Querida hija
Capítulo 25
que no trabajan en lo suyo pero que quieren subir, ésos son peligrosísimos,
pues te adulan y mientras te enjabonan al hablar con tus competidores te
ponen verde. Bueno, corto.
Comentaba la bella estampa que gastas. Qué piernas bonitas exhibes. El
traje de chaqueta estilo chanel —es el único estilo que reconozco— te
quedaba de película. Mamá se pasó en Santiago, menudo regalazo. Recuerdas
a la llorada Grace Kelly. La verdad que estás hecha una tía elegante. El Novio
complementa la pareja sin llegarte ni a la punta del pie, eres más tía que el tío.
Lo digo sin ánimo de ofender, es la pura verdad. El pelo ese arrubiado, tan
lavado y brillante, vamos, que parecías una presentadora de televisión. De
hecho, hay una en la Primera que lee las noticias al mediodía que tiene el
cabello idéntico, brillante, y medio país se pregunta, y esta tía cómo consigue
tener las greñas tan refulgentes. Me explicarás e igual lo explico en los
periódicos, para que al personal se le quite el ansia.
Lo malo es que ya no podemos, puedo, ir por ahí del bracete presumiendo
de novia. Se nota que soy el Papá, y no por el parecido físico, porque ni tengo
los ojos azules ni la piel amelocotonada ni el tipazo, y me visto con trapos del
Rastro. Cuando eras una pollita recuerdo que más de uno te comentó algo del
novio, y yo, bueno, cómo me ponía. Hoy con esta calvicie galopante, mi
espalda descuajeringada y las variadas goteras, nadie se confundiría. No
pasaría ni por tu amante, porque no tengo pinta de mantener amigas que
luzcan modelos de Chanel.
Responde a lo de las Navidades. Queremos ir haciendo los planes. Quizás
desees pasar la mitad con tu Madre en Santander y fin de año con nosotros.
Madrid se pone marchosa con las fiestas. La noche madrileña, con el frío y la
oscuridad profunda se engalana para que la gente se meta en casa pronto y
disfrute las delicias del hogar. Mi Mujer y mi Hijo adornan la casa con gusto,
nunca vi una igual. Tenemos un armario lleno de adornos y luces de Navidad;
cada rincón del hogar queda navidañizado. Aligera, anímate, garantizo que lo
pasarás fetén. Como gesto de buena voluntad te hago una transferencia a la
cartilla para que pagues los billetes del avión a Santander y a Madrid.
Desespera el Padre que tanto te baila el agua.
25
El hombre recibe de su mujer una carta acabada de entregar por el cartero; la cara de complicidad de la esposa augura gratas noticias. Al reconocer la letra del remite
se le ilumina al señor la mirada, y llama sin palabras, flexionando el índice, a un niño pequeño que juega a dos pasos. Le susurra algo al oído, y el chavalín celebra la confidencia dando un par de brincos en el aire. La madre regresa de la cocina sin el delantal que llevaba puesto hace un momento. El marido nada más sacar del sobre su contenido cae como fulminado contra el respaldo de su sillón, que termina planeando al suelo. La señora toma al nene en brazos y se lo lleva, mientras el hombre patea violentamente el parquet, hasta que se levanta y tira la carta al suelo. La mujer entra apresurada al salón y coge la mano del hombre, y le indica que se siente, y éste lo hace con docilidad. La ira cede a una total falta de fuerzas. El hombre y la mujer, que antes de derramar lágrimas como copos de nieve, parecían tan jóvenes, intercambian una sonrisa en la que apenas cabe una esperanza, porque alguien querido se la acaba de enviar amordazada. Por la postura de resignación de la pareja conocemos que son personas acostumbradas a vivir como rehenes del silencio.
