Qué es el qué
Capítulo 18
18
La mayoría de profecías no llegan a cumplirse. Las expectativas depositadas en mí por el padre Matong tardaron años en desvanecerse de mi mente. Pero lo hicieron, gracias a Dios. Libre de esa presión, mi cerebro estuvo, durante un tiempo, más despejado de lo que había estado en años.
Acabamos de sobrepasar la medianoche y Lino se ha dormido. Julian, sin duda cansado de vernos las caras e incapaz de prestarnos ayuda, ya sea por imposibilidad o falta de ganas, se ha retirado a un despacho que hay detrás del escritorio. Achor Achor está viendo un documental sobre Richard Nixon en la tele. Puede ver cualquier cosa que trate sobre política americana, o sobre política en general. Está convencido de que ostentará algún cargo en un nuevo Sudán del sur, si al final este se declara independiente. El gobierno de Jartum está repleto de sudaneses del sur, pero Achor Achor insiste en que solo regresará a Sudán si el sur vota por la secesión en 2011, tal y como autoriza el Acuerdo de Paz. Falta por ver si el Frente Nacional Islámico o Omar al-Bashir, el presidente de Sudán, permiten que esto ocurra.
El teléfono de Achor Achor empieza a vibrar sobre la mesa, entre nosotros, mientras gira despacio en el sentido de las agujas del reloj. Él busca en los bolsillos y yo levanto el teléfono y se lo paso. A estas horas tengo la práctica seguridad de que es una llamada desde África. Achor Achor se pone al teléfono y abre mucho los ojos.
—¿Dónde? ¿En Juba? —Achor Achor se levanta de un salto y se aleja, más allá de Julian. Lino ni se mueve. Sigo a Achor Achor y él me pasa el teléfono—. Es Ajing. Se ha vuelto loco. Habla con él.
Ajing es un amigo nuestro de Kakuma que ahora trabaja para el nuevo gobierno del sur de Sudán. Vive en Juba y está estudiando ingeniería.
Cojo el teléfono.
—¡Valentino! ¡Soy Ajing! ¡Llama a la CNN y diles que la guerra ha vuelto a empezar!
Está sin aliento. Le ruego que se calme.
—Acaba de estallar una bomba. O un mortero. Nos han bombardeado. Ha habido una gran explosión. Llama a la CNN y diles que envíen una cámara. El mundo tiene que saberlo. Bashir nos está atacando de nuevo. ¡La guerra ha vuelto! Te llamo luego… ¡Avisa a la CNN!
Cuelga, y Achor Achor y yo nos miramos. Hemos oído el caos de fondo, ruido de maquinaria y movimiento. No cabe duda de que Ajing, que vive en Juba, debería estar informado de lo que está pasando allí. El estómago me da un vuelco. No sé si podría soportar que la guerra empezara de nuevo, ni siquiera estando a salvo en Estados Unidos. Dudo que ninguno de nosotros pudiera. Vivimos con la conciencia de que el sur de Sudán se está reconstruyendo, de que nuestras familias están a salvo. Pero esto, el regreso a la sangre y a la locura, estoy seguro de que no podría soportar la carga.
—¿Deberíamos llamar a la CNN? —pregunta Achor Achor.
—¿Por qué nosotros? —digo yo.
—Vivimos en Atlanta. Tú has conocido a Ted Turner.
Es un punto a favor. Decido que empezaré por llamar a Mary Williams y procederemos a partir de ahí. Estoy marcando su número cuando de nuevo suena el móvil de Achor Achor. Contesto yo.
—Lo siento, Valentino, estaba equivocado. ¡Qué alivio! —Ajing sigue jadeando y parece haber olvidado el resto de la explicación.
—¿Qué? —grito—. ¿Qué ha pasado?
Me dice que ha sido una falsa alarma. Se produjo una explosión en los barracones, pero ha sido un accidente interno, un error, nada.
—Lamento haberte asustado, amigo —dice Ajing—. Por cierto, ¿tú cómo estás?
Lino duerme con la cabeza inclinada, apoyada en la pared que tenemos detrás, y observo cómo esta empieza a resbalar hacia la derecha, hasta que su peso ya es demasiado. Cae sobre el hombro y él se despierta sobresaltado, me ve y parece momentáneamente sorprendido al verme. Sonríe como si estuviera borracho y luego vuelve a dormirse.
Ha transcurrido una hora desde que llamó Ajing, y Julian ha sido reemplazado por una mujer blanca, mayor, con una gran nube de cabello gris que le cubre la frente y cae por su espalda. La miro. Cuando hago ademán de acercarme a ella, con la esperanza de darle lástima, ella se levanta y encuentra algo urgente que hacer en la sala contigua. Aquí ya no nos consideran pacientes. Nadie sabe qué hacer con nosotros. Somos muebles.
Así que me siento junto a Achor Achor.
Con Tabitha incluso las horas en las salas de espera eran algo eléctrico. Como les sucede a muchas parejas en los primeros meses de amor, estábamos contentos en las situaciones más vulgares. Hacíamos pocas cosas que pudieran considerarse especiales o tan siquiera imaginativas; ninguno de los dos teníamos dinero para restaurantes o espectáculos. Solíamos quedarnos en mi apartamento, a ver películas o incluso deportes por televisión. Una noche de verano, mientras Edgardo reparaba el Corolla, nos pasamos la noche esperando autobuses y paseando en ellos. Fue una noche llena de esperas y luces fluorescentes, y sin embargo se convirtió en una noche casi paradisíaca. Mientras esperábamos el autobús que nos llevara a casa desde el centro, donde habíamos dado un paseo por Olympic Park, me acarició el cuello y me susurró al oído que se moría por besarme, por quitarme la camisa. Su voz era seductora por teléfono, abrumadora en persona y explosiva cuando me rozaba la oreja. Las marquesinas de los autobuses de Atlanta no han conocido un romance mayor.
Pero cuando estábamos separados ella podía mostrarse caprichosa y exigente. Me llamaba siete veces en un día, y si por lo que fuera no atendía sus llamadas sus mensajes iban volviéndose más entrecortados, cargados de sospechas, llegando incluso a ser crueles. Cuando por fin recomponíamos la relación y las conversaciones telefónicas recuperaban la normalidad, ella desaparecía durante días. Su ausencia quedaba inexplicada, y cuando reaparecía me prohibía indagar por qué o dónde se había ido. Yo a menudo me esforzaba por intentar descifrar las escasas señales que me ofrecía. «¿Me estás acosando?», me preguntó un día, aunque a la semana siguiente se preguntaba si no era ella la acosadora. Su conducta me tenía tan desorientado que se lo comenté a Allison Newton, mi amiga adolescente. «Diría que tiene otro novio», dijo Allison, y no la creí. «Es la típica conducta en ese tipo de situaciones: te agobia cuando vuelve para compensar, y sospecha de ti por las cosas que está haciendo ella misma.» Esa fue la última vez que pedí consejo a Allison sobre estos temas.
