Qué es el qué
Capítulo 14
14
No deberíamos haber tardado tanto en cruzar el Nilo. Pero en aquella orilla nos congregamos a centenares, a millares; solo disponíamos de dos barcas y era demasiada distancia para recorrerla a nado. Al principio hubo chicos que lo intentaron, chapoteando como perros, pero subestimaban la fuerza del río. La corriente era rápida y el río profundo. Tres chicos desaparecieron arrastrados por las aguas y no volvimos a verlos.
El resto nos dedicamos a esperar. Todos esperaban. El viaje hasta Etiopía se había prolongado durante unas seis semanas y en el río nuestro grupo se mezcló con otros viajeros: adultos, familias, ancianos y bebés. Fue la primera vez en que fui consciente de que no éramos solo chicos los que andábamos hacia Etiopía. En el río había cientos de adultos y de niños más pequeños, y nos dijeron que eran miles los que ya habían cruzado y miles los que venían por detrás.
El río estaba bordeado de arbustos densos, y como se hallaban tan cerca del agua, estaban infestados de mosquitos. No teníamos mosquiteras. Dormíamos a la intemperie y encendíamos hogueras con ramitas y bambú. Pero eso no ahuyentaba a los mosquitos. Por las noches se oían llantos. Los adultos gemían, los niños berreaban. Para los mosquitos era un festín: tenían a una persona para cada cien de ellos. Era irremediable. No cabe ninguna duda de que cientos contrajeron la malaria mientras esperaban para cruzar el río. Tardamos cuatro días en ir de una orilla a la otra.
Una vez efectuada la travesía nos encontramos en un pueblo que nos recibió con los brazos abiertos. Los habitantes del pueblo vivían cerca de la orilla arenosa y cultivaban maíz. Compartieron su comida con nosotros, haciendo gala de tal generosidad que estuve a punto de desmayarme. Nos sentamos en grupos y las mujeres del pueblo nos trajeron agua del pozo e incluso estofado: un trocito de carne para cada cuenco. Al rato de terminar de comer, los chicos se quedaron dormidos, tan saciados que no podían permanecer despiertos.
Cuando desperté el sol anaranjado había descendido hacia las copas de los árboles y oí una voz.
—¡Tú!
Frente a mí solo distinguí chicos: algunos se bañaban en el agua. A mi espalda solo había un sendero que se internaba en la oscuridad.
—¡Achak!
La voz me resultaba muy familiar. Levanté la vista. Había una sombra en un árbol. Se parecía mucho a la de un leopardo: una silueta estilizada y sinuosa.
—¿Quién es? —pregunté.
La forma saltó desde el árbol y cayó a mi lado, en la arena. Me estremecí, dispuesto a huir, pero era un chico.
—¡Eres tú, Achak!
—¡No puedes ser tú! —dije, y me puse en pie.
Era él. Después de tantas semanas, era William K.
Nos abrazamos sin decir nada. Noté un nudo en la garganta, pero no pude llorar. Ya no sabía llorar. Pero me sentí muy agradecido. Supe que Dios me regalaba la presencia de William K tras haberse llevado a Deng. No le había visto desde que los murahaleenes entraron en Marial Bai y me parecía imposible encontrarle allí, en la orilla del Nilo. Nos sonreímos; la emoción nos impedía sentarnos. Corrimos hasta el río y una vez allí paseamos por la arena, lejos de los demás.
—¿Qué hay de Moses? —preguntó William K—. ¿Ha venido contigo?
No se me había ocurrido que William K desconociera el destino de Moses. Le dije que estaba muerto, que los jinetes le habían matado. William K se dejó caer en la arena. Me senté a su lado.
—¿No lo sabías? —pregunté.
—No, ese día no le vi. ¿Le dispararon?
—No lo sé. Iban a por él. Miré hacia otro lado.
Permanecimos un rato sentados, contemplando las piedras lisas de la ribera. William K cogió unas cuantas y las lanzó a las pardas aguas.
—¿Y tus padres? —preguntó él.
—No lo sé. ¿Los tuyos?
—Me dijeron que nos veríamos de nuevo en casa en la estación de las lluvias. Creo que están esperando para volver. Así que en cuanto empiece a llover solo tengo que regresar a casa.
Aunque me sonó un poco ingenuo, no hice ningún comentario. Seguimos sentados, en silencio, y me sentí como si el viaje hasta Etiopía ya no fuera a ser difícil. Caminar junto a mi buen amigo William K lo haría tolerable. Estoy seguro de que él se sentía igual, porque en más de una ocasión lo pillé mirándome de reojo, como si quisiera asegurarse de que yo era real. De que todo eso era real.
Sorprendentemente tardamos mucho en acordarnos de preguntar cómo habíamos llegado hasta el río con los grupos que iban hacia el este. Le conté mi historia y luego él me explicó la suya. Como yo, él había corrido hasta el anochecer del día siguiente. Tuvo la suerte de toparse con un autocar que llevaba a la gente a Ad-Da’ein, donde él tenía parientes. Sabía que Ad-Da’ein estaba en el norte, pero todos los dinkas del autobús creían que allí estarían a salvo, ya que Ad-Da’ein era una gran ciudad en la que convivían dinkas, árabes, cristianos y musulmanes. Al igual que aquel grupo de ancianos con el que yo había caminado en las primeras etapas de mi viaje, estaban seguros de que una ciudad controlada por el gobierno tenía que ser un lugar más seguro.
—Estuvimos a salvo durante un tiempo —dijo William K—. Mi tío y mis tías vivían allí. Él era albañil y trabajaba para los rezeigats. Era un empleo decente y podía alimentarnos a todos. Vivíamos cerca de cientos de dinkas y hacíamos lo que queríamos. Nos sentíamos seguros porque estábamos entre unos diecisiete mil dinkas.
»Los rezeigats, pastores árabes, ostentaban el poder en la ciudad, pero también había gente del pueblo fur, del zaghawa, del jur, del berti, y de otras tribus. Era una ciudad bulliciosa, pacífica. O eso decía mi tío. Las cosas cambiaron poco después de mi llegada. Empezaron a brotar resentimientos. Los milicianos pasaban cada vez más tiempo en la ciudad, y contagiaban su aversión hacia los dinkas. Los musulmanes de la ciudad empezaron a tratar a los no musulmanes de forma distinta. Había una iglesia cristiana, que se construyó hace mucho tiempo con la ayuda de un jeque rezeigat. La iglesia se convirtió en una afrenta para los musulmanes. La gente estaba enfadada con dinkas y cristianos debido al ELPS, y se enfadaba más aún cuando corría la noticia de que el ELPS ganaba alguna batalla. En primavera los rezeigats se plantaron en la iglesia y le prendieron fuego. Había gente dentro, rezando, pero la quemaron de todos modos. Dos personas murieron en el incendio. Luego los rezeigats fueron a las casas de los dinkas y se pusieron a quemarlas. Tres personas más murieron allí.
»Estábamos aterrados. Los dinkas se habían percatado de que el lugar ya no era seguro. Una mañana mi tío nos llevó a la comisaría de policía, donde muchos centenares de dinkas se habían refugiado en busca de cobijo. La policía nos ayudó, y nos dijeron que nos reuniéramos en Hillat Sikka Hadid, una zona cercana a la estación de ferrocarril. Nos pasamos la noche allí, todos acurrucados juntos. Todos decidimos que por la mañana emprenderíamos viaje de regreso hacia el sur de Sudán, donde el ELPS pudiera protegernos.
»Por la mañana agentes del gobierno, con la ayuda de la policía, nos trasladaron a todos hasta la estación de tren. Nos dijeron que allí estaríamos más seguros y que nos sacarían de la ciudad en tren. Nos iríamos de la ciudad: podríamos volver al sur de Sudán o adondequiera que quisiéramos ir.
»Así que nos ayudaron a subir al tren, a los vagones donde transportaban el ganado. Había ocho vagones. La mayoría de la gente se alegraba de irse y de no tener que andar. Nos dijeron que querían a todos los hombres y chicos a bordo de un vagón, para poder vigilarlos, para asegurarse de que entre ellos no había nadie del ELPS. Esto me preocupó, pero mi tío dijo que no había de qué preocuparse, que era normal que quisieran asegurarse de que no había hombres armados. De manera que mi tío y mis primos subieron a uno de los vagones para hombres.
»Yo monté en otro distinto, con mis tías y mis primas más pequeñas. Mi tío viajaba en el primer vagón y nosotros en el quinto. Los vagones iban atestados. En el mío debíamos de ser casi doscientos, entre mujeres y niños. Apenas podíamos respirar; establecimos turnos para acercar las bocas a las rendijas por las que entraba el aire. Muchos niños lloraban, muchos estaban mareados. Una niña vomitó en mi espalda.
»Dos horas después oímos muchos gritos cerca del primer vagón, donde viajaba mi tío. Luego disparos. Desde donde estábamos no podíamos ver nada. No sabíamos si era el ejército que luchaba contra el ELPS o qué sucedía. Entonces oímos el ruido de algo que se quemaba: los crujidos de la madera al arder. Y entonces, como una ola, llegaron hasta nosotros los gritos de cientos de hombres dinkas. Los rezeigats también gritaban, insultando a los dinkas. “¡Están ardiendo!”, gritó alguien en mi vagón. “¡Están quemando a los hombres!” Todos prorrumpimos en gritos. Todos gritábamos. Los gritos duraron mucho tiempo, pero estábamos atrapados.
»Ignoro cómo se abrió el vagón, pero de repente se abrió la puerta y todos huimos. Pero para la mayoría ya era demasiado tarde. Mil personas habían sido quemadas. Mi tío estaba muerto. Huimos de la ciudad, a cientos, y nos escondimos en el bosque hasta que llegamos a una ciudad dominada por el ELPS. Al final mis tías decidieron que yo debía unirme a la marcha de chicos.
William K ya llevaba días en el río cuando llegamos nosotros: había viajado parte del camino en autobús y luego se había unido a otro gran grupo de chicos que iban a pie. La mayoría había seguido adelante mientras William se quedaba en el río, disfrutando de la hospitalidad de las mujeres del pueblo. Estaba más sano que la mayoría de nosotros y encaraba el futuro con optimismo.
—¿Sabes si estamos muy cerca de Etiopía? —preguntó.
Yo lo ignoraba.
—He oído que no está muy lejos. Unos días más y estaremos a salvo. Solo hay que cruzar un desierto, y si corremos podemos hacerlo en un día. Tal vez tú y yo podríamos adelantarnos para llegar los primeros. Y cuando empiecen las lluvias volvemos a casa. Si tus padres no están en Marial Bai te vienes a vivir con los míos, podemos ser hermanos.
Por primera vez en mi vida aprecié las fantasías de William K. Aquella tarde contó muchas: por ejemplo, dijo que sabía que sus padres ya habían llegado a Etiopía porque durante el camino había ido preguntando a la gente si habían visto a alguien que respondiera a la descripción de sus padres y todos habían asentido enseguida. Aunque no hacía mucho que había recuperado esa convicción, seguía resultando asombroso oír hablar a un chico con tanto entusiasmo sobre cualquier tema. Durante semanas el resto de nosotros casi había sido incapaz de decir palabra.
—¿Es un chico nuevo, Achak?
Dut nos había encontrado sentados junto al río.
—Se llama William K. Es de nuestro pueblo.
—¿De Marial Bai? No.
—Sí, tío —dijo William K—. Mi padre era ayudante del jefe.