9 de diciembre de 1995
Dalila:
Lamento de veras que rehúses la invitación de venir a Juan Bravo, y el
saber que pasarás por Madrid camino de Sacramento, donde desaparecerás
por varios meses. No entiendo nada, ni cómo se puede perder tantas clases en
el último año de carrera, ni el que te falte tiempo para venir tres días a
Madrid. Lo de que pases la Nochebuena con tu Madre, de acuerdo; en
cualquier caso, podrías hacer un huequito en el calendario y personarte por
Madrid. La broma de que gastases el dinero del avión en una maleta resulta
un tanto pesada.
Coincide tu escala en Madrid, del vuelo de Iberia Barcelona-Nueva York,
el tres de enero, con nuestro viaje a Salamanca. Avisada estabas. Imposible
acudir al aeropuerto, y menos cuando ya has invitado a tu Prima, que
comparecerá con el bebé, Che, al que lleva de la ceca a la meca cuando hay
que dar el show, a dos Amigas del colegio, en resumidas cuentas, a la
multitud a que te aclame en el primer salto del charco. Para desempeñar el
papel de comparsa prefiero retirarme. Estoy ocupado.
Reaccionas con una frivolidad hiriente. ¿Por qué avisaste a todo quisque
viviente que pasas por Madrid camino de USA en lugar de reservarme esa
media horita? Suena a locura, un padre y su cachorro despidiéndose a solas
cuando la niña marcha al extranjero por una temporada larga. Eso de que
carecemos de temas de conversación, que lo tenemos todo dicho mil y una
veces, rezuma insensibilidad. Hablaremos de lo que sea, de lo mucho que te
queda por contarme. Me reprochabas la sempiterna presencia de mi Mujer en nuestros encuentros, que no era así, y además hablamos de una persona
normal, que no tiene que imponerse ni probar nada a nadie. Tú y tus amigas
sois de las que os sentáis en primera fila o el pan de la personalidad queda
crudo. Rechazas verte conmigo porque necesitas alicientes suplementarios, la
presencia de tu Prima, que te contará las últimas aventuras amorosas, a las
que acude con el bebé, a quien crucificó poniéndole Che de nombre. Desairas
a tu Padre para escuchar los comentarios sobre el tamaño de la cosa de no sé
qué jugador de baloncesto, y la decepción que se llevó con el pivote, un roble
de alto y luego con un aparato… Ésos son sus temas, y tú, hija mía y de tu
Madre, nieta de tu Abuelo, todos ellos intelectuales, amuermándote. Una
joven brillante a punto de terminar una carrera dificilísima de Ingeniería
Industrial que prefiere relacionarse con la descerebrada de tu Prima que
conmigo. Por favor, adónde pretendes llegar.
Desestimas el efecto del divorcio en los padres, aunque pretendáis que
nada pasa y muestren el cariño de siempre a los hijos. Hay algo que ni sabes
que sí es verdad. La separación se realizó a tus dieciséis años a causa de los
psicólogos, éstos opinan que la personalidad del niño está formada a esa edad.
Parecía sensato, aunque como toda explicación es una mera teoría; en estos
momentos atestiguo de la falsedad de la misma. Los afectados deberíamos
exigir compensación por el daño efectuado por tamañas falacias, que suavizan
el golpe de momento, hasta que te llevas el batacazo cuando el invento no
funciona. Ni estabas madura ni nada; nunca supiste enfrentarte a la realidad
de los hechos. Encima, el factor de la madre quedaba fuera de la ecuación, y
resulta que era importantísimo. Mamá tampoco estaba lista para la separación
ni dispuesta a aceptar el trato, aunque sonreía con sonrisa de carnero
degollado diciendo que sí, que me fuera, que mi Mujer era una tía de cuidado,
que aprendería lo que vale un peine, que regresaría con la cola entre las patas
cuando descubriera los intereses bastardos. La posición, el dinero, desconozco
a cuál se refería, eran las metas mediante las que la intrusa conseguiría
auparse y conseguir un trabajo mejor. Es decir que una niña como tú de
dieciséis años, poseedora de una personalidad firme, de madre superiora, y no
basta, porque los afectos contrariados de la Madre chocan contra el
corazoncito juvenil y la fuerza de la tormenta acaba por arrollar cuanto
encuentra a su paso.