Con la esperanza de encontrar algo de comer, salgo de la sala de espera y recorro los pasillos de paredes color salmón, pasando ante las fotografías de los antiguos administradores del hospital y ante las obras de jóvenes artistas. A la venta hay pasteles y acuarelas pintados por estudiantes de un instituto local. Los observo uno por uno. Abundan las mascotas, en cuatro aparece Tupac Shakur, y dos cuadros muestran un muelle desvencijado sobre un lago de plácidas aguas. La exposición de arte termina junto a un largo ventanal que da a la sala de espera. La sala es oscura con muebles estampados en borgoña y azul. Veo dos máquinas que venden comida y me dispongo a abrir la puerta. Pero hay una familia allí, durmiendo en el sofá. El padre está en un extremo, con la cabeza apoyada en una bolsa de lona que ha colocado sobre el brazo del sofá. A su lado hay tres críos pequeños, dos niñas y un niño, ninguno mayor de cinco años, tumbados uno al lado del otro. Diseminadas a sus pies distingo pequeñas mochilas de color rosa; sobre la mesita están los restos de la cena. Lo más probable es que sea la madre la que está ingresada. Fuera, en el aparcamiento, hay un árbol solitario iluminado desde abajo: sus ramas desnudas poseen un brillo sonrosado. Desde mi perspectiva la familia durmiente parece hallarse debajo del árbol, al abrigo de sus nudosas y largas ramas.
Aunque desearía entrar y comprar algo de comer no quiero despertarlos, así que me siento junto a la puerta y leo cartas de Tabitha. Saco de la cartera la hoja que guardo allí, tres correos electrónicos de Tabitha. Los imprimí una noche. Habíamos concertado una cita por teléfono; mi intención era abordar con ella el tema de sus cambios de humor y sus contradictorias reacciones y pretendía poner como ejemplo esos correos, escritos en el transcurso de una semana. Aquella noche no tuve valor para enfrentarme a ella, pero desde entonces los llevo en la cartera, y los leo para castigarme a mí mismo y para recordar cómo se expresaba Tabitha por escrito: en un tono mucho más efusivo que cuando estábamos juntos. Pocas veces me decía a la cara «Te amo», pero en sus correos, escritos al amparo de la distancia, sí que era capaz de hacerlo.
El primer mensaje decía así:
Mi Val:
Solo quería decirte que te amo. Que el espíritu de Dios mantenga vivo y
dulce nuestro amor. Te amo, cariño, y llevo tu sonrisa en mi corazón. Adoro tus hermosas sonrisas; creo que nunca me cansaré de ellas. Estoy tan enamorada que no puedo dejar de pensar en ti porque eres cariñoso, bueno, detallista, alegre, encantador, respetuoso y fantástico. Te he echado mucho de menos esta semana. Hablamos un ratito por teléfono pero eso no me basta.
Creí que volverías a llamarme, pero no he recibido ninguna llamada. No sé si
lo has hecho o no.
Con todo, todo, todo mi amor,
Tabitha
El segundo mensaje estaba fechado dos días después:
Hola Val:
No sé si ayer me llamaste o no. Para tu información me robaron el móvil, el
maquillaje y la colonia durante la clase de educación física. Por el momento he cancelado la línea, hasta que reponga el teléfono. No sé cuánto tardaré en tener otro.
Estoy bien, pero ando algo confusa con todo. Tengo dudas de si deberíamos o
no seguir juntos. Atlanta está muy lejos y a veces creo que si de verdad me quisieras te trasladarías aquí. Sabes que no puedo irme: en Seattle tengo a mis hermanos, y la universidad. Pero si de verdad me amaras tanto como dices…
Supongo que tendremos que recurrir al correo electrónico hasta que tenga
otro teléfono. Tal vez este descanso nos venga bien a los dos.
Con afecto,
Tabitha
Y una semana más tarde, cuando recuperó el teléfono, recibí el siguiente:
Cielo:
Ayer pensaba en ti, justo antes de dormirme. Luego tuve unos maravillosos
sueños en los que aparecíamos tú y yo. No me preguntes qué pasaba en el sueño. Quiero contártelo por teléfono, quiero susurrártelo al oído cuando ambos estemos en la cama. ¿Podrías acostarte hoy más tarde para que pueda llamarte? Te llamaré a las 10 como mucho, las 11 en tu zona.
¿Te estoy acribillando a mensajes? Dime si es así, por favor. ¿Dónde te has
metido? ¿Has estado evitándome? No juegues conmigo, por favor. Necesito saber
que me amas porque la vida ya es lo bastante dramática ahora mismo para añadirle incertidumbres sobre temas importantes como el amor.
Desesperada y anhelante,
Tabitha
Creo que a Tabitha le gustaba mucho la idea de ser conquistada, de saber que aunque yo estaba lejos, la esperaba, vivía por ella. La imagino diciendo a sus amigas lo «buen chico» que era yo mientras mantenía los ojos abiertos por si surgía alguien nuevo. No quiero decir que crea que ella me engañaba. Solo que era una joven deseable, ávida de aprovechar las oportunidades que le ofreciera este país, y tan necesitada de atención como de amor. Quizá incluso más.
En cualquier caso, Tabitha no era la primera mujer que me desconcertaba, que me confundía. En Etiopía hubo cuatro mujeres, hermanas, y encontrar a alguien así en un campo de refugiados como Pinyudo era toda una sorpresa. No era yo el único que estuvo obsesionado con ellas, aunque al final sí fui el único que triunfó. Cualquier miembro del campamento de Etiopía ha oído hablar de las Princesas de Pinyudo, pero me sorprendió que Tabitha también las conociera.
Aquel día hablábamos de mi nombre: Tabitha acababa de contarle a una amiga americana mayor que ella que se estaba viendo con un hombre llamado Valentino y esta amiga le había explicado las implicaciones de ese nombre. En cuanto oyó las historias de Rodolfo Valentino, Tabitha me llamó y, presa de un nuevo ataque de celos, exigió saber si yo tenía tanto éxito con las mujeres como mi homónimo. No alardeé, pero no pude negar tampoco que algunas chicas y mujeres habían encontrado mi compañía agradable.
—¿Cuánto tiempo llevas así, teniendo éxito con las mujeres? —preguntó ella, con una incómoda mezcla de anhelo y acusación.
Le dije que siempre había sido igual.
—¿Incluso en Pinyudo salías con chicas? —preguntó esperando que la respuesta fuera no.
