Querida hija

Germán Gullón · Capítulo 10 de 33

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Querida hija

Capítulo 1994

 

10

 

El hombre pretextó ocupaciones y desatendió ambas invitaciones, la de salir a dar un paseo con la señora y el niño y la del sol primaveral, porque deseaba pasar un rato a solas, frente al papel, con su niña. Un dibujo infantil con una niña a caballo, flanqueada por dos figuras, caído de entre las hojas de un diccionario, le devolvieron a un ayer cuando la redonda carita le pedía un helado de corte, papá, de nata, vainilla y chocolate, mamá, un helado de nata, vainilla y chocolate…

 

Madrid, 11 de abril de 1994

 

Niña de plomo:

 

Aguardo la carta para que en la larga travesía del desierto aparezca un

oasis. ¿Qué frena tu pluma? ¿Te ofendería mi última misiva? ¿De cuándo? Ni

recuerdo. Vivo sobre ascuas, porque el silencio pertinaz que envías sin

franqueo me destruye. Sé que las quejas te aburren, y que sigues acumulando

pruebas contra tu Padre, un descastado, que critica cuanto emprendes sin

motivo.

Me desespera, nena, que no entiendas que tus prolongadas ausencias del

radar familiar perforan el corazón. Lo que es aún peor, Hija de mi alma,

llegarás a conseguir que acabe poniéndome una coraza, un chaleco antibalas,

y que los afectos, cortados de la fuente de donde brotan, se enfríen.

Imaginarás que repito ideas dictadas por la perfidia de mi Mujer, y te

equivocas. Tu Madre tiene, mejor dicho tuvo, todo el derecho del mundo a

pensar que ella es esto y aquello, porque por la herida del resentimiento

supura lo inasimilable por el alma humana. Pero tú no, pues desde el

momento en que dejé a Mamá y me casé con mi actual Mujer nunca he dejado

de buscarte, aunque te empeñes en negarlo. Repites una y otra vez, como un

disco rayado, que cuando recién separado venías a visitarme tu presencia me estorbaba, que abreviaba los momentos de estar contigo, que se me notaba

una cierta ansia de que el día o la tarde pasara cuanto antes, cual trámite

engorroso, para volver a la compañía de mi Mujer. Jamás lo sentí así.

Entiende que en el corazón humano caben afectos de diverso matiz.

Central se encuentra el que siento por ti, por tu Madre, a quien quise y jamás

reprocharé nada, aunque hurgando se encuentran resquemores. Sus

acusaciones llevan dentro la tormenta del desengaño, de la sorpresa, de la

imprevisión de la naturaleza escondida en sus pliegues. Lo comprendo; me lo

dio todo, y yo egoísta lo acepté por años y años, mientras crecía la muñequilla

y la cuidábamos embobados.

Recuerdo con precisión aquellos años de tu infancia, yendo a las

Teresianas a buscarte a la salida del colegio, los puestos de las castañas

asadas, los helados de la calle Goya, tu incansable mirar los escaparates de

una juguetería en la calle del Conde Peñalver, siempre cogida de mi mano,

preguntando insaciable sobre esto y lo otro. Si iba a buscarte con tu Madre, te

chiflaba, era tu palabra, balancearte mientras te cogíamos uno de cada mano.

Si íbamos a visitar a los Abuelos a la casa de Narváez, subías la escalera a la

carrera, gritando Abuela-a-a-a. Luego mecías tu cabeza en su dulce regazo, y

ella te deshacía tus coletillas de muñeca, y las volvía a trenzar. Todos

queríamos comerte el cogotito, poblado por unos pelillos dulces. El jolgorio

se prolongaba si el Abuelo llegaba temprano a cenar y sacaba vermut rojo que

servía en vasos verdes con hielo, y patatas fritas. La Abuela decía

invariablemente no me pongáis perdido el suelo con la grasa de las patatas, y

nosotros poníamos cuidado, sin dejar de empapizarnos de aperitivos. El

Abuelo obsequiaba a la nena mimada sin cesar, con una moneda de duro, con

un bolígrafo de anuncio, y a cambio exigía besos, «dame otro beso, nenón».

De vuelta a casa era ella, en ocasiones hubo precisión de cargarte, porque

estabas agotada. Te ponías un poco pesadita, y los ojos se te cerraban.

Añoro aquellas cascadas de risas alocadas, cuando el pelo cortito

enmarcaba anguloso la carita preciosa, redondita. Parecías un verdadero

melocotoncito comestible, con peluche y todo. Tengo grabado en el vídeo

interior un día de primavera cuando fuimos los tres a Rosales, tu Madre, tú y

yo; me acuerdo como si lo hubiese vivido ayer. Habían montado una feria, y

subimos a los coches de choque. Te reías medio desencuadernada, y tus ojos

azules poseían un especial brillo de contento, de emoción, de alegría.

Entonces tu Padre, joven aún, era tu protector, y se sentía capaz de defenderte

en toda la extensión de la palabra, física, psicológica y emocionalmente. Hubiera rescatado a mi princesa de las garras de cualquier dragón, o dicho

con propiedad, mi fuerza hubiese impedido que nadie se atreviese a raptarte.

