Qué es el qué
Capítulo 5
5
¡Había vida en esos pueblos, Chico de la Tele! ¡Hay vida! El mío era un asentamiento de quince mil almas, aunque a ti no te lo parecería. Si vieras fotos de este pueblo, fotos tomadas desde el aire, te sorprendería la aparente ausencia de movimiento, de asentamientos humanos. Gran parte de la tierra es estéril, pero el sur de Sudán no es un desierto interminable. Es una tierra de selvas y junglas, de río y pantanos; hay cientos de tribus, miles de clanes, millones de personas.
Mientras yazgo aquí, me percato de que la cinta que me amordaza la boca se está aflojando. La saliva de la boca y el sudor de la cara han suavizado la adherencia de la cinta. Empiezo a acelerar el proceso, moviendo los labios y generando saliva a placer. La cinta sigue despegándose de mi piel. Tú, chico de la tele, no te enteras de nada. Pareces vivir al margen de que en el suelo haya un hombre atado y amordazado, y de que estás mirando la tele en casa de este hombre. Pero todos, sin excepción, somos capaces de adaptarnos a las situaciones más absurdas.
Sé todo lo que uno puede saber sobre el desperdicio de la juventud, sobre las formas en que puede usarse a los niños. De los chicos que me acompañaron en el viaje, la mitad han terminado convertidos en soldados. ¿Y era eso lo que querían? Solo unos pocos. Tenían doce, trece años a lo sumo, cuando los reclutaron. Todos fuimos utilizados en un sentido u otro. Nos utilizaron para la guerra, nos utilizaron para conseguir comida y para dar pena a las organizaciones de ayuda humanitaria. Incluso cuando íbamos al colegio, seguían usándonos. Ha sucedido antes y ha sucedido también en Uganda, en Sierra Leona. Los rebeldes usan a los refugiados para atraer ayuda, para crear la apariencia de que lo que está pasando se reduce a veinte mil almas buscando cobijo y comida, al margen de la guerra. Pero a pocos kilómetros de nuestro campo de civiles el ELPS tenía su propia base, donde se entrenaban y planeaban su estrategia, y entre ambos campamentos existía un constante trasvase de provisiones y reclutas. «Cebo para ayuda», nos llamaban a veces. Veinte mil niños solos en mitad del desierto; no resulta difícil atraer la atención de la ONU, de Save the Children, y de la Federación Luterana Mundial. Pero mientras el mundo humanitario nos alimentaba, el Ejército de Liberación del Pueblo Sudanés, los rebeldes que luchaban para los dinkas, seguían nuestros pasos, a la espera de que estuviéramos maduros. Se llevaban a aquellos que eran lo bastante mayores, aquellos que tenían suficiente fuerza, capacidad física e ira acumulada. Esos chicos subían la colina hacia Bonga, el campamento de entrenamiento, y ya no volvíamos a verlos.
Casi no me lo creo ni yo, pero en este momento estoy pensando en formas de salvarte, chico de la tele. Imagino que me libero, y que luego te libero a ti. Podría deshacerme de mis ataduras y luego convencerte de que si te quedas conmigo te irá mejor que si sigues con Tonya y Azul Pálido. Podría escaparme contigo, podríamos irnos de Atlanta juntos, en busca de un lugar distinto. Se me ocurre que se debe de vivir bien en Salt Lake City, o en San José. O quizá debamos mantenernos al margen de esas ciudades, de cualquier ciudad. Creo que ya estoy harto de ciudades, chico de la tele, pero, dondequiera que vayamos, pienso que podría cuidar de ti. No hace tanto tiempo que yo era como tú.
Pero primero tenemos que salir de Atlanta. Debes alejarte de esas personas que te han metido en esta situación, y yo debo abandonar lo que se ha convertido en un clima insoportable.
Las cosas aquí son demasiado tensas, demasiado políticas. Hay ochocientos sudaneses en Atlanta, pero entre ellos no reina la armonía. Hay siete iglesias sudanesas, y se azuzan las unas contra las otras con creciente encono. Los sudaneses han vuelto al sistema de tribus, a las mismas divisiones étnicas que abandonamos hace tanto tiempo. En Etiopía no había nuers, dinkas, furs o nubios. Éramos, en muchos casos, demasiado jóvenes para comprender el significado de tales distinciones, pero, incluso cuando éramos conscientes de ellas, nos habían enseñado a dejar a un lado nuestras supuestas diferencias y habíamos accedido a ello. Todos estábamos solos en Etiopía, y habíamos visto morir a centenares de los nuestros de camino hacia un lugar que era solo un poco mejor que el que habíamos dejado atrás.