—Hubo chicas, sí —le dije—. Estaban esas cuatro chicas en particular: unas hermanas llamadas Agum, Agar, Akon y Yar Akech, y…
Me interrumpió al momento. Conocía a esas chicas.
—¿Eran de Yirol? —preguntó.
Le dije que, efectivamente, así era. Y entonces caí en la cuenta. Claro que Tabitha conocía a esas chicas. No solo las conocía, prosiguió, estaba emparentada con ellas: era su prima. Y ese dato apaciguó los celos de Tabitha mientras yo le contaba la historia de las Princesas.
Corría el año 1998. Llevábamos unos meses en Pinyudo cuando sucedió algo raro: abrieron las escuelas. El campamento tenía un nuevo director llamado Pyang Deng, un hombre al que todos considerábamos compasivo, íntegro, un hombre razonable que sabía escuchar. Jugaba con nosotros, bailaba con nosotros y, con la ayuda del brazo sueco de Save the Children y del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, abrió colegios para dieciocho mil niños refugiados. Un día organizó una asamblea, y como en aquella época el campamento no disponía de sillas, micrófonos ni megáfonos, nos sentamos en el suelo y él gritó a pleno pulmón.
—¡Las escuelas serán vuestras!
Lo celebramos.
—¡Seréis los sudaneses mejor educados de la historia! —bramó él.
Atónitos, seguimos aplaudiendo.
—¡Ahora construiremos las escuelas!
De nuevo aplaudimos, pero los aplausos se mitigaron enseguida: comprendimos que la tarea caería sobre nuestros hombros. Y así fue. Al día siguiente nos enviaron al bosque a talar árboles y recoger hierba. Nos dijeron que la selva era peligrosa. Nos advirtieron que había animales; además, prosiguieron, había gente oriunda del lugar que consideraba esa selva como suya y a la que era mejor evitar. Los peligros eran muchos, pero nos enviaron a la selva de todos modos y casi inmediatamente se produjeron las primeras víctimas. El primer día un chico llamado Bol se internó en el bosque y ocho días después se encontró parte de su pierna. Los animales habían dado cuenta del resto de su cuerpo.
Pero para entonces ya habíamos conseguido los materiales y las escuelas se materializaron: cuatro palos, un techo de paja, o a veces, cuando lo conseguíamos, de revestimiento de plástico. Construimos doce colegios en una semana, a los que llamamos: Colegio Uno, Colegio Dos, Colegio Tres, etcétera. Cuando terminamos con la construcción fuimos convocados en el campo que se había convertido en el escenario de desfiles y de proclamas importantes. Dos hombres se dirigieron a nosotros: un sudanés y un etíope, los codirectores educativos del campamento.
—¡Ahora tenéis colegios! —dijeron.
Aplaudimos.
—Lo primero que haréis cada día será desfilar. Después asistiréis a clase. Y, cuando salgáis de clase, trabajaréis hasta la hora de cenar.
Nuestro entusiasmo volvió a decrecer.
Pero en otros aspectos la vida en el campamento era cada día mejor. Con la intervención de la ONU llegaron los envíos de ropa, por ejemplo, un acontecimiento que fue muy celebrado por todos los chicos, sobre todo por aquellos que eran ya demasiado mayores para ir desnudos y que habían pasado sin ropa desde nuestra llegada a Etiopía. Siempre que llegaba un cargamento los mayores retiraban las bolsas más grandes, repletas de prendas, etiquetadas como «Regalo del RU», o «Regalo de los Emiratos Árabes», y las distribuían entre los grupos de los más pequeños. Cuando tuvimos acceso a la primera remesa fui yo el encargado de repartir la ropa entre Los Once, y para evitar discusiones nos sentamos en círculo y fui entregando las prendas una por una en el sentido de las agujas del reloj. No importaba que la prenda en cuestión no fuera de la talla del receptor. Sabía que el intercambio se impondría entre Los Once y entre otros grupos. No había más remedio, ya que la mitad del primer cargamento que nos tocó en suerte era ropa de mujer. Habría resultado divertido si no hubiéramos estado tan desesperados por volver a tener el aspecto de siempre, con camisas, zapatos y pantalones. Sin ropa no podíamos ocultar las heridas, las costillas que sobresalían de nuestros cuerpos. Nuestra desnudez, los harapos, denunciaban a las claras el lamentable estado en que nos hallábamos.
Cuando empezaron las clases la mayoría de nosotros había logrado agenciarse ropa suficiente, y el primer día, al sentarnos, nos sentimos como estudiantes de verdad en un colegio real. Las clases eran cuartos techados, carentes de paredes, y en esa primera mañana de clases los cincuenta y un chicos nos sentamos en el suelo a esperar. Por fin entró un hombre y se presentó como el señor Kondit. Era alto, muy delgado, con un cráneo sorprendentemente reducido. Escribió su nombre en la pizarra, algo que nos dejó muy impresionados. Solo unos pocos de entre nosotros podíamos reconocer alguna letra, pero aun así contemplamos aquellas marcas blancas de la pizarra, y parpadeamos felices y expectantes ante lo que fuera a suceder a continuación.
La clase del primer día versaba sobre el abecedario. El señor Kondit hablaba en voz alta y dura, como si le impacientara tener que explicarnos estas cosas. Aquel primer día tuvimos la impresión de que deseaba que esa lección, todas las del abecedario y las que implicaban lengua y escritura en general, quedaran listas en una hora. Pretendía mostrarnos el alfabeto y acabar con él.
ABC
Escribió esas tres letras y las leyó en voz alta para enseñarnos cómo sonaban. Como no disponíamos de lápices ni de cuadernos el señor Kondit nos envió a la calle. Allí copiamos las letras en la tierra con la ayuda de palos o con los dedos.
—¡Haced las letras claras! —vociferó desde la pizarra—. Tenéis tres minutos. Si os equivocáis, borrad la letra y empezad de nuevo. Cuando hayáis dibujado tres letras que os parezcan satisfactorias levantad la mano y pasaré a verlas.
Las manos empezaron a alzarse y el señor Kondit inició su ronda de inspección.
Yo nunca había escrito antes; la primera vez que traté de escribir la letra B en la tierra, el señor Kondit la miró por encima de mi hombro y emitió un gruñido de desaprobación. Se inclinó, me cogió el dedo con aspereza y lo guió sobre la tierra hasta dibujar una B correcta: hizo tanta fuerza que la uña se me partió y empezó a sangrar.
