Qué es el qué
Capítulo 7
7
El teléfono de Michael vuelve a sonar.
El chico se despierta poco a poco y corre hasta la cocina para contestar. Gran parte de la conversación se me escapa, pero le oigo decir: «Dijiste diez», seguido de una serie de protestas similares.
La llamada se acaba en menos de un minuto y sé que debo reanudar los intentos de razonar con el chico. Quizá ahora se sienta ya más cómodo conmigo, con mi presencia inmóvil, y ya no le tenga miedo a mi voz. Y es evidente que está disgustado con sus cómplices. Quizá pueda forjar una alianza, ya que aún albergo esperanzas de que vea que tiene más en común conmigo que con los que le han dejado aquí.
—Hombrecito —digo.
Se halla entre la cocina y el comedor; dudaba entre si volver a acostarse o encender otra vez la tele. Capto su atención un momento. Me mira un instante y luego aparta la vista.
—No quiero asustarte. Sé que estar aquí conmigo no ha sido idea tuya.
Mira hacia el listín telefónico, pero como este está apoyado en mi sien, retirarlo de su lugar implicaría acercarse demasiado a mí. Pasa por delante y desaparece en el pasillo, directo a los dormitorios. Se me seca la garganta al pensar que esta vez pueda volver con el diccionario completo.
—Hombrecito —digo, proyectando la voz hacia el pasillo—. ¡No me arrojes nada más, por favor! Me callaré si es lo que quieres.
Ahora lo tengo delante y, por primera vez, me mira a los ojos. Sostiene mi manual de geometría en una mano y una toalla en la otra. De entrada no logro descifrar cuál de los dos objetos supone una amenaza mayor. La toalla… ¿le servirá para asfixiarme?
—¿Quieres que me esté callado? Me callaré si dejas de arrojarme cosas encima.
Hace un gesto de asentimiento. Luego, con delicadeza, acerca el pie a mi boca y recoloca la cinta en su sitio. La imagen de este chaval, pisándome la boca, es demasiado fuerte para aceptarla.
Desaparece de mi vista pero no ha terminado. Cuando vuelve, inicia un proyecto de construcción en el comedor.
Primero empuja la mesita hacia el centro del salón, reduciendo el espacio que hay entre los tres objetos: yo, la mesa y la estantería. Luego saca una silla de la cocina y la coloca cerca de mi cabeza. Del sofá extrae uno de los tres grandes cojines que forman el respaldo y lo sitúa en el asiento de la silla. Tras sacar otra silla de la cocina, repite la operación con otro cojín, y lo ubica todo a mis pies. Ha conseguido su propósito: me ha borrado de su campo visual. El mío queda limitado al techo, y a lo poco que alcanzo a ver por la abertura de la mesita. Permanezco inmóvil, impresionado por su habilidad arquitectónica, hasta que me sorprende con la manta. El edredón de mi cama queda esmeradamente extendido por encima de los cojines para formar una especie de tienda de campaña. Esto ya es demasiado, Michael. Se me agota la paciencia. Estoy harto de ti, ojalá hubieras visto lo que presencié yo. Deberías mostrarte agradecido, Chico de la Tele. Deberías tener un poco de respeto. ¿Has visto el principio de una guerra? Imagina el barrio donde vives, y ahora escucha los gritos de las mujeres, mira cómo los bebés son arrojados a los pozos. Contempla cómo explotan tus hermanos. Te quiero ver allí conmigo.
Estaba con mi madre, ayudándola a hervir el agua. Había ido a por leña y ahora alimentaba el fuego, mientras ella me agradecía mi ayuda con la mirada. No era habitual que un niño de mi edad fuera tan útil. Existe una intimidad entre una madre y un hijo, un hijo de seis o siete años. A esa edad aún puede ser un niño, puede mostrarse débil y refugiarse en los brazos en su madre. Para mí, sin embargo, esta es la última vez, porque mañana ya no seré un niño. Seré otra cosa: un animal con un único objetivo desesperado, sobrevivir. Sé que no puedo volver y por eso saboreo estos días, los momentos en que puedo ser pequeño, hacer favores nimios, arrastrarme bajo mi madre y avivar el fuego de la cena. Me gusta pensar que me estaba regodeando en el último momento de mi infancia cuando llegó el ruido.
Era como el de los aviones que sobrevolaban el pueblo de vez en cuando, pero más intenso, más disonante. El ruido parecía dividirse una y otra vez. Chaca-chaca. Chaca-chaca. Me paré a escuchar. ¿Qué era eso? Chaca-chaca. Era como el rumor de un camión viejo, pero llegaba desde arriba, se dispersaba por el cielo.
Mi madre se quedó quieta, alerta. Me dirigí a la puerta de la cabaña.
—Achak, ven y siéntate —dijo ella.
