Qué es el qué

Dave Eggers · Capítulo 27 de 27

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Qué es el qué

Capítulo 26

26

Termina la mañana y con ella mi trabajo en el Century Club; me voy, consciente de que me marcho del trabajo y de Atlanta. Salgo a la calle: hace un día como cualquier otro. Sé que no echaré de menos el cielo que cubre esta ciudad. Estos cielos han sido una tortura para mí, y en cuanto pueda me iré a un lugar más tranquilo. Un lugar donde pueda dedicar un poco de tiempo a pensar. Debo trazar algunos planes sin sentir los ojos de esas nubes fijos en mí.

De momento todo está en el aire, pero hay ciertas cosas de las que estoy seguro. No volveré a clasificar tejidos. No instalaré televisores ni barreré virutas doradas del suelo de un bazar chino. No descuartizaré animales en Nebraska o en Kansas. No tengo nada en contra de estos empleos, ya que los he desempeñado casi todos. Pero no pienso volver a caer en esa clase de trabajo. Quiero ascender. Lograr algo mejor. No seré una carga para los que ya me han ayudado tanto. Siempre agradeceré los placeres que ya he disfrutado y los gozos que aún me quedan por vivir. Aprovecharé las oportunidades tal y como se presenten, pero al mismo tiempo no me fiaré de la gente con tanta facilidad. Miraré quién está al otro lado de la puerta antes de abrirla. Intentaré ser asertivo. Discutiré cuando haga falta. No me asustará la lucha. No sonreiré de forma espontánea a todo el mudo. Viviré como un buen hijo de Dios y le perdonaré todas las veces que se lleve a otra de las personas que amo. Perdonaré e intentaré entender los planes que me reserva y no caeré en la autocompasión.

Al principio de este día como cualquier otro me dirijo a casa en el coche. Achor Achor y yo cubriremos las manchas de sangre del suelo con una planta, una lámpara, quizá una mesa, y reemplazaremos los objetos robados. Comunicaré a Achor Achor mis planes de dejar el apartamento; él lo entenderá. Tardará poco en encontrar un nuevo compañero de piso. Muchos de mis conocidos de Atlanta apreciarán el lugar, y al siguiente ocupante no le preocupará lo que pasó allí.

Hoy tengo varias opciones. Un amigo mío ha tenido un hijo. De hecho, es uno de los Dominics; él y su esposa viven en Macon. Tal vez vaya hasta allí, para saludarlos y llevarles un regalo. Podría ir a Macon, ver al recién nacido y luego, si tengo fuerzas, ir hasta Florida para visitar a Phil, Stacey y a sus gemelos. El océano estará frío en esta época del año, pero aun así tal vez me dé un baño. Pero ¿y si voy en dirección opuesta? Podría conducir todo el día y llegar hasta Seattle, donde vive Moses; quedarme con él y unirme a su marcha. Me apetece mucho volver a andar junto a Moses, y lo haré: prometo que lo haré a menos que proponga que caminemos descalzos. ¿Sería Moses capaz de hacer algo así: andar descalzo hasta Arizona en señal de protesta? En ese caso que no cuente conmigo; sería una locura.

Paseo la mirada por los techos de los coches y hacia el campo que se extiende más allá. Cierro los ojos ante el blanco cielo y distingo el amarillo del sol descendente. Ahora la veo con claridad: se mueve deprisa por el sendero en dirección a mí, caminando con paso brioso. Debería estar en casa. Me parece un error no estar en casa con ella. Podría dejar atrás esta lucha e irme con ella, con mi padre, refugiarme en la cuna que constituye la gran familia que tengo en Marial Bai. Tal vez permanecer aquí, seguir luchando, con la cabeza sometida a tanta presión, no sea mi destino. Me he pasado años prometiendo que volveré a casa, pero cuando haya finalizado la carrera. Me veía bajando de un avión, ataviado con un traje, con una maleta que contiene el diploma enmarcado en cuero, y fundiéndome en un abrazo con mi pueblo y mi familia. Le conté el plan a mi padre y a él también le gustó mucho, aunque insistió en que esperara a que también él hubiera recuperado su posición. No quería que lo viera hasta tener el negocio organizado y haber reconstruido la casa donde yo nací.

Creo que ese día llegará. Solo se retrasa un poco más de lo que esperaba.

Haga lo que haga, viva como viva, seguiré contando estas historias. He hablado con todas las personas con quienes me he cruzado en estos últimos y difíciles días, y con todas las personas que han entrado en el club durante las espantosas horas de esta mañana, porque si no lo hiciera no sería humano. Hablo a esa gente, y os hablo a vosotros, porque no puedo evitarlo. Me da fuerza, una fuerza casi increíble, saber que estáis allí. Codicio vuestros ojos, vuestros oídos, el frágil espacio que hay entre nosotros. ¿No tenemos mucha suerte de tenernos? Estoy vivo, estáis vivos: llenemos el aire con nuestras palabras. Lo llenaré hoy, mañana, todos los días que me queden hasta ser llevado en presencia de Dios. Contaré historias a gente que me escuche y a gente que no quiera escucharme, a gente que me acepte y a gente que me rehúya. Y durante todo el tiempo sabré que estáis allí. ¿Cómo puedo fingir que no existís? Sería casi tan imposible como que vosotros fingierais que yo no existo.

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