Dut pareció darse cuenta al instante de que William K era un embustero, aunque inofensivo. Asintió sin decir nada. Se sentó con nosotros y observamos cómo la gente cruzaba el Nilo. Preguntó a William K cómo él, siendo el hijo del jefe de Marial Bai, había acabado uniéndose a nosotros en el río, y William K le respondió con una versión parcial de su historia. Para no ser menos, aquella tarde Dut contó una historia aún más extraña que la que había explicado sobre los baggaras y sus armas nuevas.
—No me sorprende que tuvierais problemas en Ad-Da’ein, William K. La historia de las gentes del sur y las gentes del norte no es muy feliz. Los árabes siempre han sido mejores que nosotros, los dinkas. Y también más listos. Por eso, en Etiopía, le daremos la vuelta a la tortilla. ¿Habéis oído hablar de los ingleses, chicos?
Negamos con la cabeza. Etiopía era el único país del que conocíamos la existencia.
—Son gente que vive en un lugar muy lejano. Son muy distintos de nosotros. Pero son muy poderosos, tienen más y mejores armas que cualquier baggara. ¿Os lo imagináis? Es un pueblo más poderoso de lo que os podéis imaginar.
Intenté imaginarlo: pensé en los murahaleenes, en versión aún más grande.
—Los británicos se involucraron en el sur de Sudán, esta tierra por la que andamos, en los primeros años del siglo diecinueve. Hace mucho tiempo. Fueron ellos quienes contribuyeron a instaurar el cristianismo entre los dinkas. Algún día os hablaré de un hombre llamado general Gordon que intentó abolir la esclavitud en nuestras tierras. Pero por ahora os contaré solo esto. ¿Me seguís hasta el momento?
Sí.
—La otra parte de la historia de esta tierra es el país de Egipto. Egipto es otro país poderoso, pero sus habitantes son similares a los del norte de Sudán. Son árabes. Tanto los británicos como los egipcios tenían intereses en Sudán…
—¿Qué quieres decir con intereses? —le interrumpí.
—Querían cosas de aquí. Querían tierras. Querían el río Nilo, este que acabamos de cruzar. Los británicos controlaban muchos países de África. Es complejo, pero querían influir sobre gran parte del mundo. De manera que británicos y egipcios llegaron a un acuerdo: pactaron que los egipcios controlarían el norte del país, donde vivían y aún residen los árabes, mientras que los británicos controlarían el sur, la tierra que conocemos, donde viven los dinkas y otros pueblos como el nuestro. Esto fue bueno para las gentes del sur porque los británicos eran enemigos de los traficantes de esclavos. De hecho, afirmaron que pondrían fin al tráfico de esclavos, que en esa época era muy activo. Se llevaban a muchos más de los que se llevan ahora, y los repartían por todo el mundo. Los británicos gobernaron el sur de Sudán con manga ancha. Construyeron escuelas, donde enseñaban a los niños el cristianismo y también inglés.
—¿Por eso se les llama ingleses? —preguntó William K.
—Bueno… claro, William. En cualquier caso, los ingleses ejercieron una buena influencia sobre esta tierra sobre todo en un aspecto: frenaron el avance del islamismo. Nos pusieron a salvo de los árabes. Pero en mil novecientos cincuenta y tres, hace mucho tiempo, antes de que yo naciera, más o menos cuando nació tu padre, Achak, los egipcios y los británicos firmaron un acuerdo en el que se comprometían a dejar Sudán en paz, a dejar que se gobernara a sí mismo. Esto fue después de la Segunda Guerra Mundial y…
—¿Qué? —pregunté.
—Oh, Achak, no puedo explicaros eso ahora. Pero los británicos se habían visto envueltos en una guerra propia, una guerra comparada con la cual la nuestra tiene poca importancia. Pero como se habían extendido por todo el mundo y ya no podían mantener ese poder decidieron devolver el control del país a los sudaneses. Fue un momento muy importante. Muchos supusieron que el país quedaría dividido en dos, norte y sur, porque al fin y al cabo ambas regiones se habían fusionado bajo el gobierno de los británicos y porque ambas compartían muy pocos rasgos culturales. Pero fue entonces cuando los británicos plantaron la semilla del desastre para nuestro país, cuyos frutos se recogen aún a día de hoy. De hecho, mirad esto.
Dut se sacó un pedazo de papel del bolsillo. Hasta ese momento no supimos que además de la lista de chicos a su cuidado él también guardaba otros papeles. Pero tenía muchos, y fue pasando las páginas a toda prisa hasta llegar a una hoja amarillenta y arrugada que desdobló antes de enseñarme. La letra impresa no se parecía a ninguna que yo hubiera visto antes. Para mí era tan imposible leerla como convertir el papel en alas y salir volando. Al recordar que yo no sabía leer, me la arrebató.
—He tardado mucho en traducirlo así que os beneficiaréis de mi esfuerzo. Escuchad:
La política aprobada del gobierno es actuar sobre el hecho de que las gentes
del sur de Sudán son claramente africanos y negros, y que por tanto nuestro deber obvio para con ellos es colaborar tanto como podamos en su desarrollo económico en las líneas africanas y negras, y no en las líneas de progreso árabes de Oriente Próximo que resultan adecuadas para el norte de Sudán. Solo mediante el desarrollo económico y educativo esta gente podrá sostenerse en pie en el futuro, aunque al final el grupo acabe unido al norte de Sudán, o a los países del este de África, o se divida entre ambos.
William y yo apenas entendimos nada de lo que decía Dut, pero él parecía muy satisfecho.
—Esto fue escrito por los británicos cuando intentaban decidir cómo manejar su salida de Sudán. Sabían que estaba mal dejar el país como un Sudán unificado. Sabían que no estábamos unidos en absoluto y que nunca podríamos llegar a estarlo. Esto les planteaba un grave conflicto. Lo llamaban la Cuestión del Sur de Sudán.
No entendí del todo lo que significaba eso.
—Vuestro destino, todos nuestros destinos, quedaron sellados hace años por un pequeño grupo de gentes inglesas. Tenían la capacidad de dibujar una línea entre norte y sur, pero los árabes los convencieron de que no lo hicieran. Los británicos tuvieron la oportunidad de preguntar a la gente del sur de Sudán si deseaban separarse del norte o seguir con ellos. Es imposible que los jefes del sur prefirieran seguir unidos al norte, ¿no creéis?
Asentimos, pero me pregunté si sería cierto. Pensé en los días de mercado en Marial Bai, en Saliq y en los árabes que visitaban la tienda de mi padre, en la armonía que reinaba entre los comerciantes.
—Pues aceptaron —prosiguió Dut—. Los árabes los engañaron, les tomaron el pelo. Sobornaron a los jefes a base de promesas. Al final se convencieron de que vivir como una nación reportaría más ventajas. Era absurdo. En fin, ahora todo esto cambiará —dijo Dut mientras se ponía de pie—. En Etiopía habrá colegios, los mejores que hayáis tenido nunca. En ellos enseñarán los mejores maestros de Sudán y Etiopía, y recibiréis una educación. Se os preparará para una nueva era, en la que ya no os dejaréis engañar por Jartum. Cuando termine esta guerra, el sur de Sudán será una nación independiente y vosotros la heredaréis algún día. ¿Cómo os suena eso, chicos?
Dije a Dut que sonaba muy bien. William K, en cambio, se había dormido, y yo no tardé en dormirme también. Dut se marchó. Yo solo quería descansar al lado de William K. Tenía la impresión de que su llegada, su resurrección, se producía en un momento en el que no sé si habría podido seguir adelante sin él. ¿Me habría metido en un agujero como hizo Monynhial? No lo sé. Pero sin William K, me habría olvidado de que no había nacido en este viaje. De que hubo una vida anterior a esta. Sin William K habría terminado creyendo que había nacido entre esos arbustos, en los senderos que otros chicos habían recorrido antes que yo: como si nunca hubiera tenido una familia, nunca hubiera disfrutado de un hogar, nunca hubiera dormido debajo de un techo y hubiera comido hasta saciar el hambre. Como si nunca me hubiera acostado sintiéndome a salvo y seguro de lo que traería consigo el siguiente amanecer.
Cerré los ojos y me sentí feliz: aquel día, en la orilla del río, reunido con William K, mientras las nubes llegaban en intervalos perfectos, cargados de frescor, meciendo nuestro sueño con su compasiva sombra.
Pero por la noche los truenos pusieron fin a ese momento.
—¡Levantaos!
Dut nos gritaba. Dijo que la guerra se aproximaba. No nos informó de quién luchaba contra quién, ni de dónde se producía la lucha, pero oímos tiros a lo lejos, el zumbido del fuego de mortero. Así que no nos quedamos en aquel pueblo que, estoy seguro, quedó arrasado después de que empezaran los disparos. Nos fuimos cuando el sol enrojeció y se dispuso a ocultarse, y nos dirigimos directamente al desierto. Los del pueblo nos habían dicho que estábamos cerca de Etiopía, que lo único que nos faltaba era cruzar el desierto. Que en una semana nos encontraríamos en la frontera.
Primero dejamos todo lo que teníamos. Dut nos dijo que sería lo más seguro: si no teníamos nada, los bandoleros nos dejarían en paz. Dimos cuenta de la comida que habíamos encontrado o guardado y dejamos atrás todas las pertenencias que no podíamos llevar encima. Me comí unas semillas que había guardado en una bolsa que llevaba atada a la muñeca y muchos chicos se quitaron hasta la camisa. Maldijimos a Dut por esta orden, pero no teníamos más elección que confiar en él. Siempre confiamos en Dut. En ese momento, nosotros éramos niños y él era Dios.
Caminamos durante toda la noche para alejarnos de la guerra, y de madrugada descansamos unas horas antes de ponernos de nuevo en marcha.
Aquellos primeros días la moral del grupo se mantuvo relativamente alta y anduvimos a buen paso. Los chicos creían que llegar a Etiopía era cuestión de días y la proximidad de nuestra nueva vida despertó al soñador que había en William K, que tejía el aire que nos rodeaba con el hermoso encaje de sus mentiras.
—He oído hablar a Dut y a Kur. Dicen que muy pronto llegaremos a Etiopía. En solo unos días. Pero tendremos problemas con la comida. Dicen que hay tanta comida que tendremos que dedicar medio día a comerla. Si no, se estropeará.
—Estás mintiendo, William —dije—. Cállate.
—No miento. Acabo de oírlo.
William K estaba a más de un kilómetro de Dut y Kur. William K no había oído decir nada a nadie. Pero prosiguió:
—Dut decía que tendremos que elegir entre tres casas. Nos enseñarán tres casas y tendremos que escoger una. Los suelos son de goma, como los zapatos, y las casas son frescas y limpias. Podremos elegir mantas, y tela de distintos colores para las camisas y los pantalones. La mayoría de problemas en Etiopía surgirán del exceso de opciones.
Intenté cerrar el paso a su voz, pero sus mentiras eran preciosas y le escuché en secreto.
—Allí nos esperan nuestras familias. Dut decía que unos aviones llegaron a Bahr al-Ghazal después de que nos fuéramos y llevaron a todo el mundo a Etiopía. Así que nos estarán esperando cuando lleguemos. Deben de estar muy preocupados por nosotros.
Sus mentiras eran tan bellas que casi me hicieron llorar.
Pero no había ni agua ni comida. No estoy muy seguro de quién informó a Dut de que en el desierto encontraríamos comida y de que podríamos cruzarlo con una limitada cantidad de agua, pero se equivocó en ambos puntos. En unos días nuestro paso se volvió indolente y la locura empezó a cebarse en los chicos.
