Querida hija

Germán Gullón · Capítulo 18 de 33

Páginas del PDF

Querida hija

Capítulo 17

Cada día me vuelvo más castizo. Te molesta, ¿verdad? Tu Novio seguro

que habla mejor el espanglish que el castellano o el catalán, inconcebible.

Espera a que conozca América, y vea a la gente condenada a la cadena

perpetua del consumo, el plástico sustituyendo a los materiales nobles, las

montañas de desechables, las quejas del ciudadano, que ése tiene más y yo

soy hijo de madre soltera, que nací con mala pata. Nada es culpa de nadie;

espera, que conozca y se le pasa el sarampión de vivir en España y gastar

gorrita de béisbol. La vi en la foto que me mandaste de la acampada en el

asturiano monte de Sueve durante la primavera. Los cinco de la foto parecéis

americanitos. Menudo equipo, propio para escalar las alturas de Colorado.

Aquí se gasta la misma camisa para ir al monte que a la iglesia, la diferencia

es si subes al monte la remangas. Lo de la viserita de béisbol me repatea,

aunque mi Hijo y mi Mujer me regalaron una que dice precisamente Asturias,

y me la pongo algo en la playa. Cuando la encuentre me voy a comprar una

gorra de militar, como la que usé en las milicias universitarias, para no

parecer un americano, sino un español cabal, un turuta sargento. ¿Habéis oído

hablar de la alpargata o de la chiruca, o del calzado de Segarra? Valen una

centésima parte de las botonas todo terreno foráneas, y los pies marchan

mejor oreados, refrigerados en el sociolecto de eurojoven espanish.

Como verás te digo muchas cosas. No te contesto a lo de mis mil affairs,

porque me parece demasié. Te relato cuanto mi pudor permite. Lo tengo, y no

tiene nada que ver con que si voy desnudo por casa al salir de la ducha. Joder,

como si no pudiese ir como me pete en mi casa.

La próxima desde Bellamar, y espero la tuya con noticias de Pals. Te

mandaré en cuanto reciba noticias desde la playa un dinerillo para que invites

a los Familiares a comer a un restaurante decente. No parezca que gorroneas,

y además me dices que tu Novio te acompaña.

Te quiero mogollón, Hija, escríbeme, que tus cartas son las mejores flores

que puedo cortar en mi jardín de madurez, incluidas las rosas negras. Padre.

 

17

 

La mesita de resina en que descansa el bloc en el que escribe el hombre se balancea y el bolígrafo corre por la página con libertad inusual, con lo que las letras ganan en caprichosidad. Los ruidos que se escuchan son de todo tipo, del mar, de chiquillos, de coches, de vecinos. Si se reparase en ellos, nadie en su sano juicio intentaría escribir una carta en tales condiciones, pero el hombre que redacta se pegó varias horas al sol y ha tenido un trato íntimo con una señora de raza negra que adorna la etiqueta de una botella de ron.

7 de agosto de 1994

 

 

Crema catalana tostada:

 

Acabo de mandarte el dinero del convite y un extra para que sustituyas el

polo blanco azulado por la máquina de lavar. Cómpratelo azul para prevenir

tan costosos desastres naturales.

Estoy negro, mi Mujer renegra, y mi Hijo hecho un africano. No fui

todavía a la capital de la provincia, en parte porque la suerte nos deparó unos

vecinos de apartamento inigualables, una pareja granadina fenomenal. Él es

titular de Derecho, y ella trabaja en una agencia de viajes, y está embarazada

con su segundo. La mujer, una belleza andaluza, morenaza, de ojos negros,

está de caerte. El padre de tal preciosidad le puso Begoña por una apuesta con

uno de Gijón, que si ganaba el Sporting o el Sevilla, total perdió el Sevilla y a

bautizar a la hija con nombre del norte. El marido el día de la boda tocó el

gong del restaurante donde se celebraba el banquete y anunció a los invitados,

antes de que bebieran nada, que desde este momento, Begoña se llamaba

Rocío. Él es un tío guapo, de noble planta, parece un cristo agitanado. Tienen

una espabilada niña de la edad del nuestro. Escucha una anécdota que los

define. Mi Mujer se encuentra de sopetón en la habitación de nuestro Hijo a la

nena de al lado en pelota picada y al varoncito apuntando y dirigiendo el

tráfico hacia los orificios de la vergüenza. Soltó un grito que lo oyeron hasta

los de las pateras y atemorizados se dieron la vuelta hacia las costas africanas.

