Qué es el qué

Dave Eggers · Capítulo 18 de 27

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Qué es el qué

Capítulo 17

17

El viaje hasta Etiopía no fue más que el principio, Julian. Habíamos caminado durante meses a través de desiertos y marismas, menguando en número día a día. La guerra afectaba a todo el sur de Sudán, pero nos habían dicho que en Etiopía estaríamos a salvo y tendríamos comida, camas, colegio. Admito que durante el camino di rienda suelta a mi imaginación. A medida que nos acercábamos a la frontera mis expectativas contemplaban la posibilidad de disfrutar de una casa para cada uno, nuevas familias, cristal, cascadas, cuencos llenos de relucientes naranjas dispuestos sobre limpios manteles.

Pero cuando llegamos a Etiopía, la realidad era muy distinta.

—Ya estamos —dijo Dut.

—No puede ser esto —dije yo.

—Estamos en Etiopía —dijo Kur.

Parecía igual. No había edificios, ni cristal. No había cuencos llenos de naranjas dispuestos en manteles limpios. No había nada. Un río y poco más.

—Tenemos que habernos equivocado de sitio —dije de nuevo. Lo repetí muchas veces en los días siguientes. Los otros chicos se hartaron de oírlo. Algunos creyeron que había perdido la cabeza.

Debo admitir que al entrar en Etiopía sí hallamos cierta seguridad y pudimos descansar. Nos permitieron parar, lo que era extraño. Resultaba extraño no tener que andar. Aquella primera noche dormimos donde habíamos pasado el día. Yo estaba acostumbrado a caminar durante todo el día, a no parar ni de noche o a partir al amanecer, pero allí no nos movimos cuando salió el sol. Había chicos diseminados por toda la zona, y para algunos lo único que quedaba por hacer era morir.

Los gemidos llegaban desde todas partes. En la quietud de la noche, entre el zumbido constante de grillos y ranas, los gritos y sollozos planeaban por el campamento cual vientos de tormenta. Era como si muchos chicos hubieran estado aguantando hasta que llegara el momento de descansar, y ahora que nos habíamos instalado en Pinyudo, sus cuerpos se rindieron. Morían víctimas de malaria, de disentería, de mordeduras de serpiente, de picaduras de escorpión. No se nombraban otras enfermedades.

Estábamos en Etiopía y éramos demasiados. A los pocos días había miles de chicos, y al poco llegaron adultos, familias con niños: la zona se plagó de sudaneses. En cuestión de semanas surgió una ciudad de refugiados. Es una imagen impactante: toda esa gente sentada, rodeada de rebeldes y soldados etíopes, a la espera de ser alimentada. Esto se convirtió en el campo de refugiados de Pinyudo.

 

Como muchos habíamos perdido o intercambiado la ropa durante el viaje, solo la mitad llevábamos alguna prenda encima. De allí surgió un sistema de clases: los chicos con camisa, pantalón y zapatos eran considerados los más ricos, a los que seguían los que disponían de dos de esas tres cosas. Yo —con una camisa, dos zapatos y un pantalón corto— tuve la suerte de ser clasificado como miembro de la clase media alta. Pero había demasiados chicos desnudos, y eso era un problema. No podían protegerse de nada.

—Esperad —nos dijo Dut—. Las cosas mejorarán.

Dut estaba muy ocupado esos días: entraba y salía del campamento, mantenía constantes reuniones con los mayores y desaparecía durante días. Cuando volvía venía a vernos, a los chicos que había traído consigo, y nos aseguraba que Pinyudo pronto se convertiría en un hogar.

Sin embargo durante algún tiempo la tarea de encontrar comida recayó en cada uno de nosotros; nos las apañábamos solos. Como muchos otros, fui a pescar al río, aunque no había pescado en toda mi vida. Llegué al agua y vi a chicos por todas partes, algunos con palos y cuerda, otros con burdas lanzas. En mi primer día de pesca llevé un palo torcido y un pedazo de alambre que había encontrado debajo de un camión.

—Eso no te servirá de nada —me dijo un chico—. No tienes ninguna posibilidad.

Era un chaval delgado, tan flaco como el palo que yo tenía en la mano; parecía no pesar nada, su cuerpo oscilaba hacia un lado en función del más leve viento. No le dije nada y arrojé el alambre al agua. Sabía que el chico estaba en lo cierto pero no podía admitirlo delante de él. Tenía una voz extrañamente aguda, melódica, demasiado agradable para confiar en él. Además, ¿de dónde había salido y quién se había creído que era para hablarme así?

Se llamaba Achor Achor, y aquella tarde me ayudó a encontrar un palo adecuado y un pedazo de cuerda. Ese día y los siguientes vadeamos juntos las aguas provistos de palos y de una lanza que él había tallado. Si uno de los dos veía un pez, intentábamos rodearlo mientras Achor Achor introducía el palo en el agua con la intención de clavárselo. No tuvimos ningún éxito. De vez en cuando hallábamos algún pez en un pantano poco profundo, y lo asábamos o nos lo comíamos crudo.

Achor Achor se convirtió en mi mejor amigo en Etiopía. En Pinyudo era menudo como yo, muy delgado, más flaco incluso que el resto, pero muy listo e ingenioso. Era un experto en encontrar cosas que necesitábamos antes de que yo fuera ni siquiera consciente de la necesidad. Un día dio con una lata vacía, llena de agujeros, y la guardó. La trajo hasta nuestro refugio y se dedicó a limpiarla y ponerle parches hasta convertirla en un vaso excelente. Y pocos chicos tenían vasos. Al final acabó encontrando un hilo de pescar y una gran mosquitera entera, y bolsas de sisal lo bastante grandes como para ser atadas y servir de manta. Siempre lo compartía todo conmigo, a pesar de que yo no estaba muy seguro de cuál era mi aportación a nuestra amistad.

Parte de la comida nos la proporcionaba el ejército etíope. Los soldados trajeron mazorcas de maíz y aceite vegetal, y nos comimos un plato cada uno. Me sentí mejor, pero muchos chicos comieron demasiado y cayeron enfermos poco después. Cambiábamos cualquier cosa que teníamos por maíz o harina de maíz en el pueblo cercano. Enseguida aprendimos a identificar las verduras silvestres que eran comestibles y nos fuimos de expedición a buscarlas. Pero a medida que pasaban los días y llegaban más chicos, los recolectores eran tantos que las verduras empezaron a escasear y pronto se agotaron del todo.

Cada día llegaban más chicos, y también familias. Cada día los veíamos cruzar el río. Llegaban por la mañana, por la tarde y cuando me despertaba me encontraba con que durante la noche habían llegado más. Había días en que llegaba un centenar, otros días más. Algunos grupos eran como el mío, formado por cientos de niños demacrados, la mitad desnudos, y algunos adultos; otros eran solo mujeres, niñas y bebés acompañados de jóvenes agentes del ELPS provistos de armas. El reguero de gente era incesante, y con cada grupo que cruzaba el río sabíamos que la escasa comida de que disponíamos tendría que repartirse aún más. Llegué a odiar la visión de mi propia gente, a detestar esa riada de personas necesitadas, llagadas, de ojos hundidos y sollozantes.

Un día un grupo de chicos la emprendió a pedradas contra unos recién llegados. Los culpables fueron severamente azotados y el hecho nunca se repitió, pero en mi mente yo también lo hacía: lanzaba piedras contra las mujeres y los niños, y quería lanzarlas contra los soldados, pero no apedreaba a nadie.

 

Cuando en el campo se impuso el orden la vida mejoró. Nos organizamos, nos dividimos, se crearon grupos: el Grupo Uno, el Grupo Dos, el Grupo Tres. Así hasta dieciséis, con un millar de chicos por grupo. Y en esos grupos había subgrupos de cien chicos, y en estos, otros de cincuenta y en los de cincuenta, otros de doce.

Me pusieron a cargo de un grupo de doce, once chicos y yo. Éramos doce y yo los llamaba Los Once. Achor Achor era mi ayudante; vivíamos todos juntos, comíamos juntos y nos repartíamos las tareas entre nosotros: ir a buscar agua, comida, sal; reparar el refugio, la mosquitera. Nos habían agrupado porque todos procedíamos de la misma región y hablábamos dialectos parecidos, pero nos convencimos de que nuestro grupo era el mejor. Llegamos a creernos superiores al resto.

Además de Achor Achor estaba Athorbei Chol Guet, descarado y valiente. Era capaz de acercarse a cualquiera y no tardaba en hacer amigos; conocía al jefe de los refugiados de Pinyudo, a los trabajadores de la ONU y a los comerciantes etíopes. Gum Ater era increíblemente alto y peligrosamente delgado, amén de ser el primo lejano del segundo de a bordo del campo, Jurkuch Barach. Tanto Akok Anei como Akok Kwuanyin tenían la piel clara, de color cobre, y eran temidos por muchos chicos porque eran mayores y más brutos que el resto de nosotros. Garang Bol era un gran pescador y muy hábil a la hora de encontrar frutas y verduras comestibles. Había entrado en lugar de un chico sin nombre que formó parte de Los Once durante solo unos días; un chico que bebió agua de un charco para mitigar la sed y murió de disentería poco después. Supongo que son demasiados nombres para ti, Julian.