A través de la puerta entreabierta vi una especie de avión que se cernía sobre el pueblo. Era un modelo fascinante, negro por todas partes y opaco, sin reflejos. Los aviones que yo había visto hasta entonces recordaban a pájaros en un estilo rudimentario, con picos, alas y pechos, pero esta máquina no se parecía a nada. A un grillo quizá. Vi cómo sobrevolaba el pueblo. El sonido era rico y denso, más fuerte que cualquier otro que hubiera oído nunca; sus vibraciones me sacudían las costillas, me desgajaban.
—¡Achak, ven aquí!
Oí las palabras de mi madre, aunque su voz era como un recuerdo. Lo que estaba sucediendo ahora era algo totalmente nuevo. Llegaban cinco o más máquinas idénticas, grandes grillos negros que volaban en todas direcciones. Salí de la cabaña y me planté en el centro de la finca, como hipnotizado. Vi a otros niños del pueblo que, como yo, miraban al cielo; algunos saltaban, se reían y señalaban aquellos grillos tan estruendosos.
Pero había algo raro. Los adultos huían corriendo de las máquinas, se caían, gritaban. Yo miraba a los que corrían, aunque estaba demasiado atónito para moverme. El volumen ensordecedor de las máquinas me paralizaba. Sentía un cansancio que era nuevo, mientras veía cómo las madres cogían a sus hijos pequeños y los metían en sus cabañas. Vi correr a los hombres hacia la maleza y arrojarse al suelo. Vi cómo uno de los grillos surcaba el campo de fútbol, volando más bajo que el resto de máquinas; vi cómo los veinte jóvenes que estaban jugando en el campo corrían hacia el colegio, entre gritos. Entonces un nuevo ruido atronó el aire. Era como si la máquina se cortara en pedazos, se dividiera. Pero no se trataba de eso.
Los hombres que huían hacia el colegio empezaron a caer. Caían de cara a mí, como si huyeran hacia mi casa, hacia mí. Diez hombres cayeron derribados en unos segundos, con los brazos levantados. La máquina que les había disparado también volaba en mi dirección y permanecí quieto, mientras esta se hacía cada vez más grande y más ruidosa. Distinguí los rifles, en manos de dos hombres sentados en la máquina, provistos de cascos y gafas de sol, como las de mi padre. Era incapaz de moverme; la máquina se acercaba, el ruido era abrumador.
—¡Achak!
Las manos de mi madre me rodearon la cintura y tiraron de mí con fuerza hacia la oscuridad. Me encontré en el interior de la cabaña, con ella. El ruido rugió sobre nuestras cabezas: sibilante, entrecortado, a ráfagas.
—¿Estás loco? ¡Te matarán!
—¿Quién? ¿Quiénes son?
—El ejército. Los helicópteros. Oh, Achak, tengo miedo. Reza por nosotros, por favor.
Recé. Me tumbé debajo de su cama y recé. Mi madre se quedó sentada, rígida, temblorosa. Las máquinas se alejaron y luego volvieron; el sonido partió y regresó con ellas, llenando mi cabeza de nuevo.
Me tendí junto a mi madre, preguntándome qué habría sido de mis hermanos, de mi hermana y mis hermanastras, de mi padre y mis amigos. Sabía que cuando los helicópteros se fueran, la vida en el pueblo habría sufrido un cambio irreversible. Pero ¿habría acabado? ¿Se irían los grillos? No lo sabía. Mi madre no lo sabía. Era el principio del fin de la conciencia de que la vida continuaba. ¿Tienes la sensación, Michael, de que mañana te despertarás? ¿De que mañana comerás? ¿De que el mundo no se acabará mañana?
Todo terminó en una hora. Los helicópteros se marcharon. Los hombres y mujeres de Marial Bai abandonaron sus hogares poco a poco y salieron al sol del mediodía. Atendieron a los heridos y contaron a los muertos.
Había treinta cadáveres. Veinte hombres, la mayoría entre los que estaban jugando al fútbol. Ocho mujeres y dos niños más pequeños que yo.
—Quédate en casa —dijo mi madre—. No hace falta que lo veas.
A la mañana siguiente volvieron los camiones del ejército. Los camiones que habían partido con los soldados del gobierno semanas antes regresaron ahora, llenos de soldados. Iban acompañados por tres tanques y diez Land Rovers, que rodearon la ciudad a primera hora de la mañana. En cuanto hubo suficiente luz para maniobrar con eficacia, los soldados saltaron de los camiones y procedieron a incendiar la ciudad de Marial Bai. Prendieron una gran hoguera en medio del mercado y de ella fueron cogiendo troncos y teas encendidos y arrojándolos sobre los techos de la mayoría de las casas que había en un radio de mil quinientos metros. Los escasos hombres que opusieron resistencia fueron abatidos a tiros. Durante un tiempo esto supuso, sin duda, el final de cualquier clase de vida en Marial Bai. Una vez más, los rebeldes a quienes iba dirigido el castigo no se dignaron aparecer por allí.