.
—Dame un momento para que lo piense.
En este momento Kenyang Luol, el hijo menor del jefe, se halla junto a nosotros. Se acaricia la barbilla y finalmente expone su opinión.
—Si quitas el plástico, la bicicleta se oxidará en cuanto se moje. Se desgajará la pintura y al final se desgastará por el sol.
Esto contribuye a que Jok no haga nada. Decide que necesita más opiniones antes de llevar a cabo acción alguna. En el transcurso del día, William, Moses y yo interrogamos a los hombres del mercado y, después de docenas de consultas, nos encontramos con que el debate está perfectamente diferenciado en dos posturas: la mitad insiste en que el plástico solo se usa para el transporte y que debe ser retirado, mientras que los otros afirman que el plástico debe seguir donde está para proteger la bici de toda clase de daños potenciales.
Informamos a Jok del resultado de nuestra encuesta mientras él sigue contemplando la bici.
—Entonces, ¿por qué quitarlo? —murmura Jok en voz alta.
Parece la opción más cauta, y si algo define a Jok es la cautela y la reflexión; al fin y al cabo, eso es lo que le ha puesto en situación de comprar la bicicleta.
A última hora de la tarde, William K, Moses y yo solicitamos, y se nos concede, el derecho de vigilar la bici para evitar que alguien la robe, la estropee, la toque o ni siquiera la mire durante mucho rato. Lo cierto es que Jok no nos pide que la vigilemos, pero cuando nos ofrecemos a sentarnos delante y a mantenerla a salvo de daños o escrutinios indebidos, él accede.
—No puedo pagaros por esto —admite—. Me resultaría muy fácil guardarla dentro, en lugar seguro.
No nos importa el pago. Lo único que queremos es sentarnos en la puerta de la cabaña de Jok a contemplar ese objeto mientras se pone el sol. Y así tomamos posiciones frente a la bici, con el sol a nuestras espaldas, para verla mejor en el lugar donde este la ha dejado. Vigilamos la bici durante la mayor parte de la tarde, y aunque Jok y su mujer están dentro, apenas nos movemos de sitio. Al principio hacemos rondas de reconocimiento, dando la vuelta a la casa, con un palo apoyado en el hombro como si fuera un arma, pero al final decidimos que es lo mismo que sentarnos frente a la bici y mirarla.
Y eso hacemos: examinamos la máquina por todos lados. Es mucho más compleja que las otras bicicletas del pueblo; parece tener más marchas, más cables y palancas. Debatimos sobre si esta extravagancia ayudará a que corra más, o si el peso de todo ello la ralentizará.
Chico de la tele, debes de pensar que somos gente absurdamente primitiva, que un pueblo que no sabe decidir si quitarle o no el plástico a una bicicleta, un lugar así, tiene por fuerza que ser vulnerable al ataque, a la hambruna y a cualquier otra calamidad. Y hay algo de verdad en ello. En algunos casos la adaptación ha sido lenta. Y sí, el mundo en que vivíamos era un mundo aislado. Debo decirte que no había televisores, y supongo que no te resultará difícil imaginar lo que algo así le haría a tu cerebro, tan necesitado de constante estímulo.
A medida que mi día de ensueño avanza hacia la tarde, me apoyo en mi hermana Amel mientras ella separa el grano. Lo hago a menudo, porque apoyarme y el resultado de ello me producen una gran alegría. Cuando está agachada, me inclino sobre ella, espalda con espalda.
—Así no puedo trabajar, pequeño mono —dice ella.
Olía tan bien… Tal vez no sepas lo que es tener una hermana con un aroma como ese, pero es algo sublime. De manera que me apoyo en ella, fingiendo dormir, incluso roncar, hasta que se aparta y me caigo.
—¡Vete a ver a Amath! —gruñe ella.
¡Qué buena idea! Albergo ciertos sentimientos hacia Amath. Amath tiene la edad de mi hermana; es demasiado mayor para mí, pero ir a verla me parece un plan excelente, y a los pocos minutos la encuentro en el terreno de su familia. Está sentada, sola, aventando sorgo. Parece agotada, no solo por el trabajo sino por tener que hacerlo sola.