¡Pero no puedo dejar de mencionar a Isaac Aher Arol! Era el único chico de Los Once que había venido desde tan lejos como yo. Los chicos que llegaron a Etiopía habían recorrido a pie todo el sur de Sudán, pero la mayoría procedía de un lugar llamado Bor, que no está muy lejos de la frontera etíope. Yo había caminado durante meses mientras muchos chicos habían andado solo días. De manera que Isaac Aher Arol era de mi región, Bahr alGhazal, y me llamaba Alejado y yo le llamaba Alejado, y todos nos llamaban Alejado a ambos. A día de hoy a veces me encuentro a chicos de Pinyudo que usan este nombre.

Pero también tengo otros nombres, Julian. Los que me conocían de Marial Bai me llamaban Achak o Marialdit. En Pinyudo la mayoría me conocían por Alejado, y más tarde, en Kakuma, fui Valentino y a veces de nuevo Achak. Aquí en América fui Dominic Arou durante tres años, hasta el año pasado cuando, legalmente y tras mucho esfuerzo, cambié mi nombre por una combinación de ellos: Valentino Achak Deng. Esto resulta confuso para los americanos que me conocen pero no para los chicos que caminaron conmigo. Todos nosotros tenemos media docena de identidades: están los apodos, los nombres de bautismo, los que adoptamos para sobrevivir o salir de Kakuma. Tener muchos nombres ha sido necesario por muchas razones que en su fuero interno todos los refugiados conocen bien.

 

En Pinyudo echaba de menos a mi familia, quería estar en casa, pero nos hicieron comprender que no quedaba nada en el sur de Sudán y que volver significaría una muerte cierta. Nos esbozaron imágenes espantosas, de destrucción absoluta. Era como si fuéramos los únicos supervivientes, como si con nosotros solos fuera a crearse un nuevo Sudán cuando regresáramos a una tierra estéril lista para regenerarse. Nos instalamos en Pinyudo, y encontramos la forma de agradecer lo que teníamos aquí: una vida segura, estable. Teníamos lo que habíamos venido buscando: comida, mantas, cobijo. Hasta donde sabíamos éramos huérfanos, pero la mayoría conservábamos la esperanza de que cuando terminara la guerra podríamos reunirnos de nuevo con nuestras familias, o con parte de ellas. No había ninguna razón para creerlo, pero nos acostábamos al calor de esta esperanza todas las noches y nos despertábamos con ella cada mañana.

Esas primeras semanas y meses en Pinyudo hubo solo chicos y obligaciones, intentos por poner orden en el campo. Al ser los más pequeños, la mayoría de los de mi grupo nos convertimos en los encargados del agua. Mi obligación consistía en ir al río a buscar agua potable para beber y cocinar, y bajaba todos los días a la orilla con un bidón para llenarlo y volver al campamento. Me dijeron que el agua de la orilla no era potable, que debía internarme hasta medio río para sacar agua más limpia.

Pero yo no sabía nadar. Medía apenas un metro treinta, quizá menos, y las aguas solían rebasar esa altura y se movían impulsadas por rápidas corrientes. Tenía que pedir ayuda a otros, chicos más altos, adolescentes, para que me ayudaran a sacar el agua más potable. Tenía que ir hasta el río cuatro veces al día, y cuatro veces tenía que pedir a un chico que entrara en el río a llenar el bidón. Deseaba aprender a nadar con todas mis fuerzas, pero no había tiempo, ni nadie dispuesto a enseñarme. De manera que, con ayuda, conseguía el agua dos veces por la mañana y dos por la tarde, y transportaba el bidón de seis litros hasta el campamento. El bidón pesaba bastante para un insecto como yo. Tenía que detenerme a descansar cada diez pasos, pequeños pasos que yo daba a toda prisa.

A veces me cruzaba con algún chico del pueblo —los anyuak, una gente que vivía a orillas del río— que jugaba cerca del agua a construir casas en la arena. Escondía el bidón entre la maleza y me unía a los chicos: los ayudaba a excavar trincheras y a construir pueblos con barro, palos y arena. Luego nos metíamos en el agua, entre risas y chapoteos. En esos ratos recordaba que solo unos meses atrás yo también había sido un niño como ellos.

Una mañana temprano, con el río todavía iluminado por una luz dorada, estuve jugando con los chicos anyuak y luego regresé al campamento. En cuanto llegué uno de los mayores me interpeló.

—¿Dónde está el agua, Achak? —preguntó.

No entendí de qué me hablaba. Yo era un chico olvidadizo, Julian, aunque quiero pensar que eso tenía algo que ver con la desnutrición.

—Te enviamos al río a buscar agua. ¿Dónde está el bidón?

Sin decir nada, di media vuelta y corrí hacia el río, saltando por encima de troncos y baches. Pocas veces había corrido tan rápido. La orilla estaba vacía; los chicos se habían ido. Me deslicé por la ribera con el bidón, y cuando llegué al fondo mi pie rozó una gran piedra. Retrocedí al instante. Era una roca enorme recubierta de una especie de moho oscuro. Resultaba difícil ver en la penumbra, así que me agaché para investigar si había algún animal debajo. Al acercarme percibí un fuerte olor. La roca era una cabeza de hombre. Había un cadáver flotando en el río, y llevaba tiempo muerto. El resto del cuerpo había sido escondido entre la hierba, al borde del río. Los ojos del hombre estaban encarados hacia el fondo del río; tenía los brazos a los lados y la corriente le sacudía levemente los hombros. Llevaba una cuerda alrededor de la cintura y su torso estaba hinchado, como si fuera a estallar.

 

Más tarde se identificó el cadáver como el de un joven sudanés, un recluta del ELPS. Lo habían apuñalado tres veces. Los sudaneses dedujeron que los anyuak eran los responsables: con toda probabilidad lo habían pillado robando. Usaron al muerto como ejemplo: si los sudaneses robaban, la gente del río los mataría.

Después de ese día no quise volver al río. Pensaba en el hombre a todas horas, sobre todo de noche. Aunque no puede decirse que la vida en Etiopía fuera en absoluto cómoda, en ella reinaba cierta seguridad: yo me había convencido de que no presenciaría más muertes violentas. Pero en Pinyudo también existía el mal; claro que existía. El día siguiente me lo pasé durmiendo, sin hacer caso a las voces de los mayores que me llamaban para que trabajara, comiera o jugara. Nada había cambiado. Nada era seguro. Etiopía no era nada para mí. No era más seguro que Sudán, y para colmo ni siquiera era Sudán, ni yo estaba cerca de mi familia. ¿Por qué habíamos venido hasta tan lejos? No me quedaban fuerzas, no me quedaba vida para soportar esto.

Los mayores me dijeron que no volvería a ver a otro hombre apuñalado, que esto no volvería a suceder. Pero no fue así. Murieron más soldados del ELPS, y más anyuak fueron asesinados en venganza, y las relaciones entre los anyuak y nosotros, los intrusos, se deterioraron a marchas forzadas. Se acusó a los soldados del ELPS de haber violado a mujeres anyuak, y a cambio estos fueron linchados hasta la muerte. El ELPS, mejor armado, agravó el conflicto quemando casas y matando a quienes se les resistían. Cuando, mucho después, los anyuak dispararon contra un par de soldados del ELPS cerca del río, el acto desembocó en lo que se conocería como la masacre de Pinyudo-Agenga. Se prendió fuego al pueblo anyuak de Agenga, mataron a mujeres, niños y animales. A partir de ese momento, los anyuak de Agenga partieron en busca de parajes más seguros, pero muchos de sus hombres permanecieron por los alrededores y formaron bandas armadas con un objetivo simple y con frecuencia conseguido: disparar contra soldados del ELPS o contra cualquier sudanés. Cuando los sudaneses fuimos expulsados finalmente de Etiopía, dos años después, los anyuak se lanzaron a dispararnos por la espalda mientras cruzábamos el río Gilo, y tiñeron sus aguas con nuestra sangre.

 

Pero durante un tiempo se mantuvo una relativa paz entre sudaneses y anyuak, y en el campo de refugiados se respiraba una sensación de seguridad. Meses después, cuando la comunidad de ayuda internacional reconoció Pinyudo, aumentaron las fuentes de alimentos para los anyuak, y el comercio entre nuestro campo y los pueblos de la ribera era vivo y provechoso para todos los implicados.

Aunque nos tenían dicho que no debíamos ir a los pueblos de la ribera por nuestra cuenta, Achor Achor y yo no hacíamos caso; él era atrevido y ambos estábamos aburridos. En los pueblos nos vigilaban decenas de ojos: todos sospechaban que habíamos ido a robar. Sin embargo, nos dedicábamos a explorar, a investigar la vida de esos pueblos cercanos al río: atisbábamos en las cabañas, olíamos la comida y esperábamos que alguien nos diera algo sin tener que pedirlo. Un día sucedió algo, aunque Achor Achor no estaba conmigo; había ido a la pista aérea para ver un aterrizaje que debía tener lugar aquella tarde.