En la mañana del cuarto día desperté ante la sorpresa de que un chico llamado Jok Deng estaba meándose encima de mí. Fue de los primeros en perder la razón en el desierto. El calor era demasiado intenso y no habíamos probado bocado desde hacía tres días. Cuando desperté bajo la meada de Jok Deng, tiré de su pierna hasta derribarlo, mientras el pene seguía dibujando lazos de orina. Fui hasta el otro lado del círculo y volví a tumbarme, con el olor a orina metido en la nariz. Jok meaba cada día encima de alguien distinto. También estaba el caso de Dau Kenyang, que no podía ni responder cuando le llamaban y cuyos ojos se le hundieron tanto en el cráneo que perdieron la luz. Abría la boca, pero no decía nada. Todos empezamos a reconocer el silencioso chasquido de sus labios al abrirse y cerrarse, sin que de ellos saliera nada.
William K fue el siguiente. Su locura se inició con una incapacidad de dormir. Permanecía despierto toda la noche, en el centro del círculo, dando patadas a diestro y siniestro. Era algo que molestaba pero que por sí solo no indicaba que William estuviera perdiendo sus facultades mentales. Pero luego empezó a arrojar arena a todos los chicos. Parecía llevar siempre un puñado de arena en la mano, y lo lanzaba a la cara de cualquiera que le hablara, refiriéndose a ellos con el nombre de su rematado enemigo de Marial Bai, William A.
Fui el primero en recibir el regalo de arena de William K. Le pedí prestado el cuchillo y me lanzó la arena. Se me metió en la boca y me escocía en los ojos.
—Disfruta del plato de arena, William A —dijo él.
Yo estaba demasiado fatigado para enojarme, para tener cualquier clase de reacción. Mis músculos estaban débiles, los calambres iban y venían. Me sentía bajo los efectos de un constante mareo. Todos hacíamos lo posible por caminar en línea recta, pero el equilibrio colectivo del que hacíamos gala era tan paupérrimo que parecíamos una procesión de borrachos, oscilantes y sin rumbo. El corazón parecía latir más rápido, de forma irregular, palpitando y estremeciéndose. Y la mayoría de chicos estaba aún peor que yo.
Solo comíamos lo que encontrábamos. El tesoro más buscado era un fruto llamado abuk. Era una raíz que podía arrancarse si el recolector veía su única hoja sobresaliendo del suelo. Algunos chicos demostraron ser expertos en esta búsqueda, pero yo no veía nada. Un chico podía salir zumbando en una dirección y empezar a cavar sin que yo hubiera distinguido nada. Cuando hubo suficiente para compartir, probé el abuk. Era amargo, insípido. Pero contenía agua y eso lo convertía en algo preciado.
Todos los días Dut nos mandaba de inspección a los árboles, si había árboles, en busca de cualquier cosa, aunque nos advertía que no nos alejáramos mucho.
—No os alejéis, ni os separéis del resto.
Según Dut, en aquella región moraban tribus capaces de secuestrar a chicos como nosotros. Los mataban o los usaban para atender el ganado.
Con suerte nos tocaba una cucharada de comida al día. Bebíamos tanta agua como nos cabía en las manos.
El quinto día empezaron las muertes.
—Fíjate en eso —dijo ese día William K.
Su mirada seguía los flacos dedos de los chicos que iban en fila delante de nosotros. Todos apuntaban hacia el cuerpo hundido de uno de nosotros, precisamente de nuestro tamaño, que no estaba ni a tres metros del sendero que seguíamos. Ese chico muerto pertenecía a otro grupo que nos llevaba unos días de ventaja. El chico iba desnudo, salvo por unos pantalones cortos rotos, y estaba apoyado en un árbol de tronco fino, cuyos ramajes se doblaban sobre su cuerpo como si intentaran protegerlo del sol.
Kur no tardó en situarse entre la fila y el chico muerto para asegurarse de que todos seguíamos andando y no nos parábamos a observar el cadáver. Temía el contagio de cualquier enfermedad que hubiera contraído el chico, y en esos días difíciles cada momento era precioso. No cesaba de repetir que debíamos ponernos en marcha en cuanto despertáramos, porque cuanto más camináramos más pronto llegaríamos a algún lugar donde podríamos encontrar agua y comida.
Pero solo transcurrieron unas horas entre la visión del cadáver y el hecho de que uno de los nuestros también dejara de andar. Se limitó a sentarse en el camino; vimos que los chicos de delante lo rodeaban para pasar. William K y yo seguimos su ejemplo, sin saber qué otra cosa podíamos hacer. Dut se enteró por fin de que un chico se había parado y regresó a por él; le llevó a cuestas el resto de la tarde, pero luego supimos que gran parte de este tiempo ya estaba muerto. Murió en brazos de Dut y este solo buscaba un lugar apropiado para dejarlo.
A la tarde siguiente habíamos visto ocho cadáveres más en el camino, pertenecientes a grupos que iban por delante de nosotros, a los que se añadieron tres más de los nuestros. Ese día y en jornadas sucesivas, cuando un chico iba a morir lo primero que hacía era dejar de hablar. Se le secaba demasiado la garganta y hablar requería demasiado esfuerzo. Entonces los ojos se le hundían más, las sombras que los rodeaban se hacían más oscuras. No respondía a su nombre. Aminoraba el paso, sus pies se volvían torpes, y era de los chicos que descansaban más. Finalmente el chico agonizante encontraba un árbol, se sentaba apoyado en su tronco y se dormía. Cuando su cabeza tocaba el árbol, la vida que le quedaba se desvanecía y su carne volvía a la tierra.
La muerte se cobraba víctimas todos los días de un modo que ya nos resultaba familiar: con rapidez y contundencia, sin aviso previo ni exceso de ostentación. Para mí estos chicos eran caras, chicos con los que me había sentado a comer o a los que había visto pescando en el río. Empecé a preguntarme si eran todos iguales, si existía alguna razón que explicara por qué alguno moría mientras otro seguía vivo. Empecé a esperar muertes en cualquier momento. Pero había cosas que los chicos muertos habían hecho y que contribuían a su final. Tal vez habían comido las hojas que no debían. Tal vez eran perezosos. Tal vez no eran tan fuertes como yo, ni tan veloces. Era posible que no fuera solo el azar: que Dios se estuviera llevando a los débiles del grupo. Quizá solo los más fuertes debían llegar a Etiopía; quizá solo los mejores merecieran llegar a Etiopía. Esta era la teoría de William K. Había recobrado la cordura y hablaba aún más que antes.
—Dios está eligiendo quiénes van a llegar a Etiopía —dijo él—. Solo los más fuertes y los más listos podrán sobrevivir. En realidad solo hay espacio para la mitad de nosotros. Solo para unos cien chicos. Así que morirán todavía más, Achak.
No podíamos llorar a los muertos. No había tiempo. Llevábamos diez días en el desierto, y o salíamos de él pronto o no acabaríamos nunca. Al mismo tiempo, la guerra se nos acercaba con creciente frecuencia. Durante el día veíamos helicópteros a lo lejos y Dut hacía lo que podía para ayudarnos a escondernos. A partir de ese día caminamos de noche. Fue durante una de esas caminatas nocturnas, mientras descansábamos unas horas, que creímos que un tanque había llegado para matarnos a todos.
Yo estaba dormido cuando oí un rumor en el suelo. Me incorporé y vi que no era el único despierto. Dos luces atravesaron la negrura de la noche.
—¡Corred!
No había ni rastro de Dut, pero Kur nos ordenaba que corriéramos. Yo confiaba en sus órdenes, así que busqué a William K, que ya no sufría insomnio y se hallaba lejos, profundamente dormido. Cuando se despertó y se levantó, ambos corrimos, tropezando en la noche, cercados por ruidos de vehículos y visiones de luces lejanas. Corrimos primero hacia las luces y luego nos alejamos de ellas. Había trescientos chicos corriendo en todas direcciones. William K y yo saltamos sobre chicos que se habían caído y sobre otros que se habían parado en los arbustos para esconderse.
—¿Paramos? —susurré mientras corríamos.
—No, no. Corre. No pares.
Seguimos corriendo, decididos a alejarnos lo más posible de las luces. Corríamos uno al lado del otro y presentí que avanzábamos en la dirección acertada. Los rumores amenazadores quedaban atrás y miré hacia mi derecha, donde antes había estado William K, pero ya no lo vi.
Me paré y lo llamé en un susurro. La noche viajaba llena de lamentos de chicos. Tendría que esperar a que amaneciera para saber lo que había sucedido aquella noche, quién gemía y por qué.
—¡Corre, corre! ¡Ya vienen!
Un chico pasó ante mí y lo seguí. Me dije que William K habría optado por esconderse. William K estaba a salvo. Seguí al chico, aunque no tardé en perderlo de vista a él también. Es difícil describir lo oscura que es la oscuridad que reina en el desierto.
Corrí durante toda la noche. Corrí porque nadie me había dicho que parara. Corrí escuchando mi propio aliento, fuerte como un tren, y corrí con los brazos extendidos para protegerme de la maleza y de los árboles. Corrí hasta que algo me detuvo. Había estado corriendo a toda velocidad y de repente me paré, atrapado cual insecto en la tela de una araña. Intenté liberarme pero noté un pinchazo. El dolor se extendía por todas partes. Unos dientes se me clavaban en la pierna y en el brazo. Caí inconsciente.
Cuando desperté estaba en el mismo sitio y la luz empezaba a atravesar el tejado desde el cielo. Me hallaba atrapado en una valla de alambres paralelos provista de espinos con forma de estrellas. La valla me había rasgado la camisa en dos puntos y una estrella se había alojado en mi pierna derecha. Desprendí la camisa y contuve el aliento mientras el dolor de la pierna empezaba a aclararse.
Me liberé, pero la herida de la pierna sangraba sin parar. La envolví con una hoja, pero era incapaz de andar y mantener la herida cerrada. El cielo se teñía de rosa y caminé en la dirección que, según supuse, habrían seguido los chicos.
—¿Quién anda ahí?
Una voz surgió de entre la maleza.
—Soy un chico —dije.
No se veía a nadie. La voz parecía salir del mismo aire de color rosa.
—¿Por qué vas hacia allí, y con la mano puesta en la pierna?
No me apetecía mantener una conversación con el aire, así que no dije nada.
—¿Eres un chico enfadado o un chico feliz? —preguntó la voz.
Apareció un hombre, de barriga redonda y provisto de un sombrero, una sombra azul que se recortaba sobre el cielo. Se me acercó despacio, como quien se aproxima a un animal atrapado. La voz del barrigón tenía un acento extraño, que apenas me permitía entender sus palabras. Como ignoraba cuál era la respuesta apropiada contesté a otra pregunta distinta.
—Voy con los chicos caminantes, padre.
El hombre se cernía sobre mí. Su sombrero lucía un estampado de camuflaje, como el del uniforme del soldado Mawein. Pero el camuflaje de este hombre era mejor: se fundía plenamente con el paisaje, con sus ocres y grises. Era de edad indeterminada, entre la de Dut y la de mi padre. En cierto sentido me recordó a este último: en sus hombros esbeltos y en la agilidad y decisión de sus movimientos. Pero el estómago de este hombre estaba lleno, más que lleno. Yo no había visto una barriga tan abundante desde el concurso de gordos de mi pueblo, un ritual anual que se perdió con el estallido de la guerra. Para ese acontecimiento hombres de toda la región se atracaban de leche durante meses y llevaban una vida tan sedentaria como podían. El ganador era el hombre más grande, el hombre que poseyera la barriga más impresionante. El concurso no resultaba viable durante la guerra civil, pero el hombre que tenía ante mí parecía un posible candidato.
—Déjame ver por qué te agarras la pierna —dijo él mientras se agachaba frente a mí.
Le mostré la herida.
—Ah, vaya. El alambre de espino. Tengo algo para eso. En casa. Ven.