Casi desde el mismo momento en que llegamos aquí, resultó imposible volver a las costumbres de Sudán. No he estado en Jartum, así que no puedo hablar del estilo de vida de allí. Me parece que existe algo parecido a la modernidad. Pero no cabe duda de que en el sur de Sudán nos hallamos a unos cientos de años por detrás del mundo industrializado. Algunos sociólogos, los más progresistas, podrían molestarse con la idea de que hay sociedades más adelantadas que otras, de que existe un primer mundo y un tercero. Pero el sur de Sudán no pertenece a ninguno de estos mundos. Sudán es otra cosa, y no consigo encontrar nada que me sirva de comparación. Hay pocos coches en el sur de Sudán. Puedes viajar cientos de kilómetros sin ver ningún vehículo. Solo unas cuantas carreteras están asfaltadas; yo no vi ninguna mientras viví allí. Podría sobrevolarse el país en línea recta, de este a oeste, y no pasar nunca por encima de una casa construida con algo que no sea hierba y tierra. Es una tierra primitiva: lo afirmo sin el menor rastro de vergüenza. Sospecho que en los próximos diez años, si se mantiene la paz, la región alcanzará la clase de progreso que podría conducirnos a los niveles de otras naciones del este de África. No conozco a nadie que desee que Sudán permanezca inmutable. Todos estamos listos para el futuro. Hay tanques del ELPS desfilando en Juba, la capital del sur. Planea un sentimiento de orgullo: y todas las dudas que teníamos del ELPS, y todo el sufrimiento que ha causado, han sido perdonados. Si el sur consigue la libertad, será gracias a su labor, por sucia que esta haya sido.
Me doy cuenta de que tengo la boca empapada y de que la cinta ya no está adherida con firmeza. Soplo, y para mi sorpresa, la mitad izquierda de la cinta se despega. Ahora puedo hablar si quiero hacerlo.
—Disculpa —digo. Mi voz sale suave, demasiado baja. No hay la menor señal de que me haya oído—. Hombrecito —digo ahora, a un volumen normal. No quiero sobresaltarlo.
No obtengo reacción alguna.
—Hombrecito —repito, en voz más alta.
Me mira de reojo, incrédulo, como si fuera el sofá el que hubiera hablado. Enseguida vuelve a concentrarse en la tele.
—Hombrecito, ¿puedo hablar contigo? —digo, en voz alta, firme.
Él se estremece y se pone en pie de un salto, aterrado. Supongo que le dijeron que yo era africano, y que en su mente dicha categoría no incluía la habilidad de hablar, y mucho menos en inglés. Da dos pasos hacia mí y se detiene en el umbral del salón. Aún no está seguro de que yo vuelva a hablar.
—Hombrecito, debo hablar contigo. Puedo ayudarte.
Esto le envía de regreso a la cocina, donde coge el móvil, aprieta un botón y se lleva el aparato al oído. Escucha, pero no consigue comunicarse con el destinatario al que desea llamar. Es de suponer que le han dicho que llame a sus cómplices si me despierto o pasa algo imprevisto, y, ahora que ha sucedido, no contestan. El chico se lo piensa un momento y por fin toma una resolución: vuelve a sentarse y sube el volumen de la tele.
—¡Por favor! —grito.
Él se remueve en la silla.
—¡Chico! ¡Escucha!
Ahora se dispone a encontrar una solución. Empieza a abrir cajones. Oigo el ruido de los cubiertos y me preocupa que opte por una acción drástica. Abre cinco o seis cajones, y los armarios. Por fin sale de la cocina con la guía telefónica. Se acerca a mí y la eleva por encima de mi cabeza.
—¡Hombrecito! ¿Qué haces?
Deja caer el listín. Es la primera vez que he visto algo que venía hacia mí y he sido incapaz de reaccionar en consecuencia. Intento girar la cabeza, pero aun así el libro me da de lado en la cara. El dolor resultante se compone de la jaqueca previa y del rebote de mi barbilla contra el suelo. La guía telefónica resbala por mi frente y se queda allí, junto a la sien. Convencido de que ha logrado su objetivo, regresa a la cocina y sube de nuevo el volumen. Este chico cree que no pertenezco a su especie, que soy otra clase de criatura, un bicho que puede ser aplastado bajo el peso de un listín telefónico.
No es que duela mucho, pero el simbolismo es ofensivo.