Querida hija
Capítulo 1990
I
El hombre que escribe la carta contempla una foto enmarcada en un cuadrito de piel 9 × 13 en cuyo ángulo inferior izquierdo hay apoyadas dos fotos de carnet. Escudriña a cada poco los tres retratos.
Una mujer rubia de ojos marrón iluminados por un rayo de claridad mira con dulzura a la cámara. Aparece sentada en una terraza de verano. Viste blusa blanca y falda roja. Aunque los labios apenas despliegan una sonrisa, detectamos su entrega, el interés por captar la atención del fotógrafo. La tristeza de un adiós cercano se asoma casi imperceptible a sus ojos. Parece como si un amante, ¿quién si no puede suscitar esa mirada?, fuera a marcharse lejos, o que simplemente la postura delata el cansancio de vivir una escena de separación ocurrida en incontables ocasiones.
La señora morena de ojos marrón oscuro sonríe en tamaño carnet. La flagrante coquetería de la persona anuncia que la mirada de aquel instante dirigida al objetivo no producirá un ejemplar único, que el marido y la hija pedirán copias para la cartera.
Los ojos azules de una muchacha de trece años perforan la cartulina. La franqueza de la expresión advierte de que detrás de la cámara están papá y mamá haciendo comentarios tontos. Ella parece protestar mimosa diciendo: callaos, pesados.
12 de junio de 1990
Cuánto lo siento, Hija:
Vino a visitarnos la deshora, esa circunstancia malhadada, incapaz de
dejar recado, y que se persona cuando nadie desea verle la cara. Lo lamento
por tu Madre y por ti. Nunca imaginé que nos encontraríamos en un cine de
barrio tan a desmano; menos aún chocarme un día entre semana con tu
Madre, a quien supuse en Santander, ocupada por el trabajo.
Siento como si alguien me hubiese alcanzado con un arma blanca por fatal
casualidad, cuando la cuchillada buscaba otra víctima, y tendido en un hospital convalezco obsesionado por entender lo inexplicable.
Nosotros salimos del cine en cuanto se apagaron las luces, porque aun en
la oscuridad sentíamos vuestras miradas atónitas, y las dificultades por las que
atravesarán el trato con vosotros, mi Ex-mujer y mi todavía Hija, se reveló
allí, en la contraimagen de ese encuentro a deshora, casual. César Vallejo, el
espléndido poeta peruano, advirtió cincuenta años ha en un genial poema
premonitorio, que los momentos supremos de la existencia llegarán sin
anunciarse, sin perfilar la ocasión.
El croquis que busco para hallar una ruta serena por donde transiten sin
aduanas nuestros afectos ofrece la forma de un deseo ilimitado y se halla
escondido en un agujero quizás sin fondo. En esa cueva vivo una buena parte
de mis horas, perdido, chocando contra las paredes. Unos momentos de
esperanza, cuando hilvano el deseo con propuestas de encuentro y
reconciliación pacífica, en que los tres quedamos tan amigos, ceden el paso a
los de desesperanza, cuando presiento que os perdí para siempre.
Nada puedo hacer, excepto seguir experimentando el dolor; cada vez que
la pena me asalta siento las brasas del encuentro reavivarse, mi pecho se
quema otra vez, y noto unos ahogos, falta de aire, y las palabras huyen mudas,
incapaces, inadecuadas.
Chatuca, lo malo del amor no es que contenga restos del pecado original,
una bella historia que calma la desazón superficial, sino que nace sin causa y
muere sin haberla encontrado. La literatura, una de las pocas esperanzas de la
humanidad para clausurar con dignidad el presente milenio, sigue sin
encontrar el Goethe o el Tolstoi que explique el severo dilema, primer paso
para descubrir una vacuna.
Los cuatro sobrevivimos un momento de inusitada intensidad, un close-
up, circunstancia que la gente, en especial las personas mayores, rehúye con
fuerzas sacadas de flaqueza y sabiduría. Los momentos de la verdad asustan,
porque entonces advertimos que la ruta a seguir atraviesa docenas de túneles.
Muchos testigos de un crimen, que ni siquiera implicados en el delito, son
incapaces de testificar, de contar lo ocurrido, les resulta demasiado fuerte.
Nosotros vivimos uno de esos instantes plenos de dramatismo, con todos los
implicados presentes, y en un escenario desnudo donde no cabía esconderse o
iniciar una acción secundaria, hablar con unos acompañantes o comparsas. El
hall vacío del malhadado cine se me figura una versión moderna de las salas
de tortura concebidas por Edgar Allan Poe.
Querría haberte presentado a mi Compañera en una ocasión propicia, tras
hablarte de ella sin prisas. Cuando os mencioné el tema a tu Madre y a ti me cortasteis en seco, tomándome por loco, convencidas, sin duda, de que a Papá