Me fui con el hombre de barriga redonda porque estaba demasiado cansado para planear una huida. De repente vi su cabaña: parecía estar firmemente construida y se alzaba en medio de la nada. No había la menor señal de otros humanos por ninguna parte.
—¿Quieres que te lleve? —preguntó él.
—No. Gracias.
—Ah, ah, ah. Ya comprendo. Tienes tu orgullo. Eres uno de esos chicos que van hacia Etiopía para convertirse en soldados.
—No —repuse, convencido de que estaba equivocado.
—¿Los jaysh al-ahmar? —dijo él.
—No, no.
—Los jaysh al-ahmar, el Ejército Rojo… Sí. Os he visto pasar.
—No. Solo caminamos. Caminamos hacia Etiopía. Para ir al colegio.
—Al colegio y luego al ejército. Sí, creo que es lo mejor. Entra y siéntate un momento. Te curaré esa pierna.
Me paré un momento en la puerta de la robusta casa del hombre. Él no me conocía, pero creía saber algo de mí. Llevaba tiempo viendo pasar a chicos de mi edad y los llamaba Ejército Rojo, como había hecho Mawein. Había algo viscoso en aquel hombre y me dije que entrar en su casa era una idea peliaguda. Pero cuando a uno se le invita a una casa en Sudán, sobre todo si eres un viajero, cabe esperar que te ofrezcan comida. Y la perspectiva de ser alimentado superaba con creces cualquier duda que tuviera sobre mi seguridad. Entré en la penumbra de la gran cabaña y la vi. Dios, era la bicicleta. Parecía ser exactamente la misma. Juro que era idéntica: plateada, flamante, nueva, el mismo modelo que Jok Nyibek Arou trajo a Marial Bai. Esta, sin embargo, había sido despojada del plástico y por ello lucía aún más.
—¡Ah! Te gusta la bicicleta. Ya me lo imaginaba.
No pude hablar. Parpadeé.
—Coge esto.
El hombre me dio un trapo y fui a limpiarme la herida.
—No, no. Deja que lo haga yo —se ofreció él.
El hombre cogió el trapo y lo ató con fuerza en torno a mi pierna. El aullido de la herida quedó amortiguado y sentí ganas de reír ante la simplicidad de la solución.
El hombre me indicó que me sentara y eso hice. Permanecimos sentados durante un momento, evaluándonos mutuamente, y entonces vi que él poseía un rostro felino, de pómulos altos y pronunciados, y ojos grandes que parecían brillar de diversión en todo momento. Sus manos, apoyadas en su regazo y con las palmas hacia arriba, daban paso a dedos de notable longitud, con seis o más articulaciones cada uno.
—Eres la primera persona que entra en esta casa desde hace mucho tiempo —dijo él.
Asentí con seriedad. Deduje que aquel hombre de gran barriga había perdido a su esposa y a su familia. Sudán estaba lleno de hombres como él, hombres de su edad que estaban solos.
Con un movimiento rápido apartó la alfombra del suelo, revelando una puerta hecha de cartón y cuerda. La levantó y vi que debajo tenía un gran agujero lleno de comida, agua y botellas con líquidos misteriosos. El hombre se apresuró a cerrar la portezuela de nuevo y recolocó la alfombra.
—Toma —dijo él.
Echó unas cuantas nueces en un plato.
—¿Para mí?
—¡Ah, ah, ah! Qué chico tan tímido. ¿Cómo puedes ser tan tímido? Estás demasiado hambriento para ser tímido. Come cuando tengas comida a mano, chico. Come.
Engullí las nueces a toda prisa, primero de una en una y luego a puñados. Era más de lo que había comido desde hacía semanas. Mordí, tragué y noté cómo la pasta de las nueces me fortalecía el pecho y los brazos, y luego me aclaraba las ideas. El hombre volvió a llenar el plato de nueces y seguí comiendo, aunque más despacio. Sentí la necesidad de tumbarme, y eso hice, pero seguí engullendo nueces, de una en una.
—¿De dónde la has sacado? —pregunté, señalando la bicicleta.
—La tengo, y eso es lo que importa. El Ejército Rojo, chico. ¿Has montado alguna vez?
Me incorporé y negué con la cabeza. El brillo de sus ojos se acentuó.
—Vaya. ¡Qué pena! Te habría dejado subir en ella.
—¡Pero sé hacerlo! —insistí.
Él se rió, echando la cabeza hacia atrás.
—El chico dice que sabe aunque no lo ha hecho nunca. Come algo conmigo y luego ya veremos lo que sabes o no sabes hacer, soldadito.
No sabría explicar por qué, pero me sentía muy cómodo en casa de aquel hombre. Me preocupaba pensar que el grupo reemprendería el camino cuando se elevara el sol, pero estaba comiendo y tenía que curarme la pierna, así que me planteé quedarme con aquel hombre, porque en su casa la muerte parecía improbable.
—¿Por qué estás aquí? —pregunté.
Él se repantigó en la silla y me lanzó una sonrisa; no parecía tener la menor intención de contestar a esa pregunta.
—¡Soy tan maleducado…! —Apartó de nuevo la alfombra, extrajo un contenedor de plástico y me lo pasó—. ¡Darte nueces sin ofrecerte nada que te ayude a tragarlas! Bebe.
Cogí el bidón y el frescor de su superficie hizo que un escalofrío surcara mis manos. Le quité el tapón blanco, lo dejé en mi regazo y acerqué el envase a mi boca. El agua estaba fría. Fantásticamente fría. No podía cerrar los ojos, apenas podía tragar. Bebí aquel agua helada y la sentí caer por la garganta, su frescor se extendió por debajo de mi piel y luego penetró en mi pecho, en mis brazos y en mis piernas. Era el agua más fría que había probado nunca.
Intenté formular otra pregunta.
—¿Dónde estamos?
El hombre volvió a guardar el envase en el agujero.
—Estamos cerca de una ciudad llamada Thiet. Por allí debía pasar tu grupo. Muchos grupos han pasado por Thiet.
—¿Vives en Thiet?
—No, no. Yo no vivo en ninguna parte. Esto no es ningún lugar. Cuando te vayas no sabrás de dónde sales. Insisto en que olvides este lugar ahora mismo. ¿Me entiendes? No estoy en ningún sitio, esto no es ningún lugar, y por eso sigo vivo.
Unos minutos antes me sentía agradecido hacia aquel hombre y me planteaba la posibilidad de preguntarle si podía quedarme con él por tiempo indefinido. Pero entonces decidí que aquel hombre había perdido la razón y que debía irme. Era raro que un hombre pudiera hablar como si fuera normal durante un buen rato y luego revelarse como un loco. Era como hallar un fruto podrido por debajo de una piel sin mácula.
—Debería volver con el grupo —dije, y me puse de pie.
La cara del hombre adoptó una expresión de alarma.
—Siéntate. Siéntate. Tengo más. ¿Te gustan las naranjas? Tengo naranjas.
Volvió a destapar el agujero y esta vez hundió el brazo hasta el hombro. Cuando lo sacó, su mano sostenía una naranja, redonda, perfecta y fresca. Me la dio y mientras yo la devoraba, él cubrió la cavidad subterránea con la alfombra.
—No vivo en ningún sitio, y deberías aprender una lección de esto. ¿Por qué crees que estoy vivo, chico? Estoy vivo porque nadie sabe que estoy aquí. Vivo porque no existo.
Cogió el envase con agua y lo devolvió al subterráneo.
—Ahí fuera todos se están matando, y a los que no se matan con armas y bombas, Dios intenta matarlos con malaria, disentería y otras mil cosas. Pero nadie puede matar a un hombre que no está, ¿no? Así que soy un fantasma. ¿Cómo se puede matar a un fantasma?
No supe qué replicar porque me parecía obvio que aquel hombre existía.
—Solo por mantener este contacto contigo ya me estoy buscando un sinfín de problemas. Te he dado de comer y te he visto la cara. Pero me siento seguro al saber que nadie debe de andar buscando a un chico como tú. ¿Cuántos hay como tú ahí fuera? ¿Miles?
Le dije que éramos tantos como podía imaginar.
—Así que no te echarán de menos. Cuando terminemos de hablar te enviaré con ellos pero no debes decirles dónde me encontraste. ¿Estamos de acuerdo?
Asentí. No me acuerdo por qué se me ocurrió preguntar a aquel hombre sobre el Qué, pero me pareció que si había alguien que tuviera una respuesta, aunque fuera solo una suposición, sería aquel tipo raro que vivía solo y había acumulado tantas cosas, e incluso prosperado, en medio de una guerra civil. Así que le pregunté.
—¿Disculpa? —dijo él.
Repetí la pregunta y le expliqué la historia. A pesar de que no la había oído nunca, el relato le gustó.
—¿Qué crees tú que es el Qué? —preguntó.
Yo no sabía qué pensar.
—¿El AK-47?
Negó con la cabeza.
—No lo creo, no.
—¿El caballo?
Volvió a sacudir la cabeza.
—¿Los aviones? ¿Los tanques?
—Por favor, para. No estás pensando bien.
—¿La educación? ¿Los libros?
—Creo que nada de eso es el Qué, Achak. Creo que deberías seguir buscando. ¿Se te ocurre algo más?
Permanecimos un momento en silencio. Él notó mi decepción.
—¿Te apetece probar la bicicleta?
No pude expresar con palabras las ganas que tenía.
—No te lo esperabas, ¿eh, chico atento?
Hice un gesto de negación.
—¿Hablas en serio?
—Claro que sí. No sabía que te la ofrecería hasta que ya lo he hecho. Nunca me imaginé que le dejaría mi bicicleta a nadie, pero ya que te diriges a Etiopía y que tal vez mueras de camino, dejaré que la uses.
El hombre vio la cara que puse.
—No, no. Lo siento. ¡Era una broma! No vas a morir durante el camino. No. Sois muchos chicos y estarás a salvo. Dios os protege. Y ahora, con el estómago lleno de nueces, eres un chico fuerte. Solo bromeaba: es absurdo pensar que corres algún peligro. Absurdo. ¡Vas a estar bien! Y ahora te montarás en la bicicleta.
—Sí, por favor.
—Pero es la primera vez que lo haces.
—Sí.
El hombre de barriga redonda suspiró y se llamó a sí mismo imbécil. Sacó la bicicleta de la casa. El sol del exterior hacía centellear los pedales, la estructura brillaba. Me enseñó a sentarme y, mientras me acomodaba en el sillín, él mantuvo la bici en pie. Era la bicicleta más increíble nunca vista en Sudán y allí estaba yo, sentado en su lujoso sillín de cuero negro.
—Muy bien, ahora empujaré la bici para que se mueva. Tú tienes que empezar a pedalear. ¿Comprendido?
Asentí y las ruedas empezaron a girar. Iba demasiado rápido pero el hombre seguía sosteniendo la bicicleta, así que me sentí a salvo. Empujé los pedales, aunque estos parecían moverse por su cuenta.
—¡Dale, chico, dale!
El hombre corría junto a mí, entre jadeos, resoplidos y risas. Empujé los pedales, mis pies bajaron y luego subieron. Noté un vuelco en el estómago.
—¡Sí! Lo estás haciendo, chico. ¡Estás pedaleando!
Sonreí, miré al frente y traté de calmar el estómago, que amenazaba con devolver su contenido a la tierra. Tragué saliva, tragué saliva y mantuve la vista al frente, mientras ordenaba a mi estómago que se estuviera quieto. Me obedeció y eso me permitió pensar. ¡Estaba montando en bicicleta! Era casi como volar, pensé. Sentía la fuerza del viento en la cara. De repente, de forma inesperada, deseé que Amath pudiera verme. ¡Se habría quedado impresionada!
—Voy a soltarte —dijo el hombre.
—¡No!