—Eh, tú, ven aquí.

Una mujer que cocinaba delante de su casa se dirigió a mí en anyuak. Una de mis madrastras de Marial Bai era medio anyuak, así que conocía el idioma lo bastante como para entender a la mujer. Me paré y me encaminé hacia ella.

—¿Ya os dan de comer en el campamento? —preguntó. Era una anciana, mayor que mi propia madre, casi como una abuela. Tenía la espalda encorvada y su boca era como una caverna profunda y sin dientes.

—Sí.

—Entra, chico.

Entré en la cabaña y hasta mí llegaron efluvios de calabazas, sésamo y judías. De las paredes colgaba pescado seco. La mujer seguía atareada con su guiso, así que me senté contra la pared de la cabaña y apoyé la cabeza en un saco de harina. Cuando hubo terminado, vertió agua y harina en un cuenco. Me lo comí y entonces preparó otro plato de maíz foo-foo en el que echó un vaso de vino: era una mezcla que yo no había visto nunca. Cuando me lo comí, ella me brindó una sonrisa triste y desdentada. Se llamaba Ajulo y vivía sola.

—¿Adónde pensáis ir? —preguntó ella.

—Creo que no vamos a ninguna parte.

Esto la sorprendió.

—¿No vais a ninguna parte? ¿Por qué ibais a quedaros aquí?

Le dije que no lo sabía.

—Sois demasiados —dijo ella. Se la veía profundamente turbada; era obvio que esta no era la información que esperaba obtener. Ninguno de los habitantes de esos pueblos se había planteado que los sudaneses se convirtieran en residentes permanentes—. Hasta que os marchéis, ven siempre que quieras. Ven solo y podrás comer conmigo cualquier día, Achak.

Al decir estas palabras, la mujer me acarició la mejilla como haría una madre, y me vine abajo. Mis huesos se doblaron y me tendí en el suelo. Estaba frente a ella, sollozando: me temblaban los hombros y mis puños intentaban devolver las lágrimas a los ojos. Ya no sabía reaccionar ante estas muestras de amabilidad, Julian. La mujer me atrajo contra su pecho. Nadie me había tocado desde hacía meses. Añoré la sombra de mi madre al escuchar los sonidos que brotaban de su interior. No me había percatado del frío que había sentido durante tanto tiempo. La mujer me ofreció su cobijo y deseé vivir a su abrigo hasta que pudiera volver a casa.

—Deberías quedarte —me susurró Ajulo—. Podrías ser mi hijo.

No dije nada. Me quedé con ella hasta el anochecer, preguntándome si de verdad podía ser su hijo. La comodidad que conocería no tenía parangón con la vida en el campamento, rodeado de chicos medio desnudos. Pero sabía que no podía quedarme. Quedarme significaría abandonar toda esperanza de volver a casa. Aceptar a esta mujer como mi madre sería negar a la mía, que quizá aún viviera, que quizá me esperara el resto de sus días. Y entonces, acurrucado en el regazo de la anciana anyuak, me pregunté qué aspecto tenía mi madre. Solo conservaba un recuerdo fugaz, ligero como el lino, y cuanto más tiempo pasaba con Ajulo más se difuminaba la imagen de mi madre. Le dije que no podía ser su hijo, pero me dio de comer de todos modos. Iba a verla una vez por semana y la ayudaba en lo que podía: le llevaba agua, parte de mis raciones, cosas que ella no habría conseguido de no ser por mí. Iba, y ella me alimentaba y me acogía en su regazo. Durante esas horas volvía a tener un hogar.

 

Un mes después mi estómago ya no gemía y cesaron los vértigos. Me sentía bien en muchos sentidos, me sentía como Dios quiere que se sienta una persona. Estaba casi fuerte, casi recuperado. Pero a los chicos sanos los esperaba otra clase de tareas.

—Ven aquí, Achak —me dijo un día Dut. Dut era uno de los líderes más importantes del campamento, y dado que habíamos hecho el viaje juntos siempre se aseguraba de que mis necesidades y las de Los Once fueran atendidas. Pero esperaba cosas a cambio.

Le seguí y me enteré de que nos dirigíamos a la tienda hospital, montada por los etíopes. En su interior estaban los heridos en la guerra de Sudán, y los enfermos y moribundos de Pinyudo. Nunca había entrado en esa tienda y solo la conocía por el olor, que el viento extendía: un hedor rancio, penetrante.

—Hay un hombre que ha muerto —me dijo—. Quiero que ayudes a sacarlo para que podamos enterrarlo,

No podía protestar. A Dut le debía la vida.

En el interior de la tienda brillaba una luz entre verde y azul; había un cadáver envuelto en muselina. A su alrededor había seis chicos más, todos mayores que yo.

—Acércate —dijo Dut, llevándome hacia los pies del cadáver.

Cogí el pie izquierdo del hombre; cada uno de los seis chicos alzó una parte de aquella forma rígida. Bajamos por el sendero. Dut llevaba al hombre por los hombros, caminando de espaldas. Yo miraba las nubes, la hierba y la maleza: cualquier cosa menos la cara del muerto.

Cuando llegamos al gran árbol nudoso, Dut nos dijo que empezáramos a cavar. No teníamos palas, así que arrancamos la tierra con las uñas, despejándola de piedras y de residuos. La mayoría cavábamos como perros, arañando la tierra entre las piernas. Encontré una piedra con forma de cuenco que me sirvió para apartar la tierra. En una hora habíamos cavado un hoyo de dos metros de largo y metro y medio de profundidad. Dut nos ordenó que rellenáramos el hoyo con hojas; así lo hicimos, y enseguida el agujero quedó forrado de verde. Entonces Dut y los chicos mayores depositaron el cadáver en la tumba, con la cara vuelta hacia el este. No estábamos seguros del porqué, pero nadie cuestionó las órdenes de Dut. Nos dijo que tapáramos el cuerpo con hojas, y una vez hecho, volvimos a cubrirlo de tierra hasta sepultar el cadáver por completo.

Ese fue el origen del cementerio de Pinyudo, y el primero de los muchos entierros en que participé. Seguían muriendo chicos y adultos, porque nuestra dieta era demasiado limitada y los peligros excesivos. La mayor parte de días disfrutábamos de una única comida: unos granos de maíz amarillo y un puñado de judías blancas. Bebíamos agua del río, que era impura, infestada de bacterias: se producían muertes por disentería, diarrea y varias enfermedades sin nombre. Había pocos conocimientos médicos en Pinyudo, y los únicos pacientes que eran trasladados a la Clínica General de Salud Pinyudo Uno eran aquellos que ya estaban demasiado cercanos a la muerte para salvarse. Cuando un chico no se levantaba de la cama, se negaba a comer o no respondía a su nombre, sus amigos lo envolvían en una manta y lo llevaban a la clínica. Todos sabían que los pacientes que entraban en la clínica ya no salían de ella, así que la tienda empezó a conocerse con el sobrenombre de Zona Ocho. El campamento constaba de siete zonas, donde los chicos vivían y trabajaban, y la Zona Ocho se convirtió en el último lugar al que uno iba en este mundo. «¿Dónde está Akol Mawein?», preguntaba alguien. «En la Zona Ocho», respondíamos. La Zona Ocho era el más allá, el fin del final.

Mi trabajo consistía en enterrar a los pacientes de la Zona Ocho. Junto a cinco chicos más enterrábamos de cinco a diez cadáveres por semana. Siempre cogíamos la misma parte del cuerpo del difunto: yo era el encargado de acarrear el pie izquierdo.

—Eres un enterrador —me dijo un día Achor Achor.

Sonreí; en ese momento tuve la impresión de que el trabajo conllevaba cierto prestigio.

—No creo que sea un buen trabajo —continuó Achor Achor—. Pienso que puede ser malo para ti. ¿Por qué lo haces?

Yo no tenía elección. Dut me lo había pedido y no tuve más remedio que acceder. Me había prometido ventajas a cambio de ser enterrador, ventajas que incluían raciones de comida extra e incluso otra camisa, lo que significaría que pronto tendría dos, algo que en Pinyudo era una extravagancia.

Sin embargo, poco después, el papel de supervisor de los entierros recayó en un tipo cruel y nervioso al que apodábamos comandante Hebilla. Encima del pantalón de trabajo llevaba siempre una hebilla de color plata y rojo, tan grande y ridícula que era casi imposible estar frente a él y no echarse a reír. Pero él estaba muy orgulloso de su tamaño y de su brillo; nunca estaba sucia y nadie le había visto nunca sin ella. Tenía a un chaval llamado Luol encargado de sacarle brillo todas las noches; en cuanto terminaba de abrillantarla, el comandante volvía a ponérsela. Corría el rumor de que siempre dormía boca arriba para no quitarse los pantalones que sostenían la hebilla; de haber dormido de lado o bocabajo se la habría clavado en el abdomen. No teníamos una opinión muy elevada ni del comandante Hebilla ni de sus complementos.

