Qué es el qué
Capítulo 11
11
Oigo llaves en la puerta, Michael. Creo que dentro de poco estarás metido en un lío, porque Achor Achor está aquí y su llegada provocará un reajuste de todo esto. ¡Si al menos pudiera ver la escena a través de sus ojos! No habrá mucha compasión por su parte para ti y para tus secuaces.
Cede la cerradura y se abre la puerta. Veo la gruesa silueta de Tonya.
—¡Mira quién está despierto! —dice ella al verme—. ¡Michael! —grita. Se ha cambiado de ropa y se ha puesto un vestido de satén negro. Michael sale enseguida de mi cuarto. Se deshace en disculpas, pero ella le corta de lleno—. Mueve el culo — le dice—, hemos traído la furgoneta.
Michael va al cuarto de baño y vuelve con las zapatillas; empieza a atarse los cordones. No sé por qué las habrá dejado en el cuarto de baño.
Otro hombre, distinto a Azul Pálido, está en mi cocina. Es más bajito que Azul Pálido, de dedos largos y finos, y observa el televisor como si quisiera calcular cuánto pesa. Lo desenchufa y deja la caja de cables en la encimera. Con el cable enrollado en esa mano de dedos largos, se agacha frente al televisor y lo apoya contra su pecho. Está fuera de casa en cuestión de segundos.
Tonya pasa por delante de mí, dejando un fuerte aroma a perfume de fresas, y vuelve a entrar en mi habitación. Está registrando los cajones otra vez, como si viviera aquí y se hubiera olvidado algo. Me da un vuelco el estómago al imaginarla, a ella también, encontrando las fotos de Tabitha. La idea de que las toque con sus manos me provoca unas náuseas instantáneas.
Michael está junto a la puerta, con los zapatos puestos y la Fanta en la mano. Ni siquiera me mira. Mantengo la boca abierta durante un largo minuto, dispuesto a decir algo, pero al final decido lo contrario. Podría pedirle que me desatara, pero eso solo serviría para recordarles que dejar atrás a un testigo puede ser más peligroso que acabar con él.
En unos segundos reaparece Tonya y se planta en la puerta con el hombre nuevo. Echa un vistazo a la sala por última vez, sin mirarme. Saca a Michael de casa de un empujón; él actúa como si yo no estuviera. Una vez satisfecha, Tonya cierra la puerta. Se han ido.
La resolución y rapidez que imprimen a esa visita es sorprendente. Aunque esta vez no han estado en mi apartamento más de dos minutos, su olor permanece allí.
Vuelvo a estar solo. Detesto esta ciudad de Atlanta. No recuerdo ningún momento en que haya sentido algo distinto hacia ella. Tengo que salir de este lugar.
¿Qué hora es? Sé que puede transcurrir un día entero hasta que vea a Achor Achor. Con un poco de suerte pasará por casa antes de ir a trabajar. Pero a veces no lo veo durante días, ya que se queda en casa de Michelle: allí tiene un cepillo de dientes y un traje de repuesto. Tal vez no vuelva esta noche y vaya directamente de su casa al trabajo. Si es así, estaré aquí, en el suelo, por lo menos hasta las seis de la tarde de mañana. No, ocho y media: mañana tiene clase después del trabajo.
Intento gritar; pienso que, aunque mi voz salga sofocada, tal vez consiga meter ruido suficiente como para alertar a un vecino. Lo intento, pero el sonido resultante es patético, sordo, un gemido quedo.
En poco tiempo habré humedecido la cinta lo bastante como para liberar los labios, pero con la cinta enrollada en la cabeza, será difícil que la lengua consiga bajarla del todo. Tengo que hacerme oír, tengo que avisar a algún vecino, atraer a alguien hasta mi puerta. Hay que llamar a la policía, hay que capturar a los ladrones. Necesito agua, comida, cambiarme de ropa. Hay que terminar con esta pesadilla.
Pero no se acaba. Estoy en el suelo y podrían pasar veinticuatro horas o más antes de que vuelva Achor Achor. A veces se ha pasado tres días sin venir a casa. Pero nunca sin avisar. Llamará, y cuando vea que no atiendo el teléfono ni devuelvo la llamada se percatará de que algo va mal. Y hasta entonces existen otras opciones. Hay gente en este edificio y lograré que me oigan.