Sin embargo, creí que podría hacerlo.
—¡Sí! Sí —insistió el hombre—. Te suelto.
Me soltó y se rió.
—¡Ya está! Sigue pedaleando, Ejército Rojo. ¡Mantente recto!
No podía ir en línea recta. En unos segundos la bicicleta se inclinó, la rueda giraba despacio y me caí, como los jinetes en Marial Bai, atrapado bajo el peso de la bici. La pierna fue a dar a una zona dura llena de tierra y raíces, y se me abrió la herida, más aún que antes. En cuestión de minutos volvía a estar en la cabaña del hombre de barriga redonda y él me curaba de nuevo la herida. Se disculpó muchas veces, pero le aseguré que la culpa era mía. Me dijo que lo había hecho bien para ser la primera vez y sonreí. Estaba seguro de que podría lograrlo si probaba de nuevo. Pero sabía que si no me reincorporaba al grupo los perdería definitivamente y que en ese caso quizá no me quedara otra solución que vivir con aquel hombre hasta el final de la guerra, llegara cuando llegara. Le dije que debía irme. Él no se mostró muy triste por perderme de vista.
—No le cuentes a nadie lo de la bicicleta, por favor.
Le aseguré que no lo haría.
—¿Me lo prometes? —dijo él.
Se lo prometí.
—Bien. Las bicicletas son un secreto en esta guerra. Las bicicletas son secretas, chico atento. Ahora vamos a devolverte a tu ejército. Te llevaré con ellos. ¿De dónde venías?
La noche anterior me había parecido que corrí durante horas, pero nos reunimos con el grupo en mucho menos tiempo. Vi al grueso del grupo no muy lejos de la casa secreta del hombre. No había ni rastro de Dut, y aquella mañana nadie parecía preocupado por su ausencia, ni por mi desaparición. Pregunté qué había pasado y me enteré de que la escaramuza de la noche anterior había provocado la desaparición de una docena de chicos. Tres habían caído en pozos; dos estaban muertos. Los centenares de chicos estaban dispersos e inquietos. Me despedí del hombre de barriga redonda y fui al encuentro de William K, que había hallado una gran lámina de plástico e intentaba doblarla para guardarla en el bolsillo. Incluso doblado una docena de veces el plástico seguía siendo tan grande como su torso.
—¿Hacia dónde corriste? —preguntó William K.
Señalé el camino por el que acababa de salir. William K había corrido en sentido opuesto, pero se había detenido poco después y se había escondido en las raíces de un baobab.
—¿Oíste lo que pasó? ¿Qué era aquel zumbido, las luces? —preguntó él.
Negué con la cabeza.
—Éramos nosotros. No era nada.
No se había producido ataque alguno. No hubo disparos, ni armas. Fue solo un Land Rover que surcaba la noche. Nadie sabía de quién era el coche, pero no pertenecía al enemigo. Tal vez fuera un vehículo de ayuda humanitaria.
Cuando llegó Dut, avanzada la mañana, y nos reunió a todos, estaba exasperado.
—No podéis salir corriendo cada vez que oigáis un ruido nocturno.
Estábamos demasiado perplejos para discutir.
—Anoche perdimos a doce chicos. Sabemos que tres han muerto porque cayeron en esos dos pozos. Demasiados chicos han caído en pozos. Es una mala forma de morir, chicos. Dios sabe dónde habrán ido a parar los demás.
Yo estaba de acuerdo en que caer a un pozo era una mala forma de morir, pero estaba seguro de que fue su lugarteniente, Kur, quien ordenó la desbandada nocturna. Pero en ese momento nada estaba claro. Una hora después de haber estado con el hombre de barriga redonda y su bicicleta ya ni siquiera estaba seguro de que hubiera sido real. No hablé con nadie de él.
La comida me había dado fuerzas, al igual que el secreto del hombre de barriga redonda, y sin embargo empezaba a convencerme de que me estaba muriendo. El corte de la pierna, el mordisco del alambre de espinos en el tobillo, era muy grande: un tajo en diagonal que iba de la rodilla a la mitad del gemelo. Sangró profusamente durante todo el día, e incluso William K admitió que eso podía significar que mi muerte estaba cerca. Según nuestra experiencia, muchos chicos con heridas grandes acababan muriendo. Aquel día, y algunos días más, los chicos no querían andar cerca de mí porque veían la herida y creían que la infección había echado raíces y me devoraba por dentro.
William K, al ver que yo estaba preocupado, intentó apaciguar mis temores.
—En Etiopía te curarán esa herida enseguida. Allí tienen los mejores médicos. Mirarás la pierna y te preguntarás: ¿Qué ha pasado? ¿Aquí no había una herida? Pero no la verás. Te la borrarán.
Sonreí, aunque ver a William K me sobrecogía. Era mi único espejo, y parecía muy enfermo. No podíamos vernos a nosotros mismos, así que para saber de mi propia salud confiaba en el aspecto de los demás en general, y de William K en particular. Comíamos lo mismo y éramos de complexión parecida, así que le observaba para hacerme una idea de lo delgado que debía de estar yo, de lo hundidos que debía de tener los ojos. Aquel día no tenía buen aspecto.
—De hecho, en Etiopía no hay enfermos —continuó William K— porque el agua y el aire allí son distintos. Es raro, pero cierto. La gente no cae enferma a menos que sean muy tontos. Y los médicos los ayudan de todos modos. Los médicos dicen: ¡Eres idiota por caer enfermo en un lugar donde no hay enfermos! Pero te voy a curar igual porque estamos en Etiopía y así son las cosas aquí. Oí que Dut lo decía la otra noche. Tú dormías.
William era un mentiroso redomado, pero sus mentiras me sentaban bien.
—¿Podemos descansar un segundo? —preguntó.
Me alegré de poder parar. En condiciones normales podíamos sentarnos el tiempo suficiente para reponer fuerzas sin perder de vista al grupo. Unos minutos después de ir viéndolos pasar, William y yo nos sentimos más fuertes y reemprendimos el camino.
—Hoy me siento distinto —dijo él—. Mareado.
Me crujían los huesos con cada paso y notaba una extraña comezón en mi pierna izquierda, un escalofrío punzante cada vez que el talón tocaba el suelo. Pero él me hizo sentir bien y le dejé hablar: de mi herida, de Etiopía, y también de lo fuerte que sería cuando fuera mayor. Era uno de sus temas favoritos y lo abordaba con profusión de detalles y una precisión científica.
—Seré un hombre muy grande. Mi padre no es muy alto, pero mis hermanos sí, así que seré como ellos, pero más alto aún. Es probable que llegue a ser uno de los hombres más altos de Sudán. Simplemente es así. No es algo que pueda elegir. Por lo tanto llegaré a ser un gran guerrero y podré llevar muchas armas a la vez. Y conduciré un tanque. A la gente se le saldrán los ojos de las órbitas cuando me vean. Mi madre estará orgullosa cuando estemos todos en casa para plantar cara a los baggaras. Defender la zona nos resultará fácil cuando tengamos armas. Mi hermano Jor es un tipo grande. Ya tiene dos esposas, a pesar de ser joven, así que aún tendrá más cuando consiga más cabezas de ganado. Pero lo tendrá porque es muy listo y sabe mucho de reses…
Yo iba andando, cabizbajo, siguiendo los pasos de William y escuchando su cháchara, de manera que tardé en percatarme de que todos los chicos se disgregaban y corrían hacia los árboles. Miré a derecha e izquierda y vi que corrían hacia ambos lados, y luego se subían a los árboles. Los que podían trepar, trepaban. Los que estaban más débiles se quedaban debajo, con la esperanza de que les cayera algo.
Los árboles estaban llenos de pájaros.
Corrí hacia un árbol vacío y me encaramé a él. Fui consciente de que me costaba más de lo habitual. William K me siguió y trepó detrás de mí.
—No puedo —dijo él—. Hoy creo que no puedo.
—Ya te los tiro yo.
En mitad del árbol encontré un nido con tres huevecitos en su interior. No esperé. Me comí dos encaramado al árbol. Me lo comí todo: la cáscara, las plumas de dentro. Lo devoré todo sin pensar. Me comí otro y luego me acordé de William K. Bajé de un salto y lo encontré recostado en el suelo, con los ojos cerrados.
—¡Despierta! —le dije.
Abrió los ojos.
—La carrera me ha mareado —dijo él—. No dejes que corra la próxima vez.
—No deberías correr la próxima vez.
—No, no. No te rías, Achak. Estoy agotado.
—Cómete un huevo. El sabor es asqueroso.
Otros chicos habían encontrado nidos con pajaritos recién nacidos y se los comieron, después de arrancarles las plumas que ya les habían salido. Se los comieron enteros: cabeza, patas y huesos. Kur escupía un pico cuando descubrí otro árbol, inexplorado.
—Te conseguiré uno. Quédate aquí, William.
Me sentí más fuerte. Corrí hacia el árbol más cercano y cuando ya estaba apoyado en sus ramas, disfrutando de otro huevo, oí el ruido. Era el sonido entrecortado y diáfano de un helicóptero. En cuestión de segundos todos habíamos descendido de los árboles y corríamos sin rumbo. No había a dónde dirigirse. Solo había árboles bajos, de ramas casi desnudas que ofrecían poca protección; el resto era todo desierto. Algunos chicos se quedaron donde estaban; en algunos árboles había una decena de chicos escondidos. Nos aferramos a las ramas, nos apoyamos en la corteza para dar la impresión de que formábamos parte de ella, apretamos brazos y cara contra su rugosa superficie. El ruido se hizo más fuerte y los helicópteros, tres, aparecieron en el cielo, negros y volando muy bajo. Los motores partían el aire y se cernían sobre nuestros árboles, pero no dispararon.
Poco después el ruido fue desvaneciéndose y los helicópteros desaparecieron.
Tanto para Dut como para el resto eso resultó aún más desconcertante que el bombardeo de los Antonovs. ¿Por qué acercarse tanto, y a un objetivo tan numeroso, y luego no abrir fuego? Nunca pudimos comprender la filosofía del ejército sudanés. Unas veces éramos dignos de sus balas y bombas, otras no.
Dut volvió a optar por avanzar de noche. De noche había menos helicópteros, de manera que aquella noche no descansamos. Dut creía que el refrigerio a base de huevos y pájaros nos había dado fuerzas suficientes para aguantar. De manera que anduvimos toda la noche, sin parar, y al día siguiente dormimos hasta que volvió a anochecer.
—Hay más noticias de Etiopía —empezó a decir William K.
—Por favor, cuéntamelas —le dije.
—Sí: corre el rumor de que allí los sudaneses son muy ricos. Nuestra gente goza de gran respeto y se nos conceden todos nuestros deseos. Todos los dinkas pasan a ser jefes. Eso dicen. De manera que todos nos convertiremos en jefes y conseguiremos lo que se nos antoje. Cada uno de nosotros dispone de diez ayudantes que nos hacen la vida más fácil. Si queremos comida, ordenamos: «Tráeme esto» o «Tráeme eso», y ellos se apresuran a conseguirlo. Tampoco les cuesta tanto, porque hay comida de sobras. Pero adoran a la gente como nosotros. Creo que el lugar de donde vengas marca la diferencia. Como nosotros somos los que venimos desde más lejos, nos corresponde elegir dónde queremos vivir y nos asignan más criados. Tendremos veinte a nuestro servicio.
—Acabas de decir que eran diez.
—Sí, lo normal es que sean diez. Pero como nosotros venimos de más lejos, nos tocan veinte. Te lo acabo de decir, Achak. Hazme el favor de escuchar. Tienes que saber estas cosas o la gente de Etiopía se sentirá insultada. Lo único que me entristece es que Moses no esté aquí para verlo. Aunque quizá lo está. Quizá Moses ya haya llegado. Apuesto a que nos lo encontramos. Ha tenido más suerte: ha ido por otro camino más corto y nos está esperando.