El comandante Hebilla impuso una serie de reglas sobre el transporte y el entierro de cadáveres; algunas eran sensatas, pero otras estaban absolutamente alejadas de cualquier lógica o sentido. Para salvaguardar la dignidad del fallecido, cuando trasladábamos el cuerpo debíamos mantenerlo lo más rígido posible: alguien tenía que ir debajo del cuerpo, agachado, para evitar que la espalda del cadáver tocara el suelo. Las esquinas de las tumbas debían formar ángulos de noventa grados exactos. Cuando depositábamos al muerto en la tumba debíamos colocar sus manos en las caderas y la cabeza levemente ladeada hacia la derecha. Luego cubrirlo con una manta y llenar la tumba de tierra. Nadie cuestionaba dichas reglas. No tenía ningún sentido hacerlo.

Yo me había acostumbrado a los entierros y puede decirse que ayudaba a enterrar a un muerto por día. Algunos días había dos, tres, cuatro personas, sobre todo chicos. Enterrar a chicos era a la vez una bendición y una maldición: una bendición porque pesaban menos que los hombres y mujeres adultos, pero resultaba más difícil cuando sabíamos, o conocíamos personalmente, al chico que enterrábamos. Pero gracias a Dios eso sucedía pocas veces. El comandante Hebilla tenía el suficiente sentido común para cubrir las caras de los ingresados en la Zona Ocho. Aunque solíamos saber quiénes eran, no preguntábamos su identidad. No queríamos saber quién era quién.

A los chicos los transportábamos entre cuatro; para los adultos éramos seis o más. A lo único que me negué en redondo fue a enterrar bebés. Dije al comandante Hebilla que prefería no enterrar niños, y a partir de ese momento quedé relevado de hacerlo. De todos modos no había muchos bebés, ya que los padres preferían ocuparse ellos del entierro. Los bebés que eran sepultados por los enterradores eran aquellos cuyas madres estaban muertas o desaparecidas. El cementerio creció en poco tiempo, extendiéndose en todas direcciones, y la calidad de los entierros empezó a resentirse.

Un día transportábamos a un chico muerto del hospital al cementerio cuando vimos a una hiena que luchaba con algo enterrado. Era como si intentara sacar una ardilla del suelo, y le arrojé piedras para alejarla. No se marchaba. Dos chicos se abatieron sobre ella, armados con palos y piedras. Al final la hiena se rindió y salió huyendo, y entonces vimos lo que masticaba: era el codo de un hombre. Fue en ese momento cuando nos dimos cuenta de que los otros equipos no enterraban bien a los muertos. Volvimos a enterrar a ese hombre y después Dut me llamó y fui a verle. Vivía en una casa grande con capacidad para cuatro personas.

—Siéntate, Achak.

Obedecí.

—Lamento mucho que tengas que desempeñar este trabajo.

Le dije que ya me había acostumbrado.

—Lo sé, pero no debería ser así. No es así como imaginaba el campamento, ni el viaje a Etiopía. Quiero que tengáis una vida mejor aquí. Quiero que vayáis al colegio.

Dut contemplaba el campo con sus pequeños ojos siempre entornados y sentí el deseo de reconfortarlo.

—No pasa nada —dije—. Es algo temporal.

Fue a decir algo, pero se calló. Me dio las gracias por el esfuerzo, y un par de dátiles que extrajo de un saco que tenía en su cama. Salí de la tienda de Dut preocupado por él. Ya le había visto perdido otras veces, pero este pesimismo resultaba nuevo. Dut era un hombre confiado, optimista por naturaleza, y verle así sembró la duda en mí. No es que albergara muchas esperanzas de que se llegaran a construir las prometidas escuelas, pero sí creía que nuestra estancia en Etiopía sería temporal. Vivía convencido de que un buen día, cuando finalizara la guerra, el grupo con el que había llegado volvería a Sudán. Iríamos pueblo por pueblo, dejando a los que vivían en cada uno hasta que la fila de chicos se redujera solo a los Alejados, que serían los últimos en llegar a casa. Yo sería el que más andaría, pero no tardaría en encontrar el camino a casa con muchas historias que contar.

 

Durante el día me asaltaban pensamientos curiosos. Sufría espejismos. Cuando me incorporaba o me giraba de repente, notaba un vértigo que me entorpecía las extremidades y me llenaba los ojos de puntos blancos; de vez en cuando, esta desorientación venía acompañada de visiones de personas que había conocido en el pasado. Veía a mi padre, o al bebé de mi madrastra, o la cama de mi casa. A menudo veía la cabeza del muerto del río, aunque en mis visiones veía su rostro, despellejado como el del hombre sin cara.

No era infrecuente que despertara convencido de que estaba en mi cama, y necesitaba un momento para caer en la cuenta de que no me hallaba en casa; de que pasaría mucho tiempo antes de que estuviera en ella, si es que volvía algún día. Me había habituado a las visiones, a esas caras que se me aparecían. Al principio me asustaban, pero con el tiempo llegaron a ser una especie de consuelo: sabía que se desvanecerían en cuestión de segundos. Me rodeaban los fantasmas y había llegado a aceptarlos y a aceptar la clase de mundo de sombras en el que habitaba esos días.

Pero un día hubo una visión que se resistió a abandonarme: era la de Moses. Yo estaba lavando mi segunda camisa en el río cuando apareció a mi lado, sonriendo como si guardara un secreto fabuloso. No era la primera vez que veía a Moses; a menudo le imaginaba a mi lado, dispuesto a protegerme con su fuerza y sus ganas de luchar. Pero aquel día, en el río, la imagen de Moses se movía; tenía los ojos muy abiertos e inclinaba la cabeza, como si quisiera darme a entender que era real. Pero ya hacía mucho tiempo que estas visiones no conseguían engañarme; ni de él, ni de nadie.

—¿Has perdido la lengua, Achak?

Seguí lavando, con la esperanza de que la visión se borrara en cualquier momento. El hecho de que me hablara era desconcertante, pero no inaudito. Un día, al despertar, mi hermanastro pequeño, Samuel, me habló de caballos. Quería saber si había visto su nuevo caballo. Me acusó de robárselo.

—Achak, ¿no me conoces?

Sabía que el chico que tenía delante era Moses, pero el Moses real había muerto asesinado por un murahaleen. Lo había visto justo antes de su muerte.

—Achak, dime algo. ¿Eres tú? ¿Acaso estoy loco?

Cedí y me dirigí a la visión.

—No quiero hablar contigo. Lárgate.

Y entonces la visión de Moses se levantó y se fue. Era algo que nunca había visto hacer a una visión.

—¡Espera! —dije. Me incorporé y la camisa se me cayó.

La visión de Moses siguió andando.

—¡Espera! ¿Moses? ¿Eres tú?

A medida que me acercaba a la visión, esta se hacía más y más real. El corazón me dio un vuelco, como si buscara la forma de escapar de mi cuerpo.

Y por fin la visión de Moses se volvió hacia mí y era él de verdad. Le abracé, le di una palmada en la espalda y le miré a la cara. Era Moses. Había crecido, pero seguía con el mismo aspecto: parecía un hombre fuerte en miniatura. No cabía duda: era Moses.

Le expliqué las visiones que sufría, le hablé de lo que era real y lo que no; Moses se rió y yo le imité, y luego le propiné un suave puñetazo en el brazo. Moses me devolvió el golpe en el pecho, con más fuerza, y lo mismo hice yo. Al poco nos revolcábamos por el suelo, peleando en el polvo con más intensidad de la que habíamos previsto. Al final Moses me apartó; aullaba de dolor.

—¿Eh? ¿Qué te duele?

Se volvió y se levantó la camisa. Tenía la espalda surcada de profundas cicatrices rojas.

—¿Quién te hizo eso? —pregunté.

—Mi historia es tan extraña, Achak.

Caminamos hasta un árbol y nos sentamos a su sombra.

—¿Has visto a William? —preguntó.

No esperaba que me preguntara por William en ese momento.

—No.

Estábamos muy lejos de casa, así que me dije que una mentira así no importaba. No quería pensar en William K. En su lugar, pedí a Moses que me relatara su historia y él lo hizo.

 

—Recuerdo el fuego, Achak, ¿tú también? Pero no era de color rojo. ¿Lo viste, cuando quemaron el pueblo? El sol estaba en su cenit y el fuego tenía un color claro o gris. ¿Lo viste? ¿Viste el color claro del fuego?

No recordaba el color del fuego el día en que ardió el pueblo. En mi mente este era de color rojo anaranjado, pero supuse que Moses tenía razón.

—Recuerdo que me costaba respirar —prosiguió Moses—. Todo estaba lleno de humo. El aire de la cabaña era denso. Inspiraba un poco y me ponía a toser, pero lo hacía de todos modos. Seguí respirando y enseguida me sentí débil. ¡Estaba tan cansado! Me dormía, pero sabía que no era sueño. Sabía lo que estaba pasando. Sabía que me estaba muriendo. Mi madre estaba muerta, a la puerta de la cabaña. Lo sabía todo pero no recuerdo cómo lo supe. Quizá no lo sabía y ahora creo que sí.