Cuando la veo dejo de respirar bien. Las otras chicas de la edad de mi hermana no prestan atención a lo que digo o hago. Para ellas soy un crío, un niño, una ardilla. Pero Amath es distinta. Ella me escucha como si yo fuera un hombre maduro, como si mis palabras tuvieran importancia. Y es una chica de belleza inusual, con la frente alta y unos ojos pequeños y muy brillantes. Cuando sonríe no enseña los dientes; es la única chica que conozco que sonríe así. ¡Y cómo anda! Camina con un extraño contoneo, apoyándose durante más rato que el resto sobre las puntas de los pies; el resultado es un paso alegre, un paso que en ocasiones he intentado emular. Si la imito, me siento más contento, aunque luego me duelen los gemelos. Amath suele llevar un vestido de un vivo color rojo, adornado con el dibujo de un pájaro blanco como la leche, y unas letras inglesas que bailan a su alrededor como flores flotando en un río. Sé que Amath y yo nunca podremos casarnos, ya que con lo guapa que es ya estará comprometida cuando yo alcance la edad suficiente. Ya casi es lo bastante mayor para ello y es probable que se case durante este año. Pero hasta entonces puede ser mía. Aunque siempre fui demasiado tímido para hablar con ella, hubo un día en que, sumido en un estado de elevado coraje o de profundo descaro, me limité a acercarme a ella: ese momento pasa a formar parte de mi mejor día.
—¡Achak! ¿Cómo estás, hombrecito? —dice ella, radiante.
A menudo me llamaba «hombrecito», y cuando lo hacía yo sabía de inmediato qué significaba ser un hombre en todos los sentidos. Estaba seguro de saberlo.
—Estoy bien, madame Amath —digo, empleando el tono más formal posible, ya que sé por experiencia que eso impresiona a Amath—. ¿Puedo ayudarla? Tengo tiempo para ayudar si lo necesita. Si puedo hacer algo por usted…
Sé que me repito, pero no puedo evitarlo. Doy una patada en el suelo queriendo arrancarme la lengua de la boca. Ahora solo tengo que encontrar la forma de redondear mi pensamiento y soltarlo.
—¿Puedo ayudarla en algo? —digo.
—Eres todo un caballero —dice ella, tratándome, como siempre, con la más absoluta seriedad—. Sí que puedes hacer algo por mí. ¿Puedes traerme un poco de agua? La necesitaré para cocinar.
—¡Iré a buscarla al río! —le digo. Mis pies ya se mueven, inquietos, listos para correr.
Amath se ríe sin mostrar los dientes. ¿La amaba más que a cualquier otra persona? ¿Es posible que la amara más que a ningún miembro de mi familia? A menudo sabía que la escogería por encima de cualquier otra, incluso de mi madre. Ella me confundía, chico de la tele.
—No, no —dice ella—. No hace falta. Solo…
Pero ya me he ido. Estoy exultante. Mi sonrisa crece con la carrera, mientras imagino lo emocionada que debe de estar ante mi velocidad, la increíble velocidad con que realizaré su encargo; una sonrisa que se borra solo a medias cuando, a medio camino del río, me percato de que no tengo ningún cubo para acarrear el agua.
Altero el camino y me dirijo al mercado, hacia la masa de comerciantes y tenderos, abriéndome paso entre cien personas a una velocidad tal que solo notan el viento que despido. Vuelo por delante de las tiendas más pequeñas, frente a los hombres que beben vino en los bancos, frente a los viejos que juegan al dominó, frente al restaurante y a los árabes que venden ropa, alfombras y zapatos, frente a las gemelas de mi misma edad, Ahok y Awach Ugieth, dos niñas muy buenas y trabajadoras que cargan sacos de leña sobre sus cabezas, Hola, Hola, nos decimos, y por fin me sumerjo en la oscuridad de la tienda de mi padre, totalmente sin aliento.
—¿Qué pasa? —pregunta él. Lleva las gafas de sol que se pone todos los días, cuando hay luz, y la mayoría de noches. Cambió un ternero por las gafas, así que las trata con tanto cuidado y respeto como trata a su mejor vaca.
—Necesito un cubo —consigo decir, entre jadeos—. Un cubo muy grande.
Mis ojos recorren la tienda en busca de la vasija apropiada. Es una tienda grande para lo que es la región, lo bastante grande como para acoger a seis o siete personas, con dos paredes hechas de ladrillo y el techo de uralita. Hay docenas de objetos para elegir y mis ojos recorren los estantes como un gorrión atrapado en una casa. Por fin cojo una taza para medir que hay detrás del mostrador.
—A esa velocidad no te servirá de mucho —dice mi padre, con expresión divertida—. Derramarás la mitad antes de llevársela.
¿Cómo lo sabía?
—¿Te crees que soy ciego? —dice mi padre, y se ríe.