Yo no te cargo con las culpas de que me volvieras la espalda con un
descaro que en ocasiones era para partirte los morritos salados. Pasé dieciséis
años cuidándote, cambiando pañales, llorando contigo la pérdida del oso
panda, y ayudando a preparar los exámenes de historia del instituto. Las matemáticas te entraban solas, pero la historia ni con vaselina. Cientos de
conversaciones mantenidas para enderezar opiniones pobremente elaboradas,
hacerte ver la conveniencia de seguir jugando al baloncesto, que ya
mejorarías, como sucedió, que el Primer Novio era un chico decente, y que no
pecabas besándole. Qué voy a contarte: lo sabes de sobra. Por tu lado,
decidiste hacer borrón y cuenta nueva, con lo que una parte de la vida, que de
seguro está en el disco duro, o mejor dicho, que forma parte del programa con
el que eres capaz de vivir, está escrita por el menda, aunque lo niegues. Ni
dieciséis, ni quince, ni catorce, los niños del divorcio nunca estarán maduros
para la separación, porque los padres, o al menos uno de ellos, no lo suelen
estar, y ahí aparece el enano que asoma donde menos se piensa que estropea
la foto. Así es la cosa. Mamá no estaba lista, aunque trataba con un
impresionante espíritu de deportista, por eso disculpo el que hiciera lo
imposible por envenenar la situación. La culpa no era suya. Los psicólogos,
los dedicados a aconsejar a las familias necesitarían un certificado de
capacidad para desempeñar un trabajo de alta responsabilidad.
Las roturas familiares enmiendan con dificultad. Los niños y los mocitos
sufrirán en el proceso de desintegración a causa de la conducta de los
progenitores. Los que se ausentan del hogar, mi caso, puente de plata, porque
al otro lado te espera la ansiada libertad; los que se quedan sin príncipe o
princesa confían en los finales de película americana de los años cincuenta, de
Cary Grant y Doris Day, en que pronto aparece el galán o la bella. Los
progres de mi generación desconocen que entonces comenzó la gran mentira
americana: el mundo se coloreó de rosa. Nada está mal; en Bosnia las gentes
se aman entre sí, los kurdos ídem de lienzo; el Imperio impone un sutil toque
de queda a sus vasallos: el vivir a lo Disney o serás condenado a la existencia
de los parias. Todo acaba con armonía, amor para todos, y los botones de los
grandes hoteles y los camareros contentos de contemplar la felicidad de los
adorados señoritos y señoritas, el señor Grant y la señorita Day. El hombre
arrollador acaba con la chica perfecta. Va de cuento.
Lo malo del cine acaramelado de Hollywood es que afecta la psicología
de las personas. Les deja residuos del peluche emocional, confían que el
príncipe azul aparecerá por la puerta del salón donde viven embobadas con la
tele y tomando chocolatinas. En el mejor de los casos, el de mi amiga la
Dentista, aparece un toro desechado de tienta, y te tienes que aguantar. Dar
gracias a Dios cuando por las mañanas el amigo baja al quiosco de la esquina
a comprar El País y sube con unos lazos frescos y te los lleva en bandeja a la
cama. Al gentil hombre igual le asedia la basca por la tarde y cuando intentas conversar salta con la patochada y apetece devolverlo a casa de su madre. La
excepción de la excepción te la manda la Virgen del Perpetuo Socorro en
contadísimas ocasiones, que somos millones a pedir.
Hija, no es que diga que fuimos víctimas de los psicólogos ni de los
consejeros familiares. Padecemos los resultados de una absurda cultura que
trata los sentimientos humanos como si fueran partes del juego al que se
dedica mi Hijo, y al que tú has contribuido con regalillos ocasionales, el
Lego. En ese juego todas las piezas encajan, y se pueden sumar hasta el
infinito, y construyes casas, coches, parques zoológicos; en cambio, en la
vida, las cosas presentan un perfil con aristas, las piezas encajan con
dificultad.
