Querida hija
Capítulo 29
ordenanzas y poquito más. Para tan corta faena no merece la pena, te compras
o te regalo un libro de la etiqueta moderna y sales del apuro sin tener que
pasar la vida atada a un morrosko de grueso calibre.
El Irlandés por lo menos parece haber comido gruesos filetes de carne de
su tierra. La estampa de varón resulta atractiva, aunque le tengo que oír hablar
para saber si la flauta toca o no. Como sé que no me dirás nada, averiguaré
por detrás. Volveré a visitar a la Tía, pues ella está muy intrigada, y seguro
que vuelve a llamar a tu Madre, aunque le cueste la conferencia a Santander,
para mantenerse al día. Lo de que fume, un vicio del que uno se zafa con
dificultad, aunque los métodos actuales suelen ser efectivos, lo siento.
Por cierto, el Compañero de tu madre salió en la sección de Negocios de
El País. Le eligieron miembro del Consejo de Administración de una
compañía lechera. No sólo es una buena persona, sino que además debe ganar
un pastón. Tu Madre por fin tendrá un valedor que no la haga pasar apuros
económicos, pues el amigo podrá comprar libros, mantener a la familia, y
permitir a tu Madre algún lujete.
Recibe un desteñido abrazo de tu Padre, que no te perdona tus
innumerables impertinencias.
29
La cara del hombre parece haberse descompuesto, los músculos faciales flojos le avejentan enormemente. Un niño le interrumpe, y unos ojos que parecen de cristal se vuelven hacia él, y le dicen mudos: vete. El nene entiende tan bien que se marcha lloriqueando.
4 de abril de 1996
¿Hasta cuándo Catalina?
De nuevo la Tía amamanta la curiosidad paterna. Telefoneé a tu
apartamento de Barcelona mil y una veces, y nada. Supe que regresaste la
semana pasada. Pensaba ir a recibirte al aeropuerto, con un abrigo azul recién
estrenado y unas gafas de Giorgio Armani de caerse, y ni avisas de tu paso.
Tampoco contestas al teléfono. Contacté con tu Amiga Valenciana, única que
me quiere, y ella me contó que el Irlandés vino contigo. Ni me escribes, ni me llamas, vamos, que ni te dignas comunicarme que estás de vuelta. Recibí una
carta de América. Yo empeñado en formar parte de tu vida, no cejo de
perseguirte. Casi me siento que te acoso, pero eres mi Hija, y tú me huyes, me
rehúyes sin soltar prenda. Lo sorprendente es que todo el mundo, no digamos
tu Madre, tu Prima, tu Amiga, incluso la Tía, todos saben de ti, porque les
escribes, les llamas, y a mí silencio. ¿Hasta cuándo?
Mi Mujer exige el abandono del campo, porque me haces daño, porque
eres una inmadura. Suscribo lo anterior y añadiría unos puñaditos de egoísmo
puro al retrato de la inmadurez infantil.
Pero ¿quién coño te has creído que eres? Te lo diré y lee deletreando con
cuidado: una desagradecida carente del menor sentido de la decencia. Ni
siquiera heredaste el sentido del honor familiar, pues en su momento supiste
poner verde a mi Mujer, que si era esto y lo otro. Ahí hablaba la envidiuca,
porque es una mujer muy guapa. Sé que te excediste y dijiste cosas
inapropiadas, como que a mí me gustaba porque me permitía hacerle cosas
que la decencia de tu Madre nunca me había permitido, como que la
sodomizase, que me la chupase, y todas esas cosas que te encanta repetir en
las horas negras —la influencia de la Prima, lo aceptes o no—. Si me la
chupaba y yo a ella, ¿qué? ¿Qué sabes de lo que Mamá y su cónyuge hacían
en la cama? Me gustaría, niña estrecha, saber qué es lo que haces con el
Irlandés, ¿ir mucho a misa? Pregúntale a uno de los curitas o a tu anterior
Novio respecto a la conducta apropiada en la cama. Todos ellos habrán
escuchado a la doctora Elena Ochoa, mujer de manga ancha. Atiende a lo que
te digan.
Recuerdo la ocasión en que te conté lo de la chica con la que tuve un mini
encuentro amoroso en Cuenca, durante un curso de verano. No buscado por
mí, sino por la interfecta, que se personó en la habitación a las dos de la
mañana, y tras meterse en la cama me dijo: haz lo que te apetezca; me da lo
mismo por delante que por detrás. Era francesa, y muy maja y muy lista. Por
supuesto no la decepcioné, hasta ahí podíamos llegar, y lo probé todo, aunque
luego me arrepentí al conocer a su anterior ligue, el chófer que nos llevó a los
del curso de extranjeros a El Escorial. Yo no busqué nada, simplemente es
que hay momentos que te encuentras en el punto donde ocurren las cosas, y
ahí estaba el incauto, a medio camino entre tu Madre y lo que no sabía
todavía que venía. Cayó la breva madura, como dice mi Amigo Profesor. Te
conté el desliz para que vieses que en el mundo hay de todo, y que en
circunstancias diferentes hubiese manejado la invitación de otra manera,
quizás a base de charla nocturna hasta las tantas. Aquel día me dio por tomar otro camino. Recuerdo tu interés por escuchar hasta el último detalle, para