Querida hija
Capítulo 18
pesao, que se queja del PP porque no le quieren pagar una millonada por unos
terrenos de su propiedad sitos por donde pasará la autopista. Dile al Gerente,
dijo, que no aburra con sus penas de rico y que le den por donde amargan los
pepinos, y que se venga a Almería a tomarse las manzanillas conmigo, que le
invito.
En pocos días he hablado cantidad, de política, de toros y de fútbol. Tenía
aprensión de que se me acabaran los temas, pero con la inventiva y
afectividad de esta gente dura para la vida entera. Mi Mujer es otra, cómo se
ríe, y lo que come y bebe no la pone mareada. Ella dice que son los baños de
mar; yo estoy seguro de que se trata del embrujo de los Vecinos.
Bueno, Hija, me voy. Pronto más; sólo quería enviarte un aquí estamos.
Con tantas idas y venidas, no hay quien se aclare. Mi vecino apuró la noche
de ayer convenciéndome de que durante el mes de agosto, con la calor, el
pensar perjudica al organismo; Séneca tocó el tema, aunque el pasaje exacto
se olvida en los vericuetos de la tradición. Respecto a los efectos sostenidos
de la ingestión de alcohol tengo la sospecha de que Séneca dejó unos
comentarios equívocos.
Mañana la Familia huye a Gibraltar de excursión, necesitamos una pausa,
una jornada de reflexión, pues ayer vinieron, los vecinos con los mojitos de
desayuno, y apetecían, qué quieres que te diga. Nos pidieron que les
trajésemos güisqui pata negra, y menos mal que aclararon, porque resulta que
así llaman al de contrabando.
Adiós, con un olé, y un viva Granada. Tu Padre, que te quiere desde er día
que viniste a este valle, con todo el salero del mundo. Palmas, olé, Papá.
18
4 de agosto de 1994 (Tarjeta Postal del Peñón de
Gibraltar)
Querida Hermana: Estoy en Gibraltar, y Papá me ayuda mucho —
muchísimo— a decirte cosas. Hay aviones grandes, mucha gente, y policía
vestida rara. No nos gusta, porque hay demasiado extranjero. Voy a comer pescaditos a San Roque, que es bonito y español. Besos, tu Hermano
pequeño.
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Un tío bronceado, en pantalón corto, camiseta, y chancletas, medio arrumbado en una silla y una mesa de resina blanca, escribe en un bloc cochambroso. No para, se levanta a cada línea, primero es una Águila Amstel, luego una bolsa de onduladas. Vira y trae una latita de aceitunas rellenas con anchoas. Vuelta a entrar porque el bolígrafo que lleva en la oreja lo busca por todas partes menos donde debe. Mete las manos en los bolsillos, retorna a la cocina, se cruza de brazos y cuando mira hacia la mesa el boli se desliza de la oreja y cae al suelo.
24 de agosto de 1994
Pichona mía:
Los vecinos regresaron a Granada con urgencia. Anteanoche le asaltaron
los dolores de preparto a la esposa, mientras preparaba el ajoblanco. Mi
Mujer, que sabe mucho del trámite, les indicó la conveniencia de regresar a la
paz del hogar, y aunque juraron que ellos aquí tenían sosiego, que en Granada
era donde llevaban una vida ajetreada, se marcharon esa misma noche.
Quedamos huérfanos. No encontramos la rutina de antes, nos cuesta cambiar
el ritmo. Mi cuerpo enviciado exige un mojito antes de comer, y lo tomo o se
me cierra el estómago. El chavea anda más desconsolado que los papás por la
marcha de su amiga; echa de menos las clases de latín vulgar o pardo.
Aprendió de la maestrilla a sacarse y comer los mocos a velocidad de vértigo,
a hacer pis en las macetas, a decir coño y joder, y a tirar la piel de los plátanos
por la ventana. La marisabidilla sostenía con desparpajo adulto que en la
península Ibérica se habían arrojado los materiales de desecho por las
ventanas desde tiempo inmemorial, costumbre aprendida junto a las
matemáticas y el contar chistes verdes de los moros, que todavía tiran lo
sobrante por la ventana. Allí, decía, adoptando la clásica pose de las estatuas
de Colón, al lado moro del Estrecho. El único consuelo es el Amigo de
Almería, que nos ofrece un apartamento en Aguadulce para que acabemos de
pasar el verano en condiciones, se entiende en su compañía. Él está en las
últimas; su suegra a quien entierra es a él, y nos necesita, y que los amigos de
sus amigos son suyos también. Es poeta, qué te parece, y de higos a brevas aconseja en proyectos de cultura. Le hemos bautizado Quepena, porque no