Mi padre es conocido por su sentido del humor, por encontrar una razón para sonreír ante cualquier desastre menor. ¡Y vaya risa! Una risa que sale de la barriga, retumba y le sacude los hombros y el estómago, y le llena los rabillos de los ojos de lágrimas. Deng Arou puede encontrar algo divertido en una inundación, dice la gente con gran afecto. La gente asume que esa perspectiva serena y equilibrada es una de las razones por las que ha alcanzado el éxito. Por algo es el dueño de quinientas cabezas de ganado y de tres tiendas.
Estira la mano hacia el estante más alto y me baja un pequeño bidón de plástico con tapa.
—Esto debería bastarte para meter lo que te haga falta, hijo. Seguro que Amath estará muy contenta. Pero recuerda…
No oigo nada más. Cruzo corriendo el mercado, por delante de las cabras encerradas en el borde de la zona de mercado, delante de la vieja de los pollos, y sigo hacia el río. Vuelo entre los chicos que juegan al fútbol, paso por delante de la casa de mi tía Akol —ni siquiera miro hacia ella para ver si está fuera— y acelero por el sendero descendente, el sendero de tierra dura emparedado entre las hierbas altas.
Llego al río aún más deprisa que antes, y una vez estoy en la orilla salto entre los chicos que pescan y las mujeres que hacen la colada, hasta llegar al centro, la parte más profunda de la estrecha corriente.
Tanto las mujeres como los niños me miran como si hubiera perdido la cabeza. ¿Es así? Empapado, les devuelvo la sonrisa y hundo el bidón en las lechosas aguas marrones. Lleno el cubo, pero no me satisface la cantidad de sedimento que flota en el agua. Tengo que colarlo, pero para ello necesito otro contenedor.
—¿Puede prestarme el barreño, por favor? —pregunto a una de las lavanderas. Estoy sorprendido ante mi propio coraje. No había hablado nunca con esta mujer, a quien enseguida reconozco como la esposa del maestro principal de la escuela superior, un hombre llamado Dut Majok al que solo conozco de oídas. He oído que la esposa de Dut Majok era, como él, educada y de lengua afilada; podía incluso ser cruel. Ella me sonríe, saca las camisas que está lavando y me tiende el barreño. Más que nada parece curiosa por ver qué es lo que yo —este renacuajo, más pequeño que tú, chico de la tele— voy a hacer con el barreño: un niño de mirada desesperada y un bidón lleno de turbia agua del río.
Sé lo que debo hacer y emprendo la tarea con esmero. Vierto el contenido del bidón en el barreño, a través de mi camisa, y luego, con cuidado, devuelvo el agua al bidón. Una vez he realizado la operación con éxito, no acabo de decidir hasta qué punto aclarar el agua; ¿qué es más importante, me pregunto, llevar el agua enseguida o entregarla en su forma más pura posible? Al final la filtro tres veces, enrosco la tapa en el bidón y devuelvo el barreño a la mujer, expresando gratitud a través de pesados suspiros mientras reanudo el ascenso.
Cuando dejo el sendero del río y me hallo ya en pleno campo, vuelvo a correr otra vez. Me percato de que estoy cansado, y de que ahora, en lugar de saltarlos, rodeo los múltiples baches del camino. Jadeo con fuerza, respiro con dificultad, y maldigo mi falta de fondo. No quiero llegar hasta Amath sin aliento o corriendo despacio. Debo volver con la misma velocidad y agilidad que tenía al partir. Prohíbo que mi aliento pase por la boca, reenviándolo a través de la nariz, y voy ganando ritmo a medida que me acerco al centro de la ciudad.
Esta vez mi tía me ve cuando paso ante su casa.
—¿Eres Achak? —canta ella.
—¡Sí, sí! —digo, pero entonces me doy cuenta de que no me queda aliento suficiente para explicar por qué corro de esta forma, sin poder parar. Tal vez ella lo adivine, como ha hecho mi padre. Yo había pasado vergüenza cuando mi padre intuyó que la tarea tenía algo que ver con Amath, pero dejó de importarme enseguida, porque Amath era alguien tan poco corriente, tan apreciada por todos, que me enorgullecía tenerla como amiga y que se enteraran de que le hacía un favor a esta hermosa madame que me llama hombrecito y caballero y que, con su sonrisa especial y su alegre contoneo, es la mejor chica de Marial Bai.
Paso ante el colegio y una vez estoy en el claro, veo a Amath, que sigue sentada en el mismo lugar donde la dejé. ¡Ah! ¡Ella también me observa! Su sonrisa resulta visible desde esta distancia y se mantiene mientras yo me acerco a todo correr, mis pies desnudos apenas rozan la suciedad. Ella se emociona al verme con el agua, ya que tal vez aprecia que se trata de agua muy limpia, bien filtrada y apta para lo que quiera utilizarla. ¡Mírala! Sus ojos enormes me ven correr. Es sin duda la persona que mejor me entiende. Decido que no es demasiado vieja para mí. Para nada.