Aunque me hallaba dispuesto a aceptar gran parte de las cosas que decía William K, sabía que Moses no estaba, ni estaría nunca, en Etiopía. El jinete le había dado caza y no cabían dudas sobre cuál había sido su destino.
—Sí —continuó William K—. Moses ya disfruta de todas esas cosas y debe de estar riéndose de nosotros. ¿Por qué tardáis tanto?, dice. Será mejor que nos apresuremos, ¿no crees, Achak?
La voz de William K sonaba alterada. Me alegré de que fuera de noche, de no tener que ver sus ojos hundidos, su estómago hinchado. Como me constaba que yo tenía la misma pinta, resultaba el doble de doloroso ver a William K y verme a mí mismo reflejado en William. La negra noche del desierto nos ahorraba la visión del sufrimiento y el aire era más fresco.
—Mira esto —dijo William K, cogiéndome del brazo.
A lo lejos el horizonte se elevaba y dibujaba una línea puntiaguda contra el cielo. Yo nunca había visto una cordillera montañosa, pero ahí estaba. William K estaba seguro de que eso significaba que el viaje tocaba a su fin.
—¡Eso es Etiopía! —susurró él—. No esperaba verla tan pronto.
William K y yo nos hallábamos en la cola de la fila y no podíamos preguntar dónde estábamos a Dut o a Kur. Pero las palabras de William tenían sentido. Ante nosotros se alzaba una gran silueta negra, mucho más grande que cualquier pedazo de tierra que hubiéramos visto antes. Podía acoger a todos los elefantes del mundo. William K me rodeó el hombro con el brazo y seguimos andando.
—Cuando lleguemos a esa montaña estaremos en Etiopía —dijo él.
No pude disentir.
—Creo que tienes razón.
—Al final no ha sido tan terrible, Achak. No hemos andado tanto para llegar a Etiopía, ¿no crees? Ahora que estamos tan cerca, no ha sido tan malo, ¿verdad?
Estábamos cerca pero todo empeoraba. No llegamos a Etiopía ese día, ni al siguiente. Nos pasamos gran parte del día y de la noche durmiendo, porque ahora apenas podíamos andar; nos pesaban los pies, nuestros brazos parecían haberse desconectado del cuerpo. Se me había infectado la herida de la pierna y el único amigo que me quedaba era William K. Nadie quería estar cerca de mí, sobre todo después de lo del buitre. Una mañana desperté de una cabezada y me encontré con que una sombra obstaculizaba mi campo de visión, ocultando el sol. Al principio creí que me había metido en un lío con Dut, que me había dormido y que estaba a punto de ganarme una bronca. Pero entonces la figura alzó los brazos de repente y giró la cabeza, y comprendí que era un buitre. Saltó sobre mi pierna buena y empezó a inspeccionar la mala. Retrocedí y el buitre me siguió con un graznido. No me tenía ningún miedo.
Esto se convirtió en un problema para todos los chicos. Si permanecíamos demasiado tiempo en un lugar, crecía el interés por parte de los buitres. Dormir al sol durante más de una hora garantizaba la aparición de las aves carroñeras; teníamos que estar alerta, no fuera que comenzaran el festín mientras aún estábamos vivos.
Fue este día, después de zafarme del pájaro que quería comerme, cuando William K empezó a cambiar de aspecto. La cara se le llenó de marcas, círculos de un tono más claro que el de su piel. Se quejaba de calambres y de mareo general, pero también yo sufría ambas cosas. William K seguía hablando, y eso me hizo pensar que estaba tan fuerte como cualquiera de nosotros.
—Mira —dijo William K.
Seguí con los ojos la dirección que marcaba su dedo y vi un bulto oscuro delante de nosotros. Un buitre salió volando cuando nos acercamos. Era el cadáver de un chico un poco mayor que nosotros.
—¡Qué idiota! —exclamó William K.
Le dije que no debía hablar así de los muertos.
—¡Pero es idiota! Llegar tan lejos para morir aquí.
El paisaje estaba sembrado de cadáveres. Chicos, bebés, mujeres, hombres. A cada kilómetro veíamos cuerpos, de chicos y hombres, debajo de árboles, en los márgenes del camino. Poco después los cadáveres iban vestidos con uniformes del ELPS.
—¿Cómo puede morir así un soldado? —preguntó William K a Dut.
—No supo repartir el agua —dijo Dut.
—¿Estamos muy cerca, Dut?
—Ya llegamos. Estamos cerca de estar cerca.
—Bien, bien. La palabra «cerca» es una buena palabra.
Aquel día cruzamos el paraje más desolado de toda la caminata. El calor se intensificaba por momentos. Antes del mediodía el aire parecía transportar piel o pelo. Nuestro enemigo era el sol. Pero, a pesar de todo, mis sueños del esplendor de Etiopía ganaban en nitidez y detalle. En Etiopía tendría mi propia cama, como la que tenía el jefe de Marial Bai, rellena de paja y con una manta hecha de piel de gacela. En Etiopía habría hospitales y mercados donde se venderían toda clase de alimentos. ¡Caramelos de limón! Recuperaríamos el peso perdido y no tendríamos que pasarnos el día andando; algunos días no tendríamos que hacer nada. ¡Sillas! En Etiopía dispondríamos de sillas. Me sentaría en una silla a escuchar la radio, porque en Etiopía habría radios debajo de cada árbol. Leche, huevos… Habría comida en abundancia: mucha carne, nueces, venado. Podríamos bañarnos en agua limpia, y cada casa tendría un pozo, todos llenos de agua fresca para beber. ¡Agua fresca! Estaría tan fría que tendríamos que esperar para beberla. En Etiopía gozaría de una nueva familia: una madre y un padre que me abrazarían y me llamarían hijo.
Por delante vimos a un grupo de hombres sentado bajo la sombra de un pequeño dátil del desierto. Eran once, dispuestos en dos círculos, uno dentro del otro. A medida que nos acercamos descubrimos que dos de los tres hombres estaban muy enfermos. Uno parecía muerto.
—¿Está muerto? —preguntó William K.
El hombre que se hallaba más cerca de William se abalanzó sobre él y le pegó en el pecho con el dorso de su huesuda mano.
—¡Tú también lo estarás a menos que sigas andando!
Los ojos amarillos del hombre centelleaban de rabia. Los demás no nos hicieron caso.
—¿Qué le ha pasado? —preguntó William K.
—Lárgate —masculló el soldado.
—¿Le dispararon? —insistió William.
El hombre le lanzó una severa mirada.
—Muestra un poco de respeto, bicho desagradecido. ¡Estamos combatiendo por ti!
—Estoy agradecido —protestó William K.
El hombre soltó un bufido de desprecio.
—Créame, por favor.
Esas palabras suavizaron al hombre y, un momento después, creyó que William K estaba siendo sincero.
—¿De dónde eres, Ejército Rojo? —preguntó el soldado.
—De Marial Bai.
La expresión de su cara se relajó.
—¡Yo soy de Chack Chack! ¿Cómo te llamas?
—William Kenyang.
—Vaya, estaba seguro de que conocería a alguien de tu clan. Conozco a un tal Thiit Kenyang Kon, que debe de ser tu tío.
—Es mi tío. ¿Le has visto?
—No, no. Ojalá tuviera noticias para ti, pero me fui mucho antes que tú. Ahora no estás lejos. En unos días llegarás a Etiopía. Acabamos de volver de allí.
Estuvimos un rato sentados con los soldados; algunos chicos se alegraron al verlos, pero su presencia resultaba perturbadora. Esos hombres tenían armas y formaban parte de una unidad llamada El Puño, un nombre que a mis oídos sonaba lleno de fuerza. Pero, en cualquier caso, los hombres de El Puño estaban hambrientos, moribundos. ¿A qué clase de sitio nos dirigíamos, si unos hombres adultos provistos de armas habían preferido marcharse y pasar hambre para volver a Sudán?
El soldado muerto me turbó más que cualquier otra de las muertes que se habían producido durante el viaje, y la falta de confianza en nuestro destino afectó a mis pasos, volviéndolos lentos y vacilantes.
Si tomaba como referencia mi imagen reflejada en William K, aquel día tenía un aspecto terrible. Pómulos prominentes, ojeras azuladas. Tenía la lengua blanca y los huesos de la cadera se me marcaban en los pantalones cortos. Mi boca parecía llena de madera y hierba. Tragar saliva era una experiencia dolorosa. Los chicos caminaban con las manos en las gargantas, intentando suavizarlas con masajes. Seguimos andando, yo sin hablar. Aquella tarde fue muy lenta. El paso era cada vez más lento, no se parecía en nada al ritmo que llevábamos cuando partimos. Cubríamos muy poco terreno. Aquel día William K me pidió que nos detuviéramos bastantes veces.
—Será solo un momento —decía.
Nos deteníamos y William se apoyaba en mí, colocando la cabeza sobre mi hombro. Respiraba tres veces y afirmaba que ya estaba listo para seguir. No queríamos quedarnos atrás.
—Me cuesta tanto andar, Achak. ¿A ti también te cuesta?
—Sí. Sí, William. A todos nos pasa.
La tarde se enfrió y el aire era más fácil de respirar. Por la fila corrió la voz de que alguien había encontrado el cuerpo de un dik-dik. Habían alejado a los buitres e intentaban sacar algo de carne comestible de los huesos del animal.
—Necesito descansar otra vez —murmuró William K—. Deberíamos sentarnos un rato.
No estuve de acuerdo con la idea de sentarnos, pero antes de que pudiera decirlo William K ya había encaminado sus pasos hacia un árbol y se había sentado, con la cabeza apoyada en el tronco.
—Tenemos que seguir —dije.
William K cerró los ojos.
—Necesitamos descansar. Descansa conmigo, Achak.
—Han encontrado un dik-dik.
—Qué bien.
Levantó la vista y me sonrió.
—Tenemos que conseguir un poco de carne. Se acabará enseguida, William.
Vi que le temblaban los ojos, sus párpados se cerraban poco a poco.
—Ya voy —dijo él—. Pero siéntate un momento. Esto me va bien. Por favor.
Me quedé de pie ante él para darle sombra y proporcionarle unos momentos de paz, y luego le dije que era hora de ponerse en marcha.
—Aún no —dijo él.
—Se acabará la carne.
—Ve tú a por ella. ¿Puedes traerme un poco?
Que Dios me perdone, creí que era una buena idea.
—Ahora vuelvo.
—Vale —dijo él.
—Mantén los ojos abiertos.
—Sí. —Me miró y asintió con la cabeza—. Necesito esto. Noto que me está ayudando.
Sus ojos se cerraron despacio y yo corrí en busca de la parte que nos tocaba del animal. Mientras tanto, la vida se escapó del cuerpo de William K y su carne regresó a la tierra.
Morir era más fácil ahora. Con Deng hubo una noche entre el Deng vivo y el Deng fallecido. Yo creía que la muerte siempre acontecía en esas largas horas de la noche. Pero en el caso de William K había sido distinto: él se limitó a detenerse, se sentó bajo un árbol, cerró los ojos y murió. Cuando volví con una ración mínima de carne para compartir con él su cuerpo ya estaba frío.