Recordé haber visto a la madre de Moses. Iba desnuda de cintura para arriba; un lado de su cara estaba quemado y era irreconocible, pero, aparte de eso, el resto del cuerpo seguía intacto.

—Así que corrí. Salí por la puerta, salté por encima de mi madre y corrí. No quería mirarla porque sabía que estaba muerta. Y yo estaba enfadado porque me había abandonado en la cabaña. Pensé que era una imbécil por dejarme donde sabía que moriría asfixiado. Estaba tan enojado con ella por haber muerto dejándome dentro. Pensé que era tan débil, tan estúpida…

—Basta, Moses.

Reviví la imagen de Moses, de pie junto a su madre, gritándole. No le dije que lo había visto. Me avergonzaba no haber acudido en su ayuda.

—Lo siento, Achak, pero es lo que pensaba. Luego recé por ella y pedí perdón por mis pensamientos. Corrí, y a lo lejos vi la escuela.

—Pero también quemaron la escuela —dije yo.

—No creí que sus muros me protegieran, pero me dije que quizá habría más gente y que ellos me dirían qué debía hacer. Crucé el pueblo a toda velocidad, sin dejar de toser. Había humo por todas partes. Y gritos: gritos de gente que caía, ensangrentada. Salté por encima de otros dos cadáveres: viejos que bloqueaban mi camino. El segundo me agarró del tobillo. Estaba vivo. Me agarró y me dijo que debía tumbarme a su lado y hacerme el muerto. Pero estaba lleno de sangre: uno de sus ojos estaba quemado y sangraba por la boca. No quise yacer al lado de un hombre ensangrentado, así que seguí corriendo.

—Ese debía de ser el viejo borracho del mercado.

—Creo que sí.

—Yo también le vi.

—Murió.

—Sí, murió.

—No vi a ningún murahaleen, y durante un rato creí que se habían ido. Pero entonces oí a los caballos. Eran muchos: los jinetes iban por todo el pueblo gritando ¡Dios es grande! ¡Dios es grande! ¿Los oíste?

—Sí, yo también los oí.

—Miré a mi derecha, hacia el mercado, y vi a dos hombres a caballo. Estaban bastante lejos. Pensé que conseguiría llegar a la escuela. Pero no corría muy deprisa. Me sentía débil y desorientado. El ruido de los caballos se acercaba. Hacían tanto estruendo: la violencia de esos cascos me llenó la cabeza. Creí que los caballos me derribarían, que me aplastarían la espalda y la cabeza. Algo me golpeó, y estuve seguro de que era la pezuña de un caballo. Caí de cara; me entró polvo en los ojos. Oí cómo un hombre bajaba del caballo y se dirigía hacia mí. Lo siguiente que noté es que estaba en el aire. El hombre me había izado del suelo: con una mano me agarraba de las costillas y con la otra me sujetaba las piernas. Por unos segundos creí que iba a morir. Esperaba recibir una bala o que un cuchillo acabara con mi vida.

Una vez más sentí deseos de contar a Moses que había visto cómo le perseguían los jinetes, pero no lo hice y enseguida ya fue tarde para decírselo. Y mi recuerdo de la persecución era distinto del de Moses. Me quedé callado y sustituí mi recuerdo por el suyo.

—Noté el roce del cuero en la cara. Me había tumbado sobre la silla y procedió a atarme. Sentí que una cuerda me rasgaba la piel de la espalda. Me estaba atando al caballo. Tardó unos minutos en hacerlo: un nudo tras otro. Cada nudo era otro corte en mi piel. Al final nos pusimos en movimiento. Supe que me había convertido en un esclavo.

—¿Viste a Amath?

—Al principio no. La vi mucho después, aunque solo fue un momento. En cuanto empezamos a cabalgar vomité. Nunca había estado encima de un caballo. Veía el suelo a mis pies, tenía los ojos llenos de polvo. El movimiento era como viajar dentro de un saco de huesos. ¿Has ido a caballo alguna vez?

—No en movimiento.

—Fue horrible. No mejoró. No me acostumbré a pesar de que cabalgamos durante muchas horas. Cuando el caballo se paró por fin, me quedé arriba. Estaba atado a él y notaba su aliento debajo. Oía a los hombres comer y charlar, pero no me bajaron de la silla. Dormí allí, y con el tiempo empecé a dormir cada vez más. No podía permanecer despierto. Me despertaba y veía el suelo corriendo debajo. Despertaba y era de noche, mediodía, atardecer. Dos días después me arrojaron al suelo y me dijeron que dormiría allí: entre los cascos de los caballos. Por la mañana soñé que alguien presionaba mi cabeza contra el sol. En mi sueño el sol era más pequeño, del tamaño de una sartén grande, y alguien empujaba mi cabeza contra ella. El calor era tan fuerte que parecía fundirme el pelo y el cráneo. Desperté y olí a quemado. Olía a carne chamuscada. Entonces me di cuenta de que el sueño no era un sueño: el árabe me quemaba la cabeza con una vara metálica. Estaba marcándome. Me marcó en la oreja con el número ocho, puesto de lado.

Moses me lo mostró. Era una marca difusa, el símbolo en relieve y amoratado, visible en la carne de detrás de la oreja, como si fuera una cicatriz.

—Ahora siempre sabrás a quién perteneces, me dijo ese hombre. El dolor era tan intenso que me desmayé. Desperté cuando me levantaban por los aires. Volvieron a colocarme sobre la grupa y él me ató de nuevo a la silla, con más saña que antes. Cabalgamos durante dos días más. Cuando paramos estábamos en un lugar llamado Um el Goz. Era una especie de campamento militar del ejército del gobierno. Estaba lleno de chicos como yo, todos menores de doce años: chicos dinkas y nuers. Me metieron en un gran establo junto con todos esos chicos y nos encerraron. No había comida. El establo estaba infestado de ratas; nos mordían a todos. No había camas, pero por la noche no queríamos tumbarnos en el suelo; las ratas no nos tenían miedo y nos atacaban. ¿Te ha mordido una rata alguna vez, Achak?

Negué con la cabeza.

—Decidimos dormir en círculo para protegernos de las ratas. Teníamos palos y los chicos del exterior del círculo ahuyentaban a las ratas. Así dormíamos. ¿Sabes lo que es un círculo para dormir, Achak?

Le dije que lo había aprendido durante el viaje.

—Al día siguiente nos llevaron a un edificio y nos acostaron en camas. Era una especie de hospital. Había enfermeras que nos clavaron agujas en los brazos y nos sacaron sangre. Volví a vomitar cuando vi cómo salía sangre del brazo de otro chico. Sin embargo, las enfermeras eran muy comprensivas. Fue muy raro. Limpiaron el vómito y me dieron agua. Luego volvieron a acostarme en la litera y otra enfermera se me acercó. Se inclinó sobre mí: con una mano me sujetaba el brazo, la otra la tenía apoyada en mi pecho. Clavaron la aguja en el brazo y me sacaron dos bolsas de sangre. ¿Te han clavado una aguja alguna vez, Achak?

Le dije que no.

—Es así de larga, y hueca.

No quería oír más detalles de la aguja.

—Vale. Pero era enorme. Termina en forma de ángulo. Así es como te la clavan.

—Por favor.

—De acuerdo. Luego la enfermera me dio un zumo de limón dulce y me devolvieron al establo. Allí me enteré de que algunos chicos llevaban meses encerrados, y de que habían estado donando sangre una vez por semana o más. Se les usaba como donantes de sangre para los soldados del gobierno. Siempre que había una batalla contra el ELPS los chicos eran sacados del establo y obligados a dar sangre.

—¿Y te quedaste allí?

—Durante unos días. Pero fueron tranquilos. Al parecer no hubo más heridos, así que no nos necesitaban. Al menos no a todos. Así que a los cuatro días nos fuimos de Um el Goz: volvieron a colocarme sobre el caballo y partimos junto con un centenar de murahaleenes, esta vez hasta muy lejos. Fue en ese viaje cuando vi a Amath. Oí gritar a una chica en mi idioma, y la vi sobre otro caballo, muy cerca de mí. Su captor la golpeaba con el rifle y se reía. Nuestras miradas se cruzaron durante un instante y luego la perdí de vista. No volví a verla. Fue muy raro, verla a tantos kilómetros de casa.

Las cuerdas de mi interior se tensaron de nuevo, pero no dije nada.

—Cabalgamos durante muchos días. Nos detuvimos en una casa, una casa bien construida. Pertenecía a un hombre importante. Se llamaba capitán Adil Muhammad Hassan. El hombre que me trajo hasta allí era pariente del capitán. Los oí hablar y me enteré de que el hombre me regalaba a Hassan. Este se mostró muy agradecido y ambos entraron en casa a comer. Yo seguía afuera, atado al caballo. Estuvieron toda la tarde dentro mientras yo permanecía sobre el caballo. Tenía la vista fija en el suelo e intentaba adivinar dónde debía estar. Por fin me desataron y me llevaron a la casa. ¿Has estado alguna vez en la casa de un hombre como ese, un comandante del ejército del gobierno sudanés?

Negué con la cabeza.

