Querida hija
Capítulo 15
20 de junio de 1994
Hija de Hija:
Mando express el Certificado de Nacimiento que pediste para el
pasaporte. No entiendo; si llevas el pasaporte caducado nada de esto resulta
necesario. Incluyo cinco mil; deberán bastar para las fotos y lo que cobren por
la solicitud del documento. Cariños de tu Padre.
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Casi con la espuma de la cerveza en los labios, el hombre se sienta sin prisas. La inspiración acude solícita, porque viene de leer un precioso libro de poemas, y la vida aunque depare momentos horribles, si la contemplamos escrita parece bastante mejor. Está, pues, bajo el efecto de un subidón estético, digo, al mero comenzar.
29 de junio de 1994
Carilla adornada con luceros:
La telefonada me gustó un porrón, porque escuché el pío pío filial.
Sonrisa Profidén, larga y sostenida. Sabes de sobra que cuanto esté en mi
poder lo haré; si deseas veranear con tus Tíos y Primos en Platja de Pals nada
objeto.
Las razones de la cercanía del noviete (y de sus padres) y de que pasarás
un verdadero —capté el subrayado, thank you— verano en familia son harina
de otro costado. Tu señora Madre al aconsejar semejante modalidad de
veraneo se equivoca, y además recurre a la insidia. Vacilo en a quién creer;
cuando hablo con ella preciso de numerosos recipientes para recoger el
sirope, cuando me repites lo acordado con ella, la miel deviene hiel. Nada
concuerda, parece que jugamos al juego equivocado, si canto las cuarenta en
bastos respondes que llevas treinta y una. ¿Jugamos al tute o al mus? Alguien
hace trampas.
Desearía llegar al fondo del vaso para limpiar los posos amargos.
Repartamos los papeles en el drama de «las damas acosadas y abandonadas por un hombre perverso». De protagonista actúa un malvado. ¿Será el tunante
de Papá? ¿Quién si no? Mamá, descartada, funge de santa familiar. Yo mismo
sostengo a capa y espada, como socio numerario de los tenorios, que su
carácter es bondadoso, sin llegar a ponerla en un altar; todos coincidimos en
usar el discurso laudatorio, pobre Madre, arrambló con lo peor, el educar a la
niña, mientras él (su seguro servidor) marchó por ahí. Mi Hija, descartada de
entrada, aunque sea una diablesa. Tú me azuzas, haces de banderillero, y
llevas años adiestrándote, con lo que en la siguiente corrida te sale mejor la
faena. Es como los políticos, que al cabo de tres o cuatro entrevistas y un par
de lecciones de expertos de la comunicación (¿mamá?, ¿el noviete?) se
olvidan de decir la verdad y aprenden a vivir en un limbo de algodonosa
consistencia. Lo mismo pasa aquí. Mamá desempeña el papel de mártir,
aunque tenga un Compañero, con el cual circunvaló la tierra más deprisa que
la tierra giró sobre sí misma. Los conozco que lo pasan peor. Tú eres el juez
implacable de cada uno de mis actos. Queda, convengamos señores del
jurado, un único sospechoso, al que se le otorga el papel de protagonista: el
perverso caballero.
Lo malo y el fallo del drama familiar es que los mismos actores lleváis
desempeñando el papel por años y años, y la edad comienza a superar a los
personajes, y llega el momento en que no lo podréis representar, con un
mínimo de credibilidad. Resultáis anacrónicas. Imagínate un don Juan
Tenorio de Zorrilla anciano, no pega. Parecido sucede contigo y Mamita. La
víctima y la juez instructora del caso prevarican. Habéis abusado de los
poderes, de la autoridad que os concedí al divorciarme, porque pensé que era
oportuno, necesario, y hasta en cierta medida, justo.