Hoy, para defender al varoncito concebido por mi Mujer hace tres años,

tengo que acopiar fuerzas. Este Hijo, vivo retrato tuyo, pues ambos

pertenecéis al grupo de personas melocotonáceas, me hace revivir las alegrías,

grandes y pequeñas, sentidas en los años de tu niñez. El primer día que acudió

a la guardería se comportó de manera similar a como lo hiciste tú; cuando

divisó a sus futuros compañeros apiñados en el patio de la escuelita, los

apuntaba con una carterita de colegial que los Abuelos le mandaron para su

estreno de escolarcillo. Recuerdo los detalles de tu cartera, rosa y negra,

también de plástico, y a ti diciendo: Mamá, mira, mira, niños, Papá, niños.

Corriste presta hacia ellos, y por primera vez contemplamos a nuestro

retaquito como una figura esbelta, puesta sobre puntillas, mirando a los otros

chavalines.

Cuando la pena de tu distanciamiento visita la noche de insomnio, que

añade con regularidad arcos a las ojeras propias de la edad, intento imaginar

un lugar donde podríamos estar tú y yo con mi Hijo; entonces sabría

explicarte el parecido, lo importante que es para mí reconocerte a ti en él,

porque de esta forma parece como si la vida se articulase con un sentido

armónico. Ya sé que no lo tiene; los humanos tenemos una facilidad extrema

para caer en posiciones de voluntad y sentimentales inamovibles, por lo

razonable. De cualquier manera, divago insomne y nostálgico por ese jardín

de las delicias, donde sé explicarme, transmitir mis percepciones. La palabra

exacta a veces sale de la madriguera donde vive olvidada, y resulta útil para

transmitir un sentimiento, pero con poca frecuencia. En tantas y tantas

ocasiones pronunciamos la frase equivocada, como parece ser mi caso

contigo. Incluso lo que acabo de redactar te incomodará, y a tu Madre y a mi

Mujer, y a mi Hijo cuando sea capaz de entenderlo, pues cada uno gira a su

propio ritmo, y la armonía de las vueltas, a diferencia de lo que escribió Fray

Luis de León, resulta inalcanzable. La edad, la vida, se encarga pronto de

adelgazar el eje sobre el que torna el mundo y andamos, giramos, una pizca

desacompasados.

Sépase de ti, Hija; escríbeme. Piensa en un hombre desvelado atravesando

el desierto o una pradera oscura con la lengua quemada. Cuando noto en las

entrañas tu ausencia parece que me he muerto un poquito. Soporto todo, las

manchas marrones que adornan las manos cuarentonas, el pelo gris, la

calvicie incipiente; lo único intolerable resulta pensar que una parte del sentir,

el huerto del amor que tanto mimé, se agosta, y mi inversión de cariño pierde valor. No me importan las inversiones, lo que perdura de ellas es su valor

sentimental.

Reprochas con regularidad, a pesar de las primaveras que han florecido,

de los miles de ardores surgidos desde entonces, que rompiese la Familia, de

la que tan orgulloso estaba, y me largase a cohabitar —te encanta el verbo,

¿lo has sacado de la propaganda de los verdes?— con otra mujer, traicionando

a Mamá y a ti. Un adolorido pesar te dice que sí; lo que debes conocer, sin

embargo, es que no hablaba en falso cuando nos apiñaba y decía: Familia mía.

Lo malo es que contra la vida podemos poco, y que la recorremos equipados

con precariedad. El punto débil no es el barro de nuestros cuerpos, sino los

sentimientos; cuando vivimos felices los sentimientos se asemejan al río

fresco que corre por una vega fértil y amena, pero que si se vuelven contra

nosotros los notamos reptar desde una poza oscura, recubiertos de un limo

asqueroso, que se pega al alma como las algas que de improviso ciñen los

tobillos al nadar en el mar abierto.

Sí, fue el amor lo que se cruzó en el camino. No cierres los ojos, pensando

que fui un cabrón y tu Madre una víctima inocente, que se quedó sola en un

hogar desierto. Lee de frente los folios. Olvídate de las frases hechas sobre la

valentía y demás brisas fantásticas con las que los seres humanos suavizan la

comedia diaria. Actúa con la mente abierta, porque lo pide tu Padre. Querido

Papá, decías en la última carta que recibí, bien, pues ése al que te diriges es un

hombre como tú, que cuando se enamora, y la palabra desnuda, puesta en

boca de tu Papá y referida a otra que no es tu Madre, parece sacrílega, como

si te echasen alcohol en la herida abierta, la utilizo por desconocer una mejor.

Enamorarse, vaya verbo, y todos los días la rueca del amor lo pronuncia aquí

y acullá, a los cuatro vientos, e implica siempre lo mismo, desde los nervios

más superficiales a las cuerdas que templan los afectos, los deseos. Lo piensas

como opuesto a traición, y te gustaría que una antorcha iluminara mi

deserción en la plaza pública de la evidencia, y que se supiese que traicioné a

tu Madre; no te faltan algos de razón, y algún día trataré de elaborar el tema

con calma, para que sepas cómo lo entiendo yo.

Corto el rollo, y anoto lo que me dices en la última de tu Novio, que

termina Empresariales, algo muy positivo, y que es un chico de una familia de

comerciantes catalanes. Suena fetén, y lo adjetivo con lisonja, para festejar el

acontecimiento y la buena nueva al mismo tiempo. Te deseo lo mejor, y que

sea el primero de muchos. No te enfades, aunque lo digo de verdad. Eres

demasiado seria, no pareces de tu generación. Mira, en eso nos parecemos.

Con todo el amor de tu, Padre.