Puedo patear el suelo. Puedo levantar los pies para que el golpe, aunque amortiguado por la moqueta, resulte audible desde abajo. Los vecinos de abajo, con los que solo he hablado una vez, son personas decentes: dos mujeres y un hombre, todos blancos, todos de más de sesenta años. Es obvio que no deben de nadar en la abundancia si se ven obligados a vivir los tres en un piso idéntico al que comparto con Achor Achor. Una de las mujeres, robusta y con una mata de pelo canoso que parece un casco, tiene un empleo que conlleva el uso de un uniforme de guardia de seguridad. No estoy seguro de si los otros dos trabajan, ni de dónde lo hacen.
Sé que son cristianos evangélicos. Han echado panfletos por debajo de la puerta de mi casa, y sé que han hablado de su fe con Edgardo. Edgardo es católico, como yo, pero aun así estos vecinos han intentado acercarnos hacia su clase de resurrección. Sus ansias proselitistas no me han ofendido. Cuando Ron, el anciano que se queda en casa, se me acercó un día justo cuando me dirigía a clase, quería hablar de la esclavitud. Era un individuo de aspecto nervioso y con cara de niño sobrealimentado; había leído algo sobre la vigencia de la esclavitud en Sudán. Su parroquia enviaba dinero a un grupo evangélico que planeaba viajar a Sudán a recomprar esclavos. «Unas docenas», me dijo.
Era un negocio en alza, o al menos lo fue hace unos años. En cuanto los círculos evangélicos se enteraron de las prácticas de secuestro de esclavos de la zona, esto se convirtió en su obsesión. El tema es complejo, pero como muchas de las cuestiones que afectan a Sudán, no es tan complejo como Jartum querría que creyera Occidente. Los murahaleenes reanudaron los secuestros en 1983, una vez estaban armados y podían actuar con impunidad.
Vecinos cristianos de abajo, ¿dónde estáis esta noche? ¿Estáis en casa? ¿Me oiríais si grito? ¿Bastaría solo con golpear el suelo? ¿Oiréis mis patadas? Levanto las piernas, aún atadas, de rodillas abajo, y las dejo caer contra el suelo con todas mis fuerzas. El resultado es insulso, un golpe sordo. Vuelvo a intentarlo con más fuerza. Después de un minuto de patear el suelo estoy agotado. Espero oír alguna reacción, una escoba que golpee el techo en señal de respuesta. Nada.
Vecinos cristianos, ya que os interesa, os hablaré de las incursiones en busca de esclavos, del comercio de esclavos. El comercio de esclavos empezó hace miles de años; es más antiguo que nuestra fe. Lo sabéis, o al menos así lo suponéis. Los árabes solían asaltar los pueblos del sur de Sudán, a menudo con la ayuda de otras tribus de la zona. Esto no es ninguna novedad: sigue el mismo patrón que la mayor parte de las capturas de esclavos en África. La esclavitud fue oficialmente abolida por los británicos en 1898, pero su práctica continuó, aunque fue decayendo.
Cuando empezó la guerra y los murahaleenes dispusieron de armas, las personas robadas —porque es así como los llamaba mi padre, «personas robadas»— fueron llevadas al norte y vendidas entre los árabes. Gran parte de lo que habéis oído, vecinos cristianos, es la pura verdad. Las niñas eran puestas a trabajar en casas de árabes y más tarde se convertían en sus concubinas y parían a los hijos de sus amos. Los chicos se ocupaban del ganado y a veces también eran violados. Tengo que deciros que esta es una de las más graves ofensas cometidas por los árabes. La homosexualidad no forma parte de la cultura dinka, ni siquiera de forma encubierta; simplemente no había homosexuales practicantes, y debido a ello, la sodomía, sobre todo la sodomía forzada sobre niños inocentes, ha avivado la guerra tanto o más que cualquier otro crimen cometido por los murahaleenes. Digo esto con todo mi respeto hacia los homosexuales de este u otro país. Es un hecho puro y duro que la simple idea de un chico sodomizado por los árabes basta para que un soldado sudanés sea capaz de acometer actos de coraje inaudito.