A la gente le ayuda el tacto y mucha mano izquierda en el trato, y por
ayudar entiendo el que les engañes un poco, mientras pasa el ahogo. Les
halagas y la persona se calma; la realidad en carne viva adquiere mejor
aspecto con un poco de paciencia y un par de noches de descanso. El enfermo
incurable mejora de ánimo, aunque no consigas el restablecimiento
prometido. Se acaba tragando la hiel. Para eso sí sirve la psicología, no tanto
para la familia, porque cuando quiebra se rasga carne, y eso duele y deja
cicatriz, y al cabo de los años se nota la marca, y la piel de las cicatrices es
distinta, tira un poco, queda poco flexible.
Ojalá entendieras que sigo en ascuas. Rehúso perderte, aunque anegues de
basura el buzón y mi teléfono. Me basureas sin tregua, sin recordar siquiera
por corresponder a las horas pasadas juntos antes de que cayéramos en el
abismo. Por cierto, lo de tu Madre ahora no es una excusa, pues tiene un
Compañero estupendo, y sospecho que eso no te agrada tanto —el hecho de
que el Noviete te acompañara en las últimas visitas a Santander sorprendía—.
Un poco lo que hiciste conmigo, apareces con escolta y a hablar del tiempo,
habiendo ropa tendida parece de mal gusto e inapropiado abordar los temas
conflictivos; desiste de la falacia de que al Novio le cuentas hasta las
intimidades familiares. Le permitiste leer unas cartas por vengarte; lo
considero un tío que te peta y que te lo estás ventilando para satisfacer las
necesidades de cama, frase que diría mi amiga la Novelista, pues en el fondo
escondes la entereza emotiva mamada en tu educación familiar, los
sentimientos experimentados a lo largo de dieciséis años.
Juegas al escondite con trampas. Buscas parapetos diferentes a los de la
infancia. Papá falló y Mamá empieza a fallar. Menudo lío. Sucede que el
maromo y el reciente desdén por lo cultural, lo vinculado con lo enriquecedor
de la existencia te deja fría o lo quitas de delante. Rechazas el modelo de conducta propuesto por tus padres, porque falló en un aspecto. Te equivocas
al suponer que el modelo recomendado falla. Vivir inconsciente de lo
merecedor de atención supone descontar lo cultivado por el espíritu durante
siglos de esfuerzos por elevarnos del suelo. La serenidad que se consigue con
la educación abre vistas y evita que las emociones, las que tiran del corazón,
lo zarandeen, le mueven a actuar impulsivamente, decidan cosas tan absurdas
como decir que la Familia de Madrid es una mierda, burrada de tamaño
mayúsculo.
Niña, nenuca, nena, sigue mi ejemplo de crítico literario. Prende el
ordenador y siéntate a escribir. Sirva la pantalla de frontón. Compón una
misiva dejando fluir los pensamientos libres de emociones y atados a lo
razonable y observarás que el espacio emocional, el de lo sentido, demanda
que lo cortes a medida de las palabras, con lo que pierde fiereza. Ahí reside
una de las riquezas de la palabra, de la escritura, que recorta el mundo, las
emociones, lo pensado, y le confiere una talla, lo hace grande o pequeño,
reduciéndolo a una dimensión en que lo dicho resuena y no sólo en la caja de
las emociones. Mis libros de crítica me han enseñado una cosa: la escritura
obliga a decir con medida.