Conocía a William K desde nuestra más tierna infancia. Nuestras madres nos habían acostado en la misma cama cuando éramos críos. Juntos aprendimos a andar y a hablar. No podía recordar más de un puñado de días que no pasáramos juntos, que no hubiera corrido al lado de William K. Éramos simplemente amigos que vivíamos en el mismo pueblo y que esperábamos ser siempre chicos y amigos en él. Pero en estos últimos meses nos habíamos alejado tanto de nuestras familias, no teníamos casas, nos habíamos vuelto tan débiles que ya no nos parecíamos en nada a como éramos antes. Y ahora la vida de William K se había terminado y su cuerpo yacía a mis pies.
Me senté un rato a su lado. En mi mano, la suya recobró el calor y lo miré a la cara. Ahuyenté las moscas y me negué a levantar la vista; sabía que los buitres nos rodearían y sabía que no podría evitar que cayeran sobre William K. Pero decidí enterrarlo: lo enterraría aunque eso significara perder mi lugar en el grupo. Tras ver a los soldados de El Puño moribundos, ya no conservaba la menor fe en nuestro viaje o en nuestros guías. El curso de los acontecimientos parecía prefijado. Lo que había empezado debía continuar: caminaríamos y moriríamos hasta que no quedara ningún chico.
Cavé lo mejor que pude, aunque necesité frecuentes descansos; la actividad me provocaba vértigo y falta de aliento. No podía llorar; a mi cuerpo no le quedaba agua.
—¡Achak, ven!
Era Kur. Le vi a lo lejos, gesticulando. El grupo había vuelto a reunirse y estaba a punto de partir. Opté por no contar, ni a Kur ni a nadie, que William había muerto. Era mío, no quería que nadie lo tocara. No quería que me dijeran cómo enterrarlo, o cómo taparlo, o que debía dejarlo donde estaba. No había enterrado a Deng, pero sepultaría a William K. Respondí a Kur con otro gesto y le dije que iría enseguida; luego reemprendí la tarea.
—¡Nos vamos, Achak!
El hoyo era mínimo y yo sabía que no serviría para cubrir a William K. Pero al menos mantendría a raya a esas aves carroñeras durante cierto tiempo, el suficiente para que yo no tuviera que verlas descender. Rellené el hueco de hojas, hice con ellas un cojín para apoyar su cabeza y para ocultar la tierra. Arrastré a William K al interior del agujero y le cubrí la cara y las manos con más hojas. Le doblé las rodillas y coloqué sus pies detrás de estas para ahorrar espacio. Sentí la necesidad de descansar de nuevo y me senté, embargado por la pequeña satisfacción de que, al final, había cabido en el agujero.
—¡Adiós, Achak! —gritó Kur.
Vi que los chicos ya se habían ido. Kur me esperó durante unos minutos y luego dio media vuelta.
No quería abandonar a William K. Quería morir con él. En ese momento estaba tan cansado, me dolían tanto los huesos, que sentí que podría dormirme como había hecho él, dormirme hasta que mi cuerpo se enfriara. Pero entonces pensé en mi madre y en mi padre, en mis hermanos y hermanas, y me descubrí invocando las míticas visiones de Etiopía pronunciadas por William K. El mundo era horrible, pero tal vez volviera a verlos. Eso bastó para que me incorporara de nuevo. Me levanté y escogí seguir andando, andar hasta no poder más. Terminaría de enterrar a William K y luego me uniría al resto.
No quería ver cómo el primer puñado de tierra caía sobre la cara de William, así que empujé la primera capa con el talón. Una vez hube cubierto su cabeza, eché más tierra y piedras, hasta conferirle el aspecto de una tumba de verdad. Cuando terminé, dije a William K que lo sentía. Le pedí perdón por no haber visto lo enfermo que estaba. Por no haber hallado la forma de mantenerlo con vida. Por ser la última persona que él había visto en este mundo. Por no haberle dado la oportunidad de despedirse de su madre y de su padre, por ser yo el único que sabía dónde estaba su tumba. Comprendí que solo un mundo roto podía permitir que un chico como yo tuviera que enterrar a un amigo como William K.
Me reuní con el grupo, pero no hablaba y la tentación de abandonar era cada vez más fuerte. En cuanto veía los restos de una casa, o el hueco de un árbol, pensaba en parar, en rendirme y quedarme allí.
Seguimos adelante durante toda la noche, y a última hora de la mañana estábamos ya muy cerca de la frontera de Etiopía. La lluvia era un error. En esa época no cabía esperar lluvias en aquella zona de Sudán, pero llovió: llovió a cántaros durante gran parte del día. Bebimos las gotas de lluvia y recogimos el agua en los bidones que llevábamos a cuestas. Pero aunque la lluvia fue un regalo, no tardó en convertirse también en una maldición. Llevábamos meses pidiendo agua, pidiendo caminar sobre tierra húmeda, y en cambio ahora lo único que queríamos era suelo sólido y seco. Cuando llegamos a Gumuro podía decirse que no había ni un pedazo de tierra que no estuviera inundado, pantanoso. Pero había una zona más elevada y Dut nos condujo hacia allí.
—¡Tanques!
Kur fue el primero que los vio. Nos detuvimos y nos agachamos en la hierba. Yo no sabía si el ELPS disponía de tanques propios, de manera que al principio asumí que pertenecían a las fuerzas del gobierno de Sudán y que habían venido a matarnos.
—Este territorio debería estar tomado por el ELPS —dijo Dut mientras se encaminaba hacia el pueblo.
En el centro del pueblo había tres camiones militares. La ciudad había sido quemada hasta los cimientos y nos alegró ver a unos soldados del ELPS que salían de la parte trasera de un autobús. Dut avanzó con cautela.
—¡Bienvenidos, chicos! —nos gritó un soldado. Llevaba uniforme de faena y botas, pero iba sin camisa. Le sonreímos, convencidos de que nos alimentarían y cuidarían de nosotros—. Tenéis que iros enseguida —añadió—. Marchaos, por favor.
Dut dio un paso al frente: insistió en que jugábamos en el mismo bando y en que necesitábamos comida y descansar en tierra seca hasta que amainaran las lluvias.
—No tenemos nada —replicó una voz débil. Era otro soldado, vestido únicamente con un pantalón corto. Presentaba el mismo aspecto que nosotros: desnutrido y derrotado.
—¿Esto no es territorio del ELPS? —preguntó Dut.
—Supongo que sí —dijo el segundo soldado—. No hemos sabido nada de ellos. Nos han dejado aquí para que muramos. Esta guerra está dirigida por idiotas.
Los soldados, los once que se hallaban en Gumuro, pertenecían a otro batallón perdido; un batallón que, a diferencia de El Puño, no tenía nombre. Esos hombres habían sido abandonados a su suerte en Gumuro, sin provisiones y sin medios de comunicarse con la comandancia de Rumbek o de ningún otro sitio. Dut explicó que no quería añadir más penalidades a las ya existentes, pero que tenía a su cargo a trescientos chicos que no podían andar durante toda la noche y necesitaban descansar.
—La verdad es que no me importa lo que hagáis —dijo el segundo soldado—. Limitaos a no coger nada. No hay nada que coger. Haced lo que queráis.
Así pues escogimos Gumuro como parada de descanso y nos dispersamos debajo de los camiones y a la sombra del tanque, nos metimos en cualquier lugar que nos resguardara de la lluvia. Al rato varios chicos se dispusieron a ir en busca de comida, o de pescado en los pantanos. El primer soldado, cuyo nombre era Tito, los instó a permanecer quietos.
—El suelo está sembrado de minas, chicos. No deambuléis por aquí. El ejército sudanés lo ha plagado todo de minas.
Los chicos no entendían el mensaje, así que intervino Dut.
—¿Todos sabéis lo que una mina puede hacerle a una persona?
Todos asentimos, aunque Dut no se quedó muy convencido. Nos hizo una demostración: se arrodilló en el suelo y pidió a un voluntario que fingiera pisarle la mano. Cuando este lo hizo, Dut imitó el sonido de una gran explosión, cogió al chico por el pie y lo tumbó de espaldas; el chico cayó con un golpe seco. El chico, con los ojos llorosos de rabia y de dolor, se levantó y fue a cobijarse debajo del autobús.
Los chicos no tardaron mucho en desobedecer. Docenas de chicos se dispersaron en todas direcciones. Muchos estaban hambrientos y decididos a encontrar comida. Tres se fueron hacia la maleza. Les pregunté adónde se dirigían, con la esperanza de que fueran a pescar y así unirme a su grupo. No me respondieron y caminaron colina abajo. Me senté debajo de un camión, con la cabeza apoyada sobre las rodillas, y pensé en William K y en las aves carroñeras que empezarían a sentir curiosidad por él. Pensé en Amath, en mi madre y en su vestido amarillo. Como estaba convencido de que no tardaría en morir, me dije que estaría bien que ella también hubiera muerto: así podríamos reunirnos. No quería tener que esperar para verla una vez muerto.
El ruido fue como el estallido de un globo. Seguido de un grito. No fui a investigar. No quería ver. Comprendí que los chicos habían topado con una mina. Muchos hombres se movieron para ayudar al muchacho. Llegó a mis oídos que uno de nosotros había perdido la pierna y que otros dos habían resultado muertos. Eran los chicos a quienes yo estuve a punto de seguir. El chico de la pierna amputada murió aquella misma tarde. En Gumuro no había médicos.
Algunos chicos descansaron pero yo decidí que no dormiría. No volvería a cerrar los ojos hasta que llegáramos a Etiopía. No me apetecía vivir, y al mismo tiempo estaba bastante seguro de que mi muerte era inminente. Había comido huevos del árbol, las nueces del hombre de la bicicleta; y aunque eso era más de lo que podían decir muchos chicos, la herida de la pierna no se curaba y notaba cómo los insectos exploraban la grieta. Cuando estábamos en marcha, la masa de chicos que tenía delante se volvía borrosa y no discernía lo que decían sus voces. Tenía los oídos infectados, me fallaba la visión. Era un buen candidato para ser el siguiente en morir.
Después de que los soldados hubieron ayudado a Dut a encargarse de los cadáveres, uno de ellos me vio debajo del camión y se agachó frente a mí. La lluvia había cesado.
—Ven aquí, Ejército Rojo —dijo él.
No me moví. No es que sea maleducado por naturaleza, pero en ese momento me importaban muy poco tanto el soldado como sus órdenes. No quería colaborar en el entierro de cuerpos ni en cualquier otra tarea que me tuviera destinada.
—¡Es una orden, Ejército Rojo! —gritó.
—Yo no estoy en tu ejército —dije.
Con gesto rápido me agarró del brazo y de un tirón me sacó de mi escondite y me puso en pie.
—¿No estás con nosotros? ¿Esta no es tu causa? —preguntó.
Entonces vi que se trataba del soldado llamado Tito. Profundas cicatrices le surcaban la cara y las órbitas de sus ojos tenían un color amarillento, irritado.
Negué con la cabeza. Decidí que yo no era parte de nada. Ni siquiera formaba parte de esa marcha de chicos. Quería volver con el hombre de la bicicleta, con sus naranjas y el agua fría que tenía escondida.
—¿Prefieres morir aquí? —exigió Tito.
—Sí. —Incluso en ese momento me avergoncé de mi propia insolencia.
Tito me cogió con fuerza del brazo y me arrastró al otro lado del pueblo, hasta una pirámide de piernas y brazos; por detrás asomaban las piernas de un hombre. Las hojas ocultaban el resto de su cuerpo. Sus pies eran de color rosa, negro, blanco, y estaban cubiertos de gusanos.
—¿Ves a este hombre?
Asentí.
—Es un hombre muerto. Era un hombre como yo, de mi misma edad. Un tipo grande. Fuerte y sano. Derribó a un helicóptero. ¿Te lo imaginas, Ejército Rojo? ¿Un dinka derribando a tiros un helicóptero? Yo estaba allí. Fue un gran día. Pero ahora está muerto, ¿y sabes por qué? Porque decidió rendirse. ¿Quieres ser como este hombre muerto?