—¡Hay que esforzarse más! —gritó por encima de nuestras cabezas—. Ahora no tenéis nada. Solo educación. ¿No lo veis? ¡Nuestro país está en ruinas y la única forma que existe de reclamarlo es aprendiendo! Nos robaron la independencia por culpa de la ignorancia de nuestros antepasados y ahora es el momento de reparar ese error. Muchos de vosotros ya no tenéis madre. Habéis perdido a vuestros padres. Pero tenéis educación. Si sois lo bastante listos como para aprovecharlo, aquí se os educará. La educación será vuestra madre. La educación será vuestro padre. Mientras vuestros hermanos mayores luchan en esta guerra con rifles, cuando paren las balas, vosotros lucharéis en la siguiente guerra con vuestros lápices. ¿Comprendéis lo que os digo?
Para entonces estaba afónico y bajó la voz.
—Quiero que aprendáis, muchachos. Conseguir un nuevo Sudán depende de vosotros. Si alguna vez me muestro impaciente es porque no puedo esperar a que termine esta maldita guerra y a que asumáis vuestro papel en el futuro de una tierra en ruinas.
De camino hacia los refugios el señor Kondit se convirtió en tema de apasionado debate.
—¿Habéis oído a ese chiflado? —decíamos.
—¿«La educación es vuestra madre»? —decíamos.
Nos reímos y le imitamos. Estábamos convencidos de que, como tantos otros que habían cruzado el desierto para llegar a Etiopía, el señor Kondit había perdido la razón a lo largo del viaje.
No mucho después de que abrieran las escuelas se produjo otro hecho inesperado: aparecieron niñas en clase. En general había pocas niñas en Pinyudo, y, por lo que yo sabía, ninguna asistía al colegio. Pero una mañana, mientras los cincuenta y un chicos de la clase del señor Kondit nos instalábamos en el suelo frente a la pizarra, advertimos la presencia de cuatro personas nuevas, todas de sexo femenino, sentadas en la primera fila. El señor Kondit estaba agachado frente a las nuevas: hablaba con ellas y les acariciaba la cabeza con gesto afectuoso. Yo estaba atónito.
—Clase —anunció el señor Kondit después de incorporarse—, hoy tenemos a cuatro estudiantes nuevas. Se llaman Agar, Akon, Agum y Yar Akech. Desean ser tratadas con respeto y cortesía porque son muy buenas alumnas. También son mis sobrinas, así que espero que os comportéis con ellas con el debido respeto.
Y tras esas palabras dio comienzo la lección. Yo estaba tres filas por detrás de las niñas y me pasé todas las horas de ese día con la vista fija en sus nucas. Estudié sus cuellos y su cabello, como si pudiera desentrañar los secretos del universo en los giros de sus trenzas. Eché un vistazo a mi alrededor para ver si los demás chicos compartían mi reacción y descubrí que no era el único. Aquel día no aprendimos nada académico, y sin embargo los chicos compartimos la inexorable sensación de que el objetivo de nuestras vidas y de nuestras búsquedas había cambiado. Estas cuatro hermanas —Agar, Akon, Agum y Yar Akech— todas llenas de gracia, bien vestidas y haciendo gala de una atractiva altivez, eran mucho más merecedoras de estudio que nada de lo que podía escribirse en una pizarra o en la tierra que rodeaba el aula.
Esa noche no comimos ni dormimos como hasta entonces. La cena se cocinó y se consumió, pero no se saboreó. El sueño llegó cuando el alba empezaba a filtrarse desde el otro lado del horizonte. Nos pasamos la noche entera en vela hablando de las hermanas. Al principio ninguno sabíamos quién era quién; la presentación del señor Kondit había sido demasiado rápida y amenazadora. Solo gracias a un intenso intercambio de información Los Once lograron recordar los cuatro nombres, y a través del mismo sistema amasamos un dossier sobre cada una de ellas. Agar era la mayor, eso parecía obvio. Era muy alta y llevaba el pelo peinado en trenzas; su vestido era de un vistoso color de rosa estampado con flores blancas. La seguía Akon: de cara redonda y pestañas muy largas, llevaba un vestido a rayas azules y rojas que hacían juego con los coleteros del cabello. A juzgar por su estatura, Agum podría haber sido de la misma edad que Akon, pero era, sin embargo, mucho más delgada. No se le veía el menor interés por los asuntos del colegio y parecía sumida en un constante estado de aburrimiento o frustración, de exasperación incluso, por todo y por todos. Estaba claro que Yar Akech era la más pequeña, varios años menor que Agum y Akon, y quizá un año más joven que Los Once y yo. No obstante, era más alta que nosotros, y este hecho, que todos fuéramos más bajos y menos maduros que las sobrinas, aumentó la fascinación que sentíamos por aquellas niñas de apariencia inalcanzable.
Después de haber consumido la noche diseccionando todos y cada uno de los detalles de las hermanas, entre nosotros flotaba una pregunta que no parecía tener respuesta: ¿Volverían las niñas al día siguiente? ¿Y al otro? Nos parecía algo demasiado bueno para mí, para Moses y para Los Once. O para los cincuenta y uno. ¿De verdad seríamos tan afortunados? Eso significaría un vuelco completo en relación al colegio y al mundo que conocíamos.
Todos nosotros, Los Once y yo, nos dirigimos al colegio aquella mañana como envueltos en una nube. Ninguno habíamos dormido lo suficiente como para tener la mente despejada. En cuanto entramos vimos a las sobrinas. Estaban sentadas en sillas, en la parte de atrás. Nosotros ocupamos los asientos de delante.
—Muy bien —dijo el señor Kondit—. Resulta evidente que estáis en una edad en la que os cuesta concentraros en presencia de jovencitas.
No dijimos nada. ¿Cómo lo había sabido? ¡Qué listo era el señor Kondit!, nos dijimos.
—He hecho unos cuantos cambios de asientos para que podáis concentraros mejor. Confío en que la lección de hoy será más cautivadora para vosotros, alumnos. Así que continuaremos con las consonantes…
No teníamos más opción que ver y escuchar al señor Kondit, aunque no era eso lo que habíamos planeado. Cada uno de nosotros había llegado a clase con otra idea en mente. De hecho ya habíamos repartido las tareas, asignando una chica a cada dos o tres chicos, para obtener de ellas la mayor cantidad de información posible gracias a una observación atenta. Pero a menos que nos diéramos la vuelta por completo, contemplar a las niñas era ahora una misión imposible. Los hallazgos, por tanto, quedaron reducidos a los períodos en que escribíamos fuera, al principio o al final de la clase.
