Querida hija
Capítulo 3
deseo. La pasión necesita pocas palabras, en especial cuando fue generada por
un encuentro de la mente y del cuerpo.
Pocos días después fui a Marbella, donde estabais con los Abuelos.
Entonces escuchaba todas las conversaciones filtradas por el algodonoso
recuerdo de los últimos días vallisoletanos. Empecé a correr por la playa, a
leer, recuerdo un libro de Jorge Guillén, Plaza Mayor. No me atrevía con Juan
Ramón ni con los poetas que encendían el espíritu, me conformaba con
repasar las geografías humanas con don Jorge. Intentaba engranarme en la
vida cotidiana, ahuyentando los latidos de la espera, y me daba la madrugada
sin poder calmar las ansias de montarme en el coche e ir en busca de la
persona con quien me sentía a gusto.
Cuántas veces cuando ella y yo nos encontrábamos en Madrid o en
Salamanca o en Valladolid decidimos terminar la relación. Fueron años de
dudas, de oleadas de optimismo y de nubarrones pesimistas. Tú y tu Madre
erais los testigos pasivos de las tormentas. Nosotros lo intentamos todo, hasta
olvidar los sueños, los encuentros dorados, pero era inútil. El no dormir, el
permanecer acurrucado en una barca inmóvil no lleva a nada más que a vivir
en una oscuridad falsa y vacía, que aún encalabrina más los nervios. Os
trataba mal, porque pensaba que debíais sentir conmigo, qué estupidez.
Salí del negror de la depresión y retomé el control de mi vida. Tracé en la
mente un futuro y se lo dije a tu Madre, y la tristeza que asomó a sus ojos al
escucharme decía que la vida es implacable, y que los hombres vivimos
condenados a perecer ahogados en nuestra propia espuma.
El esfuerzo de contarte lo anterior me deja sin fuerzas.
Con el cariño de tu Padre.
3
La ceguera a los sentimientos ajenos impide a los hombres sentirse culpables. No obstante, un día empiezan a experimentar un picor en el cuello, y los entendidos diagnostican la incomodidad como el síndrome de la espada. Eso lo siente el hombre que redacta, esperanzado y temeroso a un tiempo.
13 de noviembre de 1990
Chiquilla del alma:
Pasan los meses y nada, ni señal. Descuento, por supuesto, el tarjetón con
la palabra gracias dicha con la boca chica con que ¿agradeciste? el pasado
julio el regalo por tus dieciocho primaveras. Permaneces inmutable como una
esfinge, aunque apenas descuidas momento para lanzarme una puya, o dicho
con propiedad, para ensañarte poniéndome en el picadero de tu rencor.
Lo que insinuaste por teléfono de que si yo creía que eras una puta, en
respuesta a mi sugerencia de que aprovechases el verano para divertirte, salir
con chicos de tu edad y esas cosas, se pasa un poco de lo tolerable. Mereces
un soplamocos clásico, y espero que tu Madre te lo propine de vez en cuando,
según convenga.
Además, transitas por la vía estrecha, o dicho en griego eres una
eutrapélica, la suma poseedora de una virtud que modera las diversiones. Te
lo digo sin perversión alguna. Tu Madre y yo te explicamos cientos de veces
nuestra posición en lo referente al sexo. No confundas mi divorcio de tu
Madre y que tenga una compañera «flamante» —menudas expresiones te
gastas— con la pérdida de los papeles; ni que me hubiese ido a vivir a una
comuna de drogatas o a hacerle el amor a los animales. Lo que pretendía
decirte es que las chicas de tu edad llevan, sobre todo en las vacaciones
veraniegas, un plan de vida una chispa más relajada, y que el pasarte el año
entero como paño de lágrimas de tu Madre te hace daño a ti y a ella. Primero,
porque tu Madre es una señora de enorme atractivo e inteligencia, o sea que
ahorra los consejos filiales referentes a posibles pretendientes en la cuenta de
las buenas intenciones. Esa frase tuya también me dejó descolocado, y por
teléfono no supe responderte. Tu Madre conoce el mundo requetebién, y el
caballero andante con el que deliras, que no hará la cerdada de abandonarla
cuando se le presente la pervertida que permita que le hagan toda suerte de
guarrerías en la cama, es una imagen estúpida. Abusas de presupuestos falsos
y perversos. Mamá y yo, para que te enteres, nunca padecimos problemas
kamasútricos. El rollo sigue derroteros distintos. Y ya estoy cabreado.