—No puedes imaginártela, Achak. Suelos lisos y todo muy limpio. Cristales en las ventanas. Agua corriente dentro de la casa. Me convertí en su criado. El hombre tenía dos esposas y tres hijos, muy pequeños. Pensé que los niños se portarían bien conmigo, pero eran más crueles que sus padres. Les habían enseñado a escupirme y a pegarme. Para ellos yo era un animal más. Durante cuatro meses tuve que vigilar a las cabras y a las ovejas, y limpiar la casa. Fregaba el suelo y ayudaba en la cocina: a hacer la comida y a servirla.

—¿No había más criados?

—Otra sudanesa, una chica llamada Akol, de la edad de tu hermana Amel. Akol trabajaba sobre todo en la cocina, pero también era la concubina de Hassan. Esperaba un hijo suyo, así que la esposa del capitán la odiaba. Cuando descubría a Akol llorando porque echaba de menos a su madre, le gritaba y amenazaba con rajarle la garganta con un cuchillo. La llamaba puta, esclava, bestia de carga. Aprendí muchas palabras en árabe, y estas eran las que oía más a menudo. A mí me llamaba jange: sucio infiel, inculto. También me dieron otro nombre: Abdul. Me enviaron a una escuela coránica y allí me impusieron ese nombre, Abdul.

—¿Por qué enviaban al colegio a un esclavo?

—Los hombres como ese quieren que todos seamos musulmanes, Achak. Así que fingí ser un buen musulmán. Creí que serían más amables conmigo, pero no fue así. Me pegaban más de lo necesario. Los chicos eran los que más disfrutaban azotándome. El mayor, más pequeño que nosotros, solía azotarme sin tregua cuando nos quedábamos solos. Yo no podía enfrentarme a él; mi única opción era escapar, correr por el patio hasta que se cansaba. Quería asesinar a ese chico e incluso planeé cómo hacerlo.

Yo no podía apartar los ojos del ocho que Moses llevaba grabado en la cabeza. Su color cambiaba en función del sol.

—Pasaron tres meses hasta que decidí que intentaría escapar. Dije a Akol que iba a huir y ella creyó que estaba loco. Mi idea era escabullirme por la noche. La primera vez que lo intenté me atraparon casi de inmediato. Corrí hacia el jardín de al lado y un perro empezó a ladrar. El dueño salió de la casa con una linterna y me atrapó. Mi huida fue muy breve. Hassan se rió mucho de mí. Me llevó al patio y me dijo que me agachara. Me agaché en medio del patio, como si fuera una rana, y él llamó a los niños y les dijo que saltaran encima de mí. Se sentaron en mi espalda, fingiendo que yo era un burro; se reían, ellos y Hassan. Me llamaban burro estúpido. Los niños me dieron basura para comer. Dijeron que tenía que comérmela, así que lo hice: todo lo que me dieron. Grasa animal, bolsas de té, verduras podridas.

—Lo siento tanto, Moses.

—No, no. No lo sientas. No, esto supuso mi pasaporte para huir. Después de comer todo eso empecé a vomitar. Aquella noche vomité durante horas y estuve dos días enfermo. No podía mantenerme en pie. No podía trabajar. Con la ayuda de Akol fui recuperándome. Pero cuando ya estaba mejor tuve una idea: decidí estar enfermo a todas horas.

—¿Fue así como escapaste?

—Resultó fácil. Me obligué a estar siempre enfermo. Siempre que comía pensaba en algo que me diera asco para provocarme el vómito. Pensaba en comer carne humana. Pensaba que comía culos de cebra y brazos de bebé. Vomitaba sin parar. Al poco, Hassan decidió que no me quería por allí. Dijo que yo había sido un mal regalo y que prefería venderme. Un día aparecieron dos hombres, montados en camellos. Iban vestidos de blanco, de la cabeza a los pies. Me arrojaron a grupas del camello y me llevaron muy lejos, a una ciudad llamada Shendi. De nuevo me metieron en un establo con otros chicos dinkas y nuers, aunque ese establo era más pequeño que el otro. Algunos llevaban allí más de una semana. Me dijeron que era una ciudad donde se vendían esclavos. Dijeron que los comerciantes compraban esclavos aquí para gente de muchos países distintos: Libia, Chad, Mauritania. Estuve dos días en aquel establo, sin comida, con solo un cubo de agua para los cincuenta que éramos.

—¿Te vendieron?

—¡Sí, Achak! Me vendieron dos veces. Primero a un árabe sudanés. Era un hombre mayor e iba con su hijo. Parecían gente muy rara. Me compraron y me fui con ellos; nos limitamos a irnos a pie, sin correa ni nada. Tenían un camello pero nos fuimos a pie. Viajamos durante muchos días, a ratos andando, a ratos los tres en el camello. Era muy incómodo, pero ellos no eran crueles. Apenas hablaban y yo no hice preguntas. Sabía que íbamos hacia el sur por la dirección del sol; mi plan era ver hasta dónde íbamos y luego intentar escapar.

—¿Adónde huiste?

—¡No me hizo falta, Achak! Te he dicho que me vendieron dos veces, y a la segunda quedé libre. Estuvimos tres días acampados en el bosque, sin hacer casi nada. Me dijeron que fuera a por leña, pero aparte de eso nos limitábamos a estar sentados; ellos dormían a la sombra. El segundo día, otro árabe vino a verlos; intercambiaron información y el hombre se fue. Al tercer día nos levantamos al amanecer y caminamos hasta el mediodía, hasta que llegamos a una pista de aterrizaje donde vi a otros veinte dinkas: chicos como yo, mujeres, niñas y un anciano. A su alrededor había diez árabes, algunos a caballo, algunos armados. Parecían ser una mezcla de comerciantes y murahaleenes, y los dos que me habían llevado hasta allí hicieron que me uniera al resto del grupo. ¡Tuve tanto miedo, Achak! Creía que me habían llevado hasta allí para matarme junto al resto de dinkas. Pero ese no era su plan.

—¿No mataron a nadie?

—No, no. Éramos valiosos para ellos. ¡Era una sensación increíble! Un avión aterrizó y de él bajaron dos personas de piel blanca. ¿Has visto a gente así, Achak?

Le dije que no.

—Eran un hombre muy gordo y una mujer muy alta. El piloto se parecía a los etíopes de aquí. Y entonces los blancos estuvieron hablando un rato con los árabes que poseían a todos los dinkas. Llevaban una bolsa, que luego descubrí que estaba llena de dinero. ¡Fue así como me compraron de nuevo, Achak!

—¿Esa gente te compró? ¿Por qué?

—Nos compraron a todos, Achak. Fue muy raro. Pagaron por todos y luego nos dijeron que éramos libres. Los veinte. Pero no teníamos ni idea de dónde estábamos. Los árabes dieron media vuelta y partieron hacia el oeste, y nosotros esperamos. Los blancos permanecieron con nosotros durante casi toda la tarde. Por fin aparecieron en un gran vehículo dos dinkas bien vestidos y con camisas limpias. El coche parecía muy nuevo. Gran parte de los que habían sido esclavos subieron al vehículo y otros caminaron a su lado. Yo iba arriba, con otro chico. Viajamos durante muchas horas, hasta que anocheció y llegamos a un pueblo dinka. Allí comí y dormí unas cuantas semanas, hasta que me dijeron que me uniera a los chicos caminantes.

—¿Caminaste con un grupo grande?

—No estuvo mal, Achak. Incluso fuimos montados en un tanque.

En ese momento sentí celos de Moses, pero no se lo dije. Di gracias a Dios por haberle concedido esta pequeña muestra de misericordia. Entonces le conté a Moses lo de William K, y nos pasamos el resto del día sentados junto al río. Moses no dijo nada.

 

Historias como la de Moses empezaron a circular por Pinyudo, cuando chicos que habían sido secuestrados eran liberados o conseguían escapar y hallar el rastro hasta el campamento. Pero Moses era el único chico que yo conocía que recibió ayuda de blancos; por ello la información de sus actos escaseaba. Yo tendía a dudar de que la gente que había visto Moses fuera blanca de verdad hasta que vi al primero de esa raza. Esto sucedió unos tres meses después de llegar a Etiopía, y después de que Moses hubiera entrado a formar parte de Los Once. Para entonces, el resto del mundo, o al menos parte del mundo de la ayuda humanitaria, había tomado conciencia de los cuarenta mil refugiados, la mitad menores solos, que vivían justo al otro lado de la frontera etíope.

Me despertaron unas voces nerviosas, procedentes de la puerta del refugio.

—¿No lo has visto?

—No. ¿Dices que es blanco? ¿Que tiene el pelo blanco?

—No, su piel. Todo él. Es blanco como la tiza.

Me incorporé y salí al exterior, sin estar lo bastante despierto como para entender de qué discutían esos tres miembros de Los Once. Mientras meaba vi puñados de chicos por todas partes, entregados a intensas discusiones, en grupos de diez o más. Algo pasaba, y de algún modo guardaba relación con las tonterías que mis compañeros de tienda habían estado diciendo. Empezaba a integrar las distintas partes de la conversación cuando vi que cientos de chicos volvían la cabeza al unísono. Miré hacia donde miraban ellos y vi lo que parecía ser un hombre a cuya piel le hubieran dado la vuelta. Era la ausencia de hombre. Lo habían borrado. Un escalofrío involuntario me recorrió el cuerpo, la misma reacción que tenía al ver una quemadura, un miembro amputado: perversiones o mutilaciones de la naturaleza.