Hacia el final de la primera semana, y gracias a la labor de reconocimiento que realizábamos antes de entrar en el colegio, después de salir o durante los ratos de ejercicios en el exterior, habíamos recabado información sobre la ropa de las hermanas, su cabello, sus ojos, sus brazos y sus piernas, pero ellas no habían hablado con chico alguno. No abrían la boca durante la clase ni trababan conversación con ningún niño. Lo que se sabía era que eran uniformemente bellas, muy listas y mejor vestidas que cualquier chico de los que vivíamos solos. La ropa de las sobrinas estaba limpia y no presentaba agujeros ni desgarrones. Lucían brillantes tonos rojos, púrpuras y azules, e iban peinadas con esmero. Yo nunca había tenido el menor interés por jugar con niñas, ya que tendían a romper a llorar enseguida y no solían querer luchar, pero durante muchas semanas, todas las noches, después de que la charla de Los Once se extinguiera y nos venciera el sueño, me descubría tumbado en el refugio preguntándome por qué disfrutaba de la gracia de tener a estas espectaculares princesas en mi clase. ¿A qué venía ese golpe de suerte? Entonces parecía que Dios tenía un plan. Dios me había separado de mi hogar y de mi familia, me había enviado hasta ese inhóspito lugar, pero ahora todo parecía obedecer a una razón. Me decía que había sufrimiento, pero también luz. Había sufrimiento y luego alegría. Había ido a parar a Pinyudo, ahora estaba claro, para poder conocer a estas niñas maravillosas, y el hecho de que fueran cuatro significaba que Dios pretendía enmendar todas las desgracias de mi vida. Dios era bueno, era justo.
Me descubrí levantando la mano en clase con más frecuencia. Mis respuestas solían ser acertadas. Por improbable que parezca, era más listo de lo que había sido días atrás. Me sentaba en primera fila. Aunque estaba más alejado de las niñas, necesitaba estar en un lugar donde llamara la atención del señor Kondit, y, por extensión, la de sus sobrinas. Respondía a todo lo que se me preguntaba y estudiaba con diligencia todas las noches. Quería destacar delante de esas niñas, y como solo las veía en clase —ya que vivían en el extremo más alejado del campamento, con la gente más importante— tendría que aprovechar ese lugar para impresionarlas.
Siempre que daba una respuesta correcta el señor Kondit me decía: «¡Muy bien, Achak!», y si podía hacerlo y pasar desapercibido, yo miraba de reojo a las sobrinas para ver si se habían percatado. Pero pocas veces parecían hacerlo.
Los Once sí que se habían percatado y me tomaban el pelo a todas horas y sin la menor piedad. Mi nuevo éxito en el colegio les restaba brillo y esto era motivo de preocupación. Querían saber si seguiría siendo tan pelota.
—¿Por qué de repente te interesa tanto el colegio, Achak? —preguntaban.
—¿La educación es ahora tu madre y tu padre, Achak? —preguntaba Moses.
Sus pullas me obligaron a admitir mi estrategia.
—¡Me importa un pito si la educación es o no mi padre! —exclamé.
Los Once se revolcaron, entre risas.
—Ahora ya sabéis por qué levanto la maldita mano a todas horas. Ahora callaos.
Pero yo no había terminado lo que había empezado. Cuanto más me esforzaba, y cuanto más desapercibidos pasaban mis intentos a las sobrinas, mayores eran mis esfuerzos. Me quedaba después de clase a borrar la pizarra y a ordenar los libros y papeles del señor Kondit. Pasaba lista al principio de cada clase, algo que era a la vez una bendición y una maldición. Mientras pronunciaba los nombres tenía que enfrentarme a las irónicas miradas de Los Once, que me sonreían como posesos y parpadeaban en un amago de flirteo histérico. Sin embargo, cuando terminaba con ellos podía pronunciar los nombres de Agar, Akon, Agum y Yar Akech, y de este modo me convertí en el único chico al que miraban a los ojos y el único al que dirigían la palabra. Presente, decían las hermanas. Presente, presente, presente.
Eran las Sobrinas del Rey de Pinyudo. Uno de mis compañeros les puso ese nombre y a partir de ese momento el apodo cuajó —aunque también se las conocía como las Princesas— entre los cincuenta y uno de clase e incluso por todo el campamento. Había otras familias, otros grupos de hermanas, sí, pero ninguno tan excepcional en su conjunto. Las cuatro niñas tenían que haberse enterado del apodo y nadie dudaba de que no les disgustaba. Eran conscientes del modo en que las idolatrábamos, pero seguían mostrándose ajenas a mí.
A medida que avanzaba el semestre empecé a dudar de mi estrategia. Era el mejor estudiante de la clase, pero aun así no me hacían el menor caso. Empecé a preocuparme de que no les importaran nada los logros académicos, ya fueran míos o de cualquier otro chico. Era probable que no quisieran tener nada que ver con alguien como yo, un menor sin familia. Eso era muy distinto que ser la sobrina del señor Kondit. Los menores sin familia ocupaban el escalafón más bajo en la pirámide de Pinyudo: era algo que se nos recordaba a todas horas. Nuestra ropa era escasa y harapienta, y nuestras casas parecían haber sido construidas por chicos, lo que obviamente se correspondía con la realidad. Cuando llegué a Estados Unidos un amigo me compró un regalo, un juego de construcción. Las piezas del juego eran tan parecidas a los palos que usamos para construir los primeros refugios de Pinyudo que no pude menos que reírme. Achor Achor y yo montamos una imitación de la casa del Grupo Doce sobre la mesita de centro y nos reímos un poco más. El parecido con la real era asombroso.
Tuvo que pasar un semestre entero, pero por fin mis esfuerzos con las Princesas dieron sus frutos. A una semana de que las clases se interrumpieran durante un mes, Agum me paró a la salida del colegio y me dijo algo. Fue tan alucinante como si una cebra se hubiera plantado ante mí silbando. ¿Qué había dicho Agum? Tuve que unir las palabras. Era todo tan repentino, el paso de una vida a otra. Estaba tan impresionado que no oí nada. La había mirado a los ojos, a las pestañas, a la boca que estaba tan cerca de la mía.
—Achak, mi hermana quiere preguntarte algo —había dicho ella.
De repente la mayor, Agar, la más alta, apareció a su lado.
Su hermana la pisó y recibió un cachete a cambio. Yo ignoraba lo que sucedía, pero la cosa pintaba bien.
—¿Quieres venir a comer a nuestra casa? —preguntó Agar.
En ese momento caí en la cuenta de que me había puesto de puntillas. Me coloqué bien con la esperanza de que no lo hubieran notado.
—¿Hoy? —pregunté.
—Sí, hoy.
Lo pensé por un instante. Lo pensé lo bastante como para dar la respuesta equivocada.
—No puedo aceptar —dije.