Acudimos los padres y un servidor, a la sazón mediando litronas de Águila

Amstel. Lo normal ante la escenita sería ¿qué?, digo, poner el grito en el

cielo. En cambio, la pareja se mondaba de risa, y ella dijo: Oye, tú, a esta niña

el novio no la tendrá que enseñar nada, qué suerte, no como yo, que te tuve

que aguantar a ti, patoso, que nunca llegabas al asunto, y como yo no sabía

por dónde entraban las cosas… Menudo apuro, y en premio a la viveza

infantil les dieron dinero para que refrescaran sus ardores comprándose un

helado. Toma nota.

Son una gente sanísima en su manera de pensar, no en lo otro, porque

fuman y le dan al trinqui con plena dedicación. Cada noche acudimos a su

terraza, a tomar un refresco. Ayer tocó la vez a los mojitos, habían comprado

un ron cubano de cine y hierba buena. Allí pasamos la velada, que si la caló,

que si los chistes, se los saben todos, que si la gitana le había leído la mano

por la mañana, y ahí tenía el romero para probarlo. Ay qué risa, lo ven todo con un prisma envidiable, les resbala casi el noventa y nueve coma noventa y

nueve por ciento. Les llaman por teléfono a cada poco, y gentes variopintas,

amigos, parientes, un rebolú de abrigo, caen por el apartamento. Lo mismo

somos cuatro que cuatrocientos, y nosotros como si fuéramos íntimos de toda

la vida. El mobiliario de ambos apartamentos, a excepción de las camas, anda

confundido y nuestra nevera parece una sucursal de la suya. Él, Luisillo,

llevaba ayer puesta mi camisa azul, le dije, y resulta que el niky rojo con que

me pensaba tan atractivo le pertenecía. El despiporre. Todos los días al

mudarme el calzoncillo chequeo que son de mi propiedad.

La costilla, aunque retraidilla de naturaleza, le cogió deprisa el tranquillo

a la relación andalusí, y no veas los besos que le arrea a los muchísimos que

entran por la puerta. El jueves mismo le dio un par de chupetones al chico del

súper, que traía el pedido, y como el chaval se pusiese rojo de vergüenza le

dijo, y cuéntale a tu novia que una madrileña le ha robado dos besos, porque

eres un tío salao. ¿Te imaginas? ¿Mi Mujer? Desde ese día le vigilamos todos

los mojitos. Ayer cruzamos otro rubicón, el colmo, llamaron por teléfono de

Almería, un amigo suyo, que está esclavizado sin poder abandonar la ciudad

de la Alcazaba por una operación de cataratas de la suegra. Nadie le escucha

el rollo, a excepción de mi Mujer, de quien se ha hecho amigo del alma. Ayer

llamó el Tipo de Almería y preguntó sin más por ella, a la que nunca ha

saludado, y se lió a recitar la lista de quejas, que a la suegra, maldita sea, no la

van a operar hasta septiembre, y que él no aguanta, y que se quiere venir a

vernos y a tomarse unas manzanillas o vino blanco, que a él lo mismo le da, si

es lejos de la circunstancia familiar que lo tiene agobiado.

Sospecho que algunos de los que aportan por aquí son gente con ganas de

compañía, que no conocen a nadie. Entran, te entregan unas cervezas y un

tarrito de avellanas, y dicen corro a mear. Salen del baño, se incorporan al

grupo y amigos.

Un habitual es gerente de una universidad de Sevilla. Sólo habla de

flamenco y de la manzanilla. Yo ya me sé to de to de los cantaores. El fulano

llega, le ponemos la botellita de mazanilla fría, mira con sobriedad al público,

y lanza al ruedo un nombre grande, el Niño de los Embargos, hace como un

pase torero por la mesa, empuña su manzanilla y adentro. Luego, tras decir

que está buena, retrata con estilo de greguería pasada por el Puerto de Santa

María al futano, y sabemos que terminó la primera estación de su Vía Crucis

personal, que recorre todos los días en capillas diferentes; hoy nos tocó la

suerte. Entre estación y estación, habla de asuntos normalitos. El jueves venía

con la color subía, por un asunto del PP, diciendo que si son esto y lo otro. Por el Tipo de Almería que llamó con su queja, supimos que el Gerente es un