Debe decirse que en el transcurso de esta guerra casi todos los dinkas hemos llegado a vilipendiar a todos los árabes de Sudán, hasta tal punto que hemos olvidado a los amigos que teníamos en el norte, la coexistencia pacífica e interdependiente que antaño mantuvimos con ellos. Esta guerra ha convertido en racistas a demasiados de ellos y de nosotros, y es el gobierno de Jartum el que ha avivado este fuego, el que ha sacado a la superficie, y en algunos casos creado de la nada, nuevos odios que han generado actos de brutalidad sin precedentes.
Lo más raro es que los llamados árabes no presentan tantas diferencias, ni siquiera en su aspecto, con los pueblos del sur. ¿Habéis visto al presidente de Sudán, Omar el-Bashir? Tiene la piel casi tan oscura como la mía. Pero él y sus predecesores islamistas despreciaban a los dinkas y a los nuers; quieren convertirnos a todos, y los líderes de Jartum han intentado en el pasado convertir Sudán en el centro mundial del fundamentalismo islámico. Entretanto hay muchos árabes de Oriente Próximo que albergan sus propios prejuicios contra Bashir, su piel oscura, y sus orgullosos amigos musulmanes sudaneses. Muchos, tanto dentro como fuera de las fronteras de Sudán, no los consideran árabes en absoluto.
Pero aun así los árabes de piel negra del norte de Sudán defendían la esclavitud de los dinkas del sur de Sudán. ¿Y qué alega Jartum en su defensa, vecinos cristianos? En primer lugar afirman que todo el problema se reduce a «desacuerdos tribales» que se remontan a siglos atrás. Si se les presiona un poco más, niegan que se trate de secuestros: los califican de acuerdos laborales consensuados. Esa niña de nueve años que es transportada a grupas de camello seiscientos kilómetros al norte y obligada a servir en la casa de un teniente del ejército, ¿es una esclava? No, dice Jartum. La niña, dicen, está allí porque quiere. Su familia, en previsión de tiempos difíciles, llegó a un acuerdo con el teniente, según el cual él se comprometía a darle trabajo, comida, y a proporcionarle una vida mejor hasta el momento en que su familia biológica pudiera volver a asumir su manutención. Una vez más los gobernantes de Jartum hacen gala de un cinismo pasmoso: negar que la esclavitud haya existido durante los últimos veinte años, insistiendo en que los habitantes del sur de Sudán escogían servir como criados, ser apaleados, violados y no percibir sueldo alguno. Eso sin contar con que la palabra que usa la mayoría de árabes para designar a los sudaneses del sur significa esclavo.
Resulta casi cómico. ¡Os aseguro que esto es lo que dicen! Y han logrado convencer a otros. Roces entre tribus, prácticas culturales propias de la zona, eso dicen. Un diplomático americano enviado a Sudán para investigar la pervivencia de la esclavitud regresó totalmente convencido de lo contrario. Le engañaron, y él debería haberse percatado del engaño. He visto esclavos con mis propios ojos. He visto cómo los secuestran —se llevaron a las gemelas, Ahok y Awach Ugieth, durante el segundo ataque— y lo mismo han visto otros amigos míos. Ahora, cuando los pueblos intentan repatriar a antiguos esclavos, mujeres y niños, surgen problemas. Algunas mujeres fueron secuestradas a tan temprana edad, con seis o siete años, que no conservan el menor recuerdo de sus casas. Ahora tienen dieciocho, diecinueve años, y como se las llevaron con tan corta edad no hablan dinka, solo árabe; desconocen todas nuestras costumbres. Y muchas de ellas han dejado hijos en el norte. Muchas han parido a los hijos de sus captores, y cuando son descubiertas por los abolicionistas y liberadas, se ven obligadas a abandonar a los niños. Es una vida muy difícil para estas mujeres, incluso para las que han vuelto a casa.
Es un crimen que haya sucedido todo esto, que se haya permitido que sucediera.
Llevado por un ataque de furia, golpeo el suelo una y otra vez, moviendo el cuerpo como un pescado fuera del agua. ¡Oídme, vecinos cristianos! ¡Oíd al hermano que tenéis justo arriba!
Nada. Nadie escucha. Nadie espera oír las patadas del vecino de arriba. Es algo inesperado. No tenéis oídos para alguien como yo.