No podía creer que hubiera dicho eso. ¿Podéis creer que dijera eso? Había rechazado una invitación de las Sobrinas del Rey de Pinyudo. ¿Y por qué? Pues porque me habían enseñado que un caballero se distingue por rechazar invitaciones. Mi padre me había enseñado esa lección una noche de verano mientras le ayudaba a cerrar la tienda, pero el contexto no podía aplicarse a este caso, aunque en eso reparé después. Mi padre había estado hablando sobre el adulterio, sobre el honor de un hombre, sobre el respeto por las mujeres, sobre la santidad del matrimonio. No hablaba, como recordaría yo luego, de rechazar una invitación a comer. Pero en ese momento, creyendo actuar como un caballero, rehusé el ofrecimiento.
Las alegres caras de Agum y Agar se ensombrecieron.
—¿No puedes aceptar? —dijeron.
—Lo siento. No puedo —repetí antes de retroceder.
Retrocedí hasta chocar con uno de los postes que apuntalaban el aula. Este amenazó con caérseme encima, pero me aparté, enderecé el poste y luego corrí hacia casa. Me pasé una hora sintiéndome muy satisfecho conmigo mismo, por el acertado control que había demostrado sobre mis emociones e impulsos. ¡Era un modelo de autodominio, un auténtico caballero dinka! Y estaba seguro de que las Sobrinas del Rey se habían dado cuenta. Pero tras esa hora de reflexión la verdadera realidad se abatió sobre mí: había rechazado la invitación a comer de las mismas chicas a las que había intentado impresionar durante todo el semestre. Me habían ofrecido lo único que deseaba: pasar un rato a solas con ellas; oírla charlar en la intimidad, saber qué opinaban de mí, del colegio y de Pinyudo, y por qué se hallaban aquí; degustar una comida preparada por su madre: ¡disfrutar de un plato cocinado de verdad, por una mujer dinka! Era un idiota.
Intenté recuperarme. ¿Qué podía hacer? Tenía que agarrar aquella invitación, que ahora se había convertido en polvo, y reconstruirla de algún modo. Me haría el tonto. ¿Podía fingir que mi negativa había sido una broma? ¿Me creerían?
Se acercaba el final del semestre, y con él los exámenes finales. Cuando terminara el colegio estaríamos un mes sin clases, y si no salvaba la situación no volvería a verlas hasta que la escuela reabriera sus puertas en primavera. Me encontré a la más pequeña, Yar, leyendo un libro de texto a la sombra de un árbol.
—Hola, Yar —le dije.
No contestó. Me miraba como si le hubiera robado el almuerzo.
—¿Sabes dónde están tus hermanas?
Sin decir palabra señaló a Agar, que en ese momento venía hacia nosotros. Me erguí y esbocé una sonrisa que pedía perdón a gritos.
—No debería haber rechazado la invitación —dije—. Quería ir a comer.
—En ese caso, ¿por qué dijiste que no? —preguntó Agar.
—Porque…
Mientras hablábamos, mientras yo vacilaba, Agum se unió al grupo. Y sometido a esa clase de presión se me ocurrió una idea maravillosa y repentina. En una semana de obsesión no había podido idear una excusa razonable, pero aquí, en un instante desesperado, di con la solución perfecta.
—Me preocupaba lo que vuestra madre pudiera pensar de mí.
Eso despertó el interés de Agum y de Agar.
—¿Qué quieres decir?
—Pertenezco a los dinkas malual giernyang. No hablo vuestro dialecto. Mis costumbres son distintas. No estaba seguro de que vuestra madre lo aceptara.
—¡Oh! —exclamó Agar.
—La verdad —dijo Agum— es que pensamos que eras retrasado mental.
Agar, Agum e incluso Yar compartieron una risita que denotaba a las claras que habían sostenido prolongadas discusiones sobre mi capacidad cerebral.
—No te preocupes por ser dinka malual —dijo Agum—. A ella no le importará de dónde eres. Le caerás bien.
Entonces Agar se apresuró a susurrar algo al oído de Agum.
—Pero, para no arriesgarnos —rectificó Agar—, tal vez sea mejor no decírselo.
Hubo otro intercambio de susurros.
—Y le diremos que eres del Bloque Dos, no del grupo de menores sin familia.
Permanecí callado durante un instante.
—¿Te parece bien? —preguntó Agar.
No podía importarme menos. Lo único que me importaba era que el truco había funcionado. Me había hecho la víctima, fingiendo que mi condición de dinka malual me hacía sentir inferior, indigno de su amistad. Y había salido bien. Daba pie a que ellas hicieran gala de su generosidad al aceptarme y yo quedaba como un rey por haberme negado al principio. Me felicité por mi rapidez mental en momentos de presión. Sin embargo, tampoco podía mostrarme excesivamente ansioso. Tenía que mantener la calma, ser consciente de los posibles riesgos.
—Será mejor así —asentí con seriedad—. ¿Y vuestro tío?
—Él trabaja hasta tarde —dijeron ellas—. No llegará a casa hasta la cena.
En ese momento las dos niñas mayores parecieron advertir de repente la presencia de Yar, y la miraron como si fuera una espina que se les hubiera clavado en el talón.
—No digas ni una palabra, Yar.
La más pequeña entornó los ojos y les lanzó una mirada desafiante.
—Ni una palabra, Yar. O no volverás a dormir tranquila. Trasladaremos tu cama al río mientras estás soñando y despertarás rodeada de cocodrilos.
La redonda carita de Yar seguía mostrándose retadora, aunque su expresión reflejaba un atisbo de miedo. Agar dio un paso hacia ella y su sombra se cernió sobre el cuerpecillo de Yar. La hermana menor se encogió y, con un estremecimiento, prometió:
—No diré nada.
Agar se volvió hacia mí.
—Nos encontraremos a la salida de clase en el centro de coordinación.
Yo conocía el lugar. Era donde los chicos que no tenían que desfilar aguardaban entre una clase y otra, y después del colegio. En el centro de coordinación estaría rodeado de los niños con familia, aquellos cuyos padres residían en el campamento: los niños más ricos, hijos e hijas de maestros, soldados y comandantes.
Al finalizar las clases corrí hacia casa. Una vez allí, me percaté de que no tenía por qué haber ido. Allí parado me pregunté si había algo que podía hacer. Me puse la otra camisa que tenía, de color azul claro, y salí pitando hacia el centro de coordinación.
—¿Por qué te has cambiado? —dijo Agar—. Me gustaba más la otra camisa.
Me maldije en silencio.
—Pues a mí me gusta más esta —replicó Agum.
¡Se peleaban por mí! Era maravilloso.
—¿Estás listo? —preguntó Agum.
—¿Para almorzar? —pregunté yo.
—Sí, para almorzar —dijo ella—. ¿Seguro que estás bien?
Asentí. Asentí con fuerza porque lo cierto era que estaba listo para comer. Pero antes teníamos que cruzar el campamento y ese paseo fue —lo había anticipado y colmó con creces todas mis expectativas, todos los sueños y temores que había previsto durante los tres meses en que lo había planeado— el más extraordinario que había dado en mi vida.