Relatar lo sentido a la brava resulta ilegible. Las palabras, el papel, la
pantalla, no lo aceptan, y si lo hacen dejan al descubierto la ridiculez del
enfado fuera de lugar. Las palabras son signos lingüísticos que mezclan la
mancha que producen en el papel, su forma exterior, y lo que significan, entre
ambos forman una especie de molde, que nos obliga a adaptar lo que llega al
corazón. Por eso el que apenas me escribas, y que cuando lo haces te vales de
un estilo telegráfico, reduce las oportunidades de establecer un lazo entre
nosotros. En lugar de comunicar permanecemos encastillados en el mismo
nivel de conflictividad de cuando me separé de tu Madre y ella me separó de
ti.
Pido poco, que correspondas a un nivel, el de la escritura, que yo sé que
ayudaría a entendernos, que abandones las defensas, que seas la Hija que yo
eduqué.
Lo estupendo de la vida es que aunque todo quede grabado, los seres
humanos podemos urbanizar nuevos espacios en nuestro interior, y llenarlos
de flores, de cosas bonitas, con un mobiliario confortable que nos tienta a
pasar allí incontables horas, las muertas y las vivas. Eso ocurre cuando el
amor llama a la puerta. Cuando vives una aventura amorosa lo que sucede es
que alquilas un espacio, rehúsas una parte de tu armario interior y lo habitas,
siguiendo las mismas costumbres de antes con un nuevo inquilino o inquilina. Debemos inaugurar un parque en nuestros corazones donde tú y yo podamos
pasearnos y plantar flores nunca antes cultivadas. Alternamos a elegir, unas tú
y otras yo, y que cuando lo hayamos conseguido, entonces invitaremos a
pasear por allí a Mamá, a mi Mujer, a mi Hijo, incluso a tu Novio, si sabe
comportarse y soltar la vulgaridad del anterior cliente de que el olor de las
rosas amarillas le recuerda al perfume White Linen de Estée Lauder.
Quedo arrumbado. Escribe desde Sacramento, lo que sea, y reflexiona
sobre lo consignado en esta carta. Tu Padre, aprendiz de faquir, te recuerda.
PS: Incluyo la fotografía sacada el día de tu undécimo cumpleaños.
Reconocerás a la cara dura que se mete una pasta enorme en la boca. La
mocosilla a quien los Abuelos Matemos mimaban demasiado.
A la izquierda están las dos Abuelas, tan majas. Mi Padre le pone una
mano al Abuelo encima del hombro y tiene cara de estar contándole alguna
picardía; seguro traía a colación el costo de tener mujeres elegantes, que se
morirán sin saber lo que vale una peseta. El Padre de Mamá disfrutaba cuando
nos reuníamos las dos familias porque escuchaba al Abuelo cual oráculo, por
lo descarado de los comentarios; los juicios políticos de Papá le encendían los
jajajás. Papá invariablemente le pinchaba con las bromas de que le dijera que
le sacase de pobre, que para eso trabajas en el Banco de España, y el Abuelo
se retorcía de hilaridad. Si no sé nada; sólo firmo papeles. ¿Los lees? No,
respondía con la risa desencajando su rostro. Los lee el secretario. ¿Sabes
sumar?, preguntaba el Abuelo. El Abuelo Materno enseguida necesitaba aire.
Poco, respondía; le suspendieron en las oposiciones, y entró por enchufe. Le
pusieron conmigo por lo de interventor, que quiere decir la oficina de las
grandes tragaderas. Está la cosa como para intervenir a los políticos. Pon más
de ese cava, y bebe.
—Bueno, suelta prenda, pariente. Compro acciones de qué Banco. Oye,
hasta te regalaría bajo cuerda un apartamento en Gandía.
—Eres un guasón de miedo. Acciones, como que los interventores
entendemos de finanzas.
—Lo que sé es que menudo piso tienes aquí, en la mejor zona de Madrid.
—Una suerte. Lo alquilamos hace treinta y pico de años, y nos lo
vendieron…
—Déjate de cuentos y desembucha. Pasa ese plato de chorizo, haz el
favor.
—Toma. Tienes unas salidas. Esta noche mi mujer me regaña, porque dirá
que te haga caso.