Me encaminé hacia el hombre borrado antes de darme cuenta de que no me había subido los pantalones. Lo hice, y seguí a la multitud de chicos que se congregaba en torno al hombre borrado. Busqué a Moses, para preguntarle si era como la gente que había visto, pero no lo vi por ninguna parte. El hombre blanco estaba a unos cientos de metros, y el murmullo entre los chicos iba acallándose a medida que nos acercábamos. Un chico de más edad se plantó frente a nosotros.

—¡Alto! No molestéis al khawaja. Se irá corriendo si os acercáis demasiado. Un centenar de chicos yendo hacia él le asustarán. Alejaos.

Volvimos a nuestros refugios, nos dedicamos a nuestras tareas, pero a lo largo del día siguieron circulando historias sobre el hombre blanco. La primera teoría afirmaba que era un enviado del gobierno sudanés para matarnos a todos: que contaría a los chicos y luego decidiría cuántas armas le harían falta para exterminarnos. Una vez lo supiera, las matanzas empezarían de noche. Esta teoría fue descartada enseguida en cuanto vimos que los mayores no le temían; de hecho, hablaban con él y le daban la mano. Como era de esperar, osciló el péndulo y la siguiente versión fue que el hombre era un dios, que había venido a salvarnos a todos, a llevarnos de regreso al sur de Sudán a vencer a los murahaleenes. Esta idea fue ganando adeptos a lo largo del día, y solo perdió fuerza cuando observamos las actividades que realizaba el dios. Pasó la mayor parte del tiempo con unos cuantos de los mayores, construyendo un almacén de comida, lo que parecía un trabajo demasiado vulgar para un dios o incluso para una deidad menor. A partir de ese momento, algunos de los chicos mayores empezaron a ofrecer opiniones más matizadas.

—Trabaja para el gobierno, pero en secreto. Por eso se esconde bajo una piel blanca.

—Le han dado la vuelta, y está en Sudán para descubrir cómo recuperar su forma normal.

Cuando me harté de tantas teorías fui a preguntar a Dut.

—¿No habías visto nunca a un hombre blanco? —preguntó él, riéndose.

Esto le interesó. Yo ignoraba dónde podía haber visto a un blanco. No me pareció divertido. Su expresión se suavizó y suspiró.

—Los blancos vienen a Sudán por muchos motivos, entre los que se incluye su deseo de hablarnos del Reino de Dios… Sé que no había blancos en Marial Bai, pero ¿tampoco viste misioneros blancos en la iglesia de Aweil?

Negué con la cabeza.

—Bien, de acuerdo. También vienen por el petróleo, lo que ha supuesto una fuente de problemas para la gente como nosotros; es una historia de otra época. Por ahora hablaremos de otra de las razones que los trae hasta aquí, que es para ayudar a la gente cuando es atacada, oprimida. A veces los blancos que vienen de inspección representan a los ejércitos de los blancos, que son los más poderosos de la Tierra.

Imaginé a los ejércitos de los murahaleenes, pero con hombres blancos en caballos blancos.

—¿Por qué ha venido este hombre a Pinyudo? —pregunté.

—Aún no lo sé —dijo Dut.

Decidí aguardar unos días para acercarme al hombre del revés, hasta que dispusiéramos de más información. Al día siguiente los hechos quedaron claros: el hombre tenía nombre, Peter o Paul, era francés y representaba a algo llamado el ACNUR. Había venido para ayudar a los mayores a construir almacenes de comida. Se decía que si le gustaba la gente de aquí, traería comida para llenar los almacenes. La mayoría de los chicos aceptaron dicha información, aunque muchos seguíamos mirando al hombre de reojo y esperábamos cualquier cosa de él: muerte, salvación, fuego.

 

Cuando el interés por el hombre se hubo apaciguado me acerqué lo bastante como para observarlo de cerca. Tenía una piel notable. Había días en que estaba realmente blanca como la tiza, y otros sonrosada, como la de un cerdo o la barriga de una cabra. Sus brazos y piernas aparecían cubiertos de mechones de pelo negro, que también recordaba al cerdo, pero era más largo.

Ese hombre sudaba más que cualquier otro que yo hubiera visto antes. Cada pocos minutos se secaba el sudor de la cara; esta parecía ser su principal ocupación diaria. Me descubrí sintiendo lástima por el blanco, por el sudor y por los múltiples detalles que tenía en común con un cerdo. No estaba hecho para el calor de Pinyudo y temí que empezara a arder. Se le veía frágil, abrumado por el sol; siempre llevaba consigo una botella de agua, prendida de la espalda con una especie de cinturón. Sudaba, se secaba el sudor, bebía agua, y poco después iba a sentarse bajo la higuera, solo.

Fui a ver a Ajulo y le pregunté por él. Hasta ella también había llegado la noticia del hombre blanco. Le pregunté si la presencia de ese hombre con la piel del revés era buena o mala, lo que podía implicar. Ella dedicó un largo minuto a reflexionar sobre esto.

—El khawaja es algo interesante, hijo. Es muy listo. No te creerías lo que tiene en la cabeza. Sabe muchos idiomas, y los nombres de pueblos y ciudades, y sabe pilotar aviones y conducir coches. Los hombres blancos nacen con todos esos conocimientos. En este sentido es poderoso y muy útil, muy útil para nosotros. Cuando veas a un hombre blanco, puedes estar seguro de que las cosas mejorarán. Así que creo que este hombre será bueno para vosotros.

Al salir de la iglesia me dirigí al cura con la misma pregunta.

—Es algo muy bueno, Achak —dijo este—. El hombre blanco es un descendiente directo de Adán y Eva, ¿sabes? Has visto las imágenes de Jesús que aparecen en los libros, ¿verdad? Tanto Adán y Eva como Jesús y Dios, todos tienen esa piel. Son frágiles; el sol les quema la piel porque están muy cerca de ser ángeles. Los ángeles arderían igual si se los depositara en la tierra. Este hombre ha venido para entregarnos un mensaje de Dios.

Empecé a rondar en torno al hombre llamado Peter o Paul y él se percató de mi presencia enseguida. Un día Moses y yo estábamos paseando cerca del hombre, que estaba sentado bajo la higuera, aunque fingíamos no prestarle atención.

—¡El khawaja te ha sonreído! —dijo Moses.

Al principio esto me inquietó. Había decidido que algo malo pasaría si el blanco me ponía los ojos encima, así que siempre que el hombre se volvía hacia mí yo apartaba la mirada y luego caminaba deprisa hacia casa. Prefería observarle a cierta distancia; ver cómo trabajaba, verle descansar, siempre solo, bajo la higuera gigante. Tenía sentido que descansara a solas si tenía que recibir mensajes de Dios. Esos mensajes deben de ser difíciles de oír entre la multitud. Imaginaba esos mensajes como algo delicado. Eso parecía adecuado en el caso del hombre blanco, ya que parecía un hombre suave, un dios tranquilo, si es que realmente era un dios o un mensajero divino.

Pasé muchas noches despierto en el refugio, con la cara envuelta por la mosquitera, cercado por la noche y sus típicos ruidos, preguntándome si debía dirigirme a Peter o Paul para averiguar si sabía algo de Marial Bai, de mi familia, de sus destinos. Si el hombre era un auténtico descendiente de Adán y Eva y hablaba con Dios desde debajo de la higuera, tenía que saber algo de mis parientes: si estaban vivos, dónde se hallaban ahora. Tal vez incluso sería capaz de transportarme a Marial Bai. Si mis padres habían sido asesinados, podría resucitarlos y devolver la ciudad al estado en que se encontraba antes de que llegara la nube negra de los murahaleenes. Si podía hacer eso, algo que no parecía en absoluto improbable, ¿no podría también detener la guerra que asolaba el sur de Sudán? Tal vez no pudiera hacerlo solo, pero si recurría a su Dios y a otros dioses, ¿por qué estos no podrían interceder en nombre de todos los chicos de Pinyudo y permitirnos volver a casa? Decidí que por lo menos intentaría llevarlo a cabo y pedirle al hombre que, como mínimo, excluyera a Marial Bai de la guerra. Si era necesario que siguiera la guerra, y yo sabía que los dioses a menudo dejaban luchar a los hombres, tal vez Marial Bai pudiera quedar exento. Pasaba muchas horas despierto todas las noches, mientras Los Once dormían a mi lado, enfrascado en planear cómo abordar al mensajero blanco y cómo pedirle esos favores sin resultar una molestia. Pero un día Peter o Paul se fue y ya no volvimos a verlo. Nadie nos dio explicación alguna.