Emprendimos el camino. Tenía a dos Sobrinas del Rey a la izquierda y a dos a la derecha. Caminé flanqueado por estas tres respetadas hermanas hacia su casa. Y sí, el campamento entero se percató de ello. Me alegra decir que todos los de mi clase se morían de celos y de la impresión. A cada paso, mientras avanzábamos frente a los distintos bloques, los chicos y chicas contemplaban boquiabiertos el desfile, dejando claro que para ellos se trataba de alguna clase de cita, algo más importante que un paseo casual. Era una procesión, un desfile, una afirmación: las Princesas de Pinyudo estaban orgullosas de tenerme a su lado, y eso resultaba un hecho fascinante para todos. ¿Quién es ese?, se preguntaban los asistentes al desfile. ¿Quién va con las Princesas Hermanas de Pinyudo?
Era yo, Achak Deng. El mujeriego.
Miré de reojo a Moses, cuyos ojos estaban a punto de salírsele de las órbitas, cosa que a William K le habría encantado ver. Sonreí y reprimí mis ganas de reír. Disfrutaba cada segundo, pero al mismo tiempo estaba hecho un manojo de nervios: mi cuerpo parecía ser una colección de partes que no se conocían. Había olvidado cómo andar. Estuve a punto de tropezar con una manguera, y luego me descubrí concentrado en mis piernas y pies. Levantaba las rodillas despacio, pero más alto de lo normal: las rodillas me rozaban la barriga. Agum se dio cuenta.
—¿Qué haces? —preguntó—. ¿Te estás burlando de los soldados?
Sonreí con timidez.
—¡Achak! —exclamó ella, con un deje de aprobación—. No deberías hacerlo.
Oírla reír me sirvió para relajar las piernas y volví a caminar como lo hace una persona que controla sus miembros. Pero justo entonces los brazos perdieron la conexión con mi sistema nervioso. No podía moverlos. Caían rígidos, pesados. Me rendí.
Pero me importaba un rábano. ¡Estaba con las Sobrinas del Rey de Pinyudo! Pasamos ante el Bloque 10, el 9, el 8, el 7, el 6 y el 5, mientras las chicas iban haciéndome preguntas que yo esperaba que no hicieran.
—¿Dónde están tus padres? —preguntó Agum.
Les dije que no lo sabía.
—¿Cuándo te separaste de ellos?
Les relaté una versión breve de mi historia.
—¿Cuándo volverás a verlos? —preguntó Yar, lo que le costó un puñetazo en el brazo propinado por Agar.
Estaba cansado de este tipo de preguntas. Les dije que ignoraba cuándo o cómo volvería a ver a mi familia, con la esperanza de que estas palabras, pronunciadas mirando al suelo, las animarían a buscar otro tema de conversación. Así fue y eso hicieron.
La casa era una de las más impresionantes del campamento. Estaba rodeada por un muro de piedra; un sendero llevaba hasta la puerta principal, y dentro había cuatro habitaciones: salón, cocina y dos dormitorios. Era la casa más grande que había visto desde que me fui de mi hogar. No era una cabaña como las que abundaban en Marial Bai y en todo el sur de Sudán. Era un edificio de ladrillo, una estructura de apariencia sólida y permanente.
Cuando me hallé ante su puerta me flaquearon las piernas y tuve que apoyarme en la pared. Una mujer abrió.
—Hola, chicas —dijo su tía. Frente a nosotros se hallaba una mujer preciosa, muy parecida a todas sus sobrinas, pero en versión adulta. Posó los ojos en mí—. ¿Este es el chico del que hablabais? ¿El mejor de la clase?
—Se llama Achak —dijo Agar. Y pasó por delante de su tía, entrando en la casa.
—Hola, Achak. Mi marido dice que eres un joven ejemplar.
—Gracias —dije yo.
Me invitaron a entrar y me ofrecieron una silla. ¡Una silla! Desde que llegué a Pinyudo solo me había sentado una vez en otra silla. Enseguida llegó la comida: un sabroso y especiado caldo de carne, además de pan blando y leche. Sobrepasaba mis mejores sueños. Aún estaba apurando el último trago de leche cuando Agar me cogió del brazo y me levantó del asiento.
—Vamos a estudiar ciencias —dijo Agar. Y con esas palabras me llevó hasta el dormitorio que compartían las cuatro hermanas. Cerraron la puerta, dejando a Yar al otro lado. Esta la golpeó una sola vez y luego se fue.
Estaba solo en el dormitorio con las tres chicas mayores. Cada una tenía una cama; dos eran literas. Las paredes eran blancas y estaban decoradas con fotos de océanos y ciudades. Agum y Akon se sentaron en la cama, dejándome cara a cara con Agar. En ese momento tuve que hacer acopio de todas mis fuerzas para no evacuar las tripas. Y eso antes de que sucedieran todas las cosas que vinieron después.
Agar tomó mi mano derecha entre las suyas y habló. Agum y Akon no nos quitaban los ojos de encima. Aunque ambas parecían familiarizadas con el guión que íbamos a seguir, contemplaban la escena con expectación.
—Ahora jugaremos al escondite —dijo Agar—. Para empezar tienes que encontrar algo que he escondido aquí.
Agar se señaló el pecho. Yo tomé aire. Incluso ahora, cuando lo pienso, no acabo de creerme que eso sucediera, que yo fuera el escogido para sus experimentos. Pero pasó así, exactamente como lo cuento, y lo siguiente que dijo fueron unas palabras que aún oigo a día de hoy cuando cierro los ojos y apoyo la cabeza en la almohada.
—Tienes que buscarlo. Con la mano.
Pedí ayuda con la mirada a las otras dos chicas. Ellas asintieron. ¡Estaban todas compinchadas! Me sentía tan capaz de meter la mano bajo su pecho como de provocar fuego de la cera. Me quedé inmóvil, con una sonrisa idiota en los labios. Mi sistema nervioso había dejado de funcionar.
—¡Aquí! —insistió Agar. Y con un gesto rápido me puso la mano debajo de su camisa.
¿Puedo sentir, aun hoy, el calor de su piel? ¡Pues sí! Tenía la piel cálida, tirante como un tambor, cubierta por una finísima capa de sudor. Al rozar esa piel contuve el aliento. Su tacto me sorprendió. No parecía distinto del mío, o del de los chicos, pero aun así creí que iba a explotar.
—¡Tienes que buscar!
Obligué a mi mano a realizar exploraciones superficiales del torso de Agar. Yo no sabía qué era qué.
—Muy bien. Ha sido un buen intento —dijo ella—. Creo que lo has encontrado.
—Ahora nos toca buscar a nosotras —dijo Agum.