Estaba tan agotado que no pude reaccionar.
—¿Esto te parece aceptable? —gritó.
—Están muriendo todos —dije—. Nos encontramos a unos soldados moribundos de camino hacia aquí.
La noticia resultó una sorpresa para Tito. Quiso saber dónde los habíamos visto y cuántos eran. Cuando se lo dije, cambió de actitud: comprendió que no eran el único grupo de soldados perdido en el desierto, olvidado allí. Creo que saberlo volvió a darle fuerzas. Y verlo correr al autobús para comunicar el hecho a sus camaradas me devolvió las fuerzas a mí. Sé que es algo irracional.
A última hora de la tarde, mientras el azul del cielo se tornaba negro, nos dispusimos a dormir cuando una silueta se recortó en el horizonte. Dut le vio y se plantó en la entrada del pueblo, intentando distinguir quién era. La silueta resultó ser un chico.
—¿Es uno de los nuestros? —preguntó Dut.
Nadie contestó. Tito dormía a la sombra del tanque.
—¿Podría ser uno de los nuestros, Kur? —insistió Dut.
Kur se encogió de hombros.
Clavé la vista en el horizonte y descubrí que detrás de aquel chico iban apareciendo muchos otros, cientos de figuras. Me incorporé. Dut y Kur siguieron vigilando, con las manos en las caderas.
—Dios mío, ¿quiénes son?
Dut despertó a Tito y le preguntó si sabía algo de un grupo de chicos que se dirigía a Gumuro.
—No sabíamos nada de vosotros —dijo Tito con voz débil. Que le hubieran despertado le ponía de mal humor, pero parecía interesado en la masa de gente que se acercaba.
El grupo fue haciéndose más visible. Todos nosotros observábamos esta otra fila interminable de chicos. No tenía fin. La fila se ampliaba hasta acoger a cuatro chicos y enseguida aparecieron mujeres, niños de corta edad, hombres armados. Tito se puso nervioso.
—¿Qué coño es esto?
Era una riada de sudaneses en dirección a Gumuro. Parecían más fuertes y avanzaban a buen paso, decididos. Llevaban bolsas, cestas, maletas y sacos. Y lo más increíble de todo: un camión cisterna.
—Agua —dijo Tito—. Es el camión cisterna del ELPS.
—¿Un camión cisterna? —susurró Dut—. ¿Tenemos uno?
El grupo que surgía en el horizonte mojado ascendía a ochocientas personas, tal vez mil. Iban escoltados por unos cincuenta soldados, armados y saludables, que protegían a los caminantes. Los primeros empezaron a entrar en la ciudad. Dut estaba encantado. Vio la comida y el agua, y nos reunió a todos.
El primer soldado se plantó frente a Dut y Tito.
—¡Hola, tío! —dijo Dut. Estaba feliz, casi al borde de las lágrimas.
—¿Quiénes sois? —preguntó el nuevo soldado. Llevaba una gorra de béisbol y un uniforme completo.
—Somos un grupo de chicos —explicó Dut—. Como vosotros. Hemos llegado hace un rato. ¡Me alegro mucho de veros! ¡Tenemos tanta hambre…! Y no disponemos de agua limpia. Los chicos han tenido que beber de los charcos, en los pantanos. Al ver ese camión cisterna me he dicho que era un regalo de Dios. La necesitábamos tanto… Nos estamos muriendo, hemos perdido a muchos. ¿Cómo podríamos…?
—Daremos de comer a los soldados —dijo el rebelde recién llegado—, pero vosotros no deberíais estar aquí.
—¿En este pueblo? —Dut se mostró incrédulo. Le falló la voz.
—Venimos a tomar este pueblo. Traemos a mil personas.
—Bien, nosotros solo somos trescientos. Estoy seguro de que hay espacio. Y os juro que necesitamos ayuda. Hemos perdido a diecinueve chicos en el desierto.
—Tal vez sea así. Pero ahora tenéis que iros, antes de que llegue el resto de mi grupo. Son gente importante y estamos escoltándolos hasta Pinyudo.
Dut contemplaba la llegada del grupo. Entre la multitud había familias, adultos bien vestidos, pero también chicos, muchos chicos pequeños, muy parecidos a nosotros. La única diferencia era que este nuevo grupo venía mejor alimentado. Sus ojos no estaban hundidos, sus barrigas no estaban hinchadas. Llevaban camisas y zapatos.
—Tío —insistió Dut—. Siento un gran respeto por vosotros y por vuestra misión. Solo pido que nos dejéis compartir la tierra esta noche. Está anocheciendo.
—Entonces será mejor que os mováis cuanto antes.
A medida que la postura del soldado quedaba clara, Dut se desesperó.
—¿Adónde? ¿Adónde nos vamos?
—No voy a dibujaros un mapa. En marcha. Aparta a esos mosquitos de nuestro camino.
Nos lanzó una mirada de disgusto: repasó con ella nuestros huesos visibles, nuestros ojos y nuestra piel cortada, nuestras bocas blancas.
—¡Pero, tío! ¡Somos iguales! ¿No somos iguales? ¿Acaso no estamos todos en el mismo bando?
—No sé en qué bando estáis.
—No puedo creerlo. Esto es absurdo.
El golpe que recibió en ese momento fue muy parecido al que se llevó mi padre en su tienda. Desvié la mirada. Dut yacía en el suelo: le sangraba la sien a consecuencia del culatazo. El soldado avanzó hacia él.
—Pues sí, doctor, es absurdo. Es una buena palabra. Y ahora largo de aquí.
El soldado levantó el arma y disparó al aire.
—¡Fuera de aquí, insectos! ¡En marcha!
Los nuevos soldados nos sacaron a golpes del pueblo. Los chicos caíamos ensangrentados. Corríamos. Corrimos sin parar, y creo que nunca he vuelto a sentir la misma furia. Mi ira era más intensa que la que había sentido contra los murahaleenes. Nacía de comprender que incluso entre los desplazados seguía habiendo castas, y que nosotros ocupábamos el peldaño más bajo de la escala. No nos quería nadie: ni el gobierno, ni los murahaleenes, ni los rebeldes, ni los refugiados que se hallaban en mejor situación.
Nos detuvimos en un lodazal, a las afueras de Gumuro, donde intentamos dormir con el agua a la altura de los tobillos. Volvíamos a estar solos, formando un círculo, perdidos entre los ruidos de la selva, viendo las luces del camión cisterna que centelleaban a lo lejos.
Tardamos dos días más en llegar a Etiopía. Antes tuvimos que cruzar un afluente del Nilo, el río Gilo, ancho y profundo. La gente que vivía cerca del agua poseía botes, pero no nos permitieron usarlos. Nuestra única opción era cruzar a nado.
—¿Quién será el primero? —preguntó Dut.
A orillas del río había tres cocodrilos secándose al sol. Cuando los primeros chicos se metieron en el agua, los cocodrilos les imitaron. Los chicos salieron llorando del agua.
—Eh, tranquilos —dijo Dut—. Esos cocodrilos no nos atacarán. Hoy no tienen hambre.
Entró en el río y empezó a nadar; se movía con facilidad, sin sumergir la cabeza, sin que se le empañaran las gafas. Dut parecía capaz de todo. Al verlo en el agua algunos chicos rompieron a llorar. Esperábamos verlo desaparecer en cualquier momento. Pero él regresó a nuestro lado, intacto.
—Tenemos que hacerlo. Quien prefiera quedarse, que lo haga. Pero tan pronto como crucemos el río estaremos muy cerca de nuestro destino.
Intentamos discernir qué nos aguardaba al otro lado del río. Desde esa perspectiva, no se advertían grandes diferencias entre ambas orillas, pero confiábamos en que una vez hubiéramos cruzado el río todo sería distinto.
Eran pocos los que sabían nadar, así que Kur, Dut y los chicos que sí sabían iban llevando a los demás. Dos nadadores llevaban a un chico por viaje, de manera que tardamos bastante. Mientras eran transportados al otro lado, los chicos hacían gala de valor y calma, pero intentaban no hundir demasiado las piernas. Nadie murió aquel día en el río, pero esos mismos cocodrilos se acostumbrarían más adelante a comer carne humana.
Mientras aguardaba mi turno me asaltó un hambre voraz; hacía semanas que no la experimentaba de forma tan atroz. Tal vez fuera porque sabía que en aquel pueblo me esperaba comida de verdad y que debía existir la manera de conseguirla. Caminé de casa en casa, solo, tratando de idear un plan para obtener algo de comer, ya fuera a base de intercambios o robándolo directamente. No había robado nada en mi vida, pero la tentación era demasiado fuerte.
Oí la voz de un chico a mi espalda.
—¡Eh, tú! ¿De dónde eres?
Era de mi edad y no parecía muy distinto de nosotros, los dinkas. Hablaba una especie de árabe. Me sorprendió descubrir que lo entendía. Le dije que había venido andando desde Bahr al-Ghazal, pero eso no significaba nada para él. Bahr al-Ghazal no existía allí.
—Quiero tu camisa —dijo el chico.
Poco después apareció otro chico que parecía ser el hermano mayor del primero. Se me acercó y comentó que también él quería la camisa. Al momento cerramos el trato: les dije que les vendería la camisa a cambio de una ración de maíz y otra de judías verdes.
El chico mayor corrió a su cabaña y regresó con la comida. Les di la única camisa que tenía. Me reuní enseguida con el resto de chicos que esperaban junto al río. Otros habían hecho lo mismo que yo, y se disponían a dar cuenta de la comida conseguida. Desnudo salvo por los calzones, herví el maíz y me lo comí enseguida. Durante la espera para cruzar el río, los que aún no habían comido se dispusieron a intercambiar lo que tenían. Hubo quien vendió las prendas que le sobraban, o cualquier cosa que llevara encima: un mango, pescado seco, una mosquitera. Ninguno de nosotros sabía que a una hora de distancia se hallaba el campo de refugiados donde pasaríamos los próximos tres años. Cuando llegamos allí, a Pinyudo, maldije la decisión de cambiar la camisa por un puñado de maíz. Un chico vendió toda su ropa y se quedó totalmente desnudo: permaneció desnudo durante seis meses, hasta que llegó el primer envío de ropa usada procedente del otro confín del mundo.
A media tarde me tocó por fin cruzar el río. Había comido hasta saciarme. Dut y Kur, en cambio, parecían cansados. Se pasaron gran parte de mi trayecto tumbados de espaldas, dándome patadas sin querer, nadando despacio. Cuando llegué al otro lado fui a sentarme con los demás chicos. Descansamos y fuimos recobrando la calma. Por fin, al caer la noche, se acabaron las travesías. Les dimos las gracias por su ayuda y me situé al lado de Kur mientras este nos conducía hasta un claro a través de una arboleda.
—Ya estamos —dijo Kur—. Esto es Etiopía.
—No —dije, convencido de que bromeaba—. ¿Cuánto falta para llegar, Kur?
—Ya hemos llegado. Estamos aquí.
Recorrí el paisaje con la mirada. Parecía exactamente igual que el que habíamos dejado al otro lado del río, el lado que era Sudán, el lado del que veníamos. No había casas. No había hospitales. Ni comida. Ni agua potable.
—Esto no puede ser —dije.
—Claro que lo es, Achak. Ahora podemos descansar.
Ya había otros sudaneses adultos diseminados por los campos, refugiados que habían llegado antes que nosotros: estaban tendidos en el suelo, enfermos y moribundos. Esta no era la Etiopía que yo buscaba. Estaba seguro de que aún nos quedaba un buen trecho.
No estamos en Etiopía, pensé. Este no puede ser el lugar.