La doble moral de vuestra conducta, ella es la buena y tú la mala, parece
la constante de una conducta perezosa. Demuestra que los sentimientos
permanecen invariables; apenas consideráis mis sentimientos. Lo cual, dicho
en puridad, me cabrea y me joroba. Después de cuanto os entregué que ni
siquiera tengáis lo necesario para repensar, de volver a plantearos mi posición
ante vosotras, duele. Os habéis enquistado en la inercia de lo cómodo, y ese
inmovilismo perezoso resulta de vergüenza. Y no dejes de mandarle una
fotocopia a Mamá, seguro que te la hará gratis tu Novio en la fotocopiadora
del Suegro.
Me enrabieta pensar que todo el dinamismo de la relación parte de un
lado. Yo he tratado de adaptarme, hasta quedarme sin patrimonio. Cuánto
dinero, el poco que tenía, marchó camino de Santander, para que nada fuera
tan distinto, mientras yo rodé de aquí para allá, con las maletas a cuestas. ¿Os han afectado mis escaseces? Ni un minuto. Qué cómodo, vosotras a caminar
por la vida en machito, envueltas en la capa de la verdad, que yo como un
imbécil os cedí.
Colorín colorado, terminó el cuento. Rompí la red y por el agujero asoma
mi cuello, que no pide dogal, ni se somete al perdón, ni pide absolución. Es el
cuello de un hombre enfurecido, que ruge, y pide respeto, y os dice que mi
pan y mi cuchillo, mi casa, valen tanto como los vuestros.
Niña de las niñas mías, eres incapaz de buscar mi mirada, no pupila abajo,
intentando penetrar cuenca arriba hacia la supuesta ruindad del ser, sino hacia
fuera, dejándote llevar por la palabra sincera, descubriendo las caricias de la
superficie, de contemplar la tarde de esperanza, llena de nadas especiales, de
briznas que mueven una brisa, de la luz que se choca contra las ventanas.
Nada, ya te digo. Allí en ese mundo cotidiano reside la verdad y la vida;
quienes la buscan en las grandes verdades, en los dichos nacidos con estola
cardenalicia o papal o en la experiencia de las estaciones, se equivocan. Te
pido compartir el día a día, lo corriente, y sin asumir premisas fuertes,
vertebradas por lo razonable, que pienses con el hueso, con la entraña, que te
dejes penetrar por el ala del pájaro que pía al volar junto al cristal de la
ventana. Sal de ti, de esa piel de cordero. Ven desnuda, asume un papel de
compañera, de hija, de muchacha que camina de la mano con un padre que
tiene la misma temperatura, un parecido tono de piel. Ahí estoy, con la mano
extendida. Lo que sueles hacer es recargar tus espaldas de cadenas, las que
necesitas para aprisionar esta conducta o la otra. Te hunde el peso de los
hierros, y ni te das cuenta; déjate de grilletes, que otra sea el policía.
Si tu Madre es la que te dice que lleves cadenas, y que cuando suene mi
voz, a la presencia en el aire de un mero sonido, que me las eches encima, no
le hagas caso. Todos los que piden venganza, sea para imponer un castigo,
saldar una deuda, o simplemente endemoniar a su semejante, quieren que
alguien les lave la mancha amarilla del corazón. Lo piden con aliento de
condenado, al que nadie escucha. Ayúdale a ella, a tu madre, si es que es el
caso, a superar, a apagar las llamas de un odio antiguo.
Si eres tú la que emponzoña las aguas. No lo pienses más y como cuando
el mar frío del norte nos aguarda, lánzate a sus olas, y verás cómo la sal, el
yodo, las algas, frotan el cuerpo. Sentirás como si alguien estuviera sacándote
la piel a tiras con una esponja de alambres, pero cuando la piel sangre serás
una persona distinta. Entonces, sentada en la arena cuenta todos los granos
que quepan en tus ojos, y su infinitud quebrará la anterior rigidez. Comienza
de nuevo, pensando que hay conductas posibles, que permiten recobrar la palpitación amorosa que mi mano adulta transmitía a tu manita de niña, en