 

Sin embargo no pasó mucho tiempo antes de que más personas blancas, así como colaboradores humanitarios de todo el mundo, empezaran a aparecer en Pinyudo. A lo lejos veía a las delegaciones caminando hacia el campamento, con vigor, siempre guiados con cuidado por uno de los sudaneses mayores. A veces se nos hacía cantar en honor de los visitantes o pintar enormes carteles de bienvenida. Pero ese era todo el contacto que teníamos con ellos. Los visitantes nunca se internaban en el campamento y la mayoría se marchaba el mismo día de su llegada.

Los camiones de provisiones venían tres veces al día; empezamos a disfrutar de doce comidas semanales (cuando antes eran siete). Ganamos peso, y se iniciaron proyectos por todo el campamento: se excavaban nuevos pozos, se abrían unidades médicas, llegaban más libros y lápices. En ese estado de relativa satisfacción y con el estómago lleno, empezamos a pensar en el regreso. Moses fue uno de los primeros que propuso volver a Sudán.

—Tenemos comida, la situación es estable —dijo—. Eso significa que en casa también están a salvo. Deberíamos volver ya. ¿Para qué quedarnos más? Ha pasado un año desde que nos marchamos.

Yo no sabía qué pensar. La idea parecía una locura, pero, del mismo modo que Ajulo había cuestionado nuestra permanencia en este lugar, también yo empecé a preguntarme por qué no debíamos cambiar de lugar, o incluso volver a casa.

—No tendríamos a los mayores con nosotros —dije—. Nos matarían.

—Ahora conocemos el camino —repuso Moses—. Formamos un grupo de veinte. Con eso bastaría. Nos llevaremos un arma. Cuchillos, lanzas. Bolsas de comida. No será como antes, como el viaje de ida. Tendremos todas las provisiones necesarias.

En realidad, los chicos no paraban de discutir sobre si la guerra había terminado o no. Muchos creían que había llegado la hora de volver y solo se echaron atrás cuando los rumores de regreso llegaron a oídos de los mayores. Un furioso Dut se plantó en el refugio una noche. Nunca había entrado en nuestra casa.

—¡La guerra no ha terminado! —gritó—. ¿Acaso os habéis vuelto locos? ¿Sabéis lo que os espera en Sudán? Las cosas están peor que nunca, imbéciles. Aquí estáis a salvo, se os da de comer, pronto iréis al colegio. ¿Y queréis iros, cruzar de nuevo el desierto solos? ¡Pero si algunos no sois más grandes que gatos! Ya nos hemos enterado de que dos chicos han huido del campamento a medianoche. ¿Qué suponéis que les ha pasado?

Conocíamos a los chicos que se habían ido, pero ignorábamos cuál había sido su destino.

—Los bandoleros los mataron en el río. ¡Nunca conseguiréis ir más allá de los anyuak, críos!

Hacía gestos frenéticos. Se paró un momento para recobrar la compostura.

—Si alguno de vosotros es tan tonto como para pensar en irse, que se vaya. Sois demasiado estúpidos para quedaros. No os quiero aquí. Solo quiero a chicos con cerebro. Marchaos ahora; así cuando en otoño comience el colegio espero tener aquí solo a chicos lo bastante listos como para saber apreciar lo que tienen y lo que no tendrían en el desierto. Buenas noches.

Salió del refugio a toda prisa, temblando de ira incluso cuando ya estuvo lejos. Algunos de Los Once no se creyeron la historia de los bandoleros, porque no podían imaginar qué querrían los bandidos de unos chavales, pero, después del estallido de Dut, la inquietud general se redujo drásticamente. La perspectiva del inicio del colegio era una fantasía que deseábamos creer con todas nuestras fuerzas. Moses, sin embargo, no se quedó convencido. En él crecía un sentimiento de ira, que le conduciría a vivir aventuras peores que la que le había traído hasta Shendi.

 

—¡Valentino!

Un día, cuando me dirigía a misa, que siempre se celebraba a la sombra de un árbol concreto, cerca de donde vivían los etíopes, alguien pronunció este nombre al viento. Hacía mucho que no lo oía. Me volví, y una cara conocida, un sacerdote, vino hacia mí. Era el padre Matong, el cura que me había bautizado en Marial Bai. Dijo que había estado visitando otros campos de Etiopía y que ahora había venido a ver a los chicos de Pinyudo. Era la primera persona que veía en el campamento, aparte de Dut y Moses, a quien conocía de mi vida en casa. Permanecí en silencio durante un momento, mirándolo; por un instante tuve la sensación de que el mundo donde le había conocido, mi pueblo natal y todo lo que contenía, podría regenerarse a su alrededor.

—¿Estás bien, hijo? —Apoyó la mano sobre mi cabeza. Me sentía encantado. Pero seguía sin palabras—. Ven conmigo.

Durante ese día y otros más de las dos semanas que pasó en Pinyudo estuve paseando con el padre Matong. Ignoro por qué pasaba tantos ratos a solas conmigo, pero le agradecía el tiempo que me dedicaba. Le hacía preguntas sobre Dios y sobre la fe; quizá fuera único por la atención que prestaba a sus respuestas.

—¿Quién fue Valentino? —pregunté un día.

Estábamos dando uno de nuestros paseos y él se paró de repente.

—¿No lo sabes?

—No.

—¿No te lo he contado? ¡Si es mi santo favorito!

Nunca me lo había dicho. Ni me había dicho por qué me había puesto ese nombre.

—¿Quién era? —le pregunté.

En ese momento cruzábamos una pista de aterrizaje. Un grupo de soldados descargaba unos contenedores enormes de un avión. El padre Matong permaneció inmóvil durante un momento, observando, y luego dimos media vuelta y nos encaminamos hacia el campamento.

—Vivió hace mucho, mucho tiempo, hijo. Antes que el abuelo de tu abuelo. Antes que el abuelo y el abuelo de este. Antes de que hubiera más abuelos que estrellas hay en el cielo. Era un cura como yo, un cura corriente llamado Valentino. Trabajaba en Roma, un lugar que ahora se llama Italia, lejos de aquí, al norte, donde viven los blancos.

—¿Era blanco? —pregunté. La idea no se me había ocurrido.

—Sí. Un hombre muy bueno. Predicaba a su rebaño pero también se tomaba un interés muy especial por los prisioneros. En esa época muchos hombres en Roma eran encarcelados en circunstancias dudosas, y el padre Valentino no quería privarlos del evangelio. Así que iba a ver a los cautivos y les transmitía la palabra de Dios, y los presos acababan convirtiéndose. Pero los carceleros no apreciaban su obra: les molestaba su presencia y la luz que llevaba a las vidas de los prisioneros. Así que él también fue castigado. Fue encarcelado, azotado, desterrado. Pero una y otra vez encontró la forma de hablar con los prisioneros, e incluso convirtió a la hija del carcelero, que era ciega.

Mientras caminábamos nos habíamos acercado sin darnos cuenta a los barracones de las tropas etíopes. Oímos voces, y no tardamos en hallarnos frente a un grupo de soldados que presenciaban una pelea. Parecía un combate de lucha libre, aunque solo uno de los contendientes iba de uniforme y solo uno parecía moverse. Uno de los luchadores llevaba un atuendo del color de los anyuak y emitió un grito femenino. De nuevo alteramos el paseo.

—Visitaba a menudo a la chica; ella no era mayor que tú, hijo mío. Rezaban juntos y hablaban de su ceguera. Era ciega desde su más tierna infancia.

Volvió a apoyar la palma de su mano en mi cabeza y ese gesto volvió a hacerme sentir como si hubiera vuelto a casa.

—Pero cuando el carcelero se enteró de los esfuerzos del cura se enfureció. Su hija introdujo la palabra de Dios en la casa de su padre, y ese fue el final de Valentino. Lo encarcelaron, lo torturaron. Pero la hija sabía dónde estaba encerrado y fue a visitarlo. Él estaba encadenado al suelo, pero aun así rezaron, y ella durmió muchas noches a la puerta de su celda. Fue en una de aquellas noches, mientras rezaban antes de acostarse, cuando un resplandor inundó la celda. Penetró entre los barrotes y envolvió a Valentino y a la niña. El sacerdote no estaba seguro de si se trataba de un ángel, pero atrajo a la chica hacia sí para protegerla; la luz flotó por la celda, dando vueltas como un tornado, y por fin se fue por la misma ventana enrejada por donde había venido. El cura y la hija del carcelero se quedaron a oscuras de nuevo.

—¿Qué era? —pregunté.

—Era un enviado de Dios, por supuesto. No cabe otra explicación. A la mañana siguiente, al despertar, la niña había recuperado la visión. Sus ojos habían estado ciegos desde que era un bebé, pero ahora podía ver. A raíz de este milagro el padre Valentino fue decapitado.

Pregunté al padre Matong por qué ese hombre era su santo favorito y por qué me había bautizado con su nombre. La respuesta no me quedó del todo clara, a pesar de que creo que el padre Matong esperaba que la entendiera. Apartó la mano de mi cabeza.

—Creo que tendrás el poder de hacer que la gente vea —dijo—. Creo que recordarás cómo era estar aquí, que aprenderás las lecciones que la vida te está enseñando en este lugar. Y algún día encontrarás a tu propia hija del carcelero, y a ella le llevarás la luz.