Pero de repente la cara se me llena de polvo. El suelo se ha elevado para derribarme. Me sangra la barbilla. Me he caído, he tropezado con una raíz alta y nudosa, el bidón rueda dando tumbos por delante de mí.
Me da miedo levantar la vista. No quiero verla reírse de mí. Soy un tonto; estoy seguro de haber perdido su respeto y admiración. Ahora me verá no como a un rápido y hábil hombrecito, capaz de cuidarla y de preocuparse de sus necesidades, sino como un niño ridículo que no puede correr por el campo sin caerse y magullarse la cara.
¡El agua! Voy enseguida a recoger el bidón: no se ha derramado.
Sin embargo, cuando levanto la cabeza la veo que viene hacia mí. Su rostro no expresa la menor risa: está serio, como siempre que me mira. Doy un salto para demostrar que no estoy herido. Permanezco de pie y siento un gran dolor en la barbilla, aunque lo niego. A medida que ella se acerca, la garganta se me seca y me falta el aire. Menudo imbécil estoy hecho, me digo, y creo que el mundo es injusto por humillarme de este modo. Pero suprimo cualquier sentimiento y me quedo tan tieso como puedo.
—Corría demasiado deprisa —digo.
—Desde luego que corrías deprisa —dice ella en tono de admiración.
Ahora está cerca, sus manos me tocan, sacuden el polvo de la camisa y de los pantalones; son palmadas cariñosas, acompañadas de un murmullo. La amo. ¡Ella ha visto lo rápido que corro, chico de la tele! Ella ve lo mejor de mí, lo que nadie más es capaz de ver.
—Eres un auténtico caballero —dice ella, con las manos apoyadas en mi cara—. ¡Correr tanto por mí!
Trago saliva y respiro hondo, y compruebo aliviado que soy capaz de hablar claro, como un hombre.
—Ha sido un placer, madame Amath.
—¿Estás seguro de que te encuentras bien, Achak?
—Sí.
Sí. Y ahora, mientras vuelvo a casa —tengo previsto apoyarme en mi hermana dos veces más antes de cenar— solo puedo pensar en bodas.
En unos días está previsto que se celebre una boda entre un hombre, Francis Akol, a quien apenas conozco de vista, y una chica, Abital Tong Deng, que asiste conmigo a la iglesia. Habrá otro ternero sacrificado y esta vez intentaré acercarme lo bastante para verlo, como hice con el último, cuando lo vi pasar al otro mundo. Contemplé el ojo del ternero, lo observé mientras agitaba las patas sin rumbo. El ojo se volvió hacia el cielo blanco; no parecía mirar a quienes lo estaban matando. Pensé que eso facilitaba la matanza. El ternero no parecía culpar a los hombres por poner fin a su vida. Soportó su temprana muerte con valor y resignación. Cuando llegue la próxima boda, me colocaré de nuevo junto a la cabeza del animal para verlo morir.
Me gustaban las bodas, pero en estos últimos meses ha habido demasiadas. Demasiada bebida, demasiado movimiento, demasiados borrachos que me daban miedo. Me pregunto si esta próxima vez, en la boda de Francis y Abital, podré esconderme de los festejos, si podré quedarme en casa en lugar de vestirme con mi mejor ropa y charlar con los adultos, si podré esconderme debajo de la cama.
Pero quizá Amath esté allí, y quizá lleve un vestido nuevo. Yo conocía toda su ropa, conocía los cuatro vestidos que tenía, pero la boda propiciaba el hecho de que estrenara algo nuevo. El padre de Amath era un hombre importante, propietario de trescientas cabezas de ganado y juez en muchas de las disputas de la región, y por ello Amath y sus hermanas a menudo estrenaban ropa e incluso poseían un espejo. Lo tenían guardado en su cabaña, y se pasaban mucho rato mirándose en él, riéndose y arreglándose el pelo. Lo sabía porque había visto el espejo y oído sus risas muchas veces, desde el árbol que da sobre su recinto, el árbol en el que encontré un escondrijo secreto desde el que ver todo lo que sucedía en el interior de la cabaña. Desde donde estaba apostado no podía ver nada impropio, pero podía oírlas hablar, podía ver algún resplandor ocasional cuando el sol penetraba por el tejado, jugueteaba con el brillo de sus pendientes y pulseras, lo reflejaba en el espejo y lo proyectaba hacia el inclemente polvo del pueblo.