Lo que te decía, hija terca, es que las chicas modernas, las de tu edad,
actúan con mayor independencia de lo que lo hacían en la época en que tus
padres fueron novios. Nosotros apenas pasábamos del besuqueo, y luego, tras
un tiempo prudencial, habidas lluvias mil y mucho cine oscuro, nos
iniciábamos, como cada quisque, en lo denominable la etapa formal del
noviazgo de finales de los años sesenta y comienzo de los setenta, en que los
toqueteos variaban de recorrido a la par de los compromisos. Lo anterior te
sonará a antigualla. Lo mismo nos pasaba con las costumbres de nuestros
padres, que perdían años cortejándose, jugando al escondite y al me gustas, y yo te veo y tú también me gustas. ¿Y cómo me acerco a ti? Mamá y yo por lo
menos nos iniciamos con prácticas sexuales normales, si bien logradas al
ralentí. Las chicas modernas pasan de remilgos y se encaman en cuanto un
chaval las atrae y les dice ¿te pete? ¿Es verdad o no?
Tú no eres de las fáciles y lo aplaudo. Llevas grabadas en el coco las
prédicas de tu Madre y mías referentes a la mayoría de edad sexual, que llega
al adquirirse el sentido de la responsabilidad. Los sociólogos y demás
aconsejadores radiofónicos y televisivos hablan de la sexualidad a modo de
agua riente que corre por las laderas de la montaña, indomable, resistente a
cualquier canalización. Confunden el cuerpo con una fuente. Claro que el
campo admite puertas, y compuertas también. Lo que pretenden decir, y lo
dicen fatal, es que la libertad debe primar en la expresión de la sexualidad,
que al cuerpo hay que dejarlo libre para satisfacerse. Ocurre que también el
body vive en sociedad, y tiene numerosas responsabilidades que cumplir por
encima de las del dormitorio, y que ésas complican la conducta dictada por
las hormonas. O sea, que te comprendo, hermana, porque fui tu maestro en
este tema. Pero una cosa es ser ñoña, nunca dejar que el cuerpo se expansione,
cuando estamos de vacaciones en verano, y otra distinta es desmadrarse. He
dicho, palabra humana.
Bueno, me pierdo, Hija, porque lo mío es la literatura, y yo estoy
escribiendo aquí una columna de consultas a la doctora Elena Ochoa.
Abandona esos términos tan radicales de putas y doncellas, pues la vida
enseña pronto que las cosas no son del color que parecen. Te ruego que
entiendas lo expuesto en su contexto. Dije, y repito, que lo pasaras bien, con
lo que quería animarte a que hicieras vida alegre, la propia de una chica de
dieciocho primaveras, con tus convicciones, que no son las de Fulanita X,
sino las de mi Hija con su nombre y apellidos, y que, de paso, dejes a Mamá
encontrar su camino, y que no seas tú la que siempre se halla enredada en sus
faldas. Esto, por supuesto, tampoco quiere decir por los bajinis que rehúyas la
compañía de tu querida progenitora.
Hija, me parece que te vuelvo a alimentar con papilla, como cuando eras
una bebita. Te lo digo todo muy claro, clarísimo. De todas formas,
encontrarás grumos, pero intenta por educación no escupírmelos a la cara.
Cuestión adyacente, si los Abuelos viviesen todavía me hubiera
divorciado igual. Aclaración para que la anotes en tus anales de la verdad.
Déjalos en paz que descansen en la Almudena y no los metas a dirimir
guerras en que nunca lucharon. Los trabajos y los días alcanzan a los vivos. A
lo de que los echas de menos te digo ídem.
Por último, de la universidad me hablaste por teléfono en forma
telegráfica. Escribe unas líneas dedicadas a explicarme las clases, las materias
que estudias. Rellena folios, concho. Mis adentros ansían unas miajas de
alimento espiritual, de mieles. Arrumba las excusas habituales. Las duras
misivas, o misiles, preveraniegos, el calor, las miles de ocupaciones, me
previnieron el escribirte. ¿Qué se lo impidió a su Señoría?
Deposité una sustanciosa cantidad en tu cuenta postal. Lo hice esta
mañana, o sea, que puedes ir a repostar. No te olvides que tienes que llevar la
cartilla y el carnet de identidad.
Escríbeme o llámame. El Osito amante de la miel.