—Creo que está allí —dijo Agar, y señaló mi pantalón corto.
Se trataba de un paso muy distinto y no fui capaz de mirar. Sí, había manos dentro de mis pantalones. Mientras ellas iban tocando, yo fijé la vista en la pared situada detrás del hombro de Agar, dudando sobre si Dios me fulminaría en ese momento o en cualquier otro a lo largo del día.
Segundos después las tres chicas habían buscado el objeto perdido dentro de mis pantalones y, satisfechas de haberlo encontrado, me informaron de que ahora se había perdido algo debajo de sus vestidos. Les seguí el juego: busqué debajo del vestido de Agar, luego del de Akon. Por alguna razón, Agum decidió que no tenía nada escondido en su vestido.
En algún momento decidieron ir a nadar. Las chicas llevaron las toallas y me trajeron una. Fingí estar encantado con la idea, pero a medida que andábamos el miedo se apoderaba de mí. Me preocupaba algo, aunque luego encontré la solución y lo aparté de mi mente. Las chicas me condujeron a una parte retirada del río; en un recodo a la sombra se despojaron rápidamente de sus vestidos y se quedaron desnudas. Las tres Princesas se metieron en el río en ropa interior. Mi garganta estaba tan seca como cuando cruzamos el desierto. Todo era tan poco habitual… En Marial Bai, antes de la guerra, nunca hubiera sucedido algo así. Nunca un chico de mi edad —de ocho, nueve o diez años— habría sido invitado a nadar desnudo en el río en compañía de tres chicas como esas. Pero aquí todo era distinto, y mis pensamientos sobre la situación entraron en un grave conflicto. ¿Acaso habría sufrido lo que había sufrido, habría abandonado mi pueblo y caminado como había caminado, había visto morir a chicos, pasado por encima de los huesos calcificados de soldados rebeldes, de haber sabido que esa iba a ser mi recompensa? ¿Merecía la pena? Porque lo cierto es que en mi pueblo nunca habría vivido algo así. Las reglas que imperaban eran más estrictas; los rincones tenían ojos. Pero en este campamento, mientras estábamos en Etiopía, mientras nuestro país estaba en guerra y nosotros separados de nuestras costumbres, cosas como esta, como la búsqueda en el cuarto de las Princesas, se hicieron posibles y sucedieron a menudo: toda una variedad de experimentos. El placer que me embargó en aquel momento concreto en el río, al ver jugar a las chicas en las aguas poco profundas, quedó hasta cierto punto menguado por lo que pasó a continuación.
—Quítate los pantalones, Achak —dijo Agar.
La incredulidad, el terror, me paralizaron.
—Achak, ¿qué haces ahí?
—Nadaré con ellos puestos —balbucí.
—No. Estarías mojado todo el día. Quítatelos.
—Prefiero veros nadar —dije—. Me quedo aquí.
Señalé un claro de arena y fui a sentarme rápidamente. Hice lo que pude por parecer emocionado con el lugar donde estaba y con el estado general de las cosas. Incluso me cubrí las piernas de arena, para conectarme aún más con la tierra y dejar implícito que no tenía la menor intención de sumergirme en el agua.
—¡Ven aquí, Achak! —ordenó Agum.
La escena se prolongó durante un rato. Insistí en que los pantalones seguirían en su sitio, y las chicas no entendían por qué. ¿Por qué iba a nadar con los pantalones buenos puestos? Su tía también me miraba con curiosidad. La estrategia no funcionaba.
Necesitaba la oportunidad de explicar mi posición, pero este no era el lugar. No soy como los chicos a los que estáis acostumbradas, les diría. Creo que no lo notasteis cuando buscasteis en mis pantalones. Mi clan practicaba la circuncisión en los varones, y sabía que los dinkas de su distrito no lo hacían. Estaba seguro de que cuando las Sobrinas del Rey de Pinyudo me vieran, el anguala —el chico circuncidado—, saldrían gritando del agua.
Por fin Agar salió del agua y se encaminó sin vacilar hacia mí. Se plantó frente a mí luciendo una sonrisa en la que se adivinaba una velada amenaza. Luego me bajó los pantalones hasta los tobillos. No me resistí. No había tiempo y estaban demasiado decididas. Así que me quedé ante ellas, con el pene al aire, desenvainado.
Las chicas lo observaron durante mucho rato. Luego todos volvimos a comportarnos con normalidad, o al menos fingimos que eso era posible. Las chicas y yo seguimos jugando, aunque durante toda la hora siguiente, cada vez que tenían la oportunidad, me tocaban entre las piernas, totalmente desconcertadas ante lo que le había sucedido a mi pene. Nunca habían visto nada parecido.
—¿Así que ese es el aspecto que tienen los dinkas malual? —murmuró Agar.
Agum asintió. Yo fingí no haber oído la pregunta.
Seguimos jugando, pero yo sabía que todo había cambiado. Después regresé al Grupo Doce y las Sobrinas de Pinyudo volvieron al Bloque 4. Asumí que nunca volveríamos a jugar juntos. Los Once me pidieron que les relatara la experiencia con todo detalle y decidí no hacerlo: sabía que si lo hacía la historia estaría en boca de todos en cuestión de horas, y las Princesas dejarían de ser consideradas como tales. Las considerarían chicas de moral relajada, y no resulta exagerado afirmar que entre las decenas de miles de personas del campamento habría algún hombre, quizá más de uno, dispuesto a arriesgar la vida por desvirgar a una de ellas. Me limité a contar a Los Once que había disfrutado de una comida deliciosa en compañía de las Sobrinas, y lo bonita y bien decorada que estaba su casa. Eso fue suficiente para los chicos; incluso esos escasos detalles eran algo jugoso para ellos. Esa noche me tendí en la cama, sin la más mínima esperanza de poder dormir, y me dediqué a revivir todos los momentos, a grabarlos en la memoria, convencido de que había sido una experiencia única e irrepetible.
Pero al día siguiente me invitaron a comer. Sorprendido y abrumado acepté sin dudar. Su invitación, y nuestra amistad, fue una victoria sobre los mezquinos prejuicios sociales que se daban entre clanes y entre regiones, y un triunfo sobre el sistema de castas que imperaba en el campo de refugiados de Pinyudo. Así que volví a su casa, al filete de carne, al dormitorio —a día de hoy aún podría describir todos los objetos que contenía aquel cuarto, todas las melladuras del suelo, todos los nudos de la madera de sus literas—, a jugar al escondite, algo en lo que, gracias a Dios, nuestra habilidad jamás mejoró. ¡Se me daba tan mal buscar cosas que tenía que buscar y buscar! Así fue mi vida durante muchos días de aquel año en Etiopía. Debo admitir que no fue uno de mis peores años.